*** La historia no es más que una adaptación al final, el nombre del autor y el nombre original de la historia ****
**** Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer ****


**La letra cursiva son entradas del diario que Jacob esta relatando a Edward y bella**

Capitulo 22

Bella

Es tan difícil que mi cerebro entienda lo que Jacob nos está diciendo. Mientras lo escucho describir sus primeros días no puedo dejar de recordar los de Edward y míos. Recuerdo que pensé que ya que yo era la adulta, dependía de mí solucionar todo eso, y haberme dado cuenta de ello —del miedo—, casi me aplastó porque no tenía ni idea, ninguna pista de qué hacer. Todo lo que sabía era que estaba aterrorizada y segura que nos moriríamos.

Echando un vistazo a Edward, me detengo. El hombre que está sentado a mi lado en este sofá es mi igual, mi confidente. El amor de mi vida. Él es fuerte en todos los sentidos de la palabra. Pero pienso y lo recuerdo a los dieciséis años: flaco, inseguro de su papel, frenillos en sus dientes. Asustado. En mi mente puedo ver los labios agrietados de Edward, los cortes en la cara, el ojo que estaba cerrado por la hinchazón. Metido en otra situación de vida o muerte a la que no tenía más remedio que enfrentarse y luchar.

Si no hubiéramos estado en una situación tan grave, ¿habríamos apreciado la belleza de la isla, de la manera en que Jacob lo hizo? ¿Podríamos haber sentido la paz que sintió él? No importa, porque no podemos comparar nuestro tiempo en la isla con el de Jacob.

Con el tiempo, reconocimos la belleza allí, al igual que Jacob. Pero ni una vez nos olvidamos de lo vulnerables, lo impotentes que éramos. Para nosotros no hubo hidroavión dejando caer los suministros. No hubo teléfono satelital. Nada de lo que nos atara al mundo exterior. No hubo nadie que nos ayudara. La única cosa que era verdad, la única constante durante nuestra estancia en la isla, en lo que podíamos confiar, era en el otro.

Miro a Edward Él no muestra ninguna emoción en su rostro, y no estoy segura de lo que está pensando. ¿Está recordando lo diferentes que fueron nuestras primeras semanas? Me acerco y agarro su mano porque ahora mismo, en este momento, tengo que sentir nuestra conexión. Cuando aprieta mi mano le regreso el gesto, de la manera que siempre lo hago.

Y luego dirijo mi atención a Jacob, porque tan difícil como es hacer frente a estos recuerdos, quiero escuchar lo que él ha venido a decir.


Jacob

Estaba esperando en la playa cuando el hidroavión aterrizó en la laguna. El alivio me inundó cuando escuché el sonido de los motores y vi el avión en el cielo. Aunque me encariñaba más con cada día que pasaba, todavía no había estado en la isla el tiempo suficiente para estar al cien por ciento cómodo en cortar lazos con el mundo exterior. Todavía necesitaba saber que existía una conexión con él. Que estaba allí para mí, y que podía contar con él sí lo necesitaba.

Puse la ropa sucia en el bolso de lona y guardé el resto. Metí todo dentro de la tienda y me aseguré de conducir las estacas lo más profundo en la arena como pude para que las cosas no volaran lejos si venía una tormenta. Estaba planeando en pasar sólo una noche en tierra firme y regresaría temprano a la mañana siguiente una vez que mis provisiones se cargaran en el avión. Puse toda la basura que no podía quemar en una bolsa de plástico y me la eché al hombro.

Descalzo, me metí para encontrarme con el Capitán Forrester. No me había molestado en ponerme una camisa, pero él no parecía el tipo de persona que le importase. Arrojé el bolso y la bolsa de basura en primer lugar, él me sonrió cuando me metí en la cabina.

—Guao —dijo él—, ese es un bronceado impresionante. —Se extendió para estrecharme la mano y darme una palmada en la espalda—. ¿Cómo te ha ido, hijo?

—Muy bien —dije, devolviéndole la sonrisa—. Es bueno verte de nuevo.

—Seré honesto, medio esperaba que me llamaras después de la primera semana y me pidieras que viniera a buscarte. No podría culparte si hubieras perdido un poco la cabeza. Me alegra ver que manejaste la soledad muy bien.

—Sí. La soledad era exactamente lo que buscaba.

—Creo que lo encontraste. Puedes sentarte al frente si quieres —dijo él, una vez que cerró la puerta y se sentó.

—Está bien. —Me senté junto a él y abroché el cinturón de seguridad.

—Entonces, cuéntame en qué has estado —dijo una vez que habíamos arrancado—. ¿Estás listo para empacar y regresar a casa definitivamente?

—No todavía —dije—. Tengo una especie de rutina. Conocí a unos delfines.

—Siempre he pensado que los animales hacen mejor compañía. Siempre y cuando no supongas una amenaza para ellos, seguirán viniendo.

—Sí, es increíble en realidad. Es como si entendieran lo que estoy diciendo.

—No me sorprendería si lo hacen —dijo él—. ¿Cómo van las provisiones?

—Estoy corto de agua. Bebo más de lo que pensé que haría porque hace mucho calor. Sin embargo, estoy bien de comida. He estado pescando mucho.

—Nada sabe mejor que el pescado que tú mismo encuentras. Lástima que yo prefiera el mío frito y cubierto en salsa tártara —dijo, riéndose.

Me eche a reír. —Sí. Yo, también, pero aún saben muy bien de la forma en que los cocino.

—¿Has probado el coco?

—Sí. No son fáciles de conseguir. Casi me corté la mano tratando de abrir uno la primera vez que lo intenté.

—Los cocos te hacen trabajar para obtener su pulpa, no hay duda de eso.

—¿Sabías que hay gallinas salvajes en la isla?

—Síp, la mayoría de las islas tienen unas cuántas alrededor.

—¿Sabes si las arañas son venenosas? ¿Las gigantes de color marrón?

—Son cazadoras de color. Son espeluznantes, pero inofensivas.

—¿Qué hay de los tiburones?

—El más común es el ballena, pero no representan una amenaza. Hay tiburones martillos aquí, los cuales podrían hacer un poco de daño, supongo. Hay de arrecife, seguro, pero por lo general no molestan a nadie. Me imagino que la mayoría de los tiburones se quedarán en el otro lado del arrecife, por lo que la laguna debería ser segura —dijo él—, pero no es como si hubiera algo que los mantenga alejados si deciden venir, así que ten cuidado.

—¿Crees que sería posible construir algo en la isla? ¿De madera? Podría usarlo de refugio cuando llegue la tormenta.

—Depende de lo grande que te gustaría que fuera —dijo él.

—No demasiado —dije—. Realmente no sabría qué estoy haciendo, así que me tendría que aprender a medida que avance. ¿Podrían traerme provisiones como madera? ¿Habrá espacio en el avión?

—Sí, hay espacio. Puede que no sea capaz de traerlo todo de una vez, pero podría traerte lo suficiente para empezar —dijo él—. No es una mala idea si piensas quedarte por un tiempo. Te mantendrá ocupado, por lo menos.

—Sí, lo haré —dije—. Definitivamente creo que estaré allí por un tiempo.

Después de aterrizar saqué la camisa y zapatos de la bolsa. El calzado se sentía raro; raramente usaba a menos que estuviera en el área arbolada de la isla. Me puse la camisa por encima de la cabeza y seguí al capitán Forrester a través de la puerta de la cabina.

—¿Tienes tu lista de suministros? —preguntó.

—Sí. —Llevo la mano al bolso y le doy la lista que había hecho—. ¿Se realizó bien la transferencia?

—Llegó muy bien. Compraré todo en tu lista y lo tendré esperando por ti en el avión.

—Está bien —dije—. Gracias.

—Seguro —dijo él y sonrió.

—Estaré listo para irme a las nueve mañana en la mañana, si eso todavía suena bien para ti.

—Por mí está bien —dijo—. Disfruta tu noche.

Me había reservado una habitación bajo su nombre en el Hulhule Island Hotel cerca del aeropuerto. Cogí un autobús de enlace y en menos de cinco minutos estaba de pie frente a la recepción. La mujer que me atendió me sonrió y me dio una llave electrónica.

—Que disfrute su estancia —dijo ella.

—Lo haré. Gracias.

Cuando llegué a mi habitación, puse el bolso en la cama e inmediatamente apagué el aire acondicionado. Abrí la ventana para dejar entrar el calor, el cual ahora prefería por encima del frío.

En el baño, tuve que mirar de cerca cuando cogí el primer vistazo de mi reflejo en el espejo. Mi piel nunca antes había estado tan oscura. Aunque vivía en la soleada California, estaba fantasmalmente pálido cuando llegué a la isla, por pasar de doce a quince horas al día sentado frente a la computadora. Mi principal fuente de luz habían sido las bombillas fluorescentes de mi oficina.

Un mes de vello facial cubría mi rostro. Había empacado una cuchilla desechable y una lata de espuma, y podría haberme afeitado si hubiera querido; pero no me parecía importante, así que lo omití. Mi cabello había crecido también, pero estaba tan corto al principio que probablemente podría demorar retocármelo hasta el próximo mes.

Me quité la ropa y tomé una larga ducha caliente. Se sentía extraño volver a las comodidades modernas después de mi tiempo en la isla. Todo parecía alcanzable, como si no hubiese nada que no pudiera tener si lo quisiera. Casi me sentí culpable aunque no tenía idea de porqué.

Cuando terminé de ducharme me sequé y luego me envolví la toalla alrededor de la cintura mientras me afeitaba. El hotel ofrecía servicio de lavandería así que recogí toda mi ropa sucia y llamé a la recepción. Ellos se comprometieron a enviar a alguien de inmediato, así que me puse la bata que encontré en el closet y me tendí en la cama.

Pensé en poner a cargar mi celular, pero realmente no tenía ganas de ver quién había llamado. Si mi familia y amigos miraban a través de mi viejo diario —el que había dejado a simple vista en la mesita de noche en mi apartamento—sabrían de mi intención de venir aquí. Si estaban tan preocupados por mi bienestar, no sólo por mi dinero, sabrían dónde encontrarme.

Lo triste era que realmente no creía que se molestaran en hacer el esfuerzo.

Pedí comida del servicio de habitación y tomé una siesta mientras esperaba que me devolvieran la ropa. Un golpe en la puerta me despertó del sueño y cuando abrí, un empleado del hotel me la entregó. Olía mucho mejor que cuando llegué. —Gracias —dije, y le di una generosa propina.

Después de ponerme una camiseta y unos pantalones cortos, me deslicé en los zapatos de tennis, agarré la llave electrónica y la billetera, y caminé hacia el vestíbulo. Tomé el autobús de vuelta al aeropuerto y luego subí a un ferry llamado Dhoni para el viaje corto hacia Malé. Estaba pintado con tonos brillantes de azul y naranja y lleno a capacidad con los turistas.

Una vez que llegué a tierra firme decidí caminar hacia mi destino. Podría haber alquilado una moto o tomar un taxi, pero quería ver la capital. El folleto turístico de mi habitación de hotel decía que casi cualquier lugar en Malé era accesible a pie en no más de diez minutos.

Caminé a través de las calles de la cuidad, parando para mirar el mercado local, viendo cómo la gente de la región se mezclaba con los turistas. Los brillantes racimos amarillos de plátanos colgaban sobre mi cabeza, y los comerciantes estaban junto a la mesa vendiendo productos locales y frutas frescas.

Me encontré con el mercado de pescado un par de cuadras más adelante, lo olí antes de verlo.

Una bulliciosa multitud compuesta por pescadores y clientes llenaban el área, me detuve y vi al hombre cortando la carne, su manera de filetear en trozos era más precisa de la que yo era capaz de hacer. Había mejorado mucho, sin embargo, y ahora casi no perdía nada del pescado cuando lo limpiaba.

Me fijé en un cartel que decía Librería Novelty. Esa fue la principal razón por la que había tomado este viaje a Malé. Después de cruzar la calle, abrí la puerta y entré en el espacio con aire acondicionado. Estantes de papelería y material de oficina se alineaban en las paredes. Había filas y filas de novelas y libros de texto; caminé pasándolas poco a poco, leyendo los títulos en los lomos, buscando. El aire olía ligeramente a guardado, de la manera que siempre lo hacía cuando muchos libros estaban almacenados cuidadosamente juntos, pero era un olor familiar y me recordaba a todo el tiempo que pasé en la biblioteca de la universidad.

Finalmente encontré lo que estaba buscando en la sección de no ficción, cerca de los libros de auto ayuda. La colección era limitada, pero había muchos libros sobre estructuras de casas.

Tomé uno y lo abrí en la tabla de contenido. Había capítulos sobre los materiales y las herramientas que necesitaría, así como también sobre las diversas técnicas de construcción. Me quedé allí durante quince minutos hojeando los libros, finalmente eligiendo uno de los que tenía la mayor información sobre todo lo que necesitaba saber. Añadí todos los temas actuales de cada revista de negocios que vendían, y la edición de ese día del periódico USA Today. No me arrepentía de mi decisión de dejar el mundo de los negocios, ni por un minuto, pero aún sentía el deseo de conocer cómo las tendencias actuales estaban jugando allí afuera.

Cuando salí de la librería me encontré silbando porque nunca me sentía mejor que cuando tenía un plan.

Esa noche cené en el bar de mi hotel. Me senté en la terraza y pedí una cerveza y una hamburguesa con queso y patatas fritas, que sabían mejor que cualquier hamburguesa y patatas fritas que alguna vez haya probado. Pedí otra cerveza después de acabar mi plato y bebí mientras miraba la puesta de sol sobre el Océano Índico. Cuando todo estuvo totalmente oscuro, las luces de Malé iluminaron el cielo.

Deambulé dentro y me senté en el bar. Muchos de los clientes jugaban al billar o lanzaban dardos. Parecían ser una mezcla de hombres de negocios vestidos con trajes y pilotos de hidroaviones, con camisas de manga corta con nombres y logotipos de sus líneas aéreas. Había una escasez evidente de mujeres, lo cual me deprimió, porque después de treinta días solo, hubiera estado más que feliz de ver a una chica sentada en el bar.

Tomé una cerveza más y luego di por terminada la noche y me dirigí a mi habitación. Antes de ir a dormir, abrí el libro del armado de casas e hice una lista larga y detallada de todo lo que iba a necesitar.

A la mañana siguiente, me duché y pedí café y el desayuno al servicio de habitaciones. Tenía que estar en el muelle en quince minutos, así que metí mis compras de la tienda de libros en el bolso y salí.

El Capitán Forrester me estaba esperando. —Buenos días —dijo—. ¿Listo para irnos?

—Sip. —Lo seguí a través de la puerta de la cabina y una vez más me desplomé en el asiento junto a él y miré mientras pasaba por su rutina previa al vuelo.

—Hice un par de llamadas —dijo—. Puedo conseguir la madera que querías. El hombre con el que hablé dijo que la van a cortar por ti. ¿Me puedes dar una lista de lo que quieres? Probablemente no estará hasta la próxima semana, sin embargo. ¿Te parece bien?

—Por supuesto. —Saqué un pedazo de papel del bolsillo de los pantalones cortos—. Aquí hay una lista de todo lo que voy a necesitar. Sólo tienes que enviar la factura a mi dirección de correo electrónico. Deberías recibir un pago electrónico dentro de las veinticuatro horas.

Me miró extrañamente y dijo—: ¿Exactamente en qué tipo de negocios estás metido, hijo?

—Punto-com —le dije, respondiendo rápidamente. Por alguna razón, tal vez porque había sido muy servicial y agradable, era importante para mí que no creyera que me había ganado el dinero por tráfico de drogas o alguna otra actividad poco fiable—. Pero ya no estoy en el negocio. Vendí mi interés a la compañía justo antes de venir aquí.

—¿Así que tenías socios?

—Tenía tres. —Quil y yo habíamos crecido juntos, se había mudado a la casa de enfrente cuando estábamos en primer grado. Había conocido a Tim y Andrew en mi primer año en la UCLA. Los cuatro formamos una compañía en línea después de la graduación, para vender espacios publicitarios a través de Internet. Registramos nuestro nombre de dominio y nos aprovechamos de las bajas tasas de interés y la confianza del mercado. Todos sabíamos que luchábamos para llegar a ser el próximo gran éxito y estábamos igual de ansiosos por unirnos a la fiebre del oro en Internet.

—Debe haber sido una compañía muy exitosa.

—Nos fue bien —le dije.

Esa no había sido mi primera empresa en línea. Ya había tenido un gran éxito vendiendo cosas en eBay, antes de que el sitio de subastas se hiciera tan popular. Una de las primeras cosas que vendí fue la vieja colección de muñecas Barbie de mi hermana. Le ofrecí una fracción de sesenta—cuarenta y vendí todo el lote por quinientos dólares. Había sido tan fácil —nada más que unos pocos clicks del ratón— y después de eso me quedé enganchado.

Pasaba los fines de semana buscando anuncios en los periódicos y conduciendo a ventas de patrimonio, comprando cualquier cosa que pensara que podría vender para obtener una ganancia. No tenía suficiente espacio en mi dormitorio, así que arrastraba todo a la casa de mi mamá y los guardaba en mi antiguo dormitorio o en el garaje o en cualquier otro lugar que pudiera encontrar. Mi madre volvió a casarse tres años después de que mi padre murió —un vago que no me había gustado ni inspirado confianza desde el primer día— y mis pilas de inventario lo volvían loco. Le dije que le pagaría su hipoteca si dejaba de quejarse, y como estaba frecuentemente desempleado, sabiamente aceptó. Se calló después de eso.

No podía creer la cantidad de dinero que hice durante mi último año de universidad. La mayoría de los meses ganaba más de veinte mil dólares, y la única razón por la que no ganaba más era porque había sólo veinticuatro horas en un día. Siempre me había ido bien en la universidad, pero tuve que pasarme con frecuencia todas las noches en vela con el fin de equilibrar mis demandas empresariales con mi carga de cursos y tareas.

Después de graduarme con mi carrera de negocios, decidí que quería ampliarme, hacer algo en una escala más grande. Algo que no requiriera recolectar y almacenar una gran cantidad de inventario. La venta de espacio publicitario en línea parecía la solución perfecta, y uní fuerzas con Quil, Tim y Andrew, que eran igual de entusiastas. Ese fue el primer error que cometí.

Al igual que muchas empresas que recién iniciaban, el primer año nos pasamos el noventa por ciento de nuestras quince horas laborales tratando de generar publicidad para la empresa. Publicidad para una empresa que aún tenía que producir algo. Perseguimos enérgicamente capital de riesgo, y los inversionistas no podían esperar para dárnoslo. No parecía importarles arriesgarse con nosotros, ¿y por qué no lo harían? Éramos cuatro estrellas en ascenso, seguros e instruídos con un hábil plan de negocios. No hacía daño que una publicación nacional de negocios nos hubiera apodado "cuatro a tener en cuenta".

Habíamos vertido la mayor parte de nuestro capital inicial en las oficinas y fue idea de Quil que nunca debíamos ser vistos en algo que no sea traje y corbata, incluso los fines de semana. Odiaba eso, y protesté, pero era minoría, y de pronto todos nos vestíamos como banqueros.

Los buenos coches y los gastos por cuenta de los almuerzos y cenas vinieron después. Odiaba eso, también. Yo quería estar delante de mi ordenador trabajando. Creando. No contándoles a todos lo bien que nos iba. Una vez más fui minoría, y me compré un BMW y aparqué mi camioneta en el garaje de mamá.

Para mí, todo parecía estar envuelto en secretos y engaños. Empezamos a tener una gran cantidad de acalorados desacuerdos, y finalmente les pedí que compraran mi parte. Habíamos recaudado una asombrosa cantidad de capital de las empresas para ese entonces, y pedí tres millones de dólares. A cambio, cedería mis derechos a las ganancias futuras. Ellos pensaban que estaba loco, y Quil incluso me llevó a un lado y trató de convencerme de ello, creo que se sentía culpable. Pero yo tenía un mal presentimiento acerca de a dónde se dirigía la empresa y sólo quería salir. Ya tenía mucho en el banco, y tres millones en la parte superior del mismo significaba que podía ir a cualquier parte y hacer cualquier cosa que quisiera.

La voz del capitán Forrester interrumpió mis pensamientos. —¿Estos ex compañeros tuyos saben dónde estás? —preguntó.

—No —dije, porque no me había molestado en decirles. No sé si alguna vez vería a esos tipos de nuevo. Ni siquiera a Quil, mi amigo de la infancia. Él había sido uno de los que más cambió, y era su insistencia la que por lo general causaba las decisiones de negocios más riesgosas. Tenía grandes metas, pero yo dudaba altamente de su capacidad para ejecutarlas.

—Parece que a la empresa le estaba yendo bastante bien —dijo—. ¿Te arrepientes?

A veces pensaba en los millones que había dejado atrás. Un periódico local había hecho un reportaje sobre nosotros, y había enumerado todo detalladamente: nuestros sueldos, bienes, ingresos proyectados. Parecía como si tuviéramos dinero para desperdiciar. No ayudó que tomaran fotos de nuestras oficinas y una de Quil, de pie al lado de su Range Rover. De repente, todo el mundo conocía nuestro negocio. Y era curioso cómo la gente cambiaba cuando se enteraban de que tenías dinero. Cómo actuaban como si les debieras algo de ello y no merecías mantenerlo todo, simplemente porque era mucho. Mi hermana había sido la primera en pedir. Dijo que si no fuera porque me había dejado vender sus Barbies, yo nunca habría tenido éxito. Era mentira, y ambos lo sabíamos, pero le di el dinero de todos modos, pensando que sería una petición de una sola vez. Ese fue el segundo error que cometí.

—No. No me arrepiento en absoluto —dije.

Cuando llegamos a la isla, llevamos los suministros nuevos a la playa, mayormente comida y agua y combustible para la estufa. Sonreí cuando abrí una caja que contenía alimentos enlatados y artículos de higiene y noté un snorkel y un tubo para bucear y aletas metidas al lado de ellos. —Oye —dije—. Quería pedirte estos. Debes haber leído mi mente.

—Pensé que podrías darles un buen uso. Hay algunos de los mejores buceadores del mundo aquí.

No podía recordar la última vez que alguien había hecho algo amable para mí, y sentí extrañamente un nudo en la garganta. —Sí. Esto es genial.

Miró a su alrededor en las cajas y dijo—: Bueno. Eso es todo. Estaré de vuelta en una semana con la madera y herramientas. Voy a traer lo que pueda y volaré a por el resto cuando lo necesites.

—Gracias —dije—. Realmente aprecio todo lo que has hecho por mí.

Sonrió y dijo—: De nada, hijo.

Nos dimos la mano y después de que despegó, lo observé hasta que no fue más que un punto en el cielo.