*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 7

Edward

Una de las cosas más difíciles de estar en la isla era el aburrimiento. Tomaba su tiempo reunir comida y leña, e ir a pescar dos o tres veces al día, pero aún teníamos muchas horas que sobraban. Explorábamos y nadábamos, pero también conversábamos, y no pasó mucho tiempo antes de sentirme casi tan cómodo con Bella como lo hacía con mis amigos; escuchaba lo que tenía que decir.

Me preguntó cómo lo estaba llevando, emocionalmente hablando. Los chicos supuestamente deben ser rudos, y Emmett y yo segurísimo que nunca nos sentaríamos por ahí a hablar de cómo nos sentíamos, pero admití a Bella que tenía una extraña sensación en mi estómago cada vez que pensaba en cuándo nos encontrarían. Le dije que a veces me asustaba. Le dije que no siempre dormía bien. Me dijo que ella tampoco.

Aunque me gustaba compartir una cama con Bella, a veces se acurrucaba junto a mí, con su cabeza en mi hombro, y una vez cuando me dormí de lado, presionó su pecho contra mi espalda y metió las rodillas en el espacio por detrás de las mías. Lo hizo mientras dormía, y no significaba nada, pero se sintió bien. Nunca había pasado la noche entera con una chica antes. Emma y yo sólo habíamos dormido juntos un par de horas y eso fue sobre todo, porque estaba enferma.

Me gustaba Bella. Mucho. Sin ella la isla habría apestado.

Nadie nos rescató, así que me perdí la cita de seguimiento con el oncólogo a finales de agosto. Bella lo mencionó una mañana durante el desayuno.

—Me preocupa que no hayas podido ir al médico —dijo, pasándome un pedazo de pescado cocido—. Cuidado, está caliente.

—Me encuentro bien —le dije, soplando el pescado para enfriarlo antes de meterlo en mi boca.

—Sí, pero estuviste muy enfermo, ¿verdad?

—Sí.

Me pasó la botella con agua. Tomé un sorbo y me senté.

—Háblame de ello —dijo.

—Mi madre pensó que era gripe. Tenía fiebre, y comenzaba a sudar por la noche, perdí algo de peso. Luego el doctor encontró un bulto en mi cuello que resultó ser un ganglio linfático inflamado. Hicieron unas pruebas después de eso: Rayos X, biopsia, Resonancia Magnética Nuclear y un PET escáner. Luego me dijeron que estaba en la tercera etapa del linfoma de Hodgkin3.

—¿Comenzaste enseguida con quimioterapia?

—Sí. Sin embargo no funcionó. También encontraron una masa en mi pecho, así que también tuve que recibir radiación.

—Eso suena horrible.

Cortó un pedazo del fruto del árbol del pan, y me pasó el resto.

—No fue divertido. Estuve entrando y saliendo del hospital muchas veces.

—¿Cuánto tiempo estuviste enfermo?

—Alrededor de un año y medio, supongo. Durante un tiempo, no estuve muy bien. Los médicos no sabían qué pensar.

—Eso tuvo que ser realmente aterrador Edward.

—Bueno, trataron de mantenerlo en secreto, lo cual odiaba. Sólo supe que era malo porque de repente nadie me miraba a los ojos cuando preguntaba cosas. O cambiaban de tema. Eso me asustaba.

—Apuesto a que sí.

—Al principio, mis amigos me visitaban todo el tiempo, pero cuando no me recuperé, algunos de ellos dejaron de venir. —Tomé otro sorbo de agua y le entregué la botella a Bella—. ¿Conoces a mi amigo, Ben?

—Sí.

—Él vino cada día. Pasaba horas viendo la televisión conmigo, o sólo se sentaba en una silla junto a mi cama del hospital cuando me sentía demasiado enfermo para moverme o hablar. Mis padres y el médico tenían esas largas conversaciones, afuera en el pasillo o dónde fuera, y le pedía a Ben que tratara de escuchar. Me contaba todo lo que decían, sin importar el qué. Sabía que sólo necesitaba oírlo directamente, ¿sabes?

—Por supuesto —dijo—. Parece un gran amigo, Edward

—Sí, lo eso. ¿Tienes alguna mejor amiga?

—Sí, su nombre es Stefani. Nos conocemos desde la guardería.

—Eso es mucho tiempo.

Asintió.

—Los amigos son importantes. Entiendo que quisieras pasar tu verano con ellos.

—Sí —dije, pensando en todos volviendo a casa en Chicago. Probablemente pensarían que estaba muerto. Bella se levantó y caminó hacia la pila de leña.

—¿Me dirás si notas algún síntoma?

Agarró algo de leña y la tiró al fuego.

—Claro. Sólo no preguntarme todo el tiempo si estoy bien. Mi madre lo hacía, y me volvía loco.

—No lo haré. Pero me preocuparé un poco.

—Sí. Yo también.

Bella

La luz del sol me despertó, iluminando el interior de la balsa salvavidas. Edward ya se había ido a buscar leña o pescar. Bostecé, estiré mis brazos y piernas, y salí de la cama. Mi maleta se encontraba en la choza, y metí la mano y tomé un bikini, volviendo a la balsa salvavidas para cambiarme. Vestida, levanté las solapas de nylon para dejar que entrara algo de aire fresco.

Edward se acercó con el pescado que capturó para el desayuno. Sonrió.

—Hola.

—Buenos días.

Revisé los árboles de fruta del pan y coco, recogiendo todo del suelo y trayéndolos de vuelta a la choza. Edward quebró los cocos mientras yo limpiaba y cocinaba el pescado.

Después del desayuno cepillamos nuestros dientes, los enjuagamos con agua de lluvia, y taché la fecha en mi agenda. Septiembre ya. Difícil de creer.

—¿Quieres ir a nadar? —preguntó Edward

—Seguro.

La última semana, Edward había visto dos aletas, justo fuera del arrecife. Nos entró el pánico y salimos del agua, mientras mirábamos como venían hasta el final de la laguna. Delfines. Nos metimos lentamente dentro del agua y ellos no nadaron lejos, esperando pacientemente mientras nos acercábamos a ellos.

—Casi actúan como si estuvieran aquí para presentarse —dije con asombro.

Edward acarició a uno y se rió cuando sopló agua por su respiradero. Nunca había visto criaturas tan sociales. Nadaron con nosotros por un rato y luego nos dejaron abruptamente, como si fuera una especie de programa marítimo.

—Tal vez los delfines volverán hoy —dije mientras seguía Edward hasta la orilla.

Nos entretuvimos nosotros mismos usando uno de los recipientes de plástico plegable como una máscara de snorkel. Habían escuelas de peces de brillantes colores, púrpura, azul, naranja, y amarillo y negro a rayas. Vimos una tortuga marina y una anguila asomando su cabeza desde el fondo del océano. Me alejé nadando rápidamente cuando la vi.

—No hay delfines —dije después a Edward y había estado nadando por al menos una hora—. Debemos haberlos perdido.

—Podemos intentarlo de nuevo después de nuestra siesta. —De repente, apuntó hacia la costa—. Bella, mira hacia allá.

Una pata de cangrejo salió de la arena, la pinza se abrió, y se cerró. Salimos corriendo del agua.

—Voy a agarrar mi sudadera —dijo.

—Date prisa, está tratando de enterrarse.

Edward regresó en un tiempo record, envolvió su sudadera alrededor del cangrejo, y lo tiró fuera de la arena. Fuimos de nuevo a la choza y Edward lo sacudió sobre el fuego.

—Oh Dios —dije, pensando por un segundo en la violenta muerte del cangrejo.

Lo superé rápido.

Rompimos las piernas con las pinzas de la caja de herramientas, sorprendiéndonos de de nosotros mismos. La carne de cangrejo —incluso sin mantequilla caliente derretida— sabía mejor que cualquier cosa que había comido desde que estábamos en la isla. Ahora que sabíamos donde se enterraban, Edward y yo tendríamos que verificar la costa diariamente. Me había cansado del pescado, cocos, y la fruta de pan que apenas podía tragar a veces, y agregar la carne de cangrejo daría un poco de variedad, algo que estaba desesperadamente fuera de nuestra dieta.

Cuando el cangrejo no era nada más que un montón de trozos de concha, saqué la manta de la balsa salvavidas y la tendí bajo el árbol de cocos. Nos tendimos uno al lado del otro. La sombra del árbol ayudaba a mantenernos frescos durante las horas más calurosas del día, y se había convertido en nuestro lugar favorito para tomar la siesta.

Una gran, espeluznante y peluda araña —su cuerpo del tamaño de un cuarto— se arrastró perezosamente por el hombro de Edward y la sacudí con mi dedo.

—Esa incluso me asustó —dije.

Edward se estremeció. Odiaba las arañas, siempre sacudía nuestra manta, comprobándola antes de ponerla de vuelta en la balsa salvavidas.

Personalmente, odiaba a las serpientes. Ya había pisado una y la única cosa que me impidió quedar completamente traumatizada fue el hecho de que llevaba mis tennis. Odiaba pensar haber pisado una descalza; fuera o no venenosa era demasiado estresante para pensarlo.

Pensé que Edward ya se había quedado dormido, pero luego dijo—: ¿Qué crees que va a pasar con nosotros, Bella? —Su voz sonó somnolienta.

—No lo sé. Creo que seguiremos haciendo lo que estamos haciendo y trataremos de aguantar hasta que alguien nos encuentre.

—No estamos haciéndolo tan mal —dijo Edward, rodando sobre su estómago—. Apuesto a que sorprendería mucha gente.

—Esto me sorprende. —Mi estómago lleno me puso somnolienta también—. No es como si hubiéramos tenido una elección, Edward O lo imaginamos o morimos.

Edward levantó la cabeza de la manta y me miró con una expresión contemplativa. —¿Piensas que hayan hecho funerales para nosotros cuando regresemos a casa?

—Sí. —La idea de nuestras familias manteniendo monumentos dolía tanto que apreté los ojos cerrados y quise estar dormida, con la esperanza de escapar de las imágenes de una iglesia llena de gente, un altar vacío y los rostros llorosos de mis padres.

Después de nuestra siesta reunimos leña, una tarea interminable y tediosa. Manteníamos el fuego ardiendo constantemente, en parte para que Edward no tuviera que hacer una nueva y en parte porque ambos aún manteníamos la esperanza de que un avión volara sobre nosotros. Cuando pasara, estaríamos listos, nuestra pila de hojas verdes enviarían señales de humo tan pronto como las arrojáramos a las llamas.

Agregamos leña a la pila en la choza. Luego llené el contenedor que había tenido la balsa salvavidas con agua de mar, agregué una tapa de Woolite, y agité nuestra ropa sucia alrededor de ella.

—Debe ser el día del lavado —dijo Edward

—Síp.

Colgamos una cuerda entre dos árboles y colgamos la ropa para que se secara. No teníamos mucho; Edward llevaba pantalones cortos y nada más. Yo pasaba los días en bikini, durmiendo con su camiseta y un par de pantalones cortos cada noche.

Más tarde esa noche, después de la cena, Edward preguntó si quería jugar a las cartas.

—¿Poker?

Se echó a reír. —¿Qué, no te pateé el trasero lo suficiente la última vez?

Edward me enseñó a jugar, pero no era muy buena. Al menos, eso es lo que él pensaba. Empecé a tomarle el ritmo, y estaba a punto de vencerlo.

Seis manos más tarde, gané cuatro, y él dijo—: Eh, debo estar teniendo una mala noche. ¿Quieres en su lugar jugar damas?

—Está bien.

Él dibujó un tablero de damas en la arena. Usamos piedrecitas para las damas y jugamos tres juegos.

—¿Uno más? —preguntó Edward.

—No, voy a ir a tomar un baño.

Me preocupaba nuestro subministro de jabón y champú. Me había llenado con un montón de cada uno, pero Edward y yo habíamos acordado bañarnos solamente cada dos días. Por si acaso. Quedábamos un poco más limpios desde que nadamos más, pero no siempre olíamos de los mejor.

—Tu turno —dije, cuando volví de la costa.

—Extraño la ducha —dijo Edward

Después del baño, nos fuimos a la cama. Edward cerró la puerta corredera de la balsa salvavidas y se acostó a mi lado.

—Daría cualquier cosa por una Coca —dijo.

—Yo también. Una grande, con un montón de hielo.

—Y quiero algo de pan. No fruta del pan. Pan. Como un gran sándwich, con papas fritas y un pepinillo.

—Pizza, estilo Chicago—dije.

—Una gran y sabrosa hamburguesa con queso.

—Bistec —dije—. Y una papata cocida al horno con queso y crema agria.

—Pastel de chocolate para el postre.

—Sé cómo hacer un pastel de chocolate. Mi mamá me enseñó.

—¿Del tipo con chispas de chocolate encima?

—Sí. Cuando salgamos de esta isla, voy a hacerte una. —Suspiré—. Sólo nos estamos torturando nosotros mismos.

—Lo sé. Ahora tengo hambre. Bueno, ya tenía un poco de hambre.

Me giré sobre mi costado y me acomodé. —Buenas noches, Edward

—Buenas noches.

Edward puso los peces que había pescado en el suelo cerca de mí y se sentó.

—La escuela ha estado en sesión por un par de semanas —dije. Hice una X en el calendario, puse la agenda lejos y empecé a limpiar nuestro desayuno.

Edward debió haber notado mi expresión porque dijo—: Pareces triste.

Asentí. —Esto es duro para mí, sabiendo que otro profesor está de pie delante de mis estudiantes ahora.

Enseñaba inglés a los de segundo año, y amaba comprar artículos escolares y seleccionar libros para mi estantería. Siempre llenaba un gran tazón en mi escritorio con lápices y no habría faltado ninguno al final del año.

—¿Así que te gusta tu trabajo?

—Me encanta. Mi mamá fue profesora, se retiró el año pasado, y yo siempre supe que iba a ser una también. Cuando era pequeña quería jugar a la escuela todo el tiempo y ella solía darme estrellas de oro para que pudiera lograr mi tarea de muñeco de peluche.

—Apuesto a que eres una maestra muy buena.

Sonreí. —Trato de serlo. —Puse el pescado limpio en mi roca para cocinar y lo coloqué cerca de las llamas—. ¿Puedes creer que estarías comenzando tu tercer año de secundaria?

—No. Parecería como si ni hubiese ido a la escuela en mucho tiempo.

—¿Te gusta la escuela? Tu mamá me dijo que eres un buen estudiante.

—Voy bien. Quería ponerme al día con mis clases. Tenía la esperanza de volver al equipo de fútbol, también. Tuve que salir cuando me enfermé.

—¿Entonces te gustan los deportes? —pregunté.

Asintió. —Especialmente el fútbol y el basquetbol. ¿Y a ti?

—Claro.

—¿Juegas alguno?

—Bueno, corro. Corrí dos maratones y medio el año pasado, y corrí en la pista y jugué basquetbol en la secundaria. A veces hago yoga. —

Revisé el pescado y empujé la roca lejos del fuego para que pudiera enfriarse—. Extraño hacer ejercicio.

No podía imaginarme corriendo ahora. Incluso si teníamos suficiente comida para justificarlo, correr alrededor de la isla me recordaría a un hámster en una rueda. Moviéndome hacia adelante pero sin conseguir llegar a ninguna parte.

Edward se acercó con una mochila llena de leña.

—Feliz cumpleaños —dije.

—¿Es el veinte de septiembre? —Tiró un leño al fuego y se sentó a mi lado.

Asentí con la cabeza. —Lo siento, no te he dado un regalo. El centro comercial de la isla es una mierda.

Edward se echó a reír. —Está bien, no necesito un regalo.

—Tal vez puedas tener una gran fiesta cuando salgamos de esta isla.

Edward se encogió de hombros. —Sí, tal vez.

Edward parecía mayor de diecisiete años. Reservado casi. Tal vez enfrentar graves problemas de salud eliminó algunos de los comportamientos inmaduros que se presentan cuando no tienes nada más de qué preocuparte excepto obtener licencia de conducir, clases de montaje, o romper el toque de queda.

—No puedo creer que pronto será octubre —dije—. Las hojas están probablemente empezando a cambiar a casa.

Me gustaba el otoño —juegos de futbol, llevar a Joe y Chloe al huerto de calabazas, y sentir frío en el aire. Esas eran algunas de mis cosas favoritas.

Me quedé mirando las palmeras, sus verdes hojas ondeando en la brisa. El sudor resbalaba lentamente por el lado de mi cara y el constante aroma de coco en mis manos me recordó a loción bronceadora.

Sería siempre verano en la isla.


hola a todos que les parece la adaptación vamos bien he estado juntado capítulos ya que algunos son cortos a veces hasta tres capítulos juntos para poder acabar pronto ya que esta ves juntare los dos libros para hacer solo una historia, muchas gracias por seguir esta adaptación y ponerla en sus alertas y favoritos muchas gracias.