Sin gloria

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Se oía un arrasador estruendo en cada rincón del Museo de Tokio, de pelea y de gritos, de ataques e impacto, pero no les prestó atención por todos los pensamientos en su cabeza.

No podía concebir que fuera realidad, más que como un pésimo sueño, un horrible producto de su imaginación, aunque ni en la más retorcida de sus fantasías lo hubiese concebido así.

Odiaba la imagen.

Hiei estaba frente a él, a la distancia de unos metros, empuñando una espada manchada de la sangre de sus compañeros ahora muertos en el suelo. El Tercer Ojo confirmaba su identidad, pero detesto esa marca porque solo lograba hacer más real lo que no quería creer. Los mismos ojos del Hiei que conocía le dirigían una mirada cargada de desprecio, de una cruenta feroz.

Kurama pronto cayo en la cuenta que Hiei no lo miraba a él. No. El Maestro del Jagan veía a Youko, el ladrón zorro.

- Arreglemos cuentas, zorro infeliz.

Una oleada de calor tomo lugar por el suelo. Llamas instantáneas e infernales rodearon a Youko. Hiei las había invocado. Su energía demoníaca era tan potente como la suya. Acabaron encerrados juntos en la llamarada.

- No, Hiei….

No había tiempo para pensar o dejarse llevar por la impresión. Por puro instinto, logro salvarse del ataque directo de Hiei con la espada. De su cabellera hizo aparecer su Látigo de Rosa y se puso de pie.

No entendía lo que sucedía. Lo único insoslayable eran las intenciones de la mirada carmesí. Quería matarlo. No había de otra, debía defenderse y…

- ¡No lo ataques!

- ¡No pienso que sea vulnerable! ¡Deja de pensar tanto! Debo protegernos.

Oyó una réplica de Kurama morir de súbito. Youko miro adelante. El Maestro del Jagan era directo y no tenía vacilación alguna. Debía luchar en su territorio, dentro del círculo de fuego infernal.

Con su Látigo de Rosa impidió los rápidos ataques del más joven. La velocidad era incomparable. El calor creciendo a su alrededor se volvía sofocante, sin aire puro, que hasta en su forma de demonio no podría soportarlo por mucho tiempo.

La pelea era proporcional, pero fue casi imposible defenderse de todos los actos de la espada veloz. Ataco a Hiei sin remedio. Este resistió el daño y acometió contra el de nuevo, sin perder un segundo.

- ¡Ataca en serio!

- Disculpa- dijo sarcástico. Dirigió su látigo hacia las piernas pero su dueño salto justo a tiempo- Es que no quiero atacarte directo a tu hermosa cara.

- ¿Acaso te gusto, demonio zorro?

Encontró una oportunidad. Los vástagos de la Madre entraron dentro de la llamarada, resistiendo el calor, y calculo su siguiente movimiento.

- Me sorprende tu fuerza- sonrió, ejecutando otro ataque que hizo retroceder a Hiei a la distancia que quería.

- Yo ya tengo a alguien.

- ¡Oh! ¿Sabe de nosotros?- dijo con cinismo y corrió a la izquierda. Antes que Hiei supiera lo que hacía, se lanzó el tallo de la Madre, que acabo por descomponerse ante el fuego y su incorporado peso. Puso los ojos en otro tallo, maniobro un salto más alto y de cuidado que paso por encima del círculo de fuego.

Solo con un pedazo de sus pantalones levemente quemado, toco el suelo y emprendió marcha para regresar al interior del museo. No podía usar a la Madre si el fuego terminaba consumiéndola.

Por su parte, Hiei, al ver su retirada, frunció el ceño con sorpresa y furia. Hizo desaparecer el fuego para después seguir al zorro que había dejado la pelea inconclusa.


- ¡No puede ser, esto no puede ser! ¡No entiendo!

- Después tus preguntas, Shuichi. Solo te diré que lo más acertado es pensar que nos quiere muertos.

Todo empeoraba. Había tenido un plan y este comenzaba a desmoronarse. Ahora, debía descender por los pisos y huir, utilizando aquel recurso que le facilitaría el escape. Un paso más en su maratón y una sorpresiva marca roja en su pecho lo hizo gemir.

Hiei se había aparecido ante él y con un limpio movimiento corto su ropa y alcanzo la piel. En su pecho se dibujó una línea curva de color rojo, la maniobra de la espada logro atravesar su ropa y cortarle unos cabellos.

Se apoyó a las paredes para no caer. El dolor se agrando al tocarse la herida.

- Pelea, zorro.

- ¿No…No estas con las Fuerzas Especiales…?

- Siéntete honrado. Porque eres la razón de mi desobediencia- lo señalo irrespetuosamente con su katana, cuya punta estaba roja de su sangre- Que lo valga, ladrón de tercera. Pelea.

Con más sentimiento de orgullo que de voluntad, se puso de pie. El cuerpo de Minamino era más resistente ahora, luego de semanas de entrenamiento, tanto el como el demonio podían soportar aquel dolor.

- Látigo de Rosa…

No quedaba otra. Hiei lo perseguiría. Debía pelear.

Pese a su herida, la pelea fue equilibrada. El poder de fuego de Hiei a veces interfería, pero usaba más la espada que sus poderes. Era un espadachín de honra. Youko trato de imaginárselo como cualquier otro enemigo, pero el caprichoso pensar de Shuichi lo interrumpía cuando sus instintos querían ser justos con el Maestro del Jagan y dejarle alguna herida de gravedad.

Cuando su oponente iba a por su mano, dispuesto a cortársela, uno de los tallos de la Madre atrapo al menor de la cintura para consecutivamente enredarlo por completo. De pronto, Hiei estaba contra la pared, con sus brazos y piernas en posesión de los fuertes tallos, que se comportaban como cadenas vivas que no le permitían escape. Al resistirse, muchos más aparecieron; algunos lograron que la cabeza del demonio de fuego se echara hacia atrás, con la intensión de dislocarle el cuello.

Al ver aquello Youko, reacciono tan de inmediato como su yo humano. Ambos sabían que usar el fuego en esas condiciones no ayudaría mucho. Si Hiei no se rompía el cuello, lo más seguro era que los tallos lo asfixiaran y que por su fuerza le destruirían los órganos internos. Estaba preso en su trampa.

- ¡No, Hiei!

- ¡No, Hiei!

- Oh, maldición. ¡Látigo de Rosa!

Salto y un gran látigo verde apareció en sus manos. Una gran cantidad de tallos fueron cortados en menos de dos segundos, para después convertirse en ramas secas que cayeron al suelo junto a Hiei.

La Madre flor gruñía.

Hiei se arrodillo y tocó delicadamente el cuello que antes iba a ser separado de su cabeza. Logro recuperar el aliento pero muy conscientemente miro confundido al kitsune.

- ¿Por qué…?

Otro rugido estridente. La gran flor había entrado en etapa de violencia, lo que sugería que ni su amo podía controlarla sin tratar directamente con ella, cosa que ahora no podía hacer ni de la tenía tiempo.

- No hay de otra…

Corto su mirada de la de Hiei, frustrado. Hubiera querido hacerle la misma pregunta, pero debía salir de ese museo antes de la hora programada.

La furia incontrolable de la gran flor fue un problema en aumento para las Fuerzas Especiales y los detectives. Si la Madre había sido terrible antes, ahora era peor. Múltiples tallos y enredaderas atrapaban a sus opositores, los exprimían hasta sangrar por los orificios y los devoraban sin escape posible.

Inclusive Youko, su creador, tenía que defenderse de vez en cuando de sus ataques. Estaba corriendo hacia el lado oeste, buscando una salida abierta/abertura destruida por la Madre pero no totalmente bloqueada hacia la intemperie.

Encontró un gigantesco vástago impidiendo el paso a lo que parecía una ventana rota. Calculo sus opciones. Con su poder podía tratar con el estorbo, solo le quedaba el obstáculo que representaría el otro lado, afuera, con el conocimiento de que lo tenían rodeado.

Sintió el suelo contra su espalda y un duro golpe en la parte inferior de su cabeza. El calor que emanaba el cuerpo que tenía encima era comparable con los ojos rojos de Hiei. Youko exclamo una maldición al sentir el filo de una espada sobre su cuello al descubierto.

Hiei lo tenía inmovilizado y sus ojos eran tan amenazantes que ni siquiera quiso hacer un comentario inoportuno por la posición en la que estaban.

- Me humillaste otra vez.

La sangre comenzó a brotar de su cuello. El espadachín la había deslizado con cuidado.

- Quiero verte retorcerte.

Youko gimió. Escuchaba los pensamientos de Kurama tan desesperantes que le dolió la cabeza.

- Tú dijiste…- Podía hablar pero la brutalidad de Hiei logro intimidarlo unos instantes. Él lo miro sin comprender y, aun así, firme en su intención homicida- Tu dijiste que…Éramos compañeros de cadena.

Hiei no necesito buscar en su memoria el significado de esa frase. La conocía. El tiempo, la ocasión en la que fue expuesta. Con suma incredulidad vio al zorro bajo su cuerpo.

- ¿Cómo sabes…?

Debía ser un truco. Acerco el filo a su oponente. Habían demonios que podían leer pensamientos y que veían recuerdos ajenos pero era imposible que un demonio zorro tuviera esa habilidad. Debía estar jugando, no era posible que supiera eso…

Antes de poder razonarlo, en ese tétrico silencio en medio de un caos provocado por una flor monstruosa, sus labios hablaron primero.

- ¿Ku…Kurama?