Advertencia: Este capítulo puede afectar a la sensibilidad del público (y, un poco, peligrar la clasificación que le puesto): ya les avise.
Como sugerencia, les pido volver a leer el primer capítulo ("Introducción") porque tiene estrecha relación con lo que ocurrirá ahora, para que se orienten.
Muchas gracias.
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Un encuentro decisivo
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Su paciencia llego a su límite. Abrió los ojos molesto y bajo de la rama del árbol en el que estuvo reposando hacia unos minutos. Al caer a la tierra seca y sucia del Makai, reconoció frente suyo a la presencia tan irritante que lo despertó. Aquel pérfido pajarraco.
- Haz tomado una decisión, me han dicho mis mascotas…
Empuño su mano, rabioso. No caería.
- Cuando yo quiera iré con Mukuro. No necesitas estar atrás mío, pero si quieres morir tengo tiempo.
- Tienes mucho tiempo, por lo que veo.
La insinuación de saber más de lo que hablaba fastidio a Hiei. Detestaba ese tono.
- Aléjate de mí, estorbo.
- La insistencia de nuestra reina es signo de que algo más serio esta por suceder.
- No te creas que sabes lo que tratamos Mukuro y yo.
- Fingiré no saberlo- Hiei lo miro extrañado- Cuando decidas por Mukuro estaremos más separados- Hiei lo miro desdeñosamente. De nuevo este con sus babosadas- Pudimos compartir mi aposento secreto.
- Ni en sueños.
El demonio ave tuvo el descaro de sonreír, divertido al rechazo rudo e inmisericorde del Maestro del Jagan.
- Tu tiempo ausente…- Hizo una pequeña pausa, un poco más serio- Pudiste entregármelo a mí. Te habría hecho conocer, sentir, lo terrible y sublime de lo que llaman, "adorar con pasión".
Frunció el ceño, irascible. Estaba por sacar su espada cuando su víctima se dividió en aves sin número y tomo vuelo hacia el cielo del Makai.
-¿"Adoración", maldita ave?
Entre demonios no existía tal cosa, por más que Higurashi lo insinuara posible….Pensó en Kurama. No. Kurama era mitad humano, de modo que también podía sentir amor hacia la gente, como con su madre y los humanos pero… No, no se dejaría influir, no de nuevo. Eran enemigos, eran demonios, eran asesinos fríos y manipuladores. Los sentimientos eran absurdos, estúpidos, carentes de significado…
Hiei quería volver a pensar de esa manera.
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- Con que vengas en persona ya me dice mucho, Hiei.
Detestaba ser tan evidente. Al lado derecho de Mukuro, la reina de uno de los terrenos del Makai, estaba el demonio ave, no especialmente sorprendido.
- Entonces, no necesito más que saber dónde me acomodare en tu castillo.
- Por supuesto, pero me gustaría oírlo de tu propia boca. Cometí un error en el pasado por creer que un solo gesto significaba lo que quería- Chasqueo la lengua, disgustada por un recuerdo- Habla, Hiei, te escucho.
Higurashi lo miro con renovado y curioso interés. Mukuro apoyo la cabeza sobre su palma, contra el apoyo de su lujosa silla real.
- Mukuro…- musito Hiei, maldiciendo por dentro- Acepto.
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"Aun no entiendo porque estoy haciendo esto"
Hacia menos de una hora que había bajado al Mundo Humano y tomado rumbo a una dirección específica, hacia la casa Minamino.
Mukuro le concedió salir, pidiéndole avisar cuando estuviera libre, pues tenía una misión especial para él. En voz baja (Mukuro era amante de la intriga), le sugirió que dejara sus asuntos en orden, ya que tendría muchas prioridades nuevas a partir de su decisión. A Hiei realmente eso no le importaba. Al momento de oírla decir esas palabras, recordó a Kurama. Prioridad. Kurama había sido su máxima prioridad por años y durante más tiempo que ninguna otra cosa en su vida. Había entregado demasiado por él, inclusive sacrificado su orgullo y hasta que no lo matase no estaría tranquilo.
Sus pasos eran parsimoniosos, no necesariamente por la calma o los nervios.
Al llegar al jardín en ruinas, por el suelo carbonizado, supo que había alguien cerca.
Dio otro paso, esta vez más rápido. La necesidad de verle fue tan impulsiva y poderosa como su fantasía de encontrárselo allí. Le falto llegar al salón principal, también hecho un desastre y en completo abandono, para recordar porque no podían verse.
Necesitaban, debían…Debían pelear por sus vidas.
Vio a Kurama dejar un portarretratos sobre la repisa, murmurando algo ininteligible, para después girarse a encontrárselo.
Mantuvo la neutralidad de sus emociones, pero realmente se encontraba en estado de tensión. Los ojos de Kurama, brillantes y húmedos, le producían tanta fascinación como debilidad. Hacía tiempo que no se veían de esa forma. Por la expresión de sus ojos ambos demostraban lo sorprendidos que estaban, pero la inesperada casualidad acabo con el recuerdo amargo de la última vez.
Hiei se obligó a mirarle con desdén.
- Kitsune.
Kurama dejo su pose tétrica y disfrazo su rostro de rudeza. Se determinó a mostrarse en posición de defensa ante cualquier ataque. No quería humillarse, no de nuevo, no frente a él.
- Dejaste que se llevaran mis plantas.
- Para serte sincero, yo ansiaba quemarlas.
Kurama sonrió cínico. De su cabello apareció un largo látigo verde de espinas afiladas. En su mano derecha sostenía el látigo de rosa.
- Empieza, zorro.
Quedaron en silencio unos pocos segundos antes que empezara una batalla descomunal en el interior de la casa.
Tenían similitudes en el combate pero sus recursos variaban en los ataques. Se defendían solo a casos necesarios, porque ya suficiente daño se habían hecho sin tocarse. Aun con la casa despojada de vida fértil, Kurama era capaz de utilizar su repertorio de semillas y cultivos que asombrosamente tenía a gran cantidad en su cabello. El Maestro del Jagan, cuya espada podía romperse de un momento a otro si atacaba directamente al Látigo de Rosa, encontró los mejores ángulos para atacar y, pese a que debía hacer algunos de costado, su velocidad apremiaba a su favor.
A él ya no lo restringía la fórmula mágica y podía aplicar varios grados de su poder cuando quisiese. Pese a que Kurama podía oler su aroma ahora, por la liberación total de yoki, le era casi imposible predecir por dónde y de qué forma Hiei aparecería. Las contadas veces en las que sus ataques de espada no le dieron fueron por suerte o por mero instinto de youkai en alerta.
La pelea se desplazó del gran salón a un rincón, del que Kurama logro evitar una ofensiva de Hiei saltando ágilmente y escapando. Fue a la cocina, donde busco en unos cajones, bajo la mesada. Nada. Lo habían revisado todo. Recordó en que cajón había una madera falsa para emergencias pero cuando fue para buscarla sintió un corte en la mano.
A distancia de unos cortos pasos Hiei se encaminaba hacia él, con la espada imponente.
Antes de notarlo, se encontraba contra la mesada y un Hiei mirándole a cruenta. Recibió sus violentos golpes, similares a los de un boxeador con motivación. Escupió su propia sangre antes de impactar su rodilla en la boca del estómago del menor, que se desequilibrio los instantes suficientes para que Kurama se escapara, corriendo a por los cajones.
- ¿Por qué continuas escapando, maldito?- Hiei se pasó una mano por los labios, sangraban por un anterior ataque de Kurama que no sintió hasta entonces.
- Esperaba el momento.
- Com…
- ¡Al fin, decidió matarte! ¡Puedo sentirlo en todos mis sentidos!
Solo podía oír los pensamientos negativos y rencorosos de Kurama. Su dolor y su odio. Todos estos sentimientos habían hecho que dejara a Youko salir.
- Quiere que yo también lo intente- Hablo con petulancia, apretando fuertemente las nuevas semillas que logro encontrar en su mano y las soltó en dirección a Hiei- Soy un Dios, ¡ni quemando una isla entera me detendrás! ¡Yo creo vida!
Los improperios de Hiei fueron callados por la grandeza de una enredadera que lo sujeto de cuanto musculo podía mover y que se lo tragaron hasta que no quedo rastro suyo.
- Te felicito. Fuiste precavido- murmuro Youko, saliendo de la cocina, sobando su rostro también golpeado y sangrando. Podía sentir las heridas abiertas en sus fracciones, su piel descubierta de rasguños y los deslices de filoso acero.
Vio los espejos y ventanas echas pedazos. No había forma de ver cómo había quedado. La memoria de Shuichi le recordó que habían más semillas escondidas en su habitación, la antigua habitación suya y de Hiei. Dio la vuelta, más atrevido de lo que Kurama hubiera sido al dirigirse a las escaleras, apenas firmes, con la intención de volver a ese lugar.
Una explosión dentro de la cocina lo detuvo. Escucho los rugidos de las llamas consumiendo a sus queridas criaturas, luego la caída de una espada, junto a su dueño.
Hiei sintió las ruinas de la cocina y de la viva jardinería sobre su cuerpo antes de tocar el suelo. Sus manos sangraban copiosamente y su ropa no estaba mucho mejor. Estaba severamente lastimado pero su mirada asesina era más intimidante que su estado.
Youko volteo a verlo y sonrió ampliamente.
- ¿Todavía vives, amor mío?
Hiei gruño como el anuncio de la muerte próxima.
Sonriendo maliciosamente, Youko fue hasta su encuentro. De su brazo derecho creció una enredadera de espinas, del mismo tipo que su látigo de rosa, cubriendo por entero su brazo, dando la impresión de una espada.
- Me gusta esa crueldad en tus ojos- Se inclinó para tocar la mejilla del demonio con la punta afilada de su nueva arma, que blandió ante su cara, tentando cortarle- Es tan excitante…
El otro no hablo. Sus ojos hablaban por él. Youko se irguió de nuevo. Con su mano normal, le hizo gestos provocativos con los dedos.
- Levántate, cariño. Tu maestro te enseñara.
Una mirada de rabia y un veloz movimiento le revelaron a Youko que se trataba de una sombra engañosa. Apenas paso un segundo y estaba en el piso, con fragmentos de vidrio y destrucción casera en su espalda y piernas.
Hiei recogió su espada y toco la caja torácica del kitsune con ella.
- Yo soy el maestro, zorro idiota.
Decidido a clavarle la katana, Youko lo detuvo apenas por acto de su Joryo Yozan Ken (Puño de unión demoníaco), para después rodar lejos de él.
La pelea se reanudo al ritmo anterior, esta vez con más furia y fuerza. Youko parecía usar lo que le quedaba de sus recursos, pensando al último momento por las emociones exaltadas de su otro yo, mientras Hiei tendía a atacar directo y en potencia. La casa comenzaba a caerse a pedazos, docenas de objetos se arruinaban y rompían a cada nuevo ataque o acercamiento, a todo intento por defenderse o huir cuando la descarga de energía o fuerza de su oponente se le venía encima, a todas direcciones.
Tenían resistencia. El demonio de fuego no le dejaba tiempo a analizar sus más pequeñas debilidades o descuidos en cuanto a sus habilidades, de espada y poder, y Youko era salvaje, más atrevido y sanguinario. Atacaba con ferocidad y precisión pero también luchando con Shuichi en su interior.
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En un momento dado, Youko tenía la ventaja. Hiei se encontraba malherido, sosteniéndose de su orgullo y determinación. Su espada hacía tiempo que había quedado reducida a la mitad y su ropa presentaba ligeras y también grandes cortadas, tanto como las del demonio zorro, cuya elección blanca de vestuario enfatizaba más el rojo de sangre que traía encima, dándole un siniestro y terrorífico tono a su perfil.
- ¿Qué pretendes,…? Yo dije que te mataría.
Tomo una silla quebrada y la blandió a la integridad del zorro. Avergonzado de haber usado un recurso tan patético recurrió de nuevo a su espada, que tenía el tamaño de un puñal. Youko se rio sin gracia. Era consciente que sus fuerzas estaban tan reducidas como las de él, que su cuerpo y la capacidad de resistencia le flaqueaban como si hubiera estado usando el cuerpo ordinario de Shuichi en vez el de un demonio celebre.
Los papeles se invirtieron súbitamente, el que imaginaba y saboreaba la victoria choco brutalmente contra la pared, dejando la marca de su cuerpo en la estructura. Su rival, que hacía unos segundos antes pudo haber sido derrotado y asesinado bajo el antojo del otro, lo tenía acorralado, sosteniendo la filosa arma frente suyo.
Vio sus posibilidades de ganar reducidas o, peor de lo que pensaba, limitadas. Solo con Shuichi había sentido verdadera dominación, pero con Hiei era completamente diferente; siempre temió que lo volviera débil, indeciso, desesperante.
- ¡Esto se debe acabar ahora!
El puñal penetro en su brazo a una velocidad increíblemente dolorosa. Hiei se mostró asombrado; el kitsune no había escapado a tiempo. La sangre hacia nueva presentación y solo pudo mostrar indiferencia, ni un gramo de piedad o cavilación alguna.
- Baja las manos.
Lentamente, gruñendo en su interior, bajo los brazos. Detrás de Hiei se alzaba una silenciosa y gigantesca enredadera, de detalles espantosos y caníbales. En contra partida, su mandador tenía un puñal muy firme en su vena yugular.
- Hazlo- murmuro, casi burlesco.
- Yo decido el momento.
Youko dio una risita torpe.
- Mátame, Hiei.
Sus armas, lo que quedaba de la katana y el último recurso de Youko, estaban a un movimiento, a una orden de su dueño, del culminante final. Los segundos se sintieron a horas de pensamientos cruzados, que mareaban y golpeaban ruidosamente cada parte del cerebro.
- Zorro.
Ni siquiera podía llamarlo por su nombre real, el humano o el demoníaco, y eso hizo sonreír a Youko.
- Ya, hazlo.
La monstruosa criatura dejo de moverse.
El filoso elemento en el cuello de Youko, no obstante, estaba dispuesto a acabar con todo.
- Hiei…- le llamo por su nombre, como tantas veces lo hizo en la mente de Kurama, pero esta vez en persona, por primera vez. Sintió una curiosa impresión de intimidad al hablarle cara a cara, siendo el mismo- No podemos coexistir de esta forma. Ni siquiera vivir.
Los ojos carmines le demandaron silencio, y a la vez escondía sus verdaderos pensamientos debajo de una máscara de hostilidad. Duda. Sentía duda. Después de todo lo que se habían hecho mutuamente dudaba al último minuto. Era estúpido. No tenía sentido, estaban allí, de frente, y él le llevaba la ventaja, debía aprovechar. Tenía que hacerlo. Matar a Kurama era la respuesta.
- ¿O a él le creerás?
- Maldito zorro- farfullo en voz baja, pensando que estaba jugando.
Para su sorpresa, Kurama tomo el lugar del demonio, mostrándose con todas las acometidas recibidas y el daño. Sus ojos verdes lucían cansados y lastimosos, totalmente desarmado. Se sintió tentado a decir su nombre, sin rencor y ni odios, pero el humano tomo la palabra.
- No hace falta creerlo… Pero, debo decirte esto, Hiei, de verdad…
- ¡Basta de juegos!- impuso el filo sobre el cuello frágil y expuesto.
Solo bastaba con apretar. Su mano se paralizo y su cuerpo entro en tensión. Podía hacerlo, nada era más fácil. ¿Era una prueba, porque no se defendía? El puñal no se movía. No podía mover…
- ¡Hiei! Sería justo…
Un ruido metálico golpeo el suelo. Kurama supo la causa un momento antes de ser apresado por una cálida sensación en su pecho, por la espalda y hasta la cabellera. Las manos de Hiei lo tenían atrapado, murmurando blasfemias con agitado aliento, como atleta que compite una maratón casi imposible de sobrellevar.
Lo estaba abrazando.
En un lapso de segundos, tal vez menos que un segundo, Hiei dejó caer su arma, miro al pelirrojo y lo tomo entre sus brazos. Al entender que sucedía de verdad, Kurama llevo sus manos temblorosamente a la cabellera oscura, con una traicionera emoción de alarma combinada con el bálsamo.
Antes de sentir el alivio por completo, el reconforte de la rendición mutua, Kurama se separó para escucharle. Estaba atardeciendo. Llevaban horas allí y la noche apuntaba.
- Hiei, está bien.
- Tú tampoco puedes.
Kurama no se sorprendió. Su último recurso para asesinarle dejo de actuar, así como su intención de hacerle daño. Todo a los últimos segundos.
- No puedo permitirlo- susurro el menor, con voz tenebrosa.
Hiei recogió los restos de su espada cortada, el puñal en el suelo. Kurama sintió que la pesadilla continuaba, que no acabaría con el reconocimiento de sus corazones.
Y así, la pared se tiño de rojo sangre.
