Ojalá pudiera prometerte el cielo, pero cariño, yo únicamente sé de infiernos "Palabras de un corazón roto"

¿Cómo se siente el amar a un hombre cuyo corazón ya está ocupado? Sabiendo que jamás estarás en él.

Un hombre tan malditamente fiel que sabes, desde lo más profundo de ti, que no hay esperanza.

Que jamás la olvidará a ella.

Y que, si él no fuese así, si la olvidase, ya no le amarías, porque dejaría de ser él.

Esa es la maldita sensación que me aprisiona el pecho desde hace dos días, cuando hice lo que no debía hacer. Cuando, llevada por mi sed de conocimiento, quise coger prestado un libro, sin saber que lo que "cogía prestado" era un diario.

Uno demasiado personal.

Uno perteneciente a mi profesor de pociones.

Nada más abrirlo y ver la exquisita caligrafía semicurvada había averiguado de qué se trataba. No por nada en la esquina derecha de la primera página rezaba "Diario de Severus Snape Prince".

Al principio me había sorprendido de que no estuviese hechizado para asesinar instantáneamente a quien lo husmee, pero luego he supuesto que el propio Snape no podía concebir que alguien fuese tan tremendamente iluso de entrar en su despacho y tocar sus cosas sin su consentimiento. Mucho menos robarlas.

Ese pensamiento me daba unas extrañas ganas de reír por la histeria.

Cuando descubrí su nombre abrí los ojos como platos y quise levantarme, disculparme y devolverlo. Otra parte de mí, sin embargo, deseaba con todo su ser pasar la página.

Sí. Pasé la página y la curiosidad mató a la leona.

Ya no era capaz de dejar de leer. Un sentimiento de culpa me pinchaba el pecho cada vez que mis dedos acariciaban el papel para seguir leyendo pero rápidamente era aplacada por la insaciable curiosidad. La manera en la que Snape grababa sus sentimientos en el papel era majestuosa, casi poética. A veces necesitaba cerrar los ojos para paladear una de las frases.

Un dato curioso que me había llamado la atención al abrirlo era que en vez de escribir "Querido diario" prefería "Querida Perséfone".

Y por eso ahora estaba en la biblioteca buscando toda referencia sobre ese nombre.

- Buenos días Hermione - la voz ensoñadora de Luna me despierta de mi búsqueda y la miro, parpadeando varias veces sorprendida al encontrármela con unas gafas rosas extrañas con cristales de distintos colores. - Tienes muchos torposoplos rondando a tu alrededor - la chica se sienta a mi lado.

- Torpo...¿Qué? - pregunto confundida frunciendo el ceño hasta que recuerdo la...unicidad de mi amiga - Déjalo - suspiro - Hace poco leí una referencia sobre un nombre que me llamó mucho la atención. No es común, así que esperaba encontrarla en los registros de Hogwarts.

Luna gira un poco la cabeza mirando con curiosidad los grandes tomos abiertos frente a mí.

- Quizá yo la conozca y pueda ayudarte - comenta sonriendo quitándose las gafas.

- Lo dudo mucho - pero, ¿Qué puedo perder? - ¿Te suena el nombre de Perséfone?

Luna sonríe pensativa y niega. Yo lanzo un suspiro de rendición. Era imposible. Quizá había inventado ese nombre para su amiga imaginaria.

- No conozco a ningún alumno de Hogwarts que se llame así - responde jugando con sus gafas - Sólo el mito, lo siento Hermione.

Dejo de recoger los libros y como un bólido me giro hacia Luna, clavando mi mirada en ella.

- ¿Mito? - pregunto, sintiendo a la esperanza renacer en mi corazón.

- Sí, ya sabes, el mito de Hades y Perséfone - se rasca la nariz - Mi padre solía contármelo cuando me quejaba del frío. Es griego.

Dichosa por el descubrimiento me pongo en pie y levito los libros a sus respectivas estanterías. Luna me imita.

- Necesito que me cuentes esa historia Luna, ¿Te importa? - pregunto mientras salgo acompañada por mi amiga de allí.

- Oh, claro que no - Luna simplemente es feliz con estas pequeñas cosas - Verás, Perséfone era un ninfa pelirroja hermosísima que solía salir a pasear, cantar y bailar por el bosque. Un día Hades, el dios del Inframundo la vio y se enamoró perdidamente de ella al instante.

Miro a Luna interesada mientras caminamos por los pasillos.

- Así que Hades le tendió una trampa y la raptó, llevándosela con él al Inframundo. La madre de Perséfone, Démeter, diosa de la fertilidad y el trigo, salió en busca de su hija y todas las cosechas se marchitaron a su marcha, dejando un invierno en apariencia eterno.

- Típico de los mitos griegos - bufo - ¿Qué pasó con Perséfone?

- Comió una granada en el Inframundo. Si comes algo allí quedas encadenada a ese lugar para siempre - por alguna extraña razón, Luna es feliz incluso cuando habla de condenas eternas - No se sabe si tentada por el propio Hades o a voluntad propia. Al final se casa con él. A mí me gusta la versión en la que se termina enamorando de Hades.

- No lo dudo Luna - sonrío con cariño ante las ensoñaciones de mi compañera.

- Para que se pudiese volver a cultivar Zeus tuvo que llegar a un acuerdo con Hades y Démeter. La mitad del año Perséfone estaría con su madre, siendo primavera y la otra mitad con su marido, siendo invierno.

Me dejo caer en un árbol. Durante la caminata Luna y yo habíamos terminado por salir al exterior, dando vueltas alrededor del lago Negro. Mi mente bulle tratando de comprender la conexión entre la ninfa y el propio Severus Snape. De alguna forma dudo que alguien tenga ese nombre.

- Creo que quieres estar sola ahora mismo Hermione, tienes muchísimos más torposoplos rondándote la cabeza - asiento agradeciéndole mentalmente el gesto - Hasta mañana.

Lanzo un suspiro y cierro los ojos, abrazándome a mí misma. Tengo bastante frío. No es para menos, estando ya casi en invierno en Escocia.

Abro la mochila donde suelo llevar mis pergaminos y mis plumas y saco un pequeño libro con tapa de cuero. El diario. Mi fuente de escape.

Lo abro por una página cualquiera y empiezo a leer.

Querida Perséfone:

¿No te gusta estar a mi lado? ¿Es por el infierno a mi alrededor? Te juro que, si pudiese, bajaría el cielo, la luna y las estrellas para ti, pero no puedo. Yo sólo conozco el infierno. Sólo la frialdad, la traición y la muerte. Tú eres mi soplo de vida en esta tierra estéril, en este camino sin sentido. Tú haces que mi corazón se despierte y que desee sentir la luz del sol sobre mi piel.

¿No eres feliz Perséfone? ¿Añoras tu luz exenta de problemas? No me importa, te dejo marchar; pero llévate contigo mi corazón ensangrentado porque te pertenece...

- Y nunca dejará de pertenecerte.

Mi corazón se para. Mi piel empalidece. Comienzo a temblar de puro y absoluto miedo, completamente estática, con los ojos aún sobre las páginas, pero ya sin leer. Siento su cuerpo dejarse caer en el mismo árbol que yo, pero justo al otro lado. Trato de contener mis lágrimas y, con el poco valor que me queda, consigo que me salga la voz.

- Profesor Snape. - trato de saludar, pero suena como si un conejito quisiese calmar a un lobo hambriento.

- Señorita Granger - responde él con voz grave y pausada, la calma antes de la tormenta. - Tengo curiosidad sobre algo, quizá usted, con sus aires de grandeza, sea capaz de responderme.

Oh, me merecía todos esos insultos y más. ¿Será capaz de asesinarme y enterrar mi cuerpo muy lejos de allí?

- ¿En qué puedo ayudarle señor? - susurro en respuesta, todavía quieta, decidida a no moverme ni un milímetro por miedo a acercarme demasiado a su parte del tronco.

- Verá, permítame explicarle - en su tono, sin duda, se puede notar la ira contenida - Estaba paseando - comenta, como si estuviese desinteresado en el asunto - Y, de repente...Escucho una voz pedante y desagradable recitando mi diario - hace una pausa y su voz se convierte en un siseo de furia - Imagine. Mi. Sorpresa.

¿Estaba leyendo en voz alta?

- Dentro de mi considerable y excesiva bondad actual - aprieto los labios - Voy a concederle...Un minuto para explicarme todo esto antes de que la haga desaparecer y tenga que lidiar con sus amiguitos histéricos.

Me remuevo, nerviosa y termino por suspirar.

- Hace dos días estaba en su despacho - explico, haciendo una breve pausa para buscar mi valor - Y usted se fue un momento a por el pergamino que le había pedido.

- No quiero que me relate lo que ya sé Granger - sisea y me muerdo el labio. Merlín, voy a morir.

- Lo sé, verá - trato de buscar las palabras menos violentas - He leído casi todos los libros de la biblioteca en relación con su asignatura - me sonrojo y doy gracias porque no me esté viendo - Y había oído que usted tenía en su biblioteca personal unos...unos libros maravillosos.

Cierro la boca para dejar de hablar y esperar su sentencia. Con cada segundo que pasa siento a mi corazón botar con fuerza contra mi pecho del nerviosismo.

- Señorita Granger - Snape rompe el silencio con voz cortante. - Siga.

Aprieto los labios, cierro los ojos y contengo la respiración antes de proseguir.

- Y vi un libro sobre su escritorio. Usted estaba ocupado, no me estaba mirando - me paso una mano temblorosa por el pelo, ni siquiera soy capaz de diferenciar cuál - Y el libro me... - me aclaro la garganta incómoda - me...

- ¿Le?

- Me llamaba, ya sabe - creo que no he estado más sonrojada en mi vida - Yo quería ese conocimiento y sólo...sólo iba a cogerlo prestado - de repente me entran unas enormes ganas de llorar - No pretendía coger su diario, quería escribir unos pergaminos de apuntes para mejorar mis redacciones.

Empiezo a sollozar. Simplemente no puedo controlar mis sentimientos de angustia y culpabilidad. ¿Cómo he podido invadir de esta forma la privacidad de una persona?

- Creo que no ha terminado de hablar - trato de controlarme apartándome las lágrimas de la cara, pero simplemente no soy capaz de parar de llorar. - ¿Por qué lo leyó?

- Yo - trato de hablar y, al final, comienzo a soltar frases entre llantos - No quería leerlo, se lo iba a devolver pero sabía que se iba a enfadar conmigo - sorbo - Y luego tenía mucha curiosidad y quise saber qué podía escribir alguien...alguien como usted en un diario. Y empecé a leer - cierro los ojos para continuar con mi extraña confesión - Y leí. Sus palabras me...me absorbieron. No podía parar.

Doy un grito cuando algo me roza el brazo y abro los ojos, clavándolos en Snape junto a mí. Contengo la respiración y, por miedo, vergüenza y pura culpa dejo que las lágrimas resbalen por mis mejillas.

- Señorita Granger.

Al escuchar mi nombre proveniente de él dejo de apretar los labios y simplemente empiezo a llorar sin contenerme entre disculpas susurradas.

Snape coge el libro de mi regazo y pasa las páginas en silencio, indiferente a mi llanto. Yo simplemente vuelvo a cerrar los ojos, incapaz de mirarle a los ojos.

Pasamos unos segundos en silencio. Sólo escucho mis propias lágrimas y el susurro del libro al ser pasadas sus páginas.

Querida Perséfone,

Hoy te he visto llorar, escondida entre las estatuas del Inframundo. ¿Lloras porque añoras el sol, a tu madre, el viento o el mundo? Nunca he entendido por qué la gente llora. Yo dejé de llorar hace mucho tiempo.

¿Por qué lloras Perséfone? Explícamelo, te lo ruego. Nunca, aunque lo intente, entenderé tus lágrimas de cielo. Me queman, me arañan, me duelen desde lo más profundo del corazón. No me acerques el cielo, me hace daño. Yo sólo sé de infiernos.

Snape cierra el diario y lo deja a un lado, en el suelo. Me aparto las pocas lágrimas furtivas que me quedan y levanto la cabeza para mirarle en un acto de valentía.

- ¿Por qué llora Perséfone? - Snape frunce el ceño sin dejar de mirarme, completamente quieto.

Sonrío como una idiota jugueteando con un mechón de pelo.

- ¿No me odia? - pregunto con un hilo de voz.

- ¿Más que de costumbre? - bromea - Usted no es propensa a decir idioteces Granger. No la odio, simplemente no la soporto, como bien sabe.

Sonrío aún más abrazando mis piernas.

- Su diario es muy hermoso - comento un tanto incómoda.

- No es como si debieses saber eso niña - gruñe por lo bajo cruzándose de brazos - Si vuelve a tocar mis pertenencias le cortaré los dedos.

Trato de contener la risa pero no soy capaz. Simplemente empiezo a reírme a carcajadas.

- Prometo portarme bien - le tiendo el meñique y Snape eleva una ceja, confundido.

- ¿Qué hace? No me venga con confianzas.

Sonrío con calidez y me acerco a él, abrazándole con fuerza. Snape aparta los brazos y bufa. No me abraza, pero tampoco termina de apartarme.

- El cielo me duele Granger - le escucho susurrar y levanto la cabeza un poco para mirarle. Está con los ojos cerrados haciendo algunas muecas, como si el contacto físico le agradase y le doliese a la misma vez.

Me aparto lentamente con una agradable sensación de protección y cariño. Termino por apoyarme en él bostezando y le sonrío.

Snape se queda quieto, mirándome inmutable con la boca entreabierta, analizándome. Finalmente relaja el rostro y niega suavemente, con una sonrisa fugaz...si a ese breve levantamiento de las comisuras de los labios se le puede llamar sonrisa.

- Señorita Granger - susurra sin su voz dura y cruel, más bien relajado. Como nunca hubiese visto a Snape. - Yo sólo sé de infiernos.

Snape se levanta, apartándome de él y se coloca bien la túnica, irguiéndose. Su porte indica que deja de estar relajado.

Me mantengo sentada en el árbol mirando su espalda mientras se aleja de mí. Un pie tras otro. Sin mirarme.

Esta vez no lloro. Tampoco sonrío. La calidez se ha ido. Pero, si cierro los ojos, aún está ahí. Me vale, no debo pedir más, debo dar gracias por lo que tengo. No puedo desear más. Al fin y al cabo, su corazón ya le pertenecía a otra.

Puedo aceptarlo. Puedo vivir sólo con sueños de adoración. Puedo vivir siendo la segunda, si llego ahí.

Puedo vivir sabiendo que, si se trata de elegir, siempre se irá con ella.