Importante: Todo lo perteneciente a Los Juegos del Hambre es propiedad de Sussan Collins, yo simplemente tomo sus personajes para divertirme.

Espero que no estén muy molestos por la demora, pero es que no tengo tiempo para nada, y no exagero.


Me levanto tambaleante de la cama, aún no estoy segura de no haberme vuelto completamente loca. Al menos eso es mucho más probable que la segunda opción.

Tengo miedo, no estoy segura de lo que está pasando ni di si esto es real o no.

Ese último pensamiento me lleva a pensar a Peeta y sonreír levemente, recordando su juego para aclarar sus recuerdos, pero la sonrisa se me borra al pensar en qué es lo que paso con él.

Está bien, ver a Prim me sacó totalmente de mí. No sé si esto es una alucinación o algo por el estilo, aunque ya comprobé, gracias al golpe en mi pie, que no es un sueño.

Pero aun así esto es imposible. Mi Patito murió. Yo misma la vi estallar en llamas sin poder hacer nada para evitarlo.

Decido que lo mejor por el momento es intentar averiguar qué está sucediendo, así que me dirijo al baño, quizás el agua fría me aclare los pensamientos, o despierte, aunque eso sea improbable.

Una vez desnuda me siento aún más confundida, mi cuerpo no muestra señales de las cicatrices que me hizo Johanna en el brazo para quitarme el rastreador en mis segundos juegos, ni ninguna de las que gane en la guerra, no hay rastro de quemaduras ni nada que muestre signo de aquel momento, sacudo mi cabeza y decido ignorar por el momento este hecho.

Una vez salgo del baño tiritando de frío, me visto rápidamente y me dirijo a la cocina, donde sé que encontraré a mi madre y Prim. Por cierto, lo único que conseguí con la ducha tan helada, fue un frío horrible y probablemente un resfrío. Mi mente sigue sin encontrar una explicación razonable para lo que está sucediendo.

―Al fin te levantas, Katniss. Por un momento pensé qie estabas enferma, como no saliste a cazar hoy ― me dijo mi madre.

Era cierto, en la primera antes de la primera cosecha de mi hermanita, yo solía levantarme antes del amanecer para poder cazar algo y luego venderlo o cambiarlo en el quemador, e incluso luego de mis primeros juegos, seguía haciéndolo.

Me sonrojé un poco al recordar el por qué me levantaba más tarde desde que comencé a vivir con Peeta.

―Lo siento, no estoy segura de lo que me pasa ― dije mirando a mi madre. Ella me miró sorprendida, me tomó un par de segundos darme cuenta de que en esa, o esta, época, ya ni siquiera sé cómo referirme a este momento, si es que no estoy loca, no me llevaba muy bien con mi madre, en especial porque aún estaba muy arraigado dentro de mí el rencor contra ella por habernos abandonado a Prim y a mí luego de la muerte de papá.

Supongo que ahora la entiendo, yo también me aislé luego de la muerte de Prim, o cuando Peeta fue capturado por el capitolio y creí que lo había perdido para siempre.

Peeta. ¿Dónde está él? Recuerdo perfectamente que aquella luz nos envolvió a ambos.

¿Aquella luz era la causa de lo que sea que está pasando? ¿Acaso estoy dentro de una de las tantas trampas del Capitolio? ¿Son Prim y mi madre parte de alguna especie de alucinación?

Siento como poco a poco el miedo me invade. No sé qué está sucediendo, no sé si esto es real, no sé dónde está Peeta.

―El colegio ― digo en voz alta casi sin darme cuenta. Prim dijo que debíamos ir al colegio. Eso significa que Peeta también estará allí.

―Aún podemos demorarnos cinco minutos más ―me dijo Prim mirándome extrañada, y pude apreciar en su mirada cierto aire preocupado ―, toma desayuno antes de irnos― sonreí casi imperceptiblemente, sintiendo una opresión en el pecho. Casi había olvidado la forma en la que mi Patito se preocupaba discretamente por mí.

Todo a mi alrededor se sentía tan real que me costaba concebir o siquiera imaginar que todo era falso.

A petición de Prim tomé un escueto desayuno, consistente en un tazón de té de hierbas y un pedazo de carne de ardilla de la cena de la noche anterior. Me fue imposible no comparar este desayuno con los que solía tener junto a mi Chico del Pan, con bollos y panques.

Mientras caminábamos a través de la Veta, me encontré a mí misma mirando cada casa y cada persona que nos cruzábamos por el camino, era todo tan diferente. Estas calles no habían sufrido del bombardeo del Capitolio, no habían sufrido una guerra, no habían pasado por la reconstrucción luego de que esta acabara. Debo reconocer que una parte de mí extraña aquel aire a pueblito de campo pintoresco que el doce había adquirido con la reconstrucción y los nuevos habitantes, provenientes de distintos distritos.

―¿Algo está mal, Katniss? ― preguntó Prim preocupada, sacándome de mis cavilaciones.

―No, ¿Por qué? ― respondí rápidamente, preguntándome si había expresado mis pensamientos en voz alta.

―No es común en ti que mires tanto la Veta, pensé que quizás buscabas a alguien.

Por supuesto. Me di cuenta de que mi actitud era diferente a como era antes de los 74° juegos del Hambre. Yo era diferente, y esta Prim no me conocía, al menos no la yo que ahora está con ella.

―No te preocupes, es sólo que anoche tuve un sueño extraño, digamos que el Doce se veía muy diferente a lo que en este momento veo ― intenté no mentirle, diciéndole de alguna manera la verdad, aunque sea a medias. En realidad era verdad que todo era diferente.

Mientras continuábamos nuestro camino en silencio, sentía que iba caminando sobre agua, sin estar segura de si lo que estaba sucediendo era real o no, si era un sueño, una ilusión, una trampa.

Me hizo pensar en el secuestro de Peeta ¿Sería así como él se sentía a cada momento? ¿Cómo lograba controlarse todo el tiempo? Pensar en él y su situación me dio fuerzas, me hizo sentir menos sola, pero a la vez más ansiosa, lo único que deseo es ver a Peeta y que este sea mi Peeta, aquel con el cual despierto cada mañana y la razón por la que vivo y no simplemente sobrevivo.

Pero también sabía que si habría la boca y decía algo equivocado o preguntaba lo que estaba sucediendo, me iban a tomar por loca, y aunque fuera una ilusión, que ser encerrada en un manicomio sea placentero.

Ya hemos llegado, y me es difícil separarme de Prim para que ella vaya a su salón, una parte de mí se pregunta si la volveré a ver. Una vez la pierdo de vista mi corazón se acelera, no por ella, sino porque tomo conciencia de que es en este lugar donde encontraré a Peeta, sé que él va en mi misma clase, siempre ha sido así, pero ahora es diferente. Antes Peeta era alguien con quien tenía una importante deuda, ahora era el pilar fundamental de mi vida, no sé qué haré si resulta que el Peeta de este lugar no es mi Peeta. A pesar de que él siempre dijo que me amó desde los cinco años, no será el mismo chico con el que he vivido tantas cosas, aquel con el que aprendí a amar en cuerpo, corazón y alma. ¿Pero cómo sabré si es él? No puedo simplemente acercarme a él y preguntarle si recuerda haber ido conmigo a dos Juego del Hambre y luego de una Guerra que ganamos vivir juntos y…

Corté mis pensamientos y recuerdos en ese punto, sabía que me sonrojaría si seguía por ese camino y no era algo que deseaba hacer frente a mis compañeros.

Entré a mi propio salón de clases e inconscientemente comencé a buscar a Peeta con la mirada.

Y ahí estaba, sentado en su banco de siempre junto a la ventana, rodeado de chicos comerciantes. Era todo tan extraño, no solo el hecho de que él también se veía mucho más joven que hace unas horas atrás, sino que el hecho de volver a separar al doce entre los de la Veta y los comerciantes. Ya me había acostumbrado a que todos fuéramos simplemente de un distrito, del Distrito Doce, de un país.

El volteó en mi dirección y me vio. Nuestras miradas se encontraron durante unos segundos, hasta que la voz de Delly pronunciando su nombre lo hiciera voltearse nuevamente. Pero esos segundos fueron suficientes para que él se sonrojara y que mi corazón latiera a mil kilómetros por hora.

No puedo evitar sorprenderme una vez más de lo dependiente que me he hecho de Peeta. Pero ahora también me pregunto si él me reconoció, si es realmente mi Peeta y no el de este tiempo.

Aunque la duda me asalta, pues ese sonrojo me sigue dando vueltas en la cabeza. Parece más la reacción de un chico enamorado a la distancia que de reconocimiento. Si es así no sé qué haré si él no está conmigo.

El profesor entra en el aula luego del toque de entrada, la clase pasa rápidamente, mientras apenas si escucho al maestro hablar sobre la historia de Panem, aunque ahora sé que nos enclaustran en todo lo que tiene que ver con la minería y el carbón, con suerte conocemos de los otros distritos lo básico y lo importante de la guerra. Antiguamente me daba lo mismo.

Ahora no puedo evitar pensar en lo ignorantes y desprotegidos que nos mantenía el Capitolio.

Hora tras hora avanza en la misma rutina. Clases a las que pongo atención, compañeros a los cuales ni siquiera recordaba.

La hora del almuerzo llegó, yo simplemente me senté en una mesa vacía, a los pocos minutos llegó Marge, cuando la vi en la primera hora me impresioné bastante, ella había muerto junto a toda su familia durante el bombardeo al Doce, a pesar de lo poco que hablábamos, creo que éramos amigas. Ella me dio mi insignia del sinsajo, sin ella saberlo me dio algo que me marcaría para siempre.

―¿Has estado bien? ― pregunté de pronto. Marge me miró sorprendida, y no era para menos, yo no solía hablar demasiado y nunca comenzaba una conversación. Pero realmente me sentía curiosa, no me di cuenta de lo mucho que me agradaba Marge hasta que fui a los juegos, y luego de eso el tiempo se agotó.

―Bien, creo ― dijo aún confundida ― ¿qué me dices de ti? Esta mañana te he visto un poco distraída.

―Creo que tuve un mal sueño ― dije suspirando y revolviendo mi plato de comida.

Luego de eso no volvimos a hablar, ninguna de las dos lo necesitaba, estábamos cómodas con el silencio.

Miré a la mesa en la que estaba Peeta, seguía confundida, no sé cuál Peeta es este, si es el que conozco o es simplemente el de esta época, aquel que me quería de forma inocente, pero que no ha sobrevivido conmigo.

Vuelve a mirarme, pero esta vez soy yo la que aparta la mirada avergonzada, si no es mi Peeta será vergonzoso que me pille mirándolo. Puede hacerse ideas equivocadas…

Pero, yo amo a Peeta, y este chico es él, pero no el que conozco, o eso creo…

Esta incertidumbre me está haciendo doler la cabeza, pero no puedo simplemente acercarme y preguntarle. ¿Cómo lo podría hacer?

Ugh, todo esto me está dando dolor de cabeza y mal humor, aunque supongo que es un poco cómico, preguntarme si el chico que me ama es el de ahora o es el de después. Una pequeña sonrisa irónica se forma en mis labios.

Sin embargo, ahora no puedo evitar preguntarme si yo amaría también al chico de este tiempo, uno con el que nunca fui a los juegos… y la respuesta viene a mí de forma contundente.

Sí, lo amaría de todas formas. Peeta jamás cambió su esencia dulce, el hecho de que es la mejor persona que he conocido, a pesar del secuestro y la tortura a la que fue sometido, seguía intentando volver a ser el de antes, simplemente porque él es bueno.

Una vez terminadas las clases me siento en una banca que está fuera del colegio a esperar que Prim salga, para poder irnos a casa.

Es cuando estoy ahí que siento que alguien se acerca a mí desde atrás, al voltearme esperando ver Prim me quedo congelada. Es Peeta.

Mi corazón late desbocado, Peeta jamás se acercó a mí voluntariamente, no hasta nuestros primeros juegos, ¿es mi Peeta entonces?

Él se acercó hasta estar frente a mí, a poco menos de dos metros de distancia, y simplemente nos quedamos ahí observándonos, yo ni siquiera sé qué decirle, o cómo empezar a hablar con él. No sé exactamente cuánto tiempo estuvimos ahí simplemente viéndonos, pero el silencio que nos rodeaba fue cortado por la voz de Peeta.

―Durante mis primeros juegos perdí una pierna y el capitolio la reemplazó por una prótesis ¿real o no?

Sentí como mi corazón latía alocadamente, aún más rápido que momentos antes, no sé en qué momento mi cuerpo se movió, pero en el segundo siguiente me encontraba abrazando a Peeta como si mi vida dependiera de ello ¿Cuándo me volví tan impulsiva?

―Real ― susurré en su oído, y sentí como él aumentaba la fuerza con la que me abrazaba ― eres tú.

―Lo soy, y tú eres tú ― dijo Peeta para luego reírse de lo que había dicho.

―¿Cómo lo supiste? ― quise saber, creo que él no se hubiera acercado a mí a hacerme esa pregunta si no estuviera seguro de que esta Katniss era yo.

―Me miraste en clases ― dijo simplemente ―, en el colegio jamás volteabas a verme tan fijamente ― me ruboricé un poco. Claro que lo miraba cuando estábamos en el colegio, solo que era mucho más disimulada.

―¿Katniss? ― dijo la voz de mi Patito, y al girarme la pude ver mirándome conmocionada.

Yo seguía abrazando a Peeta, y Prim sabe perfectamente que me incomoda que me toque cualquier persona.

¿Ahora qué le diré?


Espero que les haya gustado el capítulo, les más como introducción a la historia, aún falta para otras cosas, aunque advierto que para los juegos falta un poco, quiero enfocarme en lo que pasará antes, espero que me den sus opiniones (buenas y malas), y sugerencias si es que tienen, bye.