¡Gracias por seguir aquí! Ojalá sea de su agrado:
Izuku estaba corriendo a toda velocidad. Ignoraba toda la precaución que había estado llevando hasta entonces y pasaba a media calle por las avenidas principales.
Un par de personas intentaron dispararle, y él ni siquiera reparó en ellas.
La mayor ventaja que tenía en ese momento era que, por ser la última hora de la purga, la cantidad de personas con vida que podrían intentar asesinarlo se habían reducido a casi nada.
La única persona que corría detrás de él, y el principal motivo por el que no había sido asesinado por las personas aleatorias con las que se habían cruzado, era Kacchan.
Invisible girl, como la llamaron y que fue quien le contestó ante la incapacidad de Ochako en ese momento para formular una oración, se había quedado para cuidar a los civiles y a Red Riot que, así herido como estaba, se encargaría de llevar el cuerpo de Asui. De Tsuyu-chan.
Izuku se mordió el labio inferior y trató de aumentar su velocidad.
Le habían dicho que habían sido atacados en el estacionamiento donde se habían quedado y que la mayoría de los inquilinos de su edificio, entre ellos su madre, se habían ido en un camión a otro refugio, pero que al parecer habían sido atacados en el camino. Existía la posibilidad de que hubiera sobrevivientes. Explosion le dijo en dónde era ese otro refugio al que podrían haber ido y no se había detenido a pensar en nada más.
Después de sacar toda la velocidad que sus piernas eran capaces llegaron a su destino. Entró sin discreción por la puerta y fue recibido por un disparo que no le dio en la cabeza solo porque la suela de su zapato chocó con el desnivel de la entrada y se tropezó, Ka entró justo detrás de él y apuntó su arma al interior.
– Phantom Thief – habló Ka con fuerza. Era el tono de voz que usa quien está acostumbrado a dar órdenes.
–Murder – le dijo el hombre que estaba apuntándoles, igual que el resto, completamente vestido de negro y con un pasamontaña que lo cubría. Ambos bajaron sus armas.
Izuku se levantó, solo su rodilla había tocado el suelo. Se acercó a las personas que se habían apretado contra la pared y que se relajaban al ver que no los atacarían.
Su madre no estaba entre ellos.
Sintió su corazón detenerse. Su respiración se agitó de inmediato, todo se había vuelto frío, de alguna manera sentía que se había creado una especie de barrera entre él y todo lo que se encontraba en su entorno. El hombre Phantom Thief estaba dando un reporte, pero las palabras se escuchaban lejanas para él.
Estaba seguro de que sus propios ojos estaban abiertos a su máxima capacidad, respiraba por la boca porque el aire que entraba por su nariz no le era suficiente. Algo apretaba su pecho, algo se atoraba en su garganta. Vomitaría. ¿Dónde estaba su madre?
–Nos separamos – dijo el otro hombre e Izuku sintió un momento de lucidez –, Battle Fist tuvo que llevarse a algunos civiles por otro camino y actualmente deben seguir en la calle.
–¿Hacia dónde se fueron? – preguntó lleno de desesperación.
–No tengo forma de contestar eso. – le respondió mientras, por lo que podía deducir en base al movimiento de su cabeza, le daba una mirada a todo su cuerpo analizando quién era él y por qué debería responderle – Nos separamos tres calles al norte, donde autos en llamas ocupaban todo el espacio-
–Y una mujer loca con perros disparaba a la pared – lo interrumpió Ka –, sí, pasamos por ahí.
–Ella fue al otro lado, no sé más.
Izuku volvió a salir sin pensar en nada más. Esa era la última esperanza a la que podía aferrarse. Ni siquiera había querido preguntar si acaso entre esos civiles había alguien con las características de su madre, no soportaría la posibilidad de una negativa.
Iba corriendo tan rápido, mucho más de lo que normalmente sería capaz, que no calculó bien qué tanto debía levantar el pie en un uno de tantos pasos y solo tallándolo con el suelo sumado a la velocidad que llevaba, provocó que cayera al suelo tan estrepitosamente que cualquiera pensaría que lo golpearon con fuerza. Rodó por el suelo un par de metros y el arma que hasta el momento llevaba en la mano salió disparada todavía más lejos.
Trató de levantarse, pero sus piernas no parecían encontrar la fuerza necesaria para lograr estirarse lo necesario para estar de pie.
Entonces sintió cómo lo jalaban con fuerza del brazo izquierdo para ayudarlo a erguirse correctamente. Frente a él la máscara de Ka no hacía más que confirmar la posibilidad de lo que se encontraría allí afuera. Cuando el otro se agachó por su máscara y el aire golpeó la humedad de sus mejillas, Izuku por fin entendió que también había perdido la máscara.
La veía allí, en la mano de Ka, rota, casi completamente separada por el medio, sucia y tallada.
Pero para él no tenía sentido, estaba al borde de un ataque de pánico, la desesperación se apoderaba de su cuerpo y lo recorría como una marabunta que lo consumía. Kacchan se quitó su máscara también y frunció el ceño, aun más de lo que ya parecía ser su expresión habitual, le dio un puñetazo con fuerza en el rostro haciéndolo caer. Izuku, desde el suelo, se concentró en su rostro, contempló las pupilas rojas que se asemejaban a brazas que iniciarían un fuego devastador en cualquier momento.
Bajó la mirada y por lo tanto su atención al brazo que se estira hacia él con la palma extendida ofreciéndole ayuda para levantarse, Izuku notó el tono de su piel entre rojo y morado con sangre seca en algunas partes sin saber si debería tomarla. Al final lo hace. Ni siquiera ejerce fuerza para tratar de ponerse de pie, es el otro quien prácticamente lo carga y seguro casi lo levanta del suelo. Ya de pie, lo suelta de la mano para, esta vez con ambas, tomarlo con fuerza de la cara, tanta que siente sus mejillas totalmente aplastadas y no duda que eso, más las lágrimas y mocos que lo llenan, dan como resultado una expresión ridícula. Pero Kacchan lo ve con seriedad, una que pareció reservarse para ese momento, una con la que le dice que no es momento de caer.
Izuku lo abraza.
Porque está a punto de desbordarse y encontrar su final en ese preciso momento. Kacchan en menos de 12 horas se convirtió en un apoyo que ha encontrado en esa noche funesta.
Pasa los brazos por detrás de su nuca y sorpresivamente no es empujado lejos. Se recarga contra su cuerpo olvidando que el otro está herido y lo atrapa con fuerza, se aferra lo más que puede y hunde el rostro en su cuello percibiendo con claridad el aroma a sudor, a suciedad, sangre y pólvora mezclado. Se empapa con la humedad que destila el cuerpo esforzado de Ka. Lo abraza con toda la fuerza que puede, que a esas alturas no es mucha y cuando se separa para verle el rostro, no puede porque Ka le pone su máscara de un golpe y se coloca la propia acabando con la posibilidad de verse.
–Deja de llorar como un bebe y sigue andando. Tu madre te está esperando. – le dice firme y con convicción, tan seguro de que se madre está bien y esta allá, que no duda en la veracidad de esa afirmación sin fundamentos
Y vuelven a retomar su camino. Trotan.
Es más, un andar al azar. Ka comienza a silbar de esa manera rara como se habían comunicado al inicio de la noche.
El cielo ya está iluminado otra vez. No se había percatado de eso. La claridad grisácea del amanecer le da un aspecto fúnebre al ambiente y al mismo tiempo se vuelve una esperanza en la noche que se acaba y se queda atrás.
El eco de un disparo irrumpiendo el inusual silencio fue lo que necesitó para volver a forzar su cuerpo para alcanzar una velocidad que ya no debería ser capaz ni de intentar.
Tal vez no era muy inteligente de su parte correr hacia lo que, a juzgar por el sonido, se había vuelto una línea de fuego, pero ya no sabía que más hacer. Ya no debía faltar prácticamente nada para que terminara y él no había encontrado a su madre.
Están en la calle perpendicular a lo que sería la zona de tiroteo. Puede juzgar que hay más personas armadas del lado izquierdo, al menos tres, y al contrario solo hay una. Y si es quien buscan, ese podría ser Battle Fist.
Ka le arrebató su arma, la única con utilidad que conservaban, y se pegó a la pared que lo cubriría de un ataque a la izquierda, seguramente tras haber llegado a las mismas conclusiones, pero apuntando al otro lado. Volvió a silbar y un silbido similar fue contestado.
Allí estaba.
La persona que iba con los últimos sobrevivientes. El lugar donde debía estar su madre.
Ka tomó de su cinturón la última granada y la arrojó. A oídos de Izuku, la explosión fue mucho más estruendosa de lo que debería haber sido.
Lo único que hay después es silencio de ambas partes. Izuku se acerca, pues había permanecido unos pasos atrás para no terminar a tiro y convertirse en un blanco y en consecuencia un incordio. No más de lo que, probablemente, había sido toda esa noche.
Los segundos pasan como horas e Izuku siente el sudor en la nuca deslizarse con desagradable lentitud.
Pero no se mueve, no sin saber que puede hacerlo, no si existe el riesgo de que algo pase. Porque se siente, de ese tipo de malestar en el estómago que le dice que, por ser el final, algo malo va a pasar y va a arruinar sus últimas esperanzas.
Espera escuchar un grito, un disparo, una explosión.
Está preparado. Y aun así se sorprende cuando un sonido repetitivo se hace lugar entre el silencio, pero no es nada de lo que esperaba. Es una alarma digital, es el tintineo proveniente del reloj de pulsera que el otro tiene. Ka apunta al suelo y comienza a disparar. El estruendo de alguien más haciendo lo mismo le llega del lado de la calle donde el silbido fue contestado. Cuando la pistola de Ka dispara 12 veces, la capacidad que tiene, la nula utilidad que esa arma tuvo, solo entonces, la alarma suena.
El aviso a toda la ciudad, a todo el país y se dan por concluidas las 12 horas que esa noche duró.
Las armas, los asesinatos, los robos y todo lo que, por el bien de la sociedad es ilegal, vuelve a ser penalizado. Las patrullas y ambulancias y bomberos saldrán a las calles, los heridos serán atendidos y los maleantes volverán a esconderse.
Izuku da paso tras paso rígido como una roca. Su corazón palpita y se detiene con cada persona que entra en su campo de visión conforme da vuelta la calle y no es su madre.
Hasta que es ella quien está ahí, arrodillada en el suelo, y lo ve, y lo reconoce a pesar de la máscara vieja y gastada que trae en el rostro. Corre a abrazarla tirándose en el suelo frente a ella y es correspondido de inmediato, y rodeado por los brazos de su madre después de que el mundo volviera a ser como debería y los peligros que atormentaban se acabaran, llora, y de repente se da cuenta de lo mucho que le duele el brazo derecho, y el cuerpo en general, ya no siente sus piernas, su cabeza no se concentra y todo se pone negro.
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Kendo se deja caer de rodillas.
Los civiles a su alrededor lloran de felicidad, el hombre con la máscara de conejo verde se desmayó sobre la mujer que intentó apoyarla, King Explosion Murder estaba a su lado. Con la luz que el amanecer había dejado sobre ellos era fácil notar las múltiples heridas que tenía. Se deshizo de todas las armas, tras la alarma ya era ilegal portarlas.
Explosion se arrodilló junto a esa probable familia y posó una mano con suavidad sobre el cabello del sujeto. Desde allí ella podía asegurar que le estaba acariciando la cabeza, pero eso no parecía algo compatible con su líder. Ninguno de los otros se dio cuenta, con la mujer aferrándose al muchacho entre sus brazos, llorando y con el destinatario del gesto inconsciente, esa probable despedida se perdió y se convirtió en algo solo para él.
King Explosion Murder se puso de pie y volteo a verla, Kendo entonces sintió que había hecho mal al dejarse caer y que sería regañada. Pero él solo se acercó y pasó a su lado.
–Hay que reunirnos con el resto – le dijo. Kendo sólo asintió y se puso de pie. Al notar que se alejaban, todos comenzaron a agradecerles. La mujer de cabello verde que aferraba al hombre entre sus brazos la vio a los ojos y le sonrió. Kendo les dio la espalda a todos y corrió para alcanzar al hombre que se había adelantado.
La única razón por la que se reunían después de esa noche, arriesgándose a que los descubrieran, era para saber quiénes habían sobrevivido. Había entendido que era algo importante para Ice-Fire y King Explosion Murder.
Se cruzaron con patrullas y ambulancias, pero nadie reparó en ellos.
Llegaron a lo que suponía era el último lugar de sacrificios que había atacado. La mayoría estaba allí, la persona que más le importaba estaba allí. Cada minuto que pasaba era un riesgo sobre quiénes habrían caído.
Diferenciaba a Ice-Fire recargado en la orilla de una camioneta dentro de la cual había una mujer acostada, no la ubicaba, pero tampoco lo había hecho con el hombre de máscara de conejo así que suponía que a lo largo de la noche se había unido, igual que ella en su momento. Pudo ver la máscara que Ice-Fire usualmente llevaba colocada junto a la cabeza de la mujer que, si no fuera obvio por la sangre que había muerto, sospecharía que estaba cuidando, y sabia entonces que ella había tenido el privilegio de conocerlo. Ingenium estaba de pie a sus espaldas resguardándolo.
Explosion se recargó en el costado de esa misma camioneta, y si Kendo no lo tuviera en una idea de ser humano desconsiderado y sin sentimientos, casi podría decir que lo había entendido y era su manera de decirle que estaba ahí para él.
Kendo observó a los demás, eran considerablemente menos que cuando iniciaron, pero teniendo en cuenta a qué había salido, ciertamente eran afortunados.
Después de un rato llegó Red Riot de la mano de Invisible Girl. Era obvio que esta última lloraba. Pinky fue de inmediato a abrazarla y pudo escuchar como Tailman y las dos personas que estaba cuidando no lo había logrado.
El pelirrojo, por su parte, fue junto a Explosion y le apretó un hombro quedándose allí a su lado.
El tiempo límite de espera que tenían llegó. No podían quedarse más allí, cada uno debía buscar la manera de regresar a casa.
Ice-Fire por fin se colocó su máscara y se giró a verlos, paseó la mirada por todos ellos y asintió.
–Gracias por sobrevivir esta noche – les dijo, igual que el año anterior, haciéndola sentir que le había hecho un enorme favor regresando a ese lugar.
Kendo caminó hacia Monoma que estaba sentado en el suelo junto a la camioneta donde los lideres estaban y se arrodilló frente a él recargando la frente en su hombro. Él la dejó.
No era que fueran el tipo de personas que tuvieran más contacto a parte de los golpes que ella le daba para amonestarlo por su erróneo comportamiento, pero en ese momento, después de esa noche, tocar a alguien que conocía era lo que le hacía falta.
–Este es el anillo que ella tenía – escuchó a Ice-Fire hablar, y Kendo, más por reflejo que por otra cosa, giró el rostro en esa dirección viendo que se dirigía a un hombre con un atuendo algo llamativo, casi brillante – se lo quitó para llevar a cabo el ataque.
–Así que lo hizo. – contestó el otro tomando lo que le entregaba – Me alegra que lo hiciera. Estoy seguro de que desde que accedió acompañarte, ella fue mucho más feliz de lo que logró ser en su vida. – arrojó el anillo que rebotó y quedó cerca de ella. Era precioso, y no pudo evitar pensar que sería un desperdicio que se perdiera allí, pero por la forma en la que lo habían desechado, tampoco parecía merecerse nada mejor. – Diremos que se lo robaron y así ella no deberá volver a portar esa carga.
Ice-Fire asintió y le pidió permanecer con una máscara de madera blanca con labios rojos y que tenía una salpicadura de sangre, el otro hombre le dijo que sí y pasó a cargar el cuerpo de la mujer para alejarse de ahí.
Ingenium guio a Ice-Fire, Red Riot se llevó a King Explosion Murder. Y una vez que ellos se fueron todos comenzaron a retirarse. Sin descontar a nadie, necesitaban atención médica.
Monoma se puso de pie y la ayudó a levantarse. El efecto de la anestesia pareció acabarse en ese instante porque el dolor no la dejó recargar la pierna más herida que tenía y al notarlo Monoma la cargó. Se ruborizó de inmediato, trató de decirle que la bajara, pero él habló primero.
–Estás horriblemente pesada.
Casi sintió el enojo de su cotidianidad como un alivio. Le jaló la oreja y él sonrió y ella no pudo sonreír también, porque allí estaban, lo habían logrado, habían sobrevivido, habían salvado a muchos.
–Eres un tonto – le dijo sin enojo y salieron a las calles donde las autoridades se movían en todas direcciones. Ese lugar a donde ellos pertenecían.
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Cuando Izuku abrió los ojos, una luz cegadora lo obligó a cerrarlos otra vez.
Lo intentó de nuevo, y en esa ocasión pudo enfocar mejor. Identificó de inmediato una sala de hospital. El ruido de muchas personas a su alrededor era algo abrumador, pero nada del otro mundo. Su privacidad se limitaba a una cortina cerrada a su alrededor. Intentó levantarse, pero el dolor en sus músculos le imposibilitó moverse.
Dejó caer la cabeza en la almohada y trató de encontrar su propio cuerpo. Movió los dedos de los pies, los tobillos, las rodillas, la cadera, las manos, los codos, los hombros, el cuello. Todo estaba ahí, todo le dolía, y su brazo derecho estaba completamente atrapado en vendas y yeso.
Su primer pensamiento fue que Kacchan se había ido y no sabía si podría encontrarlo otra vez.
Inko corrió la cortina tratando de entrar discretamente, pero al notar que tenía los ojos abiertos se le lanzó encima. Izuku dio su mejor esfuerzo por no quejarse. Después de un llanto de parte de su madre por fin pudieron hablar bien.
–Una ambulancia nos ayudó al vernos a todos en la calle. Tú eras el único que necesitaba atención de urgencias, el resto de nosotros solo teníamos golpes y raspones. Llevas casi diez horas inconsciente. – su madre se tomó un momento antes de proseguir – Ochako-chan está bien físicamente, pero parece destrozada por la muerte de su amiga. Se aferró a ella y aún continúa a su lado.
Izuku parpadeó. No sabía si estaba más desconcertado porque Ochako encontró a alguien con más prioridad que él, o porque él no había pensado en ella hasta ese momento.
Permanece ahí un poco más hasta que es capaz de levantarse y tienen que desocupar el espacio para atender a muchos otros heridos. Tiene la pregunta en la punta de la lengua: ¿Dónde está Kacchan? Pero su madre no parece tener conocimiento sobre él, si no, está seguro de que lo hubiera mencionado. Aun así, quiere preguntarle a alguien, quiere que cualquiera le dé una respuesta: Él está aquí y puedes encontrarlo.
Pero no hay a quién.
No puede evitar mirar a todos los otros heridos del lugar, como si fuera capaz de encontrarlo entre ellos. Y no está.
Kacchan es una presencia vaga que se convertirá en un recuerdo. Porque no volver a verse nunca jamás parecía ser la verdad que tendría que soportar.
Salen del hospital y se dirigen a seguir viviendo su vida.
Tienen 364 días hasta la siguiente purga.
¡Gracias por leer y terminar esta noche!
Espero que les haya gustado la purga~
A mí, la verdad sí me agradó jeje
Feliz año nuevo, ya veremos que nos depara el que viene.
