Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.
—Pika-pi —gimoteó Pikachu mientras caminaba por el pasillo.
¿O era mejor llamarlo Raichu? Meowth se encogió de hombros. Ni siquiera sabía cómo quería que lo llamasen a él. Hasta ahora para él solo era interesante criticar al roedor eléctrico.
—¡Pika-pi! —dijo Pikachu más exigente esta vez.
—Sí, sí, quieres ver a tu amigo, lo sé —murmuró Meowth—. Pero orientarse en este lugar no es tan fácil como te imaginas…
Meowth dobló una esquina y se alegró de que, por fin, viera algo familiar. Aquí era donde escuchó a los subordinados decir que el hijo del jefe se quedaría.
El hijo del jefe… todavía no me entra en la cabeza… ¿cuántas veces pusimos al bobalicón en peligro? ¿Tuvimos suerte de que ninguno de nuestros planes funcionara?
Meowth sacudió la cabeza. No valía la pena pensar en ello.
—Tendremos que volver pronto, antes de que Fiora se percate de nuestra ausencia —informó.
Pikachu asintió. Meowth se acercó la puerta cerrada y la golpeó tres veces con su larga cola.
La puerta se abrió. El bobalicón ahora vestía diferente, con un conjunto completo de un ejecutivo del Team Rocket. Le hacía aparentar el adolescente que era en vez del crío como el que todavía actuaba. Meowth regresó a las sombras, sin importale mantener una conversación con él, la cual muy seguramente terminase con él acusándole de forzar la evolución de Pikachu.
—¿Hola? —Ash bajó al cabeza y miró confuso al Raichu que tenía delante.
Los ojos de su Pokémon brillaron de felicidad.
—¡Pika-pi! —exclamó el Pika-Raichu—. ¡Pika-pi! ¡Pika-pi!
Meowth se perdió lo que fuera que Ash dijo después. Pero había visto como se arrodillaba y abrazaba al roedor eléctrico. Así que… debía creer que algo había ido bien.
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—Vas a sentir un ligero pinchazo —dijo la científica con su voz cantarina.
Fiora no entendía el punto de las sutilezas, incluso siendo adulto. El dolor era dolor, daba igual cuan florido y dulce trataba de hacerlo sonar el personal médico.
Irritantes enfermeras. Definitivamente algo que no voy a echar de menos en mi próxima vida. Por supuesto, si vivía.
Pierce tocó ligeramente su hombro, solo por un momento, antes de hacerse a un lado y apartarse del camino de la científica. Había insistido en estar ahí con ella. Incluso aunque Fiora le hubiera dicho que no le necesitaba animándola y cogiéndole la mano. Ella detestaba cuando la gente hacía eso y Pierce lo sabía. Aun así, una parte de ella agradecía que no la hubiera escuchado. Al menos ahora no estaría sola si el merger fallaba.
—Todo irá bien, Pierce —dijo intentando sonar tranquilizador, más para él que para sí misma.
La muerte no la asustaba. Se había estado preparando para ese día toda su vida. Era la idea de vivir la que Fiora no sabía cómo procesar. Nunca lo vio venir. Y ciertamente no como algún monstruo medio-Pokémon de la naturaleza.
Bueno, no es la primera vez que sacrifico algo importante para conseguir lo que quiero. Fiora había abandonado la moralidad, y los últimos años de su libertad para independizarse de su, por decirlo de alguna forma, familia. Ceder una parte de su humanidad parecía un precio pequeño a pagar si la recompensa era una larga y saludable vida.
La científica introdujo una aguja en el brazo de Fiora. Ella reaccionó apretando los dientes después de que ese «ligero pinchazo» se convirtiera en una ráfaga de hielo líquido fluyendo por sus venas. Fiora respiró aceleradamente para soportar el dolor mientras miraba a la científica apresurarse a su alrededor, comprobando los monitores, registrando las constantes vitales, ajustando su IV… todas esas cosas de enfermería. Cuando se aseguró de que Fiora no iba a obtener una línea plana en ese instante, se inclinó sobre una mesa de procedimiento y abrochó un cinturón de cuero alrededor de los pies de Fiora.
—¿Es eso realmente necesario? —protestó Pierce.
Fiora resopló encantada.
—¿Con qué diantres me vais a combinar? ¿Con Rayquaza?
La científica devolvió una sonrisa.
—En realidad, el jefe ha permitido que seas tú quien lo decida.
—Oh…
Vaya, eso era un giro de lo más interesante. Los médicos dejándola decidir cómo debería ir su tratamiento. Mientras la científica ajustaba una segunda correa de cuero en los hombros de Fiora, un doctor llegó con una bandeja llena de brillantes megapiedras que Fiora había utilizado años atrás para comprar su puesto en el Team Rocket. Qué gracia, ahora las piedras parecían más preciosas y bellas. Mientras Fiora observaba con sus ojos cada piedra se creaba una imagen mental del Pokémon al que pertenecía. Los echó un vistazo como quien hojea las páginas de un libro, recordando sus estadísticas y rasgos, sus peculiaridades y habilidades ocultas y todas las demás cosas científicas que había memorizado cuando era una aspirante a entrenadora. Antes de que su madre le destrozara su sueño.
Tantas posibilidades. Solo una elección. Fiora debía tomar una decisión cuidadosamente, como un entrenador que elige su primer Pokémon. ¿Qué características y habilidades encajaban mejor en ella? Algo poderoso. Sí. Aquello era obligatorio. Fiora no quería volver a ser débil. Pero ¿qué clase de poder? Si existía algo que su jefe le había enseñado, era que un tamaño enorme y unas sofisticadas armas no eran el único camino para ser poderoso. Forjar una reputación, explotar las debilidades y miedos de los demás… aquellos eran su propio tipo de poder.
Fiora miró de nuevo las piedras, reduciendo el número de opciones a seis. Todos aquellos Pokémon que confían en su propia fuerza desde que nacen. De esas, su elección fue fácil.
—Elijo a Absol —sentenció.
Pierce levantó las cejas.
—¿En serio? ¿un tipo siniestro? ¿estás segura?
Fiora asintió, tajante.
—Absol no necesita evolucionar, no requiere de ayuda para ser poderoso. Es fuerte por sí mismo. Además, es el Pokémon de las catástrofes. El cual, seamos sinceros, resume bastante casi toda mi vida. —Intentó sonreír con esa última parte y la bastante divertida ironía.
—Creo que le queda bien —añadió la científica con un meneo de cabeza de aprobación.
Pierce frunció el ceño y se volvió. Fiora agarró su mano con la suya mientras el doctor se inclinaba sobre ella con la Absolita en mano.
Había llegado la hora.
Fiora cerró los ojos, estremeciéndose cuando la fría superficie de la Absolita tocó su cuello. Extraño. La piedra parecía estar vibrando. Fiora se concentró en el sonido, dejando que la llenara hasta que fue capaz de sentirlo en sus huesos. Desde el cuello, la fría piedra empezó a calentarse. La sensación de calidez resonaba desde un placentero día soleado, pasando por la molestia de un fuego fatuo, hasta los abrasantes niveles de un lanzallamas. Fiora intentó alejarse, pero descubrió que sus brazos y piernas estaban atadas. Estaba atrapada.
El pánico se apoderó de ella. El recuerdo de una habitación sin salida, tan profusamente decorada como la exhibición de un museo. Un santuario que se había transformado en una prisión y que casi había sido su tumba.
—¡No! —gritó—. ¡Dejadme ir! ¡Dejadme salir! No puedo…
Fiora no podía respirar. Cada jadeo mandaba riachuelos de fuego viajando por su pecho. De fondo, ella era vagamente consciente del ruido de las alarmas y de los cuerpos corriendo de un lado para otro. La voz de la científica chilló:
—¡La estamos perdiendo!
Entonces, lentamente el fuego se fue extinguiendo. Los ruidos pasaron al silencio. Su cuerpo era ligero como el aire. Sin duda, no era el suyo. Cuando abrió los ojos, Fiora se vio corriendo a través de las montañas a cuatro fuertes patas. Las corrientes del planeta hormigueaban en su cuero cabelludo y en su corazón.
En la distancia, ella creyó sentir una presión en su mano. Una suave voz sonó.
—No. No puedes. Aún no.
¿Pierce? Ese estúpido sentimental.
Su pelo se agitó de nuevo y, de repente, lo vio ante ella. Su cuerpo estaba encorvado, su cara ofuscada mientras depositaba flores sobre su tumba. Vio a su amigo Pokémon, Raven, encerrado en una sucia jaula. Y otro Pokémon que conocía, harapiento, hambriento y lleno de ira. Todo su arduo trabajo, el trabajo de su vida para construir un lugar seguro y mantenerlos felices, abandonado y olvidado tan fácilmente como ella.
¡No! ¡Eso era inaceptable!
La furia creció en su interior, deseando que su corazón latiera, se agitara y volviera a latir más rápido. Su pecho se convulsionó a la vez que su boca se abría y tomaba una gran bocanada de aire. Sus ojos se abrieron por completo, grandes y salvajes. Las caras se enfocaron a su alrededor. Una docena, al menos, todos los médicos salvo uno. Pierce todavía sujetaba su mano.
Sus ojos se encontraron y ella vio sorpresa y shock paseándose por su rostro durante medio latido antes de disolverse en alivio.
—Bienvenida de vuelta —dijo Pierce—. Me has tenido preocupado por un minuto.
Fiora notó una sonría en sí misma, demasiado cansada para pensar algún tipo de respuesta rencorosa. Mañana, a lo mejor. Sí. Ella dejó que sus ojos se cerraran y sus espíritus se disiparan. Mañana sería un nuevo día. El comienzo del resto de su vida.
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Ash irrumpió violentamente en la oficina de Giovanni. Giovanni alzó la vista, casi entretenido, como si hubiera estado esperándolo entrar de esa manera de un momento a otro.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, dejando su bolígrafo encima de la pila de papeles.
Ash apretó los dientes.
—¡No me contaste que habías evolucionado a Pikachu! —gritó. Cerró los ojos e hizo una mueca ante el recuerdo de la cara de Pikachu. Se le veía tan perdido y confuso, como si no entendiera exactamente por qué debía lidiar con ese nuevo cuerpo, por qué el proceso no podía revertirse, por qué su amigo no estuvo ahí para impedirlo.
—Técnicamente hablando, yo no evolucioné a tu Pokémon —respondió Giovanni—. Ese pequeño incidente fue provocado por dos de tus subordinados. Supongo que ya conoces a Jessie y James, ¿verdad?
Ash abrió los ojos en cuanto escuchó los nombres. Sabía que Jessie y James harían cualquier cosa con echarle el guante a Pikachu. Pero, al fin y al cabo, obligarlo a evolucionar contra su voluntad no parecía el tipo de cosas de las que eran capaces.
—Un Pokémon jamás debería ser evolucionado si no lo desea —insistió Ash, apretando tanto los puños que le dolían los dedos.
Giovanni frunció el ceño ante la sugerencia.
—Un Pokémon debería hacer lo su propietario prefiera —replicó. Se levantó de su escritorio—. Si piensas lo contrario, entonces esto es un serio detrimento a mi habilidad de instruirte. Acompáñame, jovencito. Tenemos algo que discutir.
Giovanni se dirigió a la puerta. Incluso aunque Ash todavía humeaba de rabia, ahora había una cierta cantidad de confusión para acompañarlo.
—Esto… ¿No estamos teniendo ya una discusión?
—Ciertamente. Pero no creo que la ubicación se adapte a mis necesidades. Sígueme al final de pasillo, por favor.
Y con eso, Giovanni hizo un gesto para que Ash saliera por la puerta.
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La habitación a la que llevó Giovanni a Ash era prácticamente a oscuras. De hecho, la única luz del lugar venía de la franja de luz en la base de la puerta. Giovanni hizo que Ash se sentara en una silla plegable de metal. Él mismo se sentó en una silla idéntica frente a Ash.
Lo que sea que esté ocurriendo aquí, estoy bastante seguro de que no me va a hacer daño, pensó Ash. Indudablemente, no podía pensar en Giovanni como su padre. No ahora, bajo ningún concepto.
Hubo una brisa de aire frío que erizó los pelos de la nuca de Ash. No sabía por qué, pero Ash tenía la clara sensación de que no estaban a solas en la habitación.
—Ahora —dijo Giovanni—, ¿por qué no me repites lo que te preocupaba tanto?
—¡Ya te lo he dicho! —respondió Ash, más que molesto—. ¡Has evolucionado mi Pikachu!
Ash sintió un ligero dolor de cabeza mientras lo decía, pero tan pronto como vino desapareció. No pensó en ello.
—Ya veo —contó Giovanni tranquilamente—. Y dime, ¿por qué esta acción te preocupa tanto?
¿Qué le pasaba a este hombre? ¿Acaso quería que Ash repitiera todo lo que le molestaba solo para divertirse? El dolor de cabeza regresó.
—¡Porque un Pokémon nunca debería ser evolucionado contra su voluntad! —gritó.
Justo en ese momento, el sordo dolor en la parte posterior de su cabeza estalló con toda su fuerza, como si se liberara una bomba de dolencia. Solo, en vez de un arranque, el dolor se sintió más como carámbanos disparados a su cerebro. Ash escuchó una suave voz detrás de él, aunque no una risa humana. Estaba en lo cierto cuando entraron en la habitación: Giovanni y él no estaban solos. Concretamente, había algún tipo de Pokémon con ellos.
—No deberías dejar que la evolución de los Pokémon te afecte tanto —continuó Giovanni—. Los Pokémon existen para servir a los humanos, después de todo. Es decisión nuestra si evolucionan o no.
—No es verdad —chilló Ash otra vez, y el dolor de cabeza también regresó. Se notaba como estuvieran atacando en lo más profundo de su mente, justo donde residía su rabia e ira. Las risas se oyeron de nuevo y, esta vez, Ash sintió algo como un cepillo frío como el hielo en sus hombros y brazos.
Había Pokémon fantasma en la habitación, ya no había dudas al respecto. Y uno de ellos estaba empleando sus poderes en él.
—Contra más te dejes incordiar por esto, más doloroso va a ser —dijo Giovanni—. Estás abriendo demasiado tus sentimientos… y ciertos Pokémon se alimentan de esos sentimientos como si se deleitaran en un banquete. —Sonrió maliciosamente—. Sigue luchando, y los Bannette a tu alrededor no solo consumirán tus emociones, sino que también se comerán tus recuerdos.
—Eso… Eso… —Ash luchó por hablar. Quería decir que era imposible, pero el reino de los Pokémon fantasma era algo que él a duras penas conocía. Ya había visto a Pokémon realizar acciones increíbles antes como crear ilusiones masivas, viajar en el tiempo, devolver una estatua humana a su estado de carne y sangre… No había nada que pudiera superar las habilidades de los Pokémon.
Pero entonces… ¿Qué debería hacer ahora? Cada vez que pensaba cuán furioso le volvía la forzada evolución de Pikachu, el Pokémon detrás de él se medraba. El dolor el su cabeza aumentaba y él notaba mucho frío, como si su sangre se congelara dentro de la piel.
Como experimento, Ash cambió sus pensamientos. Intentó entretener la idea de que Giovanni tenía razón, que estaba bien que los Pokémon evolucionasen si sus dueños lo deseaban. Era como rendirse en un juego de tira y afloja con un monstruo invisible si sus pensamientos fueran la cuerda.
Entonces, súbitamente, Ash ya no podía recordar sobre qué habían estado discutiendo. El miedo se apoderó de él. Había venido aquí por algo que le molestaba, algo importante. Entonces Giovanni le avisó que los Pokémon fantasma podían atacar sus emociones… ¿o eran sus recuerdos? Las cosas se volvieron borrosas a partir de ahí. Ash se sintió como si le hubieran golpeado y se hubiera despertado sin recordar quién lo había atacado.
Giovanni sonrió y se inclinó hacia adelante; Ash oyó el rechinar de la silla con el movimiento del peso.
—Has venido aquí con Pikachu, ¿estoy en lo cierto?
—Yo…
Aquello sonaba familiar. Sí. Ash tenía un Pikachu. Su primer Pokémon. Tenía tantos buenos recuerdos con él. Una ola de alivio lo atravesó de la cabeza a los pies tras saber que lo que fuera que los Pokémon fantasma a su alrededor le hubieran hecho, al menos no había perdido los recuerdos de su mejor amigo.
—Fuiste negligente en esperar tanto para evolucionarlo —continuó Giovanni—. Mi personal lo ha hecho por ti. Supongo que no tienes nada que objetar, ¿verdad?
El primer instinto de Ash era decir sí, que objetaba. Pero no pudo articular por qué. Pikachu siempre se esforzó por ser el Pokémon más fuerte que podía. De modo que, naturalmente, la evolución tenía sentido… ¿no?
Sin ninguna respuesta mejor que le viniera a la cabeza, Ash sacudió la cabeza tontamente y dijo:
—No, Yo… Yo no tengo nada que objetar.
Aquella respuesta solo parecía divertir aún más a Giovanni. Su expresión era imposible de contemplar en la oscuridad, pero Ash habría jurado que le escuchó reírse entre dientes.
—Lo más interesante es qué sucede cuando un Pokémon consume tus recuerdos —contó—-. Tu mente se desespera por llenar esa brecha con cualquier tipo de información posible. Qué conveniente que esté justo aquí para proporcionar dicha información, ¿no crees?
Ash se aguantó la cabeza. No dolía, pero sentía un extraño entumecimiento.
—Cuando esos Pokémon fantasma atacan mis recuerdos, puedes llenarlos con cualquier mentira que te apetezca y yo la creeré. Se convertirán en mis nuevos recuerdos. Es así cómo funciona, ¿no?
—A grandes rasgos, sí —respondió Giovanni—. Verás, hijo, nunca hago un trato a menos que obtenga ganancias de ello. Aseguro mi victoria en todo a toda costa. —Soltó otra risita, después Ash lo escuchó levantarse acompañado del traqueteo del pomo de la puerta cuando su mano la agarró—. Jamás desmantelarás al Team Rocket porque, cuando termine contigo, pensarás exactamente como yo pienso. Toda esa energía tuya será adecuadamente dirigida al avance del Team Rocket. Y tu patético sentimentalismo hacia los Pokémon será erradicado.
Giovanni giró el pomo y la luz entró en la habitación. Hubo un siseo de desaprobación por parte de los Banette mientras se retiraban a las sombras en las esquinas de la sala. Ash entrecerró los ojos mientas se acostumbraban de nuevo a la luz. Su ropa olía a sudor.
¿E n qué se había metido? Y ahora que Giovanni había revelado sus planes, ¿había algo que pudiera hacer para escapar?
