Quédate donde estas
- Hiei…
Estaban en la habitación. El aludido estaba observando la ventana, en busca de una amenaza afuera.
- O piensa escapar para dormir en otra cama.
- Basta- reclamo Kurama a voz baja- ¿Por qué estas preocupado?- se dirigió a Hiei, un poco vacilante.
- No lo estoy- le contradijo el más joven, sin quitar la ojos de la ventana.
- Te veo muy concentrado. Bastante ajeno, que no sueles hacerme caso.
- ¿Es por tus cortinas?
- No- se contuvo de reír- Actúas diferente. ¿Algo te disgusta?- su voz perdió la serenidad en las palabras, pero Hiei no lo noto. Estaba hablando en general.
- Nada, que deba importarte.
- ¿En serio?- a este punto, procuraba no sonar insistente.
- Estar con otro en vez de contigo debe importar…
Para esconder su enfado por la insinuación, se cubrió el rostro antes de caer sobre la cama, de espaldas.
- Tú eres el que está comportándose raro.
- ¿Qué?
No iba a repetirlo. Hacia unas semanas que lo veía molesto por algo y muy distraído. Ya no le hablaba siquiera de su trabajo para irritarle con esos temas ordinarios de humanos que no le interesaban. Para no hablar de eso fingía que no se daba cuenta pero Kurama para un tanto predecible por los gestos de su cara.
- Habla tú.
Apoyo la rodilla encima de la cama, libre de sus habituales botas negras. Observo esos ojos verdes, buscando una explicación aceptable.
- Tengo trabajo. Ahora, los clientes son de otro continente.
Hiei asintió, como si comprendiera.
Un continente de otro mundo. Solía frustrarle mentir de esa forma, ingeniosa y astuta, precisamente a Hiei, quien de seguro tomaría la noticia de que era un mitad demonio con agrado. No imaginaba a Hiei temeroso por nada y prefería mantenerlo así. Discreto. Aparentar muchas cosas en su vida, en su papel en el Ningenkai, lo habían hecho un experto de las mentiras pero, aun así, no calmaba la amargura que sentía cada vez que debía usarlas.
- No te esfuerces tanto por ellos. No merecen tanto.
Esas pocas palabras, pese al tono indiferente, solían decirle cosas agradables, de apoyo o reconocimiento. Cuando Hiei hablaba, lo hacía para decirle realmente algo. Sonrió agradecido.
- Es diferente ahora- confeso Kurama- Debo terminar esto.
Vio a Hiei encogerse de hombros, sin importarle agregar más. Estaba por recostarse cuando Kurama lo abrazo por la cintura. Segundos después, por acto reflejo, Hiei lo alejo con brusquedad de un brazo. Kurama suspiro.
- ¿Era realmente necesario?
Hiei parpadeo. La costumbre no se marchaba, ni siquiera con el pasar de los años al lado del pelirrojo. Por supuesto, cuando estás en el Makai cualquier contacto era a efecto de ataque o de trampa de muerte. Guardo silencio. Kurama vio en su quietud una oportunidad. Fue hasta él y rodeo su cuello entre brazos, apoyándose la cabeza sobre el hombro derecho. Podía sentir que vacilaba en que hacer. Definitivamente Hiei era como un animal salvaje, que no permitía que le tocasen a la ligera.
Lo abrazo con fuerza, en silencio. El joven tardo veinte segundos en decidir corresponderle, alzando las manos sobre su espalda.
Se alegró. Podía sentirlo cuando se abrazaban. La última vez que estuvieron así fue hace cuatro meses cuando Shiori, la madre humana de Kurama, había tenido un accidente de gravedad y la angustia había sido demasiado profunda como para descargarla en lágrimas al verla en una camilla. Cuando Hiei se apareció en el hospital para reclamarle que había estado dos días enteros como poseso de la salud de la mujer, deseo gritarle con fuerza y comenzar una pelea, pero el pelinegro lo callo, obligándolo a permanecer en un abrazo conciliador y casi protector.
- ¿Es suficiente…no?- murmuro el supuesto diseñador, con un reconforte visible en la faz.
Hiei no respondió, no le había entendido. El pelirrojo había pensado en voz alta sin darse cuenta.
Su cuerpo cayó a las sabanas suaves, siguiéndole el otro que se posiciono sobre él. Si no fuera por la camiseta de mangas largas que usaba para impedir que se notase su brazo herido, hubiera sentido la ardiente piel de Hiei más real. Hiei tenía el cuerpo caliente, no sabía porque ni como, nunca lo sentía frío ni cuando estaban en temporadas de invierno glacial.
Observo sus ojos de color vino. El carmesí brillaba, como un fuego familiar, y sus labios eran la combinación más picante de todos los condimentos conocidos. Su sabor era acido pero exquisito. Fue entonces que se perdió en el mudo sentimiento que le dedicaba uno de sus besos.
Una ligera dolencia lo distrajo y aparto de las sensaciones agradables. Hiei había tocado su espalda, justo al comienzo de la limpia herida hecha por una espada de dueño hábil. Se reprimió una queja. Hiei lo vio aguantar el dolor cuando rozo la herida bajo la prenda. Con urgencia, busco otra mentira para decir.
- Tus manos… Se sienten, ásperas.
Por un lado, era cierto. Hiei tenía las manos ásperas aunque se había acostumbrado hacia mucho. Recurrir a ello como escapatoria le sonó poco inteligente, pero finalmente un pretexto.
El Jaganshi aparto sus manos. Recordó su pelea con el ladrón legendario que destrozo su espada. Agito la cabeza para borrar el desagradable recuerdo. Se sentó sobre Kurama. Contemplo sus ojos de afecto y ternura con indecisión. Este alzo y le paso una mano por las mejillas, con una mirada conmovida por algún hecho lejos de su entendimiento. Apreso la mano que le acariciaba y su sorpresa fue instantánea al reconocer huellas de quemaduras en la palma de Kurama.
- ¿Y esto?
Vio un súbito cambio en los ojos de Kurama, como si hubiera sido descubierto. Hiei lo dudo. Su esposo, sin exagerar, no hacia cosas reprochables más que fastidiarle con estéticas del hogar, temas insignificantes del mundo, su exagerada pasión por la jardinería y su porfía en lo que poco importaba.
- Me descuide en la cocina.
Arqueo las cejas, desconfiado. Conocía como experto los daños con fuego.
- ¿Estás seguro?
El pelirrojo cubrió su nerviosismo con una sonrisa calmada y despreocupada.
- Si. Ven aquí.
Sin perder totalmente la atención en aquella mano herida, la beso gentilmente antes de inclinarse a su dueño. Kurama entreabrió sus labios en recibimiento de la otra boca. Con las sutiles caricias sobre la ropa podía sentir el calor de su piel albina. Pronto, reconoció la necesidad de ese contacto y el hambre que le tenía. Más que estimulante fue la cercanía de su sexo y el mensaje de la picante boca, buscando más piel que la de sus labios palpitantes.
- Hiel- murmuro. Sentía el ardor de sus besos altamente excitante.
Un estridente ruido interrumpió lo que sabía había sido una sonrisa en los labios en Hiei.
- Maldita sea.
Antes que volteara el rostro, Kurama lo tomo entre manos y le implanto un fuerte beso cargado de ansia.
Aquel sonido no abandono la habitación y trato de imaginarlo solo como un pequeño desperfecto en el ambiente. El ácido sabor de Hiei se mezcló en su boca, tomándole del cabello por detrás. Si hubiera podido, habría hecho que sus pequeñas criaturas destruyeran el inoportuno teléfono en un duro apretón. El sonido insistía por casi un minuto y era una molestia.
De tener la oportunidad de demostrar como dominaba el fuego a voluntad, hubiera quemado el aparato pero un fugaz recuerdo de antes de regresar al Ningenkai lo hizo recapacitar y detenerse. Se separó de Kurama sin desearlo, soltándolo apurado. Un instante después, noto como sus ojos verdes resplandecían de un brillo anhelante y se frustro aún más. Levanto la cabeza del móvil con rabia, tratando de no romperlo con su fuerza y lo ubico en su oído.
- ¿Quién molesta?- quiso saber al instante.
Kurama, atrás de él y ya sentado en la cama, lo miraba sorprendido.
- Te lo dije. ¡Hasta le presta más atención a una llamada de quien sabe quién demonios que a ti!
No. No era posible. Utilizo sus habilidades sobrehumanas de demonio para oír la charla telefónica, de haber sido Youko las orejas hubieran sido más que visibles.
- Que agradable manera de saludar…- contesto nervioso el de la otra línea. Era Yusuke.
¿Por qué diablos todavía no colgaba? Es más, ¿Por qué Hiei había contestado el teléfono, como si se tratase de una urgencia? El nunca hacia actos de ese tipo.
- Debes venir. Esta donde nos dijeron la última vez. Y…- Kurama escucho con interés. Yusuke usaba un tono dudoso, como si temiese de algún error o no estuviera seguro del todo- No hay de otra. Sabes como es. Ella está esperando. Quiere tu decisión pronto.
¿Dónde estaba quién? ¿Quién estaba esperando? ¿Qué "decisión"?
- Se lo he dicho muchas veces- farfullo Hiei, luego de un lapso de silencio- Y no me voy. Encárgate tú. No abras la boca, idiota, y no digas nada que justifique una masacre.
Por más que bajara la voz, sin éxito por la rabia, Kurama podía escucharlo. Las orejas de Youko estaban sobre su cabeza más que atentas.
- Hiei, ¡Sabes que…!
Hiei arrojo el móvil al suelo, con una rudeza capaz de romperlo. Fin del sonido, no del problema. El kitsune podía escucharlo refunfuñar maldiciones, sentarse en la cama, olvidándose que estaba allí. Parecía alterado, no solo furioso. Algo había pasado. Kurama se desprendió de sus poderes y, con sorpresivo atrevimiento, lo interpelo.
- ¿Por qué te llaman a estas horas?
Pudo ver como Hiei se tensaba, aunque no lo mirara de frente. Como si escuchar su voz lo hubiera regresado a una realidad alterna. Lo mejor era hablarle sin fragmento alguno de rencor o sospecha, pero después de lo ocurrido era difícil. Había sonado exigente.
- Porque soy el mejor en mi trabajo.
Ni su respuesta tan propia lo tranquilizo. Escondía algo.
- ¿Eso es todo?
Observo el reloj. Tarde por la noche. El pelirrojo era el único que recibía llamadas. Hiei prefería la soledad por elección y que llamase Yusuke era tan insólito como sospechoso.
- ¿Qué quieres que diga?
El joven demonio miro a su dirección, de costado. El enojo no se había marchado, y si continuaba insistiendo lo más seguro era que discutirían hasta el amanecer, todo por sospechas infundadas sin pruebas.
-…Nada. Olvídalo.
Se cruzó de brazos, le evadió la mirada tratando de encontrar la calma. No lo logro. Se sentía impaciente y ansioso, a la vez que molesto y amargado. Debía irse de la habitación, de lo contrario iniciaría una serie de preguntas que acabarían en una acalorada discusión.
- Como querías.
Un portazo. Kurama no se dio cuenta de cuando sucedió, ni como lo logro en un lapso tan breve de tiempo, y solo se frustro más. Hiei se había ido. Dentro de la habitación ahora solo quedaba él. Dubitativo, molesto, intrigado, excitado y deseoso de volver a pelear contra alguien para descargar todos sus sentimientos.
- ¡Ya era hora! ¿Vas a ser serio o a recoger las migajas de este drama?
- Youko, en serio. Ca-llá-te.
- Solo decía- se defendió el bandido, apartando un mechón de cabello rojo. Kurama se traía una expresión siniestra en su hermosa cara. Youko se intimido un poco- Descuida. Eres una joya bellísima todavía. Perder el encanto con uno no significa perder toda la gracia.
- Lo dices porque soy yo, si se tratara de ti…
- Detente. Tú eres el que no quiere que yo intervenga o me involucre en "tus" asuntos.
- Aun así…
Youko observo sin parpadear todas las fases por las que pasaba su cara, de la furia y el resquemor a la aflicción y el recelo.
- Tú eres el que está con él. Yo no. Haz lo que debes hacer- le dijo, con un pequeño sentimiento de celos.
Kurama miro a Youko, sintiendo su misma impotencia. Eran el mismo ser y alma en un cuerpo y por eso sabía que profundamente a Youko también le afectaba lo que pasaba.
Hiei era importante para ambos.
