*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 11
Bella
Edward se subió al techo de la casa y extendió una capa de savia del fruto de pan sobre las hojas de palmera. —No sé si esto nos mantendrá secos. Supongo que lo sabremos cuando llueva.
La casa estaba casi terminada. Me senté con las piernas cruzadas en el suelo, mirándole mientras saltaba desde el tejado, cogía el martillo, y clavaba los últimos clavos.
Se había recogido el pelo en una coleta, y llevaba el sombrero de vaquero y gafas de aviador. Su rostro era tan moreno que parecía que había nacido en la isla. Tenía una gran sonrisa, con dientes blancos y rectos, pómulos salientes, y una mandíbula cuadrada sólida. Necesitaba afeitarlo de nuevo.
—Te ves bien, Edward Muy saludable. —Estaba delgado, pero tenía los músculos bien definidos, probablemente por la construcción a mano de nuestra casa, y no mostraba signos externos de malnutrición, por lo menos no todavía.
—¿En serio?
—Sí. No estoy segura de cómo, pero has crecido aquí.
—¿Me veo más viejo?
—Lo haces.
—¿Soy guapo, Bella? —Se arrodilló frente a mí y sonrió—. Vamos, puedes decírmelo.
Rodé mis ojos. —Sí, Edward —dije, sonriéndole—. Eres muy guapo. Si alguna vez salimos de esta isla serás muy popular entre las damas.
Levantó su puño al aire. —Sí. —Entonces dejó el martillo y tomó un sorbo de agua. —No puedo recordar como lucía antes del accidente, ¿tú puedes?
—Más o menos. Pero probablemente no he cambiado tanto.
Edward se sentó. —Dios, estoy adolorido. ¿Me frotas la espalda, por favor?
—Claro. —Masajeé sus hombros, que eran considerablemente más amplios de lo que estaban hace dos años. Su espalda era más ancha también, y sus brazos eran sólidos. Levanté su cola de caballo, amasando la parte de atrás de su cuello.
—Eso se siente bien.
Le di un masaje extra-largo y cerca del final, dijo—: Sigues siendo hermosa, Bella. En caso de que te lo preguntaras.
Mi cara se puso caliente, pero sonreí. —No lo hacía, Edward Pero gracias.
Dos noches más tarde, dormimos en nuestra nueva casa por primera vez. Nos decidimos por una sola habitación grande, en lugar de dos, lo que nos dio un montón de espacio. Podía vestirme dentro de la casa, en lugar de menearme dentro de mi ropa en la balsa salvavidas. Mi maleta y la caja de herramientas asentadas en la esquina, y la funda de la guitarra a su lado contenían nuestro botiquín de primeros auxilios, un cuchillo, y la cuerda.
Edward quitó la cubierta de la balsa salvavidas —teníamos un techo real ahora— e hizo ventanas de la malla de las puertas desplegables, que dejaban entrar luz y aire.
Utilizó los laterales de nylon para las cortinas, que cerrábamos por la noche. Clavó la lona en el frente de la casa, la extendió hacia fuera, y la ató a los palos altos que clavó en el suelo, luego cavó un pozo debajo para el fogón.
—Estoy orgullosa de ti, Edward Bones también lo estaría.
—Gracias, Bella.
Recorrimos un largo camino desde nuestros días de dormir en el suelo. Sólo un par de náufragos jugando a las casitas.
Un hidroavión cayó en la laguna mientras Edward y yo nadábamos. El piloto abrió la puerta, asomó la cabeza, y dijo—: Por fin os encontramos. Hemos estado buscándoos eternamente.
Yo tenía cincuenta y dos años.
Me desperté, empapada en sudor y ahogando un grito, segundos antes de que escapara de mi boca.
El lado de la cama de Edward estaba vacío. Paseaba por el bosque mucho tiempo últimamente, recogiendo leña en la mañana y otra vez por la tarde.
Me vestí, me lavé los dientes, y caminé hacia el árbol de coco. Mientras los reunía, uno se cayó de una rama y casi me golpeó en la cabeza.
Sobresaltada, di un salto y grité—: ¡Maldita sea!
Cuando regresé a casa, comprobé el colector de agua. Era febrero, a mitad de temporada seca, y no había mucho. Se me cayó y rompí a llorar cuando el agua se derramó por el suelo.
Edward entró con su mochila llena de leña. —Oye —dijo, bajando su mochila—. ¿Qué pasa?
Me sequé los ojos con el dorso de mi mano. —Nada, sólo estoy cansada y enojada conmigo misma. Derramé el agua. —Entonces me puse a llorar de nuevo.
—Está bien. Probablemente lloverá de nuevo más tarde.
—Tal vez no. Apenas llovió ayer. —Me dejé caer en el suelo, sintiéndome estúpida.
Se sentó a mi lado. —Um, ¿esto es, como, el síndrome premenstrual o algo así?
Cerré los ojos fuertemente, deseando que las lágrimas se detuviesen.
—No. Tengo una mala mañana.
—Vuelve a la cama —dijo—. Iré a buscarte cuando termine de pescar, ¿de acuerdo?
—Vale.
Me desperté cuando Edward frotó mi brazo. —El pescado está listo —dijo, estirándose junto a mí.
—¿Por qué no me despertaste para que pudiera limpiar?
—Pensé que te sentirías mejor si dormías un poco más.
—Gracias. Lo hago.
—Siento haberte preguntado si tenías el síndrome premenstrual. Realmente no sé nada de eso.
—No, fue una pregunta razonable. —Dudé—. Ya no tengo mi periodo. Desde hace mucho tiempo. —Todavía tenía tampones en mi maleta.
Edward parecía confundido. —¿Por qué?
—No lo sé. Estoy por debajo del peso normal. Estrés. Malnutrición. Escoge una.
—Oh —dijo.
Nos acostamos en nuestros lados, uno frente al otro. —Tuve un mal sueño esta mañana. Un hidroavión cayó en la laguna mientras nadábamos.
—Eso suena como un buen sueño.
—Tenía cincuenta y dos años cuando nos encontraron.
—Entonces queda mucho tiempo. ¿Es por eso que estabas tan molesta?
—Quiero tener un bebé.
—¿En serio?
—Sí. Dos o tres, en realidad. Esa fue otra cosa que Riley no quería. Si no nos encuentran hasta que tenga cincuenta y dos, será demasiado tarde. Cuarenta y dos podría ser muy justo. Siempre se puede adoptar, pero tenía muchas ganas de dar a luz al menos a uno. —Elegí un hilo sobre la manta—. Es una estupidez pensar en un bebé cuando hay tantas otras cosas de qué preocuparse aquí. Y sé que tener hijos no está en tu radar aún, pero realmente los querrás algún día.
—He pensado sobre niños. Soy estéril.
Sus palabras fueron tan inesperadas que no supe qué decir en un primer momento. —¿Debido al cáncer?
—Sí. Tuve un montón de quimioterapia.
—Oh, Dios Edward, lo siento. No estaba pensando. —No hay nada como hablar sobre tener hijos frente a alguien cuya fertilidad había sido intercambiada por sobrevivir.
—Está bien. El médico me habló antes de que la quimioterapia comenzara. Explicó que si alguna vez quería hijos, tendría que tener un banco de esperma de inmediato, porque una vez empezara el tratamiento, sería demasiado tarde. Decidí que quería esa posibilidad.
—Vaya. Esa no es una decisión que la mayoría de los chicos tienen que hacer cuando tienen quince.
—No, estamos más o menos pensando en no embarazar a nadie. Esa parte puede levantarte el ánimo. Así que mi madre dijo que iba a llevarme a mi cita en el banco de esperma, y me entregó uno de los Playboy de mi padre, tenía algo así de sucio escondido en mi armario, por cierto, y me preguntó, totalmente seria, si sabía qué hacer.
—Tienes que estar bromeando.
—No, no lo estoy. —Comenzó a reírse—. Tenía quince años, Bella. Era un experto en eso, y no quería hablar de pajas con mi madre.
—Oh, Dios mío, me estoy muriendo aquí —le dije, riendo tan fuerte que lágrimas corrían por mi cara.
—Sí, la siguiente vez que tuve que ir al banco de esperma mi padre me llevó.
Me sequé los ojos y una última risita se escapó. —¿Quieres saber cuál es tu mejor cualidad?
—¿Que soy tan guapo? —dijo inexpresivo.
Me eché a reír de nuevo. —Veo que el cumplido que te di fue directo a tu cabeza. No, eso no es todo. Quiero que sepas que es casi imposible no ser feliz cuando estás cerca.
—¿En serio? Gracias. —Me dio unas palmaditas en el brazo—. No te preocupes, Bella. Nos encontrarán algún día y tendrás ese bebé.
—Eso espero.
Tic tac, ya sabes.
Edward
Estaba en el bosque cuando Bella gritó. Venía en dirección de la casa, y cuando despejé los árboles, corrí hacia el sonido.
Se tambaleó y se desplomó en el suelo. Jadeante, dijo—: Medusa.
El contorno de los tentáculos había dejado marcas rojas en sus piernas, estómago y pecho. No sabía qué hacer.
—Haz que me suelte —gritó. Cuando baje la mirada, vi claramente algunos tentáculos todavía pegados a su estómago y pecho. Tiré de uno, y me hirió.
Corrí hacia el colector de agua y agarre el recipiente de plástico en el suelo junto a ella. Lo llené, corrí de regreso a Bella, y la rocié con el agua fresca. Los tentáculos no se enjuagaron y gritó de dolor, como si el agua dulce lo empeorara.
—Edward., prueba el agua de mar —dijo—. ¡Date prisa!
Sin soltar el recipiente, corrí hasta la orilla y lo llene con agua del océano. Corrí de vuelta y esta vez, cuando vertí el agua de mar, no gritó.
Lloriqueó en el suelo mientras trataba de averiguar qué hacer a continuación. Sabía que aún sentía dolor por la forma en que se movía adelante y atrás, tratando de encontrar una posición cómoda.
Me acordé de las pinzas y corrí a la maleta de Bella para conseguirlas. Cuando volví, saqué los tentáculos tan rápido como pude. Cerró los ojos y gimió.
Los había quitado prácticamente todos cuando la piel de Bella comenzó a ponerse roja, no sólo donde había sido picada, sino por todas partes. Sus párpados y labios se hinchaban. Me entró el pánico y vertí más agua de mar sobre ella, pero no sirvió de nada. Sus ojos cerrados siguieron hinchándose.
Me topé con el cobertizo y encontré el botiquín de primeros auxilios, y luego me lancé hacia abajo sobre la arena a su lado, abriendo la tapa y vertiéndolo todo.
Cuando cogí la botella con el líquido en su interior de color rojo, escuché su voz en mi cabeza.
Esto puede salvarte la vida. Detiene las reacciones alérgicas.
La cara de Bella parecía un globo para entonces, y sus labios hinchados, la piel se había separado. Luché con la tapa a prueba de niños, pero una vez que lo bajé puse mi brazo debajo de ella, levanté su cabeza, y derramé el Benadryl en su garganta. Tosió y escupió, no tenía ni idea de cuánto le había dado.
Su parte superior del bikini se desplazó cuando la levanté. Era muy grande en ella, puesto que había perdido peso, y cuando baje la mirada vi unos pocos tentáculos dentro de él, escociéndole.
Tire de su top, haciendo una mueca a las marcas en su pecho. Puse su espalda hacia abajo, derrame lo que quedaba del agua de mar, y saqué los tentáculos con las pinzas.
Me quité la camiseta y la cubrí con ella, vistiéndola con cuidado.
—Estarás bien, Bella. —Entonces le cogí la mano y esperé.
Cuando su piel no estaba tan roja y la hinchazón bajó un poco, miré a través de los contenidos del botiquín de primeros auxilios esparcidos por el suelo.
Después de leer todas las etiquetas, elegí un tubo de crema con Cortisona.
Empecé por las piernas y me abrí paso hacia arriba, frotando la crema sobre las ronchas.
—¿Esto ayuda?
—Sí —susurró. Sus ojos ya no estaban hinchados, pero no los abrió—. Estoy muy cansada.
No supe si debería dejarla dormir, y temí que por accidente le diera una sobredosis. Revisé la botella de Benadryl, todavía había un montón a la izquierda, y la etiqueta decía que podía causar somnolencia.
—Está bien, duérmete. —Lo hizo antes de que terminase de hablar.
Froté la crema sobre su estómago, pero cuando llegué a su pecho dudé. No creí que se diese cuenta de que tomé su top, o tal vez no le importó.
Levanté mi camiseta y retrocedí.
Sus tetas eran un desastre. Verdugones elevados cubrían la piel, algunos ya formando la costra de sangre seca.
Me mantuve enfocado, pensando sólo en ayudarla, y apliqué la crema con cuidado y con la punta de mis dedos. Cuando terminé, comprobé si olvidé alguno.
Su color de piel volvió a la normalidad y la hinchazón desapareció. Esperé un poco más, luego la levanté y la llevé a la balsa salvavidas.
Bella
Abrí mis ojos y suspiré de alivio por la falta de ardor y dolor punzante. Edward dormía a mi lado, su respiración profunda y constante. Desnuda de cintura para arriba, algo suave cubría mi pecho como una manta. Me senté y deslice la camiseta por encima de mi cabeza, inhalando el aroma familiar de Edward di vuelta en mi lado y me dormí de nuevo.
Por la mañana, me desperté sola. Tiré del dobladillo de la camiseta hacia arriba. La silueta roja de los tentáculos permanecía y lo haría probablemente por un largo tiempo. El aumento era mayor, me estremecí por la condición de mis pechos. Oscuras manchas de color rojo, costras y mucha sangre los cubrían. Dejé caer la camiseta, la remetí en mis pantaloncillos y abandoné la casa para ir al baño.
Edward hacía fuego cuando regresé.
Se puso de pie. —¿Cómo estás?
—Regresando a la normalidad. —Levanté mi camiseta un poco y le mostré mi estómago. Trazó las marcas con su dedo.
—¿Te duele?
—No, no realmente…
—¿Y eso? —Señaló mi pecho.
—No tan bien.
—Lo siento. Había algunos tentáculos en el interior de tu top, picándote, y no me di cuenta de inmediato.
No tenía ningún recuerdo de él quitándome el top, sólo el dolor ardiente. —Está bien, no lo sabías.
—Estabas roja e hinchada.
—¿Sí? No recuerdo eso.
—Te di un Benadryl. Te noqueó.
—Hiciste exactamente lo que tenías que hacer.
Entró en la casa y regresó con un tubo de Cortisona. —Froté esto en tu piel. Veo que te ayudó. Me dijiste que lo hiciera antes de quedarte dormida.
Tomé el tubo que me extendía. ¿Frotó esto en mis pechos también? Me imaginé a mí misma tumbada en la arena, vestida sólo con la mitad inferior de mi traje de baño, mientras Edward extendía la crema sobre mi piel, y de repente no pude mirarlo.
—Gracias —dije.
—¿Lograste ver la medusa que te picó?
—No, sólo sentía el dolor.
—Nunca he visto una en una laguna.
—Yo tampoco. Debió tomar el camino equivocado en el arrecife.
Entré en casa para tomar mi cepillo de dientes, y apreté una minúscula cantidad de pasta en el cepillo. Cuando salí, le dije—: Por lo menos no era una de las mortales.
Edward me miró con una expresión de alarma. —¿Una medusa puede matarte?
Saqué el cepillo de dientes de mi boca. —Algunas de ellas.
Nos quedamos fuera del agua ese día. Caminé a lo largo de la costa, entrecerrando los ojos por la distancia y comprobando por medusas, recordándome a mí misma que el hecho de que no podíamos ver los peligros del océano no quería decir que no estaban allí. También me pregunté si el botiquín de primeros auxilios algún día dejaría de contener la única cosa que necesitábamos para salvar cualquiera de nuestras vidas.
En junio del 2003, Edward y yo llevábamos dos años en la isla. Cumplí los treinta y dos en mayo, y Edward tendría diecinueve en unos pocos meses. Se levantó al menos seis veces para entonces, y no tenía nada de niño en él. A veces, cuando lo miraba pescar, reparando la casa, o saliendo al bosque que conocía como la palma de su mano, me preguntaba si pensaba en la isla como suya. Un lugar donde podía hacer lo que quisiera y cualquier cosa era aceptable, siempre y cuando siguiéramos con vida.
Nos sentamos con las piernas cruzadas, enfrentados en la orilla del agua, así podía afeitarlo. Se inclinó hacia delante, apoyando sus manos sobre mis muslos para mantener el equilibrio.
—¿Cómo me convertí en tu peluquera personal? —bromeé—. Te baño. Te afeito. —Esparcí la crema de afeitar, que casi desaparecía entre sus mejillas.
Me dio una gran sonrisa. —¿Soy afortunado?
—Te estás malcriando. Cuando salgamos de esta isla tendrás que afeitarte tu mismo.
—Eso no será divertido en absoluto.
—Podrás manejarlo.
Terminé de afeitarlo y caminamos de regreso a la casa, listos para una siesta bajo el toldo.
—Sabes, estaría feliz de darte un baño o afeitarte, Bella. Sólo tienes que decírmelo.
Me eché a reír. —Estoy bien, en serio.
—¿Segura? —Estaba acostado sobre la manta a mi lado, se acercó y tiró de mi brazo hacia arriba, entonces pasó el dorso de su mano a lo largo de mi axila.
—Vaya, son suaves.
—¡Alto! Tengo muchas cosquillas. —Sacudí su mano.
—¿Qué pasa con las piernas? —preguntó, y antes de que pudiera responder, se inclinó hacia mí y pasó la mano lentamente por mi pierna, desde el tobillo hasta el muslo.
El calor que inundó mi cuerpo me tomó por sorpresa. Jadeé, un cruce entre un suspiro y un gemido, y se escapó antes de que pudiera detenerlo. Los ojos de Edward se abrieron y me miró con la boca abierta. Luego sonrió, claramente satisfecho con el efecto que su toque tuvo en mí.
Respiré profundamente y dije—: Puedo manejar mi propio aseo.
—Sólo trato de recompensarte por haberme ayudado todo este tiempo.
—Eso es muy amable de tu parte, Edward, ve a dormir. —Se rió y se acostó de lado, de espaldas a mí. Me acosté bocarriba y cerré los ojos.
Sólo tiene dieciocho años. Es demasiado joven.
Una voz en mi cabeza dijo: técnicamente es bastante viejo.
Días después, por la tarde, Edward y yo nadábamos con los delfines. Había cuatro de ellos, y vimos como retozaban a nuestro alrededor. Quería ponerles nombre, pero no podía distinguirlos.
Cuando se fueron, nos sentamos en la orilla. Coloqué los dedos de mis pies en la suave arena blanca.
—¿No dijiste que ibas a tomar un baño? —preguntó.
—Sí. Pero no he traído nada. —Nuestras fuentes fueron disminuyendo con rapidez. Sólo podíamos bañarnos con jabón una vez por semana. Ya no notaba cómo olíamos.
—Puedo conseguirte cualquier cosa —dijo.
—¿Puedes?
—Claro.
—Está bien, pero necesito ropa también.
—No hay problema.
Trajo todo y lo dejó sobre la arena. Esperé hasta que se marchó y luego me desnudé.
Cuando terminé de bañarme, me quedé un minuto secándome al sol. Me acerqué a la pila de ropa, esperando encontrar una camiseta sin mangas y pantalones cortos, o un bikini. Me sorprendió lo que escogió. Había elegido un vestido, el único aún empacado. Era uno de mis favoritos, azul corto y ligero con finos tirantes.
También seleccionó encaje de color rosa como ropa interior, sentí calor en mis mejillas. Olvidó el sujetador, o tal vez no, porque nunca usé uno con este vestido de todos modos.
Me deslicé en la ropa interior y coloque el vestido por encima de mi cabeza. Cuando llegué a casa, Edward me miró abiertamente.
—¿Tenemos reserva para cenar y no lo sabía? —pregunté.
—Me gustaría —dijo.
Me detuve frente a él. —¿Por qué un vestido?
Se encogió de hombros. —Pensé que te verías bien en él. —Se quitó sus gafas de sol y me miró de arriba abajo—. Estaba en lo cierto.
—Gracias —dije, sonrojándome de nuevo.
Fue a pescar y me senté sobre la manta, bajo la marquesina, esperando a que regresara.
A menudo atrapaba a Edward mirándome, pero nunca fue tan evidente. Se estaba volviendo más audaz, probando las aguas. Si trataba de ocultar sus sentimientos antes, ahora no le interesaba hacerlo. No sabía cuáles eran sus intenciones, o incluso si las tenía, pero vivir con él estaba a punto de complicarse.
Eso lo sabía.
—Me encantaría tener tijeras. —Sentada en la manta, fuera de casa, una semana más tarde, trataba de peinar los nudos de mi cabello. Llegaba casi hasta mi trasero y me volvía loca—. Debí cortarme el pelo antes de que la navaja se volviera tan dura —dije. Le eché un vistazo al fuego.
—Estás pensando en quemar algunos de ellos, ¿no? —preguntó Edward
Lo miré como si estuviera loco. —No.
Tal vez.
Continué peinándome.
Edward se acercó y tendió la mano. —Dame el cepillo. Yo lo haré. ¿Ves? Voy a pagarte mi afeitado.
Le pasé el cepillo. —Tú mismo.
Se recostó contra la pared exterior de la casa, y me senté de espaldas a él. Comenzó a peinar mi cabello. —Tienes mucho cabello —dijo.
—Lo sé. Es demasiado largo.
—Me gusta el cabello largo.
Edward trabajó pacientemente con los enredos, una sección a la vez. El sol se ocultaba, pero el toldo nos cubría. Una fresca brisa soplaba desde el mar. El sonido omnipresente de las olas rompiendo en el arrecife y la sensación del cepillo moviéndose suavemente entre mi cabello me sumió en un estado de relajación.
Levantó el cabello de mi cuello y luego me atrajo hacia él, para que me recostara en su pecho. Volví la cabeza, y tiró mi cabello a un lado, por encima del hombro derecho. Continuó el cepillado, y se sentía tan bien que tras un tiempo cerré los ojos y me quedé dormida.
Cuando me desperté, supe por el sonido de la respiración de Edward que cayó dormido también. Sus brazos rodeaban mi cintura por la espalda, las manos entrecruzadas descansando sobre la piel desnuda encima de la parte inferior de mi bikini. Cerré los ojos otra vez, pensando en lo bonito que se sentían los brazos de Edward a mí alrededor.
Se movió, susurrando en mi oído—: ¿Estás despierta?
—Sí. Tuve una buena siesta.
—Yo también.
Aunque realmente no quería, me senté y sus manos se deslizaron por mi estomago. Mi cabello cayó como una hoja lisa por mi espalda. Miré por encima de mi hombro y sonreí.
—Gracias por cepillar mi cabello.
Sus ojos estaban cargados de sueño y algo más. Algo que se parecía sin lugar a dudas al deseo.
—Cuando quieras.
Mi ritmo cardíaco aumentó. Mi estómago se llenó de mariposas y una sensación de calor se extendió sobre mí.
Pensar que nuestra relación estaba a punto de complicarse bien podría ser un eufemismo.
Hola a todas muchas gracias por su comentarios y por estar pendiente de la adaptacion bueno ya esta semana regresamos con las actualizaciones normales que son lunes, miercoles y viernes.
Muchas gracias a todas por leer nos vemos el viernes.
