21 de marzo

Katsuki caminaba por el pasillo de la tienda observando los productos. Nada se le antojaba particularmente, pero debía elegir algo o estar ahí sería un completo desperdicio. Se decidió por tomar dos frasquitos de salsa picante. Alcanzó a ponerlos en la cinta mientras el resto de sus cosas estaban siendo cobradas.

Sin embargo, Mitsuki quitó uno de los frascos.

—Hey, es lo mínimo que me merezco por venir hasta aquí contigo —reclamó Katsuki con el ceño fruncido.

—Yo no te pedí que me acompañaras —le respondió su madre con una mano en la cintura—. Solo fue tu amor y preocupación la que te incitó a seguirme.

—¿Hah? El viejo fue el que me obligó a venir. Yo no creo que te pasara nada.

—No debería dudarlo, jovencito —se inmiscuyó la señora que les estaba cobrando mientras pasaba una sola salsa picante—. En Estados Unidos hacen todas esas cosas violentas. Me puse a ver las noticias para hacerme una idea. Si fuera por mí, estaría en mi casa encerrada, pero nadie más lo cree y no me quisieron dar el día.

—No somos América —dijo Mitsuki torciendo la boca mientras tomaba las bolsas y se las pasaba a su hijo que las recibió de malas.

Fue en ese momento que comenzó a sonar una alarma que inundó todas las calles con el estruendoso sonido. La mujer de la caja dio un salto y se agachó detrás del mostrador. Una voz femenina explicó las reglas de la purga por primera vez en el país mientras ambos Bakugou salían a la calle.

—¿Armas nivel 4? ¿Políticos nivel diez? Ni siquiera sé qué es eso —agregó ella después de que el anuncio terminara.

Eran las 7:07pm del 21 de marzo del año 2016 y Katsuki, con 19 años de edad, bufó porque tampoco entendía eso, pero no le veía necesidad a expresarlo en voz alta y ni siquiera lo consideraba importante. No era como si en algún momento fuera a necesitarlo.

Las calles tenían menos gente de lo acostumbrado, la mayoría había preferido prevenir cualquier riesgo, pero aun había quienes siguieron con sus vidas como acostumbraban en señal de rechazo ante la nueva ley. Era un sinsentido absoluto el permitir que por una noche los crímenes fueran legales.

A mitad de su camino vieron a una mujer en una calle paralela correr mientras gritaban y otro sujeto detrás de ella persiguiéndola.

Katsuki frunció el ceño. Alguien de verdad era tan idiota como para hacerlo. Había quienes purgarían. Iba a decirle a su madre que tuviera precaución, pero antes de poder decir cualquier cosa, la vio correr justo en la dirección donde el problema se estaba dando. Con una maldición, fue detrás de ella.

Como ella era más rápida, desde unos metros atrás la vio alcanzar al hombre y hacerlo caer al suelo. Notó que el otro sujeto llevaba un cuchillo y apresuró el paso para llegar a ellos, porque si algo le pasaba mientras él estaba ahí, jamás se lo perdonaría.

Pero cuando dijo que no creía que le pasara nada, era bastante sincero. Para cuando llegó hasta ellos, Mitsuki lo había desarmado y sometido en el suelo. Él sonrió un poco ante la escena, pero volvió a poner una expresión molesta de inmediato.

—¿Qué voy a decirle al viejo si te matan? No debes correr así al peligro, loca.

—No me hables así, mocoso insolente. ¿Qué esperabas que hiciera? Si me dices que fingiera que nada estaba sucediendo o que debía esconderme como una cobarde, te golpearé. Así no es como yo te eduqué.

La muchacha a la que había estado persiguiendo, probablemente de la misma edad que Katsuki, o quizás incluso menor, cayó al suelo al perder la fuerza en sus piernas debido al miedo. Mitsuki fue hacia ella así que Katsuki se acercó al hombre en el suelo, tomó el cuchillo y lo pisó en el pecho para que no se levantara otra vez.

Lo estaba viendo con completo odio, así que Bakugou sonrió con burla y se recargó en el con todo su peso, ejerciendo incluso más fuerza hasta que el otro se quejó por dolor.

—Eso es imbécil, no pudiste hacer tus mierdas ¿Verdad? Eres una basura. —el otro le estaba dirigiendo una expresión mucho más llena de rencor de lo que nunca hubiera recibido. Allí en el suelo, derrotado por una mujer, humillado por un chico, debía estar pasando el peor momento— ¿No puedes si no es una chica? ¿Necesitas esto? —sacudió el cuchillo frente a él— No eres nada sin esto ¿verdad? Un patético cobarde asqueroso.

—¡Katsuki!, ¿Qué estás haciendo? Vámonos—le gritó su madre enojada. Estaba apoyando a la chica para andar. Él hizo una mueca porque cualquier imagen que tratara de dar había sido sustuida por la de un hijo desobediente.

—Sí, Katsuki —se burló el hombre del suelo— ¿Por qué no te vas con tu mami? —el rubio lo pateó directo en la cara con todas sus fuerzas. Como no se volvió a mover, supuso que se había quedado inconsciente. Y solo porque le había desagradado, se tomó la molestia de arrastrarlo a un lugar más visible y le sacó los pantalones llevándoselos con él y tirándolos varias cuadras más adelante por donde dejaron a la chica en un establecimiento que acepto cuidarla.

—Oye, estás yendo en dirección equivocada, mujer, la casa queda por allá —Katsuki señaló la dirección contraria a la que su madre estaba caminando.

—¿Eso crees? Katsuki ¿Puedes entregarme las bolsas con nuestras compras?

Hasta ese momento se dio cuenta de que ya no las tenía. Bufó y siguió a su madre, que probablemente había perdido la cabeza, de regreso a la tienda. No hubo más incidentes extraños, y cuando llegaron a casa, Masaru los regañó y cerró todo con llave.

Al día siguiente las noticias se infestaron con relatos sobre las personas que habían salido a las calles a purgar. Robos y violaciones habían sido los más cometidos. El número de homicidios había sido considerable.

Aun así, ese primer año había habido tan pocos ataques que muchos lo consideraron como un simple día de mala suerte en la historia criminal de Japón.

21 de marzo del 2017

—Shouto... —el nombrado se giró y se sorprendió de ver a su hermana mayor. Estaba más alta y delgada que la última vez que la había visto. Tenía el cabello más largo y se veía algo pálida. No sabía si sería a causa de la purga que había comenzado hace unas horas o si así se vería todo el tiempo.

No tenía forma alguna de saberlo. Ni siquiera recordaba cuándo había sido la última vez que la había visto. Su padre lo había tenido apartado de ellos desde que tenía memoria. Entrenándolo tanto física como mentalmente porque a sus palabras, sus hermanos mayores habían sido decepciones, y entonces él debía estar bien preparado para heredar todo.

Lo odiaba.

—Es tan extraño verte por aquí —ella se acercó de inmediato a abrazarlo con fuerza. Para Shouto era extraño. No sabía qué hacer ante muestras de cariño, así que solo se quedó allí quieto de pie hasta que lo soltó.

—Debido a que, el año pasado resultó haber más actividad en la purga de lo que se creyó, nuestro padre ahora se está ocupando de preparar una reacción más rápida por parte de la policía en cuanto suene la alarma otra vez. Y por primera vez, decidió dejarme libre en lugar de hacerme ir a aprender lo que heredaré.

Ella sonrió con tristeza y lo tomó de la mano.

—Ya que estás aquí. Tienes que venir a estar con nosotros. Mamá fue a dormir, pero Touya, Natsuo y yo estamos en una sala viendo películas. Tiempo de hermanos. No lo hemos tenido... Bueno, nunca.

Shouto se dejó arrastrar por ella. Era verdad. Para él sus hermanos eran casi desconocidos. Esos chicos que veía a través de la ventana y con los que deseaba salir a jugar, pero nunca tenía permiso.

Cuando entraron a la habitación hubo un silencio mientras lo veían que casi lo hizo retroceder. Él no pertenecía a ese ambiente, lo arruinaría.

Pero Natsuo rió dándole la bienvenida y Touya se levantó a pasar un brazo por sus hombros y jalarlo.

Por primera vez en su vida, Shouto sintió lo que era estar en familia.

La película seguía reproduciéndose en la televisión. Sus dos hermanos mayores se habían quedado dormidos mientras él seguía compartiendo palomitas con Fuyumi. Y un ruido, como un golpe, les llegó desde la cocina.

—Voy a ver qué es —declaró él poniéndose de pie.

—¡No, Shouto! —gritó su hermana a modo de susurro— ¿Qué tal si es un purgador?

—Precisamente por eso debo ir a ver. Ustedes están aquí, nuestra madre también. Y ahora entiendo que es obvio que el viejo me mandó a casa por eso.

—Pero ¿Qué tal si está armado? ¿Qué tal si es más de uno?

—Tú sabes que puedo con eso.

Fuyumi se mordió el labio. Ni siquiera eran muy cercanos, no se veían, no sabían nada el uno del otro, y aun así ella era capaz de verlo como su hermanito y no como el hombre entrenado en que su padre lo había convertido.

Salió de ahí sin saber cómo darle una sonrisa o algún gesto que la calmara. Jamás había intentado hacerlo antes. Caminó por los pasillos obscuros tratando de no distraerse por su incapacidad de convivir con su propia familia.

La luz de la cocina estaba encendida. Se acercó sigilosamente. Cuando se asomó vio a una mujer recargada en la mesa junto a la estufa donde estaba una tetera con el fuego encendido, diferenciaba las cosas necesarias para preparar té. Se tardó unos segundos en darse cuenta que era su madre.

Ella era, probablemente, el miembro de su familia a la que menos veía. Se había cruzado más con Fuyumi, incluso con sus hermanos, que con ella. No exageraría al decir que habían sido años. Su recuerdo más largo con ella era de cuando era pequeño.

Abrió la boca para hablarle, pero no supo cómo llamarla. De alguna manera, la idea de decirle mamá le parecía incorrecta, ajena. No podía decirle por su nombre, si lo hacía, él mismo crearía una barrera entre ellos. Y no quería eso, era su madre después de todo. Así que optó por carraspear para llamar su atención.

Tal vez hacerlo de sorpresa en una noche de purga después de haberse acercado sin hacer ruido había sido una mala idea, porque su madre se sobresaltó y se dio la vuelta sumamente alterada.

Con los ojos anormalmente abiertos, ojeras, arrugas demasiado pronunciadas para su edad, pálida, asustada. Esa no era la madre de sus recuerdos y, sin embargo, sabía que era ella.

—Enji... —dijo ella mirándolo como si fuera una aparición—. No —dio un paso hacia atrás golpeándose con la mesa— ¡No!

Shouto levantó las manos frente a él, pero no tenía ninguna pista de cómo tranquilizar a alguien.

Su madre tomó la cuchara que tenía y se la arrojó. Shouto la esquivó sin ningún problema y volvió a abrir la boca sin que nada saliera de ella. ¿Sería malo si le decía que no? ¿Que se detuviera? ¿Debería decirle que no le haría daño? ¿Debería decirle que era su hijo? ¿No debería ella misma reconocerlo a pesar de todo?

Le arrojó también la taza que tenía, todos los objetos a su alcance que no le dieron porque él tenía buenos reflejos. Y entonces tomó la tetera caliente con ambas manos desnudas.

Como se quemó con el contacto Shouto se acercó de inmediato para hacerla soltarla, pero en cuanto estuvo a su alcance, ella lo tomó del cabello y lo jaló para hacerlo inclinarse hacia atrás. Shoutio vio en cámara lenta la tetera acercarse, pero no sabía de qué manera detenerla sin lastimar a su madre de por medio. Ni siquiera si el tomarla de la muñeca podría ser demasiada fuerza, si empujarla podría hacerla tropezar y que el agua cayera sobre ella. Y con ese segundo de duda, sintió el líquido hirviendo comenzar a caer sobre su rostro.

En cuanto entró en contacto con su piel el ardor y el dolor lo recorrieron por completo. No fue rápido, ella siguió vertiendo el agua a la velocidad limitada que la misma tetera permitía. Pero Shouto no sabía cómo quitársela sin dañarla, porque le asustaba más la idea de herir a su madre que lo que incluso él mismo estaba sufriendo. Y es que el único método de defensa que conocía era dañando a la otra persona. Trató de alcanzar la tetera, pero ya no podía ver. Su ojo izquierdo completamente cegado por el agua y el derecho por las gotas que lo salpicaban.

—Debería purgarlos —repetía su madre como un mantra mientras cometía esa acción—. Debería purgarlos, yo los traje, yo debo deshacerme de todos. Son como él. Son como él.

—¡Madre! —escuchó la voz de Fuyumi gritar y la mano que lo sostenía de su cabello, así como el agua cayendo sobre su rostro, alejarse de pronto seguidos de un golpe metálico. Suponía que su hermana mayor sí la había empujado. Él cayó al suelo por la falta de equilibrio y el dolor— Shouto, Shouto...

—¿Qué sucede? —preguntó una voz masculina.

—¡Natsuo, Touya! Es Shouto. Mamá le echó agua hirviendo en la cara.

—¿Qué?

—¡Necesitamos agua fría!

Sintió a su hermana arrodillarse junto a él. Le ardía, quemaba, su cara inflamada y sensible palpitaba. Cuando le dejaron caer agua fría, el brusco cambio de temperatura en su piel fue sumamente doloroso. Por mero instinto, apretó los puños y los dientes para no quejarse. Después del primer impacto, su rostro empezó a refrescarse y entumirse disminuyendo lo que sentía.

—Necesitamos llevarlo a un hospital —dijo Fuyumi una vez que el cuerpo de Shouto se relajaba otra vez.

—Los servicios médicos no funcionan hasta las siete de la mañana, faltan como cuatro horas para eso.

—¿Dónde está... Nuestra madre? —preguntó Shouto.

—Salió corriendo —respondió Fuyumi—, Touya fue tras ella. ¿Qué sucedió, Shouto? Dijiste que podías defenderte de varios hombres armados.

—Puedo —le respondió con calma—, pero no de ella. No de ustedes.

Sintió la mano de su hermana apretar la ropa de su hombro. Se preguntó si en ese momento estaría mordiéndose el labio inferior. A veces lo hacía. No sabía si sería un gesto suyo o solo algo que hacía cuando estaba él.

—Hay que detenerla —siguió diciendo Shouto—, estaba como asustada, enojada. Mencionó algo sobre purgar —a nosotros. Pensó. Pero sentía que quizá sería malo decirlo.

—Sí. Natsuo, ve a ayudarle a Touya, habrá que hacerla que se calme.

Escuchó los pasos de su hermano mayor alejarse mientras Fuyumi seguía enfriando su herida. Pero le preocupaba. Así que se levantó.

—Espera, Shouto ¿Qué crees que haces?

—Creo que deberías ir tú Fuyumi. Eres la que menos se parece al maldito viejo.

—¿Nuestro padre? ¿Es por eso que te atacó? ¿Porque te pareces a él?

Trató de abrir el ojo que no tenía herido, y veía todo borroso, pero diferenciaba suficientemente bien su entorno.

Fuyumi se levantó con duda, pero tras unos segundos lo precedió por donde todos se habían ido los demás. Anduvieron por la enorme y vacía casa unos momentos hasta que se cruzaron a Natsuo de nuevo.

—No los encuentro —les informó—, pero, en la tercera sala de estar hay... sangre.

Fuyumi se cubrió la boca con horror y preocupación. La sangre pertenecía forzosamente a uno de los miembros de su familia y era tan horrible que uno de ellos estuviera herido, como que la única posibilidad era que el otro fuera quien lo hiriera.

Shouto tomó la iniciativa en retomar la búsqueda yendo a la sala que Natsuo acababa de mencionar. No tenían demasiadas cosas, la pequeña mesilla del centro estaba contra una pared como si la hubieran arrojado o pateado. Y una mancha de sangre no demasiado grande estaba al centro. No había alrededor y no había visto rastros de camino hacia ahí, así que la herida no era muy grande, y habían ido en otra dirección.

La vista con su ojo derecho ya se había aclarado, pero sin el agua fría que entumiera el lado izquierdo de su rostro, el dolor y ardor habían comenzado a regresar como montones de pequeñas cuchilladas. Sin embargo, no era momento de preocuparse por eso.

Ninguno de sus hermanos le dijo nada, simplemente lo seguían. Ambos habían tenido su periodo de prueba que habían fracasado, así que sabían de qué era capaz él que, como último hijo y esperanza, había sido obligado a lograrlo.

Pronto encontró unas gotas de sangre en un pasillo que le sirvieron para guiarse. Iban los tres andando y unos pasos se acercaron corriendo en dirección contraria, pero en el pasillo paralelo. Atravesaron corriendo la habitación que los separaba a tiempo para encontrarse con su madre que parecía estar huyendo, con las manos, los brazos, la cara y el torso llenos de sangre.

—¡Mamá! —gritó Fuyumi poniéndose frente a ella y tomándola de los hombros.

—¿Qué sucedió? —preguntó Natsuo acercándose también.

Su madre tenía la mirada clavada en el suelo y negaba con la cabeza. Shouto observó que su cuerpo estaba perfectamente erguido, sin ninguna muestra de dolor. Así que no estaba herida.

Así que esa sangre no era suya.

—¿Dónde está Touya? —le preguntó. Involuntariamente usando un tono demandante porque le urgía la respuesta. Ella dio un brinco y lo miró aterrorizada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y volvió a negar con la cabeza.

—Mamá, ¿Dónde está Touya? —volvió a preguntar Fuyumi apretándola de los hombros.

—Lo siento —susurró su madre—. Yo creí que, que podría, pero...purgar no fue como dijeron.

—Oh dios mío —exclamó Fuyumi mientras Shouto, seguido de Natsuo, corrían al lugar de donde había venido su madre.

En el camino vio rastros de sangre que iban aumentando, vio en la puerta de una habitación un cuchillo ensangrentado y se dio aún más prisa. Su propio dolor y limitada visión completamente olvidados.

Era una de las salas de entrenamiento de Enji. La misma donde los cuatro habían sido evaluados por primera vez a sus cinco años. Estaba completamente vacía de cualquier objeto extra. En el suelo, una gran mancha de sangre ennegrecía los tatamis, y Touya estaba en el suelo bañado en su propio líquido vital. Con cortadas en los brazos, el rostro, la ropa del pecho cortada evidenciando que había sido apuñalado varias veces. Sus ojos ya sin vida estaban mirando con miedo y tristeza hacia el techo.

Lo último que él había presenciado había sido a su propia madre matarlo.

Shouto dio un paso hacia atrás con náuseas y escuchó a Natsuo verdaderamente vomitar a sus espaldas. Él se había encontrado con muchas personas muertas o muriendo, gravemente heridas y sufriendo. Cruelmente asesinadas. Los más impactantes probablemente habían sido las del año pasado por toda la gente que se había dejado llevar y había 'purgado'. Como ahora. Pero ahora no eran simples personas desconocidas. Era su madre que había asesinado a su hermano.

Regresó de inmediato, pero el pasillo donde había dejado a Fuyumi y su madre ahora estaba vacío. Sintió un escalofrío recorrerlo por completo y comenzó a correr otra vez. En ese momento lo único que su mente pensó fue que su hermana podía estar en peligro. Ella era quien más se había esforzado en hacerle sentir lo que era estar en familia. No le había interesado que le hiciera daño a él, pero no permitiría que le pusiera una mano encima a ella. Sin importar lo que tuviera que hacer.

Pasó tan rápido como pudo por todos los pasillos de su casa demasiado grande para el bien de cualquiera. Hasta que escuchó un fuerte grito de "mamá" por parte de Fuyumi, así que se dirigió allí tan pronto como pudo.

La alcanzó mientras corría. Ella se asustó cuando la tomó del brazo, pero en cuanto lo reconoció se abrazó a él con fuerza.

—¡Shouto! Mamá, mamá estaba repitiendo, algo sobre haber cometido un error, era su hijo que ella, ella era la única que estaba mal, la única que se había equivocado y que debía irse. Me empujó, se fue corriendo. Shouto tengo miedo de que mamá intente hacerse algo y no la encuentro—decía ella con los ojos llenos de lágrimas y desolación.

Shouto se congeló un momento. Su mamá estaba en peligro, un peligro diferente a ser amenazado por alguien más, pero igual de letal ¿Y qué había pensado él por un momento al considerar que sería peligrosa para su hermana? ...Atacarla... ¿Qué clase de policía... qué clase de persona... qué clase de hijo era?

Debería saberlo. El año anterior, después de la primera purga, había encontrado en la calle tantas personas arrepentidas que habían atacado, asesinado, violado, robado y todos no dejaban de culparse.

Su madre solo era una persona más que había caído en eso. Con el odio y miedo que tenía hacia su padre, quien nunca la había agredido físicamente, pero no había sido necesario para denigrarla, imponer miedo, separar a su familia, arruinarle la vida. Solo fue un momento de duda, solo fue un momento de debilidad que coincidió con el permiso nacional de asesinar.

—Fuyumi, ve con Natsuo él— no. Él estaba con Touya, ella no necesitaba ver eso—. Espérame aquí —prefirió decirle.

—No, no. Tengo que encontrar a mamá —le dijo ella y volvió a caminar. Con gritos desgarradores y desesperados que llamaban a su madre. Shouto también comenzó a buscarla.

Mamá. No tenía muchos recuerdos con ella a los que pudiera acceder. Los que tenía más grabados eran sus gritos suplicándole a Enji que lo dejara en paz, que solo era un niño.

Había sido una mujer obligada a casarse con alguien a quien no quería por posición familiar, y que había tenido que soportar ver a ese hombre lastimar a sus hijos, para después ver a estos volverse una copia física de él.

Su casa era demasiado grande, tanto como para que el ruido de una zona no llegara a otra, pero el grito de su hermana mayor pudo haber alcanzado a toda la prefectura. Él corrió de inmediato hacia el lugar de donde provenía y la vio en el suelo llorando, golpeando, diciendo palabras incomprensibles, frente a una habitación a obscuras donde el cuerpo de su madre colgaba del techo.

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El sol aún no se veía, pero ya estaba lo suficientemente expuesto como para que todo ya estuviera bastante claro. Katsuki caminaba por las calles de su vecindario. No estaba ansioso por llegar a escuchar los regaños de sus padres por haber estado en la calle y haber apagado su celular, pero ellos habían sido quienes habían estado llamando tanto que había sido desesperante, no le habían dejado opción.

Esa tarde había sido su entrevista en unos laboratorios en Tokyo donde podría trabajar en cuanto se graduara de la universidad, solo le faltaban dos años después de todo, tenía que prever qué haría. Sin embargo, había regresado justo al mismo tiempo que la purga comenzaba y la estación había cerrado y dejado de dar servicios.

Las autoridades pidieron que permanecieran ahí, aunque no pudieran actuar por legalidad, al menos su presencia volvería el lugar seguro. Sus padres, como sí les contestó la primera llamada, habían estado de acuerdo en que se quedara ahí, pero tras dos horas de aguantarse, había decidido que no tenía ganas de quedarse encerrado con un montón de gente. Así que había salido a la calle y caminó a casa.

Allí se encontró con que había personas purgando. Grupos de personas armadas con bates, tubos metálicos o algún objeto punzocortante. Parecían más que nada estar rondando las calles. Katsuki era fuerte, pero no estúpido, y aun si existiera la posibilidad de ganar, prefirió evitarlos y rodear a tener que escuchar a sus padres repitiendo una y otra vez que no fuera un alocado irresponsable si llegaba herido.

Así, esquivando, esperando, escondiéndose, rodeando, tardó toda la noche en llegar hasta su casa. Había, de alguna manera, logrado reprimir sus impulsos de solo caminar en línea recta y golpear a todos los que se cruzara en su camino, así que no se apresuraría en ese momento.

Cuando por fin llegó a su casa descubrió la puerta abierta y entró preocupado.

En la sala estaban su madre y su padre atados en sillas, ambos sin moverse y con una cantidad inhumana de sangre empapando sus cuerpos.

Se quedó congelado por un momento. Porque era un impacto ver a sus padres así. Y entonces un hombre habló llamando su atención al sofá que estaba a la izquierda. Allí sentado con una máscara de payaso había un tipo alto completamente vestido de negro.

—Tardaste mucho en regresar Katsuki.

—¿Quién eres? —trató de preguntar manteniendo la calma, pero su voz le tembló. Lo único que tenía en mente era la forma extraña en la que la pierna de su padre se volteaba hacia afuera. La ropa rasgada de su madre. Y ninguno moviéndose.

—¿Creíste que olvidaría a un mocoso arrogante como tú? Cada noche, durante un año completo, imaginaba cómo sería tu cara si perdía esa maldita sonrisa de superioridad. Tus ojos sin confianza, y en cambio, llenos de miedo.

Katsuki lo veía con los ojos tan abiertos que no creía ser capaz físicamente de hacerlo más.

—Cinco minutos —dijo el hombre observando su muñeca—, ya es demasiado tarde. Así no me divertiré contigo. Tendrá que ser el próximo año. Dime Katsuki —el hombre hizo un tono cantarín al pronunciar su nombre— ¿Tú recuerdas mi cara? ¿Mi nombre? No. ¿Verdad que no es tan divertido ser un arrogante con desconocidos en este país? Benditos sean los no sé quiénes y toda esa basura.

El desconocido se levantó del sofá con un cuchillo en mano lleno de sangre, justo como su ropa.

—Oh, Katsuki ¿Por qué llegaste tarde a la fiesta? Me hubiera encantado matarlos en frente de ti. O a ti en frente de la mujer que se cree muy ruda. Pero no te preocupes —lo señaló con el cuchillo mientras la alarma sonaba al fondo anunciando el término de la segunda purga anual—, tú espérame justo aquí, pequeño Bakugou Katsuki. Yo vendré el próximo año y te haré lo que le hice a tu papi, y luego lo que le hice a tu mami.

Luego de decir eso el hombre se retiró con calma de la casa. Katsuki quería gritarle, quería golpearlo, quería matarlo. Pero su cuerpo estaba entumido, como si no le perteneciera. Estático en esa posición, ni siquiera era capaz de apartar la mirada del ahora vacío sillón. Porque en la periferia de su mirada estaban su padre y su madre atados a sillas. Sin moverse.

Cuando una patrulla pasó junto a su casa, el sonido de la sirena lo espabiló lo suficiente para que por fin girara la cabeza y los viera de frente.

Fue una imagen que lo perseguiría en sueños por el resto de su vida.

La mano de un policía sobre su hombro lo hizo reaccionar. Había entrado al ver la puerta abierta para asegurarse de qué había pasado pues el año anterior habían descubierto cuerpos en casas hasta que el mal olor alertó a los vecinos, así que en esa ocasión tenían permiso de revisar. Al parecer en ese parpadeo, en realidad ya habían pasado un par de horas desde que la purga terminara.

Lo cuestionó como si él hubiera sido quién los hubiera matado. Katsuki, por primera vez en su vida, no fue capaz de reaccionar. Autoridades entraron a su casa, vio cómo los desataron y revisaron, pero solo negaron la cabeza y los colocaron en una camilla para después cerrar unos plásticos negros que los cubrieron por completo. En algún momento llegó Kirishima y algo le dijo, pero Katsuki no fue capaz de procesar nada.

No podía pensar nada.

Solo sus padres muertos.

Solo el bastardo que los mató.

Y la decisión absoluta de que lo mataría.

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Notitas sabrosas:

Yo me negaba a dividir esta parte en dos, pero la cosa ya era demasiado larga y aun no la termino así que cedí y bueno, aquí tienen esto primero.

Es un poco como el fic en general ¿Sabían que yo solo iba a hacer un One Shot de esto? Pobre ilusa la NaniMe del pasado.

Me agrada la teoría de Dabi como el Todoroki que falta, pero aquí eso no sucederá C: Y a mí me desagrada más la señora Todoroki que Endeavor. La verdad, loca ¿quién le tira agua hirviendo a su niño de CINCO AÑOS? (Aunque aquí Todoroki tiene 20 añitos)

Y ya, nada de eso era importante, pero a veces se me escapa poner tonterías. Lo siento.

¡Muchísimas gracias por seguir leyendo! Es demasiado hermoso saber que hay a quienes les interesa *lloranding* Aún más a quienes comentan, me llenan mi día~