*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 13

Bella

Entramos en la casa cuando cayó la noche y descendieron los mosquitos Edward se acostó a mi lado y nos cubrió con la manta. Envolvió su cuerpo desnudo a mi alrededor y se quedó dormido segundos más tarde.

Yo estaba completamente despierta.

Cuando me besó, no había parado a pensar antes de regresarle el beso. Éramos dos adultos consintiendo, pero no importa cómo lo hilé en mi cabeza, sabía que si alguna vez conseguíamos salir de la isla, y la gente se enterara de lo que habíamos hecho, habría repercusiones por mis actos. Mientras yacía en la oscuridad con Edward en cuchara, justifiqué que lo que habíamos hecho se sentía bien, y si alguien merecía eso, éramos nosotros. Lo que hicimos era nuestro asunto y de nadie más.

Al menos eso es lo que me dije a mí misma.

Me arrodillé en una rodilla usando la gorra de baseball de Edward, mi pelo hacia atrás para que no se interpusiera en mi camino. El palo curvo que Edward utiliza para iniciar las fogatas, dos trozos pequeños de madera, y un nido seco de cáscara de coco y la hierba se extendían en el suelo delante de mí. Una semana después de que matamos al tiburón, Edward señaló que había una cosa que yo no sabía cómo hacer. Él siempre hizo nuestros fuegos, y quería asegurarse de que yo podría hacer uno, también. Había estado enseñándome, y estaba empezando a cogerle el truco, a pesar de que aún tenía que producir otra cosa que no fuera una gran cantidad de humo y mi propio sudor.

—¿Estás lista? —preguntó Edward.

—Sí.

—Está bien, adelante.

Cogí un palo, lo enrosqué a través del lazo con el cordón del zapato, y usé el moño para hacerlo girar. Después de diez minutos, tenía humo.

—Sigue adelante —dijo—. Ya te estás acercando. Tienes que girar el palo tan rápido como puedas.

Giré mi palo más rápido y veinte minutos más tarde, con los brazos doloridos y el sudor corriendo por mi rostro, noté una brasa encendida. Excavando hacia fuera, lo empujé dentro del nido inflamable junto a mí. Levanté el nido, lo sostuve en frente de mi cara, y soplé suavemente.

Estalló en llamas, y lo dejé.

—¡Dios mío!

Chocamos los cinco.

—¡Lo lograste!

—¡Lo sé! ¿Cuánto tiempo crees que llevó?

—No mucho. Aunque no me importa cuán rápido puedas hacer uno. Sólo quiero saber que puedes. —Me quitó el sombrero y me besó—. Buen trabajo.

—Gracias.

El logro fue agridulce, porque a pesar de que podía encender un fuego por mí misma, la única razón por la que alguna vez lo necesitaría era si algo le ocurriera a Edward.


Edward

Estábamos almorzando cuando una gallina salió de los bosques.

—Bella, mira detrás de ti.

Se dio vuelta.

—¿Qué demonios?

Vimos como la gallina se acercaba. Picoteaba el suelo, sin ningún apuro.

—Después de todo había otro más —dije.

—Sí, el tonto —apuntó Bella—. Sin embargo es el último en pie, así que algo ha hecho bien.

La gallina vino directamente hacia Bella y ella dijo—: Oh, hola. ¿Sabes lo que les hicimos al resto de los de tu especie?

Inclinó la cabeza y la miró como si estuviera tratando de descifrar lo que estaba diciendo. Mi boca se hizo agua. Pensé sobre la cena de pollo que Bella y yo tendríamos. Pero luego ella dijo—: No matemos a este, Edward Veamos si pone huevos.

Construí un pequeño corral.

Bella recogió la gallina y lo puso dentro. Se sentó y nos miró a los dos como si estuviese feliz con su nuevo lugar. Bella puso un poco de agua en una cáscara de coco.

—¿Qué comen los pollos? —preguntó.

—No lo sé. Tú eres la profesora. Tú dime.

—Enseño inglés. En un área mayormente metropolitana.

Eso me hizo reír.

—Bueno, no sé lo que come. —Me incliné sobre el corral y dije—: Mejor que pongas huevos, ahora sólo eres otra boca que alimentar, y si no te gusta el coco, la fruta del pan y el pescado, no te va a gustar aquí.

Juro por Dios que la gallina asintió.

Puso un huevo al día siguiente.

Bella lo rompió y lo puso en un cascarón de coco y lo revolvió con su dedo. Puso el coco con el huevo cerca de las llamas y esperó a que se cocinara. Cuando pareció listo, lo dividió en dos.

—Esto es fantástico —exclamó Bella.

—Lo sé. —Terminé mi parte en dos mordidas—. Hace tanto que no comía huevos. Sabe justo como lo recuerdo.

La gallina puso otro huevo dos días más tarde.

—Fue una buena idea, Bella.

—Probablemente también lo piensa Pollo —dijo.

—¿Le pusiste a la gallina, Pollo?

Parecía avergonzada.

—Cuando decidimos no matarlo, le tomé cariño.

—Está bien —dije—. Algo me dice que a Pollo también le gustas.

Bella y yo bajamos al agua para darnos un baño. Cuando alcanzamos la costa, me quité mis pantalones cortos y me metí al agua, dando vuelta para verla sacarse la ropa. Se tomó su tiempo, sacándose primero su camiseta sin mangas y luego sacándose lentamente sus pantalones cortos y su ropa interior.

Desearía que pudiera hacer eso con música.

Se reunió conmigo en el agua, y lavé su cabello.

—Estamos seriamente quedándonos sin champú —dijo, sumergiéndose para sacarse el champú.

—¿Cuánto más nos queda?

—No sé, quizás lo suficiente para unos pocos meses más. Nuestras reservas de jabón no están mucho mejor.

Cambiamos lugares, y lavó mi pelo. Me enjaboné las manos y las pasé sobre ella y hizo lo mismo por mí. Después de enjuagarnos, nos sentamos en la arena dejando que la brisa secara nuestra piel. Bella se puso frente mío y se recostó en mi pecho, relajándose mientras el sol se ponía en el horizonte.

—Te espié mientras te bañabas una vez —admití—. Estaba buscando leña, y no estaba poniendo atención. Entraste al océano desnuda, y me escondí detrás de un árbol y te observé. No debí haberlo hecho. Confiabas en mí, y lo hice de todas formas.

—¿Me espiaste alguna otra vez?

—No. Quise. Muchas veces, pero no lo hice. —Tomé aliento y lo deje salir—. ¿Estás enojada?

—No. Siempre me pregunté si tratarías de espiarme. ¿Yo, um, hice…?

—Sí. —Me levanté y tomé su mano. Volvimos a la casa y nos acostamos en la balsa, y luego me dijo que yo era mejor que aceite de bebé y su mano.


Bella

Me senté cerca de la orilla para pintar las uñas de mis pies de color rosa. Era tonto teniendo en cuenta nuestras circunstancias, pero tenía el esmalte en mi maleta, y sin duda tenía tiempo, por lo que los pinté de todos modos.

Edward se acercó.

—Lindos pies.

—Gracias —dije, empezando otra capa—. ¿Alguna vez te hablé acerca de Lucy, mi manicura?

Se echó a reír.

—Ni siquiera sé lo qué es eso.

—La chica que hace las uñas.

—Oh. No, nunca me has hablado de ella.

—Solía ir a Lucy cada sábado.

Edward levantó una ceja.

—Sí, quizás me preocupaba un poco más por mi aspecto en Chicago de lo que lo hago aquí. De todos modos, el inglés no era la primera lengua de Lucy, y nunca supe cuál realmente lo era, sólo sabía que no podía hablarla. Pero eso no nos impedía tener esas largas conversaciones, a pesar de que ninguna de nosotras entendía algo de lo que la otra decía.

—¿Acerca de qué hablaban?

—No sé, sólo cosas. Ella sabía que yo enseñaba en la escuela, y que tenía un novio llamado Riley. Me enteré de que tenía una hija de trece años y que le encantaba ver realities en la televisión. Era tan agradable. Me llamaba dulce, y siempre me abrazaba para saludarme o despedirse. Cada vez que la visitaba me preguntaba cuándo iba a casarme con Riley. Una vez, tuvimos una gran interrupción de la comunicación y, al parecer, le prometí que podía hacerle la manicura a mis damas de honor para la boda.

Metí la tapa en el esmalte de uñas y revisé los dedos de mis pies. No había hecho el mejor de los trabajos.

—Lucy… mierda, si viera mis pies ahora mismo. —Levanté la vista hacia Edward Tenía una extraña expresión en su rostro, una que no sabía leer.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Estás seguro?

—Sí. Voy a ir a pescar. Será mejor que dejes secar bien esos pies.

—De acuerdo.

Parecía haber vuelto a la normalidad para el momento en el que regresó junto a los peces, así que lo que sea que le había molestado, lo superó rápidamente.

—¿Por qué no estás desnuda todo el tiempo? —preguntó Edward —. ¿Por qué incluso te vistes?

—Estoy desnuda en estos momentos.

—Lo sé. Eso es lo que me hizo pensar en ello.

Edward y yo nos quedamos cerca de la costa, intentando lavar nuestra ropa sucia, incluso las que habíamos estado usando.

—¿Esto todavía huele mal? —preguntó, sosteniendo una camiseta para que pudiera olerla.

—Eh, tal vez un poco. —Fue difícil conseguir algo limpio, teniendo en cuenta que nos habíamos quedado sin Woolite hacía ya más de un año. Ahora teníamos todo agitándose de ida y vuelta en el agua y nos parecía bien.

—Si estuviéramos desnudos todo el tiempo, no tendríamos que lavar nada, Bella —dijo con una gran sonrisa en su rostro. Salimos del agua, y tiramos la ropa encima de la cuerda que había atado entre dos árboles.

—Si estuviera desnuda todo el tiempo, ni siquiera te darías cuenta hasta después de un tiempo.

Soltó un bufido.

—Oh, sí me daría cuenta.

—Crees eso ahora, pero con el tiempo, puede que no lo hagas.

Me miró como si estuviera loca. Cuando volvimos a la casa, se tumbó en la manta.

Yo tampoco me vestí, porque todo lo que teníamos estaba mojado.

Me acosté sobre un lado, frente a él, apoyándome sobre mi codo.

—Ah, esa sí que es una buena pose —dijo—. Me gusta.

—Es como comer tu comida favorita todo el tiempo —le dije—. En un primer momento, se sentiría genial, pero después de un rato, ya no lo querrás más. No sabe tan bien.

—Bella. Tú siempre sabrás bien. —Se inclinó y besó mi cuello.

—Pero, eventualmente, te cansarás de eso —insistí.

—Nunca. —Para ese momento ya se había movido un poco más con sus besos.

—Podría suceder —le dije, pero entonces ni siquiera yo lo creía.

—No —dijo, todavía moviéndose lentamente, hasta que finalmente dejó de responderme, porque es casi imposible hablar cuando haces lo que él estaba haciendo.

Pollo se acercó y se sentó en mi regazo. Edward se echó a reír, se le acercó, y le alborotó las plumas.

—Me da mucha risa cuando hace eso —dijo.

Ya no teníamos que mantenerla encerrada. La había dejado salir una vez, y luego se me había olvidado volverla a guardarla. Deambuló por ahí, pero no trató de escaparse.

—Lo sé, es tan extraño. Por alguna razón, de verdad le gusto. —Le di a Pollo una suave caricia en la cabeza.

—Es porque cuidas de ella.

—Me encantan los animales. Siempre he querido un perro, pero Riley era alérgico.

—Tal vez puedas tener uno cuando lleguemos a casa —dijo.

—Un golden retriever.

—¿Esa es la clase de perro que quieres?

—Sí. Uno ya crecido, que nadie más quiera. Salido de un refugio. Voy a tener mi propio apartamento, lo adoptaré y lo llevaré a casa.

—Has pensado en esto.

—He tenido tiempo para pensar en un montón de cosas, Edward.

Algunas noches más tarde, cuando estábamos en la cama, Edward gimió y se derrumbó sobre mí, respirando con dificultad.

—Guau —dije, sintiendo que su cuerpo se relajaba.

Me besó en el cuello y susurró—: ¿Se sintió bien?

—Sí. ¿Dónde aprendiste eso?

Edward se echó a reír, todavía tratando de recobrar el aliento.

—Tengo una profesora excelente. Me deja practicar todo el tiempo hasta que llego a hacerlo bien.

Salió de encima de mí tirándome hacia él para que pudiera poner mi cabeza en su pecho. Me acurruqué más cerca, contenida y somnolienta.

Me frotó la espalda.

No fue hasta que cumplí los veintiséis o veintisiete años que incluso me di cuenta de lo que quería en la cama. Cuando traté de decírselo a Riley, no parecía tan emocionado acerca de tomar la dirección. Edward no había tenido reparos en preguntarme lo que me gustaba, así que decidí no ser tímida a la hora de decirle, lo que estaba funcionando de manera espectacular.

Suspiré.

—Harás a una mujer muy feliz algún día, Edward.

Su cuerpo se tensó y dejó de acariciarme la espalda.

—Sólo quiero hacerte feliz a tí, Bella. —La forma en que lo dijo, y la exclusividad que escuché en su voz me hizo desear poder responderle de la misma forma.

—Oh, lo haces, Edward —dije rápidamente—. Lo haces.

No habló mucho al día siguiente. Me metí en el agua mientras pescaba, y me paré junto a él.

—Lo siento. Herí tus sentimientos y eso es lo último que quería hacer.

Mantuvo la mirada fija en la línea de pesca.

—Sé que esto nunca habría sucedido entre nosotros, en Chicago, pero por favor, no hables acerca de despedirte de mí mientras aún estemos aquí.

Puse mi mano sobre su brazo.

—Cuando dije eso, acerca de que harás a otra mujer feliz, no fue porque fuera yo la que diría adiós, Edward Tú lo eres.

Se volteó, confundido. —¿Por qué yo diría adiós?

—Porque soy trece años mayor que tú. Éste podría ser nuestro mundo, pero no es el mundo real. Todavía tienes un montón de cosas que no has experimentado. No querrás estar atado a nadie.

—No sabes lo que quiero, Bella. Además, no pienso en el futuro nunca más, y no lo he hecho desde que el avión no regresó. Todo lo que sé es que tú me haces feliz, y quiero estar contigo. ¿Puedes sólo estar conmigo, también?

—Sí —le susurré—. Puedo hacer eso.

Quería decirle que nunca haría nada que le hiciera daño otra vez. Pero tenía miedo de que esa fuera una promesa que no podría ser capaz de mantener.

Edward cumplió diecinueve años en septiembre.

—Feliz cumpleaños —le dije—. Te hice un aplastado pan de frutas. —Le entregué el pote y me incliné para darle un beso. Él me llevó a su regazo e insistió en compartir.

—¿Por qué nunca celebramos tu cumpleaños? —Él me dio una mirada tímida y dijo: —¿Y cuándo es, otra vez?

—Es el 22 de mayo. No me gustan mucho los cumpleaños, supongo.

Yo amaba celebrar mi cumpleaños, hasta que Riley lo arruinó para mí. Cuando cumplí los veintisiete, estaba convencida de que me iba a proponer matrimonio, porque él había hecho reservas, me dijo que me vistiera elegante, e invitó a nuestros amigos a unirse a nosotros para tomar una copa antes de cenar. Me lo imaginaba de rodillas con un anillo, y yo apenas podía contener mi emoción cuando el taxi nos dejó en frente del restaurante. Entramos y todo el mundo ya estaba allí, casi como una fiesta sorpresa. Cuando llegó el champán, Riley sacó la caja de Tiffany de la chaqueta y me regaló un par de aretes de diamantes. Tuve una sonrisa en mi cara por el resto de la noche, pero Angela me llevó al baño más tarde y me abrazó. Puse mis expectativas tan bajo como me fue posible después de eso, lo que resultó ser una decisión inteligente, porque para los próximos tres cumpleaños ni siquiera me compró joyas.

—Quiero celebrar tu próximo cumpleaños, Bella.

—De acuerdo.

La temporada de lluvias terminó en noviembre. Acción de Gracias vino y se fue como cualquier otro día, pero en Navidad, Edward encontró un cangrejo enorme cerca de la orilla. Mi boca se hacía agua mientras él lo pinchaba y cortaba en el fuego, una garra gigante encerró la punta de su bastón, mientras que la otra lo pinchaba todo el tiempo. Lo dejó caer sobre las llamas y pronto nos encontramos a nosotros mismos cortando las piernas con las pinzas y tirando de la carne con los dedos.

—Esto me recuerda a nuestra primera Navidad, cuando atrapamos aquel pollo y celebramos con algo más que peces —dijo Edward.

—Parece hace ya mucho tiempo —le dije, conteniendo las lágrimas.

—¿Estás bien?

—Sí. Sólo pensé que podría estar en casa para Navidad, este año.

Edward puso su brazo alrededor de mí.

—Tal vez el próximo año, Bella.

En febrero, me desperté de la siesta. Un ramo de flores recogidas de los arbustos varios, dispersos por toda la isla, estaba sobre la manta a mi lado. Una pequeña cuerda se enrollaba alrededor de sus tallos.

Encontré a Edward abajo, en la orilla.

—Alguien ha estado revisando el calendario.

Él sonrió.

—No quería perderme el día de San Valentín.

Le di un beso.

—Eres tan dulce conmigo.

Acercándome más a él, dijo—: No es difícil, Bella.

Me quedé observando sus ojos, y él empezó a balancearse. Mis brazos fueron alrededor de su cuello, y nos pusimos a bailar, moviéndonos en círculos. La arena era suave y cálida bajo nuestros pies.

—No necesitas música, ¿verdad?

—No —dijo—. Pero te necesito a tí.

Unos días más tarde, Edward y yo caminábamos por la orilla al atardecer.

—Extraño a mis padres. He estado pensando en ellos mucho últimamente. A mi hermana y a mi cuñado, también. Y a Joe y a Chloe. Espero que llegues a conocerlos algún día, Edward Te gustarían.

—Yo también lo espero.

Para entonces, sabía que si alguna vez éramos rescatados, Edward tendría que ser una parte de mi vida en Chicago. En calidad de qué, no lo sabía. Él había echado mucho de menos su vida, y no sería justo de mi parte ocupar demasiado de su tiempo. Mi parte egoísta, sin embargo, no podía imaginar no dormirse en sus brazos, o estar con él todos los días. Necesitaba a Edward, y la idea de estar lejos de él me molestaba más de lo que quería admitir.


Edward

Bella —susurré su nombre—. ¿Estás despierta?

—Hmm —dijo.

—¿Todavía amas a ese tipo? —Sabía su nombre, pero no quería decirlo. Estaba envuelto alrededor de ella, mi pecho contra su espalda. Se dio la vuelta para mirarme.

—¿Riley? No, no lo amo más. No he pensado en él en mucho tiempo. ¿Por qué?

—Me lo preguntaba. No importa, duérmete. —La besé en la frente y la coloqué sobre mi pecho.

Pero ella no se durmió. Me hizo el amor en lugar de eso.

Bella cumplió treinta y tres en mayo, y celebró su cumpleaños por primera vez en la isla. Una ligera lluvia caía, y nos acostamos uno junto al otro en la balsa salvavidas escuchando el ritmo constante de las gotas que golpeaban el techo de la casa.

—No te conseguí nada en realidad. Me dijiste hace mucho tiempo que el centro comercial de la isla apestaba —le dije.

Sonrió. —Es un poco bajo en la mercancía.

—Sí. Así que vamos a tener que fingir. Si estuviéramos en casa, te llevaría a cenar y luego te daría estos regalos. Pero ya que no estamos en casa, sólo voy a decirte todas las maravillosas cosas que te conseguí, ¿de acuerdo?

—No debiste molestarte —bromeó.

—Lo mereces. Bueno, el primer regalo son libros. Todos los best-sellers actuales.

Bella suspiró. —Echo de menos la lectura.

—Sé que lo haces.

Se acurrucó más cerca. —Eres genial en esto. ¿Qué otra cosa tienes para mí?

—Ah, alguien está disfrutando de su cumpleaños. Tu próximo regalo es música.

—¿Me hiciste un CD de mezclas? —preguntó.

Sonreí y empecé a hacerle cosquillas. —Con todas tus canciones favoritas de rock clásico.

Se retorció y rió, rodando encima de mí tratando de atrapar mis manos por debajo de las de ella para que dejara de hacerle cosquillas.

—Me encanta —dijo—. Los libros y la música. Mis dos cosas favoritas. Gracias. —Me dio un beso—. Este fue el mejor regalo de cumpleaños que he tenido en mucho tiempo.

—Me alegro que te haya gustado.

Saqué mis brazos de debajo de su cuerpo y escondí su cabello detrás de sus orejas. —Te amo, Bella.

La mirada de sorpresa en su rostro me dijo que no lo había visto venir.

—No se suponía que te enamoraras —susurró.

—Bueno, lo hice —le dije, mirándola a los ojos—. He estado enamorado de ti desde hace meses. Te lo digo ahora porque creo que tú también me amas, Bella. Simplemente crees que no deberías. Me lo dirás cuando estés lista. Puedo esperar. —Tiré de su boca hacia abajo a la mía y la bese, y cuando terminé, sonreí y le dije—: Feliz cumpleaños.