Bosque y Fuego

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No puedes hablar de más


Rodo los ojos fastidiado. Se obligo a quedarse y ver lo mismo que su compañero.

- ¿Qué opinas?- le pregunta Kurama, realmente concentrado en aquello por la forma en la que tiene una mano acariciando su mentón en pose reflexiva.

Contesto a la pregunta con un gruñido. Sabe que no es suficiente para el de cabellos rojizos, cuyos ojos esmeralda estaban fijos hacia al frente pero su audición atenta a su respuesta.

- ¿En verdad crees que me importa para opinar?

- Su color hace contraste con los muebles- comento el si interesado, en tono meditabundo- Sus flecos me recuerdan a la decoración francesa.

- ¿La tela tiene familia?- de nuevo, sarcasmo.

Kurama desvió finalmente su atención de tan importante cuestión para ver a Hiei, cuya falta de altura era compensada por su sentido del humor.

- Dime "si" o "no"

Bufo. Era como si le gustara exasperarlo a altas horas de la mañana.

- Sí.

- ¿En serio?

Sus brazos, escondidos bajo la oscura vestimenta, temblaron de impaciencia y rabia. Sí. A Kurama le encantaba molestarlo por las mañanas.

- ¿Por qué me preguntas a mí? Yo sé tanto de estética como un monje virtuoso.

Vio esos grandes ojos verdes contemplarle, luego abrir la boca en una risita. Hiei sonrojo de rabia y vergüenza. Le hacía decir cosas…

- ¡Es una maldita cortina!

- Al menos, no está al frente- indico con el dedo las ventanas dentro del hogar, que daban al exterior- Dijiste que el otro color era asqueroso. Pues bien, el dorado es presuntuoso y altivo pero en la sala no se ve mal- volvió su mirada a la cortina, extensa hasta tocar el suelo y colgada sobre un gran ventanal que parecía un cuadro representativo de la primavera por el jardín de atrás.

- Es-una-cortina- siseo de mala gana. No le veía la importancia a eso. El pelirrojo había estado tres días hastiándole y haciéndole ver cortinas de todo tipo y color- Pon la que sea, de igual forma, nadie la vera más que tú y yo.

Por suerte. Gran parte del tiempo Kurama estaba ocupado como para concertar visitas y tratar invitados. Solo tenía tiempo para irritarlo.

- ¿Y qué te parece el fucsia con doble capa blanca?

Gruño fuerte. Murmuro una maldición al dar la vuelta, indispuesto a continuar viendo la cortina y la expresión de juez de Kurama, y se encamino a la cocina.

Al poco tiempo que Kurama se dignó a buscarlo, lo encontró con una taza de chocolate caliente entre las manos. Suspiro al ver su sonrisa.

- He hecho galletas de coco anoche- le comunico, dirigiéndose al horno para sacar una bandeja. Hiei vio docenas de pequeñas y blancas galletas- Y, tal vez convenga una azul marino.

En vez de hacerle conocer su creciente rabia hacia el tema, lo fulmino con sus dos ojos color fuego que, en ese momento, no distaban de no iniciar una flama. Recogió las galletas, no sin que estas sufrieran algún daño por su apretón.

- No las rompas. Son frágiles- le advirtió el amante de las cortinas, en voz suave. Tomo una galleta pasando un brazo cerca de Hiei; este le miro sorprendido. El más alto se detuvo- ¿Qué ocurre?

La cercanía. El brazo tan aproximado a su rostro como la otra noche. Pero no era el brazo de Kurama. Era otro que rodeaba su cuello y se cerraba en el, no sabía si abrazándole o intentando asfixiarlo. Si hubiera visto el rostro de Kurama, seguro lo primero, pero había visto otra imagen, el borroso recuerdo de una cara diferente, cuyas manos eran más grandes y fuertes, tan diferentes como la sucesiva forma de besarle tras la oreja.

Estremeció. Seguro había sido una ilusión. Tenía demasiado en la mente; ya le habían asignado otra tarea, más trabajo.

- …Nada- respondió, con un gesto de que no importaba.

El pelirrojo lo miro con una sonrisa disminuida.

- Hay muchos. Llévalos.

- No lo creo. Esos idiotas son como perros, saben cuándo voy con comida.

- Que te roben a ti es un hecho imposible- objeto a su comentario, del cual sonrió. Hiei agradeció el cambio de tema.

- Tengo un encargo más- le informo- Es nuevo, probablemente tarde.

- ¿Comerás afuera?

- No- replico al instante. No confiaba en la comida de extraños. Ni siquiera cuando sus compañeros, a quienes llamaba "los idiotas", se lo ofrecían y tuvieran buen aspecto. Por supuesto, cosas horribles tenían buen caparazón y en su interior veneno ponzoñoso. Típico engaño.

- Te dejare la cena- Kurama se llevó una galleta a la boca. Olía a coco y miel- Te esperare hasta las nueve- Hiei estuvo a un instante de decirle que no lo hiciera cuando oyó una voz muy distinta, viril y profunda, de los labios de Kurama- Son deliciosas- y mordió la galleta.

Hiei se censuró su perturbado estado mental. Cuando termino de comer, Kurama noto la turbación en los ojos de Hiei.

- ¿Te sientes bien?

Su voz era la misma otra vez, suave y de baja tonalidad, tranquila y exenta de mala lengua. Hiei miro a otro sitio. De nuevo, una jugarreta de su mente.

- Es tiempo- anuncio, para no responderle directamente. Fingió atender el reloj de la cocina- Me voy- se puso de pie, con demasiada velocidad, dejando atrás la taza medio vacía y la bandeja todavía llena.

Al ir a la puerta, pensó en que debía mantener su mente más ocupada, más activa en el trabajo y menos libre para imaginar tonterías. Esperando que el trabajo le devolviera los sentidos que le resultaban engañosos. Kurama llego a su lado con una pequeña bolsa de galletas en mano, se la entrego después de brindarle un beso casto.

- Se arruinaran con el tiempo. Te dije, son frágiles- lo insto sostener la bolsa- Saludos a Yusuke.

Le respondió con un bufido. Jamás le recordaba nada a Yusuke, su compañero.

- Aun no entiendo cómo puedes ir así- comentoKurama, mirándole la ropa.

Cierto. El no usaba uniforme ni era formal, no como todos los seres humanos que se presentaban al trabajo. No obstante, el no tenía un trabajo cualquiera como los humanos, ni que fuese uno. Siempre que salía, lo hacía a botas largas y negras, pantalones, camiseta y capa del mismo color. Con ese estilo de vestuario, su piel se reflejaba más pálida de lo que en realidad era pero la expresión seria de sus ojos hacían saber a cualquiera que no era fácil ni débil en absoluto.

- No te atrevas a aplicarme tu evaluación.

Su advertencia hizo sonreír al de ojos esmeraldas, en un gesto gracioso.

Había una única excepción. Kurama no le tenía miedo, ni cuando se enfadara con él y se lo demostrara, todo lo contrario: pareciese que lo disfrutase.

- No, jamás.

Con esa sonrisa, no estaba seguro de creerle. Le miro unos segundos en silencio, luego se dio la vuelta y se abrió la puerta para salir.

- No me esperes- le dijo antes de caminar solitario por las calles. Odiaba los transportes y, además, ninguno lo llevaría a donde geográficamente era imposible para los mortales.

Como tenia de costumbre, se mantuvo pendiente de la figura oscura de Hiei hasta no que no pudo percibirlo. Era como una sombra. Por más que fuera de día y su vestimenta lo destacase entre otras personas, Hiei sabía desaparecer como si de una sombra se tratara.

- Es patético ver lo que se está alejando y no hacer nada.

Kurama suspiro. Cerró la puerta. Fue hacia el gran ventanal de enfrente. Tampoco quedaba evidencia para suponer donde pudo haberse fugado. Por ningún sitio. Su tenuearoma persistía por unos minutos pero pronto se perdía, como su dueño.

- Esto ha sucedido muchas veces- suspiro- ¿Por qué ahora es diferente?- aparto las cortinas y acaricio el cristal con sus manos.

- Porque se está comportando más evasivo, mas distraído. Ahora, ni siquiera gruñe tanto cuando lo provocas.

- ¿Será?

- No empieces con dramatismos.

Parpadeo. De pronto se encontraba ante la mesa de la cocina, maniobrando una cuchara con miel para cubrir una galleta.

- Son deliciosas.

La cuchara cayo al frasco de donde recolectaba la miel. La galleta termino en el suelo.

- Es tu culpa- reclamo Kurama. Miro con rencor hacia su izquierda, no había nadie, no en la realidad que el veía- ¿Qué pretendes? ¿Quieres volverlo loco? Este territorio no es tuyo.

Y apareció. Imponente y de cuerpo fuerte, ojos dorados y cabello plateado. Orejas y cola atractivas. A su izquierda estaba Youko, su perfil soberbio, cruzado de brazos y viéndole sin entender el porqué de su enfado repentino.

- No te desquites conmigo- le dijo aquel ser aparecido- Tu sabes la diferencia del porque ahora se va. O te quieres mentir a ti mismo o prefieres esta miseria de incertidumbre; ambos casos me sorprenden de ti.

- ¡No hablamos de eso!- exclamo. De nuevo ese tema. Solo un pequeño pensamiento suyo, una sospecha tonta, y su otro yo lo usaba para complicarle más la vida- Deja de confundir a Hiei apareciéndote de repente- Youko le miro con falsa inocencia. Conocía sus gestos. Había sido él en la vida pasada- ¿Pensaste que no me daba cuenta porque yo también estaba consciente? Lo que hiciste anoche fue ir al extremo.

- ¿Extremo?- enfatizo la palabra con sorna. Detestaba las limitaciones- Me desperté para ponerme al corriente y me encuentro en la cama con tu marido. Fue cosa de unos segundos- se explicó con suma tranquilidad, pero con una sonrisa que hacía a cualquiera desconfiar de sus palabras.

Youko busco la cuchara dentro del frasco. La tomo y relamió. Sonrió complacido al sabor. Kurama se forzó a hacer el acto de tragar la miel viscosa. Miro resentido a Youko, quien localizaba con las manos una galleta.

- ¿Y esta semana también? Has estado muy despistado entonces…

- ¿Yo?- los ojos dorados se enfrentaron con los esmeralda- Tu hombre es el que esta despistado. No saldré con regularidad, por culpa tuya, pero reconozco las brisas del conflicto antes del desastre.

- Deja- mascullo entre dientes, molesto- Deja de hablar de eso.

- No lo entiendes, ¿o no quieres reconocerlo? Igual, eso es poco inteligente- hundió la galleta en el frasco hasta la punta de sus dedos. Vio el rostro tranquilo del otro cambiado por un gesto de enfado y rencor. Kurama no era así con nadie, ni siquiera cuando con Hiei debía serlo. Solo con Youko tenía reservadas esas manifestaciones de negativo sentimiento. Sus ojos se entrecerraron al ver las fracciones de aquel hermoso rostro culpándole de algo que no comprendía- Eres realmente muy ingenuo o muy estúpido. ¡Tú no eres esto!- separo los brazos, dando referencia a todo su alrededor. Kurama lo miro sorprendido por su accionar- Tú no quieres esto, piensas que es una forma digna y correcta de llevar una vida común y ordinaria pero estas harto. ¡Estas harto de este juego! Te entiendo, yo también.

- No hables de mí. Tú eres el único de los dos que desea la libertad. ¿Acaso no te doy el tiempo suficiente para vivir tu parte? Hicimos un acuerdo, y lo violaste toda la semana. Hiei no debe siquiera pensar que está enloqueciendo porque tú te apareces cuando yo estoy, le hablo o le toco.

- Eso fue un accidente- se defendió el bandido, despreocupadamente.

Detestaba cuando se tomaba sus reclamos con esa calma irritante. ¿Hiei también lo consideraba así? Técnicamente, Youko y el eran elmismo, uno solo. Compartían cuerpo, gustos, conocimientos, recuerdos y mucho más. Pocas y muy contadas eran las que no tenían en común y esas eran precisamente su forma de ver la vida y sus perspectivas.

- No. Vuelvas. A. Hacer. Eso. No te aparezcas delante de Hiei, no hables con él, ni una palabra con tu voz. Y mucho menos pienses en aparecer cuando estemos en la cama.

Estaba razonablemente molesto. LLevaba toda una semana con Youko haciendo acto de presencia. Veía la desconfianza y el temor de Hiei en sus ojos, creyendo que sufría un desequilibrio mental. Youko lo perturbaba y eso enojaba a Kurama.

- ¿No fuiste tú el que pensó que debía probar algo distinto? Recuerda, Shuichi, me conozco y sé todos los pensamientos que tienes- le dijo, viendo su rostro de incredulidad- Actué bajo esa intención tuya.

- ¿Me culpas a mí? Tú fuiste el que empezó. ¿No recuerdas lo que tratamos? Este es mi territorio, mi casa, mis cosas, mi cuerpo hasta la hora del robo, mi voz no será fuerte pero es clara y Hiei es mío.

Youko pareció querer soltar una risa burlona, pero la reprimió y miro a Kurama, con una sonrisa maliciosa.

- Pues, parece que alguien quiere robar tu pertenencia. No lo permitas- le hablo en tono serio, todavía juguetón- Robarle a un ladrón, que vergüenza…

- Yo no soy tu.

- Me permites ser yo en ti, así que de cierta forma eres yo.

Su sonrisa no le gusto en nada a Kurama. Ni siquiera la insinuación que de hacía un mes le estaba insistiendo en la cabeza.

- Soy parte de ti- reconoció Kurama, sin embargo, no iba a dejar que Youko ganase- Y por eso debes respetarme, debes cumplir los límites de nuestro acuerdo. Piensa. Cuando Atsi te entregue la información que buscas, me necesitaras a mí. Necesitas nuestro cuerpo a completa voluntad tuya, pero no lo tendrás si te atreves a repetir lo mismo de esta semana.

- Ojala fueras así de preciso y seguro con lo que pasa en tu matrimonio- le dijo en contra, afectado por su argumento por unos segundos, antes de atacarlo- Hasta la más valiosa y hermosa joya pierde su encanto con el tiempo. ¿Cuánto crees que durara, teniendo la esperanza de vida de un humano, envejeciendo como ellos? Tú sabes que las cosas hermosas pierden validez.

- ¡Hiei también envejece!

- ¿Se supone que eso es vida?- replico, molesto- ¿Piensas que esto es vida? Una monotonía aburrida y estricta, siguiendo pautas de comportamiento correcto repetidamente y escondiéndote. Actuando como un "normal" humano, como eres a mitad. Reacciona. ¿El que te estén engañando no te hace ver esta estupidez monumental? ¡No eres esto!

- Tampoco soy tu. ¡Y para de hablar de eso! Hiel no me engaña. Tú eres el que lo tiene confundido. ¡Déjalo en paz!

Kurama vio sobresaltado a Youko, quien de repente cambio su expresión.

- Necesito el cuerpo. Puedo sentirlas llamándome. "Amo, amo"- miro la galleta olvidada en el frasco. La tomo y se la comió sin demora. La sensación de tragar volvió en Kurama, junto a ese sabor. Youko concluyo su pequeño placer- Es tiempo. Dame el cuerpo.

- No.

Era imposible. No podían separase nunca. Los pensamientos y los planes de Youko se transladaron a su parte. Una variedad de estrategias de batalla ocupo su mente y se alivió cuando opto por tres. Se tocó la frente con malestar. Su otro yo pensaba demasiado, tanto como el cuándo estudiaba de más joven y buscaba una vida tranquila, que no consiguió ni lograría con Youko.

- Te dije que me entregaras el cuerpo. ¡Dámelo!

- Vas…Vas a tardar.

- ¿Que importa el tiempo para mí?- bufo con impaciencia- Necesito el cuerpo, Shuichi, y tú también necesitas que lo haga.

Minamino Shuichi, el nombre de Kurama en el mundo humano, miro a su yo demonio. Es cierto. Se necesitaban. Era tarde para resistirse.

- De ac…- pero no pudo termino la frase. Youko se había fundido en él.

Su cuerpo sufrió una transformación bajo un aura dorada. Se volvió tal y como él veía a Youko en su mente. El bandido sonrió a la posesión acabada, libre de cierta forma para hacer su cometido.

- Hora de trabajar.