Nuestra primera aventura (parte uno)

(Kurama)


Acaricio la imagen del bello paisaje primaveral que se representaba bajo el cristal. Devolvió el portarretratos a la repisa con desgana. Habían momentos muy atesorados que se descubren cuando se ve hacia atrás. En el pasado.

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Siete años antes había conocido a Hiei, recostado sobre las raíces de un árbol. Era verano, de modo que las hojas eran verdes y abundantes para esconder tan pequeño y liviano cuerpo, pero para alguien como Kurama, quien para entonces terminaba la universidad, no había pasado desapercibido.

Hizo que una de las ramas tocara el rostro de Hiei para despertarlo, curioso de saber si se trataba de algún intruso o solo uno de esos alumnos holgazanes que huían de la escuela. El pequeño bulto oscuro entre la verde naturaleza abrió los ojos, de casualidad lo noto y fijo sus gemas escarlata sobre él.

Ojos carmesí, intensos y lastimeros, rudos y brillantes, lo vieron durante unos segundos y Kurama sintió perder el aliento. Una mirada intimidante y de fuerza, un reflejo de hermosa inocencia escondido. No se apartó ni se movió. Quedo fascinado. Se trataba de un joven de estatura de trece años pero de semblante mucho más experimentado en la vida, una vida difícil. Cuerpo menudo y plano, de piel pálida sobre vestiduras oscuras y cabellos azabaches con mechas blancas. Había visto mucho, en su vida actual y en la anterior millones, pero más lo había impresionado aquel ser misterioso que le aparto la mirada y de repente se esfumo, como tratándose de una ilusión de su mente.

Poco después, volvió a verle. En la universidad se presentó como un extranjero, que en vez de hablar de algún país exótico contaba historias terroríficas parecidas a las que ocurrían como hechos cotidianos en el Makai. Pero lo tildo como casualidad y producto de la imaginación de los ningen, cada vez más creativos.

Existía algo en el nuevo que no encajaba en el entorno y, contra todo, que le intrigaba y atraía. Dejando atrás los comentarios de Youko, utilizo sus poderes para intervenir en un sorteo donde se había que hacer parejas para un proyecto. Su nombre y del nuevo, que se hacía llamar Hiei a secas, quedaron seleccionados juntos.

Fue un descubierto, tal vez una aventura, el resultado de esa unión. Hiei lo había mirado como lo hubo hecho con todos, sin una pizca de simpatía. Ninguno de sus compañeros hubiera negado que trabajar con él era como tener la tarea ya lista, ni que hablar de las muchachas. Sin embargo con Hiei prefería olvidar el proyecto y tomarlo a el de tarea a investigar, de evaluar y resolver. Seria desafiante tratar con él.

Con las horas que Hiei pasaba en su casa, descubrió varias cosas, una más interesante que la otra.

Gruñía seguido, bufaba con facilidad, fruncía el ceño con ligereza, amenazaba sin vacilación, se enfadaba a acto inmediato. Hacia muecas adorables cuando no eran despectivas o burlonamente crueles. Era caprichoso por su forma de acomodarse en los lugares menos habituales. Poseía una genuina curiosidad andante sobre esto y aquello que se hacía en el mundo y no solo debía contarle de Japón, también de costumbres y reglas de decencia.

Era un caso extraño. Como uno de esos niños que se encontraban perdidos en una selva lejos de su verdadera naturaleza y debían aplicarse a su mundo natal, el civilizado. Hiei era un animal salvaje, activamente a la defensiva, pocas veces desatento.

Youko, en su cabeza, le insistía a que acabase con el juego y dijera las palabras definitivas. Se sorprendió al descubrir que, con Youko tomándolo tan tranquilo, el mismo había aceptado los hechos.

- Discúlpame la osadía pero…- en la noche, la mirada carmesí de Hiei se veía más brillante, junto a la ventana de su habitación- ¿Sabes lo que significa el concepto "amistad"?

- Un poco.

- ¿Conoces el trato de un amigo?

- No- le respondió sin perder un segundo- ¿Porque? ¿Me dirás que tú lo eres?

-…Si- en su interior, Youko le grito que era idiota y poco oportunista.

Pudo ver la sorpresa en toda la faz del joven, jamás tan expresivo, como si hubiera estado reservando muchas de sus caras. Sonrió triunfal por lograr desnudar una. Su victoria se redujo a confusión cuando Hiei se fue.

Días después, con la primera mala calificación en su vida universitaria, lo vio de nuevo. Con los brazos cruzados, la espalda contra un árbol, el mismo árbol en el que le había visto por primera vez.

- ¿Hoy es día de nieve dulce?

Tomo un respiro. Se había preocupado, había estado absorto en Hiei por días. Creyó que nadie, salvo su madre, lo haría sentir de esa forma tan ansiosa.

- Si, justamente- mintió. Todavía no era día de compras, pero por Hiei se las arreglaría- ¿Vamos juntos?

Se conformaba. Había conocido a alguien lejos de ser influenciable o seducido con facilidad. Antes, lo habría tratado como a un juego. Ahora, prefería mantenerlo tal y como estaba. No era Youko, no era un desvergonzado libertino, era Kurama. En vez de decir las cosas descaradamente y ser directo, sin pensar en las consecuencias y vivir el momento, optaba por disfrutar de aquella rara compañía y conocerla a profundidad, para suponer que podía pensar Hiei de él.

No obstante, con el paso de los días, las palabras de Youko le fueron tan insistentes como el anuncio de Hiei una noche. "Debo volver a un lugar". Fue entonces que se dio cuenta que no se trataba de una ausencia de unos días, ni de unas semanas, en absoluto no se trataba de la escuela, porque no iba a menos que Kurama lo persuadiera. Pudo oír en esa frase una despedida anticipada, y temió estar en lo cierto.

"Habla ya", "¡Se ira, infeliz!", "Sabia que me complicarías más la existencia, ¡maldición, siento lo mismo que tú!": eran las protestas de Youko, durante toda la semana. Y sabia, lo sabía sin duda alguna, que cuando Youko hablaba de Hiei era porque Shuichi comenzaba a pensar en él.

Porque más que encantado, curioso o tentado, estaba teniendo sentimientos hacia él. Había vivido como un ladrón antes, durante siglos y experimentado mucho, así que reconocía la diferencia exacta entre el deseo y el cariño.

Estaba enamorado.

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- Si te caes, tu problema- le aviso Hiei en la terraza de su casa, en una noche de reunión de amigas de su madre. Decía que era cómodo el techo y no tuvo más remedio que seguirle para hablar con el- ¿Qué quieres?

- ¿Te iras mucho tiempo?

Lo vio hacer una ligera mueca con los labios. El tema no le gustaba tampoco al parecer.

- Probablemente, bastante.

- ¿Regresaras?

- Quizás. Este sitio resulto no ser tan aburrido como pensé.

Sonrió ante ese reconocimiento, del que sabía que alguien con el carácter de su amigo no admitía así de fácil.

Recordó porque estaban a la azotea, con la noche sobre sus cabezas y la brisa erizándole la piel, y los nervios lo hicieron pensar rápido.

No sabía que era exactamente lo que pensaba de él. No se imaginaba el cómo reaccionaría. No tenía idea de cómo serían las cosas. El tiempo apremiaba, la vida le exigía provecho ya que era un humano con límites. Sus deseos tenían el mismo grado que sus miedos.

Sus dudas fueron desechadas por la impaciencia de Youko, su yo más decidido y atrevido.

- No te vayas.

Pudo verlo y sentirlo todo, pero le fue imposible evitarlo. Hiei lo miro extrañado y en un movimiento todo quedo en silencio. Lo beso. Su demonio abandono el control sobre su cuerpo y reconoció que, aun fuera de su dominio, quería terminar esa osadía suya. Profundizo el beso y creyó saborear un elixir, ardiente y tosco, que jamás sintió con ninguno antes. Al separarse, tomo valor para mirar a Hiei con ojos brillantes de esperanza y perdón.

- No…No quiero que te vayas. Al menos, no de mi lado.

El pelinegro no hablo. Le respondió de otra forma, tímida y lenta, tomando su mano y besando delicadamente el dorso. Kurama esbozo una sonrisa, fuera de las falsas y mentirosas que siempre tuvo que usar, de auténtica dicha.