*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


Capitulo 17

Edward

Mi mamá estaba sentada en la sala bebiendo café cuando caminé por la puerta a las nueve de la mañana el día de Año Nuevo.

—Hola mamá. Feliz Año Nuevo. —La abracé y me senté—. Me quedé donde Bella anoche.

—Pensé que lo harías.

—¿Debí haber llamado? —A parte de haber salido con Emmet o los compromisos que mi madre tenía programados, había pasado cada minuto con mi familia desde que había llegado a casa. Sabía que entendían mi deseo de ver a Bella, pero no se me había ocurrido avisarles que iba a estar fuera toda la noche.

—Habría sido lindo si lo hubieras hecho. Entonces no me habría preocupado.

Mierda. Me pregunté cuántas noches de insomnio había pasado en los últimos tres años y medio, y me sentí como el más grande imbécil por no llamar.

—Lo siento mamá. Llamaré la próxima vez.

—¿Quieres un poco de café? Puedo hacerte el desayuno.

—No gracias. Desayuné con Bella. —Nos sentamos en silencio por un minuto—. No has dicho nada acerca de Bella y yo mamá. ¿Cómo te sientes acerca de eso?

Sacudió su cabeza. —No es lo que habría escogido, Edward Ninguna madre lo habría hecho. Pero entiendo lo que debió de haber sido para los dos estar en la isla. Sería difícil no formar un vínculo con alguien bajo esas circunstancias.

—Es asombrosa.

—Sé que lo es. No la hubiéramos contratado si no pensáramos eso. —Dejó su taza de café en la mesa—. Cuando el avión se fue abajo, una parte de mi ser murió, Edward, sentí como si hubiera sido mi culpa. Sabía cuán enojado estabas sobre pasar ese verano lejos de casa y no me importó. Le dije a tu papá que necesitábamos ir de vacaciones a un lugar lejano para que pudieras concentrarte en tu trabajo de la escuela, sin ninguna distracción. Era en parte cierto. Pero más que todo, era porque sabía que cuando llegáramos a casa te irías con tus amigos. Finalmente estabas saludable y no querías nada más que volver al modo en que eran las cosas antes de que enfermaras. Fui egoísta. Solo quería pasar el verano con mi hijo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—. Ahora eres un adulto, Edward Has atravesado por más cosas en tus veinte años que muchas personas en su vida entera. Tu relación con Bella no es algo a lo que me voy a oponer. Ahora que te tengo de vuelta sólo quiero que seas feliz.

Noté por primera vez cuán desgastada se veía mi mamá. Tenía cuarenta y cinco pero un extraño probablemente le pondría diez años más.

—Gracias por no oponerte, mamá. Es importante para mí.

—Sé que lo es. Pero Bella y tú están a niveles muy diferentes en la vida. No quiero que salgas herido.

—No lo haré. —La besé en la mejilla y me fui a mi habitación. Me tiré en la cama y pensé en Bella, empujando todo lo que había dicho mi mamá sobre los niveles fuera de mi mente.


Bella

Edward y yo subimos en el elevador al apartamento de sus padres en el doceavo piso.

—No me toques. Ni siquiera me mires inapropiadamente —le advertí.

—¿Puedo tener pensamientos súper sucios sobre ti?

Negué con mi cabeza. —Eso no está ayudando. Oh, me siento enferma.

—Mi mamá es genial. Te dije lo que dijo sobre nosotros. Sólo relájate.

Carslie Cullen había llamado al celular de Alice el día de año nuevo. Cuando el número apareció en la pantalla, pensé que era Edward, pero cuando dije hola, Carslie me saludó y me preguntó si me gustaría ir a cenar la noche siguiente.

—Esme y yo tenemos unas cosas que discutir contigo

Por favor que una de ellas no sea que me acosté con su hijo.

—Claro, Carslie. ¿A qué hora?

— Edward dijo que te recogería a las 6:00.

—Está bien. Te veré mañana en la noche.

Pasé las veinticuatro horas desde la llamada de Carslie sintiendo como que estaba a punto de vomitar. No podía decidir si llevarle a Esme flores o una vela, así que llevé ambas. Ahora, en el elevador, mis nervios amenazaban con delatarme. Le entregué la bolsa de regalo y el ramo a Edward y sequé mis palmas húmedas en mi falda.

Las puertas del elevador se abrieron. Edward me besó y dijo—: Va a estar bien. —Tomé una respiración profunda y lo seguí.

El apartamento de Lake Shore Drive estaba decorado con gusto en tonos de beige y crema. Un piano de media cola estaba en ángulo en una esquina de la gran sala y pinturas impresionistas colgaban de las paredes.

El sofá de felpa, el sofá doble y sillas a juego, llenos de cojines con borlas, rodeaban una gran, adornada mesa de café.

Tom sirvió bebidas antes de la cena en la biblioteca. Me senté en una silla de cuero tipo club sosteniendo una copa de vino tinto. Edward se sentó en la silla junto a mí. Carslie y Esme estaba frente a nosotros en un sofá doble, Esme bebiendo una copa de vino blanco y Carslie bebiendo algo que parecía whisky.

—Gracias por invitarme aquí —dije—. Su casa es hermosa.

—Gracias por venir, Bella —dijo Esme.

Todo el mundo tomó un sorbo. El silencio llenó la habitación.

Edward —la única persona relajada ahí— tomó un sorbo de la cerveza que se sirvió él mismo y pasó un brazo por el respaldo de mi silla.

—Los medios han preguntado si tú y Edward estarían dispuestos a dar una conferencia de prensa —dijo Carslie—. A cambio, dejarán de molestarlos.

—¿Qué opinas, Bella? —preguntó Edward La idea me dio miedo pero estaba cansada de pelear para hacerme camino entre los reporteros. Tal vez si respondíamos sus preguntas, ellos nos dejarían en paz.

—¿Sería televisada? —pregunté.

—No. Ya les he dicho que tendría que ser una conferencia de prensa cerrada. La harán en el canal de noticias, pero no la emitirán.

—Si los reporteros acuerdan retroceder, lo haré.

—También yo —dijo Edward.

—Lo arreglaré —dijo Carslie—. Hay algo más Bella. Edward ya sabe esto pero he estado al teléfono con el abogado del hidroplano de alquiler. Ya que la muerte del piloto causó el accidente pero el proveedor de la balsa salvavidas no proporcionó la señal de emergencia ordenada por la guardia costera, hay culpa comparativa. Ambas partes son consideradas negligentes. Los litigios de aviación son muy complejos y las cortes tendrán que determinar el porcentaje de responsabilidad. Estos casos pueden prolongarse por años. Sin embargo, al hidroavión le gustaría llegar a un acuerdo con ustedes dos y luego subrogar contra la otra parte. A cambio de esto ustedes no demandarán.

Mi cabeza daba vueltas. No había pensado en negligencia o demandas.

—No sé qué decir. No habría demandado de todas maneras.

—Entonces sugiero que estés de acuerdo. No habrá ningún juicio. Tal vez debas dar una declaración, pero puedes hacerlo aquí en Chicago.

Como eras mi empleada cuando el accidente ocurrió, mi abogado puede manejar las negociaciones por ti.

—Sí. Eso estaría bien.

—Probablemente tomará varios meses, o más, antes de que finalice.

—Está bien, Carslie.

Jane y Kate se nos unieron para la cena. Todo el mundo se había relajado considerablemente cuando nos sentamos en el comedor, en parte ayudó la segunda ronda de bebidas que todos dijimos que no queríamos pero bebimos de todos modos.

Esme sirvió lomo de res, vegetales asados y papas gratinadas. Jane y Kate me miraron a hurtadillas y sonrieron. Ayudé a Jane a recoger la mesa y a servir una tarta de manzanas caliente y helado para el postre.

Cuando estábamos listos para irnos, Carslie me pasó un sobre.

—¿Qué es esto?

—Es un cheque. Aún te debemos por la tutoría.

—No me deben nada. No hice mi trabajo. —Intenté devolverle el sobre.

Suavemente, apartó mi mano. —Esme y yo insistimos.

—Carslie, por favor.

—Solo tómalo, Bella. Nos hará feliz.

—Está bien. —Deslicé el sobre en mi bolso.

—Gracias por todo —dije a Esme.

La miré a los ojos y ella encontró mi mirada. No muchas madres recibirían en su casa a la muy mayor novia de su hijo tan gentilmente y ambas lo sabíamos.

—No hay de qué, Bella. Ven de nuevo alguna vez.

Edward me tomó en sus brazos tan pronto como las puertas del elevador se cerraron. Exhalé y descansé mi cabeza en su pecho. —Tus padres son maravillosos.

—Te dije que eran geniales.

También eran generosos. Porque luego esa noche, cuando abrí el sobre que me habían dado, saqué un cheque por veinticinco mil dólares.

La conferencia de prensa estaba programada para iniciar a las dos en punto. Carslie y Esme Cullen estaban a un lado, Carslie sostenía una pequeña cámara de video en su mano, la única permitida para grabar algo.

—Sé lo que van a preguntar —dije.

—No tienes que responder nada que no quieras —me recordó Edward.

Nos sentamos en una mesa larga frente al mar de reporteros. Yo movía mi pie derecho hacia arriba y hacia abajo y Edward se inclinó y presionó suavemente mi muslo. Él sabía que no debía dejar su mano ahí por mucho tiempo.

Alguien había grabado en la pared un gran mapa que mostraba una vista aérea de las veintiséis islas de las Maldivas. Un representante de relaciones públicas del canal de noticias, asignado para moderar la conferencia de prensa, comenzó explicando a los reporteros que la isla en la que Edward y yo vivimos estaba deshabitada y probablemente había sufrido daños serios debido al tsunami. Usó un apuntador laser e identificó la isla de Malé como nuestro punto de inicio.

—Este era su lugar de destino —dijo, señalando otra isla—. Debido a que el piloto sufrió un ataque cardíaco, el avión se estrelló al aterrizar en algún lugar en el medio.

La primera pregunta vino de un reportero de pie en la última fila. Tenía que gritar para que lo pudiéramos escuchar.

—¿Qué pasó por sus mentes cuanto se dieron cuenta de que el piloto estaba teniendo un ataque cardíaco?

Me incliné hacia delante y hablé por el micrófono. —Estábamos asustados de que muriera y preocupados de que no fuera capaz de aterrizar el avión.

—¿Intentaron ayudarlo? —preguntó otro reportero.

—Bella sí —dijo Edward—. El piloto nos pidió que nos pusiéramos nuestros chalecos salvavidas y volviéramos a nuestros asientos y nos abrocháramos nuestros cinturones. Cuando se desplomó, Bella se desabrochó y fue hacia adelante para iniciar RCP.

—¿Cuánto tiempo estuvieron en el mar antes de que lograran llegar a la isla?

Edward respondió esa pregunta. —No estoy seguro. El sol se ocultó casi una hora después de que nos accidentamos y salió después de que llegamos a la orilla.

Respondimos preguntas por la siguiente hora. Nos preguntaron todo desde cómo nos alimentamos hasta qué clase de refugio construimos. Les contamos sobre la clavícula rota de Edward y la enfermedad que casi lo mató. Describimos las tormentas y explicamos cómo los delfines salvaron a Edward del tiburón. Hablamos sobre el tsunami y nuestra reunión en el hospital. Parecían realmente preocupados por las dificultades que pasamos, y me relajé un poco.

Luego una reportera de la fila del frente, una mujer de mediana edad con un ceño fruncido en su rostro preguntó—: ¿Qué clase de relación física tuvieron en la isla?

—Eso es irrelevante —respondí.

—¿Está al tanto de la edad de consentimiento en el estado de Illinois? —preguntó.

No indiqué que la isla no estaba en Illinois. —Claro que lo estoy. —En caso de que no todo el mundo supiera, decidió iluminarlos.

—La edad de consentimiento en Illinois es diecisiete, a menos que la relación involucre una persona de autoridad como un profesor. Entonces la edad se eleva a dieciocho.

—Ninguna ley fue violada —dijo Edward.

—Algunas veces las víctimas son obligadas a mentir —respondió la reportera—. Especialmente si el abuso ocurrió desde el principio.

—No hubo abuso —dijo Edward.

Ella se dirigió a mí directamente con su siguiente pregunta.

—¿Cómo cree que los contribuyentes de Chicago se sentirán sobre pagar el salario de una profesora sospechosa de mala conducta sexual hacia un estudiante?

—No hubo ninguna mala conducta sexual —gritó Edward—. ¿Qué parte de esto no entiende?

Aunque sabía que ellos preguntarían sobre nuestra relación, nunca consideré la posibilidad de que nos acusarían de mentir sobre ello, o pensarían que de alguna manera obligué a Edward La semilla de la duda que la reportera plantó sin duda se multiplicaría, alimentada por rumores y especulación. Todo el que lea nuestra historia cuestionaría mis acciones y mi integridad. Como mínimo, podría ser difícil encontrar un distrito escolar dispuesto a darme una oportunidad, poniendo fin a mi carrera como profesora.

Cuando mi cerebro terminó de procesar lo que su interrogatorio había hecho, apenas tuve suficiente tiempo para arrastrar mi silla atrás y correr hacia el baño de mujeres. Abrí la puerta de un cubículo y me incliné sobre el inodoro. Había sido incapaz de comer antes de la conferencia de presa y mi estómago vacío intentaba vomitar pero nada salía. Alguien abrió la puerta.

—Estoy bien, Edward saldré en un minuto.

—Bella, soy yo —dijo una voz femenina.

Salí del cubículo. Esme Cullen estaba de pie ahí. Me abrió sus brazos y fue así como algo que mi propia madre habría hecho que me lancé a ellos y comencé a llorar. Cuando paré de llorar, Esme me pasó un pañuelo y dijo, —Los medios de comunicación sensacionalizan todo. Creo que algunos del público en general verán a través de ello.

Me sequé los ojos. —Eso espero.

Edward y Carslie estaban esperándonos cuando salimos del baño. Edward me llevó a una silla y se sentó a mi lado.

—¿Estás bien? —Me rodeo con su brazo, y descansé mi cabeza sobre su hombro.

—Estoy mejor ahora.

—Todo se arreglará, Bella.

—Tal vez —dije. O tal vez no.

La mañana siguiente, leí el cubrimiento del periódico de la conferencia de prensa. No fue tan malo como esperaba, pero no fue bueno tampoco. El artículo no cuestionó mi habilidad para enseñar, pero hizo eco de algunos de los puntos que la reportera hizo sobre la probabilidad de que un distrito escolar esté de acuerdo en contratarme. Se lo pasé a Alice cuando entró en la habitación. Lo leyó e hizo un sonido de disgusto.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Alice.

—Voy a hablar con Ken.

Ken Tomlinson había sido mi director por seis años. Un veterano del sistema escolar público de Illinois, su dedicación a los estudiantes y su apoyo a los profesores lo hicieron uno de los hombres más respetados en el distrito. No pasaba mucho tiempo preocupándose por cosas que no importaban, y contaba los mejores chistes subidos de tono que he jamás había escuchado.

Metí la cabeza en su oficina un poco después de las siete de la mañana y unos días después de la conferencia de prensa. Él empujó su silla hacia atrás y se reunión conmigo en la puerta.

—Niña, no sabes lo feliz que estoy de verte. —Me abrazó—. Bienvenida a casa

—Recibí tu mensaje en la máquina contestadora de Alice. Gracias por llamar.

—Quería que supieras que todos pensábamos en ti. Me imaginé que pasaría un poco de tiempo antes de que vinieras. —Se sentó tras su escritorio y yo me senté en una silla frente a él—. Creo que sé por qué estás aquí.

—¿Has recibido algunas llamadas?

Asintió. —Unas cuantas. Algunos padres querían saber si volverías a la escuela. Quería decirles lo que verdaderamente pensaba sobre sus supuestas preocupaciones, pero no pude.

—Lo sé, Ken.

—Me encantaría darte tu antiguo trabajo de nuevo, pero contraté a alguien dos meses después de que tu avión se estrelló, cuando perdimos la esperanza de que alguna vez te encontraran.

—Lo entiendo. Aún no estoy lista para volver a trabajar de todos modos.

Ken se inclinó hacia delante en su silla y descansó sus codos en el escritorio. —Las personas quieren convertir las cosas en algo que no son. Es la naturaleza humana. Maneja un perfil bajo por un tiempo. Déjalo pasar.

—Jamás haría algo para herir a un estudiante, Ken.

—Sé eso, Bella. Jamás dudé de tí por un minuto. —Salió de detrás de su escritorio y dijo—: eres una buena profesora. No dejes que nadie te diga que no lo eres.

Los pasillos se llenarían de profesores y estudiantes pronto, y quería salir desapercibida. Me paré y dije—: Gracias, Ken. Significa mucho para mí.

—Vuelve de nuevo, Bella. A todos nos gustaría pasar algo de tiempo contigo.

—Lo haré.

Los detalles de la conferencia de prensa se expandieron como pólvora y no tardó mucho tiempo que nuestra historia alcanzara audiencia en todo el mundo. Desafortunadamente, la mayoría de la información era incorrecta, adornada, y ni un poco cerca a la verdad. Todo el mundo tenía una opinión sobre mis acciones, y discutían y debatían mi relación con Edward en salas de chat y en foros. Proporcioné a muchos presentadores de programas nocturnos material para monólogos, y era la mejor parte de tantos chistes que dejé de ver televisión por completo, prefiriendo la soledad y comodidad de la música y los libros que tanto extrañé en la isla.

A Edward le tocó su parte de ridículo, también. Se reían de su educación de decimo grado pero decían que tal vez eso no importó considerando las otras cosas que con toda seguridad debió aprender de mi.

No quería salir en público, me preocupaba que la gente se quedara mirando.

—¿Sabías que puedes comprar casi todo lo que necesites en internet? —Estaba sentada en el sofá junto a Edward, escribiendo en el ordenador portátil de Alice—. Lo envían directamente a la puerta de tu casa. Tal vez nunca deje la casa de nuevo.

—No puedes esconderte para siempre, Bella —dijo Edward.

Escribí "muebles de dormitorio" en el cuadro de búsqueda de Google y presioné entrar. —¿Quieres apostar?

El insomnio comenzó unas semanas después. Primero, tenía problemas para quedarme dormida. Con la bendición de Alice, Edward pasaba la noche a menudo, y escuchaba su suave respiración, pero no me podía relajar. Luego incluso si me las arreglaba para quedarme dormida, me despertaba a las dos o tres de la mañana y me quedaba ahí hasta que el sol salía. Tenía pesadillas frecuentes, usualmente sobre ahogarme, y me despertaba bañada en sudor. Edward decía que a menudo lloraba en medio de la noche.

—Tal vez deberías volver al médico, Bella.

Exhausta y desgastada, estuve de acuerdo.

—Trastorno por estrés agudo —dijo mi doctor unos días después—. Esto es en realidad muy común, Bella, especialmente en mujeres. Eventos traumáticos a menudo ocasionan el retraso en la aparición del insomnio y ansiedad.

—¿Cómo se trata?

—Generalmente con una combinación de terapia cognitivo-conductual y medicamentos. Algunos pacientes encuentran alivio de una baja dosis de antidepresivos. Podría prescribir algo que te ayude a dormir.

Tenía amigos que habían tomado antidepresivos y pastas para dormir y se quejaban de los efectos secundarios. —Preferiría no tomar nada si puedo evitarlo.

—¿Considerarías ver a un terapeuta?

Estaba lista para intentar cualquier cosa si significaba tener una noche completa de sueño. —¿Por qué no?

Hice una cita con un terapeuta que encontré en las páginas amarillas. Su oficina estaba en un viejo edificio de ladrillo con un frente en ruinas. Me registré con la recepcionista, y la terapeuta abrió la puerta a la sala de espera y llamó mi nombre cinco minutos después. Ella tenía una sonrisa cálida y un apretón firme. Supuse que estaba en sus cuarenta y tantos.

—Soy Rosemary Miller.

—Bella Swan. Gusto en conocerla.

—Por favor tome asiento. —Señaló un sofá y se sentó en una silla frente a mí, pasándome una de sus tarjetas de presentación. Una lámpara iluminaba brillantemente sobre una mesa baja junto al sofá. Una maceta de un árbol de ficus estaba cerca a la ventana. Cajas de pañuelos estaban dispersas por todas las superficies disponibles.

—He seguido su historia en las noticias. No estoy sorprendida de verla aquí.

—He estado sufriendo de insomnio y ansiedad. Mi médico sugirió que intentara la terapia.

—Lo que está experimentando es muy común, dado el trauma que sufrió. ¿Alguna vez ha visto a un terapeuta antes?

—No.

—Me gustaría iniciar haciendo una historia clínica completa.

—Está bien.

Siguió hablando por cuarenta y cinco minutos, haciéndome preguntas sobre mis padres y Alice y mi relación con ellos. Me preguntó acerca de mis relaciones anteriores con hombres y cuando le hablé un poco sobre Riley, sondeó más, pidiéndome que entrara más en detalles. Me inquieté incómoda, preguntándome cuando íbamos a llegar a la parte donde solucionaba mi insomnio.

—Tal vez quiera revisar algo de su historia clínica en las siguientes semanas. Ahora me gustaría discutir sus hábitos de sueño.

Por fin.

—No puedo quedarme dormida o permanecer dormida. Estoy teniendo pesadillas.

—¿De qué tratan estas pesadillas?

—Ahogarme. Tiburones. Algunas veces el tsunami. Por lo general hay agua.

Alguien llamó a la puerta y ella miró su reloj.

—Lo siento. Se nos acabó el tiempo.

Tienes que estar bromeando.

—La próxima semana podemos iniciar algunos ejercicios de terapia cognitiva.

Al ritmo que íbamos, podría no tener una buena noche de sueño por meses. Tomó mi mano y me acompañó al recibidor. Una vez fuera, dejé caer su tarjeta de presentación en un cubo de basura.

Edward y Alice estaban sentados en la sala cuando llegué a casa. Me dejé caer en el regazo de Edward.

—¿Cómo estuvo? —preguntó Edward.

—No creo que sea una persona de ir a terapia

—Algunas veces toma un tiempo encontrar una buena —dijo Alice.

—No creo que ella sea una mala terapeuta. Hay algo más que quiero intentar. Si no funciona, volveré.

Dejé la habitación y regresé unos minutos después, vestida con medias de correr y una larga camiseta de mangas largas bajo una sudadera y una cazadora de nylon. Me puse un sombrero y me senté en el sofá para amarrar mis Nikes.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Edward.

—Voy a correr.


Edward

Cargué la última caja por las escaleras hasta la nueva casa de Bella, un pequeño apartamento de una pieza a quince minutos de Alice y Jasper.

—¿Dónde quieres que ponga ésta? —pregunté cuando crucé la puerta, sacudiendo la lluvia de mi pelo.

—Solo ponla en cualquier lugar —me pasó una toalla y me saqué la camiseta mojada y a mí mismo.

—Estoy tratando de encontrar las sábanas —me dijo Bella—. Entregaron la cama un poco después que te fueras.

Buscamos hasta que las encontramos y la ayudé a ponerlas.

—Vuelvo en un momento —dijo. Regresó con un pequeño objeto y lo puso encima de la mesita de noche, conectándolo en un enchufe cercano.

Presionó un botón y el sonido de las olas del mar llenaron la habitación, casi ahogando el sonido de la lluvia golpeando la ventana.

—Es una máquina de sonidos. La encargué de Bed, Bath & Beyond.

Se acercó a mi lado. Cogí su mano y la besé, y luego la presioné contra mí. Se relajó, su cuerpo derritiéndose en el mío.

—Soy feliz. ¿Lo eres tú Bella?

—Sí —susurró.

La sostuve en mis brazos. Escuchando la lluvia y el romper de las olas, casi pude pretender que estábamos aún en la isla y que nada había cambiado.

No me preguntó si quería mudarme; simplemente nunca me fui. Pasé algunas noches en mi casa, porque hacía a mis padres felices, y Bella y yo nos deteníamos bastante para pasar el rato o cenar. Bella llevó a Kate y Jane de compras un par de veces, lo cual las emocionaba a ambas.

No tomaría ningún dinero para la renta así que pagaba por todo lo demás, lo que ella apenas permitía. Tenía un fondo de mis padres de cuando era más joven. Hubiera tenido acceso a él cuando cumplí dieciocho y el dinero era mío ahora. El monto de la cuenta hubiese cubierto fácilmente los costos de nuestra vida, un auto y el costo de mi universidad. Mis padres querían saber, y me lo preguntaban todo el tiempo, cuáles eran mis planes, pero no estaba seguro de qué quería hacer. Bella no había dicho nada, pero sabía que quería que empezara a estudiar para obtener mi GED.

La gente a veces nos reconocía, especialmente cuando estábamos juntos, pero Bella lentamente se sentía más cómoda estando en público. Siempre salíamos, al parque y a largos paseos, incluso cuando aún faltaban varias semanas para la primavera. Salíamos al cine y a veces a almorzar o cenar, pero a Bella le gustaba comer en casa. Me cocinaba lo que sea que quisiera, y de a poco comencé a ganar peso. Ella también. Cuando recorría su cuerpo con mis manos, ya no sentía huesos. Sentía suaves curvas.

En la noche, Bella abrochaba sus zapatillas de deporte y corría hasta estar exhausta. Volvía al apartamento, se sacaba la ropa sudada y tomaba una larga ducha caliente, venía a la cama conmigo después de eso. Tenía la energía suficiente para hacer el amor y luego colapsaba, durmiendo sonoramente. Todavía tenía algunas pesadillas o problemas para quedarse dormida pero nada como antes.

Me gustaba nuestra rutina. No tenía deseos de cambiarla.

—Emmet me invitó a pasar un fin de semana con él —le comenté a Bella en el desayuno unas semanas después.

—Está en la Universidad de Iowa, ¿cierto?

—Sí.

—Me encanta ese campus. Lo pasarás muy bien.

—Me voy el viernes. Me llevará un amigo suyo.

—Mira la universidad. No solo el bar. Podrías considerar ir ahí después de terminar tu GED.

No le dije a Bella que no tenía ningún interés en ir a una universidad que estaba en otro estado, lejos de ella. O a cualquier universidad para ser sinceros.

Una pirámide de seis pies de cerveza estaba en la esquina de la habitación de Emmet. Pasé sobre cajas vacías de pizza y pilas de ropa sucia. Cuadernos, zapatillas, y botella vacías de Mountain Dew cubriendo cada centímetro del piso.

—Jesús, ¿cómo puedes soportar esto? —pregunté—. ¿Y alguien orinó en el ascensor?

—Probablemente —respondió Emmet—. Aquí tienes tu ID.

Miré la licencia de conducir. —¿Desde cuanto mido uno y ochenta, soy rubio y tengo veintisiete?

—Desde ahora. ¿Estás listo para ir al bar?

—Seguro. ¿Dónde quieres que ponga mis cosas?

—A quién le importa, tío—. El compañero de habitación de Emmet se había ido a casa por el fin de semana así que tire mi bolso en su cama y seguí a Emmet hasta la puerta.

—Vamos por las escaleras —dije.

Estábamos muy agitados a las nueve. Revisé mi teléfono pero no había mensajes de Bella. Pensé en llamarla, pero sabía que Emmett me mandaría a la mierda por eso así que puse mi teléfono de vuelta en mi bolsillo.

Invitó a otra gente a pasar el rato en nuestra mesa. Nadie me reconoció. Me mezclé en la multitud como cualquier otro universitario, la cual era exactamente la manera en que quería estar.

Me senté entre dos chicas muy borrachas. Una de ella drenaba un vaso de vodka mientras la otra se detuvo, sosteniendo el vaso en sus labios. Se inclinó hacia mí, sus ojos vidriosos y dijo—: Eres realmente caliente.

Luego se tomó el trago y vomitó encima de la mesa. Salté y empujé mi silla hacia atrás.

Ben me dijo que lo siguiera y nos fuimos de bar. Tomé aire helado para sacar el olor de mi nariz.

—¿Quieres algo para comer? —me preguntó.

—Siempre.

—¿Pizza?

—Seguro.

Nos sentamos en una mesa del final. —Bella me dijo que mirara el campus. Mencionó que quizás debería pensar en venir aquí después de dar mi GED.

—Tío, eso sería asombroso. Podríamos tener nuestro propio lugar. ¿Vas a hacerlo?

—No.

—¿Por qué no?

Estaba lo suficientemente borracho para ser sincero con Ben.

—Quiero estar con ella.

—¿Bella?

—Sí, imbécil. ¿Con quién más?

—¿Ella qué quiere?

La mesera vino a nuestra mesa y puso una pizza grande de salami y salchichas en frente de nosotros. Puse dos pedazos en mi plato y dije—: No estoy seguro.

—¿Estás hablando de, como, casarte y tener un hijo con ella?

—Me casaría con ella mañana. —Tomé un mordisco de mi pizza—. Quizás podamos esperar un poco para el hijo.

—¿Esperará?

—No lo sé.


Bella

Angela y yo ordenamos una copa de vino en la barra mientras esperábamos por una mesa.

—¿Así qué Edward fue a visitar a su amigo este fin de semana? —preguntó Angela.

—Sí. —Le di un vistazo a mi reloj. Ocho y tres—. Mi suposición es que están recuperando todo el tiempo perdido. Al menos eso espero.

—¿No te importa si se mete en problemas?

—¿Recuerdas lo que hicimos en la universidad?

Angela sonrió —¿Cómo es que nunca fuimos arrestadas?

—Faldas cortas y mucha suerte. —Tomé un trago de vino—. Quiero que Edward tenga esas experiencias. No quiero que sienta que se está perdiendo las cosas.

—¿Estás tratando de convencerte a tí o a mí?

—No estoy tratando de convencer a nadie. Es sólo que no quiero privarlo de nada.

—Ben y yo queremos conocerlo. Si es importante para tí, nos gustaría conocerlo.

—Gracias. Eso es muy lindo de tu parte, Angi.

El barman puso dos copas de vino en frente de nosotras. —Estas son de los chicos sentados en la esquina.

Angela esperó un minuto y luego agarró su bolso que estaba colgado en el respaldo de la silla. Rebuscó en él y sacó un pequeño espejo de mano y un brillo de labios, aprovechando para mirar a los chicos.

—¿Y bien?

—Son apuestos.

—¡Estás casada!

—No me iré a casa con ellos. Además, Ben sabía que era coqueta cuando se casó conmigo. —Se aplicó brillo de labios y usó una servilleta para eliminar el exceso—. Y nadie me ha enviado una copa desde que tenía diecinueve, así que cierra la boca.

—¿Tenemos que agradecerles, o simplemente podemos ignorarlos? —pregunté.

—¿No quieres hablar con ellos?

—No.

—Demasiado tarde. Aquí vienen.

Miré por encima de mi hombro mientras se acercaban.

—Hola —dijo uno de ellos.

—Hola. Gracias por el vino.

Su amigo empezó a charlar con Angela. Rodé mis ojos cuando ella sacudió su cabello y soltó una risita.

—Soy Drew. —Tenía cabello castaño y estaba usando traje y corbata. Parecía tener unos treinta años. Atractivo, si te gustaba del tipo banquero.

—Bella. —Sacudí su mano.

—Te reconocí por la foto en el papel. Fue todo un calvario. Asumo que estás cansada de hablar de ello.

—Lo estoy.

La conversación se quedó estancada por lo que tomé otro trago de vino.

—¿Están esperando por una mesa? —preguntó.

—Sí. Debería estar lista pronto.

—¿Tal vez podríamos unirnos a ustedes?

—Lo siento, no esta noche. Solo quiero pasar tiempo con mi amiga.

—Seguro, lo entiendo. ¿Quizás podrías darme tu teléfono?

—No lo creo.

—Oh vamos —dijo, sonriendo y volviéndose encantador—. Soy un buen tipo.

—Estoy viendo a alguien.

—Eso fue rápido. —Me miró extrañado—. Espera, ¿no estás saliendo con el niño, cierto?

—No es un niño.

—Sí lo es.

Angela tocó mi hombro —Nuestra mesa está lista.

—Gracias de nuevo por el vino. Discúlpame. —Agarré mi bolso y mi abrigo, me deslicé fuera de la barra y seguí a Angela.

—¿Qué te dijo? —preguntó cuando nos sentamos en la mesa—. No te ves muy complacida con él.

—Descubrió que no estaba soltera. Luego llamó a Edward un niño.

—Su ego está probablemente herido.

— Edward es joven, Angela. Cuando la gente lo mira, no ven lo que yo veo. Ven a un niño.

—¿Qué ves tú?

—Sólo veo a Edward.

Vino la noche del domingo, cansado y con resaca. Dejó su maleta en el suelo y me empujó en sus brazos. Le di un largo beso.

—Guau —dijo. Cogió mi cara entre sus manos y me besó de vuelta.

—Te extrañé.

—También te extrañé.

—¿Qué tal estuvo?

—Su habitación es un pozo, una chica casi vomita encima de mí y alguien orinó en el ascensor.

Arrugué mi nariz. —¿Enserio?

—Tengo que decirte. No estaba muy impresionado.

—Tal vez te sentirías diferente si hubieras ido a la universidad inmediatamente después de la escuela.

—Pero no lo hice, Bella. Y aún sigo atrás.


Edward

No tengo que llevar corbata, ¿cierto?

Tenía un par de caquis y una camisa de vestir blanca con botones. Una chaqueta deportiva azul marina sobre la cama. Nos reuniríamos con Angela y su marido Ben para cenar, y estaba más elegante de lo que querría.

—Probablemente deberías —dijo, caminando hacia el dormitorio.

—¿Tengo una corbata?

—Te compré una cuando Angela me dijo que querían ir a cenar. —Llegó a su armario y lo abrió, la sacó, enroscándola en el cuello de mi camisa y ajustándomela.

—No puedo recordar la última vez que use una de estas —dije, tirando del nudo para aflojarlo un poco. Conocí a Angela y Ben la semana anterior, cuando nos invitaron a su casa. Me agradaban. Era fácil hablar con ellos, por lo que cuando Bella dijo que querían que saliéramos a cenar con ellos dije que sí.

—Voy a estar lista en un minuto. Sólo tengo que decidir qué ponerme.

Se paró frente a su armario en su sujetador y ropa interior, así que me recosté en la cama y disfruté la vista.

—Pensé que habías dicho que las tangas eran incómodas.

—Lo son. Pero me temo que esta noche es un mal necesario. —Bella sacó un vestido de su armario—. ¿Este? —preguntó, sosteniendo un largo vestido negro sin mangas contra su pecho.

—Es bonito.

—¿Qué tal este? —El otro vestido era azul oscuro, corto, con mangas largas y un frente de corte bajo.

—Ese es sexy.

—Creo que tenemos un ganador —dijo, poniéndoselo. Se ceñía a ella. Se calzó un par de zapatos de tacón alto.

Nunca la había visto vestida así antes. Generalmente llevaba jeans, principalmente de Levi's, y una camiseta o suéter. A veces usaba faldas, pero nada como esto. Sus pechos se habían agrandado ahora que estaba más cerca de su peso normal, y el sostén que llevaba los levantaba. Lo que pude ver entre ese gran escote en forma de V de su vestido me hizo querer ver más.

Torciendo su cabello, lo juntó en un nudo en la parte posterior de su cuello y se puso aretes, los mismos colgantes que había utilizado como anzuelos en la isla. Llevaba lápiz labial rojo. Me quedé mirando a su boca y quise besarla.

—Te ves increíble.

Sonrió. —¿Lo crees?

—Sí. —Parecía elegante. Hermosa. Como una mujer que tenía todo en orden.

—Vamos —dijo.

Yo era más joven que todos en el restaurante por diez o veinte años. Llegamos unos minutos antes, por lo que Bella y yo seguimos a Angela y Ben hacía la barra para esperar por nuestra mesa. Más de una cabeza se volvió cuando Bella entró.

Angela comenzó a hablar con un chico. Ben y yo estábamos debatiendo, luchando a nuestra manera, para obtener algunas bebidas cuando una mujer sosteniendo una pila de menús se acercó a nosotros a través de la multitud.

—Su mesa está lista —dijo.

Angela se volvió hacia el chico con el que había estado hablando. Vestía un traje, pero había aflojado su corbata y desabrochado los dos botones superiores de su camisa. Sostenía un vaso de algo que parecía whisky. Estaba allí solo, y me preguntaba si había venido después del trabajo.

—¿Por qué no te unes a nosotros para cenar? —le dijo Angela—. ¿Les importa? —nos preguntó.

—Está bien —dijo Bella.

Me encogí de hombros. —Seguro.

Cuando nos sentamos, Angela lo presentó. —Este es James. Trabajamos en la misma cuenta el año pasado.

Ella y Ben se sentaron junto a él mientras que Bella y yo nos sentamos frente a ellos. Estreché su mano, notando sus ojos inyectados de sangre y me di cuenta de que estaba borracho.

Ben ordenó dos botellas de vino y la camarera nos sirvió un vaso a cada uno después de que le hiciera pasar por la rutina de oler el vino y eso. Tomé un trago del mío. Era rojo y tan seco que me esforcé para no hacer una cara.

James puso toda su atención sobre Bella inmediatamente. La veía tomar un sorbo de su vino. Sus ojos se desviaron de su boca a hasta su pecho.

—Me pareces conocida —dijo.

Sacudió la cabeza. —No nos hemos conocido antes.

Eso era lo que Bella odiaba sobre conocer gente nueva. Tratarían de ubicarla y, eventualmente, recordaría su rostro de todos los medios de comunicación. Luego empezarían las preguntas, primero sobre la isla y luego sobre nosotros.

Afortunadamente, estaba lo suficientemente ebrio como para no hacer la conexión y Bella pareció relajarse. No podría haberla reconocido, pero aun no había terminado con ella.

—Tal vez salimos una vez.

Bella levantó su vaso y tomó otro trago. —No.

—¿Tal vez podemos salir algún día?

—Hey —dije bruscamente—. Estoy sentado aquí.

Bella puso su mano en mi pierna e hizo presión. —Está bien —susurró.

—Espera. ¿Ella está contigo? —James preguntó—. Pensé que eras su hermano o algo. —Comenzó a reír—. Tienes que estar bromeando. —La comprensión apareció en su rostro mientras dirigía su mirada a mí y luego a Bella—. Ahora sé quién eres. Vi tu foto en el periódico. —Soltó el aire—. Así que eso explica cómo la conseguiste, pero no por qué está todavía contigo.

Ben miró a Angela y luego le dijo a James—: Ya déjalo.

—Sí. Estoy con él. —La manera en que Bella lo dijo, con tanta confianza, y la manera en que lo miró como si fuera un completo idiota, me hizo sentir mejor que las palabras en sí.

Nuestra camarera se acercó. —Lo siento —me dijo—. Necesito ver tu identificación.

Me encogí de hombros. —Soy menor de edad. No me gusta el vino de todos modos. Adelante, lléveselo.

Ella sonrió, dijo lo siento y se llevó mi vaso. James no pudo soportarlo.

—¿Ni siquiera tienes veintiún años? —Su risa apenas contenida rompió el silencio en la mesa, mientras todo el mundo trató de actuar como si lo que estaba sucediendo no fuera totalmente humillante para mí.

Bajamos nuestra mirada hacia nuestros menús. Bella y yo todavía teníamos problemas para elegir algo de comer en un restaurante. Demasiadas opciones.

—¿Qué pedirás? —le pregunté.

—Filete. ¿Y tú? —Sujetó mi mano, entrelazando sus dedos entre los míos.

—No lo sé. Tal vez pasta. Te gustan los ravioles, ¿verdad?

—Sí.

—Está bien. Pediré eso y podemos compartir.

Angela intentó mantener la conversación. Nuestra camarera regresó y tomó nuestra orden. James miró fijamente el pecho de Bella y sonrió burlonamente, sin siquiera tratar de ocultarlo. Sabía lo que estaba pensando cuando la miró así, y me tomó todo lo que tenía no golpearlo.

Cuando James se levantó para ir al baño, Angela dijo—: Lo siento. Escuché que su esposa lo dejó y pensé que invitarlo a unirse a nosotros sería un buen gesto.

—Está bien. Simplemente ignorálo —dijo Bella—. Yo lo hago.

Nadie llenó el vaso de vino de James y, para cuando terminamos de comer, parecía un poco más sobrio.

Nuestra mesera nos ofreció el postre, pero nadie quería nada. Nos dijo que volvería con la cuenta.

—Angela y yo vamos al baño —dijo Bella—. Los esperamos por la puerta.

Ben y yo intentamos recoger el cheque y finalmente accedimos a dividirlo, cada uno sacando dinero en efectivo. James arrojó un puñado de billetes sobre la mesa. Guardé mi cartera en mi bolsillo y me levanté.

Ben empujó su silla hacia atrás, se despidió de James sin estrechar su mano, y se dirigió a la parte delantera del restaurante.

James no se levantó. —Lamento que no seas lo suficientemente mayor como para beber con los adultos —dijo, balanceándose en su silla.

—Lamento que no puedas tocar a mi caliente novia. Y realmente no gusta el vino de todas formas.

Me reí de su expresión y me uní a Bella, Angela y Ben en la puerta delantera.

—¿Qué le dijiste? —preguntó Bella.

—Le dije que fue agradable conocerlo.

—Lo siento por esta noche —dijo Bella, cuando entramos al taxi.

—No fue tu culpa. —Puse mi brazo alrededor de ella.

No poder beber en un restaurante no me molestó, pero la manera en que James miraba Bella lo hizo. Sabía que no estaba interesada en él, pero me preocupaba el próximo tipo. Aquel que no era un imbécil borracho. Que tenía un título universitario, le gustaba el vino y no le importaba usar una corbata. Me preocupa que algún día, quizás pronto, le importara a ella que yo no estuviera interesado en alguna de esas cosas.

Y cuando pensé en ella con otro chico, no pude soportarlo.

La besé tan pronto como estuvimos dentro de su apartamento, y no fui suave, sosteniendo firmemente su rostro en mis manos y presionando mis labios fuertemente contra los de ella. Ella no era nadie para tener dueño, lo sabía, pero justo en ese momento era mía.

Cuando llegamos a la habitación, saqué el vestido por encima de su cabeza. Su sostén fue el siguiente en irse y luego bajé su ropa interior hasta que cayeron al piso. Desanudé mi corbata y me quité el resto de mi ropa. Recostándola sobre la cama, coloqué mi cabeza en el lugar que James había mirado fijamente durante toda la noche, chupando y dejando una huella que llevaría días desvanecerse. La toqué y la besé hasta que estaba lista y, una vez que estuve dentro de ella, lo hice lento, como le gustaba. Cuando se vino, dijo mi nombre y pensé: yo soy el que le hace eso. Yo soy el que la hace sentirse de esa manera.

Después, fui a la cocina y agarré una cerveza de la nevera. La llevé de regreso al dormitorio y encendí el televisor, manteniendo el volumen bajo. Bella dormía con las sabanas enredadas alrededor de su cintura. Levanté la cobija y la coloqué suavemente alrededor de sus hombros con una mano y abrí mi cerveza con la otra.


Bella

En abril, las lluvias de primavera estancaron a Chicago por dos días, manteniéndonos dentro.

Edward cambiaba sin rumbo los canales. Me acosté en el sofá con los pies en su regazo, leyendo un libro.

—¿Quieres ir al cine? —preguntó, apagando la televisión.

—Claro —le dije. —¿Qué quieres ver?

—No sé. Vamos a caminar hasta el cine y escogemos una.

Me coloqué una chaqueta y salimos del apartamento, caminando a través de la lluvia, mientras que Edward extendía una sombrilla encima de nuestras cabezas. Me tomó la mano. Apreté su mano sonriendo y entonces me devolvió el apretón.

Edward quería ver Batman Begins. Estábamos parados en la fila para comprar palomitas de maíz cuando alguien tocó su hombro.

Nos dimos la vuelta. Era un chico con una gorra de beisbol junto a una chica pequeña que llevaba una sudadera con capucha de color rosa, su cabello recogido en una coleta.

Edward sonrió. —Oye, Coop. ¿Qué pasa?

—Tratando de encontrar algo que hacer hasta que pare de llover.

—Dímelo a mí. Ésta es Bella. —dijo Edward pasando un brazo sobre mis hombros.

—Hola —dijo Coop. —Ésta es mi novia, Brooke.

—Encantada de conocerlos a ambos —dije.

—Sigo olvidandome que estás en la ciudad —dijo Edward .

—Voy a estar atrapado en la universidad si no recibo mis calificaciones.

—Vamos a pasar el rato en algún momento —dijo Edward.

—Mis padres se van de la ciudad el próximo mes. Haré una fiesta. Están invitados. —Coop me sonrió y me di cuenta que la invitación era verdadera.

—Sí, eso sería genial —dijo Edward.

Eché un vistazo a Brooke, mientras que Edward y Coop hablaban. Me miraba con la boca abierta. Para ella, era probable que pareciera una anciana.

Su cara sin arrugas y la piel color rosa se veía radiante. Ella no tenía ni idea de la forma en que me veía cuando tenía veinte años, cuan hermosa era la piel joven. A pesar de que a menudo había usado la gorra de beisbol de Edward y mis lentes de sol en la isla, hubo momentos en los que no lo hice. Pensé en los años que el sol me había arrebatado, esperaba despertar una mañana y descubrir que mi rostro se había transformado en cuero mientras dormía. Pasé más tiempo del que me sentía cómoda admitir tratando de revertir el daño en la piel que el sol de la isla me había infligido, el mostrador de mi baño repleto de lociones y cremas que el dermatólogo había recomendado. Mi piel ahora tenía una apariencia mucho más saludable, pero no había comparación entre los veinte y los treinta y tres. Edward pensaba que era hermosa, me lo dijo. Pero ¿qué hay de cinco años a partir de ahora? ¿Diez?

Entramos en el cine y encontramos asientos. Edward colocó las palomitas de maíz entre sus piernas y apoyó su mano en mi muslo. No podía concentrarme en la película. Imágenes de Edward y yo bebiendo cerveza de barril en vasos de plástico en la sala de Coop mientras todo el mundo me miraba boquiabierto llenaban mis pensamientos.

Edward había hecho un gran trabajo adaptándose con mis amigos. Había soportado el comportamiento desagradable de James, además de que no tenía ningún deseo de beber en primer lugar. Usar una corbata no era lo suyo, pero lo hizo de todos modos. Había llevado una conversación con Ben y Angela e hizo que se viera sin esfuerzo.

Es más fácil cuando se es menor, si quieres, usas ropa bonita e imitas el comportamiento de las personas mayores. Si tratara de encajar con los veinteañeros amigos de Edward vistiéndome y actuando como ellos me vería ridícula.

La lluvia había terminado para el momento en el que nos marchamos del cine.

Seguimos a la multitud y empezamos a caminar. Me detuve en la acera.

—¿Qué pasa? —preguntó Edward.

—No siempre se verá como esto.

—¿Qué quieres decir?

—Soy trece años mayor que tú, y me estoy haciendo mayor cada día. No siempre se verá como esto.

Edward puso sus brazos alrededor de mi cintura y me atrajo.

—Ya lo sé, Bella. Pero si piensas que a mí me importa sólo como te ves, entonces no me conoces como pensé que lo hacías.

Caminaba sola por el pasillo de Trader Joe, llevaba una útil cesta llena de lo que sea que llamara mi atención, que hasta ahora eran dos botellas de cabernet, un poco de pasta orgánica, un frasco de salsa marinara y un poco de lechuga romana, zanahorias y pimientos para una ensalada. Edward estaba cortando su cabello. Usualmente comprábamos la comida juntos, en parte porque él insistía en pagar por ello y en parte porque todavía nos asustaban las tiendas de comestibles. La primera vez que fuimos al supermercado, después de mudarme a mi apartamento, me quedé paralizada en medio de la tienda mirando la comida.

Me fui por otro pasillo y tomé unas cervezas para Edward y luego encontré los ingredientes para hacerle un pastel de chocolate. Estaba tratando de decidir qué tipo de pan comprar para la cena, cuando sentí un tirón en mis pantalones.

Una niña de unos cuatro años se quedó allí, con enormes lágrimas que silenciosamente corrían por su rostro.

—¿Eres una mamá? —preguntó.

Me agaché hasta quedar a la altura de sus ojos. —Bueno, no. ¿Dónde está tu mamá?

Se aferraba a una manta harapienta, de color rosa. —No lo sé. No puedo encontrarla, y mi mamá me dijo que si alguna vez me pierdo debo tratar de encontrar a otra mamá y ella me ayudaría.

—No te preocupes. Te puedo ayudar. ¿Cuál es tu nombre?

—Claire.

—Está bien, Claire. —Le dije. —Vamos a pedirle a alguien que haga un anuncio por el altavoz para que tu mamá sepa que estás a salvo. —Me miró con lágrimas nadando en sus grandes ojos marrones y deslizó su manita en la mía.

Caminábamos hacia el frente de la tienda cuando una mujer vino corriendo por la esquina gritando el nombre de Claire. Llevaba una cesta en sus manos. Un bebé dormía en sus brazos.

—¡Claire! Oh, Dios mío, ya estás aquí. —La mujer corrió hacia nosotras, dejó caer la cesta, y recogió a Claire en sus brazos con torpeza, tratando de no empujar al bebé. El miedo en su rostro se disolvió mientras apretaba Claire en un abrazo.

—Gracias por encontrarla —dijo. —Solté su mano por un minuto para tomar algo y cuando miré hacia abajo, se había ido. Estoy tan cansada, debido al bebé y no me muevo muy rápido en estos momentos.

Probablemente estaba cerca de mi edad, más o menos un año, y se veía cansada, con los círculos bajo sus débiles ojos. Recogió su cesta.

—¿Estás lista para pagar? ¿Puedo llevar esto por ti?

—Gracias. Real… realmente lo aprecio. Necesito más de dos manos en este momento. Ya sabes como es.

Realmente no lo sabía.

Caminamos a la caja y descargamos nuestras cestas.

—¿Vives por aquí? —preguntó.

—Sí —dije.

—¿Niños?

—No. Todavía no.

—Muchas gracias por su ayuda.

—No hay de qué. —Me incliné hacia abajo—. Adiós, Claire.

—Adiós.

Cuando llegué a casa, lejos del supermercado, me senté en el sofá y comencé a llorar.


Edward

Bella se encontraba en el mostrador de la cocina haciéndome un pastel de chocolate. La besé y le di las rosas rosadas que había comprado en el camino de regreso de mi corte de pelo.

—Son muy hermosas. Gracias —dijo, sonriendo hacia mí. Agarró un vaso de debajo del fregadero y lo llenó de agua. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo, y puse mis brazos alrededor de ella por detrás y la besé en la parte de atrás de su cuello.

—¿Necesitas ayuda? —pregunté.

—No, está casi listo.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien.

No estaba bien, y yo sabía que había estado llorando en el momento en que entré por la puerta porque tenía los ojos hinchados y rojos. Pero no sabría como solucionarlo si ella no me decía que le molestaba, y parte de mí se preguntaba si era mejor no saber en caso de que tuviera algo que ver conmigo.

Se dio la vuelta y sonrió un poco demasiado brillante.

—¿Quieres ir al parque tan pronto como acabe con esto? —preguntó.

Un mechón de pelo se le había escapado de su cola de caballo y lo escondí detrás de su oreja. —Por supuesto. Voy a tomar una manta para que podamos sentarnos. Apuesto a que hace cerca de setenta grados. —Le di un beso en la frente—. Me gusta estar al aire libre contigo.

—Me gusta estar al aire libre contigo, también.

Cuando llegamos al parque extendimos la manta y nos sentamos. Bella se quitó los zapatos.

—Alguien tiene un cumpleaños pronto —dije—. ¿Qué quieres hacer para celebrarlo?

—No lo sé. Tendré que pensar en ello.

—Sé lo que voy a conseguir, pero no lo he encontrado todavía. He estado buscando por un tiempo.

—Me intriga.

—Es algo que una vez tú dijiste que querías.

—¿Además de libros y música?

—Sí. —Ya le había comprado un iPod y descargué todas sus canciones favoritas, porque a ella le gustaba escuchar música cuando iba a correr. Un par de veces a la semana se fue a la biblioteca y regresó con pilas de libros. Ella los leyó más rápido que nadie.

—Todavía tienes un par de semanas. Lo encontrarás. —Sonrió y me besó, y parecía tan feliz que pensé que tal vez todo se encontraba bien, después de todo.


Bella

Envié centenares de currículos. Encontrar una posición tan tarde en el año sería casi imposible, pero todavía tenía esperanzas de encontrar algo para el otoño, aunque sólo fuera maestra sustituta.

Alice me dio la mitad del dinero que recibió de la herencia de nuestros padres y todavía guardaba un poco de lo que me habían pagado en Cullen.

El establecimiento de línea aérea añadiría al equilibrio. Tal vez no tenía que trabajar, pero quería hacerlo. Echaba de menos ganar mi propio dinero, pero sobre todo, enseñar.

Alice y yo nos reunimos para comer una semana antes de mi cumpleaños. Los brotes sobre los árboles se habían convertido en hojas verdes y los jardines que recubren las aceras sostenían flores de primavera. Hasta el momento, mayo había sido inusualmente cálido. Nos sentamos en el patio del restaurante y pedimos té helado.

—¿Qué es lo qué harás para tu cumpleaños? —preguntó Alice, abriendo el menú.

—No lo sé, Edward me preguntó lo mismo. Estoy feliz estando aquí. —Le conté a ella cómo Edward y yo habíamos celebrado mi cumpleaños en la isla. Como había pretendido darme libros y música—. Esta vez, me dará algo que mencioné que quería. No tengo ni idea de lo que podría ser.

La camarera rellenó nuestro té helado y tomó nuestra orden.

—¿Cómo va la búsqueda de empleo? —preguntó Alice.

—No va bien. O en realidad no hay posibilidades, o simplemente no quieren contratarme.

—No dejes que eso te desanime, Bella.

—Ojala fuera así de fácil. —Tomé un sorbo de mi té helado—. Ya sabes, cuando fui a ese avión hace casi cuatro años, tenía una relación que no iba a ninguna parte y una oportunidad aún más fina de iniciar una familia propia, pero al menos tenía un trabajo que me encantaba.

—Alguien va a contratarte con el tiempo.

—Quizás.

Alice me miró a través de la mesa. —¿Es eso todo lo que te molesta?

—No. —Le conté lo que pasó en Trader Joe—. Todavía quiero las mismas cosas, Alice.

—¿Qué es lo que Edward quiere?

—No estoy segura de que lo sepa. Cuando salimos de Chicago, sólo quería pasar el rato con sus amigos y volver a la vida que tenía antes del cáncer. Sus amigos se han movido sin él, sin embargo, y no creo que haya descubierto que hacer a continuación —le dije a Alice sobre el fondo de confianza de Edward y ella levantó una ceja.

—En su defensa, no está echado a perder por ello. Pero no está motivado, tampoco.

—Puedo ver tu punto —dijo.

—Estoy esperando una vez más, Alice. Diferentes razones, chico diferente, pero cuatro años más tarde todavía estoy esperando.


Edward

El perro delimitó el apartamento de Bella y estuvo a punto de derribarla. Ella se agachó y le lamió la cara. Dejé caer la correa sobre la mesita y dije—: Feliz cumpleaños. No hubiese podido conseguir esa cosa en una caja si lo intentaba.

Se levantó y me besó. —Olvidé que te había dicho que quería un perro.

—Golden retriever. Adulto. De un refugio. He estado buscando por todas partes. Me dijeron que alguien lo encontró vagando por un lado de la carretera, sin collar o etiquetas. Piel y huesos. —Cuando Bella escuchó eso, cayó de rodillas y abrazó al perro, acariciando su piel suave. La lamió de nuevo, golpeando la cola y corriendo alrededor en círculos.

—Parece sano ahora —dijo.

—No le vas a llamar Perro, ¿verdad? —bromeé.

—No. Eso sería una tontería. Lo llamaré Bo. He tenido el nombre elegido por un largo tiempo.

—Entonces es algo bueno, es un chico.

—Es el regalo perfecto, Edward Gracias.

—De nada. Me alegro de que te guste.

Bella aún no había encontrado un puesto como profesora a mediados de junio. Tuvo una entrevista que había ido bien, en una escuela secundaria en los suburbios. Jadeó cuando no consiguió el trabajo, pero tuvo problemas para conciliar el sueño esa noche, y la encontré en la sala leyendo un libro con la cabeza de Bo en su regazo a las tres de la mañana.

—Vuelve a la cama.

—Estaré allí en un minuto —dijo. Pero cuando desperté a la mañana siguiente, su lado de la cama estaba vacío.

Llenó sus días haciendo de niñera de Joe y Chloe, leyendo y yendo a largas carreras.

Pasamos horas fuera, ya sea en su pequeña terraza o en el parque para perros con Bo. Vimos el juego de los Cubs jugando en el Wrigley Field, y nos fuimos a conciertos en el parque.

Sin embargo, lucía inquieta, no importaba cuan ocupados nos mantuviéramos. Se quedaba mirando hacía el espacio a veces, perdida en sus pensamientos, pero nunca tuve las pelotas para preguntarle lo que estaba pensando.


Bella

Mira lo que ha llegado por correo —dije cuando entré por la puerta, dejando mis llaves sobre la mesa.

Edward estaba sentado en el sofá viendo la televisón. Bo dormía a su lado.

—¿Qué es?

—Es el formulario de inscripción para la clase de preparación para el GED. Les llamé el otro día y les pedí que mandasen información. Pensé que podrías apuntarte y podría ayudarte a estudiar.

—Puedo empezar en otoño.

—Sin embargo, tienen clases de verano y si empiezas ahora, puedes terminar para finales de agosto y tal vez matricularte en una universidad en septiembre. Si me las arreglo para encontrar un trabajo de profesora, los dos podemos estar en clase todo el día.

Edward apagó la televisión. Me senté junto a él, rascando a Bo detrás de las orejas. Ninguno de los dos dijo nada durante un minuto.

—Por lo menos uno de nosotros debería ser capaz de seguir adelante con su vida —dije.

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó.

—No puedo encontrar un trabajo. Tú puedes ir a clase.

—No quiero estar encerrado en el interior todo el día.

—Estás en el interior en este momento.

—Solo estaba esperando a que llegases para que pudiésemos sacar a Bo a dar un paseo. ¿Qué es lo que realmente tratas de decir, Bella?

Mi corazón empezó a palpitar. —No podemos seguir tratando de recrear la isla en este apartamento.

—Este apartamento no se parece en nada a la isla. Tenemos todo lo que necesitamos.

—No, tú tienes todo lo que necesitas. Yo no.

—Te quiero, Bella. Quiero pasar el resto de mi vida contigo. —Sus palabras llevaban un significado implícito. Me casaré contigo. Tendremos una familia juntos.

Sacudí la cabeza. —No puedes saber eso, Edward.

—Por supuesto que no —dijo sarcásticamente—. ¿Cómo podría saber lo que quiero? Sólo tengo veinte años.

—Nunca te he hablado de forma paternalista por tu edad.

Alzó sus manos. —Acabas de hacerlo.

—Hay cosas que necesitas terminar. Y un montón de cosas que no has tenido oportunidad de empezar. No puedo quitarte eso.

—¿Qué si no quiero esas cosas, Bella? ¿Qué si te prefiero a tí en su lugar?

—¿Por cuánto tiempo, Edward?

La comprensión llenó su rostro. —¿Tienes miedo de que no me quedaré?

—Sí —susurré—. Eso es exactamente lo que me da miedo. —¿Qué pasa si Edward se cansa de jugar a las casitas, y decide que esta solución no es lo que realmente quería?

—¿Después de todo lo que hemos pasado juntos no confías en mí lo suficiente como para creer que seguiré contigo? —El dolor en sus ojos se volvió ira—. Es mierda, Bella. —Caminó hacia la ventana y miró fuera. Volviendo a donde estaba dijo—: ¿Por qué no sólo dices lo que realmente quieres decir? Que quieres buscar a alguien de tu edad.

—¿Qué? —No tenía ni idea de donde se había sacado eso.

—Preferirías a alguien mayor. Alguien a quien no tratar como un niño.

—Eso no es verdad, Edward.

—Siempre habrá algún imbécil que cree que puede ligar contigo delante de mí. No me tomarán en serio. Para ellos, eres alguien matando el tiempo. ¿Alguna vez pensaste en que podría preocuparme de que me abandonaras?

Un silencio cargado de emociones llenó el apartamento. Los minutos parecían horas mientras ambos esperábamos que el otro dijese que nuestros temores no estaban justificados, pero ninguno de nosotros lo hizo.

Pensé que dolería menos si me arrancase la curita rápidamente.

—Necesitas estar por tu cuenta, Edward, y saber como es eso antes de que puedas estar seguro de que quieres estar con alguien.

La expresión de su rostro era de pura angustia. Cruzó la habitación y dudó, estando solo a unos pasos de mí, mirándome a los ojos.

Entonces me dio la espalda y salió por la puerta, cerrándola detrás de él.

No pude dormir esa noche. Me senté en el sofá en la oscuridad, llorando sobre la piel de Bo. A la mañana siguiente salí del apartamento temprano, por haberle prometido a Alice que cuidaría a los niños mientras ella y Jasper iban al Brunch de los domingos. Cuando volví descubrí que Edward había arrancado la curita por su cuenta, porque sus cosas habían desaparecido y su llave de mi apartamento estaba en la mesa de la cocina.

Me dolió como el infierno.


hola a todas gracias por estar pendiente de la adaptacion bueno que les parecio hoy bueno nos vemos el lunes con un capitulo nuevo , una noticia importante la adaptacion le quedan 2 capitulos mas el epilogo para terminar pero como les habia comentado tiene una segunda parte que seguira despues de terminar que se subira junto a esta adaptacion claro que saldran bella y edward pero la historia es sobre otros personajes y por fin se resolvera la duda sobre la otra persona que se encontrbaba en la isla a quien edward llamo "Bones" es sobre la historia de el.