*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 5

Edward

Me desperté con una erección.

Normalmente lo hacía, pero no era como si tuviese algún control en el asunto. Ahora que no estábamos casi muertos, mi cuerpo debió haber decidido que ya si podía sentir lo que quisiera.

Dormir tan cerca de una chica, especialmente una como Bella, básicamente garantizaba que me despertaría con una erección.

Ella, todavía dormida, se encontraba acostada de lado con el rostro hacia mí. Las cortadas en su cara comenzaban a curarse, y por suerte para ella, ninguna parecía lo suficientemente profunda como para dejar una cicatriz. En algún momento durante la noche, ella había pateado la sábana, y ahora podía ver muy bien sus piernas, lo cual era lo peor que podía hacer, considerando lo que ocurría en mis calzoncillos. Si ella llegaba a abrir sus ojos, podría atraparme mirándola fijamente, así que salí del pequeño refugio y pensé en geometría hasta que mi erección se esfumara.

Bella se despertó diez minutos después. Comimos coco y fruta de pan como desayuno, y luego me cepillé los dientes, enjuagándome con agua de lluvia.

—Ten —dije, tendiéndole el cepillo y la crema de dientes.

—Gracias. —Colocó un poco de crema y se cepilló los dientes.

—Quizá hoy pase otro avión —dije.

—Tal vez —dijo Bella. Pero no me miró al decirlo.

—Quiero explorar un poco más por ahí. Para ver qué otra cosa hay en esta isla.

—Debemos ser cuidadosos —dijo—, no tenemos zapatos.

Le di un par de mis medias para que sus pies no estuviesen completamente descalzos. Me escondí detrás del refugio y me cambié a mis

vaqueros para protegerme las piernas de los moquitos, y comenzamos a adentrarnos por el bosque.

El aire húmedo se pegaba a mi piel. Caminé por medio de un enjambre de mosquitos, manteniendo la boca cerrada y espantándolos con mis manos. Nos adentramos mucho más en la selva y el olor a plantas en descomposición se hizo cada vez más fuerte. Las hojas encima de nuestras cabezas bloqueaban casi toda la luz del sol, y lo único que se escuchaba eran las ramas quebrándose y nuestra respiración cuando inhalábamos el pesado aire. El sudor cubría toda mi ropa. Continuamos nuestro camino en silencio, y me pregunté cuanto tiempo nos tomaría despejar todos los árboles y salir al otro lado.

Logramos llegar unos quince minutos después. Bella caminaba lentamente detrás de mí, así fui yo quien lo vio primero. Me detuve de repente, me giré y le hice señas para que se apresurara.

Logró alcanzarme y murmuró—: ¿Qué es eso?

—No lo sé.

A unos quince metros se encontraba una pequeña casita de madera que apenas era del tamaño de una casa movible. Quizá alguien más vivía en la isla. Alguien que no se había molestado en presentarse. Caminamos cautelosamente hacia ella. La puerta de enfrente se encontraba abierta, así que dimos un vistazo hacia adentro.

—¿Hola? —dijo Bella.

Nadie contestó, así que entramos por el umbral hacia el piso de madera. Había otra puerta en el otro lado de la habitación sin ventanas, pero estaba cerrada.

Tampoco había ningún mueble. Con mi pie toqué una pila de sábanas en la esquina, y saltamos cuando un grupo de insectos comenzaron a dispersarse.

Cuando mis ojos se ajustaron a la poca luz, noté una caja de herramientas grande y de metal en el piso. Me incliné y la abrí. Adentro se encontraban un martillo, varios paquetes de clavos y tornillos, una cinta métrica, alicates y una sierra manual. Bella encontró algo de ropa. Recogió una de las camisas y la manga se le desprendió.

—Pensé que tal vez podríamos usar eso, pero, olvídalo —dijo, haciendo una mueca.

Abrí la puerta de otra habitación, y entramos lentamente. Por todo el piso había bolsas vacías de papas fritas y envolturas de barras de chocolate. También había un envase de plástico con tapa junto a ellos. Lo recogí y miré adentro. Vacío. Quienquiera que vivió aquí, probablemente lo utilizó para recolectar agua. Quizá si hubiésemos explorado la isla un poco más, y hubiésemos caminado más lejos y encontrado la choza antes, no

habríamos tenido que beber del agua estancada. Quizá habríamos estado en la playa cuando el avión voló por encima.

Bella miró el contenedor en mi mano. Debió haber hecho la misma conexión, ya que dijo—: Lo hecho, hecho está, Edward ahora no hay nada que podamos hacer al respecto.

En el suelo había un saco de dormir arrugado y lleno de moho. En la esquina, también había un estuche negro apoyado contra la pared. Desabroché los cierres y levanté la tapa. Dentro había una guitarra acústica en buenas condiciones.

—Eso no me lo esperaba —dijo Bella.

—¿Crees que alguien vivió aquí?

—Parece que sí.

—¿Qué estaban haciendo?

—¿Además de canalizar a Jimmy Buffet2? —Bella sacudió la cabeza—. No tengo idea. Pero quien sea que haya sido, no ha estado en casa por un tiempo.

—Ésta no es madera chatarra —dije—. Fue cortado en un aserradero. No sé cómo logró traerla hasta aquí, pero éste tipo iba en serio. Entonces, ¿a dónde se fue?

— Edward —dijo Bella, con los ojos abiertos en sorpresa—, quizá regrese.

—Eso espero.

Coloqué la guitarra en el estuche y se lo tendí. Recogí la caja de herramientas, y volvimos a hacer nuestro camino de vuelta a la playa.

A la hora del almuerzo, Bella rostizó fruta de pan en una roca plana al lado de la fogata, mientras yo partía algunos cocos. Nos comimos todo —en mi opinión, la fruta de pan aún no sabía a pan— y lo pasamos con agua de coco. El calor de la fogata más una temperatura que debía estar cerca de los noventa, hacían difícil estar sentados dentro del refugio por mucho tiempo. El sudor corría por el rostro de Bella, y su cabello se le pegaba al cuello.

—¿Quieres ir al agua? —Me arrepentí de mis palabras en el momento en que las dije. Probablemente sólo pensaba que quería que se desnudara frente a mí de nuevo.

Vaciló, pero dijo—: Sí. Me estoy asando.

Fuimos caminando por la orilla. No me había cambiado de nuevo a mis shorts, así que me quité las medias, la camisa, y salí de los vaqueros. Debajo tenía unos bóxers grises.

—Haz como si fuera mi bañador —dije.

Miró mi ropa interior y sonrió. —De acuerdo.

La esperé en la parte baja, intentando no mirarla mientras se quitaba la ropa. Sí ella tenía el valor de desvestirse frente a mí, no iba a actuar como un idiota sobre el asunto.

Aunque mi erección volvió, y esperaba que no lo notara.

Nadamos por un rato, y cuando salimos del agua, nos vestimos y sentamos en la arena. Bella miró fijamente hacia el cielo.

—Estaba muy segura de que ese avión volvería a pasar —dijo.

Cuando regresamos al refugio, le coloqué algo más de leña a la fogata. Bella tomó una de las sábanas de la balsa salvavidas, la extendió en la arena, y se sentó. Tomé la guitarra y me senté junto a ella.

—¿Tocas? —preguntó.

—No. Bueno, uno de mis amigos me enseñó parte de una canción. —Tiré de las cuerdas y comencé a tocar las primeras notas de "Wish You Were Here."

Bella sonrió. —Pink Floyd.

—¿Te gustan los Pink Floyd?

Asintió. —Me encanta esa canción.

—¿En serio? Es genial. Nunca se me hubiera ocurrido eso.

—¿Por qué? ¿Qué tipo de música crees que escucho?

—No lo sé, algo cómo, ¿Mariah Carey?

—No, me gusta lo otro. —Se encogió de hombros—. ¿Qué puedo decir? Nací en el '71.

Calculé su edad. —¿Tienes treinta?

—Sí.

—Creí que tenías veinticuatro o veinticinco.

—No.

—No pareces de treinta.

Sacudió la cabeza y se rió ligeramente. —No estoy muy segura si eso es algo bueno o algo malo.

—Sólo me refiero a que es muy fácil hablar contigo.

Me sonrió. Tiré de las cuerdas un poco más, tocando las mismas notas de Pink Floyd, pero tuve que parar porque las manos me dolían por hacer la fogata.

—Si tuviésemos algo que pudiéramos usar como anzuelo, podría convertir esto en una caña de pescar —dije—. Una cuerda de la guitarra podría hacer una línea bastante decente. —Pensé en usar un clavo de la caja de herramientas, pero los peces no eran muy grandes, y necesitaba algo más pequeño y liviano.

Más tarde, cuando nos fuimos a la cama, ella dijo—: Espero que esa fiesta por la que te quedaste más tiempo haya valido la pena.

—No fue una fiesta. Sólo les dije eso a mis padres.

—¿Qué fue?

—Los padres de Ben no estaban en la ciudad. Su primo justo había salido de la universidad para el verano, y se suponía que iba a venir con su novia. Iba a traer dos de sus amigas. Ben se convenció a si mismo de que podría conquistar a una de ellas. Le aposté veinte dólares a que no podría hacerlo. —No le dije a Bella que yo también tenía planeado intentarlo.

—¿Lo logró?

—Nunca aparecieron. En vez de eso nos quedamos allí toda la noche, bebiendo cerveza y jugando videojuegos. Dos días después me monté en el avión contigo.

—Guau, Edward lo lamento —dijo.

—Sí. —Esperé un minuto y luego pregunté—: ¿Quién era ese hombre en el aeropuerto?

—Mi novio, Riley.

Recordé el beso que le había dado. Parecía como si intentaba encajarle su lengua en la garganta. —Debes extrañarlo.

No respondió de inmediato, pero finalmente, dijo—: No tanto como probablemente debería.

—¿Qué significa eso?

—Nada. Es complicado.

Mi giré de lado y coloqué mi cojín del asiento debajo de mi cabeza.

—¿Por qué crees que ese avión no regresó, Bella?

—No lo sé —dijo. Pero me dio la impresión de que si lo sabía.

—Creen que estamos muertos, ¿cierto?

—Espero que no —dijo—. Porque si lo piensan, entonces dejarán de buscarnos.

Bella

Ala mañana siguiente, Edward usó el cuchillo para cortar los extremos de dos palos largos en puntos fuertes.

—¿Lista para arponear algunos peces? —preguntó.

—Definitivamente.

Cuando llegamos a la orilla, Edward se arrodilló y recogió algo.

—Esto tiene que ser tuyo —dijo, dándome una zapatilla de bailarina azul oscuro.

—Así es. —Miré en el agua—. Tal vez la otra estará empapada.

Nos metimos en la laguna, que me llegaba a la cadera. El calor no era tan intolerable en la mañana, así que me puse una camiseta de Edward, en lugar de sólo mi sujetador y ropa interior. El dobladillo saturado de agua como una esponja se aferraba a mis muslos. Habíamos intentado, sin éxito, durante más de una hora arponear un pez. Pequeños y rápidos, se dispersaban en cuanto hacíamos algún tipo de movimiento.

—¿Crees que tendríamos mejor suerte un poco más lejos? —le pregunté.

—No lo sé. Los peces son, probablemente, más grandes, pero podría ser más difícil de usar la lanza.

Me di cuenta de algo, entonces, flotando en el agua. —¿Qué es eso, Edward? —Protegí mis ojos con la mano.

—¿Dónde?

—Ahí en frente. ¿Ves lo que sube y baja? —Señalé con el dedo.

Edward entrecerró los ojos en la distancia. —Oh, mierda. Bella, no veas.

Demasiado tarde.

Justo antes de que me dijera que no mirase, lo descubrí. Dejé caer mi lanza y vomité en el agua.

—Va a ser arrastrado, así que vamos a volver a la orilla —dijo Edward

Lo seguí fuera del agua. Cuando llegamos a la arena vomité otra vez.

—¿Ya está aquí? —le pregunté, limpiándome la boca con el dorso de mi mano.

—Casi.

—¿Qué vamos a hacer?

La voz de Edward sonaba temblorosa e insegura. —Vamos a tener que enterrarlo en alguna parte. Nos vendría bien una de las mantas, a menos que no quieras.

Por mucho que odiaba renunciar a una de nuestras pocas pertenencias, envolverlo en una manta parecía lo respetuoso para hacer. Y si era honesta conmigo misma, sabía que no había manera de que pudiera tocar su cuerpo con mis manos desnudas.

—Iré por ella —le dije, agradecida por una excusa para no estar allí cuando lo arrastrara.

Cuando regresé con la manta, se la entregué a Edward, y rodamos el cuerpo en ella, empujando con los pies. El olor de la descomposición, la carne anegada llenó mi nariz, y escondí y hundí la cara en el hueco de mi codo.

—No lo podemos enterrar en la playa —le dije.

Edward sacudió la cabeza. —No.

Elegimos un lugar debajo de un árbol, lejos del cobertizo, y empezamos a cavar en la tierra blanda con las manos.

—¿Es lo suficientemente grande? —preguntó Edward bajando la mirada al agujero.

—Creo que sí.

No necesitábamos una tumba grande porque los tiburones habían comido las piernas de Harry y parte de su torso. Y un brazo. Otra cosa en la que habían estado trabajando era su cara, hinchada y blanca. Recortes de la camiseta desteñida que había estado usando colgaban de su cuello.

Edward esperó mientras yo tenía arcadas, y luego agarré uno de los bordes de la manta y le ayudé a arrastrar a Harry a la tumba y bajarlo en el agujero.

Lo cubrimos con tierra y nos levantamos.

Lágrimas silenciosas rodaron por mi cara. —Él ya estaba muerto cuando caímos al agua —dije con firmeza, como un comunicado.

—Sí —estuvo de acuerdo Edward

Empezó a llover, así que volvimos a la balsa salvavidas y nos metimos dentro. El pabellón nos mantuvo secos, pero me estremecí. Tiré de la manta sobre nosotros —la que ahora estaríamos compartiendo— y dormimos.

Cuando nos despertamos, Edward y yo reunimos fruta de pan y coco. Ninguno de los dos dijo mucho.

—Aquí. —Edward me entregó un trozo de coco.

Le aparté la mano. —No, no puedo. Tú cómelo. —Mi estómago estaba revuelto. Nunca sacaría la imagen de Harry fuera de mi cabeza.

—¿Tu estómago está todavía revuelto?

—Sí.

—Prueba un poco de agua de coco —dijo, pasándomelo.

Levanté el envase de plástico a mis labios y bebí un trago.

—¿Eso descendió bien?

Asentí con la cabeza. —Tal vez me quede sólo con esto por un rato.

—Voy a buscar un poco de leña.

—Está bien.

Sólo se había ido unos minutos, cuando sentí el chorro.

Oh, Dios mío, no.

Con la esperanza de una falsa alarma, entré en la dirección opuesta a donde Edward se había ido y tiré de mis pantalones abajo. Allí, en la entrepierna de algodón blanco de mi ropa interior era la prueba de que acababa de llegar mi período.

Me apresuré hacia algo en lo que apoyarme y agarré una camiseta manga larga. De vuelta en el bosque, arranque una tira, hice una bola, y la metí en mi ropa interior.

Necesito que este día miserable se termine.

Cuando se puso el sol, los mosquitos hacían un festín con mis brazos.

—Debiste de haber decidido que estar más fría valía más que unas cuantas picaduras —dijo Edward cuando me vio espantándolos con mi mano. Se había puesto la sudadera y unos vaqueros tan pronto como los bichos salieron.

Pensé en mi camisa de manga larga, escondida debajo de un arbusto al que sólo esperaba ser capaz de encontrar de nuevo.

—Sí, algo así.