*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 8

Edward

La lluvia comenzó a caer por todos lados. Los truenos retumbaban y los relámpagos iluminaban el cielo. El viento sacudió la balsa salvavidas, y me preocupaba que esto nos recolocara a mitad de la playa. Hice una nota mental: hacer un ancla a la balsa mañana.

—¿Estás despierta? —le pregunté a Bella.

—Sí.

La tormenta se extendió por horas. Nos juntamos con la cobija encima de nuestras cabezas. El delgado nylon que cubría el techo y que colgaba de los lados de la balsa era todo lo que nos protegía de los rayos, lo cual era mejor que no tener ninguna protección. No hablamos mucho, sólo esperamos a que terminara, y cuando finalmente ocurrió, dormimos agotados.

A la mañana siguiente, Bella trajo algunos cocos verdes pequeños que cayeron del árbol por la tormenta. Los abrimos. La pulpa sabía dulce, y el agua no era amarga como en los cocos marrones.

—Estos son tan buenos —dijo Bella.

El cobertizo se había derrumbado y nuestra fogata se había apagado, así que hice otra, esta vez usando mis cordones. Los até a los extremos opuestos del palo, curvándolo. Haciendo un nudo en la cuerda, coloqué el otro palo contra el que estaba perpendicular, así las maderas se apoyaban.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bella.

—Voy a usar esto para girar el palo. Así lo hizo un tipo en la televisión.

Ajusté la tensión en la cuerda y sostuve el palillo en diferentes ángulos. Me tomó un rato conseguir que el palo girara lo suficientemente rápido, pero una vez que lo hice, conseguí humo en unos quince minutos, y las llamas muy pronto después de eso.

—Oye —dijo Bella—. Esa fue una grandiosa idea.

—Gracias. —Apilé en la yesca y observé el fuego crecer. Bella y yo pusimos el cobertizo de nuevo juntos.

Me sequé el sudor de los ojos y dije—: Espero que esta sea la peor tormenta que tendremos. —Incliné el último barrote contra el cobertizo—. Porqué no sé que vamos a hacer si nos quedamos sin refugio.

Bella salió a tomar un baño. Busqué en su maleta, tratando de encontrar su camisa de Reo Speedwagon. Me dijo que podía usarla —y la Nike también— dado que ambas me quedaban. No vi la camisa, así que busqué un poco más profundo.

Había dos cajas de tampones debajo de dos pantaloncillos cortos.

¿Qué va a hacer cuando los acabe?

Moví algunas cosas alrededor y vi sus sostenes, doblados y apilados. El negro estaba en la cima. Tomé una botella de loción de vainilla, abrí la tapa y olfateé.

Es por eso que algunas veces huele a pastelillos.

Abrí un contenedor de plástico. Tenía diminutas píldoras en el interior, en un círculo marcado con los días de la semana. Cinco pastillas dentro. Me tomó un tiempo descubrir que eran pastillas anticonceptivas. Encontré dos paquetes más sin abrir.

A Bella no le importaría que estuviera buscando en su maleta, mantenía mi ropa aquí también, ya que usábamos mi mochila para acarrear leña, pero probablemente no le gustaría que estuviera tocando sus cosas. Comencé a cerrar la tapa, pero entonces vi su ropa interior. Estaba en el fondo de la maleta, junto con sus tennis. Miré sobre mi hombro, luego tomé un par rosa y las levanté.

Me pregunto si podría identificarlos cuando los esté usando.

Los guardé de nuevo y tomé una tanga negra.

Muy sexy. Pero apuesto a que es totalmente incómodo.

Toqué un par rojo, y miré de cerca el pequeño moño negro en el centro de la cintura.

Wow. Esto sí que sería un regalo caliente.

Luego, tomé cinco o seis pares a la vez, hundí mi rostro entre ellos e inhalé.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Bella.

Me di la vuelta. —Jesús, ¿tienes que asustarme así? —Mi corazón latía de prisa y mi cara ardía.

¿Cuánto tiempo lleva allí?

—Estoy buscando tu camisa de REO Speedwagon. —Aún sostenía un par de bragas en mi mano, y las dejé caer de nuevo en su maleta.

—¿En serio? —preguntó—. Porque parecía que estabas jugando con mi ropa interior—. Puso el jabón y champú lejos de su maleta.

No parecía enojada, sin embargo, así que levanté la tanga, y dije—: Esta parece totalmente incómoda.

—Dame eso. —Me lo arrebató de la mano y la metió de nuevo en su maleta, apretando los labios y tratando de no reírse.

Cuando noté que no estaba molesta conmigo, sonreí y dije—: ¿Sabes qué, Bella? Eres genial.

—Me alegra que pienses eso.

—Realmente buscaba tu camisa de REO Speedwagon, pero no la encontré.

—Está colgada en la cuerda. Debe estar ya seca.

—Gracias.

—De nada. Sólo no vuelvas a oler mi ropa interior más, ¿de acuerdo?

—Viste eso, ¿eh?

—Sí.

Bella

Los delfines nadaban junto a mí en la laguna. Se zambullían bajo mi cuerpo, y aparecían al otro lado. Hicieron los ruidos chirriantes más divertidos, y cuando hablé con ellos, actuaron como si me entendieran. A Edward y a mí nos gustaba agarrar sus aletas, y reír mientras ellos nos dejaban montarlos. Podría jugar con ellos durante horas.

Edward corrió hacia la laguna. —Bella, adivina lo que encontré.

La otra zapatilla de tenis de Edward estaba lavada, y puesto que ya no tenía que preocuparse de dañar sus pies más, se pasaba horas en el bosque, en busca de algo interesante. Hasta el momento, no había encontrado nada más que picaduras de mosquitos, pero no dejaba de mirar de todos modos. Le daba algo que hacer.

—¿Qué encontraste? —le pregunté, acariciando a uno de los delfines.

—Ponte tus tenis y ven a ver.

Le dije adiós a los delfines, y lo seguí a la choza para ponerme los zapatos y los calcetines.

—Bueno, ahora tengo curiosidad. ¿Qué es?

—Una cueva. Fui a tomar un montón de palos, y cuando los aparté, vi la apertura. Quiero ver lo que hay en ella.

Sólo tomó unos minutos llegar a la cueva. Edward se arrodilló a la entrada y se arrastró a través de sus manos y rodillas.

—Es más estrecho de lo que pensaba —gritó—. Acuéstate en el suelo y arrástrate como en el ejército usando tu estómago. Es apretado, pero allí hay un espacio. Vamos, entra

—De ninguna manera —le grité de vuelta—. Nunca iré en esa cueva.

Mi corazón latía más rápido, y empecé a sudar sólo de pensarlo.

—Estoy avanzando a tientas. No puedo ver nada.

—¿Por qué hiciste eso? ¿Qué pasa si hay ratas, o una gran y terrorífica araña?

—¿Qué? ¿Crees que puede haber arañas?

—No, no importa.

—No creo que haya nada aquí, excepto piedras y palos. Sin embargo no puedo estar seguro.

—Si los palos están secos, sácalos. Podemos añadirlos a la pila de leña.

—Está bien.

Edward salió de la cueva y se puso de pie con algo que parecía un hueso de la espinilla en una mano, y algo que definitivamente era una calavera en la otra. Los soltó y dijo—: ¡Mierda!

—Oh, Dios mío —le dije—. No sé de quiénes son, pero no terminó bien para ellos.

—¿Crees que es la persona que construyó la cabaña? —preguntó Edward Miramos el cráneo.

Asentí con la cabeza. —Esa sería mi conjetura.

Caminamos de regreso a la choza y cogimos un leño encendido del fuego que utilizamos para una antorcha. Nos apresuramos a volver a la cueva y Edward se puso en sus manos y rodillas y se metió dentro, sosteniendo la antorcha delante de él.

—No te quemes —grité tras él.

—No lo haré.

—¿Entraste?

—Sí.

—¿Qué ves?

—Definitivamente es un esqueleto. Pero no hay nada más aquí. —Edward salió y me entregó la antorcha—. Voy a dejar los huesos en la cueva con el resto de ellos.

—Buena idea.

Edward y yo caminamos de regreso a la choza.

—Bueno, eso fue horrible —le dije.

—¿Cuánto tiempo tarda un cuerpo para convertirse en un esqueleto? —preguntó Edward

—¿Con este calor y humedad? Probablemente no mucho.

—Definitivamente creo que es el chico de la cabaña.

—Probablemente tienes razón. Y si es él, ahí va una de nuestras posibilidades de rescate. —Negué con la cabeza—. No va a volver, porque nunca se fue. Pero, ¿qué lo mató?

—No lo sé. —Edward arrojó un poco de leña al fuego y se sentó a mi lado—. ¿Por qué no entraste en la cueva? Antes de que supiéramos sobre el esqueleto, quiero decir.

—No puedo soportar espacios pequeños y cerrados. Me asusté. ¿Recuerdas la casa del lago de la que te hablé? ¿A la que mi papá y yo íbamos a pescar?

—Sí.

—Alice y yo siempre jugábamos con los otros niños que veraneaban con sus familias. Había un camino que rodeaba todo el lago, y tenía un gran tubo de drenaje bajo él. Los niños siempre se retaban entre ellos a arrastrarse a través de él, al otro lado. En una ocasión, Alice y yo decidimos hacerlo, y convencimos a todos los demás a que fueran. Llegamos a mitad de camino, y me entró el pánico. No podía respirar y la persona frente a mí no seguía adelante. No podía retroceder porque habían niños detrás de mí, también. Tenía probablemente siete, y no era muy grande, pero la tubería era muy pequeña. Finalmente lo hicimos, y Alice tuvo que ir a buscar a nuestra madre, porque yo no dejaba de llorar. Lo recuerdo como si fuera ayer.

—No me extraña que no quisieras entrar

—Lo que no puedo entender es por qué Bones se arrastraría allí para morir.

—¿Bones?

—Siento como si debiera tener un nombre. Bones suena mejor que "chico de la cabaña".

—Funciona para mí —dijo, Edward.

Me senté junto al cobertizo jugando Solitario. Cuando Edward se acercó, supe de inmediato que algo andaba mal, porque llevaba su brazo cerca de su cuerpo, y lo apoyaba con la otra mano. Su hombro se desplomó hacia abajo.

Me puse de pie. —¿Qué pasó?

—Me caí del árbol de coco.

—Vamos. —Puse mi brazo alrededor de su cintura y lo conduje lentamente a la caja de primeros auxilios. Hizo una mueca al menor movimiento, y trató, sin éxito, de suprimir un gemido cuando le ayudé a recostarse. La necesidad repentina y fuerte de cuidar de él, aliviar su dolor, me sorprendió.

—Ya vuelvo, voy por el Tylenol.

Deposité dos Tylenol en la palma de mi mano y agarre la botella de agua, llenándola en el colector de agua. Puse las pastillas en la boca de Edward y levantó su cabeza para que pudiera tomar una copa. Tragó saliva y respiró lentamente dentro y fuera.

—¿Por qué subiste al árbol?

—Así podría llegar a los pequeños cocos verdes que te gustan.

Sonreí. —Eso fue muy dulce de tu parte, pero creo que la clavícula está rota. Voy a esperar a que el Tylenol haga efecto y después voy a tratar de amañar algún tipo de cabestrillo.

—Está bien —dijo, cerrando los ojos.

Miré en mi maleta y encontré una larga camiseta blanca. Después de veinte minutos, lo ayudé a incorporarse.

—Lo siento, sé que duele.

Incliné su brazo por su codo y metí el cabestrillo debajo y lo até suavemente en su hombro. Ayudándole a bajarlo de regreso, le aparté el pelo de la cara y besé su frente. —Trata de no moverte.

—Está bien, Bella.

Tal vez el dolor no era tan malo, sin embargo, porque cuando lo miré antes de salir de la choza, tenía una sonrisa en su rostro.

Me desperté esa noche para poner leña al fuego.

—¿Bella?

La voz de Edward me sobresaltó. —¿Sí?

—¿Puedes ayudarme a salir de aquí? Tengo que orinar.

—Claro.

Le ayudé a través de la puerta de la choza y luego encendí el fuego. Cuando regresó, le di más Tylenol.

—¿Has podido dormir algo? —pregunté.

—No realmente.

A la mañana siguiente, se veía un golpe y un morado en el hueso que se había roto. Hizo una mueca cuando apreté el cabestrillo y le di una tercera dosis de Tylenol.

No me dejó darle más píldoras después de eso. —No quiero tomar demasiado, Bella. Puede ser que las necesite de nuevo.

Se sintió mejor después de tres días, y me seguía a todas partes como un perrito. Bajó a la playa cuando yo estaba pescando, vino también cuando fui a buscar pan, y quería ayudar a vaciar el colector de agua. Cuando trató de ir conmigo a recoger leña, lo envié de vuelta a la manta bajo el árbol de coco.

—No te vas a curar si no dejas de moverte por ahí, Edward

—Estoy aburrido. Y realmente necesito un baño. ¿Me ayudarás cuando vuelvas?

—¿Qué? No, no voy a darte un baño.

Incómodo.

—Bella, puedes ayudarme, o puedes olerme.

Lo olí. —Has olido mejor. Bueno, te voy a ayudar, pero sólo voy a lavar ciertas áreas y sólo porque apestas.

Sonrió. —Gracias.

Bajamos a la laguna tan pronto como llegué con la leña. Edward se dejó sus pantalones cortos y se sentó en el agua que le cubría la parte inferior del cuerpo. Me arrodillé junto a él y froté la barra de jabón en mis manos.

—Sostén esto por mí —le dije, entregándoselo.

Empecé a lavar suavemente su cara con las manos enjabonadas y luego recogí el agua en la palma de mi mano para enjuagar, mis dedos tocaban la barba en sus mejillas, y mandíbula, y por encima de su labio.

—Eso se siente bien —dijo.

Llené el recipiente de plástico que traje y lo vacié en su cabeza, luego lavé su pelo. Había crecido mucho, y constantemente lo tiraba lejos de sus ojos. Prefería mi sombrero de paja para mantenerlo fuera de su camino, lo que me venía bien, hacía tiempo que había aclamado su gorra de béisbol como mía.

—Me gustaría que tuviéramos unas tijeras —le dije—. Te daría un corte de pelo.

Me entregó el jabón, y me enjaboné las manos otra vez. Le lavé el cuello y me traslade hasta su pecho, mis dedos se deslizaban por sus endurecidos pezones. Él me miraba en silencio.

Lavé bajo el brazo bueno, y la espalda. No podía levantar el otro brazo y lo hice lo mejor que pude, tocándole suavemente cerca de la contusión.

—Lo siento —dije cuando hizo una mueca.

Cometí el error de mirar hacia abajo cuando me disponía a lavar sus piernas. El agua de la laguna era suficientemente clara como para ver que tenía una erección sobresaliendo de sus pantalones cortos. —¡Edward!

—Lo siento. —Me miró tímidamente—. No puedo ocultar esta.

Espera, ¿cuántas habían habido?

De repente no sabía dónde mirar. Sin embargo no era su culpa, había olvidado lo que sucedía si se frotabas a un chico de diecisiete años por todos lados con las manos.

O a cualquier hombre, en realidad.

—No, está bien. Sólo me tomó por sorpresa, eso es todo. Pensé que estabas adolorido.

Aparentándose genuinamente confundido, dijo—: Bueno, no rompí eso.

Bueno, sigamos.

Lavé sus piernas, y cuando llegué a sus pies, descubrí que tenía cosquillas. Él hizo el gesto de alejar sus pies, y luego, cuando el movimiento empujó la parte superior de su cuerpo, dijo—: Ay.

—Lo siento. Bueno, estás casi limpio.

—¿No vas a secarme? —Me dio una sonrisa esperanzada.

—Ah. Gracioso. Debes estar confundiendonos con gente que tiene toallas.

—Gracias, Bella.

—Claro.

Le ayudé a bañarse las siguientes dos semanas, hasta que sanó lo suficiente como para hacerlo por su cuenta. Cada vez, se hacía un poco menos embarazoso para mí. Nunca miré ni una vez hacia abajo, para ver cómo le afectaba.

—Esto no apesta totalmente para tí, ¿verdad? —le pregunte un día mientras le lavaba el pelo.

—No, en absoluto —dijo, con una gran sonrisa en su rostro—. Pero no te preocupes —añadió con fingida seriedad—. Te lo devolveré algún día. Si alguna vez resultas herida, sin duda te daré un baño.

—Voy a tener eso en mente.

Hice una nota mental para ser muy cuidadosa. Bañarlo podría haber sido incomodo, pero no era nada comparado con cómo me sentiría si se tratara de sus manos enjabonadas moviéndose sobre mi piel.