*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 10
Edward
Estaba parado frente la casucha de Bones cuando Bella me encontró. Sudor corría por su rostro.
—Perseguí una gallina por toda la isla, pero corría muy rápido. La atraparé aunque sea lo último que haga. —Se agachó y puso sus manos sobre las rodillas, tratando de recuperar el aliento. Levantó su mirada hacia mí—. ¿Qué estás haciendo?
—Quiero echar abajo esta casucha, luego llevar la madera de vuelta a la playa para construirnos una casa.
—¿Tienes alguna idea de cómo construir una casa?
—No, pero tengo un montón de tiempo para averiguarlo. Si soy cuidadoso, puedo reutilizar toda la madera y los clavos. Puedo hacer un toldo con la lona para que el fuego no se escape. —Examiné las bisagras de la puerta, considerando si eran salvables—. Necesito algo que hacer, Bella.
—Creo que es una gran idea —dijo.
Nos tomó tres días derrumbar la casucha y llevar las piezas a la playa. Saqué todos los viejos clavos y los puse en la caja de herramientas con los otros.
—No quiero estar cerca del bosque —dijo Bella—. Por las ratas.
—De acuerdo. —Sin embargo no podía construir en la playa, porque la arena era muy inestable. Elegimos un lugar entre los dos, donde terminaba la arena y comenzaba el barro. Cavamos una base, lo que apestó porque no teníamos una excavadora. Usé la garra del martillo para sacar pedazos de tierra y Bella me siguió detrás, recogiéndolos en uno de nuestros contenedores de plástico.
Usé el serrucho rústico para cortar la madera del tamaño correcto. Bella sostenía las tablas mientras yo aporreaba los clavos.
—Estoy feliz que hayas decidido hacer esto —me dijo.
—Me va a tomar un tiempo terminarlo.
—Está bien.
Se dirigió a la caja de herramientas para traerme unos clavos más. Después de que me los pasara dijo—: Dime si necesitas más ayuda.
Estrechó una manta cercana y cerró los ojos. La observé por un minuto, mis ojos moviéndose desde sus piernas hasta su estómago y sus pechos, preguntándome si su piel se sentía tan suave como parecía. Pensé en lo sucedido el otro día, cuando besó mi cuello debajo de la palmera. Recordé lo bien que se sintió. De repente, abrió sus ojos y volvió su cabeza hacia mí. Aparté la mirada rápidamente. Perdí la cuenta de cuántas veces me había atrapado mirándola. Nunca decía nada al respecto, ni que dejara de hacerlo, lo que era una razón más de por qué me gustaba tanto.
Habría sido mi último año, y Bella odiaba que yo extrañara tanto la escuela.
—Probablemente vas a tener que obtener un GED. No te culparía para nada si eso es lo que quieres hacer, en vez de regresar y terminar la secundaria.
—¿Qué es un GED?
—Un certificado de equivalencia de educación secundaria. A veces cuando los chicos abandonan la escuela, en vez de volver eligen esa opción. Pero no te preocupes, yo te ayudaré.
—De acuerdo. —Me importaba una mierda mi certificado de secundaria en ese entonces, pero parecía importante para ella.
Al día siguiente, cuando estábamos trabajando en la casa, Bella dijo—: ¿Alguna vez te vas a afeitar? —Tocó mi barba con el dorso de su mano—. ¿No tienes calor?
Esperaba que hubiese suficiente cabello como para ocultar mi sonrojo. —Nunca me he afeitado antes. Era muy pequeño cuando empecé la quimio. Cuando dejamos Chicago todo empezó a crecer de nuevo.
—Bueno, está todo allí ahora.
—Lo sé. Pero no tenemos un espejo, y no sé cómo hacerlo.
—¿Por qué no lo dijiste antes? Sabes que te habría ayudado.
—Uh, ¿porque es vergonzoso?
—Vamos —dijo. Agarró mi mano y me llevó de vuelta al cobertizo. Abrió su maleta y sacó una hoja de afeitar y crema que usaba en sus piernas, luego bajamos al agua.
Nos sentamos con las piernas cruzadas, uno frente al otro. Echó un chorro de crema en su mano y la aplicó en mi cara antes de esparcirla. Puso su mano detrás de mi cabeza, empujándome hacia ella hasta que estuve en el ángulo correcto, después afeitó el lado izquierdo de mi rostro con lentos y cuidadosos toques.
—Sólo para que sepas —dijo—. Nunca he afeitado a un hombre antes. Trataré de no cortarte, pero no prometo nada.
—Lo harás mejor de lo que yo lo haría.
Sólo unos pocos centímetros separaban nuestros rostros, y miré sus ojos. Algunas veces eran grises, y otras azules. Hoy eran azules. Nunca me había dado cuenta de lo largas que tenía las pestañas.
—¿Se fijan las personas en tus ojos? —solté.
Ella se inclinó y hundió la hoja de afeitar en el agua. —A veces.
—Son increíbles. Se ven incluso más azules ahora que estás tan bronceada.
Sonrió. —Gracias.
Recogió agua en sus manos y la dejó correr por mis mejillas, sacando la crema de afeitar.
—¿Por qué esa mirada? —preguntó.
—¿Qué mirada?
—Tienes algo en mente. —Apuntó a mi cabeza—. Prácticamente puedo ver las ruedas dando vueltas ahí arriba.
—Cuando dijiste que nunca habías afeitado a un hombre antes. ¿Piensas en mí como un hombre?
Se detuvo antes de contestar. —No pienso en ti como un niño.
Bien, porque no lo soy.
Aplicó más crema en su palma y afeitó el resto de mi rostro. Cuando terminó, sostuvo mi mejilla y volvió mi cara de un lado al otro, recorriendo con su mano mi piel.
—Bien —dijo—. Estás listo.
—Gracias. Ya me siento más fresco.
—De nada. Avísame cuando quieras que lo haga otra vez.
Bella y yo nos acostamos en la cama una noche, hablando en la oscuridad.
—Extraño a mi familia —dijo ella—. Tengo este pensamiento en mi cabeza reproduciéndose todo el tiempo. Me imagino que aterriza un avión en la laguna y tú y yo estamos justo en la playa cuando eso pasa. Nadamos para salir y el piloto no puede creer que seamos nosotros. Volamos lejos y tan pronto como encontramos un teléfono, llamamos a nuestras familias. ¿Puedes imaginarte cómo sería para ellos? ¿Que se les diga que alguien murió e ir a su funeral, para que luego ellos te llamen por teléfono?
—No, no puedo imaginar cómo sería. —Me di vuelta sobre mi estómago y acomodé el cojín del asiento debajo de mi cabeza—. Apuesto que deseas no haber aceptado este trabajo.
—Acepté este trabajo porque era una gran oportunidad para ir a un lugar en el que nunca había estado. Nadie hubiese podido predecir que esto iba a pasar.
Me rasqué una picadura de mosquito en mi pierna. —¿Vivías con ese tipo? Dijiste que dormías junto a él.
—Sí.
—No creo que él quisiera que estuvieses lejos por tanto tiempo.
—No quería
—¿Pero tú sí?
No dijo nada por un minuto. —Me siento extraña hablando de esto contigo.
—¿Por qué? ¿Porque piensas que soy muy joven para siquiera entenderlo?
—No, porque eres hombre. No sé si puedas comprenderlo.
—Oh, lo siento. —No debí haber dicho eso. Bella era realmente buena en no tratarme como a un niño.
—Su nombre es Riley. Yo quería casarme, pero él no estaba listo, y estaba cansada de esperar. Pensaba que sería bueno si me iba por un tiempo. Tomar algunas decisiones.
—¿Cuánto tiempo han estado juntos?
—Ocho años. —Sonaba avergonzada.
—¿Así que no quería casarse?
—Bueno. Creo que simplemente no quería casarse conmigo.
—Oh.
—No quiero seguir hablando de él. ¿Qué hay contigo? ¿Tienes a alguien en Chicago?
—Ya no. Solía salir con esta chica llamada Emma. La conocí en el hospital.
—¿Ella también tenía Hodgkin?
—No, leucemia. Estaba sentada en una silla a mi lado cuando me hicieron mi primera quimioterapia. Pasamos un montón de tiempo juntos después de eso.
—¿Tenía tu edad?
—Un poco más joven. Tenía catorce.
—¿Cómo era?
—Un poco callada. Pensaba que era muy linda. Aunque ya había perdido su cabello y ella lo odiaba. Usaba siempre un gorro. Cuando el mío también se cayó, dejó de estar avergonzada. Después de eso simplemente nos sentábamos por ahí como dos peladitos y no nos importaba.
—Perder tu cabello debe ser difícil.
—Sí, y probablemente es peor para las chicas. Emma me mostró algunas fotos viejas, tenía el pelo largo y rubio.
—¿Alguna vez pudieron estar juntos cuando no estaban en quimio?
—Sí. Ella conocía el camino alrededor del hospital. Las enfermeras siempre miraban para otro lado cuando nos atrapaban besándonos en alguna parte. Subíamos al jardín de la azotea del hospital, y nos sentábamos al sol. Quería llevarla afuera, pero su sistema inmunológico no podía soportar estar en una multitud. Una noche, las enfermeras nos dejaron ver un video en una habitación vacía. Nos acostamos en una cama juntos y nos trajeron palomitas.
—¿Qué tan enferma estaba ella?
—Estaba bien cuando nos conocimos, pero después de seis meses, se enfermó bastante. Una noche en el teléfono, me dijo que había hecho una lista de cosas que quería hacer, y me dijo que pensaba que se estaba quedando sin tiempo.
—Oh, Edward.
—Tenía quince años para ese entonces, pero ella quería llegar a los dieciséis para poder sacar la licencia de conducir. Quería ir a la graduación, pero decía que cualquier baile escolar serviría. —Vacilé, pero estar al lado de Bella en la oscuridad hacía más fácil poder hablar de estas cosas—. Me dijo que quería tener sexo, para poder saber cómo se sentía. Su doctor tuvo que regresarla al hospital y le consiguieron una habitación privada. Creo que las enfermeras lo sabían, quizás ella se los contó, pero nos dejaban solos y nos las arreglamos para sacar una cosa de esa lista. Murió tres semanas después.
—Eso es tan triste, Edward —Bella sonaba como si estuviera tratando de no llorar—. ¿Estabas enamorado de ella?
—No lo sé. Me importaba mucho, pero fue un tiempo tan extraño. Mi quimio dejó de funcionar, y tuve que empezar radiación. Me asusté cuando murió. ¿Sabría si la amé, Bella?
—Sí —susurró.
No había pensado en Emma en un tiempo. Aún así nunca la olvidaría; había sido mi primera vez también.
—¿Qué decidiste sobre ese tipo, Bella?
No respondió. Quizás no quería decírmelo, o quizás ya se había quedado dormida. Escuché las olas rompiendose contra el arrecife, el sonido me relajaba. Cerré mis ojos y no los abrí hasta que el sol me despertó a la mañana siguiente.
Bella
¿Quieres jugar póker? —preguntó Edward.
—Claro, pero dejé las cartas abajo, cerca el agua.
—Voy a buscarlas —dijo.
—Está bien. Tengo que ir al baño. Las traeré en mi camino de regreso. —Odiaba ir a cualquier parte cerca de los bosques por la noche, y tenía cerca de dos minutos antes de que el sol se pusiera.
Acababa de tomar las cartas cuando ocurrió. Nunca lo vi venir, y debió haber surgido rápidamente del cielo con algo de velocidad detrás, porque cuando el murciélago colisionó con mi cabeza, casi me echó al suelo. Me tomó un segundo averiguar lo que me había golpeado, y entonces empecé a gritar. Entré en pánico, mis manos corrieron a través de mi cabello para sacar el murciélago.
Edward corrió hacia mí. —¿Qué pasa? —Antes de poder responderle, el murciélago hundió sus dientes en mi mano. Grité más fuerte—. Hay un murciélago en mi cabello —dije, mientras un dolor punzante se irradiaba a través de mi palma—. ¡Me está mordiéndo!
Edward volvió a correr a toda velocidad. Sacudí mi cabeza hacia atrás y hacia adelante, tratando de sacar el murciélago. Cuando regresó, me empujó hacia abajo sobre la arena hasta que estuve tumbada en el suelo.
—No te muevas —dijo, llevando sus manos alrededor de mi cabeza. Entonces clavó la hoja del cuchillo en el cuerpo del murciélago. Dejó de menearse—. Sólo espera. Voy a sacarlo de tu cabello.
—¿Está muerto? —pregunté.
—Sí.
Me quedé quieta. Mi corazón se aceleró, y quería enloquecer, pero me obligué a mantener la calma mientras Edward desenredaba el murciélago de mi cabello.
—Está fuera.
No podíamos verlo muy bien con la franja de luz que nos proporcionaba la luna, por lo que Edward regresó al fuego y agarró un leño encendido. Se agachó y lo sostuvo sobre el cuerpo del murciélago.
Era repugnante, de color marrón claro con grandes alas negras, orejas puntiagudas, y dientes afilados. Su cuerpo estaba cubierto de heridas abiertas. La piel alrededor de su boca parecía húmeda y viscosa.
—Vamos —dijo Edward —. Vamos a tomar el botiquín de primeros auxilios.
Caminamos de regreso a la choza y nos sentamos junto al fuego.
—Dame tu mano.
Limpió la mordedura con las toallitas con alcohol, untó con crema antibiótica, y la cubrió con una curita. Mi mano latía.
—¿Te duele?
—Sí.
Podía manejar el dolor, pero la idea de lo que pudiera estar incubándose en mi torrente sanguíneo me aterrorizó.
Edward debió pensarlo también, porque antes de irnos a la cama metió la hoja del cuchillo en el fuego y la dejó ahí toda la noche.
Edward
Bella estaba despierta y sentada cerca del fuego cuando regresé de pescar la mañana siguiente. —¿Cómo está tu mano?
Tendió hacia arriba la palma de su mano y quité su vendaje.
—No se ve tan mal —dije. La irregular herida filtraba sangre, y su mano se había hinchado un poco de la noche a la mañana—. Voy a limpiarla otra vez, y ponerle otro vendaje, ¿de acuerdo?
—Está bien.
Pasé otra toallita impregnada en alcohol a través de la picadura.
—Te ves cansada —dije, notando los círculos oscuros bajo sus ojos.
—No dormí muy bien.
—¿Quieres volver a la cama?
Sacudió la cabeza. —Tomaré una siesta más tarde.
Puse un nuevo vendaje en su mano. —Ahí. Tan buena como nueva.
No debió haberme oído bien, porque se quedó pegada en el espacio y no dijo nada.
Más tarde esa mañana, terminé de elaborar la casa y comencé a colocar las murallas. Los árboles del pan daban una savia lechosa, y parché las grietas con la misma.
Bella trabajó en silencio a mi lado, sosteniendo tablas o dándome clavos.
—Estás tranquila —comenté.
—Sí.
Martillé un clavo en la tabla, asegurándola en el marco y pregunté—: ¿Estás preocupada por el mordisco?
Asintió con la cabeza. —Ese murciélago parecía enfermo, Edward.
Dejé el martillo y sequé el sudor de mis ojos.
—No se veía nada bien. —admití.
—¿Crees que tenía la rabia?
Coloqué la siguiente tabla y cogí el martillo. —No, estoy seguro de que no la tenía. —Sin embargo, sabía que a veces los murciélagos portaban enfermedades.
Bella tomó una respiración profunda. —Voy a tener que esperar, supongo. Si no me enfermo dentro de un mes, probablemente estoy bien.
—¿Cuáles son los síntomas?
—No lo sé. Fiebre, ¿tal vez? ¿Convulsiones? La enfermedad ataca el sistema nervioso central.
Eso me asustó como la mierda. —¿Qué debo hacer si te enfermas? —Traté de recordar lo que había en el botiquín de primeros auxilios.
Bella negó con la cabeza. —No haces nada, Edward.
—¿Por qué no?
—Porque sin vacunas contra la rabia la enfermedad es fatal.
No pude respirar por un segundo, como si el viento huiera sido sacado de mí. —No lo sabía.
Asintió con la cabeza, lágrimas llenando sus ojos. Dejé caer el martillo y puse mis manos sobre sus hombros. —No te preocupes —le dije—. Vas a estar bien.
No tenía ni idea de si lo estaría, pero necesitaba que los dos lo creyéramos.
Conté hacia adelante cinco semanas y encerré en un círculo la fecha en la agenda de Bella. Ella quería esperar poco más de un mes, sólo para estar segura.
—Así que si no pasa nada por aquel entonces —dije—, y no tienes ningún síntoma, estás bien, ¿verdad?
—Creo que sí.
Cerré la agenda y la puse de vuelta en la maleta de Bella.
—Vamos a volver a nuestra rutina regular —dijo—. No quiero pensar en eso.
—Claro, lo que ayude.
Ella debería haber sido una actriz en lugar de una maestra. Durante el día, dio un gran espectáculo, sonriendo como si nada le molestara. Se mantuvo ocupada, gastando horas jugando con los delfines o ayudándome con la casa. Pero no comía, y estaba muy inquieta en la cama, sabía que tenía problemas para dormir.
Me desperté cuando salió de la balsa una noche dos semanas más tarde. Siempre se levantaba al menos una vez a tirar leña al fuego, pero por lo general venía de regreso. No lo hizo esta vez, así que fui a ver cómo estaba. La encontré en el cobertizo, mirando las llamas.
—Oye —dije, sentándome a su lado—. ¿Qué pasa?
—No puedo dormir. —Bella atizó el fuego con un palo.
—¿Te encuentras bien? —Traté de no parecer ansioso—. No tienes fiebre, ¿verdad?
Sacudió la cabeza. —No. Estoy bien, de verdad. Vuelve a la cama.
—No puedo volver a dormir a menos que estés a mi lado.
Se veía sorprendida. —¿No puedes?
—No. No me gusta cuando estás aquí sola. Me pone nervioso. No tienes que ponerle leña al fuego todas las noches. Te dije que no es gran cosa para mí hacer uno en la mañana.
—Es simplemente un hábito. —Se puso de pie—. Vamos. Por lo menos uno de nosotros debería ser capaz de dormir.
Seguí a Bella a la balsa y después de acostarnos, nos cubrió con la manta. Llevaba pantalones cortos y mi camiseta, y mientras se acomodaba en una buena posición, su pierna desnuda rozó la mía. No la alejó cuando dejó de moverse, y yo tampoco lo hice.
Nos quedamos en la oscuridad, con las piernas tocándose, y ninguno de nosotros durmió durante mucho tiempo.
Estuvo de acuerdo en dejar de levantarse en medio de la noche y una mañana un par de semanas más tarde, después de que encendí el fuego, dije—: Bella, me gustaría que pudieras tomarme el tiempo. Apuesto a que hago esto en menos de cinco minutos.
—Bueno, ahora estás mostrándolo.
Sin embargo, se rió cuando lo dijo, y a medida que nos acercamos a la fecha que marqué en la agenda, pareció relajarse un poco. Cuando las cinco semanas habían pasado, sostuve su palma abierta en mi mano, y tracé la cicatriz que quedó con el pulgar.
—Creo que vas a estar bien —dije. Y esta vez, realmente lo pensaba.
Me sonrió. —Yo también lo creo.
Limpió tres peces para el almuerzo ese día. —¿Aún tienes hambre? Soy capaz de comer más.
—No, gracias. Me moría de hambre, pero ya estoy lleno.
Nadamos por mucho tiempo y trabajamos en la casa hasta la hora de cenar. Una vez más, comió más de lo que había comido en las últimas semanas. A la hora de acostarse, apenas podía mantener los ojos abiertos, y se quedó dormida después de segundos que me acosté a su lado. Me quedé dormido también, pero me desperté cuando Bella se acurrucó a mi lado y apoyó su cabeza en mi hombro.
Puse mi brazo alrededor de ella y la atraje más cerca. Si se hubiera enfermado, lo único que podría haber hecho era verla sufrir. Enterrarla al lado de Harry cuando muriera. No sabía si podría lograrlo sin ella. El sonido de su voz, su sonrisa, ella, esas eran las cosas que hacían la vida en la isla soportable. La abracé un poco más apretado y pensé que si despertaba podría decirle eso. No lo hizo sin embargo. Suspiró en su sueño, y en fin me dormí.
Se había mudado de vuelta a su lado de la cama en el momento en que me desperté a la mañana siguiente. Estaba encendiendo el fuego cuando ella salió de la balsa. Me sonrió, extendiendo los brazos sobre su cabeza.
—Tuve una buena noche de sueño. La mejor que he tenido en mucho tiempo.
—También dormí bastante bien, Bella.
Unas noches más tarde, nos encontrábamos en la cama debatiendo sobre nuestro top diez favorito de álbumes de rock clásico de todos los tiempos.
—Los Rolling Stones, Sticky Fingers es mi número uno. Coloco Led Zeppelin IV de nuevo a la quinta posición —dijo.
—¿Estás drogada? —Cuando comencé a enumerar las razones por las que no estaba de acuerdo —todo el mundo sabía que The Wall de Pink Floyd debía ser el número uno— me tiré un pedo. La fruta de pan tenía ese efecto en mí a veces.
Ella gritó y de inmediato trató de escapar por la puerta de la balsa, pero la agarré por la cintura, tiré de ella hacia atrás, y puse la manta apretada sobre su cabeza.
Era un pequeño juego que me gustaba jugar con ella.
—Oh no, Bella, oh Dios mío, es mejor salgas de ahí abajo —me burlé, riendo—. Debe oler horrible. —Luchó para liberarse, y sostuve la manta aún más apretada.
Cuando por fin la solté, hacía ruidos de náuseas y dijo—: Voy a patear tu trasero, Cullen.
—¿En serio? ¿Tú y qué ejército? —Probablemente pesaba unos cincuenta kilos. Los dos sabíamos que no paneaba patear el trasero de nadie.
—No te pongas demasiado engreído. Uno de estos días, voy a buscar la manera de tirarte abajo.
Me reí y dije—: Oh, estoy asustado, Bella.
Lo que no reconocí, sin embargo, era que podía haberme puesto de rodillas con un toque de su mano, si la ponía en el lugar correcto.
Me pregunté si lo sabía.
—Voy a tomar un baño. —dijo Bella cuando volví de la playa.
Recogió el jabón y el champú y su ropa.
—Está bien.
Después que se fue, me di cuenta de que nos estábamos quedando sin leña. Tomé mi mochila y metí todos los palos que pude encontrar en el interior. El sol se escondió bajo en el cielo y los mosquitos zumbaban a mi alrededor. Me alejé de la gruesa cubierta de hojas, sin prestar atención.
Salí de los árboles y levanté la vista a tiempo para ver a Bella caminando en el océano, desnuda. Me quedé congelado. Sabía que tenía que irme, largarme de allí, pero no pude. Me escondí detrás de un árbol y la observé.
Se hundió debajo del agua para mojar su pelo, se dio la vuelta y volvió a salir. Se veía increíble, y las líneas de bronceado enmarcaban las partes de su cuerpo que más me gustaban. Deslicé mi mano dentro de mis pantalones cortos.
Se puso de pie en la playa y lavó su pelo y luego se volvió a meter para enjuagar el champú. Salió, frotó el jabón entre sus manos, y lavó su cuerpo. Después de sentarse en la arena, se depiló las piernas y luego entró en el agua una vez más para enjuagarse.
Lo que hizo a continuación me dejó alucinado.
Cuando salió, miró a su alrededor y luego se sentó frente a la costa. Había traído el aceite de bebé, y se echó un poco en la palma y puso su mano entre las piernas.
Oh, Jesucristo.
Se recostó con una pierna extendida y la otra doblada en la rodilla. La vi tocarse, mi propia mano moviéndose un poco más rápido.
A pesar de que lo hacía casi a diario, cuando estaba solo en el bosque, nunca se me ocurrió que ella podría estar haciéndolo, también.
Seguí mirando, y después de unos minutos, enderezó la pierna doblada y arqueó la espalda. Sabía que se estaba viniendo y yo también.
Se levantó, se sacudió la arena, y se puso en su ropa interior. Se vistió con el resto de su ropa y recogió sus cosas. Cuando se volvió para irse, se detuvo de pronto y miró en mi dirección. Oculto detrás de un árbol, no me moví, esperando a que se alejara. Luego huí, corriendo por entre los árboles, lejos de la playa.
—Oh, hola —dije cuando me acerqué. Ella estaba de pie junto al cobertizo cepillándose los dientes.
Sacó el cepillo de dientes de su boca y me miró, ladeando la cabeza hacia un lado. —¿Dónde estabas?
—Buscando madera. —Abrí la cremallera de mi mochila y arrojé los palos en la pila de leña.
—Oh —Terminó de cepillarse los dientes y bostezó—. Voy a la cama.
—Entraré luego.
Más tarde, mientras dormía a mi lado, recordaba las imágenes de su cuerpo desnudo y ella misma tocándose en mi cabeza como una película que podía ver tantas veces como quería. Me hubiera gustado darle un beso, tocarla, hacer lo que quisiera con ella, pero no podía. La película se reproducía en mi cabeza una y otra vez, y no pude conciliar el sueño esa noche.
hola a todas como están muchas gracias a todas por sus comentarios sobre al adaptación muchas me preguntan cada cuando actualizo por las actualizaciones son Lunes, Miércoles, y viernes pero no se olviden mañana es martes adelantos en el grupo de elite fanfiction así que que mañana habrá adelanto del próximo capitulo, también les invito pasar a leer la adaptación del blog que se llama "La forma que estaba destinado a ser" y en facebook también esta el grupo mordidas de ensueño y la pagina con el mismo nombre en mi perfil eta los enlaces para que se unan, muchas gracias como siempre por sus comentarios y por seguir la historia y estar en sus favoritos les mando un saludo a todas y que tengan un buen inicio de semana.
