*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 15
Bella
Me encontraba profundamente entumecida. El hombre sacudió suavemente mi hombro, yo no quería hablar, pero no pararía de preguntarme si podía oírle. Me volví hacia la voz y parpadeé, tratando de enfocar mis hinchados ojos llenos de lágrimas.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó—. Uno de los otros helicópteros acaba de sacar a un hombre del agua. —Luché para sentarme, con ganas de escuchar con claridad lo que estaba a punto de decir—. Dijeron que él está buscando a alguien llamada Bella.
Me tomó un momento registrar sus palabras, pero cuando comprendí su significado, experimenté alegría, pura y verdadera, por primera vez en toda mi vida.
—Soy Bella. —Me envolví en mis brazos y me balanceé hacia atrás y hacia adelante, sollozando.
Aterrizamos en el hospital, me cargaron en una camilla y me llevaron dentro. Dos hombres me transfirieron desde la camilla a una cama de hospital, ninguno de los dos hablaba inglés. Pasamos junto a un teléfono público colgado en la pared.
Un teléfono. Hay un teléfono.
Volví la cabeza hacia él a medida que pasábamos y entré en pánico cuando no pude recordar el número de teléfono de mis padres.
El hospital estaba lleno de pacientes. La gente se sentaba en el suelo del vestíbulo, esperando para ver a un médico. Una enfermera se acercó y me habló con dulzura en un idioma que no entendía. Sonriendo y acariciando mi brazo, atravesó la piel de la palma de mi mano con una aguja y colgó la bolsa de suero en un poste al lado de mi cama.
—Necesito encontrar a Edward —dije, pero negó con la cabeza y, al ver mi temblor, tiró de la sábana hasta mi cuello.
El caos de tantas voces, sólo algunas de ellas hablando en inglés, retumbó en mis oídos, más fuerte que todo lo que había escuchado en los últimos tres años y medio. Aspiré el olor a desinfectante y parpadeé ante las luces fluorescentes que hacían que mis ojos dolieran. Alguien empujó mi cama en un pasillo en la esquina. Me recosté de espaldas luchando por mantenerme despierta.
¿Dónde está Edward?
Quería llamar a mis padres, pero no tenía la fuerza para moverme. Me quedé dormida por un minuto, despertando cuando unos pasos se aproximaron.
Una voz dijo—: La Guardia Costera sólo la trajo. Creo que es la que él está buscando.
Unos segundos después, una mano retiró la sábana que me cubría, y Edward pasó de su camilla a la mía, tratando de no enredar las mangueras de nuestras intravenosas. Envolvió sus brazos a mí alrededor y se derrumbó, enterrando su cara en mi cuello. Las lágrimas corrían por mi cara con el puro alivio de sostener el peso sólido de él en mis brazos.
—Lo lograste —dijo, temblando—. Te amo Bella —susurró.
—Te amo también. —Traté de hablarle del teléfono público, pero el cansancio se apoderó de mí y de mis palabras confusas que no tenían sentido. Me dormí.
—¿Puedes oírme? —Alguien sacudió suavemente mi hombro. Abrí los ojos y por un momento, no tenía ni idea de dónde estaba.
—Inglés —susurré, comprendiendo que el hombre que me miraba era un americano rubio de ojos azules de unos treinta años. Miré a Edward, pero sus ojos aún estaban cerrados.
Teléfono. ¿Dónde está ese teléfono?
—Mi nombre es Dr. Reynolds. Lo siento, nadie los ha checado en un rato. No estamos equipados para manejar las bajas adicionales. Una enfermera revisó sus signos vitales hace unas horas y dijo que estaban bien, así que decidí dejarlos dormir. Has estado dormida durante casi doce horas. ¿Tienes algún dolor?
—Sólo un poco. Y sed y hambre. —El doctor se lo indicó a una enfermera que iba pasando e hizo un gesto de verter. Ella asintió con la cabeza y volvió con una pequeña jarra con agua y dos vasos de plástico. Llenó uno y me ayudó a incorporarme. Me bebí todo y miré a mí alrededor con confusión.
—¿Por qué hay tanta gente aquí?
—Las Maldivas se encuentran actualmente en estado de emergencia.
—¿Por qué?
Me miró extrañado. —Debido al tsunami.
Edward se agitó a mi lado y abrió los ojos. Le ayudé a incorporarse y lo abracé mientras el doctor sirvió un vaso con agua y se lo dio a él. Lo bebió sin parar.
— Edward, fue un tsunami.
Parecía confundido por un momento, pero luego se frotó los ojos y dijo—: ¿En serio?
—Sí.
—¿La Guardia Costera los trajo? —preguntó el doctor Reynolds, dándonos a cada uno otro vaso con agua. Asentimos—. ¿De dónde vienen? — Edward y yo nos miramos.
—No lo sé —dije—. Hemos estado perdidos durante tres años y medio.
—¿Qué quieres decir con perdidos?
—Hemos estado viviendo en una de las islas desde que nuestro piloto tuvo un ataque al corazón y se estrelló en el océano —dijo Edward El médico nos examinó, mirando hacia atrás y hacia adelante en nuestras caras. Tal vez fue el pelo de Edward lo que finalmente lo convenció.
—Oh Dios mío, son ellos, ¿no? Los que iban en el hidroavión. —Sus ojos estaban muy abiertos. Tomó una respiración profunda y la soltó—. Todo el mundo pensaba que estaban muertos.
—Sí, eso es lo que pensamos —dijo Edward—. ¿Cree que podría conseguirnos un teléfono?
El doctor Reynolds le entregó a Edward su móvil. —Puedes usar el mío. —Una enfermera nos quitó las intravenosas y Edward y yo bajamos con cuidado de la camilla. Mis piernas temblaban, y Edward me tranquilizó, poniendo un brazo alrededor de mi cintura.
—Hay una habitación pequeña por el pasillo. Es tranquila y se puede tener un poco de intimidad. —Miró hacia nosotros y negó con la cabeza—. No puedo creer que estén vivos. Estuvieron en todas las noticias durante semanas.
Lo seguimos, pero antes de llegar a la sala de suministros, pasamos por el cuarto de baño de mujeres.
—¿Pueden esperar, por favor? —pregunté. Se detuvieron y abrí la puerta, cerrándola detrás de mí y sumiéndome en la oscuridad. Mi mano buscó a tientas el interruptor y cuando las luces se encendieron, mis ojos se lanzaron desde el baño a la pileta y finalmente al espejo.
Me había olvidado por completo de cómo me veía.
Me acerqué al espejo y me estudié a mi misma. Mi piel estaba del color de los granos de café y Edward tenía razón, mis ojos parecían más azules debido a ello. Había unas pocas líneas en mi cara que no habían estado allí antes. Mi pelo era un desastre de enredos y dos tonos más claros de lo que recordaba. Me veía como una chica de islas, feroz, descuidada, y salvaje.
Quité mi mirada del espejo, me bajé los pantalones, y me senté en el inodoro. Cogí el papel higiénico. Desenrollando un poco, lo froté contra mi mejilla, sintiendo la suavidad. Cuando terminé, me sonrojé y me lavé las manos, maravillada por el agua que fluía del grifo. Edward y el doctor Reynolds estaban de pie en el pasillo esperándome cuando me abrí la puerta. —Siento haber tardado tanto.
—Está bien —dijo Edward—. Fui al baño, también. —Me sonrió—. Eso fue raro. —Tomó mi mano y seguimos al doctor Reynolds a la sala de provisiones.
—Vuelvo en un rato. Tengo que comprobar a algunos pacientes y luego voy a llamar a la policía local. Querrán hablar con ustedes. También voy a ver si puedo encontrarles algo para comer.
Mi estómago gruñó ante la mención de alimentos.
—Gracias —dijo Edward Cuando se fue, nos sentamos en el suelo. Los estantes de suministros médicos nos rodeaban. Era estrecho, pero tranquilo—. Llama a los tuyos en primer lugar, Bella.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Me pasó el teléfono. Me tomó un minuto, pero finalmente recordé el número de teléfono de mis padres. Mi mano temblaba, y contuve la respiración mientras sonaba. Se oyó un chasquido en la línea. Empecé a decir "hola", pero entonces una voz grabada dijo "El número que usted está tratando de alcanzar se ha desconectado o ya no está en servicio."
Miré a Edward —Su número ha sido desconectado. Deben haberse mudado.
—Llama a Alice.
—¿Quieres probar con tus padres primero?
—No, adelante —zumbó Edward con anticipación—. Sólo quiero que alguien responda.
Llamé al número de Alice, mi corazón martillando en mi pecho. Sonó cuatro veces antes de que alguien respondiera. —¿Hola? —¡Chloe!
—Chloe, ¿puedes poner a tu mamá en el teléfono de inmediato, por favor?
—¿Puedo preguntar quién llama?
—Chloe, cariño, solo pon a tu mamá, ¿de acuerdo?
—Tengo que preguntar quién es y si no me lo dicen, tengo que colgar.
—¡No! No cuelgues, Chloe. —¿Ella aún me recordaría?—. Es tía Bella. Dile a tu mamá que es tía Bella.
—Hola, tía Bella. Mamá me mostró fotos de ti. Me dijo que vives en el cielo. ¿Tienes alas de ángel? Mamá está agarrando el teléfono, así que me tengo que ir ahora.
—Escucha —dijo Alice—. No sé quién eres, pero eso es algo enfermo para hacer a un niño.
—¡Alice! Es Bella, no cuelgues, soy yo, realmente soy yo. —Comencé a llorar.
—¿Quién es? ¿Qué obtienes de este tipo de llamadas? ¿Crees que no hacen daño?
—Alice, Edward y yo no morimos en el accidente de avión. Hemos estado viviendo en una isla y si no fuera por el tsunami, todavía estaríamos allí. Estamos en un hospital en Malé. —Ahora que había conseguido que las palabras salieran, mi llanto se intensificó—. ¡Por favor no cuelgues!
—¿Qué? Oh Dios mío. ¡Oh, Dios mío! —gritó llamando a Jasper, pero estaba llorando y hablando tan rápido que no podía entender nada de lo que salía de su boca—. ¿Bella? ¿Estás viva? ¿Realmente estás viva?
—Sí. —Yo estaba berreando y Edward estaba saltando arriba y abajo por la emoción—. Alice, llamé a mamá y papá primero, pero su número fue desconectado. ¿Vendieron la casa?
—La casa se vendió.
—¿Cuál es su número? —Miré alrededor para ver si había un lápiz o algo para escribir, pero me quedé con las manos vacías—. Llámalos, Alice, llama el momento en que cuelgues. Diles que traté de llamarlos a ellos primero. Te llamaré de nuevo y para que me des su número tan pronto como pueda encontrar algo para escribir. Diles que esperen cerca del teléfono.
—¿Cómo vendrás a casa? —preguntó.
—No lo sé. Escucha, Edward ni siquiera ha llamado a sus padres todavía. No sé nada en este momento, pero voy a darle a su mamá y papá tu número para que puedan coordinarse contigo. Espera su llamada, ¿de acuerdo?
—Lo haré. Oh, Bella, no sé ni qué decir. Tuvimos tu funeral.
—Bueno, estoy viva. Y no puedo esperar para llegar a casa.
Edward
Bella me pasó el celular. Marqué mi número y esperé a que alguien respondiera. Contesta, contesta, contesta.
—¿Hola? —Era mi mamá. Una oleada de emoción se apoderó de mí cuando escuché su voz. No me había dado cuenta hasta ese preciso momento cuánto la había extrañado. Lágrimas llenaron mis ojos y parpadeé para devolverlas. Bella puso su brazo alrededor mío.
—Mamá, es Edward no cuelgues. —Se hizo un silencio del otro lado, así que seguí hablando—. Bella y yo no morimos en el accidente de avión. Hemos estado viviendo en una isla. La guardia costera nos rescató después del tsunami y estamos en el hospital en Malé.
—¿ Edward? —Sonaba extraña, como si estuviera en un trance. Comenzó a llorar.
—¡Mamá, pásame a papá!
—¿Quién es? —gritó mi papá al teléfono.
Sentí una segunda oleada de emoción cuando escuché la voz de mi papá y quería aferrarme a él, pero mi deseo de hacerle entender lo que había sucedido y dónde estábamos ganó. Mi voz fue estable cuando dije—: Papá, es Edward No cuelgues. Sólo escucha. Bella y yo logramos llegar a una isla después que nos estrellamos. La guardia costera nos sacó del agua después del tsunami. Estamos en el hospital en Malé, y ambos estamos bien. —Hubo silencio del otro lado—. ¿Papá?
—Oh Dios mío —dijo—. ¿Eres tú? ¿Realmente eres tú?
—Sí, soy yo.
—¿Has estado vivo todo este tiempo? ¿Cómo?
—No fue fácil.
—¿Estás bien? ¿Estás herido?
—Estamos bien. Cansados y doloridos. Hambrientos.
—¿Bella está bien?
—Sí, está sentada aquí junto a mí.
—No sé qué decir, Edward Estoy abrumado. Necesito pensar por un minuto. Necesito encontrar la manera de sacarte de ahí —dijo.
Por primera vez en un largo tiempo, nada pesaba sobre mis hombros. Mi papá se encargaría y nos llevaría a casa.
—Papá, Bella quiere que llames a su hermana también, y te asegures que sabe lo que sucede.
Bella me dio el número, y lo repetí para mi papá.
—La última cosa que quiero hacer es colgar, Edward, pero son las 8 de la tarde aquí, y necesito comenzar a hacer llamadas antes de que se haga más tarde. Conseguirles un avión puede difícil por el nueve-once. Si no puedo conseguirles un vuelo comercial, conseguiré uno de alquiler. Probablemente será mañana antes de que pueda sacarlos de ahí. ¿Son capaces de salir del hospital?
—Sí, eso creo.
—¿Puede alguien llevarlos a un hotel?
—Puedo mirar. Tal vez alguien pueda llevarnos.
—Una vez que llegues a un hotel, llámame y les daré el número de mi tarjeta de crédito.
—Está bien papá. ¿Está bien mamá?
—Sí, está justo aquí. Quiere hablar contigo.
Casi no podía entenderle a mi mamá. Tan pronto como escuchó mi voz, comenzó a llorar de nuevo.
—Está bien mamá, estaré en casa pronto. No llores. Pon a papá de nuevo al teléfono, ¿está bien?
Cuando mi papá volvió a la línea le dije que íbamos a hablar con la policía local y que intentaríamos ir a un hotel, y lo llamaría desde ahí.
—Está bien, Edward estaré esperando.
—Va a comenzar a hacer llamadas —dije después que colgué el teléfono—. Dijo que conseguirnos un vuelo comercial podría ser difícil por el nueve-once.
—¿Qué es nueve-once?
—No lo sé. Dijo que tal vez tendría que alquilar un avión. Si podemos encontrar un aventón a un hotel, podemos llamarlo y él les dará su número de tarjeta de crédito. Aunque probablemente no podremos salir hasta mañana, Bella.
Sonrió. —Hemos esperado tanto. Puedo esperar un día más.
La atraje cerca y la abracé. —Nos vamos a casa.
Salimos del armario de insumos y buscamos al Dr. Reynolds. Estaba de pie esperándonos con dos oficiales de policía.
Otro hombre esperaba con ellos. Usaba una camisa color caqui con el nombre del hidroavión de alquiler cosido en el bolsillo.
El Dr. Reynolds sostenía una bolsa de papel café con una gran mancha de grasa a un lado.
Sonriendo, me la pasó y miré dentro. Tacos. Saqué uno y se lo pasé a Bella, luego tomé una para mí.
La tortilla frita estaba envuelta alrededor de carne y cebollas. Una salsa picante caía por mi mano, no estaba acostumbrado a tantos sabores diferentes a la vez. Hambriento, me lo comí entero en menos de un minuto.
Los oficiales querían hablar con nosotros así que los seguimos a una esquina vacía del vestíbulo. Busqué dentro de la bolsa y saqué otros tacos para los dos.
Los oficiales hablaban inglés, pero sus acentos marcados hacían difícil entenderlos. Respondimos sus preguntas, contándoles sobre Harry y su ataque cardíaco, y luego el accidente y la llegada a la isla.
—El equipo de búsqueda y rescate encontró partes del avión pero no cuerpos —dijo uno de los oficiales—. Asumimos que se habían ahogado.
—Harry sabía que tal vez no aterrizaría de forma segura así que nos dijo que nos pusiéramos nuestros chalecos salvavidas. De otra forma nos habríamos ahogado —dijo Bella.
—Buscaron por cuerpos —dijo el otro oficial—. Pero no esperaban encontrar ninguno. Hay tiburones ahí.
Bella y yo nos miramos el uno al otro.
—Algunos de los restos del avión fueron arrastrados a la orilla. Mi mochila, la maleta de Bella, y la balsa salvavidas. El cuerpo de Harry también —dije.
—Lo enterramos en la isla.
El hombre del hidroavión del alquiler tenía unas preguntas.
—Si la balsa salvavidas fue arrastrada, ¿por qué no activaron la señal de emergencia?
—Porque no había ninguna —dije.
—Todas las balsas salvavidas tienen una. Están establecidas por la Guardia Costera cuando un avión vuela sobre agua.
—Bueno, la de nosotros no —dije—. Y créame, buscamos.
Escribió nuestra información de contacto y luego me dio una tarjeta de contacto.
—Por favor, que su abogado me llame cuando regresen a los Estados Unidos.
Puse la tarjeta en el bolsillo de mis pantalones cortos. —Hay una cosa más —dije volviéndome hacia los dos policías—. Alguien estaba viviendo ahí antes que nosotros. —Bella y yo les contamos de la choza y el esqueleto—. Si estaban buscando una persona desaparecida, puede que la hayamos encontrado.
Cuando terminamos de hablar con ellos, le preguntamos al Dr. Reynolds si alguien podría llevarnos a un hotel.
—Yo puedo —dijo.
El Dr. Reynolds conducía un Honda Civic golpeada. No tenía aire acondicionado así que bajamos las ventanas. Salir del estacionamiento a las carreteras, autos, y edificios —cosas que no había visto en tanto tiempo— me asombró. Inhalé el humo de los tubos de escape de los autos, tan diferente del olor de la isla.
Cuando vi el letrero del hotel, sonreí porque finalmente me di cuenta que Bella y yo tendríamos una habitación, una ducha, y una cama.
—Gracias por toda su ayuda —le dijimos al Dr. Reynolds cuando nos dejó frente al hotel.
—Buena suerte a los dos —dijo, estrechando mi mano y dándole un abrazo a Bella.
El hotel no había sufrido muchos daños. Alguien estaba barriendo los escombros del andén de enfrente cuando Bella y yo caminamos por la puerta giratoria. Los huéspedes del hotel se habían reunido en el vestíbulo, algunos de ellos parados junto a montones de equipaje.
Todos nos miraron. Si había una regla de servicio contra no usar zapatos o camisa, yo la estaba violando. Vi nuestros reflejos en un gran espejo colgado en la pared. No nos veíamos muy bien.
Seguí a Bella a la recepción donde una mujer estaba de pie escribiendo en un computador.
—¿Se van a registrar? —preguntó.
—Sí, una habitación, por favor —dije—. Y ¿podría prestarme su teléfono?
Ella volvió el teléfono hacia mí, y llamé por cobrar a mi papá. —Estamos en el hotel —dije.
—Tomen un par de habitaciones y carguen todo a ellas —dijo mi papá.
—Solo necesitamos una habitación, papá.
Se pausó por un segundo. —Oh. Está bien.
Le pasé el teléfono a la mujer y esperé mientras mi papá le daba la información de su tarjeta de crédito. Ella me lo devolvió y terminó de escribir.
—¿Hay una tienda de regalos en el hotel? —preguntó mi papá.
—Sí, puedo verla desde aquí. —La tienda de regalos estaba justo a la vuelta de la esquina desde el escritorio. Por lo que podía decir, parecía bastante lujosa.
—Compren lo que necesiten. Estoy trabajando en sacarte a tí y a Bella de ahí. El aeropuerto de Malé sufrió algunos daños, pero me dijeron que no habían tenido que cancelar muchos vuelos. Un vuelo comercial no va a funcionar así que estoy trabajando en alquilar un avión. Tu mamá quería viajar hasta allí y traerte, pero la convencí de que llegarías más pronto si no tenías que esperar a que llegara por tí primero. Llamaré a tu habitación tan pronto como tenga los detalles pero estén listos para irse por la mañana.
—Está bien, papá. Lo estaremos.
—Ni siquiera sé qué decir, Edward Tu mamá y yo aún estamos en shock. Tus hermanas no han parado de llorar, y el teléfono no para de sonar. Sólo queremos traerlos a Bella y a ti a casa. Ya he hablado con Alice, y me aseguraré de que reciba toda la información tan pronto como la tenga.
Nos despedimos y le devolví el teléfono a la mujer tras el escritorio.
—Estamos bastante copados —dijo—, pero tenemos una suite disponible. ¿Eso estará bien?
Sonreí y dije—: Eso estará bien.
Bella y yo caminamos dentro de la tienda de regalos y miramos alrededor, inseguros de donde comenzar. Estaba dividida en dos. Un lado tenía estantes de ropa —todo desde camisetas de recuerdo hasta ropa formal— y en un lado no tenía nada más que comida. Dulces, papas fritas, galletas saladas, se alineaban en los estantes.
—Oh Dios mío —dijo Bella y salió.
Tomé dos cestas de compras de un montón cerca de la puerta de en frente y la seguí.
Le pasé una y reí cuando metió dentro unos Sweet Tarts y Hot Tamales. Yo tomé un paquete de Doritos y los lancé dentro, seguido por tres Slim Jims.
—¿En serio? —preguntó, levantando una ceja.
—Oh, sí —dije sonriéndole.
Después de que llenamos una canasta con comida chatarra, seguimos hacia el estante de artículos de aseo.
—Probablemente hay jabón y champú en la habitación, pero no voy a arriesgarme —dijo Bella, tomando más y agregando cepillos de dientes, crema dental, desodorante, loción, cuchillas de afeitar, crema de afeitar, un cepillo y un peine.
Luego, escogimos una camiseta y un par de zapatos para mí. Bella sacudió un paquete de calzoncillos en mi dirección, y negué pero ella asintió, se rió, y los lanzó dentro de la canasta. Busqué dentro de un barril lleno de sandalias para hombre y escogí un par negro.
Un estante cercano tenía vestidos de verano y escogí uno azul para Bella. Ella encontró un par de sandalias que combinaban con él.
Bella recogió algo de ropa interior, un par de shorts y una camiseta y llevamos las canastas al mostrador, cargando todo a nuestra habitación.
Subimos en el elevador hasta el tercer piso. Deslicé la tarjeta dentro, y cuando entramos a la habitación, la primera cosa que noté fue una gran cama llena de almohadas. Una gran pantalla de televisión colgada de la pared al otro lado de la cama y cuatro sillas de comedor y una mesa junto a un escritorio con tapa deslizante y un mini refrigerador. El área de la sala tenía una mesa de café, un sofá, y dos sillas dispuestas frente a otro televisor. El aire acondicionado botaba aire gélido a la habitación.
Una bandeja de cuatro vasos de vidrio cubiertos de plástico estaba en una mesa baja junto a la puerta. Desenvolví dos, caminé al baño y los llené en el lavabo. Bella me siguió, y le pasé uno. Lo miró unos segundos antes de llevarlo a sus labios y bebió.
Revisamos el resto del baño. Una ducha gigante con paredes de vidrio ocupaba una esquina de la habitación y un mostrador de mármol con dos lavabos y una cesta de jabón y champú estaba en medio de la ducha y un gran jacuzzi. Dos batas blancas colgaban de un gancho junto a la puerta.
—Voy a llamar a Alice, para conseguir el número de mamá y papá. Le dije que los tuviera esperando junto al teléfono. ¿Cuántas horas a diferencia de Chicago estamos?
—Creo que once. Cuando hablé con mi papá dijo que ya eran las 8 de la tarde allí.
Bella se sentó en la cama y tomó la libreta de papel y un lapicero de la mesa de noche. Cogió el teléfono y marcó.
—Está ocupado. Intentaré a su celular. —Marcando de nuevo, esperó y luego colgó el teléfono—. Sólo seguía sonando. —Bella frunció el ceño—. ¿Por qué no contesta?
—Porque probablemente están llamando a todos los que conoces y ellos los están llamando de vuelta. Su teléfono probablemente va a estar sonando por los próximos días. Metámonos en la ducha. Puedes intentar de nuevo tan pronto como salgamos.
Nos quedamos en la ducha por casi una hora, estregando y riendo. Bella no podía dejar de lavarse, aún después de que le dije que estaba definitivamente limpia.
—Nunca voy a volver a tomar un baño en tina por el resto de mi vida. Oficialmente solo voy a tomar duchas —dijo Bella.
—Yo también.
Cuando terminamos, nos secamos y nos pusimos nuestras batas de baño. Bella apretó crema dental en dos cepillos de dientes y me pasó uno a mí. Nos paramos frente a los dos lavabos, cepillando, enjuagando, y escupiendo. Bajó su cepillo y dijo—: Bésame ahora, Edward.
La levanté y la senté en el mostrador, luego tomé su rostro en mis manos. Nos besamos por largo tiempo.
—Sabes increíble —dije—. Hueles muy bien también. No que me haya importado nunca cuando no lo hacías.
—Esto es mejor, sin embargo —dijo, descansando su frente en la mía.
—Sí.
Dejamos el baño, y me tiré en la cama con un menú de servicio a la habitación en una mano y el control remoto en la otra.
—Bella, mira esto. —Estaba abriendo un paquete de Sweet Tarts, pero se dejó caer a mi lado y miró el menú. Me pasó una bolsa de Doritos y los abrí y me metí un puñado lleno en la boca. El queso para nachos nunca supo tan bien.
Fue difícil decidir qué ordenar porque lo queríamos todo. Finalmente se redujo a bistec y papas a la francesa, espagueti con albóndigas, pan de ajo y pastel de chocolate.
—Oh, y dos Coca-Colas gigantes —dijo Bella.
Llamé al servicio a la habitación e hice nuestra orden. Bella tomó la llave y algo de la mesa baja junto a la puerta y dijo que ya volvía.
—Estás desnuda bajo esa bata —le recordé.
—No me tardaré mucho.
Pasé canales. Cada estación estaba transmitiendo el cubrimiento del tsunami. Bella volvió a la habitación trayendo un cubo pequeño. Me senté.
—¿Eso es hielo? —pregunté.
Puso un cubo en su boca y dijo—: Sip. —Se acostó en la cama junto a mí y la miré chuparlo. Se sentó y desató mi bata.
Abriéndola, pasó su mano suavemente por mi lado. A pesar del dolor, mi cuerpo respondió a su tacto inmediatamente.
—Tienes unos moretones espectaculares desarrollándose aquí —dijo—. ¿Qué sucedió?
—Había un gran tronco en el agua
—No te llevas bien con esos. —Apuntó.
—Este me pegó.
Bella puso otro cubo de hielo en su boca y besó mi cuello y mi pecho.
—¿Cuánto tiempo hasta que el servicio a la habitación llegue? —preguntó.
—No dijeron.
Bella besó mi estómago y se movió más abajo. Cuando sentí su boca sobre mí, di un grito ahogado porque nunca había sentido frío antes. Cerré mis ojos y descansé mis manos en su cabeza.
Cuando el servicio a la habitación tocó la puerta, até mi bata y respondí. El hombre que traía la comida puso todo en la mesa y tan pronto como añadí una propina y firmé el cheque, abrimos todo, quitando las tapas.
—Tenemos cubiertos de plata —dijo Bella. Sostuvo un tenedor y lo miró por un segundo antes de pinchar una albóndiga.
—Y sillas —dije, sacando una y sentándome junto a ella. Le pasé algo de pan de ajo y corté un trozo de carne. Gruñí cuando lo puse en mi boca. Comimos a mordiscos de nuestros tenedores y bebimos nuestras Cocas. Nuestros estómagos se llenaron rápido; no estábamos acostumbrados a la comida pesada, o a mucha.
Bella cuidadosamente envolvió las sobras y las puso en el refrigerador.
Nos acostamos en la cama después de eso, para reposar la comida. Bella jugó con un mechón de mi cabello y posó su cabeza en mi hombro, enredando sus piernas con las mías.
—Nunca he estado tan contenta en mi vida —dijo.
Enmudecí el televisor. Habíamos estado viendo el cubrimiento del tsunami mientras comíamos, asombrados ante la devastación. Indonesia parecía haber sido la más afectada y el número de muertos había llegado a decenas de miles de personas.
—Me siento terrible diciendo esto porque ha muerto tanta gente, pero si no hubiera sido por el tsunami, aún estaríamos en esa isla —dijo Bella—. Y no sé cuanto más podríamos haber durado.
—Tampoco yo. —Estiré mis dedos hacia la mesa de noche y encendí el radio reloj, moviendo el dial hasta que encontré una estación de música Americana. More than a feeling de Boston estaba sonando, y sonreí.
Bella suspiró. —Me encanta esta canción. —Se acurrucó más cerca, y la abracé con fuerza.
—¿Ya te golpeó, Edward? ¿Que estamos a salvo y que vamos a ver a nuestras familias otra vez?
—Está comenzando.
—¿Qué hora es? —preguntó.
Giré mi cabeza hacia el reloj. —Un poco pasadas las dos.
—Es la una de la mañana en Chicago. No me importa. Voy a intentar llamar a Alice otra vez. No hay forma de que ella o mis padres estén durmiendo de todos modos.
Bella se sentó y alcanzó el teléfono, halando la cuerda por mi cuerpo. —Voy a intentar a su casa primero. —Marcó y esperó—. Está ocupado —dijo—. Tal vez conteste su celular. —Bella marcó el número y esperó—. Se fue directo a buzón de voz. Le voy a dejar un mensaje —dijo, pero luego colgó sin decir nada—. Su buzón estaba lleno.
—Intenta de nuevo en un rato. Eventualmente lo conseguirás. —Me pasó el teléfono y lo puse de nuevo en la mesa de noche—. ¿Bella?
Se acurrucó de nuevo en mis brazos. —¿Sí?
—¿Qué hay de Riley? ¿No crees que Alice probablemente lo llamó?
—Estoy segura de que lo hizo
—¿Qué crees que hará cuando se dé cuenta de que estás viva?
—Estará feliz por mi familia, por supuesto. Aparte de eso, no lo sé. Probablemente está viviendo en los suburbios con una esposa y un hijo. —Se pausó por un minuto y dijo—: espero que les haya dado mis cosas a mis padres.
—¿A dónde vivirás?
—Con mi mamá y papá. Donde quiera que sea eso. Van a querer que me quede con ellos por un tiempo. Luego buscaré mi propio sitio. Aún no puedo creer que vendieran su casa, Edward Siempre hablaron de comprar algo más pequeño algún día, tal vez un condominio, pero no pensé que en realidad lo harían. Crecí en esa casa. Me entristece saber que no la tienen más.
La besé, y luego desaté su bata y la deslicé por sus hombros. Hicimos el amor y nos quedamos dormidos después. Cuando desperté eran las 5 de la tarde. Bella dormía profundamente a mi lado. Mirando el techo, pensé en nuestra conversación. Le había preguntado sobre Riley, pero no le había hecho la única pregunta para la que realmente quería una respuesta.
¿Qué hay de nosotros?
Bella
Abrí mis ojos y me estiré. Edward se apoyaba contra la cabecera de la cama, con la televisión encendida a un volumen bajo, comiendo Slim Jim.
—Esa fue una buena siesta. —Lo besé y saqué mis piernas de la cama—. Tengo que hacer pis. ¿Sabes lo que más me gusta sobre este baño? —dije, mirando sobre mi hombro mientras caminaba hacia la puerta.
—¿El papel higiénico?
—Sí.
Cuando regresé del baño, Edward me hizo probar un bocado de su Slim Jim.
—Admítelo. No está mal —dijo.
—Está bien, pero soy mucho menos exigente de lo que solía ser. ¿Dónde estan mis tartas?
Las encontré en el armario. No me había acostumbrado al aire acondicionado, así que me puse un apretado suéter y me acurruqué bajo las sábanas otra vez, junto al cuerpo de Edward Tenía el cuerpo rígido y adolorido, más de lo que había estado cuando me sacaron del agua, y agradecía mucho tener esta cama tan suave.
Eran las diez de la noche cuando intenté llamar a Alice. Eran las nueve de la mañana en Chicago, pero su móvil parecía estar ocupado.
—Todavía no tiene línea libre —dije. La llamé al número de casa, pero sólo sonó—. Su máquina aún no está funcionando, tampoco.
—Voy a tratar de llamar a mi papá. Tal vez habló con ella. — Edward marcó el número de su casa y espero. Sacudió la cabeza—. Su línea está ocupada, también. Supongo que ambos están recibiendo un montón de llamadas. Podemos intentarlo nuevamente en la mañana.
Edward puso el teléfono en su lugar de regreso y acarició mi cabello.
—No sé cómo voy a acostumbrarme a no compartir mi cama contigo todas las noches.
—Entonces, no te acostumbres —dije. Me apoyé sobre mi codo y lo miré. No estaba lista para dejarlo ir, sin importar cuán egoísta me hacía sentir esto.
Se sentó. —¿Qué quieres decir con esto?
—Sí. —Mi corazón latía acelerado y mi cerebro gritaba que era una mala idea, pero no me importó—. Vamos a estar separados por un tiempo. Tú necesitas estar con tu familia y yo lo haré también. Después de eso, si quieres regresar, te esperaré.
Exhaló, con una expresión de alivio en su rostro. Me jaló hacia sus brazos y me besó en la frente. —Por supuesto que quiero eso.
—No va a ser fácil, Edward Las personas no lo entenderán. Habrán muchas preguntas. —Un nudo se formó en mi estómago solo con pensarlo—. Es posible que debas mencionar que tenías casi diecinueve antes de que algo ocurriera entre nosotros.
—¿Crees que alguien lo pregunte?
—Creo que todo el mundo va a preguntarlo.
Me desperté a media noche para ir al baño. Nos habíamos quedado dormidos con la televisión encendida y cuando me metí en la cama, cogí el mando a distancia y cambié de canales, deteniéndome para ver las noticias por un rato. Me senté de golpe cuando en CNN anunciaron las noticias de última hora y en la pantalla, bajo el título de: "DOS DE CHICAGO PERDIDOS EN EL MAR, RESCATADOS DESPUÉS DE TRES AÑOS Y MEDIO", se encontraban las fotografías de Edward y yo, congelados a los dieciséis y treinta.
Estiré la mano y suavemente sacudí el hombro de Edward.
—¿Qué, qué pasa? —preguntó, aún medio dormido.
—Mira la televisión.
Edward se sentó, parpadeó, y miró la pantalla.
Subí el volumen justo a tiempo para escuchar a Larry King decir—: Creo que hablo por todos cuando digo que hay una historia que contar ahí.
—Mierda. —dijo Edward Aquí vamos.
