*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 6

Edward

No comimos nada más que coco y fruta de pan por los siguientes ocho días y nuestras ropas acabaron colgándonos. El estómago de Bella gruñía mientras dormía, y yo tenía un constante dolor en el mío. Dudaba que los equipos de rescate aún estuvieran buscándonos, y un hoyo, una sensación de vacío, que no tenía nada que ver con el hambre, se unía al dolor en mis entrañas cada vez que pensaba en mi familia y amigos.

Pensé que impresionaría a Bella si podía pescar un pez. Me las arreglé para apuñalarme a mí mismo el pie en su lugar, lo cual duele como el infierno, pero no le dejé saber eso.

—Quiero poner una pomada antibiótica en él —dijo Bella. Untó suavemente pomada en la herida y la cubrió con una curita. Dijo que la humedad de la isla era perfecta para los gérmenes y el pensar que uno de nosotros obtuviera una infección la asustaba como la mierda—. Tendrás que permanecer fuera del agua hasta que sanes, Edward Quiero mantenerte seco.

Genial. Nada de pescar y nada de nadar.

Los días pasaron lentamente. Bella se tranquilizó. Durmió más, y la pillé secándose los ojos cuando regresé de recolectar leña o explorar la isla. La encontré sentada en la playa un día, mirando el cielo.

—Es más fácil si dejas de pensar que van a volver —dije.

Me miró. —¿Así que sólo debo esperar a que un avión vuele al azar sobre mi cabeza algún día?

—No lo sé, Bella. —Me senté a su lado. —Podemos salir en una balsa salvavidas —dije—, cargarla con comida y usar los recipientes de plástico para recolectar agua de lluvia. Sólo comienza a remar.

—¿Qué pasa si nos quedamos sin comida o algo le sucede a la balsa? Eso sería suicidio, Edward Obviamente no estamos en la trayectoria de vuelo de cualquiera de las islas inhabitadas, y no hay garantía de que un

avión volará por aquí. Estas islas se extienden por miles de kilómetros de agua. No puedo estar en el mar. No después de ver a Harry. Me siento a salvo aquí, en tierra. Y sé que no van a volver, pero el decirlo en voz alta me parecería que me di por vencida.

—Yo me sentía de esa manera, pero ya no más.

Bella me estudió. —Eres muy adaptable.

Asentí con la cabeza. —Vivimos aquí ahora.

Bella

Edward gritó mi nombre. Estaba sentada al lado del cobertizo, con la mirada perdida en el espacio. Corrió hacia mí, arrastrando una maleta tras él.

—Bella, ¿es tuya?

Me puse de pie y corrí a su encuentro a mitad de camino.

—¡Sí!

Por favor, deja que sea la correcta.

Me tiré en la arena en frente de la maleta y tiré de la cremallera, entonces abrí la tapa y sonreí.

Empujé la ropa mojada a un lado y busqué mis joyas. Encontré la bolsa con cierre hermético, la abrí, y derramé todo. Escudriñando a través de ella, mis dedos se cerraron en torno a un pendiente con forma de aro y lo alcé triunfalmente para que Edward lo viera.

Sonrió, observando el alambre curvado que colgaba del aro.

—Eso sería genial como anzuelo, Bella.

Lo saqueé todo de la maleta: el cepillo de dientes y dos tubos de pasta dental corriente, además de un tubo dental blanqueador Crest, cuatro barras de jabón, dos botellas de gel de baño, champú y acondicionador, loción, crema de afeitar y mi maquinilla de afeitar, más dos paquetes de cartuchos de recambio de cuchilla. Tres desodorantes, dos sólidos y uno en gel, el aceite de bebé y las bolas de algodón para quitar el maquillaje, bálsamo labial de cereza y, gracias Jesús, dos cajas de tampones. El quitaesmalte y el esmalte, pinzas, bastoncitos de algodón para los oídos, pañuelos de papel, una botella de Woolite, para lavar a mano mis trajes de baño, y dos tubos de Coppertone, con un factor de protección solar de 30. Edward y yo estábamos ya tan morenos que no creí que el protector solar hiciera una diferencia.

—Guau —dijo Edward, cuando terminé de ordenar todas las cosas de aseo.

—La isla en la que se supone que deberíamos estar no tiene farmacia —le expliqué—. Lo he comprobado.

También había guardado un peine y un cepillo, ganchitos y gomas para el cabello, una baraja de cartas, mi agenda y un bolígrafo, dos pares de gafas de sol, las de aviador de Ray Ban y un par con una gran montura negra y un sombrero de paja que siempre llevaba a la piscina.

Cogí cada prenda de ropa, la escurrí del agua y la tendí sobre la arena para que se secara. Cuatro trajes de baño, pantalones de algodón, pantalones cortos, camisetas de tirantes, camisas, y un vestido de verano. Mis zapatillas de deporte y varios pares de calcetines. Una camiseta azul del concierto de REO Speedwagon, y una gris de Nike con un logotipo rojo que dice Just Do It en el frente. Eran de gran tamaño, y las usaba para dormir.

Lancé la ropa interior y los sujetadores de vuelta a la maleta y cerré la tapa. Lidiaría con esos más tarde.

—Hemos tenido suerte de que esta fuera la maleta que se quedó varada —dije.

—¿Qué había en la otra?

—Tus libros de texto y tus trabajos. —Había hecho un cuidadoso plan de lecciones, había organizado todos los trabajos que le quedaban por terminar a Edward Las novelas que había planeado leer durante el verano también se encontraban en esa maleta y pensé con nostalgia lo mucho que habrían ayudado a pasar el tiempo. Miré a Edward con expresión esperanzadora—. Quizás también encontremos tu maleta.

—Ni de coña. Mis padres se la llevaron. Es por eso que tenía algo de ropa y mi cepillo de dientes en la mochila. Mi madre quiso que llevara algo conmigo por si nos retrasábamos y tuviéramos que pasar la noche en alguna parte.

—¿En serio?

—Sí.

—Uh. Imagina eso.

Recogí todo lo que necesitaba.

—Voy a darme un baño —le dije—. No puedes ir al agua mientras yo esté allí. ¿Eso queda claro?

Edward asintió con la cabeza.

—No lo haré. Te lo prometo. Voy a ver si puedo hacer una caña de pescar, mientras tú vas. Iré cuando regreses.

—Está bien.

Cuando llegué a la orilla, me quité la ropa, entré en el agua, y hundí la cabeza. Me lavé el pelo sucio, lo enjuagué, y volví a lavármelo. El champú olía increíble, pero quizás era porque yo olía muy mal. Después de ponerme el acondicionador, me enjaboné de pies a cabeza y me senté en la orilla, afeitándome las piernas y las axilas. Entré en el agua para enjuagarme y floté de espaldas durante un rato, contenta y limpia.

Me puse mi bikini amarillo, me eché desodorante y me desenredé el cabello, haciéndome un moño y asegurándolo con una pinza de pelo. Elegí las gafas de sol negras, decidiendo que Edward debía de ponerse las Ray Ban.

Él me miró dos veces cuando me acerqué. Cuando me senté a su lado, se inclinó, me olfateó, y dijo—: Los mosquitos van a comerte viva.

—Me siento tan bien que ni siquiera me importa.

—¿Qué opinas? —preguntó, levantando la caña de pescar. Había hecho un agujero en el extremo de un palo largo y atado la cuerda de la guitarra al mismo. Lo colocó al otro extremo a través de un circuito abierto en el cable de mi pendiente.

—Se ve muy bien. Cuando vuelvas de lavarte, lo probamos. Dejé todo por el agua. Sírvete tú mismo.

Cuando Edward regresó, se veía limpio y olía tan bien como yo. Le di las Ray Ban.

—Oye gracias —dijo, poniéndoselas—. Son geniales. —Agarró la caña de pescar.

—¿Qué vamos a utilizar como cebo? —pregunté.

—Lombrices, supongo.

Cavamos en el suelo, por debajo de los árboles, hasta que encontramos algunos. Parecían más gusanos grandes que lombrices, eran blancos y ondulados, me estremecí. Edward recogió un puñado, y fuimos hacia el agua.

—La cuerda no es muy larga —dijo—. No quería usar todas las cuerdas de la guitarra por si acaso se rompía o le pasaba algo al palo.

Después de caminar hasta la altura de la cintura, lanzó el anzuelo. Nos quedamos quietos.

—Algo está mordisqueando —dijo.

Tiró el palo hacia atrás y sacó la cuerda. Aplaudí ante los peces que colgaban del extremo.

—Oye, ¡funcionó! —gritó.

Edward pescó otros siete en menos de media hora. Cuando llegamos al cobertizo, salió a recoger leña, y yo limpié el pescado con el cuchillo.

—¿Dónde aprendiste a hacer eso? —me preguntó cuando regresó. Vació la mochila llena de palos en el montón de leña en el cobertizo.

—Mi padre. Solía llevarnos de pesca a Alice y a mí todo el tiempo, a la casa del lago que teníamos cuando éramos pequeñas. Siempre se ponía su sombrero loco con dibujos de anzuelo en forma de pez. Le ayudaba a limpiar todo lo que cogía.

Edward observaba mientras raspaba las escamas con el cuchillo y luego le cortaba la cabeza. Pasé el cuchillo en horizontal y hacia abajo por el largo de los peces, separando el filete de la piel. Vertí agua de lluvia en mis manos para quitarme la sangre y las tripas, y luego cocinamos el pescado en la piedra plana que usábamos para tostar pan. Nos comimos los siete, uno detrás de otro. Sabían mejor que cualquier otro pez que hubiera comido antes.

—¿Qué tipo de pescado crees que es? —le pregunté a Edward

—No lo sé. Aunque está bastante bueno.

Nos sentamos en la manta después de cenar, con nuestros estómagos llenos por primera vez en las últimas semanas. Alcancé mi maleta y saqué la agenda, alisando las páginas torcidas.

—¿Cuántos días hemos estado aquí? —le pregunté a Edward

Se acercó al árbol e hizo un recuento de las marcas que había hecho con el cuchillo.

—Veintitrés.

Redondeé la fecha en el calendario. Era casi julio.

—Voy a hacer un seguimiento a partir de ahora. —Entonces pensé en algo—. ¿Cuando se supone que debes ir al médico?

—A finales de agosto. Se supone que me tienen que hacer un escáner.

—Nos encontrarán para entonces.

Realmente no lo creía. Y dada la mirada en la cara de Edward, él tampoco.

Estaba yendo al baño detrás de un árbol cuando lo escuché. El aleteo, el sonido de algo agitándose me sorprendió y casi caí en mi charco de pis. Me puse en pie y me levanté la ropa interior y los pantalones cortos, entonces escuché, pero no volví a oír el ruido.

—Creo que he oído a un animal —le dije a Edward cuando regresé.

—¿Qué clase de animal?

—No lo sé. Era como el ruido de un aleteo. ¿Has oído algo?

—Sí, también lo he oído.

Volvimos al lugar donde había oído el ruido, pero no encontramos nada. Reunimos toda la leña que podíamos cargar en el camino de regreso, y la depositamos en nuestra pila de leña.

—¿Quieres ir a nadar? —preguntó Edward

—Claro.

Ahora que tenía traje de baño, nadar sonaba como una gran idea.

El agua clara en la laguna habría sido perfecta para bucear. Nadamos durante aproximadamente media hora, y justo antes de que saliéramos del agua, Edward pisó algo. Se zambulló debajo de la superficie. Cuando subió, sostenía una zapatilla de deporte en la mano.

—¿Es tuya? —pregunté.

—Sí. Me imagino que al final se lavarán —dijo.

Nos sentamos en la playa, con la brisa del océano secando nuestros cuerpos.

—¿Por qué tus padres eligieron estas islas? —pregunté—. Están tan lejos.

—El buceo. Se supone que son unos de los mejores puntos de buceo en el mundo. Mi padre y yo estamos diplomados —dijo Edward, hundiendo sus pies en la arena blanca—. Cuando estaba muy enfermo, hizo la gran cosa de decirles a todos que tan pronto como me recuperara, tendríamos las mejores vacaciones. Como si me importara una mierda.

—¿No querías venir aquí?

Edward sacudió la cabeza.

—¿Por qué no?

—Nadie quiere pasar todo el verano con su familia. Quería quedarme en casa y pasar el rato con mis amigos. Entonces me dijeron que ibas a venir y que tendría que hacer todo el trabajo que no hice o tendría que repetir decimo grado. Eso realmente me molestó. —Me miró como disculpándose—. Sin ánimo de ofender.

—No lo has hecho.

—Sin embargo, no me escucharon. Mi madre y mi padre se convencieron a sí mismos de que este viaje sería lo mejor que le ha pasado a nuestra familia. Pero incluso mis hermanas estaban enfadadas. Querían ir a Disney World.

—Lo siento, Edward

—No pasa nada.

—¿Qué edad tienen tus hermanas?

—Jane tiene nueve años y Kate once. A veces me vuelven loco, no paran de hablar, pero son fantásticas —dijo—. ¿Tienes hermanos o hermanas?

—Tengo una hermana, Alice. Es tres años mayor que yo y está casada con un tipo llamado Jasper. Tienen dos hijos, Joe de cinco años y Chloe de dos. Los echo muchisimo de menos a todos. No puedo imaginarme como lo estarán pasando, sobre todo mi madre y mi padre.

—Yo también echo de menos a mi familia —dijo Edward

Observé el brillante cielo azul y miré hacia el agua turquesa, escuchando el sonido relajante de las olas golpeando el arrecife.

—Realmente esto es precioso —dije.

—Sí —estuvo de acuerdo Edward—. Lo es.