Soy la bestia, soy un hombre de palabras;

soy la humedad de la noche; la caída vertiginosa del mundo.

Soy quien ve a muchos hombres muertos,

recibiendo órdenes con una sonrisa de imbéciles, serviles y encantados de serlo.

Soy la orilla de un vaso que corta.

Soy sangre.

"H. C. Bukowski"

Ya no sé cuánto tiempo ha pasado desde que él no está.

Desde que ha desaparecido.

A veces miro durante las comidas hacia la mesa de los profesores con la vaga esperanza de encontrarlo sentado, con el ceño fruncido y ojeras pronunciadas.

Pero él no está.

A veces, por las noches, miro por la ventana y le pido a las estrellas que me lo devuelvan. Paso las horas entre suspiros de eterna preocupación, deseosa por su regreso.

Pero él no está.

Él no está.

- Herms, hoy te ves peor que de costumbre - saluda Ron con la boca llena de salchichas y huevos fritos.

- Yo también me alegro de verte Ronald - respondo sarcástica tratando de no matar a mi amigo. Tengo demasiado sueño. Otra noche desperdiciada mirando como una idiota el camino que da al castillo.

Harry empuja un poco a Sean, que se queja con un sonoro ¡Eh! escupiendo parte de su zumo de calabaza. El chico rueda los ojos y me hace un gesto para que me siente en el hueco que acaba de conseguir para mí. Con una sonrisa de agradecimiento, me siento entre él y Ron.

Las lechuzas llegan como todas las mañanas y yo espero pacientemente la mía con el Profeta.

- Ignora a Ron Herms, simplemente está preocupado por ti - Harry alarga el brazo para coger una tostada, restregándose los ojos con la mano libre intentando hacer desaparecer su expresión somnolienta - Pero siempre tiene que mostrar esa preocupación de forma tonta.

Suspiro. La verdad es que no me importa demasiado lo que me diga Ron en estos momentos.

- ¿Fuiste al despacho de Dumbledore anoche Harry? - pregunto con bastante interés. Quizá el director tenga noticias del profesor Snape.

- Sí - responde un tanto escuetamente tratando de alcanzar el zumo de calabaza. Con un simple hechizo no verbal sirvo a mi amigo - Gracias - se sonroja un poco - Sí, estuve con el profesor Dumbledore anoche... para lo que vosotros sabéis.

En ocasiones Harry le da demasiada importancia a sus charlas con Dumbledore sobre el Señor Oscuro. Es un poco exasperante.

- ¿Se sabe algo del profesor Snape?

Rápidamente la cara de mi amigo se transforma, frunciendo el ceño de forma pronunciada.

- Como si ese hombre se pudre.

Ahora la que frunzo el ceño soy yo.

- ¡Harry! Es una persona. Por muy mal que te caiga no puedes simplemente... - muevo las manos tratando de expresar mi desconcierto - ¡Querer que muera! - susurro mirando hacia los lados con cierto nerviosismo esperando que nadie nos escuche y suspiro - Es una barbaridad. Y poco moral. No se le puede desear la muerte a un ser humano.

Harry eleva los hombros.

- Qué quieres que te diga Hermione, Snape es un capullo.

- ¡Harry! - exclamo otra vez indignada.

- ¿Qué pasa? - pregunta Ron con comida en la boca con curiosidad al escuchar mis dos gritos.

- Hermione quiere hacer una campaña para salvar a Snape - se burla Harry y yo aprieto los labios. ¡No he dicho eso! - No nos deja desear que no vuelva.

Ron se ríe.

- Mira Hermione - Ron traga su comida y pincha otra salchicha - ¡Es Snape! Podemos aceptar que sientas la necesidad de llamar su atención porque no te admira como el resto de profesores - me sonrojo de pura ira mientras el pasea su salchicha de un lado a otro como si me diese una lección de vida importante- Pero no nos puedes obligar a dejar de soñar que se caiga por las escaleras o que Quién-Tú-Sabes lo fría con un Avada. - termina su discurso engullendo su desayuno.

- Esos pensamientos son una barbaridad - me cruzo de brazos.

- ¡Es Snape! - exclaman los dos a la vez como si eso justificase todo.

Me levanto enfurruñada cogiendo un trozo de bizcocho para el camino a la biblioteca. No puedo seguir escuchando esas tonterías. ¿Estará bien? ¿De verdad Voldemort le ha podido...? No. No debo conducir mis pensamientos por esa línea. Él está bien. Va a volver.

- ¡Hermione! -detengo mi paso y me giro para esperar a Ginny, que corre hacia mí con una sonrisa. - Buenos días.

- Buenos días Ginny - respondo un tanto cortante.

- ¿Otra pelea con mi hermano? Te he visto salir un poco enfadada y bueno, por si necesitabas hablar... ¿Snape?

Suspiro en respuesta.

- Otra vez Snape.

- Herms, sabes que me preocupo por ti y trato de entenderte - empezamos a caminar, yo con la mirada puesta en mis pies como si fuesen lo más interesante del mundo - Pero esto empieza a superarme. Llevas toda la semana preocupada. ¡Sé que no duermes la mayoría de las noches! Se te ha salido de control toda esta situación.

Levanto la mirada del suelo y observo a mi amiga, asintiendo con lentitud.

- Creo que tienes razón - admito - Últimamente estoy excesivamente cansada - me paso la mano por la cara - Si no estoy mirando por la ventana tengo pesadillas que a veces no recuerdo. Al principio me parecía bien porque me levantaba antes y podía estudiar pero ahora...

- No me dijiste que tenías pesadillas - Ginny se para en mitad del pasillo y yo, en consecuencia, me paro también devorando el último trozo de bizcocho.

- No quería preocuparos - le resto importancia. Me siento bastante incómoda hablando del tema.

Ginny parece entenderme e ignora esa parte de la conversación.

- Mira, no entiendo por qué te importa tanto Snape. Tampoco sé lo que ha pasado entre vosotros - eleva los hombros y yo me sonrojo.

- ¡Nada!

- No me refería a eso pillina - me mira de reojo como sabiendo mis pensamientos y continúa - El caso es que no debes dejar que él gobierne tu vida.

- No consiste en gobernar o no gobernar - le explico - ¡Puede que le estén torturando! - ¿De qué habla Ginny?

- Y para olvidar todas las torturas y los pensamientos desagradables - me coge de los hombros y me gira, empujándome para que ande - Vas a subir a tu habitación, te vas a poner guapa y nos vamos a ir a Hogsmeade a por una deliciosa cerveza de mantequilla. Así tú serás la dominante de tus pensamientos.

¿Qué?

- No sé Ginny - me muerdo el labio mientras me arrastra, alejándome de la biblioteca - Tengo que estudiar.

- Tonterías - le quita importancia con la mano - Simplemente vas a consumirte detrás de un libro, siempre acabas así cuando quieres sacarte los problemas de la cabeza o tienes ganas de llorar. Vas a salir con nosotros y te vas a olvidar de Snape.

- Me voy a olvidar de Snape - repito, poco convencida.

- ¡Fantástico! - exclama Ginny aplaudiendo - sube y...eh... - entramos a la sala común con Ginny tratando de encontrar las palabras para decirme lo que sea que me quiera decir. Finalmente sonríe un tanto incómoda - Te puedo dejar un poco de mi maquillaje, ya sabes...No se te ve muy eh...

- Vale vale - ruedo los ojos - Lo he entendido.

- ¡Fantástico! Voy a avisar a los chicos. ¡Salimos de cita doble! - exclama emocionada.

- ¿Cómo? - pregunto justo antes de entrar a mi cuarto, mirándola con desconcierto.

- Mi hermano y tú hacéis una fantástica pareja. ¡Y YO ESTARÉ CON HARRY!

- ¿Tu hermano? - hago una mueca de asco - Ginny, Ron me cae muy bien pero...

Me ha cerrado la puerta en la cara.

Me acaricio el puente de la nariz con exasperación y me dejo caer en la cama. Se me ha olvidado leer el Profeta esta mañana por culpa de mi enfado con los chicos. Entierro la cara en la almohada. Yo no quiero ir a Hogsmeade ahora, hace mucho frío. Hago un puchero contra la almohada como una niña pequeña. Prefiero no pensar en todo el trabajo que tengo que hacer de Encantamientos, Transformaciones, Historia de la Magia, Pociones...

Pociones...

- ¡Hermione!

La voz de Ginny me saca de mi ensoñación y me levanto enfurruñada. Estaba muy feliz pensando en las pociones hasta ese momento.

- ¡Voy!

Me paso la mano por el pelo para peinarlo. Perfecto. Cojo mi capa para no helarme, un sombrero de lana y unos guantes. Perfecto.

Abro la puerta antes de que Ginny empiece a gritar de nuevo y me la encuentro con las manos en las caderas.

- No tienes remedio - es lo primero que me dice con una sonrisa al observarme de arriba a abajo - Venga, vamos.

Sigo a Ginny a lo largo de los pasillos del colegio. En la entrada la profesora McGonagall junto con Filch hace el recuento de autorizaciones. Allí nos unimos y empezamos a caminar hacia Hogsmeade.

Dejo que mis botas se hundan en la nieve y me abstraigo de todo lo que sucede a mi alrededor. Sin lugar a dudas hacía un día perfecto para ir a las Tres Escobas y tomarse una cerveza de mantequilla frente a la chimenea. La nieve decora cada rincón de los alrededores y el sol brilla con fuerza.

Creo que Ron trata de hablarme, pero al final se cansa de mi silencio y acelera el paso para unirse a Harry y a Ginny. Mi amiga no va a estar muy contenta conmigo.

Pero ahora es uno de esos momentos en los que deseo estar sola. Jugueteo con mi varita con desinterés y elevo la vista de mis propias huellas del suelo.

Mis amigos se han ido, dándome por perdida. Sin duda lo estoy. Posiblemente Harry ha sido el que ha intercedido. Sabe entenderme y sabe darme mi espacio cuando lo necesito.

Me fijo entonces en una anomalía en la nieve. Dos pequeñas machas rojizas impregnan el cuadro vestido de blanco justo al lado del bosque, estropeándolo. Con curiosidad morbosa me acerco al lugar y me agacho, pasando la mano por la nieve tintada.

¿Es sangre?

Escucho el susurro de algo deslizándose entre la maleza del bosque y luego un quejido.

¿Hay alguien herido?

Sacando la varita porque toda precaución es poca me interno en el bosque con sigilo, siguiendo el ruido de las quejas susurradas y las gotas de sangre que conforman una línea. Tras unos minutos me quedo quieta, entre los árboles. Todo está en absoluto silencio y he perdido de vista mi rastro.

Maldita sea.

- Si llego a ser un enemigo, la habría matado.

Me giro para encontrarme a Snape apoyado en un árbol, mirándome con reprobación. Mi corazón salta de alegría al verle y trato con todas mis fuerzas de no mostrarle esa sonrisa de pura felicidad que trata de hacerse dueña de mi cara.

- Profesor Snape, estaba preocupada - es lo único que digo acercándome a él. Tengo muchas ganas de abrazarle. Sabía que alguien le había escuchado y estaba escondido, al acecho. Posiblemente se ha mostrado porque ha visto que era yo.

Ese pensamiento me reconforta de una manera total y absoluta.

- Su preocupación es innecesaria y desechada, señorita Granger - le observo con las manos en las caderas y una expresión de autoridad - ¿Qué hace en el Bosque Prohibido sola? - remarca la palabra prohibido. Adoro cuando remarca las palabras, como dando dobles mensajes a las frases. Es tan sumamente... encantador.

- He visto un rastro de sangre y un... - mi cerebro conecta en ese momento las ideas. - ¿Está herido?

- No es de su incumbencia - responde rápidamente y se mantiene en su posición, apoyado contra el árbol - Váyase con sus amigos, posiblemente le estarán buscando.

- Permítame dudarlo. Suelo pasar desapercibida. - No pienso irme después de tanto tiempo queriendo verle de nuevo.

- ¿De ahí su extraña e inaguantable necesidad de llamar la atención continuamente? - elevo una ceja indignada.

- Ha ignorado mi pregunta - trato de ignorar yo también la suya para no enfadarme. ¿Por qué tiene que ser tan desagradable?

- Ignorarla es ya un deporte Granger - noto que se apoya más en el tronco - Usted la mía también y no me voy quejando porque simplemente usted me es indiferente. Largo. Tengo que volver al castillo.

¿Toda una semana preocupada para que me venga con borderías? Se lo ha creído.

- Pues lamento informarle de que el camino se encuentra en dirección contraria señor - me cruzo de brazos y él suspira.

- Ha cogido demasiadas confianzas - niega levemente - Supongo que es culpa mía.

Le miro con ojo crítico, buscando el fallo en él. No está erguido demostrando su autoridad como de costumbre y, definitivamente, Snape no es conocido por necesitar apoyarse en cualquier sitio. Me fijo en su mano, aún apretando su túnica con fuerza contra la cintura.

- Le ayudaré a llegar a Hogwarts, no creo que pueda llegar solo con una herida así - Snape eleva una ceja.

- ¿Ahora me subestima? - pregunta quisquilloso. Yo sonrío internamente triunfante, no lo ha negado: Está herido.

- Jamás - niego acercándome con cuidado. He estado demasiado preocupada como para permitir ahora que salga huyendo - Simplemente ahorra energías.

Snape termina suspirando, dándose por vencido, cuando estoy a pocos centímetros de él. Se apoya en mi con cuidado de no hacerme daño y sin soltar su cintura.

- Su estupidez Gryffindor va a hacer que se pierda un día en Hogsmeade con sus amigos. - gruñe Snape poniendo mala cara con cada paso, como si le costase un gran esfuerzo.

- Estoy donde debo estar - respondo agarrando su brazo. Y donde quiero estar, me gustaría añadir. Debe sentirse bastante malherido para no mandarme al colegio castigada por mis atrevimientos.

Snape parece querer soltar otro comentario cruel, pero se dobla sobre sí mismo con un quejido de dolor. Yo le agarro como puedo, tratando de que no se resbale entre mis brazos.

- Estoy bien - responde con poca voz y labios apretados.

Sé que me está mintiendo, aunque también sé que si sigo preguntándole me va a apartar. Conteniendo mis palabras empiezo a caminar lentamente, sintiendo como él también se mueve a mi lado.

- ¿Ha perdido mucha sangre? - aprieto los dientes. Maldita sea...¿No puedo simplemente quedarme callada?

Snape se gira para mirarme mientras proseguimos la marcha. Posiblemente se encuentra tan mal como se ve. Su palidez habitual es casi enfermiza, sus ojeras características están anormalmente pronunciadas e incluso parece haber ganado varios años.

- No la suficiente para desmayarme - responde simplemente sin demasiada gana tras unos segundos de reflexión. ¿Qué pasará por la cabeza de este hombre?

Estoy tan embelesada mirándole que mi pie se tropieza con una raíz tapada por la nieve. Él, por acto reflejo porque simplemente dudo que quisiese ayudarme, me sujeta del brazo. Pero está demasiado débil. Ambos caemos a la fina capa de nieve con un golpe seco.

- ¡Granger! - Snape se aparta de encima mía con una tremenda expresión de dolor. Yo me echo las manos a la boca, infinitamente preocupada.

- ¡Señor! ¡Lo siento! - se sienta sobre la nieve abrazándose a sí mismo y yo gateo hasta él creyendo que le he matado. Mi uniforme está lleno de sangre y la nieve a su alrededor también.

- Creo que ya me ha ayudado bastante. Todo esto era simplemente para acabar conmigo ¿no? - me pongo seria.

- Jamás - respondo con determinación.

- Simplemente bromeaba niña - hace una pausa para recuperar el aliento y se pasa la mano por el pelo - Bromeaba... - repite casi en shock y se deja caer en la nieve con un quejido.

Miro a Snape tendido en la nieve sorprendida, notando cómo empieza a teñirse cada vez más.

- No puede quedarse ahí - la determinación habla por mí - Está malherido, tiene que ir a la enfermería.

- Ummm - es su única respuesta. Cierra los ojos - Déjeme morir congelado y lárguese de una maldita vez. Me produce un serio dolor de cabeza.

- Pero yo no quiero que muera. - me quejo y de repente me siento tremendamente infantil.

Snape me ignora, completamente exasperado, aunque noto que pierde algo de tensión.

Me quito la capa y me tumbo a su lado sin tocarle.

Estoy loca.

Snape entreabre un ojo y me mira con desinterés cuando empiezo a temblar.

- ¿Qué hace? - trata de ignorarme, pero la curiosidad se cuela en su voz.

- Morir también - por favor que funcione.

Snape sonríe de medio lado y suelta una breve risa espontánea que hace que me quede completamente boquiabierta.

- Esas idioteces psicológicas que ha leído como sabelotodo que es no sirven conmigo - me sonrojo. ¿Y él cómo sabe eso? - Me voy al castillo pero sólo para no soportarla. Si le queda un poco de decencia al menos me ayudará a levantarme, al fin y al cabo me ha hecho caer usted.

Chasqueo la lengua y me pongo en pie, cogiendo también mi capa. Tampoco servirá de mucho: estoy congelada.

- ¿Por qué no ha usado la varita para curarse las heridas? - pregunto entre tiritones. Snape bufa.

- Hay ciertos hechizos dentro de la magia oscura que no se pueden curar con la blanca - responde sin más.

Saco mi varita y hago un complicado movimiento con ella. De la punta sale un chorro de aire caliente que seca mis ropas y las de Snape.

- Ha estado fuera mucho tiempo - Noto que le vuelve a costar caminar así que le agarro y llevo parte de su peso. Él acepta la ayuda sin ningún tipo de comentario sarcástico.

- He estado fuera... - se queda unos segundos pensativo y niega, dejando que su pelo baile al son de su movimiento de cabeza - No sé cuánto tiempo he estado fuera. Ya le dije que no se tenía que preocupar - suspira - No se pierde nada si algún día no vuelvo.

- Creo que es un tanto negativo - Esta vez, por muchas ganas que tenga, no le miro. No quiero volver a tropezarme.

- Soy una bestia - mi autocontrol desaparece y me giro hacia él para mirarle. Snape, inteligentemente, detiene el paso para que no se repita la historia y ambos nos estrellemos contra el suelo- Soy un monstruo. No se equivoque conmigo - doy un paso hacia atrás ante la locura en la mirada de Snape - He visto hombres, mujeres y niños muertos a mis pies, he visto personas consumidas obedeciendo a un tirano, he visto cosas con las que tú, Granger, jamás soñarías - se acerca a mí, y yo me apoyo contra un tronco tiritando, más de miedo que de frío. Está demasiado cerca para mi cordura - He participado en ellas - sisea - Y he disfrutado con la muerte y la sangre en mis manos. - aparta la mirada y la dirige al castillo - Yo no merezco que nadie me espere.

Respiro con cierta dificultad ante esas palabras tan duras por su parte y, tras unos segundos para recomponerme, alargo el brazo, colocando mi mano sobre su mejillas. Él vuelve de nuevo su mirada hacia mí, más tranquila.

- Granger yo... - susurra echando un vistazo a mi mano y luego de nuevo a mis ojos. Siento que mi corazón va a explotar en cualquier momento.

- ¡Severus!

Snape se aparta con una agilidad felina. La figura de Albus Dumbledore se lanza contra el profesor, estrechándolo entre sus brazos. Severus suelta un quejido entre los labios.

- Estoy bien Albus.

- No. No lo estás amigo mío. He sentido tu presencia acercándose al castillo. Estaba preocupado.

El contraste entre la excéntrica figura del director y la taciturna de Snape es simplemente sorprendente para cualquiera que no los haya visto nunca. Albus Dumbledore, la imagen de la sabiduría, la paciencia y la verdad...Severus Snape, su sombra y su verdugo.

- Debes traerme noticias - Albus se recoloca sus gafas de media luna, ya recompuesto, serio y con mirada inteligente.

- Como es costumbre - gruñe él y se gira hacia mí. Abro los ojos sorprendida de que recuerde mi presencia - Iré a la enfermería. Mañana estaré dando clase como supones... La señorita Granger ha sido una inconsciente y viene conmigo.

- Buenos días señorita Granger - saluda el director con ojos brillantes - Mire que toparse con Severus en este estado de humor tan apático. ¿Muy duro el castigo? - los ojos del director brillan tras sus gafas, indicándome que no se traga nada. De todas maneras tengo la ropa llena de sangre, no hay que ser el mago más poderoso para darse cuenta.

- El habitual, no le hagas responder a ella, creo que ya tiene bastante - le corta el rollo el propio Snape - Los niños deben estar a punto de llegar...

Y no quiere que le vean así, supongo.

- No te preocupes. De repente me han entrado unas terribles ganas de ir a por esos caramelos de limón muggles tan deliciosos...Tendré que alargar la jornada en Hogsmeade - comenta risueño - Me prometiste acompañarme. Vendrás conmigo la próxima vez supongo.

- Muero de la emoción - ironiza el hombre dando por zanjada la conversación. El director me echa un último vistazo crítico y finalmente emprende su marcha hacia el pueblo entre silbidos y cánticos a sus caramelos.

Snape se gira hacia mi de nuevo, incómodo y se muerde el labio inseguro.

- Vamos Granger, no quiero desangrarme por el camino.

Con un suspiro de decepción le agarro del brazo y ambos emprendemos nuestro trayecto al castigo.

- ¿Granger? - le miro.

- ¿Señor?

Él se queda quieto ante las puertas del castillo, de nuevo indeciso. Se pone frente a mí y me mira casi rozando lo que se podría considerar cariñoso.

- No ha sido del todo una completa inútil.

Eso es lo más parecido a un gracias que puede provenir de él. Con una sonrisa de idiota vuelvo a agarrarle y ambos entramos entrelazados al colegio. Estoy tentada a cerrar los ojos para disfrutar de los sentimientos que luchan por salir al exterior, ese rayo de emoción mezclada con cariño y anhelo.

Y esa es la sensación de felicidad más grande que he sentido alguna vez instalada en mi pecho.

Una felicidad que tiene nombre, y se llama Severus Snape.