Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.


Cuando la agente Fiora entró en la vivienda Pokémon del Team Rocket, se encontró a un puñado de asistentes trabajando duro, mayormente limpiando jaulas y mezclando comida. Fiora agarró el arnés de Absol, caminó hacia adelante y sus débiles músculos temblaron en señal de protesta. Al menos Pierce la comprendía, incluso cuando ningún otro Rocket lo hacía. Él sabía que no era mejor discutir acerca de conseguir una silla de ruedas. Simplemente sacó a Absol un día, le puso el arnés para caminar y le entregó su Pokéball.

—Un préstamo —lo llamó—, para cuando necesites ayuda.

Él la había respetado lo suficiente con tal de no hacer oficial el trueque. Ciertamente, a ella le habría encantado poseer su propio Pokémon. Pero era mejor de esta manera. Los Pokémon también tenían sentimientos, y Fiora rechazaba traer a uno a su vida sabiendo el cual estaría de luto por ella al cabo de unos cuantos años.

—Otro día más de trabajo, ¿eh? —dijo Fiora.

—Ab-sol —respondió Absol.

Pasaron el área de descanso. Fiora tomaba cuidadosos pasos con Absol siguiéndole el ritmo a su lado, preparado para inclinarse en cualquier momento y estabilizarla siempre que fuera necesario.

Al menos cinco asistentes se detuvieron con tal de ofrecer el típico «¡buenos días, señora!» y «¿puedo ayudarla, señora?» y «Qué buen día hace hoy, ¿no, señora?». Era triste que ella no conociera la mitad de sus nombres. Lo había intentado, claro. Cuando ella comenzó por primera vez como jefa de cuidados… ¿hace dos años? Sí, eso sonaba correcto. Entonces su grupo de subordinados era pequeño. Pero su arsenal de secuaces parecía crecer exponencialmente últimamente, y cada vez Fiora trabajaba menos.

Ella y Absol realizaron las rondas habituales. Primero comprobaban el grupo del cuarto de juegos para saludar a sus amigos Pokémon, asegurarse de que estaban felices y se llevaban bien, y dar discursos a sus subordinados cada vez que su trabajo no dependía de sus (algunos dirían locos) estándares. Luego se iba a revisar el criadero interior y la sala de aislamiento que albergaba los «casos especiales».

Fiora pasó su tarjeta de identificación por el candado electrónico y la puerta de la sala de aislamiento se abrió con un sonido de despresurización. Fi no rehuía a los que eran más feos. Ellos aún eran Pokémon con auténticos sentimientos, después de todo. No importaba cuán retorcidos se vieran por fuera.

Fiora se quedó más tiempo con la jaula del recién llegado, intentando convencerlo para que comiera un poco.

—Lamento que hayas tenido que pasar por todo esto. Sé que no fue tu elección —canturreó—. Pero ahora posees habilidades que ningún Meowth jamás ha tenido. Piénsalo… ¡Eres tan raro como un Pokémon legendario! —Fiora deslizó y le acercó el cuenco de comida—. Aunque, si quieres ser tan poderoso como ellos, primero has de mantener tu fuerza. Así qué, toma. Es una receta propia. No más de esa comida hinchada, lo prometo.

El híbrido (no había dicho su nombre a nadie) cogió un trozo de comida y, después de una larga pausa, se la llevó a la boca. Fiora observó satisfecha como se lo tragaba e iba a por otro bocado. A veces, lo único que se necesitaba era un poco de adulación.

Fiora abandonó la sala de aislamiento y regresó al criadero, justo a tiempo para toparse con tres soldados discutiendo acerca de a quién le tocaba alimentar a Raven. Fiora los escuchó por un momento, tachando de absurdas algunas de las excusas. Entonces, cuando ya se aburrió, dio un paso adelante e hizo el trabajo de jefa.

—¡Parad de ser un puñado de nenazas y haced vuestro trabajo de una vez!

Sus súbditos se encogieron al instante, se encorvaron con intenciones de disculpa y se escabulleron hacia la jaula de Raven en la esquina más alejada. Fiora sonrió mientras los veía marchar, empapándose en la cálida sensación de poder. En ocasiones eran los pequeños disfrutes de la vida los que la hacían continuar avanzando.

Fiora entró en su habitación privada y se sentó en la silla frente a su escritorio, todavía contemplando el drama a través de la ventana de cristal. ¿Cuánto tardarían hoy en pedirle ayuda después de que Raven les pateara el trasero? El récord de mayor tiempo estaba en los treinta segundos.

Fiora se recostó en su silla de cuero negro, la cual era simple y reconfortante y lo bastante alta para hacerla sentir importante. Ella sonrió abiertamente cuando vio el ataque torbellino de Raven lanzando a uno de los subordinados por los aires gritando mientras pasaba por la ventana de su oficina. Sintió como le pesaban los ojos. Un día más en el paraíso…

En sus sueños, Fiora se encontraba a sí misma, como a menudo pasaba, sentada frente al escritorio de Giovanni hace dos años y medio…

-0-

A Fiora no le gustaba aquella oficina ni la lujosa silla en su espalda. Se sentían demasiado como una muestra de alarde. Como en su antigua vida. Era pequeña a la sombra del alto escritorio de madera de roble, y estaba cansada de serlo.

Al menos, el hombre que se sentaba detrás de la mesa era real. Veía como sus ojos se entrecerraban. La esquina de su boca se contraía mientras la miraba de arriba abajo. No iba a compadecerse de ella porque estuviera enferma.

—Así que, ¿tú eres la indicada? —preguntó en un duro tono de jefe.

Fiora no esperaba menos del líder de una organización criminal multimillonaria. Contuvo su mirada y respondió.

—Sí, señor.

—Aquella que llamó a las puertas de mi gimnasio y amenazaba con exponerme a la policía.

—Sí, señor.

—Quien acosó a uno de mis agentes hasta que te trajo aquí… a mi oficina.

—Sí, señor.

La voz del hombre crecía, su cara se enrojecía con una tonalidad rojo tomate. Casi del mismo color que su elegante traje.

—Y ahora tienes el valor para sentarte ahí y exigir que yo, Giovanni, te convierta en un miembro de mi organización.

—Sí, señor.

Sus dedos repiquetearon en la mesa. La mayoría de sus subordinados ya se habrían ido o, por lo menos, se habrían encogido de miedo un poco. Por fuera, Fiora sabía que se vía como el tipo de persona que se achicaría. Físicamente era todo huesos y piel, con una complexión no exactamente pálida y de material que decía que no defendería su posición y se arriesgaría a salir perjudicada. En otra vida, muy seguramente se habría hecho pedazos en cuanto alzó su voz. Pero ahora había abandonado a aquella persona en una explosiva llamarada por la gloria del Team Rocket.

Aunque aún debía hacer las cosas oficiales.

Fiora miró a un lado y encontró a Pierce. Probablemente el único amigo que tenía en el mundo. Irónico, ya que apenas se conocían. ¿Se podía considerar amistad un par de visitas y unas cuantas llamadas a lo largo de cuatro años?

Ella esperaba que sí.

Pierce tomó su señal, levantando el pesado maletín y colocándolo sobre el escritorio de Giovanni.

Fiora se aclaró la garganta.

—Sé que le he causado algún que otro problema, y me gustaría hacer las paces. De modo que, acepte este simbólico soborno como muestra de mi más honesta disculpa.

Giovanni parpadeó y Fiora le devolvió una sonrisa. Él volteó las pestañas del maletín, levantó la tapa y, descansando en una almohada de terciopelo rojo, alzó una estatua. Nada sofisticado. Simplemente la típica estatua de un Persian de diez mil años de antigüedad, cuando estas se cincelaban a mano y se engastaban con rubíes.

Giovanni dejó la estatua, centrada y enfrente de su escritorio, permitiendo que Pierce se llevara el maletín. Luego se sentó y juntó los dedos.

—Tienes treinta segundos.

Más que suficiente, pues ella solo necesitaba cinco.

—Mi nombre es Fiora Bloodstone Sycamore y quiero que me conviertas en un miembro del Team Rocket.

Fiora observó como el hombre levantaba una ceja en la última parte, tal y como suponía que actuaría. La única cosa útil que su padre le dio: un nombre que venía con una reputación.

—Sycamore… —murmuró Giovanni—. Un destacado experto de Kalos especializado en la megaevolución Pokémon…

El hombre ya estaba escribiendo a una mano, pestañeando casi imperceptiblemente, en un monitor sobre su mesa.

—El mismo. Oh, no se moleste en buscarme en su archivo. Aparentemente, desatender a una niña enferma solo ensuciaría su imagen —advirtió Fiora. Las palabras salieron de su lengua muy fácilmente. Demasiado fácil, diría alguien. Después de todo, se suponía que la familia debía permanecer unida, ¿verdad?

Supuestamente, su padre nunca recibió la circular. O todavía no estaba seguro de que ella fuera su… lo cual era realmente patético, teniendo en cuenta cuánto tomó de él. Tenía sus ojos azules, su cabello salvaje y oscuro, su amor por los Pokémon y su hambre por aprender. Ah, sí, y la voluntad para abandonar a la familia con la finalidad de perseguir sus propias metas. Eso también lo obtuvo de él.

—¿Enferma de qué? —inquirió Giovanni. Ahí no hubo condolencias. Nada de andar con cuidado a su alrededor como si estuviera hecha de cristal. Giovanni era un verdadero hombre de negocios y quería conocer todos los riesgos antes de realizar una inversión en ella.

—ADN malo —respondió Fiora.

—¿Cuánto tiempo te queda?

Pierce se tensó a su lado. Daba la sensación de que estaba punto de decir algo, pero luego cerró la boca.

Fiora no retrocedió.

—Dos años. Quizá tres.

Ella dio unas palmaditas en el brazo de Pierce, sobresaltándole. Pierce regresó al escritorio de Giovanni y puso un segundo maletín sobe este. Fiora se reclinó en el cómodo sillón sin romper el contacto visual con Giovanni.

—Esta es mi propuesta. Me conviertes en un miembro del Team Rocket. Me das un trabajo… y me refiero a un trabajo de verdad. Nada de estar sentada y en silencio como esos asistentes-investigadores basura que requieren neuronas. Haces eso, y te serviré lealmente por el resto de mi vida. Empezando ahora.

Pierce abrió el maletín con una floritura y un brillo de codicia en los ojos de Giovanni hizo que el corazón de Fiora se disparara.

Dentro del maletín había la última pizca de moralidad de Fiora, descansando en relucientes y nítidas hileras. Ella había entregado al líder del Team Rocket la investigación de la vida entera de un hombre realizada con esfuerzo y sacrificio para que hiciera tantos experimentos malignos como quisiera. Fiora casi deseaba que su padre estuviera ahí en ese instante, si pudiera ver su cara. Bueno, no se puede conseguir todo.

—¿Tenemos un trato?

Giovanni cerró el maletín y gesticuló con tal de que Pierce se fuera a otra parte. A su malvado laboratorio, probablemente.

—Por favor, llámame jefe.

—Sí, jefe.

Giovanni pulsó un botón de su intercomunicador.

—¡Jessie! ¡James! Por favor, escoltad a la Agente Fiora a orientación.

—¡Sí, jefe! —contestaron dos voces al unísono.

Giovanni se gibó de satisfacción y miró a su espalda a través de la mesa hacia ella

—Se te dará el papeleo. Llénalo con tus… necesidades personales. Y tus habilidades, por supuesto.

—Sí, jefe.

Ambos se levantaron y ella le estrechó la mano. Detrás del escritorio el suelo el Persian de Giovanni se levantó de una almohada de terciopelo, se estiró y bostezó. Estaba bien alimentado y bien cepillado. Giovanni claramente era un hombre el cual amaba lo que consideraba valioso y valoraba lo que amaba.

Fiora dio al Pokémon un amistosa palmadita en la cabeza cuando este se le acercó a olerla. Cierto, tal vez ella nunca llegaría a ser tan valorada como su preciada mascota. O incluso como a uno de sus subordinados. Por al menos ahora, aquí, tenía la oportunidad de intentarlo.

-0-

El recuerdo se borró de su mente y despertó a la sensación de patas sobre ella y la voz de un Pokémon justo en su cara.

—¡Ab-SOL!

Los ojos de Fiora se abrieron completamente. Absol se veía en pánico. ¿Cuánto tiempo había estado intentando despertarla? Ella alcanzó a acariciar al Pokémon en la parte trasera de su cuerno en forma de hoz, procurando ignorar el temblor en su mano.

—Estoy bien. Solo descansaba la vista.

—¡Absol! ¡Absol! ¡Ab-sol! —la sermoneó el Pokémon. Resultaba un tanto conmovedor.

Fiora se enderezó, rodando sus hombros. Gracias a dios, Absol no le había permitido dormitar mucho tiempo. Ya era suficientemente malo que sus compañeros Rocket empezaran a darle miradas de lástima. Lo último que necesitaba era que la vieran desmayada en su escritorio.

Mientras se restregaba los ojos, se percató vagamente de la puerta de su habitación abriéndose. Alguien la llamó.

—¿Qué? ¿Qué? ¡No estaba durmiendo! —Fiora fijó sus borrosos ojos en la puerta y vio a Pierce entrando—. Oh, eres tú. ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar fuera, no sé, dirigiendo el proyecto del que seas director?

Pierce cerró la puerta tras de sí, sin siquiera tomar en cuenta la burla.

—Te traigo el almuerzo.

—Oh, gracias. —Fiora no estaba hambrienta. No lo había estado en un buen rato, en realidad. Pero Pierce se había salido con la suya para mimarla esta vez. Sándwich de huevo, su comida favorita, tostado hasta un perfecto marrón dorado. Zumo fresco de bayas cítricas. Incluso una servilleta bien doblada. Lo mínimo que podía hacer era probarlo y seguirle la corriente. Le dio un mordisco—. Te olvidaste de las bayas de tomate.

—No me he olvidado — replicó Pierce alzando un dedo—. Se supone que ya no puedes consumir comida picante, ¿te acuerdas? Órdenes del doctor.

Fiora gruñó.

—Si, sí. No más comida picante. No más actividades exhaustivas. No más diversión de ningún tipo. —Le dio otro mordisco al sándwich y suspiró decepcionada por el suave sabor—. ¿Vas a decirme lo que realmente quieres? Por el aspecto de este almuerzo, tiene pinta de que será algo que no me va a gustar.

Pierce se restregó la nuca. Odiaba cuando podía leerle como un libro abierto, aunque, en su defensa, era aburridamente predecible.

—Bueno, me han asignado una nueva misión. Parto mañana con los Agentes Jessie y James…

Fiora soltó un sonido de disgusto.

—¡Agh! ¿Tweedle-Diva y Tweedle-Dunce? Muy bien, fuera eso. ¿Qué has hecho para cabrear al jefe?

—¿Qué…? ¡Nada! —Pierce sacudió la cabeza—. De todas maneras, eso no importa. Lo que importa es que voy a estar fuera unos días y les pregunté a los Agentes Butch y Cassidy…

—No.

—… que cuidaran de ti.

—Olvídalo. Ni hablar. No va a pasar. —Fiora se cruzó de brazos, con el calor aumentándose en su rostro. Así que eso era lo que quería de ella. Conformidad. Pues bien, eso no iba a ocurrir, ni por un millón de sándwiches de huevo—. No necesito a un par de imbéciles ruidosos que contarán a toda la organización cómo me cuesta una hora solo para salir de la cama.

No debía haber dicho eso. Los ojos de Pierce ya se estaban llenando de preocupación. El tipo de mirada que hacía que ella lo abrazara y lo abofeteara a la vez. Le había advertido que no se encariñara con ella desde el principio. Pero el tonto sentimental tuvo que hacer oídos sordos.

Fiora negó con la cabeza y obligó a su voz a mantenerse firme mientras respondía.

—Estaré bien con Absol. Por favor, solo cumple tu misión. Seguiré aquí cuando vuelvas.

Intentó sonreír, pero sabía que era un gesto agridulce. Pierce no era un idiota. No sería capaz de decir eso por mucho más tiempo, y los dos lo sabían.

—Muy bien —dijo Pierce—, pero si necesitas cualquier cosa…

—Hostiga a Butch y Cassidy, lo sé. A todo esto, ¿cuál es esa nueva misión? ¿Enseñar a los dos títeres a atarse los cordones de los zapatos?

Pierce agarró el marco de la puerta.

—Giovanni… cree reconocer a un chico de unas imágenes de videovigilancia que encontré o, por lo menos, el nombre de la familia.

—¿Un chico? —A Fiora no le gustaba como sonaba eso. Ni una pizca—. ¿Qué clase de chico?

—No lo sé, un adolescente —replicó Pierce. Sonaba exasperado. Entonces entrecerró los ojos hacia ella—. Deja de ser paranoica. El jefe te respeta, lo cual es mucho más de lo que podría decir de la mayoría de la gente. Incluso si esta es una misión de reclutamiento, y aclaro que no dijo que lo fuera, tu posición se encuentra más que segura.

—Más le vale.

Fiora se despidió de Pierce con una sacudida de mano que significaba claramente «vete y déjame volver al trabajo», sobre todo cuando aún no había hecho nada de papeleo esta mañana. Tampoco es que fuera a empezar ahora. Cuando Pierce finalmente se fue, ella hurgó en uno de los cajones de su escritorio, cogió una botella de salsa picante de bayas de tomate y echó un buen pegote en su medio comido sándwich. Luego se recostó en la silla, levantó los pies y comió lentamente, saboreando cada bocado picante.

-0-

Sabrina se movió ansiosamente en su silla parecida a un trono en su gimnasio. La estancia estaba en silencio ahora… ningún entrenador nuevo irrumpiendo en ella, los Pokémon recuperándose… y era en esos momentos en los que más probablemente ella tuviera sus premoniciones, aunque fueran vagos y no necesariamente útiles.

Sabrina cerró los ojos y sintió una vieja sensación… ese tirón en lo más recóndito de su ser, esa inextinguible sed de poder. Ella podía notar que se le brindaría la oportunidad de tener más… mucho más de lo que ya tenía. Pero la oferta venía acompañada de un precio… una gran decisión tendría que hacerse por su parte si el trato valía la pena. No podía sentir nada más allá de ese punto, y eso la frustraba más de lo que ella misma podría explicar.

Escuchó el chirrido de las bisagras; un rayo de luz se extendió por el rojo suelo del gimnasio mientras la puerta se abría poco a poco. Sabrina se sorprendió, absolutamente despierta de su trance de ensueño.

—¿Señorita Sabrina? —la llamó la tímida voz de una estudiante. Su nombre era Zoe. La chica era una joven entrenadora prometedora. O, al menos, era una estudiante capaz de doblar cucharas sin que le explotara un vaso sanguíneo—. Señorita Sabrina, ¿va todo bien?

Sabrina se enderezó.

—Sí… —dijo lentamente.

¿Había compartido lo que había visto? No, no pudo. Todavía no. Quizá cuando los detalles comenzaran a revelarse, ella podría buscar consejo. Por ahora, el mejor movimiento era esperar y dejar que el destino siguiera su curso.

—Sí —aseguró a Zoe, con más confianza esta vez—. Sí, estoy bien.