*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo 18
Edward
Emmet y yo alquilamos un apartamento de dos habitaciones para el verano, en el tercer piso de un edificio antiguo a cuatro cuadras de Wrigley Field. Sus padres se mudaron a Florida después de que le dijeron que estaban cansados de la nieve y el frío. A Emmet no le importaba, ya que él y su hermano mayor se fueron a estudiar fuera del estado, pero necesitaban un lugar donde vivir hasta que las clases comenzaran de nuevo en otoño.
—¿Quieres conseguir un lugar conmigo, Cullen? —me preguntó—. Podemos hacer una fiesta como nadie.
—Porque no —contesté. Si Bella estaba decidida a que no perdiera nada, compartir un apartamento con mi mejor amigo era probablemente un paso en la dirección correcta.
Emmet estaba especializándose en finanzas y contabilidad, y de alguna forma en el mundo estaba haciendo pasantías en un banco del centro. Usaba una corbata todos los días.
Hablé a mi manera para trabajar en una construcción y estaba en los suburbios cada mañana a las siete de la mañana, enmarcando casas. Atrapé un paseo con un chico en el equipo, y me enseñó todo lo que necesitaba saber y me salvó de parecer un idiota completo. No era tan diferente de la construcción de la casa en la isla, excepto que utilizaba una pistola de clavos y había mucha más madera por ahí.
La mayoría de los chicos no eran muy habladores, y no tenía que mantener una conversación con alguien si no me apetecía. A veces, el único ruido era el sonido de nuestros instrumentos y la música de rock clásico que venía del equipo de sonido. Yo nunca llevaba una camisa y muy pronto era casi tan moreno como lo había estado en la isla.
Por la noche, Emmet y yo bebíamos cerveza. Extrañaba a Bella y pensaba en ella constantemente. Sin ella a mi lado, me dormía como una mierda. Emmet sabía que no debía decir nada acerca de ella, pero parecía preocupado por mí.
Demonios, yo estaba preocupado por mí.
Bella
La temperatura alcanzó los 29,44°C por las dos de la tarde. El calor salía de mí en tanto el sudor que corría por mi rostro caía a mis pies y golpeaba el pavimento.
No me molestó. Podía manejar el calor.
A lo largo de finales de Junio y Julio corrí 9,7 km, luego 12,8 km y 16,09 km cada día, a veces más.
No lloraba cuando corría. No pensaba, y no perdía un segundo suponiendo nada. Respirando profundamente dentro y fuera, ponía un pie delante del otro.
Carslie Cullen llamó a principios de Agosto. Cuando el nombre apareció en el identificador mi corazón dio un salto, cayendo un segundo más tarde después de que respondí y me di cuenta de que no era Edward.
—Los asuntos del hidroavión se resolvieron está mañana. Edward ya ha firmado los documentos. Una vez que firmes, está hecho.
—Está bien. —Agarré un bolígrafo y garabateé la dirección que me dio.
—¿Cómo estás, Bella?
—Estoy bien, ¿Cómo está Edward?
—Se está manteniendo ocupado.
No pregunté qué significaba eso. —Gracias por dejarme saber sobre el abogado. Me aseguraré de firmar los papeles. —Se hizo el silencio en el otro extremo de la línea por un segundo y luego dije—: Por favor, saluda a Esme y a las chicas por mí.
—Lo haré. Cuídate, Bella.
Esa noche, me acurruqué en el sofá con Bo para leer un libro. A las dos páginas, alguien llamó a la puerta.
La esperanza se apoderó de mí, mi estomago se llenó de mariposas. Me había preguntado todo el día, después de hablar con su padre, si Edward vendría. Bo se volvió loco, ladrando y corriendo en círculos, como si supiese que era él. Corrí a la puerta y la abrí, pero Edward no se encontraba allí.
Era Riley.
Tenía una expresión reservada. Su cabello rubio era más corto de lo que solía ser, y tenía unas pocas líneas alrededor de sus ojos, pero por lo demás parecía el mismo. Llevaba una caja en sus manos. Bo empujó sus piernas, olfateando y dando vueltas.
—Alice me dio tu dirección. Encontré algunas de tus cosas y pensé que podría devolvértelas. —Miró por encima de mi hombro, tratando de ver si me encontraba sola.
—Adelante. —Cerré la puerta cuando cruzó el umbral—. Lo siento, nunca llamé. Fue grosero de mi parte.
—Está bien. No te preocupes.
Riley dejó la caja sobre la mesa de café.
—¿Quieres algo de beber?
—Claro.
Fui a la cocina, abrí una botella de vino, y nos serví a cada uno una copa. Mi elección de bebida reflejaba mi repentina necesidad de alcohol más que cualquier deseo de hospitalidad.
—Gracias —dijo, cuando le entregué una copa.
—De nada. Siéntate.
Estornudó dos veces. —Tienes un perro. Siempre quisiste uno.
—Su nombre es Bo.
Se sentó en la silla frente al sillón. Puse mi copa sobre la mesa de café frente a mí y comencé a sacar objetos fuera de la caja.
Era como ver mi ropa colgada en el armario de repuesto de Alice. Posesiones de las que casi había olvidado, pero las reconocí inmediatamente tan pronto como las volví a ver.
Removí la banda de goma de una pila de imágenes. La de arriba mostraba a Riley y a mí de pie delante de la rueda de ferris en Navy Pier, abrazados, él besando mi mejilla. Me incliné sobre la mesa y le entregué la imagen. —Mira lo joven que era.
—Veinte y dos —dijo.
Había fotos de vacaciones y fotos de grupo con nuestros amigos. Una foto de mi mamá y Riley de pie delante del árbol de navidad. Una de él sosteniendo a Chloe en el hospital, pocas horas después de que Alice dio a luz.
Viendo las fotos recordé la historia que tenía con Riley, y que mucho de la historia fue buena. Habíamos empezado con tantas promesas pero nuestra relación se estancó, aplastada bajo el peso de dos personas que querían cosas diferentes. Chasqueé la cinta de goma otra vez en las fotos y las puse sobre la mesa.
Saqué un par de zapatos deportivos. —Estos tienen algunas millas en ellos. —La siguiente cosa, el CD Hootie & the Blowfish, me hizo sonreír.
—Lo ponías constantemente —dijo Riley.
—No te burles de Hootie.
Había un par de libros de bolsillo. Un cepillo para el pelo y un pincho para agarrarme el pelo. Una botella medio bacía de Calvin Clain CK One, mi olor asignado para la mayor parte de los años noventa.
Mis dedos rozaron algo cerca del fondo. Un camisón. Miré el tejido negro y puro y tuve un vago recuerdo de Riley quitándomelo en la mitad de la noche, poco antes de salir de Chicago.
—Lo encontré cuando cambié las sábanas. Nunca lo lavé —dijo en voz baja.
Al llegar a la última parte, me encontré con una caja de terciopelo azul. Me quedé helada.
—Ábrela —dijo Riley.
Levanté la tapa. El anillo de diamantes brillaba en el satén.
Sin palabras, tomé una respiración profunda.
—Después de que dejaste en el aeropuerto, fui a una joyería. Sabía que si no nos casábamos te perdería, y no quería perderte, Bella. Cuando Alice me llamó para contarme que el avión había caído, sostuve el anillo en mi mano y rogué para que te encontraran. Luego me llamó y me dijo de tu supuesta muerte. La noticia me devastó. Pero estás viva, Bella y aún te amo. Siempre lo hice y siempre lo haré.
Cerré la caja y se la arrojé a la cabeza de Riley. Con reflejos sorprendentemente rápidos, esquivó mi tiro y la caja rebotó en sus antebrazos cruzados y se deslizó por la dura madera.
—¡Te amaba! ¡Esperé ocho años por ti y tú me encarcelaste todo el tiempo hasta que mi única opción fue romper mi propio corazón!
Riley se levantó de su silla. —Jesús, Bella. Pensé que el anillo era lo que querías.
—Nunca ha sido por el anillo.
Cruzó la habitación y se detuvo en la puerta.
—¿Entonces, es por el chico?
Hice una mueca ante la mención de Edward Poniéndome de pie, me dirigí otra vez, levanté el anillo, y se lo entregué. —No. Es porque nunca me casaría con un hombre que sólo me propuso matrimonio porque sentía que tenía que hacerlo.
A la mañana siguiente fui a la oficina del abogado, firmé los papeles que prometían que no demandaría a Hidroavión charter, y recogí el cheque. Lo deposité en el banco de camino a casa. Alice llamó a mi teléfono una hora después.
—¿Firmaste los papeles? —preguntó.
—Sí. Es demasiado dinero, Alice.
—Si me lo preguntas, 1,5 millones no son ni de cerca lo suficiente.
Edward
Arrastré mi trasero por las escaleras a las 9:30 la noche del sábado y tan pronto como atravesé la puerta, noté que la fiesta había empezado sin mí. Había por lo menos quince personas bebiendo cerveza y tomando cortos de tequila en nuestra cocina y sala de estar.
Los chicos del equipo y yo estábamos tratando de terminar la elaboración de un trabajo urgente en Schaumburg y habíamos estado usando catorce horas diarias, seis días a la semana, durante el último mes, trabajando hasta el anochecer. Quería que todos en nuestro apartamento desaparecieran.
Emmet salió de su dormitorio, una chica arrastraba sus pies detrás de él.
—Hola, hombre, toma una ducha y vuelve aquí.
—Tal vez. Estoy cansado.
—No seas marica. Iremos pronto al bar. Fiesta hasta entonces, y si todavía estás cansado, puedes tirarte cuando se vayan.
—Está bien.
Tomé una ducha y me puse un par de jeans y una camiseta, dejando mis pies descalzos. Serpenteando a través de las personas festejando en mi cocina, dije "hola" a los que conocía y me preguntaba de dónde demonios venía el resto. Tomé una Coca y una caja de pizza del refrigerador y me apoyé en el mostrador comiendo la fría rebanada.
—Hola, Edward —dijo una chica, llegando a apoyarse en el mostrador junto a mí.
—Hola. —Me parecía familiar, pero no podía recordar su nombre.
—Tanya —dijo.
—Cierto. Ahora me acuerdo. —Era la chica que se sentó junto a mí en el sofá, en la fiesta de Coop cuando regresé de la isla. La de cabello rubio largo y demasiado maquillaje. Seguí comiendo mi pizza.
Se alzó alrededor de mí hacia el refrigerador y lo abrió. Cuando se inclinó para tomar una cerveza, sus senos casi se caen de su camiseta sin mangas.
—¿Quieres una? —dijo, sosteniendo una lata.
Vacié lo último de mi Coca. —Claro.
Agarró otra cerveza y me la entregó. Cuando terminé de comer, la abrí, tomé un trago largo, y volví a colocarla en el mostrador.
Emmet se acercó y me entregó un porro. Lo tomé e inhalé, sosteniendo el humo profundamente en mis pulmones. Después de exhalar, le pregunté a Tanya—: ¿Quieres un toque?
Asintió con la cabeza, dio una larga calada, y me lo entregó de nuevo. Terminamos con él, por turnos de ida y vuelta. Tal vez si me drogaba lo suficiente, podría ser que me durmiera toda la noche en vez de despertarme a cada hora.
Tanya me dio otra cerveza. Cuando entré en la sala de estar para sentarme en el sofá, me siguió. Nunca se fue de mi lado después de eso.
Bebimos cerveza y fumamos hasta que no pude ver bien. La gente se iba hacia el bar con Emmet y luego solo fuimos Tanya y yo. Estaba a punto de decirle que se fuera con los demás porque quería ir a recostarme, pero antes de que pudiera decir algo, se puso de pie, balanceándose, y tiró de mí hacia mi dormitorio. Cuando puso su mano entre mis piernas, dejé de pensar con mi cerebro y dejé que otra parte de mi cuerpo se hiciera cargo.
El martilleo de mi cabeza me despertó a la mañana siguiente. Tanya estaba a mi lado, desnuda, con el maquillaje por toda su cara. Aparté las mantas y me dirigí a la puerta, agarrando algunas ropas en mi camino. Había algo pegado a la parte inferior de mi pie, me agaché y retiré la envoltura del condón que había pisado.
Gracias a Dios.
Lo tiré a la basura cuando llegué al cuarto de baño. El agua caliente llenó la habitación con vapor y me di una ducha, lavando todos los rastros de Tanya. Me vestí, lavé los dientes, después fui a la cocina y bebí tres vasos de agua helada.
Estaba viendo la televisión cuando ella entró en la sala de estar media hora más tarde. Encontró su bolso y su chaqueta, me reuní con ella en la puerta. —Toma un taxi —le dije, empujando un arrugado billete de diez en su mano.
—Llámame —me dijo—. Emmet tiene mi número.
—Lo siento. No lo voy a hacer.
Asintió con la cabeza y evitó mi mirada
—Bueno, al menos eres honesto.
Emmet se tambaleó fuera de su habitación al mediodía.
—Santas jodidas bolas Cullen. Mi resaca es épica. —Se rascó y se dejó caer en el sofá junto a mí—. Hay una chica en mi cama, pero no es la que traje a casa la noche pasada. La chica que traje a casa era mucho más caliente que esa.
—Creo que es la misma chica, Emmet.
—Sí, probablemente. ¿Cómo te fue con… cuál es su nombre? ¿Anotaste?
—Sí.
—Cullen está de vuelta en el juego —dijo, levantando la mano para chocar los cinco conmigo.
—No quiero estar en el juego
Emmet bajó la mano con una expresión de desconcierto en su rostro.
—Qué, ¿no era buena? Pensé que tenía un cuerpo caliente.
—Sí, y cualquier tipo de anoche podría haberla tenido si quería.
—Bueno, no sé qué decirte, hombre. Sé que estás triste porque las cosas con Bella no funcionaron, pero no sé lo que estás buscando.
Yo sí.
Comencé a trabajar en mi GED en julio. Después de pasar todo el día en la construcción, me iba a casa, tomaba una ducha rápida, y me unía a todos los otros desertores en un centro comunitario localizado en el centro de la ciudad por dos horas cada noche. A finales de agosto, había ganado mi GED y me matriculé en una universidad pública para el semestre de otoño, renunciando a mi trabajo en la construcción cuando comenzaron las clases. No tenía ni idea de lo que quería estudiar, y no podía ver perder los próximos dos años dentro de un aula, pero no sabía qué más hacer.
Emmet se mudó de nuevo a Iowa y yo a casa, lo que hizo felices a mis padres, especialmente a mi madre. Estaba tan acostumbrado a trabajar todo el día y luego ir a la clase de GED en la noche, que me sentía inquieto por la tarde. La mayoría de mis amigos fueron a una universidad fuera del estado o lo suficientemente lejos de la ciudad haciendo que pasar al rato durante la semana fuera difícil.
Llegué a casa un día de octubre. La baja temperatura y el cambio de las hojas me recordaron a Bella, y lo mucho que le gustaba el otoño. Me pregunté si encontró un trabajo de profesora. Me pregunté si encontró a alguien más.
—Hola, mamá —le dije, tirando mi mochila sobre el mostrador.
—¿Cómo estuvo la escuela? —preguntó.
—Bien.
Odiaba ser el estudiante más viejo de primer año en todas las clases y la mayoría del tiempo me moría de aburrimiento.
—Hay algo que quiero hacer —dije, tomando una Coca del refrigerador—. ¿Me ayudarás?
Sonrió y dijo—: Claro, Edward.
Había estado demasiado enfermo como para tomar clases de manejo cuando tenía dieciséis años así que durante el siguiente mes, tan pronto como llegaba a casa de la clase, mi mamá me enseñó a conducir. Tenía un Volvo utilitario, nos fuimos a los suburbios y encontramos un montón de aparcamientos vacíos y calles tranquilas. Conducimos juntos durante horas. Parecía muy feliz de pasar tiempo conmigo, y me sentí como un idiota por no haberme pasado por aquí más seguido.
Un día, cuando estaba conduciendo, dije—: ¿Sabías que Bella rompería conmigo?
Mi madre dudó un segundo.
—Sí.
—¿Cómo? —¿Y por qué yo no?
Apagó el radio.
—Porque te tuve cuando tenía veinticinco años, Edward, y te quería demasiado. Luego tomó cinco años más antes de quedar embarazada de Kate. Me sentí ansiosa, luego preocupada, y después, casi frenética, cuando no sucedió de inmediato. Entonces, dos años después de Kate, Jane llegó y finalmente me sentí como si mi familia estaba completa. Es probable que Bella esté lista para tener una familia propia, Edward.
—Se la habría dado.
—Ella podría haber sentido que sería imprudente aceptar.
Mis ojos se mantuvieron en el coche de delantero. —Le dije que quería pasar el resto de mi vida con ella. Me dijo que yo tenía cosas por terminar. Cosas que todavía necesito experimentar.
—Estaba en lo cierto. Dice mucho acerca de ella que no quisiera quitarte cosas.
—Es mi decisión, mamá.
—Pero no eres el único afectado por ella.
Llegué a una repentina revelación y paré en seco, apretando los dientes con tanta fuerza que dolía.
—¿Es por eso que eras tan buena? —Mi cara ardía—. ¿Vamos todos a ser agradables con la novia de Edward mientras esperamos a que lo bote? —Golpeé el volante con mis puños.
Mi madre se sobresaltó y puso su mano sobre mi brazo.
—No. Me gusta Bella. Me gusta aún más ahora que he llegado a conocerla. Es una chica agradable Edward, pero traté de decirte que estaba en una etapa diferente de su vida y tú no quisiste escuchar.
Miré por la ventana hasta que me calmé, me aparté de la acera.
—Todavía la amo.
—Lo sé.
Conseguí mi licencia de conducir y compré un Chevy Tahoe negro.
Después de que terminaran las clases del día, fui conduciendo, por primera vez en los suburbios y luego fuera del país, escuchando la estación de rock clásico.
Pasé una propiedad con un cartel de "En Venta" clavado en el suelo al final del camino y me acerqué conduciendo a una casa pequeña, de color azul claro y me estacioné.
Nadie respondió a mi llamada, así que caminé hasta el patio trasero. Había tierra hasta donde podía ver. Agarré una hoja de datos desde el tubo de plástico, conectado a la señal de "En Venta". Indicaba el número de teléfono de un agente de bienes raíces. Lo doble, metí en mi bolsillo y me alejé en el auto.
Bella
Bo y yo caminamos por las calles durante horas. Su correa llegó a desengancharse un día cálido de septiembre y pasé unos frenéticos diez minutos tratando de alcanzarlo mientras galopaba por la acera, zigzagueando a través de la multitud. Finalmente, me acerqué lo suficiente para agarrar su collar y ajusté la correa de nuevo, aliviada. Un niño pequeño estaba a unos pasos de distancia, mirando desde una puerta abierta que daba a la calle. El letrero sobre su cabeza decía Refugio Familiar.
—¿Ese es tu perro? —preguntó. Llevaba una camiseta a rayas y necesitaba un corte de cabello. Pecas salpicaban su nariz y mejillas.
Me puse de pie y llevé a Bo hacia él. —Si. Su nombre es Bo. ¿Te gustan los perros?
—Si. Especialmente los amarillos.
—Es un Golden Retriever. Tiene cinco años.
—¡Yo tengo cinco años! —dijo, su rostro iluminándose.
—¿Cuál es tu nombre?
—Leo.
—Bueno, Leo, puedes acariciar a Bo si quieres. Sin embargo, tienes que ser amable con los animales, ¿de acuerdo?
—Está bien. —Acarició el pelaje de Bo cuidadosamente, mirándome por el rabillo del ojo para ver si me daba cuenta de que estaba siendo amable—. Mejor me voy. Sam dijo que no me alejara de la puerta. Gracias por dejarme acariciar a tu perro. —Abrazó a Bo y antes de que pudiera decir adiós, corrió hacia el interior. Bo se estiró en su correa, queriendo seguirlo.
—Vamos, Bo —le dije, jalándolo con firmeza. Llevándolo desde la puerta, caminamos de regreso a casa.
Volví al día siguiente, sola. Dos mujeres, una de ellas con un bebé en la cadera, se quedó cerca de la entrada.
—Hey, chica blanca, Bloomie's está por allá. —Señaló mientras su amiga se reía.
La ignoré y caminé hacia la puerta. Una vez dentro, recorrí la habitación por Leo. Era lunes, y no había niños alrededor.
Bajo la ley federal, a todos los niños se les garantizaba una educación si tenían una residencia permanente o no. Afortunadamente, los padres del refugio parecían estar tomando ventaja de ese derecho.
Un hombre se me acercó, secándose las manos con un trapo de cocina. Cerca de los cincuenta, supuse. Vestía jeans, una descolorida e indescriptible camisa polo y tenis.
—¿Puedo ayudarle? —preguntó.
—Mi nombre es Bella Swan.
—Sam Elings —dijo, estrechando mi mano extendida.
—Había un niño pequeño ayer. Lo conocí cuando estaba de pie en la puerta. Le gustó mi perro. —Sam sonrió y esperó pacientemente a que llegara al punto—. Me estaba preguntando si necesitaba algún voluntario.
—Necesitamos un montón de cosas aquí. Los voluntarios son definitivamente una de ellas. —Sus ojos eran amables y su tono de voz era suave, pero probablemente había oído este tipo de cosas antes. Las amas de casa y jugadores de ligas menores de los suburbios, precipitándose de forma intermitente para que pudieran presumirles a los del club de lectura acerca de cómo estaban haciendo la diferencia.
—Las necesidades de nuestros residentes son muy básicas —continuó—. Comida y refugio. No siempre huelen bien. Un baño puede ser una baja prioridad en comparación a comida caliente y una cama.
Me pregunté si reconoció mi nombre o mi cara de las fotos en el periódico. Si lo hizo, no lo mencionó. —He estado sucia y realmente no me importa cómo huela alguien. Sé lo que es estar hambriento, sediento y sin refugio. Tengo un montón de tiempo y me gustaría pasar algo de eso aquí.
Sam sonrió. —Gracias. Nos gustaría eso.
Comencé a llegar al refugio alrededor de las diez de la mañana todos los días, uniéndome a los otros voluntarios para preparar y servir la comida. Sam me animó a llevar a Bo.
—A la mayoría de los niños de aquí les encantan los animales. No muchos han tenido una mascota alguna vez.
Los niños más pequeños que no estaban en la escuela se pasaban horas jugando con Bo. Nunca gruñó cuando le acariciaban el pelo un poco demasiado fuerte o trataban de montarlo como a un caballo. Después del almuerzo, les leía. Sus exhaustas y estresadas madres se encariñaron conmigo ya que sostenía a sus bebés y niños pequeños en mi regazo. Por la tarde, los niños en edad escolar regresaban y los ayudaba con sus tareas, insistiendo en que la completaran antes de que jugaran con algunos de los juegos de mesa que compré en Target.
Usualmente, se podía encontrar Leo a mi lado, dispuesto a compartir todo lo que pasó en la escuela. Su entusiasmo por el jardín de niños no me sorprendió; la mayoría de los niños amaban el ambiente de un salón de clase seguro, las personas sin hogar aún más. Muchos no tenían sus propios libros o materiales de arte y les encantaba aprender canciones en la clase de música y estar corriendo en el patio durante el recreo.
—¡Estoy aprendiendo a leer, señorita Bella!
—Estoy tan feliz de que estés tan entusiasmado por leer, Leo. —Lo abracé—. Eso es maravilloso.
Sonrió con tanta intensidad que pensé que iba a reventar, pero luego su expresión se volvió seria.
—Voy a aprender realmente bien, señorita Bella. Entonces, le voy a enseñar a mi papá.
Michael Newton, el padre de Leo, tenía veintiocho años, había estado sin trabajo desde hacía casi un año y era uno de los dos padres solteros que vivían en el refugio. Me senté a su lado después de cenar. Me miró con recelo. —Hola, Mike.
Asintió. —Señorita Bella.
—¿Cómo va la búsqueda de trabajo?
—No he encontrado hasta ahora.
—¿Qué tipo de trabajo hacías antes?
—En la línea de la cocina. Estuve en el mismo restaurante durante siete años. Empecé lavando platos y me abrí camino hacia arriba.
—¿Qué pasó?
—El dueño cayó en tiempos difíciles. Tuvo que vender. El nuevo jefe nos despidió a todos.
Observamos a Leo jugar un juego animado de etiquetas con otros dos niños. —¿Mike?
—Sí.
—Creo que podría ser capaz de ayudarte.
Resultó que Mike podía leer un poco. Había memorizado palabras comunes y todo el menú del restaurante en donde trabajaba, pero luchó para llenar solicitudes de empleo y nunca se había declarado en desempleo después de perder su trabajo porque no podía descifrar las formas. Un amigo le había ayudado a llenar una solicitud en un restaurante italiano, pero lo despidieron después de tres días porque no podía leer las órdenes.
—¿Eres disléxico? —le pregunté.
—¿Qué significa eso?
—Las letras no parecen como si estuvieran en el orden correcto.
—No. Están bien. Es sólo que no puedo leerlas.
—¿Te graduaste de la secundaria?
Negó. —Noveno grado.
—¿Dónde está la mamá de Leo?
—Ni idea. Tenía veinte años cuando nació y cuando cumplió un año, dijo que no podía soportar más ser una madre, no es que hubiera actuado como una. No podíamos permitirnos cable, pero teníamos una vieja televisión y una videocasetera y veía películas todo el día. Volvía a casa del restaurante y Leo estaba gritando y llorando, su pañal empapado de humedad o peor. Se largó un día y nunca regresó. Tenía que encontrar una guardería y ya vivíamos de cheque a cheque de pago. Una vez que perdí mi trabajo, no tomó mucho tiempo en retrasarme en el alquiler. —Mike miró hacia sus pies—. Leo merece algo mejor.
—Creo que Leo tiene bastante suerte —dije.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque por lo menos a uno de sus padres le importa. Eso es más de lo que algunos niños tienen.
Durante los siguientes dos meses, trabajé con Mike todos los días, a partir de que la hora del almuerzo terminaba y hasta el momento en que Leo y los otros niños venían a casa de la escuela. Utilizando libros de fonética, le enseñé las distintas combinaciones de letras y pronto estuvo leyendo Buenas Noches Luna y Oso Marrón, Oso Marrón, ¿qué ves? a los niños pequeños. Se frustraba a menudo, pero lo empujé mucho, construyendo su confianza elogiándolo cuando llegaba a dominar una lección difícil.
Cuando volvía a casa del refugio después de servir la cena, iba a dar una larga caminata. Septiembre se convirtió en octubre y añadía más capas y seguía mi camino. Un día de noviembre, Bo y yo nos detuvimos a recoger el correo. Saqué algunas facturas, una revista y ahí estaba. Un sobre de tamaño regular con el nombre y la dirección de Edward escrita a mano en la esquina superior izquierda.
Corrí escaleras arriba y abrí la puerta de mi departamento, desenganchando a Bo de su correa. Cuando la abrí y leí lo que había adentro, comencé a llorar.
—Abre la maldita puerta, Bella. Sé que estás a ahí —gritó Alice.
Estaba tumbada en el sofá mirando el techo. Las últimas veinticuatro horas llenas de los mensajes de voz y textos de Alice habían quedado sin respuesta y era sólo una cuestión de tiempo antes de que se presentara en mi apartamento.
Abrí la puerta. Alice entró al apartamento, pero la esquivé y volví al sofá.
—Bueno, al menos sé que estás viva —dijo, de pie junto a mí. Se fijó en mi apariencia, sus ojos se movieron desde mi pelo desordenado hacia mi pijama arrugado—. Luces como el infierno. ¿Siquiera has tomado una ducha hoy? ¿O ayer?
—Oh, Alice, puedo estar mucho más tiempo que eso sin una ducha. —Puse una manta gruesa sobre mis piernas y Bo apoyó su cabeza sobre mi regazo.
—¿Cuándo fue la última vez que fuiste al albergue?
—Hace unos pocos días —murmuré. —Le dije a Sam que estaba enferma.
Alice se sentó en el sofá. —Bella, habla conmigo. ¿Qué pasó?
Fui a la cocina y volví con un sobre. Entregándoselo a Alice dije—: Tenía esto en el correo el otro día. Es de Edward.
Lo abrió y sacó una tarjeta de visita del banco de esperma. Bajo el número de teléfono decía: Hice arreglos.
—No lo entiendo —dijo Alice.
—Mira el reverso.
Lo giró. En el reverso, había garabateado: en caso de que nunca lo encuentres.
—Oh, Bella —dijo. Me tiró a sus brazos y me sostuvo mientras yo lloraba.
Alice me convenció de tomar una ducha mientras se encargaba de la cena. Entré de nuevo a la sala de estar con mi cabello húmedo peinado hacia atrás, usando un par de pantalones de franela limpios y una sudadera.
—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó.
—Sí. —Me senté en el sofá y me puse calcetines gruesos. Alice me dio un vaso de vino tinto.
—Ordené comida china —dijo—. Debería estar aquí en cualquier momento.
—Está bien. Gracias. —Tomé un sorbo de vino y puse mi vaso en la mesa.
Se sentó a mi lado. —Esa fue una gran oferta de Edward.
—Sí. —Lágrimas brotaron en mis ojos de nuevo y se derramaron sobre mis mejillas. Las limpié con el dorso de mi mano—. Pero no hay manera de que pueda tener un bebé en mis brazos que tenga sus ojos, o su sonrisa, si no puedo tenerle a él también. —Tomé mi vaso y tomé otro trago de mi vino—. Riley nunca hubiera hecho algo tan desinteresado.
Alice secó una lágrima que había perdido. —Eso es porque Riley era una especie de idiota.
—Voy a regresar al albergue en la mañana. Sólo tuve un mal momento.
—Está bien. Sucede.
—Nunca amé a Riley de la forma en que amé a Edward.
—Lo sé.
Arrastré un árbol de Navidad escaleras arriba y lo metí por la puerta de mi apartamento. Cuando terminé de decorarlo, mi primer árbol en cuatro años brillaba bajo luces parpadeantes y adornos brillantes. Bo y yo pasamos horas tumbados frente a él, escuchando música navideña.
Ayudé a Sam a decorar el árbol en el albergue, también. Los niños acamparon, colgando los adornos de copos de nieve que hicimos de papel de construcción y brillo.
Mike recibió un regalo de navidad adelantado. Había llenado una solicitud en un restaurante cercano y lo habían contratado hace dos semanas. Leer las órdenes que las camareras le daban ya no era ningún problema y giró en torno de la comida rápida, rápidamente ganando por sí mismo una reputación como un gran trabajador. Usó su primer cheque para hacer un depósito en un apartamento amoblado. Co-firmé el contrato, pagando el primer año de renta por adelantado. No quiso aceptarlo, pero lo convencí, por amor a Leo.
—Lo pagarás algún día más adelante, Mike.
—Lo haré —prometió, abrazándome—. Gracias, Bella.
Pasé la víspera de Navidad con Jasper, Alice y los niños. Vimos a Joe y Chloe abrir sus regalos, papel de envolver volando, y pasé la siguiente hora montando juguetes e instalando baterías. Jasper jugó tantos video-juegos en la PlayStation que compré para Joe que Alice amenazó con desconectarlo.
—¿Qué pasa con los video-juegos que convierten a los hombres de nuevo en niños? —preguntó.
—No lo sé, pero los aman, ¿no?
Chloe rasgueaba su guitarra Barbie, en voz alta y después de una hora de escucharla, hice una nota mental de no comprarle ningún instrumento más. Entré en la cocina donde estaba tranquilo y descorché una botella de cabernet.
Alice se unió a mí un minuto más tarde. Abrió el horno y comprobó el pavo. Le serví un poco de vino, y chocamos nuestras copas juntas.
—Por tenerte en casa para celebrar—, dijo Alice. —Recuerdo la Navidad pasada, lo difícil que fue sin ti, mamá y papá. Incluso con Jasper y los niños todavía me sentía un poco sola. Entonces dos días más tarde llamaste. A veces todavía no puedo creerlo, Bella —puso su vino abajo y me abrazó.
La abracé de vuelta. —Feliz Navidad, Alice.
—Feliz Navidad.
Fui al albergue al mediodía del día de Navidad, llevando regalos para los niños: video juegos de mano para los chicos, brillo labial y joyería de fantasía para las niñas y animales de peluche y libros para los más pequeños. Los bebés recibieron suaves mantas de lana, y fórmula. Henry se vistió como Santa Claus para entregar todo. Até cuernos de reno en la cabeza de Bo y cascabeles alrededor de su collar. Apenas lo toleraba.
Estaba leyendo Frosty el Hombre de Nieves a un grupo de niños cuando Sam se acercó sosteniendo un sobre. Cuando terminé el libro, envié a los niños a jugar.
—Alguien hizo una donación anónima hace un par de días —dijo Henry. Abrió el sobre y me mostró un cheque de caja hecho por una cantidad sustancial—. Me pregunto por qué alguien haría eso y no me dan la oportunidad de agradecerles —dijo.
Me encogí de hombros y le entregué el cheque. —No lo sé. Tal vez no querían que nadie hiciera una gran cosa de esto.
Ese es el por que.
Bo y yo caminamos a casa después de que ayudé a servir la cena de Navidad. Un poco de nieve estaba cayendo en las calles vacías. Sin previo aviso salió disparado, tirando de la correa en mi mano. Corrí tras él, deteniéndome unos pocos segundos después.
Edward estaba de pie en la acera de enfrente de mi apartamento. Cuando Bo lo alcanzó, se inclinó y le rascó detrás de las orejas, enlazando su mano a través del extremo de la correa. Me acerqué, conteniendo mi respiración, propulsada hacia adelante por puro deseo.
Se puso de pie y me encontró a la mitad de camino. —He pensado en ti todo el día —dijo—. En la isla, prometí que si la celebrabas pasaríamos esta Navidad juntos, en Chicago. Siempre cumplo mis promesas, Bella.
Lo miré a los ojos y rompí en llanto. Abrió sus brazos y caí en ellos, llorando tan fuerte que no podía hablar.
—Shhh, está bien —dijo. Enterré mi rostro en su pecho, respirando el olor de la nieve, de lana, de él, mientras me abrazaba fuertemente. Unos pocos minutos después, puso su mano bajo mi barbilla y la levantó. Secó mis lágrimas, como lo había hecho tantas veces antes.
—Tenías razón. Tenía que estar por mi cuenta, pero algunas de las cosas que querías que experimentara ya habían pasado, y no puedo volver atrás. Sé lo que quiero y es a tí, Bella. Te amo y te extraño. Mucho.
—No encajo en tu mundo.
—Yo tampoco —dijo, su expresión tierna pero firme—. Así que vamos a hacer el nuestro. Ya lo hemos hecho antes.
Oí la voz de mi mamá en mi cabeza, casi como si estuviera de pie a mi lado susurrando en mi oído. La misma pregunta que me dijo que me hiciera sobre Riley.
¿Es tu vida mejor con él, Bella, o sin él?
Lo decidí, en ese momento, de pie en esa acera, dejando de preocuparme por las cosas que nunca podrían salir mal.
—Te amo, Edward Quiero que vuelvas.
Me abrazó fuerte y mis lágrimas fluyeron hasta que su suéter estuvo mojado. Levanté mi cabeza de su pecho.
—Debo llorar más que nadie que conozcas —dije.
Apartó el pelo hacia atrás de mi rostro y sonrió. —Vomitas mucho, también.
Me reí a través de mis lágrimas. Sus labios rozaron los míos y nos besamos de pie en la acera, cubiertos de copos de nieve, mientras Bo esperaba pacientemente a nuestros pies.
Fuimos adentro y hablamos por horas, tendidos sobre una manta frente al árbol de Navidad.
—Nunca quise a nadie más, Edward Sólo quería lo mejor para ti.
—Tú eres lo que es mejor para mí —dijo, sosteniendo mi cabeza en sus brazos, sus piernas entrelazadas con las mías—. No voy a ir a ninguna parte, Bella. Aquí es junto donde quiero estar.
