*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Capitulo19
Edward
Miré el reloj una mañana, dos semanas más tarde. Todavía estaba en vacaciones de invierno y Bella y yo estábamos tomando un desayuno tardío.
—Tengo que salir un rato y entonces hay algo que quiero mostrarte —le dije—. ¿A qué hora llegarás a casa del refugio?
—Debería estar de vuelta a las tres. ¿Qué es? —preguntó, soltando el periódico.
Me puse el abrigo y cogí mis guantes. —Ya verás.
Esa misma tarde, me estacioné en frente del edificio de Bella y abrí la puerta del coche para ella. Tenerla en el asiento del copiloto era algo que había estado esperando.
—¿Eres un buen conductor? —preguntó, cuando me senté al volante.
Me eché a reír. —Soy un conductor excelente.
Salimos de la ciudad, Bella estaba cada vez más curiosa. Noventa minutos más tarde dije—: Ya casi estamos allí.
Giré a la izquierda fuera de la carretera y nos conduje por un camino de grava. Giré de nuevo, contento de tener mi cuatro por cuatro porque cinco centímetros de nieve cubrían la calzada. Conduciendo hacia arriba en frente de una casa pequeña, de color azul claro, aparqué delante del garaje y apagué el motor.
—Vamos —le dije.
—¿Quién vive aquí?
No le respondí. Cuando llegamos a la puerta principal, saqué una llave de mi bolsillo y la abrí.
—¿Esto es tuyo? —preguntó Bella.
—La compré hace dos meses y terminé hoy. —Entró y yo la seguí, encendiendo las luces.
—Los dueños anteriores la construyeron de nuevo en los años ochenta. No creo que alguna vez hayan cambiado nada —le dije, riendo—. Esto descarta las alfombras azules.
Bella recorrió todas las habitaciones, abriendo armarios y comentando las cosas que le gustaban.
—Es perfecta Edward Todo lo que necesita es un poco de renovaciones.
—Entonces espero no decepcionarte demasiado cuando la derribe.
—¿Qué? ¿Por qué derribarla?
—Ven aquí —le dije, llevándola a una ventana de la cocina que daba al patio trasero—. ¿Qué ves ahí?
—Tierra —dijo.
—En un largo paseo, pasé por este lugar y un día miré lo que me rodeaba. Entendí en ese momento que quería comprarla, tener tierra propia. Quiero construir una casa nueva aquí, Bella. Para nosotros. ¿Qué piensas de eso?
Se dio la vuelta y sonrió. —Me encantaría vivir en una casa que tú construyas Edward A Bo le encantaría aquí, también. Es hermoso. Pacifico.
—Eso es porque estamos lejos de la ciudad. Será un largo viaje de la ciudad, al refugio.
—Eso está bien.
Exhalé, aliviado. Alcanzando su mano, me preguntaba si notaba que la mía estaba temblando un poco. Me miró sorprendida cuando saqué el anillo de mi bolsillo.
—Quiero que seas mi esposa. No hay nadie más con quien quiera pasar el resto de mi vida. Podemos vivir aquí, tú, yo, nuestros hijos, y Bo. Pero ahora lo entiendo, Bella. Mis decisiones te afectan, también. Ahora tú tienes que tomar una decisión ¿Quieres casarte conmigo?
Contuve la respiración, esperando para deslizar el anillo en su dedo. Sus ojos azules se iluminaron y una sonrisa se dibujó en su rostro.
Dijo que sí.
Bella
Emmet y Alice nos recibieron en el Palacio de Justicia en el Condado de Cook, en Marzo. Una tormenta de nieve primaveral se dirigía hacia el área de Chicago y Edward y yo —usando jeans, suéteres, y botas— habíamos elegido el calor por encima de la moda.
Casarse frente a un juez no podría haber sido la opción más romántica, pero había vetado una boda en la iglesia. No podía imaginarme caminando por el pasillo si no era del brazo de mi padre. Jasper se había ofrecido, pero no habría sido lo mismo. Una boda de destino, en algún lugar tropical —en una isla tal vez— no era una opción.
—Tu mamá no va a estar feliz por perderse esto —dije. Esme Cullen había sorprendentemente aceptado nuestro compromiso, tal vez decidió que oponerse a ello no serviría de nada. Ya tenía dos hijas, pero había hecho un trabajo maravilloso con el tercero, y no tenía ningún deseo de molestarla.
—Tiene a Jane y a Kate —dijo Edward agitando su mano restándole importancia—. Puede ir a la boda de ellas.
Mientras esperábamos a que se llamasen nuestros nombres, un hombre, probablemente usando cada prenda de ropa que tenía, circulaba a través de las parejas esperando y tratando de vender ramos de flores marchitos, sus botas unidas con cinta adhesiva. Muchos lo rechazaban, arrugando la nariz a la barba larga y sucia, y su pelo desordenado. Edward compró todas las flores que tenía y tomó una foto de mí sosteniéndolas en mis brazos.
Cuando llegó nuestro turno, Emmet y Alice se pusieron de pie con nosotros, mientras decíamos nuestros votos. La breve ceremonia duró menos de cinco minutos. Alice se disolvió en un charco de lágrimas de todos modos. Emmet se quedó sin habla, y de acuerdo con Edward eso no sucedía muy a menudo.
Edward sacó nuestras alianzas de boda del bolsillo delantero de sus vaqueros. Deslizó el anillo en mi dedo y me tendió su mano izquierda. Cuando la banda de oro estuvo en su lugar, me sonrió.
El juez dijo—: Por el poder que me confiere el Condado de Cook, por la presente se pronuncia Edward Anthony Cullen y Bella Marie Swan legalmente casados. Felicitaciones.
—¿Es esta la parte en donde la beso? —preguntó Edward.
—Adelante —dijo el juez, garabateando su firma en el acta de matrimonio.
Edward se inclinó, y fue un buen beso.
—Te amo, señora Cullen.
—Te amo, también.
Edward cogió mi mano cuando salimos del Palacio de Justicia. Copos de nieve grandes y perezosos caían del cielo cuando nosotros cuatro subimos a un taxi, rumbo a un almuerzo de celebración en el restaurante donde trabajaba Mike Newton. Diez minutos después, le pedí al taxi que se detuviera.
—Es sólo una parada rápida. ¿Puede esperar? —Él accedió, aparcando frente al salón de belleza—. Estaremos de vuelta —les dije a Emmet y a Alice.
—¿Quieres hacer tus uñas ahora? —preguntó Edward siguiéndome fuera del taxi.
—No —dije, abriendo la puerta—. Pero aquí hay alguien que quiero que conozcas.
Cuando Lucy nos vio, corrió y me abrazó.
—¿Cómo te va, cariño?
—Estoy bien, Lucy. ¿Tú cómo estás?
—Oh, bien, bien.
Puse la mano en el brazo de Edward y le dije—: Lucy, quiero que conozcas a mi marido.
—¿Este es Riley?
—No, no me casé con Riley. Me casé con Edward.
—¿Bella casada? —Al principio pareció confundida, pero luego su cara se iluminó y se arrojó a Edward abrazándolo—. ¡Bella casada!
—Sí —le dije—. Bella está casada.
Edward
Tres meses después, Bella y yo subimos a mi Tahoe en un caluroso día de junio. Ella llevaba gafas de sol y mi gorra de beisbol de los Chicago Cubs. Bo se sentaba en el asiento trasero, con la cabeza colgando de la ventana abierta. En la radio, The Eagles cantaban "Take it easy" y Bella se quitó los zapatos, subió el volumen, y cantaba mientras nos dirigíamos a las afueras de la ciudad.
Recientemente, habían puesto la base de nuestra nueva casa. Bella y yo habíamos presionado las manos en el cemento fresco y habíamos escrito nuestros nombres y la fecha junto a ellos con el dedo. Contraté a un equipo que había empezado a construir; la casa ya estaba tomando forma. Si todo iba según lo programado, seríamos capaces de mudarnos para Halloween.
Cuando llegamos, me estacioné y agarré la pistola de clavos de la parte trasera. Bella se rió y dejó caer un sombrero vaquero sobre mi cabeza. A pesar de que debería estar usando gafas de seguridad, me puse mis lentes de aviador en su lugar. Nos acercamos a una pila de madera cortada y tomé un par de vigas de 2x6.
—Lujosa y linda herramienta la que tienes ahí —bromeó Bella—. Pensé que quizá te gustaría hacerlo a la vieja escuela. Con un martillo.
—Claro que no —le dije, riendo y sosteniendo la pistola de clavos—. Me encanta esta cosa.
Lo que haríamos ahora era idea de Bella. Quería sostener unas tablas para mí, al igual que lo hizo cuando construimos nuestra casa en la isla.
—Compláceme por favor —me había dicho—. Por los viejos tiempos.
Nunca le diría que no.
—¿Estás lista? —le pregunté, colocando la 2x6 en su lugar.
Bella puso la tabla estable. —Adelante, Edward.
Apunté y apreté el gatillo.
Bam.
