¿Notaron el cambio en los títulos de los capítulos? ¿no? qué bueno, es que creo que era mejor si en lugar de poner las horas como van pasando (que es como estaba) queda mejor en modo cuenta regresiva.
Algún día aprenderé a poner la línea que los profesionales (?) usan para separar las notas y la historia, pero hoy no es ese día.
Espero que les agrade:
–¿Tienes miedo? – le preguntó Ka de tal forma que era prácticamente una afirmación en la que se burlaba de él.
–No. – Izuku diferenció al grupo de personas que tenía arrodilladas a otras tres.
–Seguro preferirías estar llorando con esa horrible zorra de cara redonda que tienes de novia.
–Te voy a pedir que no te refieras así de ella – le dijo Izuku mirándolo con el ceño fruncido – además no es horrible, ella es hermosa.
–Aja, no me importa. – le dijo deslizándose más hacia enfrente y tomando una de las granadas que tenía en el cinturón – Igual, tú tienes un mejor trasero. – añadió mientras se levantaba y sacaba su cuerpo por la ventana.
La siguiente explosión espabiló a Izuku de la extrañeza que esa frase le generó y Red Riot aceleró alejándose haciendo que esas personas se subieran a sus propios vehículos y los persiguieran. Alcanzó a ver por el retrovisor que las personas que estuvieron a punto de ser asesinadas huían en dirección contraria.
Si no hubiera presenciado todo lo anterior, eso sobre salvar personas, Izuku simplemente habría creído que la camioneta en la que actualmente viajaba era otra más participe en la purga.
Tal vez lo era.
Con las manos levantadas no sabía de donde sostenerse sin tocar la pierna que pasaba sobre él para mantener el equilibrio. Aunque su lógica le decía que debería sostenerlo, su instinto le gritaba que sería una mala idea. Red Riot dio un giro brusco y la pierna cambió de posición hacia arriba con tal rapidez y fuerza que, si Izuku no hubiera hecho la cabeza hacia atrás, le hubiera dado un rodillazo en la nariz que probablemente se la habría roto. Ka, con medio cuerpo fuera del auto a través de la ventana tomó otra granada de las que llevaba cruzándole el pecho, le sacó el seguro y la arrojó, gritando e insultando cuando esta explotó. Se escuchó al auto de atrás estrellarse y por fin la pierna se quitó de encima de él y Ka volvió a introducirse para sentarse de manera normal.
–Esos bastardos no se moverán otra vez – le informó a Red Riot. Quien vio algo por el retrovisor y suspiró sacudiendo la cabeza.
–Estaban tratando de matarlos así que no eran cazadores de sacrificios.
–Ellos no cazan en el centro, siempre van a las orillas, donde las personas de bajos recursos no pueden defenderse.
Izuku cruzó los dedos de las manos entre sus rodillas. Había escuchado los rumores sobre las personas de clase alta que habían comenzado a asistir a eventos en donde llevaban personas que eran sacrificadas y obviamente estas personas no iban por su propio pie. Ka observó la hora en un reloj que llevaba y cambió las balas de sus armas. Le quitó las que él llevaba e hizo lo mismo, se las devolvió. Repitió la acción con las de Red Riot.
–¿Cuánto? – preguntó el pelirrojo.
–Seis horas – le contestó el rubio.
Lo siguiente fue bastante repentino, en un momento iban avanzando por una calle despejada, al siguiente se había hecho bruscamente hacia enfrente, sostenido con fuerza por el cinturón de seguridad que llevaba puesto, escuchó el vidrio quebrarse, vio el suelo pasarse arriba y a Ka, que no llevaba nada puesto, separarse de su asiento hasta dar con el techo. Tardó unos segundos más en entender que se habían volcado. Se movió y sintió una punzada de dolor en todo el cuerpo, sacudió la cabeza un poco para tratar de aclarar su vista que se movía más de lo necesario.
–Explosion – escuchó hablar a Red Riot a su lado –. Hey, Explosion ¡Explosion! ¡BAKUGOU!
–No digas… mi maldito nombre, pelos de mierda.
Izuku giró la cabeza hacia el lugar donde estaba Ka, se encontraban de cabeza, él y Red Riot estaban colgando del asiento gracias a sus cinturones, Ka estaba con el costado sobre el techo y trataba de levantarse. Bakugou. Había escuchado ese nombre, había escuchado ese nombre en algún lado.
–Pues contesta a la primera que te hablo – bufó el pelirrojo obviamente aliviado. – ¿Estás bien, Deku? – le preguntó mirándolo. Izuku pudo notar que no le agradaba llamarlo Deku por el significado que tenía, pero era fiel a la parte de no llamar por los nombres.
–Estoy bien – le respondió.
Ka fue el primero en salir, mientras Deku trataba de quitarse el cinturón pudo escuchar que habían comenzado a disparar, Red Riot salió rápido a apoyar a su compañero. Izuku se puso nervioso de inmediato, mientras más intentaba quitarse el cinturón más parecía ceñirse a su cuerpo. Escuchó al auto recibir disparos. Sabía que como estaba de cabeza dejaba más expuesto el tanque de gasolina y que si seguían disparando en ese lugar podría explotar. Pero el cinturón no se soltaba.
–¿Qué mierda esperas para salir de ahí, Deku? – le gritó Ka pateando la puerta. Izuku buscó opciones. Localizó un cuchillo que debió salir de la guantera. Estiró el brazo, no lo alcanzaba. Siguió tratando de sacárselo, pero se había atorado. Debía ser por la forma en la que lo habían jalado para que él lo usara siendo que el auto no estaba diseñado para llevar tres pasajeros en la parte delantera. Explosion se asomó por el hueco de la ventana por donde había salido originalmente.
–¡Kacchan, el cuchillo! – le dijo señalándolo, el otro lo miró enojado un segundo antes de seguir la dirección de su dedo y tomarlo. Se metió a cortar el cinturón y lo sacó jalándolo del brazo sin ninguna clase de delicadeza. Lo empujó hacia la calle más cercana que había, mientras corrió hacia allá Izuku vio de soslayo tres figuras que les disparaban de vuelta. Ya que estuvo a cubierto por la pared regresó la mirada atrás y diferenció la espalda de Ka disparando y a Red Riot al otro lado del auto tratando de cubrirse. Al ver hacia atrás encontró el motivo que los había volcado. Una trampa de púas que reventó los neumáticos delanteros y que, por la velocidad que llevaban, los hizo girar. Probablemente incluso el auto se separó del suelo un momento. Tomó una de las pistolas que llevaba, más por seguridad que nada porque se sabía incapaz de atacar a alguien.
Escuchó el seguro de un arma ser quitado detrás de él. Tenía los suficientes buenos reflejos, pudo darse la vuelta, podría haberse quitado, pero por la dirección en la que el sujeto tenía la pistola le habría dado a Ka detrás de él y no se atrevió a moverse. Podría levantar el brazo y disparar, nunca había usado un arma, pero suponía que no habría más que jalar la pequeña palanquita que activaría el mecanismo. El arma en su mano quemaba. No podía. La bala dio en su hombro, por suerte. Fue una escena en cámara lenta ver el casquillo caer y el cargador recorrerse para pasar la siguiente bala al cañón. Cuando la segunda bala salió él chocó con la pared a un costado y el hombre frente a él cayó al suelo. Izuku llevó una mano al lugar donde había recibido la bala. El dolor llegó repentinamente como una descarga eléctrica.
–¿Qué mierda estás haciendo? – le gritó Ka que al parecer era quien lo había empujado y le había disparado al otro. Red Riot llegó pronto a su lado y entonces cayó en cuenta de que ya no había más sonidos de disparos en el ambiente.
–Déjame revisar.
–¡¿Por qué no le disparaste?! – le gritó Ka por encima de la voz de Red Riot – ¡Tienes unas jodidas armas para algo!
–No… no podía, no podría dispararle a alguien, herirlo… matarlo. No puedo.
Ka golpeó con fuerza la pared en la que estaba recargado.
–No somos unos jodidos asesinos. – le siseó y se levantó alejándose de él. Red Riot se acercó otra vez y revisó. La bala en realidad no lo había atravesado, el chaleco lo había detenido, pero esa era la parte más delgada y claro que el golpe lo había sentido bastante. Solo le dejaría un gran moretón.
–Las armas que usamos no son armas de verdad – le dijo Red Riot ayudándolo a levantarse – son casquillos huecos rellenos de químicos de nuestro científico loco que se inyectan al contacto y los dejan paralizados. Hay para diferentes cantidades de horas que vamos cambiando conforme avanza la noche, solo necesitamos que se estén quietecitos hasta que suene la alarma a las 7.
Izuku avanzó detrás de él. Ka estaba sacando las municiones del vehículo volcado.
–Por cierto – lo llamó antes de que se acercaran más – ¿Escuché que lo llamaste Kacchan?
–¿Kacchan? – preguntó Izuku nervioso e incrédulo – No, no me tomaría tales confianzas.
Red Riot solo sonrió y se acercó a su compañero para ayudarle. Era obvio que ya no podrían seguirse moviendo sobre ruedas, pero ninguno parecía haber si quiera considerado la posibilidad de dejarlo. Izuku sonrió, él tampoco planeaba abandonar a las personas que podrían necesitarlo.
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Era incómodo tener una máscara de madera sobre el rostro. No era pesada, pero el calor de su mismo aliento quedaba atrapado y era difícil respirar. Volteó a su izquierda donde sentada su madre observaba con unos prismáticos al escenario. No sabía para qué los usaba si a la distancia a la que estaban se diferenciaba bien lo que pasaba en el escenario. Ni siquiera sabía si le servían de algo a través de las delgadas ranuras que tenía su máscara.
–¿Qué te parece el de la izquierda, cariño? – giró a su derecha donde sentado su padre le señalaba a la persona que era anunciada en ese momento.
Observó el escenario donde un grupo de personas estaba de pie. El único hombre, sin dudas el que su padre señalaba, era un chico de unos 15 años, delgado y con la ropa sucia, lo que tenía en la pierna probablemente era sangre. Bajó la mirada asustada. A ese paso terminaría desarrollando miedo a ese vital líquido. Se preguntaba cómo se sentiría el pobre chico. La única vez que ella recordaba haberse herido fue cuando se cortó el dedo con el papel mientras escribía. Le había ardido. Recordaba el ardor. Volvió a observar la pierna del niño, porque eso era, un niño, cuando ella tenía 15 años lo único en lo que pensaba era en atender correctamente todas sus clases de piano. Él no se recargaba en esa pierna, y la sangre ya comenzaba a acumularse en el suelo debajo de su pie.
¿Cuánta sangre puede perder un humano?
Ella lo sabía. Eso era información básica. Pero conocer las cifras no significaba nada. ¿Cómo se siente estar herido? ¿Cómo se siente desangrarte hasta morir? Empujaron al chico y al resto de personas para que pasaran a la sala siguiente.
–Parece que los Aoyama lo compraron primero – dijo su madre poniendo una mano a la altura de la máscara donde quedaría su boca. Obviamente preocupada porque su posición se viera juzgada, pero incapaz de decir algo contra ellos siendo que se unirían políticamente en tres meses. Momo y Yuga se encargarían de eso. Movió el anillo que se encontraba en su dedo anular hecho de oro blanco con una incrustación de diamante como sortija – ¿Es que no piensas participar otra vez? – La regañó su madre.
Así había sido desde que cumplió 21. Cuatro años escuchando los mismos reproches. Pero ella no entendía ¿Por qué ella era quien quedaba mal si decidía no purgar? Solo porque el resto lo hacía no lo volvía correcto de ninguna manera. Todos se levantaron para ir a las gradas. Ella no quería ir. Pero una mirada fría de su madre fue suficiente para hacerla subir. No sabía en dónde estaba. Su chofer la había llevado a ella y a su familia hasta ahí y no había levantado la mirada de sus rodillas hasta que llegaron. Pero ese lugar era enorme y tenía cámaras de seguridad por todas partes. Había sido adaptado como escenario. Había pequeñas barricadas de madera sostenidas por costales de arena, había pequeños árboles y arbustos. Partes con tierra, partes con lodo, partes con piedras y ramas. Todo estaba totalmente a obscuras. Las cámaras y los visores de los competidores contaban con visión nocturna. Los competidores también llevaban dos armas de su elección. La mayoría elegía una pistola y un cuchillo, Momo ni siquiera quería detenerse a pensar en el cómo las consiguieron.
La presentadora anunció a los competidores. Por decencia todos usaban apodos y máscaras como la que ella misma llevaba para mantener su identidad secreta. Ellos solo sabían quiénes eran los Aoyama por su relación y viceversa. Dio unos pasos atrás cuando dio inicio, ahora su madre estaría lo suficientemente ocupada juzgando al resto y no pensaría en ella. Aoyama, su prometido, se paró junto a ella. Tenía el cabello rubio y los ojos azules, a veces decía palabras en francés.
–Que indecente – murmuró. Momo lo volteó a ver solo para dejar de ver el campo. Él no le desagradaba en absoluto, pero tampoco la emocionaba la perspectiva de pasar el resto de su vida con él. Aunque eso sí, daba muchos puntos a su favor el que, a pesar de que gozaba atrayendo la atención sobre él y siempre se la pasaba haciendo alarde a lo mucho que brillaba, nunca había participado en los eventos de purga alegando que era incorrecto. Sabía que en cuanto se casaran ninguno volvería a asistir a eso y era lo que más anhelaba. No fue intencional ver las pantallas, su cabeza solo se movió y sus ojos buscaron el movimiento. Una mujer vestida con un precioso kimono blanco había atravesado una katana en el estómago de una mujer no mucho mayor que ella. Giró la cabeza con rapidez al lado contrario y se tapó la boca. Las náuseas se apoderaron de ella. Aoyama se acercó a preguntarle si estaba bien. Le recomendó salir a tomar aire fresco. Él solía sufrir mucho de náuseas y sabía qué hacer en esos casos.
Observó a su madre que con desprecio señalaba la falta de elegancia en las risas de un hombre con máscara de castor. No la miraba, no la juzgaba. Así que salió. Fue a la salida que Aoyama le había señalado, estaba un poquito más lejos de lo que hubiera deseado. Atravesó tres puertas, todas cerradas con palancas. Cuando abrió la cuarta puerta creyó que saldría a otro pasillo, y se encontró, en cambio, con un hombre que portaba una máscara de plástico de un oso que era mitad roja y mitad blanca, escondiendo el resto de él en un traje negro que recordaba a un uniforme de policía, llevaba en la espalda dos tanques amarrados con correas a su torso.
Ya había llegado a la calle.
Fue tal su sorpresa que no se le ocurrió gritar, ni siquiera se hizo tantito hacia atrás. El hombre hizo un movimiento afirmativo con la cabeza a ella y se giró para hacer un arco con el brazo, salieron otras personas de las sombras, en puntos donde ella no era capaz de verlos antes. Dio un paso a la calle para dejar la entrada libre. Los vio ingresar. ¿Quiénes eran ellos? Ya que parecía que estaban esperando a que les abrieran supuso que iban con alguien. Tal vez nuevos competidores, tal vez traían nuevos sacrificios. Y esa última idea le regresó el terror y las náuseas. Colocó una mano sobre el hombro del sujeto con la máscara bicolor y este observó ese punto donde estaba siendo tocado.
–Los sacrificios – dijo ella haciendo que el hombre la mirara al rostro, o al menos al lugar donde debería estar y que solo una máscara de madera pintada de blanco con unas delgadas ranuras como ojos y unos labios muy rojos la cubrían – Ellos, no merecen morir solo porque otras personas se creen con el derecho de matar. – le dijo. Era la primera vez que tenía el valor de decirlo en voz alta. De alguna manera sintió que una enorme carga se iba, y la presión en su pecho por fin la dejaba volver a hablar.
El oso bicolor asintió.
–Por eso estamos aquí – le dijo y entró detrás de los últimos hombres. La puerta se cerró dejándola unos instantes afuera. Esa frase se había sentido extraña. Como si él fuera el héroe que acababa de llegar a salvarlos a todos. Colocó una mano sobre su pecho y sintió su corazón latir. Nunca había presenciado a una persona que estuviera dispuesta a hacer algo al respecto.
Un nuevo mal presentimiento se instaló en ella. No, no quería que esos eventos se siguieran dando, quería que la noche de la purga desapareciera. Sabía que acababa de dejar entrar a alguna especie de grupo heroico. Acabarían con los malos ¿No? Solo que, los malos serian todos los que apuntaban un arma desde el balcón.
Y no quería que nada le pasara a su familia.
Entró corriendo para pedirle al oso bicolor que no los atacara, pero ya no estaban. Habían entrado y se habían desplazado demasiado rápido. Momo levantó su kimono con motivos de duraznos y comenzó a correr. Recorrió el mismo camino que acababa de tomar para salir. Para cuando pasó la segunda puerta ya alcanzaba a escuchar disparos y gritos que eran muy diferentes a los de los eventos. Cuando atravesó la puerta una bala golpeó justo a un lado de su cabeza haciéndola retroceder por reflejo. Le dio una mirada al lugar, había muchos cuerpos en el suelo, a todos les habían quitado la máscara y ahora podía reconocerlos. Todos altos funcionarios, encargados del gobierno. Vio que ni su madre ni su padre estaban, pero el sonido de las armas seguía resonando claramente.
Se movió por las habitaciones sin tener conocimiento claro de la distribución del lugar. Cuando abrió una puerta café vio a su padre y otros más en el suelo, a su madre agachada y al oso bicolor apuntándole con un arma. Entró rápidamente y se paró frente a ella con los brazos abiertos.
–No permitiré que lo hagas – le dijo. Su voz tembló. Creyó que sería asesinada, pero el oso bajó su arma.
Entonces se escuchó otro disparo y sintió a su madre caer sobre ella. Se giró asustada y la ayudó a recostarse en el suelo. Observó a otro hombre con un casco blanco que aún mantenía su pistola en la manera en que la había usado para darle. Su madre ya no se movía. Se quitó la incómoda máscara y se le llenaron los ojos de lágrimas. Había cometido un error. No había dejado entrar a héroes, solo a asesinos.
–Ella está bien – le dijo el oso que se había ido a agachar a su lado, le sacó la máscara a su madre y Momo la observó respirar suavemente y hacer una mueca de dolor –. Está viva. Nosotros no asesinamos personas.
Entonces vio el arma que su madre tenía en la mano. Y pudo entender que debió haberse levantado usándola a ella como escudo con la intención de dispararle a ese hombre y por eso el otro la había atacado.
–¿Estás bien? – le preguntó. Momo se giró a verlo, y recordando que se había quitado la máscara apartó la mirada y trató de secarse las lágrimas. – Lo siento, no habría querido que presenciaras una confusión tan impactante.
–Ice-Fire – lo llamó el hombre con el casco – Todos los participantes han sido neutralizados y los sacrificios están a salvo. Debemos ir al siguiente centro.
–De acuerdo – le contestó el hombre a su lado mientras se ponía de pie.
–Ice-Fire-san – se escuchó Momo a sí misma llamándolo – ¿Por qué no me disparaste? Soy una, participante.
–No lo eres. – le contestó desde el umbral de la puerta. – Cuando fuiste tú en lugar de nuestro contacto quien abrió la puerta creí que nos habían descubierto. Pero con lo que dijiste y con lo que hiciste aquí, supe que eras diferente. No todo el mundo se atreve a actuar.
–Pero yo no actué – Momo sintió un nudo en la garganta. No entendía por qué estaba tratando de justificarse ante ese desconocido. Tal vez porque él era la clase de persona que ella desearía ser. – Yo solo-
–Actuaste – la interrumpió él. Fue por su máscara que había quedado junto a su madre recostada y se volvió a acercar a ella colocándosela suavemente. – Y puedes seguir actuando si quieres. Puedes acompañarnos.
No tenía idea de a qué se estaba metiendo ni de quienes eran esas personas.
Aun así, Momo asintió.
Por cierto ¿Notan la imagen de portada? Bueno, solo eso, para que no pase desapercibida.
¡Gracias por leer!
