*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


**Antes de leer todo lo que esta en cursiva sera entradas del diario que Jacob esta contando a Bella y Edward**

Capitulo 21

Jacob

Los Ángeles. Mayo, 1999.

Aparqué mi BMW al final de la larga rampa en el aeropuerto. El profesor Donahue lo recogería más tarde, utilizando el juego extra de llaves que le di. —Voy a conducir ese auto jodidamente rápido cuando te vayas —dijo.

Lo miré y reí. —Espero que lo hagas.

Saqué mi gran equipaje del maletero y la arrastré detrás de mí, llevando el bolso de viaje con la otra mano. Tratar de encontrar el balance correcto de las cosas que debía llevarme no había sido fácil. Al final, decidí ser lo más práctico posible, y mi bolso de viaje llevaba prácticamente ropa y artículos de tocador. El capitán Forrester estaba a cargo de comprar todo lo demás que necesitaría.

La atractiva mujer detrás de la taquilla de billetes me sonrió cuando fue mi turno de registrarme. Se colocó el largo cabello detrás de la oreja y se irguió. Alzó un poco el pecho, también. En circunstancias diferentes, podría haber estado interesado, pero no ese día. Le tendí mi licencia de conducir y pasaporte, mirando silenciosamente mientras tecleaba.

—¿Cuántos bolsos? —preguntó.

—Sólo uno —dije.

—Maldivas es un sitio hermoso —dijo—. ¿Has estado alguna vez allí?

—No.

Me miró y sonrió. —¿Estás viajando por negocios o placer?

Cogí la tarjeta de embarque que me tendía y mi sonrisa fue bastante enigmática cuando dije—: Ninguno.

Mi próxima parada fue en la bodega de depósitos cerca de la taquilla de billetes. El bajo y gordo hombre detrás del mostrador me miró sospechosamente cuando saqué un gran sobre de papel manila de mi bolso de viaje. —¿Eso es todo lo que quieres guardar? —preguntó.

—Sí.

—¿Contenidos?

—Tres llaves y veinte CDs. —Las llaves eran para mi auto, casa y caja fuerte, y los CD contenían información que solía estar en mi disco duro.

—¿Cuánto tiempo quieres que lo guarde? Puedo quedármelo por sesenta días.

—Quiero guardarlo indefinidamente.

—No hago eso.

—Seguro lo harás —dije, sonriendo amablemente y sacando una pila de billetes de mi cartera. Conté diez de cien dólares y los puse en el mostrador. Mil pavos fáciles que este tipo nunca haría.

—Bien —dijo, justo como sabía que haría—. Aquí está el comprobante de concesión.

—Necesito una lapicera.

Sacó una de su bolsillo delantero y me la tendió. Taché el número en el comprobante de concesión y escribí otros cuatro en su lugar, números que nunca tenía problemas de recordar. Este no era el único lugar donde estaba guardando la cifrada información, pero si el tipo mantenía su negocio, sería el lugar más fácil para recuperarlo.

—Ponga esto en algún lugar seguro. Este es el número que le daré cuando venga a recoger el sobre.

—Lo que quieras —dijo mientras tomaba el comprobante de concesión—. Tus reglas.

—Que tenga un buen día —dije, y luego cogí mi bolso y me dirigí hacia la puerta de embarque.

Aterricé en Dubai quince horas más tarde, de las cuales pasé durmiendo ocho, gracias al Alprazolam que convencí al doctor que me recetara. "Estrés", le había dicho, "no duermo bien".

Caminando lentamente a lo largo del pasillo, bostecé, estirándome y siguiendo a las personas que había delante hacia la terminal. Tenía varias horas libres antes de mi vuelo a Malé, así que deambulé sin rumbo fijo a través del atestado aeropuerto, escuchando el revoltijo de voces manteniendo conversaciones en idiomas que yo no hablaba. Cuando llegué al área de despegue en la Terminal 1, me detuve en un restaurante que servía comida americana y ordené una hamburguesa y una cerveza. Mi móvil permanecía en mi bolsillo, apagado. No tenía ganas de ver cuántos mensajes había acumulado. No era como si pensara responder alguno de ellos.

Con cada kilómetro que pasaba, sentía menos estrés. Más seguro de mi decisión. Tal vez era extremo y totalmente exagerado. Excéntrico, incluso. Pero realmente no me importaba, porque todo lo que quería hacer era perderme por un tiempo y ésta parecía ser la mejor forma de hacerlo.

Había quedado fascinado con las Maldivas después de escuchar a un conocido empresario hablar sobre la serie de islas. —Los centros turísticos son increíbles —había dicho—. Pero también hay islas que están totalmente desiertas. Puedes ir allí si quieres. Pasar la noche, también. Ellos volverán y te llevarán.

En los días previos a la Oferta Pública de Venta de mi compañía, cuando las cosas estaba realmente fuera de mis manos, no podía parar de pensar sobre cuán fácil sería mi vida si tan sólo me alejara de todo. Mi móvil sonaba constantemente. Y también lo hacía el que se encontraba sobre el gran escritorio de caoba en una de las esquinas de mi oficina. El repiqueteo chirriaba mis nervios y me hacía sentir como si no pudiera respirar. Todos querían algo de mí; tiempo, dinero, ayuda.

Una tarde particularmente estresante, cogí el móvil y lo utilicé para hacer unas pocas investigaciones. Por las pocas semanas siguientes, conseguí un patrocinio de visa, lo que me permitía entrar a las Maldivas y quedarme indefinidamente. Encontré un piloto dispuesto a llevarme a donde quisiera ir —y comprar los suministros que necesitara— con un mínimo de preguntas. Esperaba encontrarme con alguna barrera en algún momento, lo que habría detenido mi plan en medio de su recorrido, pero no lo hice. Es fácil desaparecer si tienes suficiente dinero, y yo tenía bastante.

Y lo mejor para mí era estar lejos, muy lejos, cuando todos descubrieran que este hombre de poco trabajo y grandes ganancias, había llegado a un alto.

Era de mañana cuando aterricé en Malé; había estado viajando por tantas horas que ya confundía qué día era. Encontré un baño y me escabullí dentro de un compartimiento para cambiarme a un par de pantalones cortos y una camiseta.

La línea para el mostrador de hidroavión en la sala de llegadas no era larga. Esperé pacientemente y cuando fue mi turno, saqué una hoja de papel con un número de confirmación de mi billetera. —Es un vuelo privado —dije—. El capitán Forrester es el piloto.

La mujer detrás del mostrador escribió mi reserva en la computadora. —Está registrado y listo para irse, señor Black. Llamaré al capitán Forrester. Creo que está preparado.

—Estoy seguro que lo está —dije. Le había pagado generosamente para que estuviera esperando por mí, sin importar cuántos problemas encontrara en el viaje, o a qué hora aterrizara. Sabía con absoluta certeza que el hidroavión estaría esperando en el muelle.

—Por favor, venga conmigo —dijo un uniformado empleado de la aerolínea. Lo seguí fuera y me planté en el bordillo—. El servicio de enlaces lo llevará a la terminal de hidroaviones. Llegará en un momento.

—Gracias —dije. Salir del edificio con aire acondicionado hizo que el calor pareciera mucho más agobiante. El aire se sentía pesado y húmedo cuando inhalé, y comencé a sudar casi inmediatamente. Cuando la camioneta llegó, subí al interior con aire acondicionado, diciéndome que sería mejor no acostumbrarme a él. Después de que el conductor me llevara a la terminal de hidroaviones, me guió a través de una serie de puertas dobles. Cruzamos otro juego de puertas en el lado opuesto de la habitación y luego volvimos a salir. Había aviones alineados, atados a una serie de cruzados muelles rectangulares. Le tendí mi tarjeta de embarque al conductor, bajó la mirada y dijo—: Por aquí, señor Black.

Lo seguí al hidroavión y cuando pidió que le tendiera mi bolso, se lo di y observé mientras subía al avión. Mirando alrededor, asimilé la azulada agua y el despejado cielo. Ya todo parecía más sencillo, y sentí lo último de mi estrés derretirse.

Un hombre de mediana edad sacó su cabeza por la puerta del avión.

—¿Capitán Forrester? —pregunté, caminando hacia adelante y estirándome para sacudir su mano—. Soy Jacob Black.

Me miró y sacudió la cabeza. —Bueno, maldita sea —dijo, riendo y estrechando mi mano—. No eres lo que esperaba. ¿Qué edad tienes, hijo?

—Veintitrés —dije. No tomé su reacción personalmente; estaba acostumbrado a eso. Era la manera que dirigía un negocio la que me hacía parecer más viejo de lo que era. No se puede lograr lo que yo había conseguido a una edad tan joven actuando como un vándalo. Las personas me trataban con respeto, escuchando lo que tenía que decir.

No tenía dudas de que mis ingresos me diferenciaban de la mayoría de mis colegas. Y había momentos —como estos— en los cuales me alegraba tener tanto dinero. Lo ganaba, y era agradable utilizarlo para algo que realmente quería en lugar de sentir como si tuviera que dárselo a todos sólo porque tenían sus problemas.

—Bueno, vamos —dijo. Lo seguí a través de la puerta de la cabina, y apuntó hacia la hilera de asientos—. Siéntate donde gustes. Sólo asegúrate de abrochar tu cinturón de seguridad.

Mi bolso de viajes había sido puesto en un asiento de una hilera delantera, así que me senté junto a ella y lo guardé en el suelo a mis pies. Observé cómo el capitán Forrester ponía unos cascos en su cabeza y comenzaba a voltear los interruptores. Habló brevemente en el micrófono cerca de su boca y tan pronto como tuvo la autorización, nos apartamos de la plataforma. Cogimos velocidad y sentí la propulsión cuando partimos.

Mientras volábamos miré por la ventana, sorprendido por la vista. Observé la luz que inundaba la cabina y saqué las gafas de sol de mi bolso. El cielo sin nubes era tan azul como el agua.

Tomó cerca de dos horas llegar a nuestro destino. No había visto nada de tierra por un tiempo, pero finalmente cuando el avión descendió di mi primer vistazo a la isla. No era demasiado grande, tal vez un kilómetro de longitud. Prístina playa de arena blanca. Vegetación verde. Las palmeras de coco alcanzaban al cielo en la zona densamente boscosa cerca del centro de la masa de tierra. Recuerdo que en ese momento pensé que nada malo podía suceder en un lugar tan hermoso.

Aterrizamos justo en la laguna.

—Será mejor que se quite los zapatos —dijo.

Sonreí cuando miré sus pies y me di cuenta que había estado volando el hidroavión descalzo.

Después seguí su consejo y metí mi calzado en el bolso y él abrió la puerta de la cabina y se lanzó hacia el agua que le daba hasta las rodillas. Abrió la bodega de carga en el lado del avión y comenzó a llevar mis suministros a la costa, haciendo varios viajes con el fin de descargar todo. Los grupos pequeños de peces se alejaban mientras caminaba en el agua tan cálida como la de un baño.

—Leamos la lista para asegurarnos de que no se nos escapó nada —dijo, después de haber colocado el último equipo en la arena. De su bolsillo sacó un pedazo de papel doblado que reconocí como uno de los correos electrónicos que había enviado.

El primer elemento era un teléfono satelital Iridium2. Él me informó que mi teléfono móvil normal no funcionaría en esta isla. —Mi número ya está programado en él, así que si te metes en problemas, o me necesitas, todo lo que tienes que hacer es pulsar este botón —dijo señalándolo y luego me entregó el celular. Se inclinó y señaló otro botón—. Si por alguna razón no contesto, llama a este número. Es el aeropuerto. La batería debería durar meses, siempre y cuando no empieces a llamar gente cuando te sientas solo.

—No voy a llamar a nadie —le dije. No había una sola persona de las que había dejado atrás con la que quisiera hablar.

Estiró la mano hacia el siguiente elemento, una mochila grande que descansaba sobre la arena. Era del tipo que utilizaban los excursionistas serios cuando querían ir a acampar y no depender de nadie para llevar sus suministros. La última vez que utilicé una mochila como ésta fue cuando tenía doce años. Para mi cumpleaños le pregunté a mi papá si podía ir con él a una expedición de mochilero por una semana, escalando en las montañas de Sierra Nevada por Outward Bound. A mi padre y a mí nos encantaban las excursiones, él me había estado llevando durante tanto tiempo como podía recordar. Mi mamá no había estado interesada y tampoco mi hermana, pero nunca me había llegado a sentir más feliz que cuando estaba al aire libre, y en cuanto más alejado del lugar estuviéramos, mejor. Cuando mi papá trajo a casa el folleto de Outward Bound y lo estudiamos juntos, supe de inmediato que estaba preparado para el reto.

Los siete días que pasé en el desierto fueron todo lo que había esperado, y me cambiaron en formas que no entendí totalmente en ese instante. Pero mi padre murió de un aneurisma cerebral dos días después de que regresé de mi expedición en Outward Bound. Desde aquel entonces no había vuelto a ir de excursión.

Entonces, de pie en la playa, me pregunté si mi deseo de vivir en la isla, solo y en un lugar tan desolado, era mi intento de recrear lo que había sentido en aquella expedición. Era demasiado joven en ese entonces para experimentar una verdadera epifanía, pero me di cuenta que existía algo más grande. Una especie de despertar que podría lograrse sólo por vivir en un lugar prácticamente intacto por otros seres humanos, en total soledad.

Abrí la cremallera de la mochila y saqué el contenido: saco de dormir, colchoneta y carpa. No necesitaba demasiado la mochila, pero sí todo el contenido, y con ella me era más fácil transportar las cosas a la arena. Además podía ser útil cuando explorara la isla.

Cogí la lista e hice una marca como tamizado a través del contenido de una caja de cartón grande y dije en voz alta—: Estufa de campamento, combustible, cuchillo, encendedor, linterna, equipo de pesca, caja de aparejos, olla y sartén, kit de primeros auxilios, utensilios, repelente de insectos, protector solar, ducha solar, pala, recipiente de plástico grande de boca ancha, papel higiénico, y bolsas de basura.

Los alimentos no perecederos eran lo siguiente. Todo estaba deshidratado y envasado al vacío o en una lata con una lengüeta metálica. Había un montón de frutos secos, cereales, carne seca, y una mezcla de bebida en polvo que podría añadir al agua. También latas de judías verdes y maíz.

—La laguna está llena de peces. Hay cocos y fruta de pan. Vas a tener mucho para comer.

Señaló los tres contenedores de siete galones que contenían agua potable. —Mantenlos en la sombra —dijo—. El agua no estará fría, pero va a estar un poco más fresca. No es suficiente para treinta días, pero si recoges el agua de lluvia en esto… —Levantó un envase de plástico—. Vas a estar bien.

—De acuerdo —le dije. Asegurarme de que había suficiente agua me puso nervioso. Cuando me contacté con él, y le expliqué lo que quería hacer, dijo que la falta de agua dulce era el mayor obstáculo para vivir en una isla deshabitada.

—Asegúrate de poner todo lo que no se puede quemar en una de las bolsas de basura. Vas a traerla de vuelta contigo para poder deshacernos de ella.

Pensaba en el tratamiento de la isla como lo haría en un campamento, respetando la manera que lo haría con cualquier pedazo de tierra que estaba habitando temporalmente. —No voy a dejar nada de basura.

Una de las primeras preguntas que había hecho fue si era posible llevar a cabo lo que quería hacer, y si estaba de acuerdo en ayudarme a hacerlo.

—La mayoría de la gente visita estas islas deshabitadas durante un día o dos, máximo —había dicho—. Tienen su día de campo y obtienen su solución a lo Robinson Crusoe, y entonces están listos para regresar a la ciudad. Nunca había conocido a nadie que quisiera habitar en una de ellas de forma indefinida. Pero si esto es lo que realmente quieres hacer, sé de un lugar que podría funcionar. Está lejos en el extremo norte y no hay ningún tráfico aéreo. Las probabilidades de un aterrizaje de hidroavión en el lago con una pareja de recién casados a bordo son nulas, así que no creo que tengas que preocuparte de que nadie te encuentre.

—Eso es exactamente lo que quiero —le dije.

Cuando todo estuvo desempacado, lo miré, tomé una respiración profunda, y le dije—: Debes pensar que estoy loco.

—No te voy a mentir, hijo. Ese pensamiento ha cruzado por mi mente. O eso, o que deseas alejarte de todo, más que nadie que haya conocido.

Tenía mis propias reservas. Esto era sin duda lo más indulgente que jamás había hecho. —Tal vez voy a sacarlo de mi sistema más rápido de lo planeado —dije.

Se limpió el sudor de la cara con la cola de la camisa. —Ahora escucha, a partir de ahora y hasta alrededor de noviembre es cuando se verá la mayor cantidad de lluvia. No deberías tener ningún problema para recoger el agua para beber, ya que va a llover varias veces al día. Sólo asegúrate de que siempre tengas a mano el contenedor. La deshidratación es la mayor amenaza aquí, así que debes ser muy consciente del suministro de agua.

Sabía que Maldivas tenía dos estaciones: la lluviosa, o monzón del suroeste, que era la temporada en la que estábamos actualmente, y el más seco monzón del noreste, que comenzaba su transición en diciembre. —¿Qué pasa con las tormentas? —pregunté—. ¿Qué tan graves son?

—No se parecen a los huracanes, no hay de esos aquí, pero algunas de estas tormentas podrían ser muy fuertes.

—¿Voy a ser capaz de salir de mi tienda?

—Deberías poder hacerlo —dijo, asintiendo con la cabeza—. Voy a ver el radar, y escuchar los informes meteorológicos. Si creo que hay una infusión que es demasiado para que la resuelvas, vendré a buscarte. —Puso una mano en mi hombro—. Hay que tener cuidado aquí, hijo. Ten cuidado en el agua y en la tierra. Esta isla no es como uno de los balnearios. —Me apretó el hombro y dejó caer la mano.

Me pareció increíble que este hombre que no sabía nada de mí, le importara mi bienestar, teniendo en cuenta que mi propia familia no parecía preocuparse por otra más que la de ellos. Me hizo sentir bien, como si por una sola vez el peso del mundo no estuviera sólo sobre mis hombros. —Voy a estar bien —dije—, pero agradezco tu preocupación. Gracias por todo.

Sonrió y me tendió la mano. —No hay de qué. Llámame si me necesitas. De lo contrario, voy a estar de vuelta en treinta días.

—Está bien.

Nos dimos la mano y lo vi alejarse, con los extremos de su camisa extra grande ondeando en la brisa. Se metió en el agua y el sonido de los motores del hidroavión pronto llenaron el silencio.

Cuando no fue más que una mancha en el cielo, me di la vuelta y comencé a vivir mi nueva vida.

15 de mayo 1999

Llegué a la isla hoy. Instalé un campamento en la playa y durante la tarde, sin previo aviso, comenzó una lluvia torrencial, lo que fue un poco raro porque el sol todavía estaba brillando. El calor es sofocante. Cuando no estaba en el agua, me quedaba en la sombra, pero los bichos eran horribles. Me rocié de pies a cabeza con repelente de insectos. No los mantuvo a todos alejados, pero sí a la mayoría. Noté un par de las más grandes y espeluznantes arañas que había visto en la vida. Son de color café con las piernas muy largas, y si alguna vez encuentro una de ellas en mi carpa, probablemente gritaré como una maldita niña.

Cuando el sol se puso, los murciélagos salieron. Fue una de las cosas más increíbles que he visto. Eran tantos que cuando llenaron el cielo bloquearon la luz de la luna.

Es tranquilo aquí, nada más que el sonido de las olas… La mayoría de la gente probablemente lo odiaría, pero nunca me he sentido más tranquilo o en paz.

17 de mayo 1999

Paso la mayor parte de las horas del día explorando. Hay bancos de peces en la laguna, y me gustaría tener un esnórquel para poder verlos mejor. He visto cangrejos y tortugas marinas y ayer me pareció ver una aleta, pero se hundió por debajo de la superficie antes de que pudiera echarle un buen vistazo. Salí del agua, por si acaso.

Me olvidé de preguntar acerca de los tiburones. Sé que están aquí, pero no sé si entran a la laguna.

Probablemente debería averiguarlo.

21 de mayo 1999

No sé cómo ni por qué, pero hay gallinas aquí. Estaba caminando en la zona más boscosa de la isla ayer, donde la luz del sol sólo llega al suelo en haces estrechos, y oí un sonido de aleteo extraño. Entonces una gallina voló directamente en frente de mí, y casi me muero de susto. Se escapó como si tuviera miedo de que la persiguiera, lo cual fue divertido teniendo en cuenta que estaba congelado en seco esperando que mi aorta estallara, debido a que mi corazón latía demasiado rápido. Juro que le tomó cinco minutos a todas mis funciones corporales para volver a la normalidad.

24 de mayo 1999

Preguntas:

Gallinas. ¿Qué demonios?

¿Hay algo en la laguna que me pueda matar?

Las arañas gigantes… ¿son venenosas?

No pasó mucho tiempo antes de que estableciera una rutina de cosas. Me despertaba temprano y cada mañana me iba a nadar y luego hacía café en mi estufa de campamento. Después de un desayuno de cereales y frutos secos generalmente escribía en mi diario y luego exploraba otra parte de la isla.

Ya no se sentía tan caluroso, y había momentos en que me tendía en la arena, protegido por un bloqueador solar de 50, y dejaba que el sol cayera directo sobre mí. Cuando me calentaba demasiado me metía en el agua o encontraba algo de sombra. Llevaba mi libro favorito conmigo, uno de bolsillo con las puntas dobladas La danza de la muerte de Stephen King. Abría una página al azar y veía cómo Frannie, Stu, Glen y Larry estaban lidiando con la gripe.

Extrañamente, no me aburría. Siempre había algo que hacer o ver, y para cuando habían pasado dos semanas de haber estado en la isla, había cubierto casi cada centímetro de ella. Me encontraba con una gallina varias veces, tal vez era la misma, y siempre se alejaba aleteando cuando me oía llegar. También descubrí que la isla tenía una población muy grande de ratas, pero la mayoría salían en la noche, sus ojos brillando en la oscuridad, mientras correteaban por el suelo.

Vislumbré la aleta en la laguna de nuevo, pero esta vez había dos. Cubriéndome los ojos con la mano, me puse de pie en la orilla y entrecerré los ojos. No parecían tiburones, pero no estaba seguro. Me metí unos pocos metros, manteniendo la mirada atenta en las aletas, pero salí del agua rápidamente cuando desaparecieron bajo la superficie.

Empecé a tratar de adivinar la hora del día observando la posición del sol en el cielo. Varias veces durante la mañana y por la tarde, hice algunas conjeturas y luego saqué el reloj de mi bolsillo para ver si estaba en lo cierto.

Llovía con frecuencia, lo que era bueno para mi suministro de agua, pero hasta ahora no había irrumpido. Un día, el cielo se oscureció y me senté en mi tienda y escuché la lluvia caer torrencialmente, pero el cielo se aclaró después de una hora y di un suspiro de alivio.

Empecé a pensar en si sería posible construir algún tipo de estructura fija en la isla, algo más resistente en caso de que el clima realmente pasara a ser malo. La idea se arraigó y abrí una página en blanco en mi diario e hice algunos bocetos. Cuando era niño, había estado obsesionado con Legos y Lincoln Logs, pasando horas construyendo estructuras elaboradas. Siempre había querido una casa en el árbol, pero mi patio no tenía el tipo de árboles para apoyar algo tan grande. Me gustaba la idea de construir algo a gran escala, con mis propias manos. Algo que podría utilizar como refugio.

Algo que se sintiera un poco más como un hogar.

04 de junio 1999

El hidroavión volverá en once días. No me siento solo, no realmente, pero será bueno escuchar otra voz humana y tener una conversación con alguien.

He descubierto que me gusta la pesca. Utilizando diversos señuelos que he encontrado en la caja de los trastos, me meto hasta la cintura en la laguna, a la espera de que algo muerda mi anzuelo. He cogido peces cuyo tamaño varía de seis a doce pulgadas, pero sólo tomo lo que soy capaz de comer en mi próxima comida. La primera vez que tuve que limpiar un pescado hice todo un maldito lío de ello y casi me corté el dedo con el cuchillo. Estoy mejorando. Ha pasado un largo tiempo desde que fui a pescar y mi papá siempre era el que los limpiaba, así que estoy aprendiendo sobre la marcha.

Me enteré que las aletas que seguí viendo en la laguna pertenecían a delfines y no a tiburones. Tres de ellos nadaron cerca de la orilla un día y me sentí aliviado cuando vi sus cuerpos saliendo a la superficie. Me voy metiendo de a poquito al agua cuando aparecen y están empezando a nadar más cerca de mí. Hay por lo general dos o tres de ellos y el otro día uno tiró agua por su espiráculo. Como diciendo, "¡hola, Jacob!"

He estado nadando durante períodos cada vez más largos de tiempo. Nado en paralelo a la costa, en el agua que no es demasiado profunda, y no me detengo hasta que mis hombros y mi pecho duelen y no tengo suficiente aliento como para continuar. Me siento increíble después.

07 de junio 1999

Los delfines son fascinantes. Tomó un tiempo, pero finalmente están empezando a confiar en mí. Cogí un pequeño pez y lo tiré en la boca del delfín que nadaba más cercano, y ahora, ¿él? ¿ella?, no me tiene miedo. Hablo con ellos y es como si entendieran lo que estoy diciendo.

10 de junio 1999

Hoy pasé más de una hora alimentando a mano a los delfines. Creo que jamás he utilizado la palabra "retozar" en mi vida, pero eso es lo único que describe lo que veo cuando los delfines aparecen y empiezan a nadar a mi lado y saltar en el aire. Se ponen de espaldas y dejan que les frote el estómago y no les importa en absoluto cuando me agarro de sus aletas y damos un paseo alrededor de la laguna. He empezado a pensar en ellos como mis amigos.

Espero que eso no signifique que he empezado a perder la cabeza ni nada.

El hidroavión llega mañana.