Y los sueños, sueños son. "La vida es un sueño, Calderón de la Barca"

Hoy he soñado algo hermoso.

Soñé que me amabas.

Pero ya es hora de terminar.

De despertarse.

De olvidar.

Él ya no me mira con la profundidad de un océano infinito. Sus ojos no proyectan un velo oscuro, seductor y cruel. Ya no hay burlas ni miradas furtivas. Ahora sus ojos están vacíos, y sólo puedo acceder a ellos a través de los recuerdos.

Ojos llenos de lágrimas y dolor, rebosantes de desdicha y pura liberación mezclada con miedo a lo desconocido.

Un sueño.

¿Por eso le quiero olvidar?

Ya no siento sus brazos seguros, abrazándome. Ni existen esos sentimientos incontrolables. Ni escucho el sonido de su corazón. Sólo silencio. Se acabó el vivir protegida, amada...ese éxtasis de felicidad simplemente ha muerto. Para mí ya no existe la eternidad. Ahora sus brazos están fríos y alejados.

Un sueño.

¿Por eso le quiero olvidar?

Ya no hay caricias ni besos, ya no invierte su tiempo en mí, ya no puedo volar a mundos indescriptibles a través de sus labios. Mi deseo más profundo, nacido de él, ahora ha vuelto a dormirse.

Un sueño.

¿Por eso le quiero olvidar?

Y miles de veces me hago esa pregunta, miles de veces deseo entender por qué no puedo apartarlo de mi mente y de mis recuerdos, esos momentos imaginarios plagados de realidad: Se acabaron los sueños de lector, los mundos que tantas veces había formulado...Ya sólo me queda él. En todo lugar, en cada día, minuto, segundo; mi único pensamiento es para él. Y vivo encadenada a ese deseo.

Porque no sé la respuesta a esa pregunta.

Sólo sé que recordar su voz despierta mi corazón como una canción despierta sentimientos, que el recuerdo de su sonrisa, ahora caída, hace que crezca instantáneamente la semilla de mi felicidad y de mi miseria. Que cuando veo su mirada, al cerrar los ojos, me pierdo como con las palabras más dulces de mi libro favorito y el recuerdo de sus besos me mata lentamente.

Sí, esos son los recuerdos en los que vivo en un sueño. Y ese sueño tiene que terminar.

Hermione se reclina en la silla frente a su escritorio, cerrando los ojos. La tinta de su pluma cae gota a gota contra el papel, al igual que algunas lágrimas comienzan a deslizarse por las mejillas de la chica.

Respirando hondo, Hermione se aparta las lágrimas de la cara y mira hacia el cuaderno que descansa en su escritorio, frente a ella, justo tras terminar de escribir.

El cuaderno donde había estado escribiendo sus sueños más personales y profundos, y donde había creado una historia única basada en su imaginación...y en lo que una vez pudo haber sido.

En ese cuaderno se había apropiado de un ejemplar único, de un infierno, de una bestia, de un desconocido, de un mundo. Y donde sus sueños habían tenido un inicio, ahora tenían un final. Sueños basados en esa misma habitación.

Todo comenzó de una forma demasiado simple: Deseando. Deseando un amor tan profundo como lo describen los libros. Un amor como una llama, imperecedero, nacido de un heroísmo o un profundo enamoramiento. Un amor imposible, casi platónico que tan sólo pudiese ser obra de un sueño. Y su mente viajó hasta el mayor héroe de la guerra: Severus Snape. Ella deseaba a Severus Snape y podía fantasear con él, amarle en silencio, darle lo que nunca pudo tener en vida. Así que cogió su diario, y comenzó a escribir un inicio para su historia imposible. Su inicio.

La foto tras la guerra del Trío Dorado sobre su mesita le había recordado, sin poder evitarlo, al propio Snape. Cómo debía haberse sentido, viendo a un montón de críos prepararse para una guerra prácticamente imposible de ganar. Niños a los que él había visto crecer. Y escribió, de forma incontenible, sobre la unicidad de ese hombre. Su único ejemplar.

Se descubrió a sí misma empapándose de sus propias palabras, entrelazándolas con sus recuerdos como si realmente fuesen ciertas. Obsesionándose con ese cuaderno.

Imaginó su competencia, un fantasma del pasado instalado en el fiel corazón del hombre, amarrándolo con fuertes cadenas. Tampoco sabía cómo sería él, pero quiso imaginarlo enamorado de ella misma, pero incapaz de demostrarlo por el recuerdo de Lily, un recuerdo en el que ella es la luz y él la oscuridad. No le costó mucho, tras leer el mito de Perséfone, juguetear con esa metáfora para crear un nuevo recuerdo. Su infierno.

Pero no le bastaba, nada era suficiente. Severus Snape era más que un infierno, más que alguien único. Era un bestia. Un hombre cuya compañía era el dolor. Cuántas veces había comentado con sus amigos su mal aspecto, sus extrañas marcas en las manos, sus pequeñas heridas que desaparecían de un día para otro. No era tonta, y no había tardado en llegar a una conclusión: Snape era un mortífago, y el propio Voldermort le requeriría, especialmente tras su reencarnación. Y posiblemente su profesor no había podido darle todo cuanto deseaba. Vagamente Hermione había recordado esos días en los que el profesor Snape se encontraba "de encargo" y no tenían clase. No le costó nada escribir sobre esa barbarie en Snape, ese dolor a sus espaldas que sólo sería capaz de soportar un animal. Su bestia.

Pero todo era demasiado perfecto, demasiado irreal para meterlo en sus recuerdos. No conocía a Severus Snape y era claramente imposible que con él todo fuese un arcoíris.

Así que escribió su lado más indiferente, su crueldad, su recuerdo más certero de Snape hasta el momento. Su desconocido.

Y terminó simplemente deleitándose, con un final digno de un cuento, un baile como el de cuarto curso, el sueño de toda mujer. Ahí se dio cuenta, en ese mismo instante, de que realmente, con ese estúpido juego, se había enamorado de Severus Snape. Realmente se había enamorado de su fantasía. Su mundo.

La chica cierra los ojos, tratando de sacar de su mente esas líneas recién escritas, muy parecidas a las del inicio, que ahora marcaban un final. Su final.

Siete. Siete momentos. Siete veces había abierto su corazón a esas páginas. El número del perfeccionismo y la reflexión. Un número que, en su opinión, era ideal para el hombre del que escribía. Y cada momento era suyo. Cada momento le pertenecía.

Con un suspiro cierra el cuaderno de cuero, abrazándolo contra su pecho y se levanta. Había tratado de ser realista al escribir. En un momento la primera descripción que le hubiese gustado escribir habría sido un encuentro fortuito en mitad de la noche, quizá con su antiguo profesor algo bebido...

Niega sonrojada y se deja caer en la cama de matrimonio de su cuarto.

Luego le había resultado absurdo. Snape jamás habría...¿Oh sí? Ahora sólo le quedaban preguntas. Así que, ante lo absurdo de la situación inicial, se había dedicado a escribir pequeños gestos que conformasen una amistad para que así, luego, todo tuviese un mayor sentido.

Su vena realista no era capaz de desaparecer ni de sus sueños. Aunque al final simplemente se había dejado llevar por sus deseos, y había terminado por escribir una situación demasiado idílica.

Debía admitir también que quizá hubiese distorsionado un poco a Snape y a su propia persona. Él no era un hombre tierno: no acariciaría su mejilla, ni le abrazaría, ni le besaría...Ni siquiera se preocuparía por ella. Demasiado insensible y, en cierto modo, moralista. ¡Se llevaban 20 años! Era imposible que el profesor que ella conocía lo hubiese permitido.

O que ella, en aquel entonces, se hubiese fijado en Severus Snape.

Pero de su muerte nació la verdad. Floreció su sacrificio de amor, su esfuerzo, su sufrimiento...

Y, en algún momento, se terminó enamorando de él. De alguien que ya no existía, como no podía ser de otra forma.

Al principio no había podido sacarse esa idea de la cabeza. Ni siquiera cuando aceptó ser la novia de Ron. O cuando se casó con él. O cuando tuvieron su primera hija. No lo podía apartar de su mente o mejor: No podía apartar la pregunta ¿Y si?

¿Y si se hubiese fijado en Severus Snape?

¿Y si se hubiese molestado en conocerle?

¿Y si el destino les hubiese unido?

¿Y si no hubiese muerto en la guerra?

¿Y si hubiese nacido 20 años antes?

¿Y si? ¿Y si? ¿Y si?

Esos sentimientos de incertidumbre la llevaron a tratar de evadir sus sueños escribiendo lo que podría haber pasado, pero que nunca pasó.

Por fin había terminado. Su mayor secreto escrito en unas pocas páginas. Si Ron leyese eso...

El llanto de su hija le devuelve a la realidad, recordándole que ya era hora de que le diese de mamar.

- ¡Hermione! - la voz de su esposo resuena por la casa - ¿Dónde estás? Rose está llorando otra vez. ¡Estoy harto de esos derechos para elfos!

Con el cuaderno aún bajo el brazo, Hermione baja las escaleras encontrándose a Ron tratando de calmar a Rose en el salón. La imagen hace que sonría. Su dulce y amada hija riendo mientras observa el fuego de la chimenea crepitar.

Hermione sonríe también, calmando su fuero interno.

- ¿Vienes Hermione? - pregunta Ron lanzado a su hija al aire para que siga riéndose estruendosamente. - ¿Por qué te has quedado quieta?

Hermione se acerca a la chimenea, coge el libro con ambas manos, le da un suave beso en la portada y lo lanza al fuego.

- Se acabaron los derechos de los elfos Ron - comenta mientras ve sus fantasías calcinarse.

Hermione se gira y se acerca a su esposo y a su hija riéndose junto a ellos.

Se acabó su sueño.

Se acabó Severus Snape.

Al fin y al cabo, los sueños, sueños son.