Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.
—Ya veo. ¿En serio? Bueno, muchas gracias por la información, Lorelei.
Sabrina colgó el teléfono y lo dejó delicadamente sobre el escritorio. Zoe estaba organizando algunos papeles y trabajando duramente en disimular que no había estado escuchando la conversación de Sabrina. Pero tratándose de una telépata, tales sentimientos resultaban muy difíciles de ocultar.
—Sí —dijo Sabrina, asustando a Zoe y provocando que se le cayeran algunos papeles.
—S-sí, ¿qué? —preguntó Zoe. Se inclinó para recoger el desastre y en el proceso pareció darse cuenta de lo tonto que fue su pregunta—. Oh, sí a mi inexpresiva curiosidad sobre si se trataba o no de Lorelei del Alto Mando quien estaba al otro lado del teléfono. Por supuesto.
Sabrina sonrió. Zoe era una de las mejores telépatas que estudiaban bajo su tutela. Y eso hacía que Sabrina fuera una de las pocas personas a las que no podía ver en sus pensamientos. La curiosidad de Zoe por saber aquello que no podía escuchar era natural. Y, en este caso, no era como si Sabrina pretendiese mantener en secreto tal información.
—He estado realizando llamadas con los otros líderes de gimnasio —desveló Sabrina—. Parece que Giovanni, líder del gimnasio de ciudad Verde, ha estado trabajando en una especie de proyecto nuevo.
Zoe frunció el ceño.
—Ese es el hombre que está al mando del Team Rocket, ¿no?
—No hay pruebas oficiales como tales —repuso Sabrina—, pero sí, es él. Tiene una gran cantidad de recursos a su disposición y, aparentemente, los ha estado invirtiendo en el campo de la experimentación genética. —Miró más allá de Zoe. La oficina no tenía ventanas que dieran al exterior, solo una pequeña que daba a un bullicioso pasillo con psíquicos y entrenadores paseando apresuradamente ocupados en sus trabajos.
—Pero todo eso son viejas noticias —comentó Zoe—. Ya sabemos que estaba experimentando con ADN Pokémon cuando creó a ese nuevo Pokémon, Mewtwo. A menos que… —El color de su cara se emblanqueció un poco—. A menos que haya creado otro Pokémon desde entonces.
—¿Un nuevo Pokémon? —dijo Sabrina aún mirando el pasillo. Casi se rio—. No, un nuevo Pokémon no. Esta vez han sido los seres humanos el centro de sus experimentos.
Zoe se quedó sin aliento.
—¿Está experimentando en personas? ¿Para qué?
—Para comprobar si puede combinar el ADN de un Pokémon con el de un humano.
Zoe no dijo nada, pero cuidadosamente dejó el montón de papeles sobre la mesa. Probablemente para asegurase de que no se le caían otra vez.
—Pero… no puede, ¿verdad?
Sabrina se encogió de hombros.
—Los rumores procedentes de Agatha dicen que ya lo ha conseguido al menos una vez. Ella tiene muchos contactos en los lugares oscuros de la red de los gimnasios, especialmente con tan poderosos Pokémon de tipo fantasma a su lado. —Hubo un largo silencio. La actividad del pasillo pareció haberse calmado. Nadie volvió a pasar por la ventana—. Naturalmente, planeo seguir directamente con Giovanni sobre este asunto.
—¿Eso es sabio? —preguntó Zoe con los ojos abiertos.
—No es más estúpido que actuar basándose puramente en rumores —contestó Sabrina—. Pero, si no te importa, esta es una conversación que me gustaría tener en privado. —Puso una mano en el teléfono que descansaba en su escritorio y Zoe hizo una rápida reverencia.
—Por supuesto. Lo entiendo. Hablaré con usted después, entonces. —Zoe se apresuró en salir por la puerta y dejar a Sabrina a solas y en silencio.
Sabrina pasó sus dedos por los botones numéricos. Esta llamada… todas sus visiones las había apuntado en el catalizador. Podía dejarlo en paz e impedir que las consecuencias negativas de sus visiones tuvieran la oportunidad de brotar en la realidad. Pero si hiciera eso, también bloquearía la posibilidad de aumentar su poder.
Sabrina soltó un largo y lento suspiro y cogió el teléfono.
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Fi levantó la enorme pesa en la cuna y se sentó sudando y jadeando en busca de aire. No quería saber la hora que era. Seguramente lo bastante tarde como para ganarse una sermón cuando Pierce se diera cuenta. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Lo había intentado todo para curar ese condenado insomnio desde el canto de un Jigglypuff, pasando la hipnosis de un Drowzee hasta acabar con el polvo somnífero de un Breloom, pero nada funcionó. Cada vez que cerraba los ojos veía cosas terribles. No las podía considerar pesadillas exactamente. Fi tuvo muchas desde pequeña y todas tenían una cosa en común: sabía cuándo terminaban. Pero esas imágenes en su cabeza… lo que fueran… se sentían diferente. Cuando aparecían, podía notar el peligro hormigueando por todo su cuerpo como el calor de una llama. O el primer rayo de una tormenta. Seguía nerviosa incluso después de despertar, incapaz de echar el recuerdo o el miedo de su cabeza, no importaba cuánto lo intentase.
Era exasperante.
Alzándose desde el banco de pesas, Fi sacudió los brazos y los estiró antes de dirigirse a un saco colgante de arena. Cambiando de postura, Fi expulsó un hilo de puñetazos en una rápida secuencia. Si los Pokémon se fortalecían peleando y aprendiendo nuevas técnicas, ella también. Entrenaría hasta que dominara todo sobre su nuevo yo. Entonces conquistaría esas estúpidas imágenes y reclamaría su vida.
—¡No volveré a ser débil! —gritó dando una patada—. ¡Nunca!
Reculó el brazo y golpeó con todas sus fuerzas. Se escuchó el sonido de algo cortándose mientras sus garras seccionaban el duro material del saco, esparciendo el relleno de este por el suelo. Se miró la mano y una risa empezó a salir de sus labios. Hasta que su cabellera se puso a temblar.
De repente hubo movimiento. Fi giró sobre sí misma instantáneamente y miró con los ojos abiertos al espejo de la pared donde su propio reflejo debería estar. No obstante, en su lugar vio a Ash con una sonrisa trastornada en su cara. A su alrededor, el suelo empezaba a derrumbarse.
No. ¡Otra vez no!
—¿Fiora? —llamó Pierce desde alguna parte detrás de ella.
Fi se dio la vuelta, pero esa parte de la habitación ya no estaba. Se sumió en la oscuridad.
—¡Pierce! —le devolvió la llamada, pero su voz no se transmitió.
Encima de ella, una violenta tormenta cobró vida, arrancando la oscuridad con rayos y truenos. Fiora estaba sola en un pedazo de escombros, rodeada en todas las direcciones por la negrura y las ruinas mientras el viento helado azotaba su pelo. Pierce. Sus amigos Pokémon. Todo por lo que había trabajado tan duramente. Se había ido. El dolor se revolvió en su estómago y acto seguido se convirtió en una ira salvaje y creciente. Fiora echó hacia atrás al cabeza emitiendo un aullido agónico de Absol directamente desde su pecho.
Alguien respondió.
Entre los destellos Fi vio un pedazo de una roca que sobresalía por encima de los escombros, muy a lo lejos, con la figura de una mujer de pie en su cima. El largo cabello de la mujer fluía por sus caderas, con la mano extendida y sus ojos brillando en un tono rojo como ascuas.
La única persona que podía parar esto.
—¿Quién eres? —gritó en dirección a la figura.
La mujer no respondió, pero un relámpago dio a Fi un muy corto instante para ver la cara de la mujer. La reconoció al momento, desde luego. Mientras crecía, envidiaba constantemente a los entrenadores que viajaban hacia los distintos gimnasios de Kanto, y sabía reconocer a un líder de gimnasio cuando lo veía.
Sabrina. ¿Se supone que he de hablar con Sabrina?
La Sabrina de la visión bajó la mano, y el duro uniforme de la líder de gimnasio empezó a transformarse, extendiéndose hasta parecerse a un vestido blanco y fluido. La vista hizo que cada nervio en Fiora temblase en señal de peligro…
—¡Fiora!
Una mano se apoyó en su hombro, cálida y anclada. En un instante, Sabrina y la oscuridad desaparecieron ante los ojos de Fi, y ella se encontró mirando la cara de Pierce.
—¿Pierce? —logró pronunciar. ¿Era real? ¿O solo formaba parte de otra imagen de pesadilla? ¿Tendría que verlo apartado de ella por segunda vez?
—¿Qué haces despierta tan…? —preguntó. Luego se congeló cuando Fi se apoyó en él y presionó su cara en su pecho—. ¿Qué pasa? —dijo suavemente—. ¿Otra pesadilla?
Fiora sintió sus brazos rodearla delicadamente, como si tuviera miedo de romperla. No resultaba extraño después de cómo se estaba comportando.
Poco después, se obligó a apartarlo de ella.
—Estoy bien —respiró, repitió esas palabras hasta que ella misma se las creyó—. Voy a estar bien. Tan pronto como vaya a ciudad Azafrán. — se giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia el teléfono más cercano, dejando a Pierce rascándose al cabeza.
—Aza… ¿Qué? ¿Por qué?
—¡Para ver a Sabrina y hacer que detenga estos sueños o visiones antes de que me vuelva completamente loca!
El jefe no lo vería bien. No era práctico ir al trote hasta ciudad Azafrán ahora. El Team Rocket la necesitaba aquí. Los híbridos la necesitaban aquí. Aun así, ¿Qué tan bueno sería si tenía una crisis mental en mitad del trabajo? Nada bueno, seguro.
—¡Fiora, espera! —Pierce la alcanzó y colgó el teléfono antes de que la llamara se realizara.
—Tengo que hacerlo, Pierce —lo miró fijamente ella—. Y, por última vez, no me llames Fiora. Es Fi. ¡Fi!
—Lo entiendo, pero… —Pierce se aclaró la garganta y señaló el pequeño reloj en la esquina de la pantalla del vídeo—. Al jefe no le va a gustar que lo llames a las tres de la mañana, Fi.
—Oh… —Fiora se avergonzó y dejó el teléfono en su sitio con un suspiro—. Es verdad.
—Me aseguraré de que lo veas mañana a primera hora. Pero ahora mismo lo que necesitas es dormir un poco. —Pierce intentó pelear contra un bostezo. Puede que ella al fin tuviera una oportunidad de descansar después de todo.
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Brock descubrió que estar en una Pokéball no era muy distinto a dormir. Recordaba perfectamente sus pensamientos y sentimientos en el momento en el que la luz roja lo atrajo a su interior. Recordaba el dolor del suero viajando por sus venas. Recordaba la presión de la Steelixita en su piel. Y recordaba el calor de su cuerpo escapando de sus petrificados músculos. Si había habido alguna negación sobre su destino, el tiempo dentro de la Pokéball le había sido más que suficiente para enfrentarse a la realidad.
Ahora era un Pokémon con un dueño, y Giovanni era ese dueño. No tenía idea de lo que eso significaba, pero sabía que lucharía. Con todo su ser, sin importar las órdenes de Giovanni, lucharía. No se dejaría romper.
La siguiente vez que salió de la Pokéball fue desorientador. Ya no estaba atado en una cama y tampoco había científicos con batas blancas a su alrededor. En su lugar, se hallaba en lo que parecía ser un campo de entrenamiento, vacío salvo por él y Giovanni. Intentó ponerse en pie, para recordar después que ya no tenía piernas. Se estiró en cambio, equilibrándose mientras su cola de roca y hierro se agitaba furiosa.
—Vaya, vaya, buenos días —dijo Giovanni en tono burlón.
—¿Qué quieres? —le espetó Brock. Por un instante, también olvidó que había perdido su capacidad de hablar la lengua humana y se asustó ante el grave sonido con las que salieron las palabras.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
—Te ha preguntado qué quieres.
Brock se dio la vuelta para ver a Meowth parado detrás de él. O, al menos, lo que parecía ser Meowth con esas aletas y esa cola acuática. Aparentemente, no soy el único con que he han jugado con su ADN, pensó.
Giovanni asintió.
—Creo que es obvio lo que quiero. Esto es una sesión de entrenamiento. —Chasqueó los dedos y la débil luz del lugar se intensificó. Brock entrecerró los ojos hasta que se adaptó.
—Ahora, vamos a hacer esto fácil —continuó Giovanni—. Te daré la orden de realizar algunos ataques básicos. Tú los haces, y serás libre de hacer lo que te plazca por el resto de la tarde.
Brock arqueó una ceja, sospechando de Giovanni, o al menos como pudo por la intensa luz. Si iba a pelear, podía hacerlo mejor con aliados, y esto podría ser la oportunidad perfecta.
—¿Cómo me plazca? ¿Y si quiero ver a mis amigos? —preguntó. Meowth tradujo.
—Se puede procesar, si lo deseas —respondió Giovanni con un bostezo—. Pero vamos al asunto primero. Enséñame un placaje.
¿Placaje? Brock pensó que Giovanni estaba siendo sarcástico cuando mencionó que el ataque sería básico, pero no podía serlo más que eso. Tenía que haber algún truco, algo que no estaba viendo. Pero parecía una tarea sencilla y, apartando un poco su orgullo, tenía muy poco que perder y mucho que ganar.
Brock se apoyó ligeramente hacia adelante y golpeó el suelo delante de él con la cola. Miró a Giovanni, el cual asintió en aprobación.
—No está mal. Placaje otra vez.
Y así hizo Brock. No atacó con más fuerza o cambió sus esfuerzos de ninguna manera, pero cada vez que giraba la vista, Giovanni estaba ahí, gritando «placaje» una y otra vez. ¿Cuántas veces más debía realizar el movimiento para ver a sus amigos? El hombre debía tener más interés en otras cosas en su día más allá de gritar «placaje» reiteradamente. Después de una gran cantidad de veces, Brock dejó de mirar a la siguiente orden y repitió el movimiento placaje tan pronto como acababa el anterior. La única variedad que dio Giovanni fue en la dirección que quería que se realizara el golpe. Algunas veces gritaba «¡A la derecha!» y otras «¡A la izquierda!». Brock ajustaba sus ataques casi sin pensarlo.
—¡Tienes un contrincante! —chilló súbitamente Giovanni—. ¡Placaje delante de ti!
Brock miró. No supo cuándo ni cómo había sucedido, pero delante de él había un Pokémon enfrentándose a él. Un Noibat. Todavía con el ritmo de realizar placajes sin parar, Brock levantó la cola. Cuando su sombra se cernió sobre el Pokémon alado, este no contratacó, sino que se cubrió la cabeza con sus pequeñas alas y aulló. El sollozo funcionó como un interruptor que sacó a Brock de algo similar a un trance. Recuperó el control de sí mismo a tiempo para golpear cerca del Pokémon, no sobre este. Temblando de miedo, el Noibat levantó un ala y lo miró nervioso.
No ha peleado nunca, se dio cuenta Brock. ¡Solo es un bebé! Entonces se percató de que él también estaba temblando. ¿Cómo no he podido darme cuenta?
—He puesto muchas exhaustivas horas en el estudio de la obediencia de los Pokémon —explicó Giovanni—. Al parecer, contra más medallas tiene uno en su poder, más Pokémon tienden a obedecer. Pero eso, obviamente, es ridículo. Una medalla no es más que un trozo de metal. Entonces descubrí la verdadera conexión. Los Pokémon se inclinan a obedecer la mayoría de las órdenes que sus maestros han estado llevando a cabo. —Una sonrisa malévola surgió en su rostro—. Después de unas cuantas ejecuciones de las órdenes de un entrenador, la obediencia es algo que pasa a segundo plano, incluso si la relación entre el Pokémon y su entrenador es… tensa al principio. —Sacó una Pokéball y metió al tembloroso Noibat en su interior—. Aún no lo he probado en híbridos humanos, por supuesto. Pero imagino que, contra menor sea el porcentaje de ADN humano, más se aplica este principio. Acabas de ejecutar nada menos que ciento quince ataques bajo mis órdenes. ¿cómo te sientes después de eso?
Brock apretó los dientes, rehusándose a contestar, pero parecía que Giovanni no esperaba una respuesta.
—Vamos a probar, ¿de acuerdo? Enséñame el movimiento Cola férrea.
Brock se puso rígido y al principio no se movió. Sin embargo, ahora ignorar la orden le hacía sentir incómodo, como si estuviera en un escenario con todo el mundo expectante a que dijera la última palabra de un poema o tocara la última nota de una canción. Entonces esa extraña sensación creció en tensión, nerviosismo, una sensación agria en el estómago. Brock luchó para quitársela de encima, pero pudo sentir náuseas apoderándose de él. Finalmente, lleno de ir a y frustración, obedeció. A diferencia de los placajes, aplicó todo su peso y fuerza en el ataque, haciendo temblar las paredes de la sala de entrenamiento.
—Parece que mis teorías no se alejan de la realidad —dijo Giovanni con una sonrisa—. Muy bien. Mantendré mi parte del trato. Tienes mi permiso para ver a tus amigos. Regresa a la Pokéball, y haré que te escolten hasta ellos.
