Escrito originalmente por Katrina S. Forest y RaptorRowan. Portada dibujada por onichan-xd. Traducción por SpainDragonWriter.


A Giovanni no le gustaba la idea de dejar su gimnasio en manos de unos idiotas. Pero no le quedaba alternativa. Debía ver el merger de Sabrina personalmente, y ella había dicho claramente que no iba a abandonar ciudad Azafrán. Los Agentes Pierce y Fiora habían vuelto a casa, pero a la segunda no le quedaban energías y necesitaba descansar. Parecía que su poder solo iba en aumento. Giovanni había aprobado su tiempo libre, por supuesto. Siempre había estado a favor de hacer a sus agentes más fuertes. Aun así, si su temperamento crecía junto con su fuerza una vez más, Giovanni tendría que reconsiderar sus responsabilidades.

Había algo más que molestaba a Giovanni mientras se preparaba para partir. Ash había estado inusualmente obediente últimamente. Ninguna petición de ver a sus amigos. Ninguna lección acerca de que los Pokémon eran compañeros y no esclavos. Giovanni sabía que el chico sucumbiría tarde o temprano, pero no esperaba que fuera tan pronto. Lo desconcertaba. Así que, para tranquilizarse, ordenó a los Rockets a los cuales estaba poniendo al cargo que vigilaran de cerca a su hijo y los amenazó con torturarlos de maneras inimaginables si no cumplían con su deber. Todo en un día de trabajo.

Giovanni sonrío. Tal vez no resultaba tan extraño que Ash abandonara la lucha. Brock y Misty ya lo habían hecho. Puede que viendo a sus amigos perder la voluntad de pelear lo había roto también. La condición de Brock había venido realmente bien. Giovanni lo había estado entrenando en combates contra una amplia variedad de contrincantes esta semana, desde un pequeño Noibat a un poderoso Nidoking. Era algo bueno de la ausencia temporal de Fiora de su trabajo: no había zumbidos que le decían qué Pokémon estaban preparados para el combate y cuáles no.

Al final, dejando su ansiedad a un lado, Giovanni cerró el maletín que había dispuesto, abandonó su oficina y se dirigió al helicóptero que estaba esperando fuera.

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Ash estaba en su habitación cuando el helicóptero despegó. Lo siguió con la mirada hasta que desapareció por el horizonte. Entonces sonrió. Nunca había sido el chico más listo de la clase ni nada por el estilo. Pero podía hacer amigos. Y uno de esos amigos, también conocido como Aquafeles, le había traído un regalo muy agradable. Ash sacó una tarjeta de acceso de su bolsillo y la sostuvo frente a la puerta. La cerradura se abrió al instante. Guardó la tarjeta de nuevo en el bolsillo y caminó por el pasillo intentando verse confiado. Como el hijo del jefe. O, al menos, como alguien que supuestamente no debería estar encerrado en su habitación.

Su plan era encontrar a alguien que pareciera importante. Alguien cuya autoridad de darle un merger mientras Giovanni no estaba. Entonces, razonó Ash, usaría su voz más grande y autoritaria para exigir un merger y amenazar con despedir a esa persona importante si no le obedecía.

No era un plan complicado, aunque la gran mayoría de planes de Ash no solían serlo. Todo lo que el chico sabía era que debía cumplir la tarea cuanto antes. Cada vez que Giovanni le hablaba, sonaba más como un amigo y menos como un enemigo. Sin ninguna forma de contrarrestar a los Pokémon fantasma, Ash no estaba seguro de si todavía le interesaría luchar contra Giovanni cuando regresara de ciudad Azafrán.

Ash anduvo lentamente. Sentía una persistente voz en la parte trasera de la cabeza. Le susurraba, le decía que volviera a su habitación como se le había ordenado. No había nada que debiera hacer ahí. Solo estaba causando problemas. Ash estaba seguro de que podía ver oscuras y fantasmales alcanzándole desde las sombras…

Entonces una visión familiar lo trajo de vuelta a la realidad. Dos figuras acercándose. Incluso con todos los cambios que les habían producido sus mergers, Ash podría reconocer a Jessie y James en cualquier parte. La visión de sus pelos azul y magenta despertaron intensos recuerdos. Recuerdos reales. Ash intentó centrarse en ellos tanto como pudo mientras se dirigía a sus antiguos enemigos.

—Eh — los llamó. No sonó como la fuerte y autoritaria voz que esperaba dar—, vosotros dos, esto… ¿tenéis un momento?

Jessie se paró y levantó una ceja.

—Estamos ocupados en estos momentos. Buenas tardes.

Jessie se dio la vuelta para marcharse. Sin embargo, James se quedó unos instantes dudando mientras miraba a Ash.

—Un momento —dijo, señalando al chico con un dedo—, ¿El jefe no te había dicho algo de tener «acceso restringido» mientras estuviera fuera?

Ash tragó con dificultad. Esto no iba bien. Necesitaba encontrar una excusa. Una inteligente excusa que explicaría por qué estaba ahí. Pero su mente se quedó completamente en blanco.

—Solo comunicáselo a los de seguridad —dijo Jessie—. Deja que ellos se encarguen del bobalicón. —Hizo un gesto para que James la siguiera por el pasillo. James vaciló. Sus dedos tocaron el teléfono, pero no lo encendió. Con un gruñido y un volteo de los ojos, Jessie alcanzó su propio teléfono—. Muy bien. Entonces lo haré yo.

Eso puso a Ash en acción.

—¡Espera! ¡No!

Ash cogió a Jessie por el brazo. Se sentía tan extraño; sus músculos se hincharon y tenía la impresión de que, si ella quería, podía darle un puñetazo que lo mandaría volando por la sala sin mucho esfuerzo. Tampoco le sorprendería si lo hiciera por la forma en la que lo miró cuando la agarró.

—¿Qué… es… lo que… quieres? —preguntó, quebrada. Parecía morderse la lengua con cada palabra.

—Señor —dijo James amablemente—. Se supone que ahora debemos llamarlo señor, ¿recuerdas?

Jessie apretó los dientes como si pudiera estallar en una bola de fuego frente a él.

—Señor —añadió a su pregunta con un siseo.

Por su propia seguridad, Ash la soltó rápidamente.

—Lamento molestaros —contó—, pero no sé con quién más hablar…

—Oh, teniendo problemas con el jefe, ¿eh? —gritó Jessie.

—Yo…

Ash quiso contestar, pero Jessie claramente no iba a dejar que dijera ni una sola palabra hasta que hubiera tenido el pleno derecho a hablar. Al parecer, se estaba guardando esto desde hacía un tiempo.

—Bueno, lamento escuchar que las cosas no van a la perfección —continuó ella—. ¿Qué podemos hacer para facilitarle la vida, señor? ¿Puedo traerle una almohada? ¿Qué tal un masaje, señor? Si lo prefiere, creo que disponemos de una sala dedicada exclusivamente a lamer zapatos justo al final del pasillo par ejecutivos tan queridos como usted, señor.

El calor invadió la cara de Ash. Suficiente. Había tenido suficiente de que todo el mundo asumiera cómo se sentía al haberlo relacionado con Giovanni. Nadie podría entenderlo. Ninguno de ellos era él.

—¡Eh! ¡Yo no pedí nada de esto! —chilló.

Las manos de Jessie se cerraron y formaron puños. Ash podía ver el calor que salía de ellos.

—¡Y yo no pedí ser… ser… esto! —replicó Jessie. El calor de su puño se inflamó y se convirtió en una auténtica bola de fuego. No obstante, en vez de lanzarla a la cara de Ash, se quedó mirándola. Luego giró la cabeza, avergonzada y sacudió la mano para extinguir las llamas—. Ellos nos dijeron que íbamos a ayudar al Team Rocket —dijo con la voz rota—. Creía que el jefe había empezado a respetarnos por fin. Pero él solo… pensó en nosotros como sus conejillos de Indias.

Ash movió los pies nerviosamente. Tenía miedo de decir algo. Pero, tal y como Misty había dicho, él nunca había sido de esos que escondían sus sentimientos.

—Yo… creo que piensa lo mismo de mí —dijo Ash—. No le importo como persona. Solo lo que puedo hacer por él. Si hago algo que no le gusta… —Tembló al recordar la habitación de los fantasmas, los Shuppet y los Banette abriéndose camino en su mente, abriendo sus pensamientos y robándole los recuerdos. También se estremeció ante la idea de compartir ADN con ellos. Pero si quería deshacerse de ellos, si le daba una ventaja en este enfermizo juego que Giovani insistía en jugar…

Si ayuda a mis amigos, entonces vale la pena, se dijo a sí mismo. Miró a Jessie a los ojos, más decidido. Más seguro. Sabía lo que debía preguntar.

—Necesito hacerme con un merger. Y también necesito vuestra ayuda.

Jessie y James intercambiaron una mirada nerviosa.

—Eso está… fuera de nuestra autoridad —respondió finalmente James. Entonces chasqueó los dedos emocionado—. ¡Oh! Pero creo que Pierce podría hacerlo.

Ash cruzó los brazos. Pierce. Claro.

—No creo que lo haga —opinó Ash—. Ni siquiera creo que me hable… Lo más seguro es que me entregue a alguien menos importante, como vosotros dos. Uy, esto…

Ash se sonrojó. Mucho por hacer aliados de viejos enemigos.

Sin embargo, esta vez nadie se enfadó con él, aunque Jessie soltó un molesto suspiro.

—No pasa nada. Mira, si quieres hablar con Pierce, deberías probar con una pregunta que solo él sea capaz de responder.

Ante esto, Ash se emocionó. Aún no conocía muy bien los pormenores del Team Rocket. Pero sabía que siempre debía aprobar los viajes de Ash para ver a sus amigos.

—Le pediré que quiero ver a Brock —dijo.

Jessie y James lo miraron por un momento y luego asintieron con la cabeza.

—Sutil —dijo James, sonando orgulloso.

—Justo de la forma que nosotros habríamos hecho —añadió Jessie—. Bueno, bobalicón, quién sabe. Puede que seas capaz de aprender nuevas cosas, después de todo.

—Sí, Puede que sí —dijo Ash optimista.

De alguna manera, Jessie y James parecían menos sorprendidos.

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El viaje a ciudad Azafrán no duró mucho. Para la sorpresa de Giovanni, pudo dormir una parte del trayecto. Había algo en todos sus grandes planes yendo como deseaba que relajaba su mente. Y, de todos modos, había una posibilidad de que Sabrina peleara. Cualquier descanso que pudiera conseguir de antemano solo ayudaría a su causa.

Una vez el helicóptero aterrizó y Giovanni se acercó a las puertas del gimnasio, se topó con Sabrina en la misma situación en la que había estado por teléfono. Las hélices del helicóptero apenas se habían detenido antes de que ella lo saludara con la mano. Le dio la bienvenida y lo invitó a entrar. Parecía ansiosa y excitada de recibirlo. No obstante, tal vez no fuera tan extraño. Con el suero del merger, Giovanni había creado una droga diferente a cualquier cosa en la historia. Todos, desde el más débil hasta el más fuerte, buscaban más poder. Y los mergers lo ofrecían de una forma que nada más podría. Con alguien tan adicto al poder como Sabrina, ¿realmente era tan sorprendente que ella sacrificaría su humanidad por algo tan fuerte como esto?

Ella no sabe que está pagando ese precio, recordó Giovanni. E incluso si lo sospecha, desconoce mis planes de capturarla. Se lo pensaría dos veces si estuviera al tanto de que perdería tanto su humanidad como su libertad.

Por eso, bajo ninguna circunstancia, debía bajar la guardia ni permitir que indagara en su mente antes de que la transformación se completara.

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Sabrina hizo un gesto a Giovanni desde las puertas interiores del gimnasio.

—Adelante, adelante dijo tan agradablemente como pudo.

Giovanni entró en el gimnasio, pero no sonrió. Ambos se quedaron en la entrada mientras el hombre miraba a Sabrina con una considerable sospecha. No es que ella fuer a culparlo. Sabrina sabía bastante bien cuáles eran sus intenciones. Él sabía muy bien que ella podía verlos. Según los informes, ella debería haberlo levantado telequinéticamente y lanzado por la ventana. Que no lo hubiera hecho ponía incómodo a Giovanni.

Giovanni arqueó una ceja a Sabrina.

—Debo decir que me sorprende que me quieras aquí. Debes querer esto muchísimo.

Sabrina asintió.

—Tu agente fue… bastante convincente —permitió, luchando por mantener una actitud profesional.

Tan nerviosa como estaba por todas las consecuencias de esto, Sabrina no podía olvidar por qué estaba pasando por esto. Por qué no le importaba si se volvía más Pokémon que humana. Por qué las malvadas intenciones de Giovanni por ella era un buen precio a pagar. Todo lo que ella siempre había querido desde joven era más poder. Y, aun así, se sentía como si en su juventud ya había alcanzado su máximo potencial dentro de los límites humanos. Ser más Pokémon que humano no era un impedimento para ella. Era exactamente lo que deseaba.

—No nos demoremos más —dijo Sabrina e indicó a Giovanni con una mano por el pasillo.

Había un brillo diferente en los ojos del hombre. Parecía que él también estaba peleando por controlar sus emociones.

—Estoy de acuerdo —apoyó—. Pongámonos en marcha.

Ambos caminaron por el pasillo rápidamente hasta que llegaron a una amplia sala con un enorme campo de batalla donde Sabrina siempre permitía a los entrenadores desafiarla por la medalla Pantano. El lugar había adquirido una decoración menos intimidante desde que ella lo diseñó la primera vez. Por un lado, Sabrina había prescindido de las antorchas como iluminación y había optado por una luz mediante focos en el techo. Conservó la elegante silla roja en la que siempre se sentaba para acoger a los retadores. De otra forma, el sitio se vería, simplemente, descortés.

El personal de Giovanni había recibido el acceso a la habitación desde hacía varias horas y ya había colocado y dejado todo el equipamiento listo para el proceso. Había una larga mesa blanca y un doctor sosteniendo una bandeja de plata con una jeringuilla. Otro médico aguantaba otra bandeja con una serie de megapiedras. No estaba el conjunto al completo. Solamente seis. Sin duda aquellos que Sabrina más probablemente elegiría. Ella apenas necesitó debatir sobre el tema. Se acercó y miró el surtido, pensativa. No era tan tonta como para escoger una Mewtwoita X o Y. El ADN del Pokémon era demasiado inestable. Demasiado arriesgado de combinarlo con el suyo. Eso dejaba dos únicas opciones viables: la Alakazamita y la Gardevoirita. Había sido una decisión muy difícil de tomar, pero ella no era una persona que cambiaba de opinión, incluso si dudaba en ese momento. Señaló con el dedo índice la piedra blanca y verde. El Rocket asintió y pidió a Sabrina que se tumbara en la mesa. La mujer asintió y se acostó. Una extraña sensación de alegría invadió su cuerpo y su mente. Los Rocket se movían como si no fuera la primera vez que realizaban aquel procedimiento. Algunos hasta se les veía aburridos de repetir lo mismo una y otra vez. Mientras tanto, Giovanni se hizo a un lado, restregándose las manos con codicia y emoción, absteniéndose de ocultar ya sus verdaderos planes. La Masterball no estaba en su poder, sino que la tenía el médico de la jeringuilla. Él tendría que ir primero.

La aguja perforó la piel de Sabrina. El suero fluyó en sus venas, y el toque de la megapiedra envió una súbita cantidad de poder a través de su cuerpo como jamás había imaginado. Era más desconcertante de lo que Sabrina hubiera esperado. La mujer expandió la mente, tratando de alejar al doctor que trataría de capturarla. Su visión se emborronó y no pudo adivinar dónde estaba. El pánico invadió su mente. No, ella no caería de esta manera. Ella era Sabrina de ciudad Azafrán, la psíquica más poderosa de todo Kanto, y Giovanni era un estúpido al intentar engañarla.

Con un poderoso grito, Sabrina envió un estallido de energía que salía en un círculo a su alrededor, empujando todo lo que estuviera en un radio de dos metros. Los Rocket gritaron aterrados mientras Giovanni les bramaba que se levantaran y la capturaran. El cristal se hizo pedazos y los equipos cayeron al suelo. Entonces, por encima de toda la conmoción, Sabrina escuchó la voz de Gladio chillar alto y claro:

—¡Sabrina! ¡Te tengo!

Sabrina vio una mancha blanca y púrpura que se acercaba a ella y sintió una luz roja haciéndole señas de que se acercara más. Sonrió y caminó hacia allí. Estaba poniendo ahora su seguridad en manos de Gladio. Pero Sabrina conocía bien al joven. Él no la decepcionó.

La luz roja absorbió a Sabrina en un instante. Era como si hubiera caído en un profundo sueño.