Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.
Ash no conocía mayor dolor que ver a un Pokémon sufrir. Y ver a su Pikachu sufriendo era el peor de todos. El Team Rocket lo sabía; lo había demostrado muchas veces en el pasado. Solo que ahora tenía la mala fortuna de haberlo empleado contra él.
Atravesando la región de Kanto en una corta visita, Ash tuvo la suerte de poder saludar a Misty y Brock. Dando un paseo a lo largo de la hermosura de los picos del monte Moon, viejos recuerdos fluyeron de nuevo en la mente del chico. Casi estuvo a punto de pedir a Misty a modo de broma que le prestara su bicicleta, pero se contuvo ya que probablemente ella no apreciaría la broma.
Fue cuando los tres tomaron un camino a lo largo de los acantilados de la montaña que Ash empezó a ponerse ligeramente nervioso. No podía explicar por qué exactamente, solo que tenía el presentimiento de que estaban siendo observados. Casi avisó a sus amigos de que tal vez sería mejor dar marcha atrás… pero no era como si pudiera ver la amenaza, y Misty insistía en que las vistas desde lo alto de los acantilados eran tan hermosas… se calló y continuó andando. Por un rato, todo parecía ir bien. Las vistas a lo alto del camino realmente eran asombrosas; las montañas que los Clefairy llamaban hogar se extendían kilómetros y kilómetros. Pero el momento en el que Ash comenzó a bajar la guardia fue ideal para que el Team Rocket atacara.
No hubo ninguna advertencia, ningún lema. Una silueta oscura se precipitó desde el cielo y agarró a Pikachu. Ash alertó a sus amigos mientras Pikachu naturalmente intentaba defenderse, pero fuera lo que fuera lo que lo había agarrado parecía menospreciar hasta el ataque eléctrico más poderoso.
—Me temo que eso no va a funcionar esta vez —dijo una voz. Ash miró como tres figuras emergían de entre las sombras de los árboles más cercanos. Jessie y James, los conocía muy bien, pero en vez de Meowth a su lado, había un tercer miembro del Team Rocket de pelo negro y ojos fríos—. Perdonad la intromisión. Me llamo Pierce. Debería avisarte, mi Gliscor es de un nivel muy alto, y su categoría de tipo tierra lo hace inmune a los ataques eléctricos. Me temo que tu Pikachu se halla a su merced ahora mismo.
Tenía razón. La comprensión creó un nudo retorciéndose en el estómago de Ash. Ligeramente vio a Misty y Brock entrando por su lado, apoyándole. Pero su mente no se centró en ellos, sino en el miembro del Team Rocket que se encontraba de pie frente a los árboles toqueteando una Pokéball. Su cara estaba desprovista de misericordia.
—Te lo advierto —dijo Ash—, deja a Pikachu en paz y largaos o…
Pierce estrechó los ojos, fríos como cristales verdes. Entonces dio una señal a su Gliscor, el cual mantenía firmemente atrapado a Pikachu, y este voló más allá del acantilado.
—Creo que no estás en la posición de exigir nada.
Observando la inmensa altura desde la cual se hallaba ahora suspendido, Pikachu lloró aterrado, realizando un vano intento de aferrarse a su captor. Gliscor, a cambio, le dio un pellizco en la pata.
—¿¡Qué estás haciendo!? —gritó Ash, haciendo eco de su voz a través de las montañas. Su corazón se atascó en su garganta.
Ni el Team Rocket podía caer tan bajo. No se atreverían… no matarían a un Pokémon, ¿verdad? Ni siquiera Jessie y James parecían seguros. Jessie, aunque sonriendo de forma engreída, tenía sudores cayendo por su frente y James meramente arrastraba los pies y miraba al suelo como si se sintiera culpable por solo estar ahí.
—¡Aguanta, Pikachu! —chilló Ash a su amigo—. ¡Voy a salvarte!
Brock ya tenía su mano en su cinturón de Pokéballs cuando Pierce levantó un dedo hacia él, haciendo un sonido de desaprobación.
—Vamos, vamos. No cometáis ninguna locura —avisó—. Mi Gliscor tiene órdenes de soltar a Pikachu si presiente la más minúscula amenaza de vuestro grupo. Te sugiero que te quedes calmado.
Brock maldijo por lo bajo, pero separó la mano de cinturón.
—¡No os saldréis con la vuestra! —gruñó Misty—. Habéis intentado capturar a Pikachu un millón de veces en el pasado, y fallasteis en todas.
—Oh, no estamos tras Pikachu —puntualizó Jessie—. De hecho, no vamos tras ningún Pokémon.
Y apuntó a Ash.
—Exacto —añadió James—. Nuestro jefe nos pidió que te entregáramos una invitación personal. ¿Qué te parece unirte al Team Rocket?
Las manos de Ash se cerraron y formaron puños.
—No debisteis haber venido hasta aquí solo para preguntarme eso. Mi respuesta es no.
—Oh, querido —replicó Jessie—, me temo que un «no» no se encuentra entre las opciones que nos dio el jefe. Aunque creo que aceptaremos un «sí» o un «absolutamente». ¿Por qué no lo intentas de nuevo?
—Gli…
Gliscor sonrió y aleteó con más fuerza, elevándose todavía más. Pikachu se veía como estuviera a punto de desmayarse. Ash también sintió lo mismo. Después de todas las veces en las que lucharon contra el Team Rocket, ¿era así como terminaba el conflicto? ¿Con una estúpida amenaza y una rendición? Mientras miraba abajo, hacia los árboles que parecían juguetes desde las alturas, se dio cuenta de que no tenía alternativa. Pensar en perder a Pikachu lo rasgaba de una manera que nada podría igualarlo. Si unirse a las filas del Team Rocket mantenía a salvo a Pikachu, ni siquiera había que cuestionárselo. Ash levantó las manos.
—De acuerdo, me rindo. O lo que sea que queráis escuchar.
—¡Ash! —gritaron a la vez Brock y Misty. Él no les dirigió la cara. No había manera alguna de hablar de esto.
Jessie y James pestañearon sorprendidos, como la sumisión de Ash vinera más fácilmente de lo que imaginaban. Pierce simplemente asintió, como si no esperara nada más.
—Tu Pikachu está a salvo cuando te hallas bajo nuestra custodia —dijo Pierce—. Hay un helicóptero esperando para escoltarte hasta las oficinas en la próxima repisa. —Comenzó a andar y le indicó que lo siguiera—. Vamos. —Ash caminó detrás de él. Si Pikachu estaba a salvo, era todo lo que importaba.
—¡E-Esperad un segundo! —chilló Misty. Pierce no hizo nada para reconocerla—. La cosa es… que Ash, Brock y yo somo un equipo.
—¿Lo somos? —dijo Brock confundido.
Ash no le culpaba. Sí, habían viajado juntos por mucho tiempo, pero eso fue hace años. Ahora cada uno había tomado su propio camino desde entonces. Y desde que esta pelea contra el Team Rocket había finalizado, Misty no tenía razón alguna para iniciar otra.
—¿Qué? ¿Acaso quieres venir tú también, pequeña? —se burló Jessie.
Misty apretó los dientes.
—A cuestión de los hechos, ¡sí! —anunció.
—¿Qué? —exclamó Ash, solo para que su eco se escuchara en todos aquellos que le rodeaban.
Misty colocó sus manos en sus caderas como si el desconcierto de todos la envalentonara.
—No vas a hacer esto solo, Ash —dijo—. Sea lo que sea lo que quieran estos perdedores, voy a estar a tu lado.
—¿Y qué hay de mí? —preguntó Brock dando un paso al frente—. He viajado con Ash por más tiempo que tú. ¿No debería ir yo también en esta arriesgada aventura?
—Lo siento, pero la invitación no era para todos. —Jessie dio un respingo y se volvió para irse. Pierce puso su mano para detenerla.
—Vosotros dos —comentó—. Ambos sois líderes de gimnasio, ¿no?
—Por supuesto que lo somos —estalló Misty.
—Nuestros gimnasios tienen el personal suficiente para ajustarse a nuestra ausencia —agregó Brock con un tono muy profesional.
Una ligera sonrisa apareció en la cara de Pierce.
—Creo que el jefe estaría más que complacido de encontrarse con vosotros dos. Por, favor, acompañadnos.
Y con un gesto informal, comenzó a liderar un grupo de seis por las empinadas pasarelas del monte Moon.
-0-
Pierce debía felicitarse. Los objetivos estaban asegurados; otro trabajo bien hecho. El camión no estaba precisamente diseñado para cargar con prisioneros humanos, aunque tenía espacio para Pokémon de todos los tamaños. Recientemente, el Team Rocket había capturado dos Blastoise y un Emboar y sus jaulas todavía seguían en el camión, con las dimensiones perfectas para albergar a los mocosos lloricas a los que les habían mandado atrapar.
Sus Pokéball, por supuesto, fueron inmediatamente guardadas bajo llave en una caja por Pierce y dejada en el asiento del pasajero. Pierce ordenó a James que condujera. El tipo era un imbécil, pero al menos sabía mantener el camión en la carretera. Eso dejaba a Jessie aplastada entre los dos.
Había un Pokémon que Pierce no había metido en su Pokéball. El Pikachu. Lógicamente, le había pedido su Pokéball a su entrenador, pero este no poseía ninguna. La pequeña rata amarilla básicamente había seguido a su entrenador todo este tiempo. Ahora, obviamente, descansaba inconsciente en una caja mucho más pequeña en el regazo de Pierce. Jessie y James estaban llenos de júbilo. No porque habían cumplido una misión con éxito por una vez en sus patéticas vidas, ni tan siquiera porque lo habían logrado sin ser quemados, casi ahogados, electrocutados o lanzados por los aires en sus intentos de derrotar al entrenador que Giovanni solicitaba.
No, parecía que la razón de su insoldable atolondramiento era porque tenían en sus manos al Pikachu de ese entrenador. A Pikachu. Uno de los Pokémon más comunes en ciudad Verde. Jessie no paraba de aplaudir de placer cada vez que miraba la jaula, golpeando las costillas de Pierce con el codo en el proceso, y James tarareaba y se sacudía mientras agarraba el volante.
Pierce volteó los ojos. Esos dos no habían tenido al Meowth con ellos últimamente; tal vez el Pokémon gato era el pegamento que los mantenía apartados de la locura.
—Entregaremos todos los Pokémon que hemos capturado a Fiora —les comunicó Pierce mientras el camión se metía por el garaje del gimnasio de ciudad Verde.
James se paralizó. Jessie se puso nerviosa y dejó de acariciar la jaula del Pikachu. Se podía apreciar una vena hinchada en su frente.
—Espera, ¿Esa bruja sigue aquí? —gruñó.
Pierce apretó los dientes.
—Es un miembro del Team Rocket, igual que vosotros. Y, francamente, ¡es más competente en sus peores días que cualquiera de los dos a lo largo de vuestras patéticas vidas!
Los prisioneros del camión, incluido el Pokémon, se sobresaltaron al final de su oración. ¿Había empezado a gritar? ¿Qué le pasaba? Normalmente, cuando alguien lo irritaba, meramente lo sobornaría, mentiría y robaría hasta conseguir la información con tal de hacer de su vida una completa desgracia. Eso sería lo que hubiera hecho. Gritar era poco digno.
Pierce se aclaró la garganta.
—Preparad los Pokémon. En cuanto a nuestros… otros invitados… —se dio la vuelta y pasó la mirada por los dos líderes de gimnasio— La seguridad adicional los está esperando y serán escoltados hasta sus respectivas celdas en el sótano.
El grupo llegó a ciudad Verde en unas pocas horas, y el proceso de traslado comenzó sin contratiempos. James introdujo el camión en su punto de descarga y los tres soldados Rocket llevaron a los prisioneros a sus celdas. Pierce desbloqueó las jaulas una a una, teniendo especial cuidado en el chico que Giovanni había pedido que le trajeran.
—Tu nombre era Ash, ¿no? —recordó Pierce de repente. Un nombre de lo menos memorable; no le extrañaba que se le hubiera olvidado. Salió del camión y se inclinó para coger la caja de las Pokéball y la jaula de Pikachu.
Entonces, uno de los soldados gritó:
—Esto… ¿señor? Es posible que… ¡Au!... ¡Es posible que necesitemos ayuda!
Pierce agarró la caja se dirigió a la parte trasera del camión.
—¡No voy a ninguna parte sin Pikachu! —bramaba Ash.
Los dos líderes de gimnasio, aunque no pedían nada exigente, igualmente no hacía las cosas fáciles a su personal. Brock pisoteó el pie del guarda que lo llevaba y Misty mordió la mano del suyo dos veces.
Pierce gruñó de frustración. Se acercó a sus súbditos, listo para sermonearles de lo absurdamente estúpido que resultaba venir a por los prisioneros sin ningún tipo de control. Entonces se oyó una voz.
—¿Requerís que os eche una mano ahí?
Fiora salió de la esquina con Absol siguiéndole el ritmo obedientemente. Giró un rollo de cinta adhesiva, sonriendo con cierto aire de soberbia mientras se lo tiraba al soldado más próximo. La cinta golpeó de lleno la frente del soldado antes de que la cogiera. Luego ella proyectó su voz con un alto volumen para llamar la atención de todos.
—¡Escuchad! Podemos hacer esto por las buenas, o por las muy buenas. Vosotros elegís.
Brock y Misty se tranquilizaron y, después de una considerable pausa, también se calmó Ash. Jessi y James, aunque no eran el objetivo de la ira de Fiora, se encogieron y retrocedieron.
Impresionante. Incluso ahora, con lo enferma que estaba, Fiora era capaz de manejar la situación. Aquello sorprendía a Pierce.
—Sabia decisión —dijo Pierce asintiendo con aprobación—. Lleváoslos.
Los soldados hicieron lo que por fin debían haber hecho. Y, esta vez, Brock y Misty se fueron sin montar un revuelo.
—¡Chicos! —los llamó Ash. Habría intentado ir con ellos si no fuera porque Pierce lo agarró por la camiseta.
—No, tú te quedas. El jefe tiene planes para ti.
Fiora se les acercó seriamente. Pierce pudo ver como jadeaba por el esfuerzo de andar más deprisa. Absol soltó un feliz ladrido como saludo cuando finalmente se reunieron.
—Hola, Absol. Confío en que hayas mantenido todo bajo control durante mi ausencia.
—Ab-sol-ab —dijo el Pokémon alzando la barbilla.
Fiora volteó la vista. Examinó a Ash de arriba abajo mientras lentamente recobraba el aliento.
—Así que… ¿este es el chico?
—Sí —contestó Pierce mirando al adolescente en cuestión.
Como suponía, Pierce encontró a Ash estudiando a Fiora como si se tratara de una nueva especie de Pokémon. No se molestaba en ser sutil en lo más mínimo. Tampoco es que le importara a Fiora. Ella prefería áspera rudeza a miradas por encima del hombro y susurros a sus espaldas. Sin embargo…
Pierce se aclaró la garganta.
—Ella es la agente Fiora —informó a Ash—. Es la jefa de cuidados y se ocupará de tus Pokémon cuando no se estén usando.
Ash pestañeó.
—Espera… ¿Vais a quedároslos?
—Nos los entregaste voluntariamente, si mal no recuerdo.
La cara del adolescente palideció. Como si realmente no hubiera entendido lo que significaba «unirse al Team Rocket». Obviamente, no era el Lanturn más brillante del océano. O era eso o había estado tan ocupado intentando salvar la vida de Pikachu que no había considerado en lo que podría pasar al resto de sus Pokémon. Mala suerte para él.
Pierce sintió los ojos de Fiora clavados en él. Los levantó y se asustó al ver una chispa de furia en ellos.
—No hables de los Pokémon como si fueran meras herramientas, Pierce. Es grosero —le sermoneó.
Pierce se esclareció la garganta, procurando mantener un aspecto profesional incluso cuando le ofreció la jaula del Pikachu y la caja de las Pokéball de la manera más apaciguada posible.
—De todos modos… aquí están tus nuevos cargos.
—¿Sus nuevos cargos? —irrumpió Jessie—. ¿Por qué debería llevarse a Pikachu?
—¡Eso! —intervino James—. Deberíamos ser nosotros los que se lo dieran al jefe.
Fiora hizo un ademán de despedida.
—Pierce ha terminado una misión en pocas horas que vosotros habéis estado fallando durante años, ¿y os pensáis que el jefe quiere veros? Por favor. Tendréis suerte si conserváis los trabajos al acabar el día.
Pierce notó que sonreía mientras veía a James bajar la cabeza. A su lado, Jessie se enrojeció.
—Pero serás…
Jessie apretó los puños y las venas de su frente palpitaban mientras Fiora alcanzaba la jaula de Pikachu.
—Pi… —protestó Pikachu. Intentó levantarse, pero se desmayó de nuevo expulsando leves chispas de sus mejillas.
Ash sintió como estuviera a punto de enfermar. Y Fiora se giró hacia Pierce tan rápido como un Seviper.
—¿Qué demo…? ¿Qué le ha pasado a este Pikachu? No me digas que te fuiste sin ninguna poción encima.
—No, yo… —titubeó Pierce.
Esto no era bueno.
—Entonces, ¿te olvidaste de curarlo o simplemente no te importó lo más mínimo? —Fiora le dio un puñetazo a Pierce. En realidad, solo le pegó en el hombro con todas sus fuerzas y todo su enfado. Y le siguió gritando—. ¿Cómo pudiste ser tan descuidado?
Fiora se tambaleó y se puso a toser.
Eso no era bueno.
Sin pensarlo, Pierce soltó la jaula de Pikachu justo para que Jessie pudiera evitar que cayera al suelo.
—Te has pasado…
Fiora lo fulminó con la mirada.
—No. —Tosió—. No me he pasado… —Tosió otra vez—. Estoy bien. He de llevar a Pikachu a… —tosió de nuevo— tratamiento.
En ese instante Jessie dio un paso adelante con una mirada seca en su rostro.
—Nosotros no encargaremos del Pokémon del bobalicón.
—Sí —la apoyó James—. Dejánoslo todo a nosotros.
Fiora gruñó.
—Si os atrevéis a poner un pie en mi guardería…
Pierce miró a su alrededor, deslizando la cabeza.
—¡Silencio! —señaló velozmente a Jessie y James—. Vosotros dos, llevad a los Pokémon a la guardería, pero no se os ocurra tocar nada hasta que Fiora llegue. Fiora, descansa. Es una orden, ¿de acuerdo?
Ella lo miró con más dureza, con sus ojos tornándose fríos y turbulentos como cascadas heladas.
—De acuerdo, señor, lo que usted diga, señor, ¿quiere que le besuquee las botas mientras estoy en ello, señor?
Pierce masajeó su sien.
—Solo… vete.
Ella tiró del arnés de Absol, conduciéndolo bruscamente lejos. El Pokémon la miró con inquietud mientras se marchaban por el pasillo. Jessie y James corrieron alegremente, yendo en otra dirección.
—¡Pika! —llamó Pikachu a Ash. Era leal salvo por un defecto, ese. Seguramente no iba a llevar bien la transferencia de custodia del Team Rocket. Si tan solo los idiotas de Jessie y James hubieran podido capturarle antes…
—¡Aguanta, amigo! ¡Te sacaré de ahí de alguna manera! —retornó la llamada Ash, posiblemente intentando animarse tanto él como a su amigo.
Pierce dio un empujón en el hombro de Ash.
—Venga, vamos.
—¿Dónde me llevas? —inquirió Ash.
—El jefe ha reservado una habitación especial para ti. Espero que la encuentres cómoda.
Ash apretó los dientes, pero obedeció. Tampoco es que tuviera otra opción.
Pierce lo condujo dentro hasta un ascensor exprés cuyas puertas se abrieron con el pasar de su tarjeta de identificación. Después de bajar diez pisos, salieron hacia un laberinto de pasadizos que recordaban más a los que tendría habitualmente un hotel que a los de la sede de una organización criminal: suelo enmoquetado, papel pintado de lujo, incluso sonaba una agradable música de fondo. Era bastante reconfortante, la verdad. No como los pisos inferiores, los cuales todos tenían unas paredes de metal resplandeciente, blancos azulejos y parpadeantes luces fluorescentes. Aun así, eran mejores de lo que habían sido las calles.
Pronto llegaron a su destino. El jefe había hecho todo esto, dándole al chico una suite bastante espaciosa con una cama, una sala de estar e incluso una pequeña cocina. Ya había una mesa de comida preparada con una extensión que fácilmente podía competir con el buffet de una fiesta del personal. Tampoco es que Ash fuera a comer nada de eso. Aún se estaba haciendo preguntas, incluso cuando Pierce lo empujó dentro mientras dejaba la puerta a medio cerrar.
—¿Qué es lo que quiere tu jefe de mí exactamente?
—Tendrás que preguntárselo tú cuando te encuentres con él más tarde. —Pierce hizo una pausa. ¿no se olvidaba de algo? —. Ah, sí, una cosa más. Necesitaré tu gorra.
Ash se quedó boquiabierto, luego simplemente se enfadó. Se lo quitó y lo tiró al pecho de Pierce, el cual tuvo que buscarlo a tientas y sacó una mueca de disgusto al recoger el sudoroso objeto. Pierce agarró la gorra con dos dedos y manteniendo las distancias con esta.
—Volveré para recogerte en cuanto el jefe esté listo. Mientras tanto, por favor, ponte cómodo. Vas a estar aquí una buena temporada.
