Caminos divididos

Parte uno

Tres años antes...


Cuando trato de colgarse de las ramas para acercarse a la ventana, recordó el episodio que le dejo la herida en su brazo derecho. No podía abusar de ese brazo, de modo que uso el otro, un poco más incómodo, y se cubrió el lastimado bajo su capa. Se sujetó firme en los tallos y de un salto encontró la ruta a la ventana.

Desafortunadamente, un recordatorio del dolor lo hizo perder el equilibrio. A tiempo logro alcanzar el umbral de la ventana y debió obligarse a soportar su propio peso por su brazo sano, pues el otro le ardía. Cuando logro apoyarse en la entrada, descubrió que lo estaban observando.

Sabía que sería un fastidio.

Nunca le gustó esa pose de Kurama. Los dos brazos cruzados contra su pecho, como quien tiene que reclamar, la mirada fija de reproche y el cuerpo erguido, dando una vaga impresión de intimidación. Y él, enfrentándose a la mirada de piedra esmeralda, parecían dos niños tratando de no parpadear para no perder ante el otro.

- ¿No crees que es tiempo de dejar tu mala acostumbre con las ventanas?- le insinuó Kurama, todavía con los brazos cruzados.

- No- Recibió como respuesta, de un modo tajante.

Conocía ese tono, Hiei no quería hablar. Había sucedido algo.

Su sospecha fue comprobada cuando Hiei, descuidado al entrar por entero a la casa, desvelo el comienzo de una herida sangrante, oculta por su capa. Podía oler su sangre fresca en el aire, había sido reciente o se abrió al subir por el árbol.

- ¡Hiei!

El menor rugió para sus adentros. Ese timbre de alarma significaba que lo había descubierto. Quería irse arriba y conformarse con golpear la pared un rato, solo largarse antes que Kurama...

- Ven aquí. ¿Cómo te hiciste esto?

Su deseo se frustro. Solo por el uso de esa voz, preocupada e inquieta, le volvió la cara y extendió el brazo, viendo que el muy inflexible no iba a dejarlo irse sin antes examinarlo. Con el tiempo, había aprendido a aguantarse sus dolores y esconderlos en su forma física para que Kurama no hiciera su papel de doctor con él. Era incómodo.

- No me acuerdo.

Porque debía mentirle sobre el origen de todas y cada una de sus laceraciones.

- Dime la verdad.

Eso es imposible.

- No te gustara saberlo- le confeso, y en cierta parte tenía razón. Él no era un torpe, ni un despistado. Habían monstruos y demonios que lograban tocarlo y herirlo, una minoría en la población del Makai, quienes eran los causantes de su llegada a la casa con heridas de ese estilo, profundas y sangrantes.

Hiei no podía nunca darle una explicación, ni una mísera respuesta sincera.

- Esta bien- se quejó Kurama, reservando su demanda para otro momento. No comprendía como un humano conseguía tener tales marcas abiertas y no quejarse, aunque por supuesto, Hiei era particular. Solía sospechar que trabajaba en negocios ilegales, que incluso peleaba profesionalmente (Había que verlo llevar mandar hospital a un ningen que le llamo "pequeño" por la calle).

Suspiro internamente. No podía quejarse, tampoco darle un discurso. No podía censurar a Hiei por ser un vándalo en supuestos tratos inescrupulosos. El mismo había sido un bandido despreciable hace algún tiempo atrás.

Dejo esos pensamientos para dedicarse al examen de la herida. Era horriblemente horizontal, como un rasguño de largas garras, improbable que fueran de un perro rabioso, seguramente hecho en una oportunidad porque no era una línea limpia.

Acostumbrado a esos episodios, siempre tenía preparado y predispuesto el botiquín. Mando a Hiei sentarse, este a regañadientes lo hizo, y busco lo necesario, que en el botiquín había de sobra, para aplicárselo sobre la herida. Primero limpio la sangre con un paño. Efectivamente se había abierto.

- Relájate- pidió, viendo que la hemorragia manchaba el trapo.

- Y tú córtate el cabello.

Pedirle que "se relajara" era un gasto de saliva. Ni con su apacible voz o su cara intranquila podía conmoverle.

- Cuando usas las ventanas para entrar, la gente te creerá un intruso.

¿Y cuándo a él le importo lo que la gente decía?

Aplico alcohol a la herida, y Hiei apenas reacciono. Con eso delataba su resistencia al dolor, y más de una sospecha sobre como había hecho para sobrellevarlo. Hasta distraído no daba señales de exalto. Le pidió que esperara para buscar y preparar el ungüento a usar sobre su piel. Cuando regreso, Hiei observaba su herida limpia con reflexión, parecía concentrado y hasta pensativo. Al percatarse de Kurama, rápidamente volvió a su postura anterior, de niño caprichoso que no quería curaciones y molesto de perder el tiempo con esas pequeñeces.

Ese fue el primer indicio que tuvo el kitsune para saber que se comportaba extraño.

Esa misma noche, la duda se acentuó.

- ¿Mas qué?- cuestiono Hiei, de punta a punta en la mesa, un poco despistado de lo que estaban hablando, o de lo que Kurama estaba diciendo.

- Más platos.

- No he roto ninguno.

- Me refiero a tener más cosas. Vasos, platos, cubiertos. Estar preparados cuando vengan visitas.

- ¿Que visitas?

- Yusuke y su prometida, los vecinos que te perdonaron por destrozarles el auto, la mujer de seguros...

- ¿Cuándo decidiste eso?- gruño Hiei, con poca paciencia. Odiaba las reuniones bulliciosas. Soportaba a Yusuke por compañerismo obligado y ni hablar de su hembra, una máquina de gritos ambulante. Antes, no habría entendido esa unión, pero el mismo vivía una situación similar con Kurama.

- Para el futuro. Invitar a conocidos es una forma de afiliar relaciones sociales.

Hiei murmuro una maldición entre dientes. De nuevo con su palabrería de llevarse bien con la gente.

- Cuando vuelva mi madre de su viaje, tal vez lo haga.

Decidió no discutir. La noche era especialmente oscura y el crujir del viento no auguraba la calma que el silencio suele otorgar. Profundamente tenía dudas, un temor casi ansioso, imaginando que esa noche tendrían la visita de un demonio, o varios.

Kurama también quedo en silencio. De todas las personas que Hiei estaba forzado a simpatizar, su madre parecía ser la más soportable, y su trato más natural. Pero esa no era suficiente excusa para callarse sus quejas sobre futuras visitas a la casa.

Conocía el temperamento de su marido, estaba tan acostumbrado a su arisco y distante trato como para saber en qué momento exacto se comportaba diferente.

- No te preocupes, nadie tocara tu postre- le insto a hablar, recibiendo un "hnn" de su parte- ¿Te gusta? La cena que prepare, me refiero.

- Es pasable- le respondió a su típico humor, aunque más suave.

- ¿Sucedió algo?

- Eres latoso.

- ¿Te paso algo nuevo?

- Tus preguntas bobas.

Bien, se estaba molestando. Eso era buena señal, en cierta forma, porque así sabía que Hiei estaba en su juicio habitual. Decidió atreverse a un último intento y se puso de pie, pasando por la mesa, acomodando lo que allí había. Descubrió que debería comprar más sal mañana, porque el salero se encontraba casi vacío. Fue hasta el refrigerador y saco una jarra con jugo. Hiei no se volteo a verlo ni una vez: estaba concentrado en algo de lo que no quería hablar. Pero a Kurama no le preocupaba la falta de comunicación, sino la frágil confianza que Hiei no parecía dispuesto a concederle, sobre sus problemas y sobre el mismo.

El Maestro se llevó un estupor al sentir los brazos de Kurama por detrás, rodeándole el cuello, con los cabellos rojos cayendo un poco sobre sus hombros. Kurama solía ser tan impredecible…

- ¿Te duele? ¿La herida?

- No.

- Debes lavarte de nuevo y te aplicare otra capa.

- Que molesto- bramo, con poco entusiasmo en hacer lo que le decían.

- Me preocupo- Susurro, sobre la cabellera negra- Deberías cuidarte más. Me importa cada herida con la que regresas.

Hiei no le respondió.

Recordó las incontables mentiras que le había contado y las muchas veces que se quedó en el Makai con el solo fin de curarse a sí mismo. Había dejado las peleas sin beneficio, solo lo hacía por las misiones, e incluso aprendió a vendarse, a cerrar las hemorragias severas y desinfectar las heridas. Curiosamente, veía flores muy similares a las que usaba Kurama en el Makai, podía hasta jurar que olían iguales. Sabía que eso era imposible. Probablemente, en tiempos remotos, los demonios habían dejado su herbología en la tierra de los humanos. Para Hiei otra explicación no existía y era más creíble.

Kurama entrecerró los ojos. Sin duda alguna, algo le sucedía al demonio de fuego. En cualquier otro caso, lo habría apartado de un codazo, insultado para que lo soltara o levantando de la mesa antes de tocarlo.

El Jaganshi estaba evocando imágenes difusas sobre lo ocurrido esa mañana cuando sintió a Kurama apartar un brazo de sus hombros, señalando la jarra llena.

- Tómalo. Lo prepare esta mañana.

- ¿Es uno de tus brebajes raros?

Kurama sonrió de manera enigmática.

- Te relajara para dormir espléndidamente...

Hiei prefirió no hacer comentarios. A diferencia de todo lo que consumía del Ningenkai (le encantaba el picante, el dulce y el postre frió, pero detestaba los vinos, la comida poco condimentada y esas latas con gas horribles) lo que le preparaba Kurama, en algunas ocasiones, le afectaba hasta en el cerebro. A veces, las comidas eran normales y soportables. En otras, como en la cena o con bebidas nuevas, no recordaba ni como había llegado a la habitación ni qué diablos sucedió, despertándose desorientado y sin noción del tiempo. No era alcohol, estaba seguro, primero porque la primera vez que tomo una gota, por una jugarreta del idiota de Urameshi, le repugno, odiaba el aroma y el sabor, y segundo porque Kurama era demasiado correcto para eso.

Sus bebidas con hojas del jardín flotando dentro del vaso eran una cosa extraña, pero inofensiva, al fin y al cabo, Hiei pensaba eso, que nada hiciera un humano ordinario podía alterarle.

- No te olvides de bebértelo- repitió Kurama, recogiendo los servicios.


Veía la marca y volvía a su memoria ese episodio.

"No me volverás a engañar. He descubierto un dato interesante. ¿Vas a rechazar mi oferta por algo tan insulso y bobo? No sabía que podías ser así", le decía la voz de esa maldita mujer. No se burlaba de él, tampoco se traía el tono de superioridad, solo buscaba una respuesta que entendiera.

Y él no se la daría.

"No quiero nada de ti", le dijo, con la ira contenida.

"Vaya...Te escucho y no lo creo. Te importa, ¿verdad? No eres como creí que eras". El silencio les dio tiempo para intercambiar una mirada de desafío. Mukuro lo miraba indiferente, dispuesta a hacerlo cambiar de idea. Por más que Hiei quisiera verla con violencia no podía: había sido su ayuda y su maestra, le respetaba tanto como para mirarla solo como aprendiz desobediente. "En fin, eso no importa. Te necesito. Todo lo demás es redundante"

Detrás de ella apareció un insecto gigante, con patas de cien pies y lomo de orangután. Antes de la "charla", había escuchado el chasquido de las dos gigantescas y mortales tenazas que tenía como brazos. A Hiei no lo intimido, pero era consciente que si se trataba de un monstruo al servicio de Mukuro entonces era una bestia feroz y capaz de cumplir su labor: dar una pelea honorable.

"¿Sigues con esa idea?"

No recordó que tipo de mirada puso en ese momento ante semejante pregunta, sin embargo, fue la indicada para que Mukuro lo mirara asombrada. Un instante después, la monstruosidad salto a su dirección, a grito de guerra.

Hiei parpadeo, observando a nueva cuenta la herida cerrada, gracias al tratamiento de hierbas del kitsune. Esa marca ligeramente roja, casi sana, le recordaba más la primera discusión que tuvo con Mukuro, una de las gobernantes del Makai, porque le hacía reflexionar lo dispuesto que estaba a conservar lo que había obtenido, a proteger lo que sabía valioso, y lo sumamente injusto que era. Kurama no tenía idea,… y revelarle que una mujer demonio lo quería de regreso al Makai, su hogar de origen, no era una opción.

Sus opciones eran limitadas y reducidas.

Tomo otro sorbo de una taza olorosa y la volvió a dejar sobre la mesilla de noche, pensativo. Sabia a lo que se había arriesgado, sabía exactamente lo que sucedería y porque, y todavía seguía cuestionándose. No podía culpársele, su naturaleza yokai, independiente y egoísta, a base de falta de escrúpulos y carencia de sentimientos, estaba tan arraigada a él que era imposible quitarse la manía en unos pocos años de convivencia con un ningen. Podía madurar, mejorar e intentar cambiar, pero transformarse de repente en otro individuo, completamente distinto y cambiando de filosofía, era otro asunto. No arriesgaría su identidad por Kurama; la necesitaba. Solía extrañar la masacre, las batallas interminables, sin considerar el mañana ni a donde iría. Hasta había cambio su humor y su tolerancia a un grado casi milagroso.

"Es mi problema", le había dicho.

"Has cambiado", opino Mukuro. "No durara. Hazme caso, y vuelve donde perteneces"

En contrapartida, el monstruo logro tocarlo y rasgarle gran parte del brazo derecho, imposibilitándole el libre manejo de su katana. No se sentía acorralado, como Mukuro quería, sino provocado en su dignidad y más que furioso por defenderla.

El resultado fue un cementerio de huesos carbonizados.

"Nada dura cuanto uno quiere", pronuncio Mukuro con poca delicadeza.

Recordó perfectamente como la había mirado, con verdadera y descubierta ira y odio.

"Te atreves a tocarlo, y te prometo destrozarte con mis propias manos hasta que no quede nada"

Nunca hubo razón que valiera, ni gran antipatía que consintiera tal falta de respeto y atrevimiento. Pero esta si valía, y Mukuro tuvo que admitir para sus adentros que la amenaza, tan típica de su ex-discípulo, había sido verdadera y en serio. Y ella, en honor a su pasado, respetaría su decisión, sin embargo, no a que la rechazara sin luchar.

"Esta bien. Mi oferta sigue en pie. Recuérdalo"

Ella desapareció y solo quedo la furia, el sabor ácido a enfrentamiento sin ganadores, al intento de apaciguar el acelerado ritmo de su interior, que rugía por otra pelea para descargarse. Había ganado, cierto, pero contra Mukuro no ganaba nada. Noto la cortada en su brazo por la sensación de humedad que resbalaba por este, y comprobó que meterse en una lucha por capricho solo agravaría las cosas y Kurama estaría de los nervios si lo veía regresar con heridas múltiples, sucio y maltraído, con hemorragia masiva.

Por eso había vuelto a casa y pensaba en el tiempo. Debería quedarse con Kurama más de lo se permitía, pedirle más de la máscara especial a Koenma y omitir sus órdenes de misión, vigilar con más cuidado la casa. Sabía que Mukuro no era de esos ineptos que usaba la táctica sucia, así que no involucraría a Kurama en su manía por atraerlo. Sin embargo, si la gobernante del Makai había descubierto la razón de su cambio de mando, entonces cualquiera podría averiguarlo también y eso era un problema.

En sus pensamientos, pensó que, más que nunca, Kurama estaba en peligro.

Cuando se dio cuenta del grado de prioridad que tenía Kurama en su vida se decidió. Si no podía ser aquel que lo mereciera, que en vez de tranquilidad ocasionaba problemas y pesares, entonces solo podría compensárselo de una manera, a su modo. Le correspondería todo protegiéndolo.

- ¿Cómo está tu brazo?- y el aludido apareció, en la entrada del cuarto, casi inclinado a un lado, como si hubiera estado allí un tiempo.

- Bien- De hecho, estaba mucho mejor, los remedios ningen eran impresionantes (Hiei no tenía idea que Kurama siempre usaba una combinación de hierbas del Ningenkai y Makai, ya que los últimos eran más potentes que cualquiera)

- De nada- Entro a la habitación, cerrando la puerta tras de sí. La ventana adentro se encontraba cerrada, así que no había estado haciendo de las suyas- Un día más por unas horas y sanara- comento, sin la urgencia de saber cómo se había hecho semejante herida, había aprendido a darle su espacio, por más que este fuera un total misterio y le intrigara todos los días.

- Hnn.

Hiei estaba sentado en la cama, de modo que el pelirrojo se arrodillo para colocarle la segunda capa de hierbas y envolverla en vendas para ajustarla a la zona. La hizo ligera y no muy apretada para que le fuera cómodo dormir con ella. Una vez terminado, observo la hora en el reloj.

- Ha sido un día agotador- comento, poniéndose de pie para tomar su lugar en la cama, la izquierda.

Hiei lo miro desconcertado. Ahora era Kurama quien se comportaba raro. Por regla de estética boba, jamás dormía con la ropa de casa puesta, se cambiaba por unos simples piyamas que hacían juego de celeste y blanco. Tampoco se acostaba sin cepillarse, y no solo los dientes. Diez minutos tardaba en peinarse su imposible melena en el tocador. Era ridículo, ¿Por qué peinarse si iba a dormir? Tanto esmero absurdo... Pero no había hecho nada de eso y ya era una advertencia, o quería discutir fervorosamente con el sobre algo o realmente estaba cansado para olvidar su reglamento nocturno.

- ¿Y a ti que te pasa?- le pregunto, directo y sin titubeos, a diferencia de él, cuando veía algo irregular hablaba y no se conformaba a no saber nada.

- Mientras tú sangrabas por allí, me pase la mañana discutiendo por un trabajo.

- ¿Discutiendo?- repitió, en énfasis. Kurama no discutía, era diplomático y sensato con la palabra. Con solo decir que vivían juntos ya lo decía todo.

- Si, nunca está conforme. Lo que es suficiente nunca es suficiente para ese mandador. Quiere la tarea completa, rápida y lo más pronto posible. Hay personas que viven el presente sin medir el futuro.

- Mándalo al diablo. No lo necesitas.

Kurama hizo un ruido curioso con la boca, como conteniéndose una risita.

- Si supieras...

Si existía alguien que usase a Kurama o incluso lo despreciase, quería saberlo. En especial, si el tal sujeto era capaz de sacarlo de sus casillas: eso si era un lujo.

Iba a decir más cuando sus parpados se sintieron pesados. Con sutilidad, se acarició el vendaje. Quizás ese día también había sido un poco agotador para él, más cuando volvió a ver a Mukuro en tales términos.

Kurama escucho cuando la cabeza de Hiei toco la almohada, dormido. Suspiro, con el consuelo de que Hiei merecía el descanso. Todavía era temprano y decidió quedarse. Se acomodó de forma que quedara enfrentado a él, a excepción de los ojos abiertos, y acaricio su cabeza, casi peinando sus cabellos, con el cuidado de quien no quiere ser descubierto. Asombrosamente, sus hierbas no funcionaban al instante ni al horario que debían en el organismo de Hiei, como si este fuera resistente a ellas y el efecto se atrasara.

Hiei era importante y ningún gran hurto podía calculársele. La porfía de Youko (el único que podía desesperarlo) se asociaba más a un motivo que a una meta. No tenía miedo, tampoco inseguridad, simplemente había dejado de verle el valor a ese plan de robos y a ese ideal de gran ladrón que tenía su demonio interno. Al convertirse en humano los sentimientos y la sensibilidad cobraban más fuerza que las ilusiones tal vez inalcanzables y el uso constante del engaño. Su realidad se había convertido en emoción, en pasiones honestas, y haber dejado el escenario del Makai fue lo mejor.

Amaba a su madre humana, a Hiei, al Ningenkai. Su libertad.

No ansiaba perder nada de eso por culpa de los planes de Youko.

Estuvo un largo rato mimando al demonio durmiente hasta que un golpe mental, cortesía de Youko, le recordó que ya era hora. Carraspeo para sus adentros. Invoco a una planta en el jardín, justo contra la pared de la casa, que se extendió con hojas y raíz hasta llegar a la ventana, que fue abierta por la división de dos cortas ramas, y que fue directo a la mano de su amo, quien estaba de espaldas.

Entre los vástagos iban unas raras semillas a entregar en mano de Kurama.

- ¿Que escondes?

El dueño de las flores estremeció del susto. No se había dado cuenta que Hiei había abierto los ojos, con somnolencia evidente y lentitud al hablar.

- ¿Que podría esconder?

- Hn. ¿No te conformas con los malditos jarrones en cada esquina?

- ¿Cómo lo haces?- pregunto, no solo por el hecho de que supiera que tenía plantas a sus espaldas.

- Puedo verlo, idiota- se quejó, como si la mera pregunta fuera estúpida. ¿Ver lo que tenía a sus espaldas, cuando su propio cuerpo abarcaba más espacio y escondía la invocación de su poder?- Maníaco de las plantas...

- Duerme- le dijo con suavidad, acariciando su cabellera otra vez. Sus plantas se inmovilizaron a la altura del suelo- Descansa por ahora- paso los dedos por sus mejillas, en una caricia afectuosa. Soñoliento y obstinado, se veía adorable e incluso tierno, mientras los efectos de la bebida obraban de nuevo.

La próxima debería aplicar más. Era arriesgado, porque contra el límite el consumidor podía entrar en coma, pero tampoco era seguro que Hiei no despertara a mitad de la noche, aún bajo los efectos. Kurama no consentía pensar que había adquirido un tipo de resistencia casi autoinmune a sus brebajes especiales. Pensando en Hiei como humano, era imposible. Sin embargo, ya que era realmente un demonio, si era posible, aunque extraordinario el hecho de que despertara consciente después de una dosis.

-...s...pe-sado...

- Duerme.

Los parpados volvieron a cerrarse, los ojos rojos se perdieron en la oscuridad, y los músculos redujeron su resistencia, con la respiración acompasada y una notable marca facial de serenidad. Ante las dudas, Kurama decidió esperar. No podía darle de beber otra vez y Hiei era una criatura asombrosa; estaba fuera de su comprensión.

Aprovecho el tiempo de prueba para tocar su cara, pasar un brazo por su cuello, darle ligeras palmadas y hundir sus dedos en la selva negra de hebras suaves. En momentos como ese valoraba cada mínima cosa, porque con Hiei solo podía aguardar, esperar paciente a que bajara sus defensas y se dejara estar. Siempre estaba a la defensiva, incluso comportándose tranquilo. El uso de la bebida nocturna de hierbas era para casos especiales, porque ocasionalmente Hiei era permisivo sobre caricias y palabras tiernas, y aunque no aportara muchas palabras ni diera la iniciativa, estaba seguro que su sumisión, limitante y silenciosa, era lo mejor que podía conseguir, pues su orgullo era importante y su reserva un estilo de vivir que no era fácil de quitar.

La taza de hierbas, cuyo aroma todavía podía sentirse en el aire, también se encargaba de ayudar a dormir al activo demonio.

- Salgamos de aquí, meloso.

Y el mandón, quien para nada es suficiente, reapareció en su mente para quejarse.

Como siempre, las demandas de Youko le agradaban un mínimo. De mala gana, se separó del joven durmiente y recogió las semillas en el suelo. No necesito ver la hora para saber lo tarde que era y lo irresponsable estaba actuando por ese plan organizado. Youko y el habían estado discutiendo por horas esa mañana, llegando a la no muy aceptada opción de hacer el trabajo esa misma noche.

Youko era brillante. Él pensaba que si robaban elementos y objetos de valor, alejados de una categoría sospechosa, nadie dudaría en que estaba hurtando al azar y no siguiendo un orden especifico, solo con pequeños e inesperados golpes hacia otras fuentes de fortuna. Y para eso, para continuar con ese engaño, se veían en la obligación de robar lo más oportuno que a la vez validara su reputación de gran escapista de las Fuerzas del Rekai y ladrón profesional.

La estrategia convenía, y Kurama se tragó una amargura. Prefería la calma y el silencio del Ningenkai, la seguridad de sus hijas cuidando la zona, durmiendo con Hiei abrazados en vez de otra persecución.

- Te voy a...

- Si, si, ya entendí.

No necesitaba vestirse ni arreglarse, de todas formas, Youko solo esperaba su turno para aparecer. Cerró los ojos, dejo dormir su conciencia y su yo demonio emergió. Las flores, que reaccionaban a energía yokai, reconocieron a su amo y no hicieron escándalo. Si Hiei no hubiera tomado el brebaje, tan poderoso para curar el insomnio, su sentido de alarma lo habría despertado al instante, pero las hierbas funcionaban exitosamente y ni señales dio de darse cuenta que a menos de unos centímetros, su esposo se había transformado en el legendario criminal y hábil ladrón del Mundo de los Demonios.

No lo supo entonces ni en las otras ocasiones que sucedió lo mismo, bajo las mismas condiciones.

El nuevo personaje se dispuso a marcharse, pero antes observo hacia el bulto en la cama y su concentración se desvió por él.

- ¿Que es, lo que tu posees?- La voz tersa del Kurama humano se profundizo a una voz más viril, por la de Youko- ¿Cómo logras esto?- Maniobro una mano sobre la cara, similar a como Shuichi había hecho antes. El bandido siempre había pensado que tenía esos impulsos por parte el humano y le llevo un tiempo acostumbrarse a la idea de que esas intenciones románticas le pertenecían también, que quería practicarlas las veces en las que Hiei no era consciente ni lo veía- Eres un adonis interesante.

Ni con sus ojos de hurtador podía captar la máscara que escondía la verdadera naturaleza de su también marido. Se conformaba con acariciarlo detrás de la oreja y jugar con su cabello, solo un corto rato, tenía trabajo y poco tiempo, un tiempo que Shuichi abusaba, porque él siempre se quedaba con los buenos momentos y el tiempo de sobra. Nunca podía salir ni ser libre con el de cabellos negros.

Se inclinó a por él y beso sus labios. Era lo poco que conseguía, lo mínimo que merecía. Se apartó y paso por última vez, con la misma ternura de antes, su mano sobre la melena del más joven. Por más que fuera, Shuichi y Youko lo querían a igual medida, pero a su manera.

Antes de desaparecer o irse a cualquier lugar a cometer sus fechorías, pensaba en los beneficios de estar en el Ningenkai, en la madre influyente de Shuichi y hasta en esa paz desconocida que había descubierto en el lugar menos esperado. Y en ese orden de aprecio, muy profundamente, Hiei estaba incluido. Ni Shuichi se imaginaba cuanta preferencia le tenía.