La poción está lejos de ser agradable al paladar. Pero ha probado cosas peores, y está más que dispuesto a tomarla. El principal motivo, naturalmente, es el bienestar de los alumnos. Está acostumbrado a manejar sus transformaciones en bosques mágicos conocidos por sus criaturas peligrosas, alejados de toda civilización, encantados para desviar muggles, donde se Aparece cada mes a solas, y deja que el lobo corra y cace algún animal de vez en cuando. Nunca es una experiencia agradable. El lobo no deja de buscar humanos, corriendo hasta hacer sangrar sus patas, mordiéndose a sí mismo cuando no consigue su presa. Algunas veces incluso encuentra otros licántropos, que en el mejor de los casos lo evitan. En el peor, lo atacan. Evita ir a territorios de otros, así que los que ha encontrado son lobos solitarios, o lobos nuevos en esto. Realmente son muy pocos los que buscan activamente cazar personas, como Greyback.
No, definitivamente no ha sido fácil sin los demás.
La semana previa a su transformación transcurre más rápido de lo que se da cuenta. Termina la última clase del día, con los de quinto año. Su progreso ha sido estupendo, considerando lo mal que dejó las cosas Lockhart. Aún no puede creer que ese inepto estuvo dando clases ahí. ¿En qué demonios estaba pensando Dumbledore? A veces le cuesta confiar en el criterio del director, y comprende bien que otros duden de él mismo. Claro que por ahora se limita a actuar. No necesita de la aprobación de nadie más que de sus alumnos, y por ahora parece ir todo de maravilla. Su esfuerzo está valiendo la pena, y por momentos se está sintiendo auténticamente satisfecho. Este día han repasado las Maldiciones Imperdonables, tema que no es agradable para nadie, pero necesario de saber. Luego de comprobar que Lockhart solo habló de cómo las sobrevivió todas sin enseñar ninguna, han podido aprender algo.
Dispuesto a retirarse, luego de recoger sus escasas pertenencias y los deberes de los estudiantes, se sorprende cuando nada menos que Cedric Diggory se le acerca.
—Eh, profesor, quería hacerle una consulta antes de retirarse, si no es problema. —Cedric es de los mejores alumnos, y claramente muy popular entre los demás. Por no mencionar muy respetuoso, incluso con él y su pinta, cuando otros cuantos no esconden su desagrado ante un profesor tan, bueno… raído.
—Para nada, ¿qué pasa? —Remus sonríe, invitándolo a continuar.
—Bueno, realmente es usted el mejor profesor que hemos tenido, y no es por exagerar —Remus se siente tan halagado que casi quiere decirle que pare —nos gustaría saber si es posible que… bueno, es mucho pedir pero, realmente estamos muy atrasados, porque el año pasado el el profesor Lockhart fue poco más que inútil, y el anterior tuvimos un... mortífago, que tampoco era muy competente que digamos… es decir…
—¿Cuál es el punto, Cedric? —invita, aunque no de forma grosera. Lo cual solo parece poner más nervioso al Hufflepuff.
—Claro… Bueno, queríamos saber si se animaría a… es decir, no solo yo sino, todos los de la clase. Si nos daría clases de apoyo. —Suelta finalmente, mirándolo a la cara.
Ah. Eso sí que… no me lo esperaba.
—Yo… Tengo que pensarlo bien. —Cedric no parece decepcionado. Está claro que no esperaba un respuesta al momento.
—Entiendo. Sabemos que no le pagan por eso. Y que quizás no tiene tiempo. Solo queríamos saber… Bueno, muchas gracias por todo profesor, y disculpe la intromisión. ¡Buen fin de semana!
Remus se despide. Con una nueva consideración presente. Desde luego que no le importa el dinero, si hasta ahora ha vivido al borde de la pobreza, y entiende perfectamente que estén preocupados, estando en el año de sus TIMOS, los cuales podrían definir su futuro. Pero el tiempo quizás sí sea algo a considerar. Su calendario ya está diseñado para estar lleno al límite. Tiene que revisarlo cuidadosamente, y buscar los huecos donde esté saludable y libre de su… problema peludo, para poder dar sus tutorías. Solucionado esto quizás pueda hacerlo. Tal vez…
En su mente ve claramente los ojos de Cedric, sinceros al confiar en él, los alumnos de primer año, emocionados al ver chispas rojas emerger de sus varitas, alumnos de séptimo que nunca creyeron poder lanzar un contra hechizo sin hablar… Harry, el hijo de James, finalmente pudiendo dirigirse a él, aunque sea como casi un extraño, pero realmente con algo de admiración…
No hay punto en seguir considerándolo. Es algo que va a hacer.
La transformación no es más llevadera de lo normal. En absoluto. Duele como siempre, el hocico reemplazando su rostro, el pelo creciendo por cada folículo de su piel, los huesos deformándose… Tantos años de sufrirla, le han hecho poder hacerlo en silencio. Hasta que el lobo toma control, desde luego, y aúlla, gruñe y busca a su presa.
Sin embargo, esta vez el lobo solo se presenta físicamente. El lobo, debe admitir, siempre ha sido él… Es solo que antes no podía controlarlo. Y ahora lo hace.
Es sumamente sorprendente, por diversos motivos. Primero, porque está totalmente consciente de que es él, Remus Lupin, Profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Licántropo, actualmente en su forma lobuna, parado en cuatro patas, en su propio despacho. Camina un par de pasos, y sabe que son sus… patas. Es él, moviéndose, controlando su ser. Salvo lo obvio, que es su aspecto físico, se percata que puede oler mejor y ver, a pesar de que está muy oscuro y no podía ver casi nada cuando comenzó la transformación. Todo es tan claro en su mente…
Y lo más claro de todo, lo más increíble, es que es una sensación muy familiar. Alguna vez, hace tantos años, sintió un control similar en este estado. Salvo por un detalle, no menor.
La rata se acercó al nudo en la raíz del árbol. Era ya la tercera vez que lo hacía, y esta vez no encontró ningún obstáculo; ignoró además todo insecto extraño (que quizá eran insectos normales, pero para su tamaño parecían anormales, por favor que alguien lo entienda).
Tocó la raíz y el árbol quedó quieto. De la nada, o más bien, de debajo de una capa de invisibilidad, aparecieron dos jóvenes con aspecto temerario. Siguieron a la rata, metiéndose bajo el árbol, pasando por un túnel de aspecto lúgubre e interminable. Ellos sabían que era solo para intimidar, puesto que tan solo unos minutos después, aparecieron del otro lado, aunque en forma de un gigantesco perro negro y un majestuoso ciervo rojo.
Quien les esperaba ahí era nada menos que su mejor amigo, Remus Lupin, solo que en su momento del mes menos amigable. Siendo animales no los lastimaría, o al menos no en serio.
Tras la primera transformación junto a ellos, parecía recordarlos y reconocerlos, así que se les acercó, olfateando, mostrando un poco los colmillos, pero pronto dio unos cuantos pisotones, pareciendo casi un perro que los invitaba a jugar. Padfoot ladró y le mordisqueó las orejas. Moony lanzó lo que parecía un ladrido pero sonó mas bien como un gruñido muy poco amenazante. Si los ciervos pudieran, Prongs hubiese rodado los ojos. Simplemente rascó el piso con sus pezuñas, y Wormtail se subió rápidamente a sus astas. Los dos cánidos voltearon a mirarlo.
Moony sabía, de cierto modo un tanto instintivo, que ellos eran sus amigos, e incluso podía recordarlos. Sabía que antes habían estado aquí con él, y había jugado con ellos. Sobre todo con el perro, que mordía y perseguía de una manera muy parecida a la que lo hacía él. Se sentía bien al estar con ellos, que al finalizar la noche, sus necesidades se sentían casi satisfechas.
Comenzó a morder la cola de Padfoot, pero éste lo ignoró. Moony se sintió enfado, pero algo más, algo más… humano, que le pedía calmarse. Increíblemente, se controló, gruñendo por lo bajo. De pronto, Prongs comenzó a seguir por el túnel, el túnel por el cual Moony jamás bajaba. Lo había intentado, alguna vez, pero había recibido fuertes golpes del otro lado, cosa que no pudo continuar. Instintivamente lo evitaba ahora. Pero Padfoot le invitó a seguir, y el lobo hizo caso. No podía no seguir a sus amigos, a su manada. Lo eran todo para él.
Antes de que lo supieran, se encontraban corriendo por el bosque. Moony nunca se había sentido tan feliz, en ese estado. Perseguía a sus amigos, perseguía pequeños animales, aullaba y gruñía, y tan solo caminaba, junto a ellos. Siempre sabía lo que querían, casi como si pudiera leer sus pensamientos. Pero en realidad, lo que leía era sus movimientos, sus olores. Era un lobo, pero conservaba casi intacta su inteligencia humana al estar con ellos, así que sabía que ellos querían algo y él también, y se turnaban en conseguirlo.
Aunque lo que Moony nunca conseguiría, era quizás lo que más quería.
Una presa humana.
Cuando olfateó una, sus orejas se irguieron, su pelaje se erizó y sus colmillos relucieron al relamerlos. Padfoot y Prongs no habían detectado el olor, pero no eran depredadores como él. Sin embargo, se pusieron alertas al momento que detectaron el cambio en su compañero. Wormtail trepó nuevamente en Prongs.
Aunque se sentían listos para reaccionar, el lobo fue increíblemente rápido. Arrancó a toda velocidad hacia el pueblo, cerca de su celda, pero en la otra dirección. El ciervo y el perro lo siguieron enseguida, listos para detenerlo. Prongs lo alcanzó y colocó sus astas frente a él, mientras Padfoot lo jaló de la piel detrás del cuello. Moony gruñó, pero a pesar de su hambre, notó el cambio en la actitud de sus compañeros, y sabía que eran grandes y quizás tan fuertes como él. Sin dejar de gruñirles de manera amenazadora, caminó lentamente, mientras estos lo dirigían de vuelta a su celda en aquella vieja y horrible choza. Pronto el olor a humano desapareció, y se sintió más calmado.
Aún así, no le agradaba nada tener que volver al encierro. El único motivo por el cual volvía, era porque aquellas criaturas le producían una confianza que no podía comprender, y porque del mismo modo incomprensible, sabía que solo con ellos podría tener otra probada de libertad. Solo con ellos podía sentirse bien, por una vez, en ese estado, sin tener que morderse a sí mismo en su desesperación, y probar lo que era ser bañado por la luna.
Remus se estremece. Puede ver sus propias patas, y no mucho más. Agradece no tener un espejo, y se promete nunca conseguir uno para este despacho. Los recuerdos en su estado de lobo siempre habían sido… algo difusos, aunque siempre estaban ahí. Las lunas llenas junto a los Merodeadores sin duda eran las que mejor recordaba, aunque nunca con tanta claridad como ahora. Es como si el lobo y él fueran uno mismo, como si nunca hubiesen estado separados.
Y eso le aterra.
Porque, quizás, después de todo, realmente siempre fueron uno mismo. Aunque lo intentó negar, nunca estuvo del todo convencido. Nadie sabe lo suficiente sobre Licantropía. Es un tabú, más que una condición. Nadie quiere hablar de ello, y nadie quiere investigarlo. Esta poción… ¿cuánta gente la tomará activamente? ¿Alguien la habrá tomado luego de que se comprobara su eficacia, en los experimentos? ¿Seré yo el único?
Camina lentamente hacia una esquina, se tira en el piso, con la cabeza sobre las patas delanteras. De manera natural quisiera hacerse un ovillo, pero no quiere ver sus patas de atrás, no quiere ver su… cola. No quiere aceptar esto como parte de él. Al menos no ahora.
Quizás, por primera vez en tanto tiempo, pueda dormir durante la luna llena.
