*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 14
Bella
Debería haber sabido que se estaba enamorando. Todas las señales estaban ahí, y desde hacía bastante tiempo. Fue sólo después de que se enfermó que me arrepentí de no decirle que tenía toda la razón.
Yo lo amaba.
Una semana después de mi cumpleaños, me acosté en la cama junto a él sólo para descubrir que ya estaba dormido. Había ido al baño, y llenado nuestra botella en el colector de agua, pero sólo llevaba unos minutos detrás de él, y Edward nunca se iba a dormir sin hacer el amor primero.
Todavía estaba durmiendo a la mañana siguiente cuando me desperté, y tampoco despertó durante el tiempo que había ido a pescar, y a juntar coco y fruta de pan.
Me metí en la cama. Sus ojos estaban abiertos, pero se le veía cansado. Besé su pecho. —¿Te encuentras bien? —pregunté.
—Sí, estoy cansado.
Besé su cuello de la forma que sabía que le gustaba, pero luego me aparté bruscamente.
—Oye, no te detengas.
Puse mi mano sobre su cuello. — Edward, tienes un bulto aquí.
Alzó la mano y lo sintió con sus dedos. —Probablemente no sea nada.
—Dijiste que me avisarías si notabas algo.
—No sabía que estaba allí.
—Te ves muy cansado.
—Estoy bien. —Me besó e intentó quitarme la camisa.
Me senté, fuera de su alcance. —Entonces, ¿qué pasa con el bulto?
—No lo sé. —Se levantó de la cama—. No te preocupes por eso, Bella.
Después del desayuno, aceptó de mala gana que revisara su cuello. Apreté los dedos suavemente por debajo de su mandíbula, descubriendo ganglios linfáticos inflamados en ambos lados. ¿Había estado sudando en la noche? No estaba segura. No parecía haber perdido peso, me habría dado cuenta si lo hacía. Ninguno de los dos dijo nada acerca de lo que podrían significar los bultos. Se veía exhausto así que lo envié de vuelta a la cama. Bajé a la laguna, me metí en el agua, y floté sobre mi espalda, mirando hacia el cielo azul sin nubes.
El cáncer está de vuelta. Lo sé, y él también.
Se despertó para almorzar, pero después de comer, se quedó dormido otra vez, y continuó así, pasándose la cena. Entré en la casa para ver cómo estaba. Cuando me incliné para besar su mejilla, su piel me quemó los labios.
— Edward —Gimió cuando puse la palma de mi mano contra su frente caliente—. Vuelvo pronto. Voy a traer el Tylenol.
Encontré el botiquín de primeros auxilios, y sacudí dos pastillas de Tylenol sobre la palma de mi mano. Le ayudé a tragarlas con agua, pero vomitó sobre su cuerpo unos minutos más tarde.
Lo limpié con una camiseta, y traté de moverlo un poco, hacia la parte seca de la manta. Gritó cuando lo toqué.
—Bueno, no voy a moverte. Dime qué te duele.
—La cabeza. Detrás de mis ojos. Por todas partes. —Se quedó quieto y no dijo nada más.
Esperé un rato y luego traté de darle un poco más de Tylenol. Me preocupaba que fuera a vomitar otra vez, pero no lo hizo.
—Te sentirás mejor en poco tiempo —le dije, pero cuando lo revisé media hora más tarde, su frente se sentía aún más caliente.
Durante toda la noche, ardió de fiebre. Vomitó otra vez, y no podía soportar que lo tocara, porque dijo que se sentía como si sus huesos se estuvieran rompiendo.
Al día siguiente, durmió durante horas. No quería comer y apenas bebía. Su frente se sentía tan caliente que me preocupaba que la fiebre fritara su cerebro.
Aquello no era cáncer. Los síntomas habían aparecido demasiado pronto.
Pero si no es cáncer, ¿qué es? ¿Y qué demonios voy a hacer al respecto?
La fiebre no bajaba, y nunca deseé tener hielo más de lo que hice entonces. Estaba tan caliente y la camiseta que mojaba en el agua y exprimía en su frente era probablemente demasiado caliente para refrescarlo, pero no sabía qué más hacer.
Tenía los labios secos y agrietados, y me las arreglé para conseguir pasar un poco de agua y Tylenol por su garganta. Quería tenerlo en mis brazos, consolarlo, alisar el cabello sobre sus ojos, pero mi contacto le causaba dolor, así que no lo hice.
Estalló en un sarpullido al tercer día. Brillantes puntos rojos le cubrieron el rostro y el cuerpo. Pensé que tal vez la fiebre estaba cerca de romperse, que el sarpullido indicaba que su cuerpo estaba luchando contra la enfermedad, pero a la mañana siguiente el sarpullido era peor, y se sentía más caliente. Inquieto e irritable, se deslizaba dentro y fuera de su conciencia, dejándome presa del pánico cuando no lo pude despertar.
La sangre empezó a gotear de su nariz y su boca al quinto día. El temor se apoderó de mí en oleadas, mientras limpiaba la sangre con mi camiseta blanca, que por la tarde ya estaba de color rojo. Me dije que el sangrado se había reducido, pero no era así. Moretones cubrieron su cuerpo donde la sangre se acumulaba bajo la piel. Me acosté a su lado durante horas, llorando y sosteniendo su mano. —Por favor no te mueras, Edward.
Cuando salió el sol a la mañana siguiente, lo tomé entre mis brazos. Si sintió dolor por el contacto, no lo demostró. Pollo rasguñaba un lado de la balsa salvavidas. Me incline y la recogí. Se dejó caer junto a Edward, y no se movió de su lado. La dejé quedarse.
—No estás solo, Edward Estoy aquí. —Le quité el cabello del rostro, y lo besé en los labios. Dormitándome, soñé que Edward y yo estábamos en un hospital, y que el médico me decía que debería estar feliz de que al menos no fuera cáncer.
Cuando me desperté, puse mi oído en su pecho, llorando de alivio cuando escuché su corazón. A lo largo del día, su sarpullido se desvaneció, y el sangrado decayó y se detuvo finalmente. Esa noche me puse a pensar que tal vez sí iba a vivir.
A la mañana siguiente, su frente estaba fresca cuando lo toqué. Hizo un sonido cuando traté de despertarlo, lo cual me pareció que quería decir que estaba durmiendo y no inconsciente. Salí de la casa para recoger coco y fruta de pan, y llenar varios recipientes con agua del colector, parando con frecuencia para ver cómo estaba.
Hice una fogata. No tenía manera de medir el tiempo, pero si tuviera que adivinar, diría que duró menos de veinte minutos.
Nada mal para una chica de ciudad.
Me lavé los dientes. Realmente necesitaba un baño, no había estado cerca del agua en días, pero no quería dejar a Edward solo tanto tiempo. Por la tarde, me acosté a su lado, sosteniendo su mano. Sus párpados se agitaron, y luego los abrió por completo. Apreté suavemente sus dedos y dije—: Hola.
Se volvió hacia mí y parpadeó, tratando de concentrarse. Arrugó la nariz. —Hueles mal, Bella.
Me eché a reír y llorar al mismo tiempo. —No hueles tan bien tampoco, Cullen.
—¿Puedo tomar un poco de agua? —Su voz era áspera. Lo ayudé a sentarse para que pudiera beber de la botella de agua que había estado esperándolo.
—No bebas demasiado rápido. Quiero que permanezcas acostado. —Dejé que tomara la mitad de la botella, y luego facilité su regreso a la cama—. Puedes tener el resto en pocos minutos.
—No creo que el cáncer haya regresado.
—No —estuve de acuerdo.
—¿Qué crees que era?
—Algo viral. De lo contrario, no estaríamos teniendo esta conversación. ¿Tienes hambre?
—Sí.
—Te voy a conseguir un poco de coco. Lo siento, no hay peces. No he estado en el agua últimamente.
Me miró sorprendido. —¿Cuánto tiempo estuve fuera?
—Algunos días.
—¿En serio?
—Sí. —Mis ojos se llenaron de lágrimas—. Pensé que ibas a morir —le susurré—. Estabas tan enfermo, y no había nada que pudiera hacer excepto estar a tu lado. Te amo, Edward Debería habértelo dicho antes. —Las lágrimas corrieron por mis mejillas.
Me acercó a él y dijo—: Te amo demasiado, Bella. Pero ya lo sabías.
Edward
Tomé agua mientras Bella iba a pescar. Cuando volvió, cocinó el pescado y me lo dio de comer en la cama.
—Has hecho un fuego —dije.
Lucía orgullosa. —Lo hice.
—¿Tuviste algún problema?
—Nop. —Quería tragarme la comida, pero Bella no me lo permitió.
—No comas demasiado rápido —dijo.
Establecí un ritmo, dejando que mi estomago se acostumbrara a tener algo en él.
¿Por qué Pollo está en la cama con nosotros? —pregunté. No me había fijado en ella al principio, pero se sentó en la esquina del bote salvavidas sin hacer ruido y luciendo muy a gusto.
—Estaba preocupada por ti. Ahora, sólo le gusta estar aquí.
Más tarde, Bella y yo fuimos a la playa a tomar un baño, deteniéndonos dos veces para que pudiera descansar.
Me condujo dentro del agua y se enjabonó las manos, recorriéndolas por mi piel. Cuando estaba limpio, ella se lavó. Sus huesos de la cadera sobresalían y conté todas las costillas.
—¿No has comido mientras estaba enfermo?
—No realmente. Tenía miedo de dejarte. —Se enjuagó y luego me ayudó a ponerme de pie—. Además, tú tampoco estabas comiendo bien.
Tomó mi mano y nos dirigimos de nuevo a la casa. Dejé de caminar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Ese novio que tenías debió haber sido un completo idiota.
Sonrió. —Vamos. Necesitas descansar.
Haber tomado un baño me agotó tanto que no pude argumentar. Cuando llegamos a la casa, me ayudó a meterme en la cama y se tendió a mi lado, sosteniendo mi mano hasta que me quedé dormido.
Para la siguiente semana, no tenía mucha energía y Bella estaba preocupada por una recaída. Constantemente comprobaba mi frente para ver si tenía frente y se aseguraba de que bebiera mucha agua.
—¿Por qué tengo tantos moretones? —pregunté.
—Estabas sangrando por la nariz y la boca y al parecer bajo la piel. Eso me asustó más, Edward Sabía que sólo puedes perder una cierta cantidad de sangre, y no estaba segura de cuanta.
Escuchar eso me asustó. Dejé de pensar en ello y me concentré en cosas más agradables, como besar a Bella y sacar su camiseta.
—Realmente te estás sintiendo mejor —dijo ella.
—Sí. Sin embargo, es posible que debas estar arriba. No tengo fuerza para algo más.
—Por suerte para ti, me gusta estar arriba —dijo, besándome de regreso.
—Suerte es mi segundo nombre. —Después, cuando la abracé, le dije—: Te amo.
—También te amo.
—¿Qué dijiste?
—Dije: también te amo. —Se acurrucó más cerca y se rió—. Me escuchaste la primera vez.
En junio de 2004, Bella y yo habíamos estado en la isla por tres años. No habíamos visto más aviones desde el que había sobrevolado dos años atrás. Me preocupaba que nunca nos encontraran, pero no había renunciado por completo. No estaba seguro de si Bella podía decir lo mismo.
—Es lo último del jabón. —Bella sostenía un bote de gel de ducha en su mano. Sólo quedaban unos cuantos gramos. El champú y la crema de afeitar se habían acabado hacía ya tiempo. Ella aún me afeitaba, pero nos quedaba una última cuchilla y estaba tan desgastada que hizo estragos en mi piel, sacando sangre sin importar lo cuidadosa que ella fuera. Nos frotamos arena en nuestro cuero cabelludo, nuestra versión de champú en seco, y ayudó más o menos. Bella me convenció de quemar algo de su cabello. Quemé las puntas y rocié su cabeza con agua, acortándolo ocho pulgadas. El olor a cabello quemado permaneció durante varios días.
Tampoco teníamos nada de pasta dental. Utilizamos sal de mar para lavarnos los dientes, sacando el agua de la laguna y esperando a que se evaporara. Los trozos de sal quedaron lo suficientemente ásperos para limpiar los dientes, pero nada comparado con la pasta de dientes que hacía que nuestras bocas tuvieran buen sabor. Era lo que Bella más odiaba. Ahora, también estaríamos sin jabón.
—Tal vez debamos dividirlo en tercios —dijo Bella, estudiando la botella de gel de baño—. Lavar nuestra ropa, lavarnos el cabello y a nosotros. ¿Qué piensas?
—Suena como un plan.
Llevamos todo hasta la laguna y llenamos el bote salvavidas con agua. Bella exprimió un poco de gel de baño en él. Cuando toda la ropa se sumergió, la lavó a fondo. Yo estaba con un par de pantalones cortos, una sudadera que en realidad ya no me quedaba más, y la camiseta de Reo Speedwagon de Bella. Pasé desnudo mucho. Bella tenía lo suficiente para usar, pero a veces también la convencía de tener un día al desnudo.
Cumplí los veinte años en septiembre. Empecé a tener mareos cuando me levantaba muy rápido, y no siempre me sentía genial. Bella se preocupó mucho, y no quería decirle, pero quería saber si también estaba mareada. Dijo que lo estaba.
—Es una señal de desnutrición —dijo—. Esto ocurre cuando el cuerpo finalmente consume los nutrientes almacenados. No estamos consumiendo lo necesario de ellos. —Alcanzó mi mano y miró mis dedos, pasando su pulgar sobre las uñas—. Esa es otra señal. —Extendió su mano y la examinó—. Las mías también lucen así.
Nos preparamos para la próxima temporada seca y el fin de las lluvias regulares. Y de alguna manera, nos mantuvimos sobreviviendo.
Bella
Vomité mi desayuno una mañana en noviembre. Me encontraba sentada en la manta al lado de Edward, comiendo un huevo revuelto, y de la nada llegaron las náuseas. Apenas logré alejarme tres pasos antes de vomitarlo todo.
—Oye, ¿qué ocurre? —preguntó Edward Me trajo un poco de agua y me enjuagué la boca.
—No lo sé, pero eso definitivamente no quiso quedarse allí dentro.
—¿Te sientes bien?
—Ahora me siento mucho mejor. —Apunté hacia Pollo, quien se encontraba caminando a nuestro alrededor—. Pollo, ése fue un huevo malo.
—¿Quieres intentar con algo de fruta de pan?
—Tal vez más tarde.
—De acuerdo.
Me sentí bien durante el resto del día, pero a la mañana siguiente vomité de nuevo, justo después de comer un pedazo de coco.
Al igual que el día anterior, Edward me trajo agua, y me enjuagué la boca. Me guió de nuevo hacia la manta.
—Bella, ¿qué está mal? —preguntó, en su rostro se asomaba la preocupación.
—No lo sé. —Me recosté y abracé mi cuerpo de lado, esperando a que las náuseas se fueran.
Edward se sentó a mi lado y me apartó el cabello de la cara. —Esto sonará loco, pero, no estás embarazada, ¿verdad?
Bajé la mirada hacia mi estómago, el que se encontraba casi cóncavo, ya que no había subido el peso que perdí cuando Edward se enfermó. Aún no me venía el período.
—Eres estéril, ¿cierto?
—Ellos me dijeron que sí. Que probablemente siempre lo sería.
—¿A que se referían con probablemente?
Lo pensó por un minuto. —Recuerdo algo sobre que una leve posibilidad de fertilidad podría regresar, pero que no contara con ello. Por eso fue que todos quisieron que guardara mi esperma. Dijeron que era la única manera de estar seguros.
—Eso suena bastante estéril, en mi opinión. —Me senté, sintiendo un poco menos nauseabunda—. No hay manera de que esté embarazada. Aquí entre tú y yo, es probablemente imposible. Seguro que es un simple virus estomacal. Sólo Dios sabe lo que está viviendo en este momento en mi aparato digestivo.
Tomó mi mano. —Está bien.
Más tarde esa noche, justo antes de dormirnos, me dijo—: ¿Qué pasa si en verdad estás embarazada, Bella? Sé que quieres un bebé. —Apretó con más fuerza sus brazos a mi alrededor.
—Oh, Edward No digas eso. No aquí. No en esa isla. El bebé tendría terribles posibilidades de no sobrevivir. Cuando te enfermaste y pensé que morirías, fue casi más de lo que pude soportar. Si vemos cómo muere nuestro bebé, yo también querría morir.
Exhaló. —Lo sé. Tienes razón.
No vomité a la mañana siguiente, ni ninguna otra luego de esa. Mi estómago se mantuvo plano, y no tuve que preocuparme por tener a un bebé en la isla.
Edward caminó hacia la casa llevando la caña de pescar.
—Algo grande acaba de romper mi cuerda. —Entró y salió casi de inmediato—. Éste es tu último pendiente. No sé qué vamos a hacer cuando pierda también éste.
Sacudió la cabeza y se giró para irse, dirigiéndose de nuevo al agua para atrapar el pescado suficiente para nuestra próxima comida.
—¿ Edward?
Me miró por encima de su hombro. —¿Sí, cariño?
—No encuentro a Pollo.
—Ya aparecerá. Te ayudaré a buscarla cuando regrese, ¿de acuerdo?
Buscamos por todas partes. Algunas veces se había alejado a explorar por ahí, pero nunca por mucho tiempo. No la había visto desde muy temprano en la mañana, y aún no había regresado cuando Edward y yo nos fuimos a la cama.
—Volveremos a buscar mañana, Bella.
Al otro día, me encontraba sentada debajo de la cubierta pelando fruta de pan cuando Edward caminó hacia mí. Supe por la mirada en su rostro que no traía buenas noticias.
—Debiste encontrar a Pollo. ¿Está muerta?
Asintió.
—¿Dónde?
—Allí en el bosque.
Edward se sentó, y puse mi cabeza en sus piernas, parpadeando para alejar las lágrimas.
—Ha estado muerta por al menos un día —dijo Edward—. La enterré al lado de Harry.
Ambos nos comíamos nuestra comida tan pronto como la matábamos, preocupados de intoxicarnos con algo. Saber que Pollo había muerto hace tanto evitó que tuviéramos que hacer una comida con nuestra mascota.
Después de todo, éramos extremadamente prácticos.
Unos días después, no me sentí con ganas de salir de la cama, era la mañana de la víspera de Navidad.
Acurrucada sobre mi lado, pretendía estar dormida cada vez que Edward venía a verme. Lloré un poco. Me permitió quedarme allí ese día, pero a la mañana siguiente, insistió en que me levantara.
—Es Navidad, Bella —dijo, agachándose al lado de la balsa salvavidas hasta quedar a la altura de mi cabeza. Lo miré a los ojos, alarmada de lo muertos que se veían. El color alrededor de sus pupilas parecía un tono más apagado de lo que recordaba.
Salir de la cama fue una de las cosas más difíciles que había hecho. Sólo logré hacerlo porque presentía que no tomaría mucho para que Edward se sintiera tan mal como yo, y eso era algo que simplemente no podría soportar.
Me convenció para entrar al agua con él. —Te hará sentir mejor.
—Está bien.
Floté sobre mi espalda, sintiéndome liviana e insustancial, como si mi cuerpo se estuviese quebrando desde el interior, lo cual era muy probable. Los delfines nos acompañaron, lo que trajo una sonrisa genuina a mis labios, al menos sólo por un minuto.
Luego nos sentamos en la arena. Envolvió sus brazos a mi alrededor. Me imaginé a mi familia en casa, reunidos alrededor de la enorme mesa de roble en la sala comedor de mamá y papá, todos comiendo la cena de Navidad. Mamá habría estado cocinando todo el día, y papá siempre justo al lado de ella, entrometiéndose en su camino.
—Me pregunto si Santa fue bueno con Chloe y Joe —dije. Extrañaba ver como mis sobrinos crecían.
—¿Cuántos años tienen ahora? —preguntó Edward .—Joe tiene ocho. Chloe acaba de cumplir seis. Espero que aún crean en Santa. —A menos que alguien se los hubiera arruinado, lo cual era muy probable.
—Te prometo que tú y yo estaremos juntos para pasar la Navidad en Chicago el año que viene, Bella. —Me apretó fuertemente, y no permití que me soltara—. Pero debes prometerme que no te rendirás, ¿de acuerdo?
—No lo haré —dije. Y ahora ambos estábamos diciendo pura mierda.
El calendario en mi agenda se acababa a final del mes, y tendría que buscar otra forma de mantenerme actualizada con la fecha en el 2005.
Quizá ni siquiera me molestaría en hacerlo.
Edward
Bella y yo caminamos de la mano por la playa el día después de Navidad. Ninguno de los dos había dormido bien anoche. Ella no estaba muy habladora, pero esperaba que se animara ahora que las festividades habían terminado.
Me di cuenta de algo extraño en la laguna. El agua había retrocedido casi hasta el arrecife, dejando una gran zona del fondo marino seca.
—Mira eso, Bella. ¿Qué está pasando?
—No sé —dijo—. Nunca he visto eso antes.
Un pez atado flotaba hacia adelante y hacia atrás. —Esto es extraño.
—Sí. No lo entiendo. —Se cubrió los ojos con la mano—. ¿Qué es eso por ahí?
—¿Dónde? —Entorné los ojos, tratando de averiguar lo que veía. Algo azul se había formado en la distancia, pero me confundió, porque el tamaño estaba todo mal.
Y fuera lo que fuera, rugía.
Bella gritó, y yo comprendí. Tomé su mano y corrimos.
Mis pulmones quemaban. —Rápido Bella, vamos, rápido, ¡rápido! —Miré por encima del hombro a la pared de agua que venía hacia nosotros y nos dimos cuenta de que no importaba lo rápido que corriéramos. Nuestra isla de baja altitud no tenía ninguna posibilidad.
Segundos más tarde, llegó la ola, rasgando la mano de Bella de mi alcance. Se la tragó, a ella, a mí y a la isla.
Se tragó todo.
Bella
Cuando la ola golpeó, me empujó hacia adelante y luego hacia abajo. Debajo del agua, me giré y di volteretas por tanto tiempo que sentí mis pulmones a punto de explotar.
Sabiendo que no podía retener mi aliento por más tiempo, pateé y luché con todas mis fuerzas hacia el rayo de luz que brillaba sobre mí. Mi cabeza rompió contra la superficie y tosí y jadeé, luchando por obtener algo de aire.
— Edward —grité su nombre tan pronto como abrí mi boca, con el agua corriendo por mi garganta. Por la superficie flotaban tres troncos, grandes pedazos de madera, ladrillos, y un montón de concreto, no entendía de dónde podía haber venido todo eso.
Pensé en los tiburones y sentí pánico, provocando que me agitara e híperventilara. Mi corazón latía tan violentamente que creí que saldría disparado de mi pecho. Mi tráquea se contrajo y me sentí como si intentara hacer pasar el aire mediante una pajita. Escuché la voz de Edward en mi cabeza.
Respira despacio, Bella.
Inhalé lentamente, esquivando los escombros. Floté sobre mi espalda intentando conservar energía, y luchado para mantener mi cabeza por encima del agua. De nuevo grité el nombre de Edward, llamándolo hasta quedarme sin voz, con mis gritos de dolor reduciéndose a nada más que roncos murmullos. Me quedé quieta para escuchar su voz llamándome, pero sólo obtuve silencio.
Entonces vino otra ola, no tan poderosa como la primera, pero logró impulsarme hacia abajo, volteándome y retorciendo mi cuerpo en círculos. De nuevo, nadé hacia la luz.
Cuando salí a la superficie, jadeando, pude ver una gran cubeta de plástico flotando en el agua. Mis dedos se estiraron hacia su asa y la agarré, su firmeza apenas lograba mantenerme a flote.
El mar se calmó. Miré hacia mí alrededor, pero no había nada más que azul.
Las horas pasaron, y la temperatura de mi cuerpo bajó gradualmente. Con las lágrimas cayendo sobre mi rostro, temblé, preguntándome cuando vendrían los tiburones, porque sabía que, en fin, lo harían. Quizá ya estuvieran rondando por allí debajo.
La cubeta mantenía mi cabeza sobre el agua, pero para eso debía cambiar su posición constantemente, para que así se mantuviera en un ángulo que no causara que se sumergiera, lo que me tenía completamente exhausta.
Habría dado lo que fuera, pagado cualquier precio, por estar de nuevo en la isla con Edward Viviría allí para toda la vida, siempre y cuando pudiéramos estar juntos.
Cabeceé, despertándome de pronto cuando el agua cubrió mi cara. La cubeta se salió de mi agarre y flotó lejos. Intenté nadar hasta ella, pero mis brazos ya no daban para más. Mi cabeza se hundió, luché para sacarla a flote de nuevo. Pensé en Edward y sonreí detrás de mis lágrimas.
¿Te gusta Pink Floyd?
Intentaba alcanzar esos pequeños cocos verdes que te gustan.
¿Sabes qué, Bella? Te encuentras bien.
Lloré, dejándolo salir todo. Mi cabeza se hundió, y moví las piernas frenéticamente, usando lo último que quedaba de mi fuerza para salir de nuevo a flote.
Nunca te dejaré sola, Bella. No si puedo evitarlo.
Creo que también me amas, Bella.
Volví a sumergirme y cuando salí de nuevo fue por última vez, y el pánico, el pánico y el miedo corrían de arriba a abajo por mi cuello, y grité, pero me encontraba tan cansada que sonó sólo como un quejido. Y justo cuando pensé: esto es todo, éste es el final de mi vida, escuché el helicóptero.
Edward
Cuando la ola golpeó, arrancó a Bella de mis manos y me lanzó hacia arriba y hacia abajo y alrededor. Tosí y ahogué, y no podía respirar, y las olas me arrastraban de nuevo abajo cada vez que me las arreglaba para conseguir mi cabeza fuera del agua.
—¡Bella! —grité su nombre varias veces, luchando para evitar que el agua pase por mi garganta. Giré en un círculo, pero no pude verla en ninguna parte.
¿Dónde estás, Bella?
El tronco de un árbol chocó contra mi cadera y el dolor atravesó mi cuerpo. Residuos sin fin se arremolinaban a mi alrededor, pero no había nada lo suficientemente grande para agarrarse antes de que pasaran, arrastrados por las olas agitadas.
Aflojé mi respiración, tratando de no entrar en pánico.
Ella tiene que luchar. No puede darse por vencida.
Flotaba sobre mi espalda para conservar mi fuerza, gritando su nombre y escuchando atentamente por una respuesta. Nada salvo el silencio.
Una segunda ola golpeó, más pequeña esta vez, y me fui debajo de nuevo. Una rama de árbol grande flotaba a mi lado cuando salí a la superficie, y me aferré a ella. El pensamiento de Bella tratando de mantener la cabeza fuera del agua me mató. Estaba aterrorizada de estar sola en la isla, pero estar sola en el agua era una pesadilla que ninguno de nosotros alguna vez había pensado. Dijo que se sentía a salvo conmigo, pero no podía protegerla ahora.
Solamente te dejé sola, Bella, porque no pude evitarlo.
Llamé por su nombre otra vez, haciendo una pausa por un minuto completo para escuchar antes de intentar de nuevo. Mi voz se hizo más débil y mi garganta dolía con sed. El sol, alto en el cielo caía a plomo sobre mí, mi cara ya picaba con las quemaduras del sol.
La rama del árbol anegado se hundió. No había otra cosa a que aferrarse, por lo que alterné entre pedaleando en el agua y flotando sobre mi espalda.
Luché para mantener mi cabeza fuera del agua. El tiempo pasó y creció mi agotamiento. Escudriñando en la distancia, vi una viga de madera flotante. Mis brazos y piernas apenas tenían fuerza suficiente para impulsarme hacia ella. La agarré, agradecido de que soportara mi peso sin hundirse.
Mi mejilla descansaba sobre la madera, y pesé mis opciones.
No tardé mucho en darme cuenta de que no tenía ninguna.
Bella
El hombre en el traje acuático cayó dentro del agua a mi lado. Dijo algo, pero no pude escucharlo por el ruido de las hélices del helicóptero. Mantuvo mi cabeza fuera del agua y le hizo señas a alguien con su mano libre para que bajaran una canasta.
No estaba segura de si era real, o un sueño. El hombre me puso en la canasta; se elevó y luego otro hombre me introdujo en el helicóptero. La bajaron de nuevo y subieron al hombre en el traje acuático.
Temblaba incontrolablemente en mi camisa y pantaloncillos. Me envolvieron en sabanas y luché en medio de un agotamiento tan profundo de lo que alguna vez experimenté para formar las palabras que quería decir.
— Edward —Salió casi como un susurro, y nadie dentro del helicóptero pudo escucharme.
— Edward —dije, un poco más fuerte.
El hombre levantó mi cabeza y colocó una botella de agua contra mis labios. Bebí, satisfaciendo mi violenta sed.
—¡ Edward ! Edward está allí abajo. Tienen que encontrarlo.
—Estamos bajos en combustible —dijo el hombre—. Y debemos llevarte al hospital.
Me costó trabajo entender lo que decía. —¡No! —Me senté, tomando sus hombros—. Él está allí abajo. No podemos dejarlo ahí.
La histeria me envolvía, y grité. El sonido llenó todo el helicóptero, y el hombre intentó calmarme.
—Haré que el piloto alerte a los otros helicópteros. Lo buscarán. Todo va a estar bien —dijo, dándole un apretón a mi hombro.
No podía sacar de mi cabeza la imagen de Edward hundiéndose sin salir de nuevo a la superficie. Me encerré en mí misma, y fui a un lugar dentro de mí en donde no debía pensar o sentir. La bienvenida con mi familia, esa escena que había imaginado en mi mente cientos de veces en los últimos tres años y medio, falló al provocar cualquier emoción dentro de mí.
El helicóptero se movió a toda velocidad y nos dirigimos al hospital, dejando a Edward atrás.
Edward
Al principio no podía identificar el sonido. Me vino de repente, cuando mi cerebro se dio cuenta de que el thwack-thwack-thwack eran las hélices de un helicóptero haciendo eco en la distancia. El sonido se hizo cada vez más débil, hasta el punto en que ya no pude escucharlo.
Regresa. Por favor, da media vuelta.
No lo hizo. Mi esperanza se convirtió en desesperación, y supe que iba a morir. Mi fuerza decaía cada vez más y me costaba mucho sostenerme a la viga. La temperatura de mi cuerpo había caído y sentía dolor por todas partes.
Me imaginé el rostro de Bella.
¿Cuántas personas podían decir que habían sido amadas de la manera en que ella me amaba?
Mis dedos se deslizaron de la viga, y me costó trabajo volverla a agarrar. Me mantuve quieto, cabeceando una y otra vez. Un sueño con tiburones me despertó de repente. Mi cabeza se hundió y bajé lentamente. Por instinto, mantuve el aliento por el mayor tiempo posible, hasta que, eventualmente, no pude sostenerlo más.
Floté en un mar de vacío, sin ningún peso, hasta que otra sensación me invadió. La muerte no sería pacífica, después de todo. Me dolía, su abrumador peso golpeaba mi pecho.
De pronto, la presión se desvaneció. El agua de mar salió de mi boca y abrí los ojos. Un hombre usando un traje acuático se encontraba de rodillas a mi lado, con sus manos inmóviles sobre mi pecho. Mi cabeza descansaba sobre algo sólido, y me di cuenta que me encontraba dentro de un helicóptero. Respiré profundamente y, tan pronto como tuve suficiente aire dentro de mis pulmones, dije—: Regresen. Debemos encontrarla.
—¿A quién? —preguntó.
—¡Bella! ¡Debemos encontrar a Bella!
Hola a todas que les parecio por fin son rescatados pero estan separados bueno nos vemos el lunes con un capitulo nuevo.
