*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****
Cuando el millonario punto-com de veintitrés años Jacob Black se alejó de su vida de ensueño, tenía un objetivo en mente: mantenerse lo más lejos posible de la gente que resentía su éxito, o quería algo de él. Una remota isla desierta a mitad de camino alrededor del mundo parecía un lugar perfectamente lógico para alejarse de todo.
Leah Clearwater no era parte de los planes de Jacob. La hermosa chica británica —de vacaciones en las Maldivas con su hermano, Seth— hizo a Jacob preguntarse si alejarse de todo podría ser mucho más agradable con una chica despreocupada que no sabía nada de la vida que él dejó atrás.
Pero Jacob no tenía idea de cuán mal irían sus planes cuidadosamente detallados. Tampoco se dio cuenta que una decisión que tomó tendría tal efecto catastrófico sobre dos pasajeros que abordaron un avión en Chicago.
Y cuando Jacob se presenta en la puerta de Bella y Edward con una increíble historia que contar, todos los involucrados aprenderán cuán entrelazadas están sus vidas.
Capitulo 20
Jacob
La casa está aislada, rodeada de árboles y césped bien cuidado. Hay un sistema de juegos para niños en una esquina del jardín, y un triciclo abandonado en la acera del frente. La primavera apenas ha llegado al medio oeste, pero alguien ha dibujado un patrón de rayuela con tiza color pastel. Un cartel pegado en el paisaje de la puerta anuncia que la casa está protegida por una alarma de seguridad y cuando toco el timbre, un perro comienza a ladrar seguido por el sonido estruendoso de patadas.
La mujer que responde la puerta tiene a un bebé en sus brazos y dos niños pequeños que se aferran a su falda. Un perro grande raza Golden Retriever gruñe deseando que lo deje salir. Espero que no lo haga. Los ojos azules de la mujer se estrechan mientras pone a sus acompañantes detrás de una puerta que estoy seguro está bloqueada. El vidrio amortigua su voz pero todavía puedo entender cuando dice—: ¿Puedo ayudarle? —Su tono desconfiado tiene sentido, la forma en que sería si vives en un pueblo y el mundo entero conoce tu historia y tiene una idea aproximada de tu patrimonio neto.
—¿Está su esposo en casa? —pregunto
—Está arriba. En el teléfono —dice.
—Me gustaría hablar con ambos. ¿Le importa si espero?
No le gusta esto, puedo decir por cómo empuja a los niños detrás de ella y cuadra sus hombros, levantando ligeramente su barbilla.
Ah, es una luchadora. Esto no me extraña en absoluto.
—Tendrás que regresar en otra ocasión —dice, y comienza a cerrar la puerta. Pero antes de que pueda cerrarla completamente, una camioneta polvorienta se estaciona en la entrada y el alivio se refleja en su cara.
El hombre conduciendo frena en seco y consigue salir del carro casi antes de que deje de moverse. Avanza hacia mí con una expresión sospechosa en su cara. Sospechosa y cabreada. Soy mayor que él pero se parece tanto a mí que nos podrían confundir como hermanos, ya que tenemos el mismo color de cabello, castaño claro, y contextura fuerte.
Él mira a su mujer en la puerta. —Quédate dentro. —Volviéndose hacia mí dice—: ¿Quién eres y qué quieres?
—Sólo quería hablar con usted y su esposa.
—¿Te conocemos?
—No. —Pongo las manos en mis bolsillos, recordándome a mí mismo la razón de mi visita—. Mi nombre es Jacob Black.
El hombre me mira, su frente se frunce mientras filtra a través de su memoria el significado de mi nombre. Pero la mujer se da cuenta inmediatamente y ambos giramos hacia ella cuando queda boquiabierta.
— Edward —dice. Abre la puerta para que podemos oírla y el perro se dispara como una bala, olfateándome agresivamente pero afortunadamente decidiendo que no era ninguna amenaza—. La persona desaparecida. El hombre cuyo rastro se congeló en las Maldivas. ¿No recuerdas? Su nombre era Jacob Black.
El reconocimiento surge en su cara y me mira como si fuera un fantasma. —¿Eres el hombre que construyó la cabaña? —pregunta.
—Sí.
—Pero no eres Bones.
Niego con la cabeza. —No. —No hay necesidad de preguntarles qué quieren decir. Preguntarles quién es Bones.
Porque lo sé.
Me invitan a pasar, curiosidad reemplazando a la desconfianza. Entiendo su vacilación, pero me veo bastante inofensivo. Llevo pantalones vaqueros y una camisa manga larga con botones, que compré hace unos días. Mi cabello es un poco largo pero está limpio. Incluso estoy afeitado, y esto no ocurre tan a menudo.
Bella sostiene la puerta abierta, cambiando al bebé a su otro costado. Cuando Edward hace su camino a través del umbral, los niños mayores gritan—: ¡Papi! —Saltan a sus brazos, chillando y tratando de subirse mientras que él le da a cada uno un abrazo. Coloca a los niños en el piso, se inclina y besa a Bella.
—¿Estás bien? —pregunta.
Ella asiente y sonríe. Luego él deja caer otro beso en la cabeza del bebé.
Sigo detrás. —¿Qué edad tienen sus niños? —pregunto.
—Los gemelos cumplirán dos en junio —dice Bella—. Nessi, Harry, ¿pueden decir hola?
Mi sonrisa vacila cuando dice Harry, pero afortunadamente ninguno de los dos ve el cambio en mi expresión. Los niños actúan tímidos y no quieren saludar, pero hacen un gesto con la mano y luego se esconden detrás de sus padres.
—Y ésta es Piper —añade Bella, peinando el poco cabello que tiene el bebé—. Tiene siete meses y ya gatea por todas partes. Va a estar caminando muy pronto y entonces será un trabajo.
—¿Cómo nos encontraste? —pregunta Edward, quitándose su chaqueta.
—Internet. —Tomó algunas búsquedas para llegar a su domicilio, pero soy bastante bueno en localizar personas cuando lo pongo en mi mente. No les digo cuánto tiempo he estado fuera de línea o que sus nombres aparecieron inmediatamente cuando escribí "Maldivas" en el buscador de Google. Estaba en búsqueda de algo totalmente diferente, y lo que he encontrado en lugar de eso me ha afecto tanto que tardé una semana antes de que ser capaz de leer todo.
Un poco más antes de que pudiese juntar el coraje de venir aquí.
—Entremos —dice Edward Lo sigo desde la entrada hacia la cocina—. ¿Puedo ofrecerte algo de beber? —pregunta.
—No, gracias.
—¿Estás seguro? —pregunta Bella—. Tenemos Coca-Cola, jugo, té helado, cerveza, agua embotellada.
—No. En serio. Estoy bien.
—Dime si cambias de opinión —dice ella. La sonrisa que me da iluminaba su rostro por entero. Es hermosa en ese tipo de belleza natural, y no puedo evitar notar sus ojos, grandes y azules. Puedo ver porqué él fue tan posesivo con ella. Bella cruza la cocina para comprobar algo que está burbujeando en la estufa y mira el reloj. Son casi las seis treinta. No debí haber venido tan tarde, tan cerca de la hora de la cena. Probablemente están muy ocupados.
Edward se deja caer en una silla en la mesa de la cocina y Bella le da al bebé. La cocina huele bien, como a pan de ajo, y cuando suena el temporizador, ella saca una cacerola del horno. Los niños más grandes corren dentro y fuera de la sala, pero Bella los elude y a los juguetes que están dispersos en el suelo, con facilidad.
—Cálmate, Harry —dice Edward cuando el pequeño se estrella con la mesa—.
¿Estás bien?
Harry asiente, aparentemente imperturbable.
—Ve a jugar con Nessi en la sala, ¿está bien? La cena estará lista pronto.
—Bien —dice él.
Hay un montón de ruido y caos, nada diferente a cómo es en mi pueblo. El lugar que llamo hogar está invadido con niños, la mayoría de ellos descalzos. Todos compiten por atención.
Edward amarra las correas del bebé en una silla alta y vierte la pasta mientras Bella prepara una ensalada y retira los platos de la alacena. Ellos llaman a los niños para lavarles las manos y Edward prepara la mesa. Trabajan bien juntos, eficientes y sin complicaciones. Mi hermana y su marido solían discutir sobre de quién era el turno de coger el teléfono y ordenar la pizza, y una vez les vi lanzar una moneda al aire para ver quién cambiaba el pañal sucio de su hijo. No he visto a mi hermana en años y aunque no me gusta no ser parte de la vida de mi sobrino, me da vergüenza admitir que realmente no la extraño.
—¿Te quedarás para la cena? —pregunta Bella. Bajo la mirada y veo que han preparado un lugar extra en la mesa.
—Por supuesto —digo—. Eso sería grandioso.
Durante la cena, ellos hacen algunas preguntas básicas: ¿Cómo llegué a la isla? Les digo que me encontré con un piloto dispuesto a volar hacia allí. Me preguntan cuánto tiempo estuve, y les digo que quince meses. Ellos quieren saber la edad que tengo. Treinta y cuatro, respondo. Puedo ver por la forma en que ambos se inclinan hacia adelante en sus sillas, que están ansiosos por escuchar más.
—Vamos a dejar el resto de nuestras preguntas hasta después de que los niños se vayan a la cama —dice Edward, mirando a Bella.
Ella asiente.
—Está bien —digo. Son tan increíblemente buenos que me hacen sentir aún peor por lo que voy a decirles. Pierdo el apetito cuando pienso en cómo podrían reaccionar, pero sigo comiendo de todos modos. Es lo menos que puedo hacer.
Después de la cena, los veo trabajar juntos para limpiar la mesa y cargar el lavavajillas. Me ofrezco a ayudar, así que Bella me pasa un paño húmedo y apunta a los niños. Sonrío y les hablo en voz baja mientras limpio sus caras y manos, y a ellos no parece importarles, la bebé sonríe y se ríe, apartando la cara como si fuera un juego.
—Eres bueno con los niños —dice Edward —. ¿Tienes alguno?
—Todavía no. —Técnicamente tengo un pueblo lleno, pero ninguno de ellos es mío, por lo menos no biológicamente. Cuando me mudé a mi pueblo, no sabía nada acerca de los niños. Y eso me asustó un poco, la forma en que me miraban como si hubiera venido a salvarlos. Se sentía desalentador. Ahora sé que aman todo lo que hago por ellos, no importa cuán insignificante me parezca. Cuando no tienes nada, todo se siente como algo.
—¿Cuál será? ¿Caillou o Dragon Tales? —le pregunta Edward a los gemelos.
—Dragon Tales —gritan.
—Un episodio y luego es hora de dormir, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dicen, y luego salen corriendo de la habitación.
—Voy a encenderles la videograbadora —dice Bella. Se detiene frente a Edward, en su camino fuera de la cocina—. Y voy a ponerla a ella en su cuna. Está a punto de quedarse dormida.
La bebé sonríe, con los ojos pesados, y Edward la besa. —Buenas noches, bebé. Que duermas bien.
Él se vuelve hacia mí cuando ellas se van. —¿Puedo darte una cerveza? Porque creo que yo definitivamente podría necesitar una.
No tiene idea cuán verdadera es esa declaración. Sólo debería decirle que olvide la cerveza y tome una botella de lo que tenga en su armario de bebidas, y que sea más fuerte. —Una cerveza suena bien, en realidad. Gracias.
—Voy a buscarlas —dice—. ¿Por qué no te sientas en la sala de estar?
Camino por un corto pasillo, y el perro me sigue. Los gemelos están tendidos en el suelo delante de la TV, en una gran pila de almohadas. En la pantalla, un niño y una niña están hablando con un dragón de color rosa. Me siento en una silla de gran tamaño y acaricio al perro, rascándole detrás de las orejas. Se deja caer a mis pies. Cuando Edward vuelve a entrar en la habitación, con la cerveza, dice—: Parece que Bo se enganchó a ti. Probablemente esté encantado de que no hayas tratado de montarlo.
—Es un buen perro guardián. No le gustó cuando llamé a tu puerta.
—No recibimos muchas visitas aquí. Es bueno saber que todavía está haciendo su trabajo. — Edward pone una botella de cerveza al final de la mesa, junto a mi silla.
—Gracias —le digo.
Se sienta en el sofá frente a mí. —No puedo creer que estés aquí. Nosotros pensábamos... —Su voz se apaga mientras mira hacia Harry y Nessi—. Pensamos que habías M-U-E-R-T-O.
Me golpea una imagen tan visceral que retrocedo.
—Oye. ¿Estás bien? —pregunta Edward.
—Estoy bien. —Se ve como si quisiera preguntarme mil cosas, pero luego mira a los niños de nuevo y no dice nada.
Bella vuelve a entrar en la habitación y les recuerda a los niños que será hora de pijamas y libros tan pronto como el programa haya terminado. Protestan, pero no demasiado fuerte.
—¿Piper se durmió bien? —pregunta Edward.
—Apagada como una luz —contesta ella.
—Te abrí una botella de vino. Está en el mostrador.
—Ah, sabía que había una razón para casarme contigo —dice ella, inclinándose para darle un beso.
—Esa no es la única razón —dice Edward, riendo mientras se aleja. Luego, habla detrás de ella—. Hubo muchas otras, y lo sabes.
Bella vuelve a entrar en la sala, sosteniendo una copa de vino. Se sienta junto a Edward y toma un sorbo. —¿Cuánto tiempo vas a estar en la ciudad, Jacob? —pregunta Bella.
—No estoy seguro todavía —le digo—. Me voy a quedar en un hotel en la ciudad. —Mi fecha de salida puede ser determinada por lo bien que vaya esta conversación. Podría ser inmediata, por lo que sé.
Cuando los créditos empiezan a rodar en el programa de televisión, Bella toma el control remoto y presiona un botón para apagarlo. —Hora de dormir —dice.
—Volveremos —dice Edward Me entrega el control remoto—. Adelante, mira algo, si quieres.
Tomo el control, pero no me giro hacia el televisor. No tendría ni idea de qué ver. En su lugar, tomo otro trago y miro alrededor de la habitación. Está llena de muebles cómodos. Hay cojines y mantas, y un gran jarrón lleno de flores. Fotos de la familia y algunas individuales de los niños en marcos de plata se muestran en las mesas y estanterías. No me puedo imaginar estar en esa isla por tres años y medio, de la forma en que ellos estuvieron. Sin comida ni agua llegando regularmente a través de hidroaviones. Sin libros o periódicos. Sin teléfono satelital. Sin viajes de fin de semana a Male cuando nos aburríamos o queríamos estar con otras personas. Nada a excepción de lo que ya estaba allí, o lo que provenía de la tierra. Su casa debe sentirse como un refugio seguro después de lo que han pasado. Todavía estoy sentado allí, pensando en lo que voy a decir, cuando entran en la habitación. Quince minutos más tarde.
—¿Puedo traerte otra cerveza? —pregunta Edward.
Empiezo a decir que no, pero luego me doy cuenta de que mi botella está vacía. —Está bien —le digo en su lugar—. Gracias. —No he bebido alcohol en mucho tiempo, y ya puedo sentir el efecto. Estoy más tranquilo, sin embargo, lo que es bueno. Edward lleva la botella vacía a la cocina y vuelve con una cerveza fría para nosotros. Bella se instala en el sofá, metiendo sus piernas debajo de la falda. Ella llega a la copa de vino, y Edward se sienta a su lado.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —admito.
—Empieza desde el principio, Jacob —dice Bella—. Cuéntanos todo.
hola que les parecio esta es al segunda parte de la historia estara contada entre jacob, bella y edward las actualizaciones seran las mismos dias lunes, miercoles y viernes asi que nos vemos el viernes con un capitulo nuevo de esta segunda parte.
