Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.


Pierce podía decir que Fi estaba irritada. Lo había estado durante todo el viaje en helicóptero. Pierce creía que se debía por la falta de sueño. Bueno, eso y por sus disfraces, si realmente uno podía llamarlos así. A juzgar por el número de miradas desconcertantes que habían tenido hasta ahora por ciudad Azafrán, su plan había fracasado estrepitosamente y Fi, lógicamente, no iba a permitir que lo olvidase.

—Recuérdamelo otra vez, ¿Por qué tenemos que llevar estos estúpidos disfraces? —preguntó Fi. Miró a Pierce con unas gafas de sol de estilo punk que quedaban bastante bien con el cuero negro tachonado que se había puesto sobre su uniforme. No aquella gabardina que él había sugerido.

Pierce tiró de su propio cuello del abrigo un poco más ajustado alrededor de su cuello.

—Para evitar sospechas —le respondió otra vez. Y nuevamente Fi volteó los ojos.

—Sabrina es una psíquica. Estoy bastante segura de que esto no la va a sorprender.

—Cierto. Pero eso no significa que debamos anunciarnos por toda la ciudad. Debemos ser más discretos. Más sutiles. —Pierce bajó la voz—. Ahora, ¿por qué no te las vuelves a poner?

Fi gruñó y se recolocó las gafas para esconder sus antinaturales ojos rojos y murmuró.

—Sutiles. Vale. Y esto viene del tipo que condujo un camión desde un puente y se fue volando con un jetpack.

—Bueno… —replicó Pierce. De acuerdo, puede que aceptara aquello, pero no admitirlo.

Cuando llegaron al gimnasio de ciudad Azafrán, fueron bien recibidos nada más entrar en el vestíbulo. No por Sabrina. La renombrada psíquica probablemente podía predecir su llegada al momento, pero parecía que tales poderes la mantenían demasiado ocupada como para responder a su mismísima puerta. En su lugar, los atendió un joven desaliñado que vestía una bata blanca y una máscara que lo hacía verse más como un paciente con problemas mentales que como un psíquico profesional. Considerando los rumores que Pierce había escuchado acerca de Sabrina con el paso de los años, no le sorprendía mucho.

—Hemos venido a ver a Sabrina —comunicó.

El joven resopló y murmuró algo a través de su máscara.

—¿Esea fiar a ran mabrina?

Pierce intercambió una mirada con Fi.

—Tú tienes un oído más desarrollado. ¿Has entendido algo?

Fi se rascó la mejilla con una mano enguantada y soltó una sonrisa traviesa.

—¿Algo de convertirse en una preciosa bailarina?

La cara del joven se tornó roja y repitió sus palabras con más fuerza.

—¡Oh, ya sé! —exclamó Fi, chocando la palma de su mano con la otra—. Te meas en la arena.

El joven se quitó la máscara y pisoteó con furia.

—¡No! ¡NO! He dicho que si deseas desafiar a la gran Sabrina —gritó, justo cuando, desafortunadamente para él, Sabrina eligió ese preciso instante para aparecer detrás de él.

—Por última vez, Florance, ¿quieres dejar de referirte a mí como la «gran Sabrina»? —lo regañó la líder de gimnasio, frotándose las sienes.

Ahora sí que parecía que Florance fuera a mearse encima delante de todos.

—¡Gran Sabrina! Yo… esto… solo estaba…

—Trae algo de té para los invitados.

—Sí. Té. Por supuesto, gran Sabrina. Quiero decir, miss Sabrina. —El joven salió corriendo y se chocó con un compañero el cual cargaba con una caja llena de cucharas y causó que se cayera al suelo, desperdigando todo su contenido.

Una pequeña gota de sudor apareció en la cabeza de Pierce mientras Fi se reía con ganas.

—Y yo que pensaba que estábamos buscando nuevos lacayos.

Sabrina esbozó la más leve de las sonrisas.

—Tú debes de ser Fi.

—¿Oh? —Fi bajó las gafas de sol y dio a Sabrina una larga mirada sin escasez de sarcasmo—. ¿Cómo lo has sabido?

La sonrisa de Sabrina no se rompió.

—Bueno, soy una psíquica.

Pierce se quejó. Definitivamente no estaba siguiendo la corriente. Se aclaró la garganta rápidamente.

—Yendo al grano, Sabrina…

—Tu novia debería aprender a controlar sus poderes adquiridos recientemente. Sí, también estoy al tanto de eso —interrumpió Sabrina.

Pierce sintió como su cara era invadida por un repentino calor.

La cabeza de Fi se giró al instante.

—¿Su qué has dicho?

—Oh, no. No somos —Pierce soltó un torpe grito mientras Fi lo miraba fijamente con las cejas arqueadas. ¿De dónde había sacado Sabrina esa idea?

Sabrina se dio la vuela, levantó un dedo y emitió un sonido de chasquido.

—Psíquica. Ahora, empecemos, ¿de acuerdo? —Sabrina miró por encima del hombro y entrecerró los ojos en Fi—. Y sí, podéis quitaros esos estúpidos disfraces que gritas a los cuatro vientos.

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—Trabajaremos en la Cámara de Reflexión —dijo Sabrina mientras los guiaba a través de un pasillo espeluznante, iluminado anda más que por velas, tras otro—. A menudo ayuda a mis estudiantes que tienen problemas para controlar sus poderes.

—Ajá —respondió Sabrina intentando parecer absorta mientras la seguía. Estaba más concentrada en mantener las manos ocupadas que en escuchar.

La ayudaba a calmar los nervios, por ejemplo. Pero más importante, dejaba que Sabrina viera con mayor detalle sus garras sin ser demasiado obvio. No era su estrategia habitual de promocionar los mergers, la verdad. Pero Sabrina no era una niña crédula como Misty. Historias que se condimentaban con mentiras no servían de nada contra una psíquica. Y usar fuerza bruta era francamente de tontos. Sabrina no era una presa fácil y patética como Diva y Dunce. Si Fi pretendía completar su misión y convencerla de hacerse con un merger, tendría que ser más creativa. Oh, y someterse a cualquier tipo de entrenamiento que Sabrina necesitara, también.

Fi miró por encima del hombro y se topó con Pierce unos cuantos pasos detrás de ella. Él se rehusó a encontrarse con su mirada. Puede que continuara aturdido después de que Sabrina revelara su pequeño secreto que no lo era realmente. Fi siembre había sabido que el hombre era un estúpido sentimental. Pero ¿su novio? Ahí ya había un buen tramo. Pierce era leal hasta tal punto que podía considerarse un defecto, pero eso no significaba obligatoriamente que la amase de esa manera… ¿verdad? ¿Era correcto que la quisiera incluso ahora que era en parte un Pokémon? Y si lo era, si él deseaba llevar la relación más allá, ¿entonces qué? Fi no tenía ni idea, pero se trataba de un intrigante nuevo territorio. Un territorio que pretendía explorar.

Tan pronto como su misión terminase.

Fi apretó la mandíbula cuando llegaron a través de un par de puertas ornamentadas. Para algo que sonaba tan lujoso como «Cámara de Reflexión», no había mucho en la sala. Aparte de un brasero de mármol donde ardía incienso en el centro, la habitación era como todas las demás por las que habían pasado. Un suelo de mármol, velas, un distinto factor siniestro que erizaba el pelo de Fi.

—Entonces, ¿qué se supone que he de hacer, exactamente? ¿Meditar hasta que tenga una comprensión milagrosa de que la habilidad que necesitaba estuvo siempre en mi interior todo este tiempo o…?

No había nadie. Pierce y Sabrina habían desaparecido. Igual que la puerta.

¿En serio? ¿Los del tipo siniestro no deberían ser inmunes a los trucos mentales de los del tipo psíquico? Sin duda, algo que debía practicar.

—Está bien. Supongo que ahora estoy sola. Podrían haberme dicho qué se suponía que debía hacer, pero vale. Como sea. Ya lo averiguaré por mi cuenta.

Fi delimitó el perímetro, comenzando por donde antes había estado la puerta. No halló pasadizos secretos. La pared era una simple pared. Como si nunca hubiera habido una puerta. Pero habían entrado juntos, de modo que seguramente no estaba viendo una especie de botón oculto o algo por el estilo. A menos que Sabrina la hubiera teletransportado a algún lugar diferente. Fi se sacudió e hizo lo mismo con sus extremidades. Sus moléculas no se sentían más revueltas de lo habitual…

Una voz sonó detrás de ella, llamando su atención.

—¿Te has perdido?

Fi se giró y se paralizó. Ya no estaba en el gimnasio de Sabrina, ni siquiera en Kanto. Había vuelto a su casa en Kalos, de pie ante, de todos los lugares posibles, las afueras del laboratorio del profesor Sycamore. Él estaba parado justo en el interior de la entrada, mirándola como si fuera algo de interés.

No, no me he perdido, ¡pedazo de mierda! Ni siquiera debería estar aquí. Es solo un truco. Fi quiso gritarle. Pero, cuando abrió la boca, su voz sonó igual que el de una niña pequeña. Era una niña pequeña

—No, yo… —aferró sus brazos contra su pecho, apretando el peluche de un Bulbasaur que no cabía en su pequeña mochila—. Soy tu hija. Fiora. —Miró al hombre alto con ojos de Lilipup, su pecho vibraba de esperanza justo como cuando tenía ocho años. Seguramente la tomaría esta vez. Seguramente la dejaría emprender su aventura Pokémon. Tenía que hacerlo. Era su padre después de todo.

Sycamore se pasó inquieto una mano por su enmarañado cabello mientras intercambiaba una mirada con su atractiva ayudante.

—Lo siento, pequeña, debe haber algún error. Yo no tengo ninguna hija. —Soltó una corta carcajada como si la idea fuera ridícula. Entonces sonrió con una gran, cálida y falsa sonrisa—. Será mejor que vuelvas a casa. Tu madre debe estar muy preocupada.

Y cerró la puerta delante de su cara.

Fi apretó los puños, odiando cuando esa misma oleada de desilusión y dolor llenaba su pecho incluso ahora.

¡No seas idiota! Solo es Sabrina jugando con tu mente.

Fi se sacudió la cabeza, como si aquello fuera a liberarse de cualquier manipulación que Sabrina tuviera sobre ella.

—Muy bien, Sabrina, estás empezando a enfadarme. Ahora sal de mi cabeza o si no…

O si no, ¿qué? ¿Fi de verdad pensaba que podría luchar contra una psíquica? Su pelo se erizó. No. No soy una inútil. Intentó reafirmar el pensamiento, pero concentrarse resultaba complicado. O puede que solo fuera por sus ojos borrosos. Algo en el aire los hacía dilatarse terriblemente. Fi se frotó la cara con una manga y parpadeó con fuerza.

El dolor en su pecho se congeló por el miedo. Se había teletransportado otra vez. Ahora se encontraba en su habitación de cuando era pequeña. La extravagante prisión con sus pulcros muebles y sofocantes velas aromáticas. El esfuerzo de su madre por embelleces todas aquellas miradas y olores médicos. Fi lo había intentado todo para que fuera suyo. De verdad. Posters de Pokémon. Peluches de Pokémon. Estanterías repletas de libros sobre cada Pokémon que podía tener en sus manos. Pero nunca fueron suficiente. Nada de lo que hacía lo era.

—El año que viene, Fiora. —Era la mentira favorita de su madre—. Podrás empezar tu viaje el próximo año cuando seas más fuerte.

Por supuesto. Fi sabía ahora que no era más que una artimaña para callarla. Aun así, como niña, la había engañado por varios años. Hasta que no cumplió los doce años, no había empezado a darse cuenta. Entonces, en vez de suplicar por emprender su viaje Pokémon el cual sabía que su madre jamás le permitiría, Fiora comenzó a planificar de manera más realista. Como tomar el examen de la Liga Pokémon en su lugar. Fi empleó los dos siguientes años de su vida preparándose para esa, también estúpida, prueba. Mucho bien hizo aquello. Pensar que realmente su madre mantendría su palabra.

Fi se asomó a la ventana. Luego, a la puerta. Ambas cerradas a cal y canto, trayendo una oleada involuntaria de pánico sobre su pecho.

¿Otro truco? Fi se dirigió al espejo del tocador, desesperada por estar segura. Su corazón se desplomó cuando el reflejo enseñó una cara enfermiza y pálida de ojos azules. Sus garras. Su fuerza. Su poder había desaparecido.

—¡No! —estalló en llanto—. ¡No! ¡Esto no está bien!

Más allá de la puerta la voz de su madre respondió con su habitual tranquilidad.

—Me perdonarás algún día. Sé que lo harás. Algún día. Antes de que acabe.

—¡NO!

Tenía que salir. Ahora. Levantó un puño e intentó golpear la puerta. Pero se topó con sus piernas perdiendo las fuerzas y rindiéndose. Fi cayó al suelo con dificultades para respirar. Su cabeza se empañó con un limpiador de alfombras áspero y algo más. Su pecho tuvo un espasmo mientras luchaba por una bocanada de aire. Por respirar. Por recordar que nada de aquello era real. Ya lo había vivido antes, y ya había terminado. Pierce la había ayudado a escapar. La había ayudado a encontrar un nuevo hogar y una nueva vida. Una vida que podía construir por ella misma. Una vida que no iba a permitir que nadie se la arrebatara…

Fi peleó y vio manchas ante sus ojos. Cuando se aclararon, una arena apareció de nada ante ella. Fi, en el lado del contrincante y Ash, en el del líder de gimnasio. Más allá del campo de batalla, sentado sobre un lujoso balcón, reconoció a Giovanni. Estaba observando el duelo con gran interés. Tal vez para recompensar al vencedor.

Ash le dirigió una sonrisa demente mientras enviaba a su Pika-Raichu.

—¿Y bien? —la provocó—. ¿A qué estás esperando?

Fi posó una mano en su cinturón, pero no había ninguna Pokéball. No tenía Pokémon. ¿Por qué? ¿No se había prometido convertirse en una entrenadora? ¿No había trabajado lo suficientemente duro?

Ash sacudió la cabeza.

—Qué mal. Supongo que has perdido.

¿Perdido? ¿En serio iba a dejarse ganar por ese pequeño vándalo?

Los músculos de Fi se agitaron con esfuerzo y ella dio un paso al frente desde la caja del entrenador hasta la arena en sí. Incluso si era una estupidez, necesitaba que el jefe lo viera, que entendiera la lección que sus padres le habían enseñado hacía tiempo. Que los lazos de sangre no eran más que una ilusión. Que la verdadera lealtad no se heredaba. Se ganaba.

—¡Impactrueno! —ordenó Ash.

Pika-Raichu cargó de electricidad sus mejillas.

—¡Pikachu! —gritó el Pokémon mientras un rayo salía de su cuerpo.

El impacto dio de lleno en ella y causó que se arrodillara. Su cuerpo sufrió espasmos y Fi se inclinó, tosiendo sangre.

—Esto no puede… No puedo… perder. ¡No así!

Su visión empezó a difuminarse. A lo lejos, la voz de Ash ordenó:

—¡Ataque rápido!

—¡Pi-kaa! —chilló Pika-Raichu.

Golpeó directamente en el pecho de Fi, haciéndola retroceder. Ella patinó y se tambaleó a lo largo del duro suelo hasta que finalmente se detuvo. Se agarró el pecho con dedos frágiles y esqueléticos, jadeando por respirar mientras su corazón luchaba por seguir latiendo.

Fi notó una extraña presión en su mano. Fuertes dedos se enroscaron alrededor de los suyos.

—¡Lucha! —sonó una voz al lado de su oreja y de alguna forma lejos de esta a la vez—. ¡Fi! Lo que sea que estés viendo, lo que sea que estés sintiendo… ¡No es real! ¡Todo está en tu mente! ¿Me oyes?

¿Pierce?

Por un momento, la arena onduló a su alrededor y lo vio como igual que aquella primera vez. Cuando él todavía era un nervioso adolescente con un disfraz hortera de examinador intentando robar algún adorno de la colección de su madre. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, Fi volvía a enfrentarse a Ash y, una vez más, su trasero fue pateado por un engreído santurrón que iba a desmantelar la única auténtica casa que había tenido.

Fi se puso de lado con una nueva reserva de fuerza. Si esta era su mente, ¿por qué era ella la que estaba perdiendo? Como si alguna vez se dejara vencer por la semilla ingrata del jefe. Miró a Ash, sus ojos se oscurecieron y pasaron de un azul cristalino a un rojo carmesí vengativo.

—¡Sal de mi cabeza! —gruñó con una voz profunda, inhumana.

Fi se apoyó sobre cuatro patas. Piel blanca y pálida envolvía su piel. Afiladas garras en forma de gancho crecieron en los dedos de las manos y pies y, de su cabeza, un cuerno en forma de hoz. Armas de Absol. Ahora también sus armas. Pero no era suficiente. No del todo.

Fi se imaginó en profundidad, deseando que su cuerpo cambiara más todavía, más allá de sus propios límites. Más allá de la evolución de su ADN alterado.

Vio a Ash dar un paso atrás con la boca abierta.

—Ese poder… —murmuró.

Fi dio un paso adelante. Su cuerpo de Absol brilló con la luz de la megaevolución. La arena a su alrededor empezó a derrumbarse. Pero esta vez Fi no se asustó. Esta vez ella veía las cosas como realmente eran. Esta ilusión no era el gimnasio de ciudad Verde, y sus contrincantes no eran Ash y Pika-Raichu. Eran los poderes de Absol. Ahora todos los maravillosos secretos y fortalezas le pertenecían.

Delante de ella, cuando el último vestigio de energía psíquica fue drenado de su recién percatada mente de tipo siniestro, vio a sus adversarios, Sabrina y Alakazam. Fi lanzó una Canción Mortal en forma de aullido. Alakazam retrocedió, entrecerrando los ojos por el dolor. Junto a él, Sabrina se tapó las orejas con las palmas de las manos. Entonces, en un parpadeo azulado, habían desaparecido.