Todos los días contigo
...
..
.
Refunfuñando a rabia contenida, abrió la puerta de su casa. Podría decírsele así, porque era enteramente de Kurama y este se la ofreció. Si lo encontraba dormido sería lo mejor. Quería irse lejos a destrozar o quemar algo. Quizás algo vivo.
La idea de ser engañado era tan desagradable como ser derrotado. Ese demonio zorro había logrado las dos cosas. Todavía se preguntaba cómo era posible. Aquel ladrón tenía un yoki intenso, tanto que difícilmente podía pasar desapercibido entre el montón del Makai, y de repente no lo sentía en el rango de su Jagan. Hn.
En serio, quería lastimar a alguien.
Yusuke, que lo conocía de hacía unos años, no dijo ni pregunto más cuando salieron del salón, en donde dejaron a un Koenma que alzaba sus gritos al segundo cielo. Gruño. Koenma tenía suerte de que no le quemara una de sus instalaciones.
Sus pasos eran tan sigilosos y mudos como cuando estaba en el Makai, en un acto inconsciente y en su camino reconoció una melena roja en la cocina, de espaldas a él. Suspiro. Kurama estaba despierto. Esperaba encontrarlo en sano estado solo para volver a su mundo y pelear allí horas ininterrumpidas, descargándose la frustración.
Se acercó a la entrada de la cocina, vestido tal y como se había ido, sin rastros de sangre o evidencia sucia de haber estado en otro lugar sobrenatural.
- Kurama, regrese.
Creyó que aquellos labios se movían, murmurando algo en soledad. Se extrañó. Últimamente lo veía hacerlo mucho. Lo que más le tomó por sorpresa fue que el humano se girara apresurado para verlo, con ambas manos escondidas atrás la espalda y una sonrisa nerviosa.
- ¡Hiei! Que…temprano volviste.
Se maldijo. No. Maldijo a Youko, a sus insistentes comentarios de malicia y su tono burlón en su cabeza. Por suerte, había mantenido la voz baja antes de oír a Hiei regresar. Lo habría encontrado hablando solo de no haber reprimido sus reclamos.
- Sí. Temprano.
Una enredadera que se movía cautelosa tomo la gema de las manos de Kurama, detrás de su espalda. De momento, por más que Youko estuviera en desacuerdo, la gema se quedaría en su casa. Miro a Hiei de nuevo y reconoció en la forma de contestarle una advertencia de su temprano malhumor.
- ¿Sucedió algo malo? ¿Qué tal el trabajo?
Sus brazos cayeron a sus lados. No tenía nada que sostener ni que impedir que su marido notase, y suspiro aliviado.
- Hubiera sido mejor.
Conocía ese tono. Estaba furioso desde el más hondo sentido. Prefirió no preguntar para no amargarlo más.
- ¿Quieres cenar con pimientos?
Hiei le miro unos segundos, pensando lejos, antes de contestar.
- Oh, pimientos…
No sonaba emocionado pero tampoco rechazaba la oferta.
Comenzó la tarea. Al poco rato Hiei lo dejo solo, como era su costumbre. Libre entonces, Kurama se sujetó de la mesada con ambas manos, dejando escapar un gemido. El brazo le ardía. Se vio la palma de su mano quemada por la gema. El daño continuaba allí. Temió que no fuera una herida cualquiera, sino uno esas marcas que sentenciaban un mal destino. Existían demonios que pensaban que tatuar a sus enemigos era mejor a la idea de matarlos, pues dejaban la marca de su arma o su nombre en su piel, y todo el Makai se burlaba siempre que apareciese alguno así. Esperaba que no fuera eso, sería más embarazoso siendo la marca de una gema.
Escuchó un fuerte golpe que lo puso en alerta. Eran los puños de Hiei contra la pared. Suspiro resignado. No quedaba más remedio que aguantarse el dolor y hacer lo suyo.
.
.
.
.
Era capaz de derribar la pared y echar abajo una gran parte de la casa pero se limitaba para no hacerlo. Maldito ladrón.
A veces, solía frustrarle que Kurama no supiese de su otra vida. Él lo tranquilizaba con sus palabras, le hacía cambiar su malhumor a uno más sereno; era comprensivo y paciente. Rara combinación ellos dos. Hiei era recio, severo, insensible y sádico. No lo demostraba con Kurama en el mundo de los mortales ignorantes, solo en su sitio entre los demonios era conocido así. Kurama, un humano sensible y perfecto, era el único que conocía su lado reprimido, su otra forma de ser. Había actuado bien en ese mundo para que nadie sospechase ni lo descubriese. Habían pasado siete años. Nadie tenía la más mínima idea.
El tonto de Urameshi, el detective con más suerte que ingenio, decía conocerlo, pero no tanto como Kurama. Ambos tenían una amistad de la que Hiei, indirectamente, fue causante. Todavía recordaba la incredulidad en la cara de Yusuke cuando le anuncio sin preámbulos que iba a casarse.
Para Hiei, también había sido una sorpresa. Supo a lo que se exponía. Reducir su tiempo en el Makai, aprender del mundo de los humanos y continuar la farsa de "un humano más", que estaba muy lejos de ser. Dentro de todo eso, con Kurama y el sentimiento que lo unía a él, había conseguido un equilibrio que pensó imposible. Una alucinante paz que sonaba a mentira. Una aburrida y relajada calma, como un descanso de todas sus noches en alerta y su cuerpo forzado a las peleas constantes.
No se había encariñado con ese mundo sino impresionado, mostrado interés en sus costumbres y en los diferentes tipos de humanos que allí habitaban.
Bajando por las escaleras, reflexiono sobre eso. Aquel no era su lugar. Estaba allí por Kurama, regresaba de su obligación como compañero de un inmaduro detective del Rekai por él y ocultaba lo que sentía de eso y mucho más para no preocuparlo, o hacerle sospechar.
Sonrió amargamente. Kurama jamás lo conocería de verdad.
.
.
- ¿Y la sal?
- Le puse suficiente.
- No lo creo- su sentido del gusto era distinto al de los otros. Prefería sabores más fuertes en su paladar- Me sabe seco.
- Con más sal será seco- Kurama no lograba entenderlo en esas ocasiones en la mesa.
Cuando lo conoció dudo que fuera del mundo humano, puesto que no sabía ni lo que era una pizarra en la escuela. Su sincera ingenuidad lo conmovía profundamente, le gustaba. Buscando respuestas y explorándolo todo con la mirada atenta. No obstante, el no tenía la naturaleza de los niños inocentes. Sus rojos ojos serios y amargados lo decían. Ojos que habían experimentado un gran dolor.
- ¿Dónde metiste la sal?
Cabecera a cabecera, se veían de frente. Kurama apoyo su cabeza sobre su mano sana. Hiei lo miraba expectante.
- Esta en el centro.
Los ojos carmesí encontraron su objetivo al lado de uno de esos jarrones de flores que Kurama tenía por toda la casa, incluso sobre la mesa.
- Bien.
La voz de Kurama cambio.
- En medio de nosotros, como un veneno abrasador.
Hiei dejo su plato.
Kurama supo que algo andaba mal cuando Hiei se tenso y se concentro en su persona, retraído. Otra vez Youko.
- Yo…Te lo paso.
- No lo hagas- le dijo Hiei, a voz seca y un poco ruda. Kurama se detuvo- Ya no importa.
El kitsune tomo asiento de nuevo, empuñando su mano quemada sin darse cuenta.
Ya no era una travesura. Era un problema.
"Hay un gran espacio entre nosotros, que se expande con todo lo que no nos decimos el uno al otro"
.
