*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 9
Edward
Bella estaba de pie al lado del bote salvavidas. Le entregué a ella los peces que había capturado y almacenado en el cobertizo. —¿Hay algo en el colector de agua?
—No.
—Quizás va a llover más tarde.
Ella miró ansiosa el cielo y comenzó a limpiar el pez. —Eso espero.
Era noviembre, y habíamos estado en la isla por seis meses. Bella decía que la estación lluviosa no llegaría hasta mayo. Seguía lloviendo, todos los días, pero muy poco. Teníamos agua de coco, pero aún así seguíamos teniendo mucha sed.
—Al menos sabemos que nunca más tenemos que volver a beber de la laguna —Bella dijo, estremeciéndose—. Eso fue horrible.
—Dios, lo sé. Pensé que me quedaría sin mi bazo.
No podíamos controlar la lluvia, pero las Maldivas tenían una gran cantidad de vida marina. El coco y la fruta del árbol del pan apenas calmaba un poco nuestra hambre, pero los peces de brillantes colores que saqué de la laguna nos salvaron de morir de hambre.
Estuve de pie en las aguas profundas que me cubrían hasta la cintura capturando un pez tras otro. Ninguno era más grande que quince centímetros. Un pendiente y una cuerda de guitarra no aguantarían más y me preocupaba de sacar algo más grande y que se rompieran. Era una buena cosa que Bella empacara muchos pendientes por que ya perdí uno.
A pesar de que teníamos suficiente para comer, Bella decía que a nuestra dieta le faltaban un montón de cosas importantes.
—Estoy preocupada por tí, Edward Todavía tienes que crecer.
—Estoy creciendo bien. —Nuestra dieta no estaba tan mal, porque mis pantalones cortos me llegaban hasta las rodillas cuando nos estrellamos, y ahora estaban tres centímetros más arriba.
—El árbol del pan debe tener vitamina C, de lo contrario tendríamos el escorbuto —murmuró en voz baja.
—¿Qué demonios es el escorbuto? —pregunté—. Suena asqueroso.
—Es una enfermedad causada por no tener suficiente Vitamina C —dijo—. Los piratas y marineros murieron por ella en los viajes largos. No es agradable.
Bella debería preocuparse más por ella misma. Su traje de baño tenía espacios vacíos en el trasero, y sus pechos no rellenaban la parte de arriba como antes. Su clavícula sobresalía y su tórax se veía. Traté de hacer que comiese más, y ella lo intentó, pero la mitad de las veces yo terminé su comida. A diferencia de ella, comer lo mismo todos los días no me molestaba, y comía cada vez que me daba hambre.
Una mañana, varias semanas después, Bella dijo—: Hoy es el Día de Acción de Gracias.
—¿Lo es? —No le prestaba atención a las fechas, pero Bella lo recordaba todos los días.
—Sí. —Cerró su agenda y la puso en el suelo a su lado—. No creo que antes haya comido pescado para Acción de Gracias.
—O coco y fruta del árbol del pan —añadí.
—No se trata de lo que comemos. Acción de Gracias se trata de agradecer lo que tenemos.
Trató de ser alegre cuando lo dijo pero luego se limpió los ojos con el dorso de su mano, y se puso sus gafas de sol.
Ninguno de nosotros mencionó que era un día festivo el resto del día. No había pensado en Acción de Gracias; asumía que alguien nos encontraría antes de eso. Bella y yo casi nunca hablábamos del rescate ya que más bien nos deprimíamos. Todo lo que podíamos hacer era esperar y tener esperanza de que alguien volara en el cielo. Esa fue la cosa más difícil, no tener ningún control de lo que nos pasaba, a menos que decidiéramos dejar el bote salvavidas, y Bella nunca estaría de acuerdo con eso. Si estuviera de acuerdo, probablemente sería un suicidio.
Esa noche en la cama ella susurró—: Estoy agradecida de que nos tengamos, Edward
—Yo también.
Si Bella hubiera muerto después del accidente de avión, y yo hubiese estado solo todo este tiempo, me pregunto cómo lo hubiera hecho.
Pasamos Navidad persiguiendo un pollo.
Más temprano esa mañana, cuando me agaché para recoger algunos palos de la pila de leña, grité como una niña cuando un pollo salió disparado de un arbusto cercano, y estaba asustado hasta la mierda.
Salí después de él, pero el pollo desapareció en otro arbusto. Metí mi mano en el arbusto y la di vueltas alrededor, pero no pude encontrarlo.
—Bella, ese sonido de aleteo que escuchamos es de un pollo —dije cuando volví con la leña.
—¿Hay pollos aquí?
—Sí, perseguí uno en los arbustos, pero se escapó. Ponte tus zapatillas. Vamos a tener pollo para la cena de Navidad.
—Se quedó ahí. Lo he oído. Voy a patear el arbusto así que prepárate para atraparlo cuando corra para el otro lado —dijo Bella y la Operación Atrapar al Pollo comenzó. Lo hemos estado siguiendo hace más de una hora, desde un extremo de la isla hasta el otro, y finalmente lo encerramos.
—Ahí está —gritó cuando oyó el aleteo en una arbusto junto a mí.
Traté de abordarlo pero me quedé sólo con un puñado de plumas.
—Maldita sea, tú hijo de puta.
Yo iba detrás de él. Bella me alcanzó y lo acorralamos en un grupo de arbustos. El pollo empezó a moverse a través de una brecha en las hojas, pero Bella se abalanzó y se aferró a él. Lo agarré de sus piernas, lo saqué de los arbustos y lo tiré al suelo.
Bella no perdió el ritmo. —Buen trabajo Edward —Me dio una palmadita en la espalda.
Le corté el cuello al pollo y lo colgué boca abajo para que la mayoría de la sangre se drenara, luego le saqué las plumas, tratando de no mirar su cabeza.
Bella cortó lo demás con un cuchillo.
—Esto no es en absoluto como se ve en los supermercados —dijo.
—Se ve bien —dije.
Ella lo destrozó totalmente, pero pusimos las piezas en varias rocas y los pusimos cerca del fuego. Olfateó el aire.
—Huele eso —dijo.
Cuando se veían listos, los dejamos enfriarse y luego sacamos la carne aparte con nuestros dedos. Estaba quemada en algunas partes y en otras partes casi cruda, pero tenía un sabor asombroso.
—Este pollo es genial —dije, lamiendo mis dedos.
Bella terminó su muslo de pollo y dijo—: Me pregunto cuántos pollos habrán aquí.
—No lo sé. Pero vamos a tener que encontrar cada uno de ellos.
—Este es el mejor pollo que he probado, Edward.
Eructé y me reí. —No hay duda.
Recogimos los huesos limpios y expandimos nuestra manta en el suelo, lejos del fuego.
—¿Tú abres tus regalos en Vísperas de Navidad o el día de Navidad? —le pregunté.
—En Vísperas de Navidad, ¿y tú?
—Ambas, algunas veces Kate y Jane ruegan para abrirlos el veintitrés, pero mi mamá les dice que esperen.
Nos quedamos al lado del otro, era relajante. Pensé en Kate y Jane, y mi mamá y mi papá. Probablemente estaban teniendo un tiempo difícil, celebrando su primera Navidad sin mí.
Si sólo supieran que Bella y yo estábamos vivos y celebrando nuestra propia Navidad.
La lluvia volvió en mayo, y Bella y yo nos relajamos un poco. Pero nos interrumpía más a menudo, y no podíamos hacer otra cosa excepto acurrucamos en el bote salvavidas, escuchando el golpe de los truenos mientras esperábamos que se detuvieran.
Tuvimos uno muy malo que provocó que se cayera un árbol, así que lo corté para hacerlo leña con una sierra de mano. Me tomó dos días, pero para cuando terminé, la pila de manera llenaba el cobertizo.
Luego bajé a la playa para refrescarme. Bella salpicaba en el agua, jugando con seis delfines. Acaricié a uno de ellos en la cabeza, y podría jurar que me sonrió.
—Seis, guau. Eso es un record —dije.
—Lo sé. Todos llegaron al mismo tiempo. —Los delfines nadaban en la laguna como relojes, al final de la mañana y al anochecer. Siempre había al menos dos, pero esta era la primera vez que venían tantos a la vez.
—Estás sudando —dijo—. ¿Estabas cortando otra vez?
Agaché mi cabeza y la sacudí como un perro cuando la volví a subir.
—Sip, aunque ya está todo hecho. No vamos a tener que recoger leña por un tiempo. —Me estiré, mis brazos doloridos—. Frotarías mis hombros, Bella, ¿por favor?
—Ven. —Me llevó fuera del agua—. Te voy a dar un masaje en la espalda. Mis masajes son de fama mundial.
Me senté frente a ella y casi gemí cuando tocó mis hombros. No estaba bromeando acerca de que era buena en esto, me pregunto si masajeaba mucho a su novio abajo. Sus manos eran más fuertes de lo que había pensado, y masajeó mi cuello y espalda por un largo tiempo. Pensé en sus manos tocándome en otros lugares, y si fuera capaz de leer mi mente, probablemente se habría asustado.
—Listo —dijo cuando finalizó—. ¿Se sintió bien?
—No tienes idea —dije—. Gracias.
Caminamos devuelta al cobertizo. Bella echó una tapita de Woolite en el agua de lluvia que recolectó en el contenedor del bote salvavidas, y lo mezcló con su mano.
—¿Hora de lavar, ah?
—Sip.
Me había ofrecido al dividir lo que había que lavar, pero ella dijo que lo haría. Probablemente no quería verme jugar con su ropa interior.
Puso nuestra ropa sucia en el contenedor y las lavó. Mientras los sacaba uno por uno y los dejaba de lado para enjuagarlos, dijo—: Oye, Edward ¿dónde está toda tu ropa interior?
Hablando de ropa interior.
—Ahí no cabe nada más, y la mayoría se destrozó.
—¿Entonces no tienes nada?
—No. No tenía una maleta llena como otras personas.
—¿No es incómodo?
—Lo fue al principio, pero ya me acostumbré —sonreí y señalé mis shorts—. Totalmente controlado aquí, Bella.
Se rió. —Lo que sea, Edward.
Bella
Llevábamos en la isla poco más de un año, cuando nos sobrevoló un avión.
Esa tarde estaba recogiendo cocos, y el rugido de los motores, tan fuerte e inesperado, me sobresaltó. Dejé todo y corrí hacia la playa.
Edward surgió de entre los árboles. Corrió hacia mí, y agitamos los brazos adelante y atrás, viendo como el avión pasaba sobre nuestras cabezas.
Gritamos, nos abrazamos y saltamos arriba y abajo, pero el avión giró a la derecha y siguió volando. Nos quedamos allí, escuchando el sonido de los motores que se alejaban.
—¿Inclinó sus alas? —le pregunté a Edward
—No estoy seguro. ¿Lo hizo?
—No sabría decir. Tal vez lo hizo.
—Tenía flotadores, ¿verdad?
—Era un hidroavión —confirmé.
—Por lo tanto, ¿podría haber aterrizado allí? —preguntó, señalando a la laguna.
—Creo que sí.
—¿Nos vieron? —preguntó.
Edward llevaba unos pantalones cortos deportivos de color gris con una fina raya azul a cada lado y no llevaba camisa, pero yo llevaba mi bikini negro que debería haber sido visible sobre la arena blanca.
—Claro, quiero decir, ¿no te fijarías en dos personas agitando sus brazos?
—Tal vez —dijo.
—Sin embargo, no han visto nuestro fuego —señalé. No habíamos derribado el cobertizo, ni quemado algunas hojas verdes para provocar más humo. Ni siquiera estaba segura de tener hojas verdes en el cobertizo.
Nos sentamos en la playa las horas siguientes sin hablar, tratando de escuchar el sonido de los motores del avión acercándose.
Al final, Edward se puso de pie. —Voy a pescar —dijo con voz plana.
—Está bien —contesté.
Tras su marcha, me acerqué al cocotero y recogí los que se habían caído al suelo. Me detuve en el árbol de pan en mi camino de vuelta, recogí dos, y lo dejé todo en el cobertizo. Avivé el fuego y esperé a Edward
Cuando volvió, limpié y cociné el pescado para la cena, pero ninguno de los dos comimos. Parpadeé para contener las lágrimas y suspiré de alivio cuando Edward se alejó hacia el bosque.
Me tumbé en la balsa salvavidas, haciéndome una bola, y lloré.
Toda la esperanza a la que me había aferrado desde que nuestro avión cayó, se rompió en millones de fragmentos, como un bloque de hielo golpeado por un mazo. Pensé que si lográbamos estar en la playa cuando nos sobrevolase el primer avión, seríamos rescatados. Tal vez, no nos vieron.
Tal vez nos vieron, pero no sabían que estábamos perdidos. Eso no importaba ahora, porque no iban a volver.
Se me terminaron las lágrimas, y me pregunté si por fin había acabado con ellas.
Me arrastré fuera de la balsa salvavidas. El sol se había puesto, y Edward estaba sentado junto al fuego, con su mano derecha apoyada lánguidamente en su muslo.
Le miré más de cerca. —Oh, Edward, ¿te la has roto?
—Seguramente.
Cualquier cosa con la que hubiese estrellado su puño —sospecho que un tronco de un árbol— había dejado sus nudillos sangrando y su mano horriblemente retorcida.
Fui a por el botiquín de primeros auxilios y le di dos Tylenol y un poco de agua.
—Lo siento —dijo sin hacer contacto visual—. Lo último que necesitas es otro hueso roto que cuidar.
—Escucha —le dije, arrodillándome ante él—. Nunca voy a criticar las cosas que hagas que te ayuden a salir adelante, ¿de acuerdo?
Finalmente me miró, asintió con la cabeza, y cogió el Tylenol de mi mano extendida. Le di la botella de agua, y se tomó la pastilla. Me senté con las piernas cruzadas junto a él, mirando las chispas que flotaban en el aire cuando añadí un leño al fuego.
—¿Cómo sales adelante, Bella?
—Lloro.
—¿Funciona?
—A veces.
Miré su mano rota y contuve el impulso de lavarle la sangre y cogerle de la mano. —Renuncio, Edward. Una vez dijiste: es más fácil si no piensas que van a volver y tenías razón. Este tampoco va a volver. Un avión tendrá que aterrizar en la laguna para hacerme creer que podremos salir de esta isla. Hasta entonces, solo somos tú y yo. Es lo único de lo que estoy segura.
—También renuncio —susurró.
Le miré, tan roto, tanto física como mentalmente, y resultó que aún me quedaban algunas lágrimas después de todo.
Le revisé la mano a la mañana siguiente. Su tamaño se había duplicado.
—Hay que inmovilizarla —dije. Cogí un palo de la pila de leña y rebusqué en mi maleta algo con lo que atarlo—. No voy a apretarlo Edward, pero te va a doler un poco.
—Está bien.
Puse el palo bajo su palma, y envolví con cuidado la tela negra a su alrededor, dos veces, y la metí dentro.
—¿Con que me has vendado la mano? —preguntó.
—Mi tanga. —Levanté la mirada y le miré—. Tenías razón; es absolutamente incómodo. Sin embargo, es impresionante para los primeros auxilios.
Las comisuras de la boca de Edward se elevaron ligeramente. Me miró, sus ojos marrones mostraban un rastro de la chispa que habían perdido la noche anterior.
—Esto será una historia graciosa algún día —dije.
—¿Sabes qué, Bella? Ya tiene un poco de gracia.
Edward cumplió dieciocho años en septiembre de 2002. No parecía el mismo chico con el que me estrellé al aterrizar en el océano hace quince meses.
Por un lado, realmente necesitaba afeitarse. El pelo era muy largo pero más corto que una barba completa con bigote. Se veía bien en él, en ese momento. No estaba segura de si le gustaba el vello facial, o si simplemente no quería preocuparse por el afeitado.
Su cabello estaba casi tan largo como para hacerse una coleta, y el sol lo había vuelto marrón claro. Mi pelo también había crecido. Sobrepasaba la mitad de mi espalda y lleno de nudos. Intenté cortarlo con nuestro cuchillo, pero la hoja —fina y sin sierra— no se vio a través de mi pelo.
Pese a estar muy delgado, Edward había crecido por lo menos 5 cm, situándole en el metro ochenta.
Parecía mayor. Habiendo cumplido los treinta y uno en mayo, probablemente, yo también lo parecía. No lo sabría, el único espejo que tenía estaba en mi neceser de maquillaje, que estaba flotando en algún lugar del océano.
Me obligué a no preguntarle cómo se sentía, o si tenía algún síntoma del cáncer, pero le vigilaba de cerca. Parecía estar haciendo las cosas bien, creciendo y madurando, incluso bajo nuestras menos que deseables condiciones.
El hombre en mi sueño gimió cuando besé su cuello. Deslicé mi pierna entre las suyas y entonces le besé desde la mandíbula hasta el pecho. Puso sus brazos a mí alrededor y rodamos hasta que estaba con la espalda apoyada en el suelo, con su boca sobre la mía. Algo en el beso me sorprendió y me desperté. Edward estaba sobre mí. Estábamos en la manta bajo el cocotero para dormir la siesta. Me di cuenta de lo que había hecho y me escapé de debajo, mi cara en llamas.
—Estaba soñando.
Se tumbó sobre su espalda, respirando con dificultad.
Me puse de pie, bajé a la orilla y me senté con las piernas cruzadas sobre la arena. Así se hace, Bella. Atácale mientras está dormido.
Edward vino unos minutos más tarde.
—Estoy completamente mortificada —le dije.
Se sentó—No lo estés.
—Debes haberte preguntado qué demonios estaba haciendo.
—Bueno, sí, pero entonces sólo seguí con ello.
Le miré con la boca abierta —¿Estás loco?
—¿Qué? Tú eres la que dijiste que yo era adaptable.
Sí, y al parecer, bastante oportunista.
—Además —dijo Edward —, te gusta abrazar. ¿Cómo se supone que voy a saber lo que significa? Es confuso.
Mi nivel de humillación alcanzó una cota más alta. A menudo me despertaba a mitad de la noche muy cerca de Edward, mi cuerpo curvado en torno suyo, y había asumido que él dormía así.
—Lo siento. Esto ha sido totalmente mi culpa. No tenía la intención de darte una idea equivocada.
—Está bien, Bella. No es la gran cosa.
Mantuve la distancia el resto del día, pero esa noche, en la cama, dije—: Es verdad. Lo que dijiste de abrazar. Es sólo que estoy acostumbrada a dormir con alguien. Dormí a su lado durante mucho tiempo.
—¿Era eso lo que estabas soñando?
—No, fue uno de esos extraños sueños que no tienen sentido. No sé quién era. Pero estoy realmente arrepentida.
—No tienes que seguir disculpándote, Bella. Te dije que eso me confundía. Nunca dije que no me gustase.
Al día siguiente, cuando volví de la laguna, descubrí a Edward sentado delante del cobertizo quitándose los frenillos con el cuchillo.
—¿Necesitas ayuda con eso?
Escupió un trozo de metal. Aterrizó en el suelo junto a varios más.
—No.
—¿Cuándo se supone que te los tenían que quitar?
—Hace seis meses. Me había olvidado de ellos hasta ayer.
Fue entonces cuando me di cuenta de lo que me despertó de mi sueño. Ningún chico con frenillos me había besado desde el instituto.
