Capítulo 7: A prueba de balas, besos y llaves inglesas


~13er miércoles~


—¿Puedes creerlo Skye?

—¿Ah, ah, qué? ¿Qué cosa?

La vulpina le había dejado de prestar atención hace mucho; ella había escuchado todo lo que Jack le comentaba hasta que su vista se perdió por completo en la marcada figura de la liebre que hacía volar su imaginación; tras el incidente del miércoles pasado, la fisonomía del detective se le quedó muy grabada en la cabeza.

Desde que lo conocía, Jack siempre había usado su traje estirado o ropa de trabajo muy holgada que ocultaba el atlético y, no tenía miedo en admitir, apetecible cuerpo de él, por lo que nunca lo había visto con esos ojos, pero desde que él se quitó la camisa frente a ella, dejando ver lo que ocultaba debajo de esta, esos pensamientos no habían abandonado su mente.

Y ese día no fue la excepción; Jack usaba su típico atuendo elegante y se encontraba cambiando un neumático con una llave de cruz; se había quitado el saco y remangado la camisa para no ensuciarse, dejando ver a la zorrita su impresionante físico, al menos para una liebre, aunque no dejaba de ser atractivo para una hembra de su especie. Ella se le quedó viendo como hipnotizada, observando los tirantes que pasaban por sus marcados pectorales, deseando que estos o los botones de su entallada prenda cedieran en cualquier momento y dejaran ver más de la exuberante complexión de su aprendiz.

—Dije que el jefe Bogo me felicitó, ¿Increíble no? —La interrumpió Jack de sus cavilaciones—. Hubiera esperado un halago de cualquier otro, incluso hasta del mismísimo Wilde, ¿pero de ese búfalo? ¡Jamás, ni en un millón de años! —relató emocionado mientras que la hembra seguía más pendiente de su musculatura y su fisonomía—. El jefe me comentó que he estado haciendo un excelente trabajo estos últimos meses, que le he entregado más casos resueltos que dolores de cabeza, que es mucho decir, je, je. —Rió un poco apenado—. Bogo también mencionó que si sigo así, podría promoverme muy pronto a detective de grado 2, ¿no es fantástico?

—Ah… eso, pues es genial —contestó por inercia, aún embobada por su cuerpo.

Jack terminó de apretar los tornillos de una enorme rueda del auto de un elefante, luego él soltó la llave de cruceta al piso, produciendo un horrendo sonido que fue capaz de sacar a Skye de su trance y sobresaltarla con violencia.

—¡Oye! ¿Qué te pasa, Orejón? —Le replicó fastidiada la vulpina, más molesta por interrumpir su concentración que por la acción en sí—. ¡Vas a estrellar el piso o doblar la llave, zonzo!

—¿De qué hablas? —Le dio la espalda, ocultando una ladina sonrisa, mientras recogía un enorme tapacubos, un disco que cubre las ruedas—. Tú eres la que siempre estás botando la llave y haciendo un sonido espantoso, pensé que era cosa de mecánicos.

—Tú lo has dicho, de un mecánico, no de su ayudante, si es que se le puede llamar así a un citadino que a duras penas aprendió un par de cosas. Unas semanas y ya te crees saberlo todo.

—Bueno, aprendí de la mejor —mencionó mientras colocaba a presión la tapa de la rueda, aunque le faltó apretar un lado—. Skye —dijo sin voltear—. ¿Me pasas el mazo de goma por favor?

—Claro, enseguida primor —respondió de inmediato, un poco ruborizada por las palabras halagadoras de la liebre—. ¡Ahí te va!

La zorra no se inmutó en arrojarle la herramienta de caucho directo a su cabeza, Jack al instante alzó las orejas y esquivó el lanzamiento de la vulpina, atrapando el objeto por el mango con suma habilidad.

—¿¡Estás loca, Skye!? ¡Casi me pegas! —Se quejó indignado.

—Esa era la idea, corazón.

—¡Skye!

—Bah, no seas llorón, sabía que no te tocaría, ya me di cuenta que tienes muy buenos reflejos, sabía que un martillo no era rival para el grandioso Jack "El bastardo" Savage.

—Feh, ¿nunca vas a olvidar ese apodo verdad? —comentó con hastío fingido mientras martillaba un par de veces el tapacubos. Unos segundos después, había empalmado a la perfección el disco—. Listo. Ya terminé aquí.

—Bueno, bueno; supongo que no tendrás problema en colocar la otra rueda tú solo, ¿verdad?

—Claro que no, aunque no sé porque me pones a cambiar la llanta de un auto tan grande.

La liebre se acercó a la enorme rueda que era incluso más grande que él; era la última que faltaba por colocar, después de que Skye le enseñara a quitar y a cambiar un neumático en caso de emergencia.

—Pensé que alguien como tú ya lo sabría, pero el tamaño no siempre importa —Skye dijo lo último con un tono atrevido.

—Claro que ya lo sabía. —Se agachó y tomó la llanta de ambos bordes con sus dos patas—. Soy la prueba fehaciente de ello… —Le guiñó un ojo—… ¡Ugh!

Jack se agachó y comenzó a cargar la enorme y pesada rueda; mientras, la zorra observaba con una mueca de satisfacción el rabo y la firme retaguardia de la liebre, un deleite a su pupila que no se podía dar el lujo de ver todos los días.

—Aunque… —farfulló el detective con dificultad mientras enderezaba la monstruosa llanta de forma vertical—… no le veo el caso… no es como si… ¡uf! —Se tambaleó por unos segundos, luego recuperó el equilibrio y siguió cargando la voluptuosa rueda—. No es como… si fuera a usar el auto de un elefante… o rinoceronte… agh…

—Bah, no te quejes. Aunque si quieres que te de una pata, sólo tienes que pedirlo, Jackeline.

La hembra rió con sorna ante tal apelativo, la liebre no podía creer que pese a todas las semanas que han pasado juntos, Skye aún se atreva a cuestionar su hombría. Pero tampoco le iba a dar la satisfacción.

—No te molestes… nena… —Jack caminó despacio hacia donde debía atornillar la rueda—. He cargado cosas más pesadas en el gimnasio, ¡Esto… no es nada! —La liebre por fin acomodó el neumático en el espacio sobrante. —Deja que un macho se haga cargo de esto—. Le sonrió orgulloso.

—Ja, eso ya lo veremos, tesoro.

Habían pasado bastantes miércoles en los que Jack le demostró a Skye de lo que estaba hecho; desde los primeros días no había dejado de sorprenderla, pero no fue hasta sólo unas semanas atrás que la vulpina comenzó a ver al detective como algo más que un aprendiz, un asistente sin paga o un amigo, sino como un verdadero macho y hasta… una posible pareja.

Al menos físicamente le parecía mucho más que un buen partido, así lo había demostrado todos estos meses, sobre todo al hacer tareas pesadas como la que se encontraba haciendo en ese momento, o por la impresionante exhibición de testosterona que mostró frente a ella cuando Jack abatió a ese aguará guazú a pata limpia. Mientras Skye repasaba las cualidades masculinas de su alumno, ese fino espécimen respiraba con un poco de dificultad al mismo tiempo que le daba vueltas a la enorme cruz metálica con ambas patas.

—Hey, Jack. Para que sea más fácil, atora bien la llave con los birlos y gírala con fuerza, como si fuera el timón de un barco.

—¿Así?

La liebre lo hizo a la perfección, había visto a Skye hacerlo cientos de veces, la zorra quedó complacida.

—Perfecto Jackie. ¿Recuerdas en qué orden debes atornillar los birlos?

—De forma cruzada: —respondió él enseguida—. Norte, sur, este y oeste, ¿no?

—Correcto. —Sonrió enseñando los colmillos.

Jack continuó ajustando la rueda. Pese a no tener la habilidad o agilidad de un experto, era lo suficiente bueno para hacerlo por su cuenta sin la asistencia de un mecánico ante cualquier emergencia. Eso la enorgullecía muchísimo y al mismo tiempo la entristecía. Le había enseñado a no necesitar de ella. En verdad lo había convertido en todo un macho.

—Gracias.

La voz sincera y potente de la presa había interrumpido su concentración nuevamente.

—¿Gracias? ¿De qué? Si yo no he hecho nada que no supieras ya.

—Por supuesto que sí Skye —Continuó enroscando los remaches del vehículo—. Todo esto que has hecho por mí los últimos miércoles, no sólo me has enseñado lo básico de autos, también te debo ti mi próximo ascenso, estoy seguro que no estaría tan cerca de conseguirlo si no fuera por ti.

—¿Qué cosa? —Inclinó la cabeza confundida—. No recuerdo haberme involucrado en tus asuntos, ¿por qué lo dices?

—Porque tuviste razón desde el principio, siempre la tuviste, Skye. Estaba demasiado enfocado en mi trabajo que sólo pensaba en ello y no dejaba tiempo a mi cuerpo para descansar u ocupar mis energías en otras cosas —confesó la liebre sin dejar de reponer el neumático—. Antes de conocerte, tenía cientos de casos pendientes y cada día me llenaba de más investigaciones de las que podía resolver, pero no fue hasta que comenzó todo esto de las clases de los miércoles que cambiaste mi rutina y comencé a… relajarme, a distraer mi mente en otra cosa.

Jack por fin acabó de ajustar la rueda; dejó la llave de cruceta en el piso, luego tomó la tapa y el mazo de goma para cubrir la llanta por completo. Skye observaba la nuca de la liebre y las franjas negras que la cubrían, escuchando enternecida como se sinceraba con ella, experimentando cierto sentimiento de gratitud y satisfacción no sólo por las bellas y sinceras palabras que venía de un aprendiz, el conocido de su padre o un buen amigo; sino de parte de un mamífero muy especial para ella.

—Oh Jack…

—No lo había considerado hasta que el mismo Bogo, Judy y otros colegas de la estación me lo hicieron ver, pero cada jueves de los últimos 3 meses, tras tomar mi día libre y después de tus lecciones, llegaba a mi trabajo más fresco y con nuevas ideas, pistas o datos que no había visto antes; lo que parecía confuso o no tener sentido se había vuelto evidente; y aunque seguí siendo el mismo de siempre con mi trabajo o haciendo rabiar al jefe, simplemente lo tomaba con otra actitud, con una más cambiada y diferente.

Skye había dejado de mirar superficialmente el cuerpo de Jack y ahora tenía su atención completamente en lo que decía y, sin darse cuenta, balanceaba su cola de lado a lado. La liebre por su parte tomó un poco de aire y continuó.

—La misma Honey me dijo que parecía una liebre diferente, de hecho se molestó conmigo por dejar de pedirle tantos favores, a veces bromea sobre quién soy y que hice con el verdadero Jack… je, je. —Se frotó la sien, un poco abochornado—. Así que sí, yo creo que has hecho bastante por mí estas últimas semanas, Skye.

Jack terminó de apretar el tapacubos cromado, dejó las herramientas sobre una caja y volteó a ver a la vulpina con una amplia mueca de satisfacción.

—Mil gracias Skye, gracias por todo lo que has hecho por mí —Sacó un trapo de su bolsillo y comenzó a limpiarse las patas, mientras se acercaba a ella—. Gracias por ser una grandiosa mecánica, una estupenda instructora… y sobre todo… —La tomó de ambas zarpas y la observo directo a sus dulces y confundidos ojos azul cielo— … muchas gracias por ser una excelente amiga.

Por su parte, la cánida se estremeció por completo ante el afecto con que dijo eso último mientras sostenía sus patitas. No pudo evitar imitarlo y perderse en su mirada color cian, aunque debido a un incómodo calor que invadía sus pómulos, no tardó mucho en desviar la vista y apartar sus zarpas de él.

—Je, me estás dando más crédito del que merezco Jackie. —Se llevó los dedos a una de sus mejillas, rizando intranquilamente sus mechones—. Es cierto que sin mí, no serías nada, enano.

—¡Hey!

—Pero de nada hubiera servido si no hubieras decidido salir de ese caparazón y tomado una actitud correcta; no importa que la mejor y más hermosa maestra te dé clases si tiene a un alumno poco cooperativo o que no tiene ganas de aprender. El talento y la disposición genética para reparar autos ya la tenías, yo sólo saqué ese macho que llevas dentro. —Ella lo miró fijamente con satisfacción—. Tú eras como una fea y sucia piedra rayada, yo sólo lime las asperezas y te dejé como un diamante menos feo e igual de rayado.

La chica le sonrió con franqueza y aunque Jack quería decir algo, mejor se quedó callado y dejó que una mueca de felicidad hablará por él. Luego, la liebre extendió su pata con intención de estrecharla, ella rodó los ojos por la excesiva formalidad pero juntó sin objeción su zarpa ligeramente más grande que la de él; sin embargo, Jack no se conformó con un simple apretón de patas, pues sin consultarla, la jaló hacia sí mismo y en un inesperado gesto, la abrazó.

—¿Qué… qué haces Ja-Ja-Jack? —La vulpina fue tomada por sorpresa y fue incapaz de llamar al lagomorfo por algún apodo.

Con un extraño desplante posesivo, el detective la rodeó con sus brazos, debido a que él era menos alta que ella, su cabeza quedó descansando entre la clavícula y los pechos de la chica sin ningún tipo de malicia; Skye quedó petrificada por unos instantes pero enseguida correspondió esa inesperada muestra de afecto.

Para Jack no era más que un signo de extrema confianza que se expresan entre liebres y sólo se reserva para los familiares y los amigos más allegados, sin embargo para Skye y los zorros, el recibir un abrazo tan sorpresivo por parte de un macho podía entenderse como un gesto dominante y propio de un cánido alfa que marcaba a su hembra, algo que la vulpina por primera vez aceptó con mucho gusto.

—Muchas gracias, maestra. —Bromeó.

—N-no me digas maestra… llá-llámame Miss Skye, zonzo.

El detective se carcajeó, ella se estremeció.

—¿Puedo llamarte sólo Skye?

—No seas igualado… pero te permitiré que me llames así… sólo porque eres tú, corazón.

La liebre estaba apunto de volver a reír, pero por alguna razón, la forma en que dijo eso último dejó pensando al chico.

—Gracias a ti por ser tan buen pupilo, Jackie… Jack… Jack…

La vulpina se inclinó hacia abajo para verlo y cuando cruzaron miradas, se vieron fijamente un par de segundos, Skye inconscientemente bajó un poco su rostro pero Jack, abrió los ojos de golpe y se apartó enseguida de ella, retirando los brazos de su cintura. Ella lo miró confundida y algo decepcionada.

—¿Pasó algo, enano? —Bufó algo molesta.

—N-n-no, nada, creo que ya es tarde, te-te recuerdo que hoy debo salir temprano de nuestra lección.

—Sí, sí… ya me lo habías comentado. Hay un evento del alcalde y necesitan a todos los policías aunque sea su descanso —respondió de mala gana—. No has dejado de decírmelo desde que llegaste al taller. —Se cruzó de brazos molesta tocando sus codos con las palmas, en parte porque Jack debía trabajar en su día libre, pero en mayor medida porque estaría menos tiempo juntos aquel miércoles, su miércoles, el miércoles de ellos dos, el único día de la semana que Jack dedicaba completamente a ella, todo por quedar bien con el mandamás y por su cochino ascenso.

—Vamos, no te pongas así, a mi tampoco me gusta esto, pero es un favor del jefe Bogo y no puedo decirle que no, al menos no ahora.

—Pues sí pero… yo quería... que tú y yo… —la chica se restregó la cara con ambas garras, frustrada—. ¡Ush! No es justo —musitó de mala gana.

—Lo sé, pero así es esto, así que será mejor terminar para… —arqueó la ceja y miró a Skye con detenimiento.

—¿Qué, tengo algo en cara?

—Es sólo… es que tienes… en tu mejilla —la liebre señaló su propio cachete—. Una mancha de grasa.

—¿Aquí?

—No, del otro lado.

—¿Qué? ¿Te refieres a mis otros cachetes? ¿Y tú que andas viendo ahí atrás, picarón?

—¡M-m-me refiero a tu mejilla derecha Skye! —balbuceó apenado como de costumbre por las insinuaciones de ella.

—Ah, eso… ¿Pero los otros están bien?

Ella se dio la vuelta y le dio la espalda, levantando su blanca y abultada cola vulpina.

—¡Me-mejor revísate en un espejo la cara! Iré a terminar de poner la otra rueda —comentó el detective Savage ruborizado y desviando la mirada, aunque 3 segundos le bastaron para memorizar la retaguardia de la chica y comprobar que era tan pronunciada y redonda como la recordaba.

—Tsk, aguafiestas —rodó los ojos con algo de hastío.

Algo desilusionada e irritada al ver a Jack siendo Jack, la hembra acercó un viejo banco de madera, se puso encima de este y alcanzó a mirarse en el espejo retrovisor del enorme automóvil; contempló su reflejo y tras identificar la manchita a la que se refería esa sosa liebre, trató de limpiar con un trapo el punto negro que opacaba su pelaje beige; sin embargo, tras pasar la primera franela que encontró una vez, sólo logró expandir la suciedad y dibujar una línea horizontal negra a lo largo de su pómulo derecho.

—Rábanos, estúpida mancha, voy a quedar como ese torpe cone… oh…

Como si hubiera tenido una epifanía, Skye rió y sin dejar de verse en el espejo, cubrió su índice con la parte más grasosa y sucia del trapo; trazó con este una línea justo debajo de la primera, luego delineó dos marcas más en su cachete izquierdo, y de esta forma, la vulpina imitó lo mejor posible las rayas de la liebre con su maquillaje improvisado. De un pequeño salto, ella bajó del banquillo muy alegre y se dirigió a donde estaba el detective.

—Oye Jack… —anunció en un tono risueño.

—¿Sí Skye? —respondió sin voltear a verla.

—¿Adivina quién soy? —inquirió con un tono juguetón.

La presa de orejas largas dejó el martillo de caucho y luego se puso de pie, al darse la vuelta se sorprendió de ver a su amiga con el pelaje cubierto de grasa, pero enseguida identificó el patrón tan particular y familiar que tenía.

—No lo sé. —Jack se llevó una pata a la barbilla y fingió confusión—. ¿Quién se supone que eres?

—Te daré una pista pequeñín: "Soy una liebre estirada y aburrida que usa el mismo smoking todos los días" —imitó con sorna la forma de hablar del detective—.¿Así o más claro?

—Ja, ja —rió de forma irónica—. Muy graciosa Skye, pero la próxima vez que quieras hacerte pasar por mí trata de dibujar mejor las rayas de mi cara, pues no se parecen en nada a las mías.

La chica frunció el ceño y miró al chico con aburrimiento.

—Ush, ¿y ahora en que falle, don perfecto? ¿No dibujé bien las franjas de su cara, su excelencia?

—Se llaman rayas, y sí, las mías no son sólo líneas, son marcas casi triangulares, como las de un tigre.

—Oh, o sea, ahora resulta que el conejito se siente toda una fiera. Ya quisieras Jackie.

—Además, son tres rayas las que tengo en cada lado y no dos.

—Pues por si no te has enterado soy mecánica no maquillista profesional, ¿cómo rábanos voy a saber que tus franjas son tan únicas y diferentes? De haber sabido que te ibas a poner tan diva con eso, mejor ni hubiera hecho nada. —Miró enfadada hacía otra dirección, cruzándose de brazos y haciendo pucheros.

—Je, je; no te enojes Skye; mira, te enseño.

—¿Qué estás…?

Jack sostuvo suavemente el mentón de la chica con una pata, con la otra tomó el mismo trapo grasoso que ella utilizó para pintarse, pero antes de que hiciera algo más, habló.

—Oh, lo siento, ¿Puedo…?

—Pues ya me pusiste las garras encima, así que adelante; mánchame, ensúciame; con confianza —musitó con una voz coqueta.

El comentario hizo dudar a la liebre por un momento, pero no lo pensó por mucho tiempo y pasó la microfibra por encima de las líneas que ella había trazado; con suma delicadeza, le dio volumen a las rayas para parecerse más a sus propias marcas. Después de retocarlas, el detective dibujó una franja más.

Jack repetía el mismo proceso con meticulosidad en la otra mejilla de la chica, Skye experimentaba un par de sensaciones cruzadas, porque aunque él estaba muy concentrado en su labor, ella percibía como si las toscas pero nada incómodas patas de Jack la estuvieran acariciando. Mientras él sostenía la fina barbilla vulpina y la dirigía para trazar con más facilidad las rayas, ella gozaba en silencio como parecía que él masajeaba su cara, aunque en realidad sólo estuviera frotando su pelaje debido a la actitud obsesiva y perfeccionista de aquella presa quisquillosa; sin embargo era evidente que el detective lo hacía con la delicadeza con la que un jardinero trata a una flor.

—Ahora que te veo más de cerca Skye, tienes un pelaje precioso.

—¿Qué…?

Instantáneamente, miró al chico directo a la cara, extrañada por su declaración; ella percibió como aquellos curiosos ojos de una tonalidad azulada única la miraban con sinceridad y algo de vergüenza; sin embargo, la vulpina desconocía que Jack percibió la misma sensación de bochorno en ella tras el comentario.

—Es una pena que lo hayas manchado así, me gusta mucho tu cabello natural, así con ese color beige.

—S-s-s-sí te g-gusta tanto, deberías verlo en invierno, o cuando estoy de vacaciones con mis primos de Tundra Town; todo mi cuerpo se pone blanco como…

—¿Cómo la nieve? —la interrumpió él, perdido por un momento en su mente, imaginando que tan deslumbrante se vería ella en esas épocas—. Eso me encantaría verlo algún día.

—Y yo con gusto te lo enseñaría —susurró con una voz seductora.

El detective apartó un poco la pata de su cara con intención de alejarse de ella, pero esta vez la chica no se lo permitió, atrapando su extremidad enseguida; ella le arrebató el trapo con presteza y colocó su zarpa libre sobre la de él.

—Y también siéntelo; es suave y sedoso, como pelo de bebé de comercial.

Jack sonrió ampliamente tras eso último, seguido por Skye. La liebre pasó sus dedos sin prisa por las partes claras y limpias de su cara; sin darse cuenta, la presa había tanteado y explorado por demasiados segundos la particular fisonomía vulpina, esta vez con ambas patas; cuando por fin se dio cuenta de que estaba manoseando demás a la chica, ella ya había puesto con aprensión sus zarpas encima de las suyas mientras le dedicaba una mirada cautivadora.

Como si hubiera caído víctima de un hechizo, Jack quedó encantado por la belleza y divinidad que Skye proyectaba en ese momento; él siempre creyó que era una mamífera hermosa, como la mayoría de las zorras, pero en ese instante, sólo había una vulpina y una sola hembra en sus pensamientos.

—Skye…

Sin previo aviso, la liebre de rayas acercó su rostro más al de ella, la cánida sólo lo observó en silencio y con un júbilo inmensurable. Estaba a casi nada de rozar su boca con la suya. La liebre ya había tomado a la chica de sus tersos pómulos; ella ya había inclinado su rostro y, casi por instinto, cerró los ojos sintiendo inevitable lo que seguía a continuación.

—¿Sí Jack…?

Skye percibió la respiración tibia de él chocar contra la comisura de sus labios mientras que su lengua ya casi podía saborear la suya; las zarpas vulpinas soltaron las extremidades de Jack permitiendo a sus brazos rodear los hombros y el cuello del detective, acercándola más y más a su bendito cuerpo. Cual si fuera una escena melodramática, ambos sintieron que los minutos y los segundos avanzaban con una lentitud que se antojaba eterna.

Finalmente, sus labios se buscaron entre sí.

Sin embargo, estos jamás se encontraron.

—Lo siento no… no puedo Skye.

—¿Qué? —Ella abrió sus párpados con extrañeza y algo de pesadez, como despertando de un sueño que no quería que terminara.

La magia se esfumó enseguida y el tiempo siguió su curso natural de nueva cuenta. El detective Savage retiró de forma repentina ambas palmas del rostro de ella y retrocedió unos pasos, la zorra abrió los ojos confundida pero algo esperanzada en que la causa de la interrupción del momento más romántico de su vida haya sido por algo en verdad importante; no obstante, en sus pupilas sólo se reflejó la imagen de una liebre que la miraba tembloroso, expectante y agitando la naricilla, como si de una presa aterrada por un depredador se tratara, o como si fuera de alguien mostrando rechazo hacia los sentimientos de otro mamífero. Ese desmoralizador panorama le estrujó el corazón a la vulpina.

—¿Por qué no? ¿Acaso es muy pronto, te lo quieres tomar con calma o qué?

—No, y no es cuestión de tiempo —respondió pausadamente y hablando con cautela, como si le avergonzara admitirlo—, ni hoy, ni mañana… —Tragó saliva—. Simplemente no debo, digo, no puedo hacerlo.

—¿No… puedes? ¿Có-cómo que no puedes? —mencionó con algo de hostilidad en su voz para ocultar su preocupación y tristeza tras las frías palabras dichas por él—. ¿¡No puedes besarme!?

La liebre desvió la mirada.

—No… no puedo.

—¿Por qué no puedes? —inquirió azorada—. Sentí las señales que tu cuerpo me dejaba, percibí tus intenciones de acariciarme y de tocarme, tus patas me dijeron que tenías tantas ganas como yo de besarte, ¡sentí un irrefrenables impulso de juntar mis labios con los tuyos y comerte a besos! ¡¿Y, y, y tú me sales con que no puedes?! —exclamó casi al borde de la desesperación— ¿Acaso es por la forma de mi hocico? ¿Tengo algo en la cara? ¿O qué tienes tú en la tuya? ¿Un fuego, mal aliento o son tus dientes de conejo acaso? ¿¡O qué rábanos te pasa entonces!? —exigió desesperada una explicación lógica a la actitud de Jack— ¿Qué eres, gay?

—Skye… yo no… —murmuró con suavidad.

Los ojos de ella se abrieron expectantes.

—¡OH MADRE MÍA! ¡¿EN VERDAD ERES GAY?! —Se llevó ambas patas a la cara, aterrada.

—¡Maldita sea Skye, no, no soy gay! —bramó furioso y algo ofendido con las orejas erguidas por una espontánea ira; luego respiró más tranquilo mientras la hembra lo examinaba un poco más calmada pero muy lejos de estar relajada—. Solamente no puedo no… no considero correcto que debamos besarnos, yo… creo que malentiendes las cosas.

—¿Malentender qué? ¡Era sólo un beso, maldición, y estuviste a nada de dármelo! Y si no te di un puñetazo en la cara creo que es una clara señal de que lo estaba aceptando con gusto, ¿por qué entonces no quieres?

—Porque eres mi amiga Skye.

—¿Y eso qué? Sólo era un beso, no una declaración de amor.

—¿Así que nos besamos, y luego qué Skye? ¿Qué seguiría después de eso?

—Pues… pues, ya sabes, luego nos besamos más, nos tocamos más, nos probamos más el uno al otro y después de llegar a la tercera base podemos…

—¡No me refiero a eso Skye! —exclamó mitad indignado, mitad abochornado por las inferencias que la vulpina era capaz de hacer en un momento como ese—. Sabes a lo que me refiero, sabes lo que besarnos significaría, ¿qué seríamos tú y yo después de eso?

La vulpina se serenó y cortó todo intento por bromear o toda forma de burla que usaba para desviar el problema. Ella sabía perfectamente lo que seguía, ¿por qué él lo estaba complicando más?

—¿Pues qué más? —dijo ella—.Dejaríamos de ser sólo amigos y seríamos pareja, a menos que estés buscando ser sólo "amigos con derechos". —Sacó la llave metálica que siempre carga consigo de la bolsa delantera de su overol—. Porque si estás sugiriendo algo así, te voy a meter esta llave inglesa donde no…

—¡Por su puesto que no me refiero eso! Yo tampoco aceptaría estar en una relación así con nadie pero… tampoco puedo ser tu pareja.

Por un momento, la zorra deseó que Jack no fuera tan directo.

—¿Y por qué no? ¿Acaso no te gusto?

Y por un instante, la liebre maldijo que ella dijera sin rodeos esa condenada pregunta.

—Skye yo… te quiero mucho, te quiero como no tienes idea y en verdad me agradas pero no…

—¡Basta!

—¿Qué?

—¡No lo digas! ¡No te atrevas Jack! —gritó ella con el ceño fruncido.

—¿Qué cosa…?

—¡No me salgas con tú, "no eres tú, soy yo" —rezongó furiosa—; guárdate tus excusas baratas y dime en verdad porque no te gusto, o más bien, por qué no quieres admitirlo.

—Skye no… —El detective apretó los dientes y se abstuvo de hablar. Sabía que debía hacer pero francamente, no tenía las palabras, Jack no tenía cómo proceder, ¿cómo decirle a alguien que no le gustas sin herirla?— Aunque te quiera mucho, aunque nos llevemos bien, aunque nos entendamos no… —Irónicamente, cada palabra le hacía más difícil continuar hablando y decirle lo que no quería pero debía—… no puedo, no… no podemos estar juntos, somos… abismalmente… diferentes.

—En otras noticias, el agua moja —respondió ella con sorna y acidez— ¡Dime algo que no sepa ya! ¿Qué es lo siguiente que vas a decirme? ¿Qué somos de especies distintas, qué no debemos alterar el orden natural de las cosas? ¿¡Qué besarnos es una aberración de la naturaleza y un pecado ante la sociedad!?

—Skye, por favor, tranquilízate.

—¡Tranquilízate mangos! Sé muy bien que somos como agua y aceite, pero eso nunca ha sido algo que nos ha impedido…

El griterío de la zorra se vio interrumpido por el incesante y muy molesto ruido proveniente del teléfono de Jack. Pese a la tensión en el ambiente, la liebre no dudó un segundo y sacó el aparatito de su chaqueta. En ese momento, Skye podía asesinarlo sólo con la mirada.

—¡Ni se te ocurra…!

—Cálmate, sólo quiero saber quién…

La cara del detective se distorsionó al mismo tiempo que alzó sus orejas por sorpresa, enseguida deslizó un dedo en la pantalla para rechazar la llamada y se llevó el teléfono al bolsillo del saco. La chica notó la reacción exagerada de él.

—¿Y quién era? ¿Por qué esa cara? —cuestionó de forma incisiva con un poco menos de coraje.

—Só-sólo era Bogo, le re-regresaré la llamada después.

La vulpina arqueó la ceja por el nerviosismo de la presa rayada ante la respuesta, mas no le prestó mayor importancia.

—¿En qué estaba? ¡Ah sí! ¡Jack, eres un grandísimo idiota!

—Skye…

—Mejor que nadie sé lo diferente y opuestos que somos, ¿Y eso qué? Desde el momento en que tú me has aceptado como soy; y yo, pese a que a veces seas una pobre excusa de macho o un cabeza de chorlito desesperante como ahora, te quiero tal y como eres, ¿por qué ahora te importa tanto que seamos distintos?

—No lo entenderías…

—Pues francamente no, no lo comprendo, más si no me lo dices ahora en vez de darme evasivas o verdades a medias.

—Skye, piénsalo, ni siquiera somos de la misma edad.

—¿Y eso que, anciano? ¿Desde cuándo eso ha importado? ¿Temes que otros mamíferos crean que eres mi sugar daddy?

—Skye… —musitó la liebre apenada.

—Porque a mi no me importaría, es más, me tiene sin cuidado lo que digan los demás.

—¿Ah sí? ¿Y qué hay de Jerry?

—¡Pues para que lo sepas, cerebro de zanahoria, mi viejo no tiene nada que…!

Las sonoras vibraciones y molestos ruidos del celular de la liebre volvieron a cortarle la inspiración a la chica.

—¡Por un demonio! —espetó Skye—. ¿Y ahora qué diablos quiere el cornudo ese? ¡No me deja insultarte en paz!

Jack ni siquiera se tomó la molestia de ver quién lo llamaba; precedió a volver a colgar rápidamente y de mala gana.

—Mi papá es un amor que me enseñó prácticamente todo lo que sé sobre reparar autos, lo quiero mucho y lo respeto, pero me importa un reverendo cacahuate lo que él piense de mi vida o con quién salgo, lo mismo va para cualquier otro mamífero. ¿Por qué a ti sí? ¿Y por qué de un estúpido beso pasamos a hablar de esto?

—Por eso te dije que no lo entenderías, Jerry y yo somos amigos desde hace años, y los amigos no salen con las hijas del otro.

—¿Ese es el maldito meollo del asunto? —Skye se dio una palmada en la cara y luego alzó una pata aún molesta— Déjame ver si lo entiendo, ¿es como una de las leyes no escritas entre machos como la de no meterse con la hermana de un amigo y así? ¿¡Acaso eres idiota!? —exclamó muy colérica—. Tú no te llevas tan bien con mi padre, ni siquiera sabías que se tomó un año sabático.

—Y tampoco sabía de ti o de tu hermana, ¿por qué imaginas que nunca me enteré de tu existencia hasta que te conocí?

—¿Por qué mi viejo es como cualquier padre sobreprotector pero elevado a la enésima potencia? ¡No lo sé y ni me importa!

—Pero sí importa porque...

—¡Al demonio con todo esto Jack! —la vulpina lo cortó a media palabra, furiosa; luego comenzó a enumerar con sus dedos— Ser incompatibles, la diferencia de edad, mi padre, ¡son todas excusas baratas y sé que mientes! Ya dime la verdad Jack, ¿por qué no quieres aceptarlo? ¿A qué le tienes miedo Jack?

—Yo no… no tengo miedo, yo sólo…

—¿¡Entonces por qué maldición? ¿Por qué me rechazas? ¡No lo compren…!

Por tercera vez el celular del detective volvió a sonar en medio de tan complicada escena. Con mucho hastío, Jack sacó el teléfono de su bolsillo con la intención de apagarlo de una buena vez, pero una veloz e iracunda zarpa vulpina le arrebató el dispositivo, lista para desquitar parte de su ira con el imbécil de su jefe.

—¡Skye, no lo…!

—¡Escúcheme bien pedazo de res, deje de fastidiar cada 5 minutos! ¡Si vuelve a marcar otra maldita vez, lo voy a…!

—«¡Santo cielo, disculpe! ¿Acaso este no es el número del oficial Jack Savage?»

—¿Qué cara…?

La zorrita se contuvo cuando en vez de escuchar la voz grave del búfalo oyó un aguda y extrañamente familiar chillido de una hembra, el cual la tomó por sorpresa.

«¿Hola? ¿Sigue ahí? ¿Sí es el número del oficial Savage?»

—¡Skye! ¡Devuélvemelo! —exigió apresurado.

La liebre estiró un brazo para intentar recuperar su teléfono móvil, pero la depredadora se las ingenió para evitar que el macho recuperara lo que era suyo.

—Claro, estás llamando al número del detective Savage, cariño —corrigió molesta a la chica del otro lado de la línea—. Lo lamento, te confundí con alguien más, pero en fin, por el momento Ja- el detective Savage no está disponible.

—«¿Y quién eres tú? ¿Qué eres tú de Jack»

La voz celosa y agresiva le decía mucho a Skye sobre las intenciones de su interlocutora, aunque también su pregunta la dejó pensando sobre que la vulpina era en realidad para Jack.

—Al parecer, no soy más que una amiga para él —musitó la zorra más para sí en un tono seco y amargo.

—¡Skye, por favor regrésame mi celular! —Forcejeaba desesperado la presa quién era retenido de la cabeza por las amplias garras de la vulpina.

—«¿Quién?» —cuestionó confundida—. «¿Qué dijiste»

—Nada, nada; digamos que sólo soy su secretaria, ¿tienes algún mensaje para él, querida…?

«Leslie, Leslie O'Hare. Soy la liebre que rescató en el Osso el otro día, sé que seguro me recuerda bien; sólo dígale que si podría confirmar nuestra cita de la noche, estoy ansiosa por verlo de nuevo pero él no me ha regresado la llamada y entonces debo…»

De pronto todo fue muy claro para Skye. Como si le hubieran enterrado una puñalada en el pecho, un dolor más emocional que físico emanó de la caja toráxica de la chica, quizás no era una aflicción cardíaca real, pero en verdad oír esas palabras le dieron un terrible vuelco al corazón. La zorra dejó de prestar atención a lo que la otra lagomorfa le contaba a través del auricular.

—¡Skye!

La voz de la liebre de rayas la sacó del trance, mientras que la vocecilla chirriante proveniente del celular no dejaba de parlotear.

—«¿Hola? ¿Sigue ahí señorita? ¿señorita?»

—Sí, sí, aquí estoy. Yo le paso su mensaje —farfulló en un tono severo—. Adiós.

Colgó sin más y le entregó de manera golpeada el dispositivo a su dueño.

—Ahora veo… es por eso que no puedes tú y yo… cielos, ¡fui una estúpida!

—Skye, lo que ella te haya dicho no… no es lo que piensas, déjame explicarte…

La hembra levantó una pata como indicando que parara y le respondió intentando reprimir su furia lo mejor posible.

—No Jack, no te molestes en explicarme nada. Entiendo perfectamente que estés saliendo con esa… esa tipa que conociste la semana pasada. —La zorra le dio la espalda y se alejó unos pasos, intentando evitar el contacto visual con él—. Y es muy entendible, hace tiempo me dijiste que prefieres a las chicas de tu misma especie, creo que fui una tonta en creer que te fijarías en alguien como yo.

—Pero Skye, no estoy saliendo con ella, ni siquiera la conozco, yo…

Sin embargo, la cólera de ella estalló ante tal comentario contradictorio.

—¡No mientas infeliz! —bramó furiosa, encarándolo y apretando los colmillos—.¡Escuché la forma dulce que habló contigo aquella vez, ese día vi claramente cómo ella te hacía ojitos y la forma seductora con la que le respondías o le dejaste ver tu perfecto abdomen de lavadero! —La zorra estuvo a punto de morderse la lengua por eso último— ¡Ah, y por si necesitara más pruebas, su cochino nombre está anotado en tu lista de contactos del teléfono, lo vi antes de colgar! Si no la conoces, ¿cómo diablos conseguiste su número?

A Jack eso lo tomó desprevenido, dejándolo con la palabra en la boca e intentando contestar algo que ni él mismo sabía.

—Bueno creo que, —Puso un dedo en su mentón, pensativo—, quizás ella misma lo agregó a mi teléfono cuando…

—¿¡Acaso crees que soy imbécil!? —gritó fuera de sí—. ¡Obviamente fue ella porque se han estado viendo desde ese día y haciendo que sé yo desde que se conocieron!

—Skye, cálmate por favor; no es nada de eso, no sé porque su número está ahí, pero te aseguro que ni siquiera la he visto desde...

—Mira, —lo interrumpió—, si ya estabas saliendo con alguien más, está bien, duele pero lo acepto y ahí se acabó la historia, ¡pero lo que no soporto es que me hubieras dado tantas evasivas y que seas tan cínico e hipócrita como para querer negarlo a estas alturas!

—¡Pero te digo la verdad!

—Y aunque fuera así, ¿qué diferencia haría si sales o no con la encimosa esa? El punto es que tú no quieres nada conmigo ni lo quisiste, así que ya me importa un bledo la razón que fuera, no necesito saber más detalles.

—¡Pero tiene mucho que ver y no quiero que pienses así de mí! —bramó desesperado, intentando que la hembra lo escuchara—. Skye, si no quiero salir contigo no es por ti, no tiene que ver ni contigo, ni con ella, si no con...

—¡No me vengas con tu cliché de "No eres tú, soy yo" que está más gastado que las llantas de la camioneta de mi papá! ¡Y ya cierra tu maldito hocico de una vez, sólo lo empeoras cada vez que hablas!

Las orejas de la liebre se alzaron y este apretó tanto los puños como su mandíbula; su paciencia ya se había agotado.

—¡Pues no puedo hablar bien contigo si cada que quiero decirte algo me interrumpes o piensas lo peor de mí!

—¡Si no te parece puedes largarte de una perra vez, la puerta está muy grande, tanto que cabe tu enorme falta de vergüenza!

La tensión se hacía más álgida entre los dos mamíferos y la conversación estaba llegando a un límite que ninguno quería sobrepasar.

—¡Maldición Skye, escúchame…!

La fastidiosa alarma del celular del detective volvió a sonar en el momento menos oportuno. De mala gana, él sacó el teléfono de su chaqueta y revisó de reojo al remitente.

—¿Qué? ¿No le vas a contestar a la encimosa de tu novia? Por la cantidad de veces que te ha hablado en verdad debe tener ganas de co…

—¡Ella no es mi novia! Bogo está marcándome otra vez, seguro quiere saber dónde estoy.

—Si claro, igual que las otras 4 veces que te estuvo buscando esa traga zanahorias —sentenció con disgusto e ironía.

Cansado por sus comentarios acusatorios, Jack le enseñó enfadado la pantalla del dispositivo que mostraba una llamada entrante con el nombre y foto de el búfalo que tenía por jefe.

—¡Míralo tú misma si no me crees!

Skye apartó la pata del macho de un manotazo haciendo que la liebre por poco soltara el celular.

—¡Vas y le restriegas las cosas a tu madre, pero a mí no, bastardo!

—¡Skye…!

La liebre estaba por estallar en cólera y exasperación, pero se contuvo y respiró profundamente, intentando que la sangre dejará de fluir tanto a la cabeza para no nublar más su juicio o empeorar las cosas.

—Skye, por favor, no quiero pelear, pero en serio, te pido, te ruego que me escuches y me dejes explicarte todo con calma. —El celular de él continuó sonando—. Pero por ahora lo que menos tengo es tiempo, quisiera quedarme a intentar arreglar esto aquí y ahora, pero ya me tengo que ir y…

—Pues adelante, ¡lárgate! No te detengo —declamó con hostilidad—. Y te repito que ni gastes tu saliva de más con tus ridículas explicaciones tontas, yo ya tuve suficiente de ti y tu noviecita por hoy, ¡y no pienso escucharte más!

El detective Savage suspiró resignado. Nunca le había gustado dejar las cosas a medias, pero sabía que en ese momento con los ánimos por las nubes no tenía sentido seguir insistiendo con el posible riesgo de hundirse aún más en problemas.

—Entonces me voy, necesito llegar en menos de media hora a la estación o Bogo me asesinará; pero cuando termine, regresaré aquí inmediatamente para aclarar bien las cosas.

—Haz lo que quieras, me tiene sin cuidado; mejor háblale a la Sra. Savage y ponte de acuerdo para su cita de esta noche; espero que tengas una bella velada con la futura madre de tus crías.

La vulpina se dio media vuelta y caminó rápidamente en dirección a la pequeña casa interna del taller, en donde su padre y ahora ella habitaban; Jack intentó replicar una última vez pero la zorra ya había entrado a la choza azotando la puerta y denotando su pésimo estado de ánimo. El detective apretó los puños y maldijo con impotencia mentalmente; muy a su pesar, sacó su celular y llamó enseguida a su jefe al mismo tiempo que entraba a su auto naranja para alistarse. Tras 5 minutos en el teléfono con su superior, colgó y partió enseguida a cubrir un trabajo extraoficial del que no estaba muy de acuerdo, pero al menos pensó que le ayudaría a despejar su mente.

Desde la persiana entreabierta que da a la cocina de la vivienda de Jerry y provisionalmente de Skye, la vulpina miró los últimos momentos de la liebre rayada antes de que él abandonara el taller de su viejo; había observado cuando el bastardo sacó su teléfono, y basado en la risa nerviosa que hizo, ella pensó que Jack se comunicó con la zorra (peyorativamente hablando) de la cajera que conocieron la semana anterior, estaba segura de ello. Luego de eso, vio como la presa huyó del recinto como el cobarde y poco macho que era, en palabras de la misma Skye.

Un nudo se formó en la garganta de la cánida, al mismo tiempo que una lágrima descendió por su mejilla, una segunda gota bajó por uno de los pómulos que aún tenía las rayas que simbolizaban el aprecio y lo importante que Jack significaba para ella. Limpió con una pata el exceso de agua salada en su cara al mismo tiempo que se sonó la nariz e impidió salir más sollozos. Enseguida se viró a su derecha, abrió el refrigerador contiguo y decidió tomar algo que le calmara el dolor en su faringe de tanto gritar y, de ser posible, que la ayudara a olvidar el fracaso amoroso más espantoso que haya tenido jamás.


Decir que era el peor día de su vida sería exagerado, pues tendría que competir con la vez que su padre abandonó a su familia y a él, o la primera vez que falló en una investigación que dejó a varios criminales en libertad por su ineptitud y torpeza en uno de los primeros casos de su carrera; pero definitivamente este día de porquería se perfilaba como uno de los más desastrosos para el detective Jack Savage.

Tras un tedioso y aburrido día extralaboral en el que estuvo parado todo el tiempo haciendo trabajo más propio de un policía de centro comercial, la liebre conducía con un poco de exceso de velocidad hacia la casa de cierta hembra a la que moría de ganas de volver a ver y de quién estuvo pensando todo el día. Desde que abandonó el taller de Jerry hasta ese momento, no había dejado de pensar casi ningún segundo en Skye, quizás era un cargo de consciencia, quizás era culpa o tal vez la sensación de no dejar las cosas en claro.

Como buen macho de palabra, él se dirigía a la dirección de la mecánica para zanjar los problemas y hacer otro de esos milagros de los que Jack Savage se había vuelto experto tras meter la pata con la vulpina en varias ocasiones.

Sin embargo, ese día la suerte no estaba de su lado, su jornada de trabajo se extendió más de lo previsto y a duras penas logró salir de la estación cuando estaba apunto de anochecer, 3 horas más tarde de lo estimado y de lo que le había prometido a Skye antes del malentendido suscitado en la mañana.

En menos de 10 minutos, Jack arribó al taller de Jerry, en donde no pudo evitar sentir un escalofrío provocado por la mala experiencia que tuvo horas atrás, además de no saber exactamente que decirle. Aún así, esos pensamientos de inseguridad fueron reemplazados por fastidio cuando al llegar a su destino se dio cuenta que las luces en el taller estaban apagadas.

—¡Rábanos! Llegué tarde. ¿Habrá salido o estará dormida?

Mientras bajaba de su vehículo y pensaba a dónde podría haber ido, con la escasa iluminación emitida por los postes de luz de la banqueta, notó que las cosas en el taller de Jerry estaban tal y como las había dejado, incluso las rejas de la entrada y el letrero de abierto seguían como en la mañana; pero nada de eso le daba buena espina.

—¿Por qué se habrá ido y dejado abierto el taller? —Dijo para sí mientras caminaba casi a oscuras por el enrejado abierto—. A menos que… —La mente detectivesca de él empezó a divagar en posibles explicaciones, pero cada una era más caótica que la anterior, que iban desde un secuestro hasta un asesinato—. Bah, ¿un homicidio? Eso es impo… ¡Skye! —gritó comenzando a preocuparse—. ¿Estás ahí, Skye? ¡Maldición, contéstame!

No quería alarmarse o hacer conjeturas, pero no podía evitar estar nervioso, aunque su línea de trabajo se limitaba más a crímenes no tan violentos, ya había sabido de casos perturbadores que en ese momento no hacían más que aumentar sus ansias por dar con la vulpina. Después de esperar por 5 minutos sin recibir respuesta alguna, decidió entrar a investigar cómo el profesional que era. Volvió a su auto de prisa y tomó de este una linterna y su propia Walther PPK por si las dudas, pues ideas extrañas ya invadía su mente.

Regresó a lo que esperaba no fuera una escena del crimen y buscó los interruptores exteriores del taller para ver mejor, por desgracia, estos no alumbraban tanto como hubiera querido; apoyándose de su lámpara policíaca, tuvo mejor visión del pequeño estacionamiento del negocio de Jerry en el que había un par de autos pendientes a reparar y piezas sueltas de distintos vehículos que eran más decoración que repuestos.

—¡Skye! ¡Skye, en serio dime un insulto o algo! —insistió pero siguió sin recibir algún indicio de la depredadora.

Sus temibles sospechas de que algo no estaba bien se confirmaron cuando vio aparcada la camioneta de Skye en el mismo lugar donde estaba esta mañana; él sabía que por muy despistada o impulsiva que fuera la vulpina, ella nunca dejaría el taller abandonado y sin cerrar. Eso ya le empezaba a oler mal.

Continuó peinando el área con cautela y escrutinio, no obstante cesó enseguida cuando se asomó a la ventana que daba a la cocina del taller, y al apuntar la linterna al interior de la casa encontró sentado en el piso e inmóvil lo que parecía ser el cuerpo de una Vulpes lagopus hembra.

—¡SKYE! —bramó fuera de sí. Su pesadilla se había hecho realidad. Alguien había atacado a la hembra en su ausencia, probablemente como venganza o su implicación con un policía reconocido de la fuerza—. ¡Santo cielo, no, no…! ¡NO!

Intentó abrir la puerta de la entrada pero estaba trabada, desesperado y sin pensarlo más de un segundo, derribó la puerta con tres patadas y se adentró a la vivienda a toda velocidad. En medio de la oscuridad dio torpes pasos hasta llegar a la cocina casi trastabillando; ahí vio sentada en el piso y con su hocico apuntando al piso a una inconsciente vulpina ártica que, pese a la lobreguez de la habitación, podía verse claramente gracias a los rayos lunares que cruzaban libremente a través de la ventana. Jack se dejó caer de rodillas al piso, soltado su arma y linterna, sin atreverse a mirar el rostro de la chica a la que había defraudado más de una vez en un día.

—Skye… —Se lamentó la liebre, con un nudo en la garganta—… llegué tarde… no… no… ¡Sssk...!

—¡AAAAHHHHHHHHHH!

—¡Ahhhhh!

Antes de que comenzara una escena dramática digna de una telenovela genérica, un agudo y sorpresivo grito femenino acalló a la liebre, mientras que el aparentemente cuerpo sin vida de la chica reaccionó de golpe, como si hubiera despertado de un sueño interrumpido, lo cual en parte fue cierto. Skye despertó súbitamente cuando la cerradura que Jack destruyó a patadas para entrar ahí terminó por caerse de la puerta y, al tocar el suelo, produjo un ruido metálico lo suficientemente fuerte para alertar a los sensibles oídos de la zorra ártica.

—¿Pero qué miér… coles? —abrió los ojos confundida— ¿Jack?

—Oh, santo cielo, ¡Skye, me alegra que estés…!

—¡Papapapapa, para atrás amigo! Patas donde pueda verlas.

El detective, aliviado por ver a su amiga sana y salva, trató de abrazarla por un impulso de felicidad, pero ella rechazó al instante su muestra de afecto, empujando el pecho del chico con brusquedad. Luego la depredadora se llevó una zarpa a su frente debido a un punzante dolor de cabeza.

—L-lo lamento, es que estaba preocupado.

—¿Preocupado de qué? ¿Y se puede saber qué diantres haces aquí? Te dije que no quería verte.

La vulpina intentó ponerse de pie, pero antes de incorporarse completamente, su cuerpo se estremeció, amenazando con caerse; Jack acercó su pata con intención de auxiliarla, pero Skye se apartó de él con recelo y se recargó sobre el refrigerador para no perder el equilibrio. El sonido de botellas de vidrio vacías hizo a Jack erguir una de sus rayadas orejas.

—¿Acaso bebiste?

—¿Qué te importa, chismoso? ¡Y no me cambies el tema! Te hice una pregunta antes, ¿qué berenjenas haces dentro de mi casa?

—Te dije que vendría a hablar contigo después del trabajo, pero salí tarde y cuando llegué el taller seguía abierto pero con las luces apagadas; al ver que no respondías, me preocupé y entré pensando que te pudo haber pasado algo malo.

—¿¡Y cómo es que estás aquí dentro!? Si no mal recuerdo cerré con llave precisamente para que no intentaras entrar a contarme más de tus mentiras.

—Pues sobre eso, yo…

—Un momento…

La zorra caminó tambaleándose y se asomó a la entrada, ahí vio entre la oscuridad gracias a su visión nocturna y la escasa luz como la cerradura estaba esparcida por el piso y la puerta tenía un espacio vacío donde solía estar el mecanismo de la puerta. A la vulpina no le tomó mucho tiempo de darse cuenta de que ocurrió.

—¿¡Forzaste el cerrojo, maldito imbécil!? ¿¡Cuál es tu maldito problema, acaso estás demente!?

—L-l-lo lamento Skye, pero como ya te dije, me pareció extremadamente raro ver el lugar abandonado y por un momento llegué a pensar que quizás tú...

—¿Qué? ¿Que me había cortado las venas por ti? ¡Por favor! No te hagas tan importante, quizás fui una idiota por haber creído que sentías algo más por mí, pero no soy tan locapara hacer una estupidez así, ¡y menos por alguien como tú! —Picó el pecho de él con un dedo muy molesta.

—¿Suicidio? No, no, no, yo tenía en mente un asalto o hasta un ajuste de cuentas pero jamás pensaría que…

—¿Y te haces llamar detective? ¡Solamente eres un grandísimo imbécil y uno que ahora me debe una chapa nueva!

—Skye, en verdad lo lamento, si quieres ahora mismo llamo a un cerrajero o…

—¡Olvídalo! Pensándolo mejor, no quiero nada tuyo.

La situación se estaba poniendo precaria nuevamente y la liebre no estaba dispuesto a que las cosas se salieran de control otra vez.

—Skye, basta por favor; sé que estás enojada conmigo, y no sólo es por lo de la puerta; es por eso que regresé.

—¿Qué comes que adivinas, eh? —cuestionó sarcásticamente—. Pierdes tu tiempo, enano; te dije que no quería escucharte más y tampoco quiero saber de ti, ¡así que hazme el mentado favor de largarte de una vez!

—No sin que me escuches primero. —La liebre replicó con seguridad en la voz.

—No estoy jugando, Jack, ¡lárgate de mi casa o…!

—Yo tampoco Skye. Por favor, déjame hablar; te parezca o no lo que te diga, me iré y te dejaré en paz indefinidamente, si eso es lo que deseas.

La zorra gruñó malhumorada, pero al final decidió no pelear más; sentía que la cabeza le estallaría en cualquier momento; la garganta aún le ardía y sus ojos le irritaban mucho por un exceso de sal por la lubricación extra que produjeron desde que esa liebre tonta la dejó. Se cruzó de brazos y se recargó en el fregadero a un lado de la nevera.

—Te escucho. Tienes 5 minutos, si no logras convencerme en ese tiempo de porque debería creerte, no quiero volver a verte aquí hoy, ni mañana y de preferencia, ¡jamás!

—Skye, esto es en serio, por favor, tómatelo con más…

La hembra abrió un cajón de un estante, sacó un pequeño temporizador blanco, lo ajustó y luego lo colocó a un lado suyo.

—Tick-Tock —declaró ella con un tono sarcástico.

El detective quería darse un porrazo en la frente, pero era mejor no perder más tiempo e ir al grano con la hembra para intentar hacer otro milagro y salvar una amistad que pendía de un hilo.

—Tienes razón Skye, no he sido honesto contigo, tienes todo el derecho a estar molesta conmigo y en no creer en nada de lo que te diga. Pero de verdad, la razón para rehusarme a besarte y por tanto emparejarme contigo no es por otra chica…

—¡Ahí vas otra vez! ¡Deja de defender lo indefendible y vete mucho a la…!

—Ni tampoco es por Jerry, por alguien más y por todos los cielos, mucho menos es por ti. ¿Por qué la chica más maravillosa del mundo tendría culpa de todo esto?

—¡Ah, por favor, no me vengas que al final siempre sí me…!

—¡Pues es la verdad Skye! Te quiero, te quiero mucho y más de lo que puedas imaginar, y en verdad me duele no poder corresponder esos sentimientos de la forma que tú quisieras, pero por favor, no ignores todo lo que hemos pasado juntos estos meses.

—¡Eres un…! —La hembra quería enfadarse con él y reclamarle por insultar su inteligencia, pero las palabras de la liebre entraban en ella y le impedían responderle, aunque en el fondo se sentía algo tonto por apelar a su lado emocional y no con el de la razón.

—Sé que no soy lo que esperabas y te he decepcionado sentimentalmente, pero no vale la pena echar a perder una amistad por esto, por favor, sigamos siendo los buenos amigos que hemos sido hasta ahora, tratemos de llevarnos bien, que sigamos viéndonos mis días libres, merendar juntos y platicar de nuestra semana en las noches, de que sigas siendo mi maestra y yo tu alumno, de que las cosas sean como antes para hablar las cosas con detenimiento y…

La vulpina apartó el temporizador con violencia y lo mandó al piso, estrellándolo y haciéndolo sonar por última vez. Las palabras de Jack en vez de tranquilizarla, habían sido como ponerle leña a una hoguera para la zorra. ¿Esa era su intención? ¿Fingir que nada pasó y seguir su rutina como si nada? Fueron preguntas que cruzaron la mente de la depredadora antes de que explotara.

—¿Skye…? —inquirió confundido sin imaginar la sentencia de muerte que había firmado.

—¿Entonces sólo por eso estás aquí? ¿¡Para arreglar las cosas y que todo sea como antes y yo te siga dando clases gratis!? —bramó iracunda.

—Pues sí… es decir, ¡no! No estoy aquí por las clases, si no para estar contigo, para seguir aprendiendo y conviviendo como lo hemos estado haciendo todos los miércoles. Ahora que si el dinero es el problema, yo podría pagarte y…

Por increíble que parezca, el brillante detective de pulidos reflejos jamás vio venir una fuerte bofetada por parte de la chica.

—Agh… ¿Skye, por qué...? —La liebre se llevó su propia pata al rostro por la sorpresiva acción, pero cuando la encaró para preguntarle el motivo del golpe, la zorra tenía unos ojos que parecían sacar chispas de la energía iracunda que proyectaban.

—¡No te atrevas a ponerle un precio a las clases y consejos que te di! ¡No me trates como si fuera una cualquiera!

—¿Qué? No Skye, no es nada de eso, tú mencionaste lo de "clases gratis" y por un momento pensé que…

—¿Qué puedes comprar mi compañía como si fuera una coneja de esquina?

—¡Skye, lo estás malentendiendo todo de nuevo! Yo nunca lo dije con esa intención, sabes que respeto tu trabajo como mecánica y como todo trabajo bien hecho, debe ser remunerado de la misma manera.

—¿Así que eso crees que eran las clases que te di? ¿Sólo un trabajo más? ¿Crees que no significaba nada más que un favor hacia un amigo, es decir, el amigo de mi padre?

—Pues… ¿sí, no?

La zorra ártica quería que se la tragara la tierra y que un meteorito aplastara a Jack, pues no quería verlo nunca más.

—¡Eres un grandísimo estúpido Jack! —sollozó furiosa al mismo tiempo que le dio la espalda a la liebre y se preparaba a abandonar la cocina.

—¡Espera Skye, no quise…! —La liebre arañó su propio rostro y gritó exasperado—. ¡Maldita sea Skye, dame un respiro y déjame de hacer preguntas capciosas de sí o no!

El detective atrapó la pata con destreza la muñeca de la chica y la obligó a voltear a verlo. Ella le lanzó su zarpa libre con intención de vapulearlo nuevamente pero esta vez, el agente Savage interceptó la acometida antes de que Skye le emparejara el rostro, inmovilizándola.

—¡Su-suéltame, —exigía con dificultad mientras intentaba zafarse de él—, pu-pu-puñetero roedor!

—¡Lagomo…!

—Grrrr…

Jack tragó saliva y decidió no tentar más su suerte y se calló, mejor optó por intentar hacer entrar a la hembra en razón.

—Ya recordé bien; tú no sólo querías enseñarme para que supiera reparar autos, ¿Tú querías hacerme un macho, no?

—¡Te-te- te dije que me-me soltaras ca-ca-cabezón!

—¡Era eso o no, Skye! Dime y te soltaré.

—¡Hijo de… sí, sí, sí, tú ganas bastardo, era eso, quería hacerte un macho! ¿Pero adivina qué? ¡Ya lo eres! —reprendió ella con voz potente y dejando de resistirse— Ya eres todo un macho, ya sabes como reparar un auto, también a mentir, ser todo un don Juan y salir con varias chicas a la vez, ¡hasta sobrepasarte con una hembra y aprovecharte de tu fuerza física!

Jack la soltó enseguida algo avergonzado por tratarla con brusquedad.

—¡Lo lamento, no quise…!

Ella apartó ambas extremidades de mala gana mientras masajeaba sus muñecas.

—Te has vuelto todo un macho Jack, uno más del montón pero un macho al fin de cuentas. Felicidades, ya no me necesitas más —farfulló con amargura.

—Pero Skye, no digas eso, yo tengo aún mucho que aprender de ti y…

—Tal vez, pero lo harás con Jerry o con alguien más, porque yo ya te he enseñado todo lo que puedo darte y francamente no tengo ni la motivación ni los ánimos de querer enseñarte reparación avanzada y… tampoco deseo pasar más tiempo con el macho en el que te has vuelto.

La voz de la vulpina se fue quebrando conforme hablaba mientras hacía un esfuerzo sobreanimal para no soltar más sollozos. Jack la atisbaba intentando encontrar palabras para rebatir lo que decía o esperando que se le ocurriera algo que volteara la situación, pero para ese entonces un nudo en la garganta le impidió hablar y su cuerpo se había paralizado del miedo, como si la presa por fin hubiera sucumbido ante su depredadora, pero está vez sus amenazas no eran unos afilados colmillos, un rugido feroz o una mirada penetrante, fue la imagen de una chica herida la que por fin hizo a Jack darse cuenta a lo insensible que había sido al no notar antes que sus actos y palabras habían lastimado a la vulpina. El detective Savage a duras penas pudo hablar.

—Skye… yo no… no soy el macho que crees que soy, pero no…

—¡Eso ya lo sé! ¡De eso ya me di cuenta! Así que por favor… ya déjame tranquila, tus 5 minutos ya pasaron hace mucho y no quiero volver a verte.

—Pero Skye…

—¡Al menos sé un macho de palabra esta vez y lárgate!

—¡Skye!

—¡LÁRGATE!

La zorra rugió como nunca al grado de intimidar a la liebre y sus más profundos instintos. Otra vez la perdía y otra vez lo había arruinado. En un último intento, Jack trató de dialogar pero antes de que la presa diera un paso hacía ella, un salero voló directo hacia el rostro del detective, pero él logró esquivar al momento,para cuando intentó nuevamente acercarse a ella, un pesado imán del refrigerador casi le da en la oreja si el macho no se hubiera agachado a tiempo. Como un policía entrenado, no tuvo más opción que poner a prueba su habilidad y retroceder ante la hostilidad de la chica que había pasado de la agresión verbal a la física.

—¡Por favor Skye, tranquilízate y hablemos, no lleguemos a…! ¡Ungh —suplicó Jack mientras salía de la cocina y de la choza de Jerry esquivando cuanto proyectil improvisado se topaba la hembra a su paso y estando fuera de sí.

—¡LÁRGATE, FUERA DE MI TALLER! ¡DÉJAME SOLA DE UNA MALDITA VEZ! —gritaba ella con una voz grave, llena de cólera y resentimiento.

El desplante de ira de la vulpina era más de lo que Jack pudiera manejar y aunque él tuviera la habilidad de inmovilizar a un mamífero 10 veces más violentos o grandes que ella, era algo que jamás le haría a una amiga y menos a ella; prefería huir antes de volverle a poner una pata encima. Y eso fue lo que hizo.

La liebre llegó a su vehículo entre una lluvia de llaves mecánicas y chatarra automovilística, entró a este como si escapara de un voraz depredador y lo encendió. Al activar las luces altas, la oscuridad se dispersó e hizo ver a una salvaje zorra de rayas negras cargar una llave inglesa de forma amenazante. No dispuesto a quedarse a ver el desenlace y aceptando que era imposible apaciguar los ánimos en este punto, emprendió la retirada poniendo el auto en reversa y, luego de avanzar unos metros, derrapó dando una vuelta de velocidad, dejando la parrilla del auto viendo hacia la dirección opuesta de Skye; la presa ajustó la palanca de velocidad y puso el auto en marcha, volviendo a dejar el taller de Jerry con el rabo entre las piernas.

—¡Eso es, lárgate y no regreses! ¡Desgraciado, cobarde, hijo de tu conejuda madre! —bramó la chica desgarrando su voz en un lastimero reclamo que nadie excepto ella y quizás algún vecinos alcanzaron a escuchar.

La zorra ártica, que respiraba con dificultad, bajó el brazo cansada, aunque estaba tentada a soltar la llave y dejarse caer ahí, rendida. Sacando fuerzas de flaqueza, Skye colocó la pesada herramienta en el bolsillo de su overol y se dispuso a recoger todos los objetos que jamás consiguieron lastimar a Jack, los reunió con intención de cerrar el taller de su padre para después intentar dormir y hacerlo antes de que se volviera a derrumbar emocionalmente.


Notas de Autor:

Hola queridos lectores, una disculpa por los retrasos para esta actualización, como lo comenté en algunos grupos de fics de Zootopia, este capítulo me ha tomado más trabajo de lo esperado; la procrastinación, los bloqueos y en gran medida, la flojera (lo lamento, soy un holgazán sin remedio) me ha impedido traer el nuevo capítulo antes. ¡pero aquí está! Dudo que sean lo que esperaba, pero en lo que cabe, ojalá hayan encontrado la lectura entretenida.

Para los lectores que no me conozcan en historias anteriores o ignoren olímpicamente mis notas de autor, tal vez no lo sepan, pero los que sí, sabrán que me considero muy malo narrando dramas o momentos emocionales. De antemano una disculpa si sienten que el contenido dramático del capítulo de hoy subió exponencialmente o se asemeja a la exageración propia de una novela mexicana barata, debo decir que en parte es apropósito porque, en muchas situaciones y discusiones de nuestra vida, las peleas pueden ocasionarse como producto de hacer tormentas en un vaso de agua, malentendidos que se empeoran cada que hablamos y bueno, a veces el orgullo o falta de carácter nos provoca que hagamos y digamos cosas que no queríamos o no reflexionamos a tiempo. Sé que probablemente deben odiar a más de un personaje ahora, pero sepan que es parte de la trama y se explicará los motivos en el siguiente episodio.

Y bueno, también sé que no soy perfecto y que quizás metí la pata escribiendo algunas cosas; si consideran que este capítulo exagera en el drama o es poco creíble, me gustaría que me lo hagan saber para tratar de ir puliendo un género que hasta ahora me cuesta mucho trabajo escribir.

Y ya que andamos con avisos deprimentes y malas noticias, aquí les va otra más: Este fanfic está llegando a la recta final, así que el siguiente capítulo será el último; y debido a que pienso echarle muchas ganas, debo advertir que la siguiente actualización demorará bastante. No quiero dar una fecha exacta porque mucho temo no poder cumplirla, mi aproximación es que podría llegar a tardar hasta 2 meses (puede que más, puede que menos) así que por favor, no se desesperen y ténganme paciencia; no puedo prometer que sea un gran final, pero sí puedo decirles que voy a esforzarme mucho para terminar esta historia y darle una conclusión que se merece, que espero, sea del agrado de la mayoría.

Así que ya lo saben, nos vemos hasta el siguiente y último capítulo de este fanfic. Nos estamos leyendo.

P.D. Antes de que se me olvide, entre la actualización anterior y esta, he recibido 3 veces la misma duda por distintas personas sobre una interesante pregunta que me tomó por sorpresa pero que me dio harta alegría que me hicieran: "¿Y la historia de Gazelle y Finnick?" Bueno, aunque ya les respondí personalmente en persona, aprovecho el espacio de estas notas para avisar que la historia actualmente está en progreso y planeo comenzar a publicarla una vez que termine con este fanfic, por lo que tentativamente la subiré dentro d meses, unas semanas después de concluir 'Todo un macho haré de ti'. Muchas gracias a la gente interesada, me llena de júbilo saber que algunos lectores esperan con ansia la historia de una pareja de la que pensé que sólo a mí y a otras 3 personas más les gusta. Lamento la tardanza y comprendan que esta decisión es para que no se encimen las actualizaciones de ambos fanfics; deseo que una vez saque la historia la espera haya valido un poco la pena.

Cualquier otra pregunta que tengan, no duden en dejármela en un comentario, algún mensaje en mi perfil o por MP.

Saludos a todos y, ¡hasta la próxima amiguitos!


Pese a que la noche era joven en la bella ciudad de Zootopia, sus calles ya estaban atiborradas de cientos de vehículos, la mayoría de estos transportaba animales que salían de sus jornadas laborales y se convertían en feroces criaturas por el desesperante tráfico de la avenida central que volvía salvaje a cualquiera, a cualquiera que tuviera ánimos o prisa en regresar a sus hogares, pero por desgracia ese no era el caso del detective Jack Savage, quien tenía problemas más grandes en su cabeza para preocuparse del porqué los autos a su alrededor avanzaban a vuelta de rueda u otras nimiedades.

—Soy un idiota… sé… sé que hice lo mejor para Skye… pero… ¿por qué me siento como basura? —se preguntó así mismo, con las orejas caídas y los ánimos a más de 30 metros bajo el suelo— ¿Por qué esto se me salió de las patas? Nunca quise lastimar a Skye, no pensé que se lo tomaría tan…

Su soliloquio se vio interrumpido por su ahora más acérrimo enemigo: su dispositivo móvil. Aprovechando que el tráfico se movía tan raudo y veloz como un perezoso, Jack omitió la regla de nunca manejar y contestar el teléfono al mismo tiempo, así que sacó al causante de sus males de ese día de su bolsillo. De muy mala gana, revisó la pantalla de su celular y apareció en esta el nombre de la última mamífera con quien quería hablar en ese momento: Leslie, la cajera.

—Buenas noches señorita O'Hare —saludó en un tono neutro.

«¡Hola Jacky! ¡Qué bueno, al fin me contestas!» —respondió ella muy alegre con su chirriosa voz—. «Puedes llamarme Leslie si así lo deseas, o también puedes llamarme Lesy como mis ami…»

—Prefiero llamarte por tu apellido, y agradecería que tu también hicieras lo mismo —le contestó él lo más calmado que pudo.

«Ay, lo siento yo… lo lamento, me han dicho que puedo ser un poco encimosa, je, je, je…» —rió ingenuamente.

—Sí, ya lo noté —comentó entre dientes.

«Ja, ja… en fin Ja… diga, agente Savage, sólo le hablaba porque, no sé si su secretaria le pasó mi recado, pero quería confirmar la cita de hoy.»

—¿Cita? ¿De cuál cita hablas? ¿Cuándo tú y yo quedamos en algo?

«A la que yo te invité desde el jueves pasado, ¿acaso no lo recuerdas?»

Desde que Jack tuvo la primera discusión con Skye, después de pasar todo el tiempo pensando cómo arreglar las cosas con ella, la presa de rayas estuvo analizando por un rato como el número telefónico de la cajera llegó a su celular. No le tomó más de 5 minutos en utilizar su razonamiento deductivo para inferir la respuesta:

El día del incidente en el Osso, Jack le dio su teléfono para contactar a Bogo y su camisa mientras él rescataba a Skye y a los rehenes, pero cuando las cosas se normalizaron, Leslie sólo le devolvió su ropa; no fue hasta el otro día cuando la misma cajera fue hasta el Departamento de Policía de Zootopia y pidió ver a Jack en persona para regresarle su dispositivo móvil; era obvio para el detective que Leslie aprovechó ese tiempo para agregar su propio número y nombre, acción había metido a Jack en un colosal malentendido con la vulpina.

—A ver, señorita O'Hare —mencionó Jack intentando serenarse lo mejor posible—, recuerdo muy bien que el jueves pasado cuando vino a la estación a entregarme mi teléfono, usted mencionó que quería agradecerme por haberla rescatado y me propuso que saliéramos a cenar alguna vez, si bien le dije que no podía en ese momento, tampoco acordé ninguna fecha y mucho menos para el día de hoy. Además, veo que su número está anexado a mi lista de contactos sin mi permiso; no es un crimen, pero me parece que es algo muy intrusivo y excesivo, ¿no lo cree?

«—Sí bueno yo… lo lamento oficial, es que… usted me impresionó demasiado y estaba muy emocionada por volverlo a ver y quería que me recordará muy bien; sé que hice mal en eso y en planear lo de la cita, pero en verdad si me diera una oportunidad…»

—Señorita O'Hare, sé a lo que quiere llegar y lamento romper sus ilusiones pero por el momento no estoy interesado en convivir con ninguna otra hembra, —mencionó en un tono triste con cierta zorra ártica presente en sus pensamientos—, y eso la incluye a usted.

«Pero agente Sa… Jacky, por favor, ¡dame una oportunidad! Si me conocieras primero, o me vieras en el nuevo vestido rojo que compré sólo por ti para nuestra cita de hoy, ¡estoy seguro que te haría cambiar de opinión.»

—No estoy interesado señorita, y por favor, absténgase de insinuar algo más porque no estoy…

—«¿Por qué? ¿Acaso te dejo pensando lo que te dije? ¿O qué tal si ignoramos la cena y podemos ir a tu departamento? ¿Recuerdas la treta que me hiciste hacer en el Osso para despistar al criminal? ¿Qué tal si me pongo mi uniforme de cajera y recreamos esa escena… pero esta vez lo hacemos de ver…?»

El detective Savage no podía creer cómo una chica que parecía decente y de buenos modales se estaba convirtiendo en una lujuriosa y vulgar liebre con un perfecto desconocido como él. Le asustaba y en parte le decepcionaba que ella fuera una de esas féminas que le daba mala reputación a su especie.

—¡De ninguna manera! ¡Y con esa actitud, mucho menos quiero tener que ver algo con usted! —declaró Jack molestó ante las indecentes proposiciones. Estuvo a punto de terminar la llamada cuando un lastimero alarido lo detuvo.

«¡No, espera! Sólo estaba bromeando,» —rió nerviosa—, «sólo quería animarte a que saliéramos, pensé que eras de esos que le gustan las chicas atrevidas, como la zorra esa que se te estaba insinuando en el Osso el otro día y…»

En ese momento la furia del detective Savage se salió de control. ¿Cómo esa desvergonzada liebre osaba a compararse con una hembra tan única y especial como Skye? Quizás la vulpina no era exactamente la chica más recatada, respetuosa o bien portada de todas, pero no le bastó más de dos minutos de hablar con esa impúdica muchacha para saber que entre las dos no había punto de comparación. Ni entre ella ni nadie más. Jack entonces cayó en cuenta de una verdad muy dolorosa.

—¡Escúchame niñita! —ordenó iracundo el detective—. Tal vez ella sea una zorra y puede que sea un poco impertinente, violenta y orgullosa, pero puedo apostar hasta mi placa que ella es una hembra más íntegra, auténtica, divertida, ocurrente y hermosa de lo que tú u otra mamífera podría llegar a ser, y a diferencia tuya, ella es una excelente maestra, mecánica, compañera, amiga y una increíble hembra que… que… aunque ella no se merezca a un estúpido como yo o no sea la indicada para mí, ella… ¡ella es lo que más se le acerca! —Un sentimiento súbito de vacío invadió al macho y una infinita impotencia lo inundó por completo—. Y ahora… la he perdido… la he perdido para siempre por mi maldita inseguridad y obstinación.

Jack botó el celular al asiento de a lado y azotó su frente contra el volante para contener la tremenda frustración que lo atormentaba. Impactó su rostro repetidas veces hacia adelante mientras sentía su corazón siendo estrujado; con una inmensa sensación de haber provocado la mayor equivocación de su vida, se dio cuenta de que había lastimado a un animal que significaba muchísimo para él.

—En verdad la amo… —Apretó sus puños e intentó canalizar su enojo, pero sólo provocó acrecentarlo más y se sintió miserable—… y por esa razón no puedo estar con ella… no tengo, no debo… por su bien. —Volvió a darse golpes a la cabeza, sintiendo que se engañaba a sí mismo—. Pero aún así duele, y duele mucho, sobre todo porque terminé alejándola más de mí e hice que me odiara, sólo porque no tuve el valor de decirle que en verdad yo…

Su sentimental desahogo en forma de monólogo fue nuevamente cortado por el tono telefónico que se había vuelto el sonido característico de la desgracia y un mal augurio. La liebre no se molestó en ver quién era y tampoco le importaba.

—¿¡Qué!? —respondió de golpe la llamada y sin ocultar su pésimo humor.

«Oh, hola de nuevo,» —habló del otro lado de la línea la insistente cajera—, «lamento que se haya cortado la llamada oficial Savage, pero mi teléfono se descargó y fui a mi cuarto por el cargador para seguir hablando con usted, ¿entonces que dice?»

Jack se golpeó la cara con una de sus palmas y maldijo su suerte, aparentemente la chica no escuchó nada de lo que le gritó desde el fondo de su corazón y tampoco parecía entender razones. El detective hizo un último esfuerzo para no estallar en cólera.

—No, señorita O'Hare, le repito que no estoy interesado, y no quiero ser grosero, pero por favor, no quiero que me vuelva a llamar a este número.

«¿Pero por qué…?»

—¿¡Por qué!? —gritó el macho— ¡Por qué soy gay, por eso! ¡Ahora no me vuelva a marcar y déjeme en paz de una maldita vez!

Y ya que Jack no era una liebre que rebosara de paciencia, la perdió enseguida y terminó la conversación con la primera mentira que se le ocurrió, que esperó fuera suficiente para que la cajera del Osso no lo volviera a buscar jamás.

«Ah… cielos… que pena… ¡Cuánto lo siento, adiós!»

Y funcionó, la chica colgó enseguida sintiéndose la hembra más tonta del mundo. Jack por su parte apagó el dispositivo por si acaso y lanzó el teléfono al asiento de atrás sin importarle la integridad de este.

El detective luego de pensarlo sintió que no fue una de sus mejores ideas, pero ya le daba igual lo que pensará ella o cualquier otro animal, el opinión de cierta vulpina era el único que le importaba en ese momento, y tras haber decepcionado y lastimado al amor de su vida, era todo menos digno de ella.

—No tengo derecho a llamarme un macho… y creo que nunca seré uno… al menos no como el que Skye quiere que sea.

El fuerte sonido de un claxon lo hizo regresar al tiempo presente y se dio cuenta que el tráfico avanzaba nuevamente. Movió la palanca de velocidades, pisó el acelerador y puso su unidad en marcha mientras que la mente de Jack no podía sacarse a cierta zorrita de la cabeza.


Dentro del taller de Jerry, Skye ya había reunido todos los objetos dispersos y puesto el letrero de cerrado. Sin muchos ánimos, entró a la casa de su padre ausente y dejó caer con pesadez una caja de los artículos que no tenía ganas en acomodar en ese momento; dada su visión zorruna no se molestó en prender la luz, pues con la poca iluminación nocturna podía ver más que suficiente y conocía de memoria cada rincón del lugar.

Desde que ese intento de macho salió huyendo como el marica que era, la chica siguió maldiciendo e insultando mentalmente al desgraciado mamífero. En un intento por lograr olvidarlo, abrió el refrigerador y sacó otra botella fría de cerveza barata, probablemente la séptima o décima de ese día, no recordaba bien; se la zampó enseguida y en menos de un minuto, el contenedor de vidrio café estaba vacío y ella, después de un eructo que sería cómico en otra situación, se limpió el exceso de líquido de su hocico y arrojó la botella al bote de basura sin importarle que se haya hecho añicos.

—¡Estúpido Jack! —masculló la vulpina con voz ronca y dolida— ¡Macho tenías que ser, mardita… maldita zanahoria corta! —comentó en un tono torpe en el que se denotaba más su estado de ebriedad.

Tras pasar la tarde intentando ahogar sus penas en alcohol, Skye estuvo la mayor parte del tiempo dormida por el agotamiento normal del consumo prolongado de la cerveza; cuando Jack la despertó horas después, no le fue difícil esconder sus síntomas, en parte por su resistencia a la bebida y en parte por su orgullo, que la incitó a ocultar que no había estado llorando por esa ingrata presa; sin embargo en ese momento ya no tenía caso seguir fingiendo, por lo que de nueva cuenta se disponía a tratar de olvidar a su antiguo alumno; a ese torpe, amanerada, cobarde, pusilánime y condenadamente sexy liebre.

—¡No, no, no, no , no! —Se dio pequeños golpes en la frente para tratar de pensar en otra cosa—. No quiero, no quiero seguir pensando en él… ya no quiero… ya no quiero.

Brillantes y pequeños borbotones comenzaban a nublar su visión, pero enseguida aspiró su nariz con fuerza y se llevó una pata al rostro para secarse el exceso de líquido salino de la cara. Para intentar distraer su mente con algo de comida o golosinas, tomó un litro de helado del congelador que originalmente guardaba para comerlo junto a Jack ese mismo miércoles, aunque trato de no pensar en eso último; le fue difícil al recordar que era sabor napolitano, mientras ella se servía la mejor parte, la de vainilla obviamente, él siempre elegía su sabor preferido: el de fresa; el color rosado combinaba muy bien para una señorita como él, es lo que Skye siempre le decía para fastidiarlo amistosamente.

Rió un momento al recordar la curiosa anécdota pero tan pronto como vino esa linda remembranza, se fue al mismo tiempo que regresó el envase de dónde lo sacó y azotó la puerta del refrigerador. Vería televisión sin comer helado o algún otro postre que le recordara a ese malparido.

Se dirigió a su cuarto más mareada que antes y tras pasar el marco de la puerta, la azotó de muy mala gana, aunque el sonido de algo caerse la hizo voltear enseguida; pese a su visión nocturna y la escasa iluminación, no encontró el objeto causante del ruido, pero en su lugar, delante de ella vio un fantasma.

—¿Ja-Ja-Jack?

Por un instante, su corazón latió sorprendido y una misteriosa alegría invadió su blanco pelaje, sin embargo, cuando sus ojos interpretaron con ayuda de la escasa luz nocturna la imagen que había frente a ella, Skye notó que sólo era su propio reflejo, producto del espejo de su habitación, lo que vio fue a la zorra del otro lado que tenía una cara más pálida de lo normal y de mal aspecto, pero que entre sus pómulos aún mostraba las rayas negras típicas de cierta liebre. Eran las franjas que ella y Jack habían dibujado horas atrás, un pequeño detalle que la vulpina se pintó originalmente para burlarse de esa misma liebre y que, por poco, eran las causantes de un mágico beso que jamás se dio.

—No… —La hembra abrió sus vidriosos ojos de manera expectante—. ¡No, no, no, maldita sea… NO!

En un desplante de ira, cerró su puño y lo lanzó furiosa contra su propio reflejo. Sus duros nudillos no fueron rivales para el frágil espejo que se estrelló enseguida y que fragmentó la imagen en varias partes, pero las rayas de Jack no desaparecieron.

—¡¿Por qué, por qué, POR QUÉ?!

La vulpina impacto más veces el cristal con intención de desaparecer esa horrenda imagen que la alteraba sin importarle que algunos pedazos ya se habían incrustado entre sus dedos o que su pelaje albino comenzaba a teñirse de un color rojo oscuro.

—¡¿Por qué sigues atormentándome, por qué no puedes dejarme en paz!? ¿¡Por qué maldita sea, por qué!?

La chica no pudo más y explotó en llanto. Cesó las acciones violentas contra las diminutas piezas que quedaban del destruido espejo y, sin dejar de sollozar, dejó caer su cuerpo lentamente y se sentó a llorar con desconsuelo.

Su cabeza estaba a nada de reventar, su garganta inflamada rogaba por que no pronunciara otra palabra, sus ojos estaban irritados a más no poder y su pata le ardía por las heridas recién abiertas, mas todas esas dolencias eran mínimas comparadas con el corazón roto que la aquejaban como nunca en su vida.

—¿Por qué me fijé en un imbécil como tú? ¿Por qué me enamoré de un tipo tan aburrido, tan anticuado, tan hipócrita, tan cerrado, tan bestia y tan imbécil? ¿De un maldito macho más del montón que me cambió por la primera fulana de orejas largas que se encontró, de uno que no tiene ni las bolas de decirme que salía con alguien más? Uno tan malo, tan detestable… uno que por mucho que lo deteste, no puedo... no puedo odiarlo… —Continuó gimiendo sin poder controlarse—. ¿Por qué, por qué?

A pesar de lo que Skye dijera de él, sin importar lo mucho que lo detestara en ese momento; no podía negar que aún lo amaba, y lo amaba demasiado; e irónicamente odiaba mucho eso. La chica siguió lamentándose y llorando muy afligida, haciéndose más preguntas sin respuestas con intención de calmarse un poco, pero en su lugar, sólo consiguió sustituir momentáneamente las lágrimas por gritos llenos de furia y envidia.

—¿Qué tiene esa tipa que no tenga yo, eh? ¡Yo soy una fantástica mecánica, ella es una sucia y apestosa cajera de quinta! ¿Por qué ese idiota se fijó más en esa maldita dientona? —bramó la chica con cólera mientras sus ojos llorosos se apretaban con mucho recelo y odio—. ¡Yo soy más pechugona, linda y mucho más inteligente que esa tabla que de seguro ni terminó la primaria! ¡Se reparar casi cualquier máquina o aparato electrónico! ¿Cuántos autos podría arreglar esa tipa, eh? ¡Ninguno! Esa pe… esa pe… ¡esa pequeña hija de su fruta madre no es nada! Lo único en lo que me supera es en ser una cualquiera y una estúpida liebre igual que Jack y yo… y yo… y yo... soy sólo una estúpida zorra… una triste y repugnante zorra que jamás podrá darle la familia que él desea…

Skye recordó la conversación que tuvo con el detective tiempo atrás, aunque al final de su charla Jack le aseguró que si la chica correcta tocara su puerta, él la aceptaría sin importarle la especie; aún así, la realidad le contaba una historia distinta.. A los ojos de Skye, el detective ya había elegido una chica con quién pasar la vida y al percatarse de eso, más lágrimas de desdicha y amargura bajaron por las rayas de grasa que se corrían al contacto, simbolizando así su menguante amor de la vulpina hacia la liebre, uno que, lastimosamente, tampoco desaparecía.

—Mentiroso… idiota… sólo me diste falsas expectativas… a pesar de ser una mejor hembra que ella… la preferiste antes que a mí… ¿por qué, por qué? ¿Qué tengo de malo? ¿Por qué tuve que ser una zorra? ¿Por qué no me quieres por lo que soy? ¿¡Por qué por mil demonios, por qué!? —Un prolongado sollozo fue la pausa natural que le dio tiempo para formular la pregunta más dolorosa y devastadora de todas—. ¿Por qué no me amas?

Skye se cubrió el rostro con ambas patas y emitió un lastimero grito y lloró, lloró como nunca había llorado por nadie jamás. La hembra que se enorgullecía por su fortaleza emocional y rudeza que la diferenciaba de cualquier chica se quebró y dejó ver a una vulpina destrozada y con el corazón hecho trizas.

Aún sentada a un lado de un espejo hecho añicos, con una de sus zarpas aún sangrando y un par de líneas negras corridas en su rostro, la pobre zorra ártica continuó llorando desconsolada y en solitario, sufriendo por un amor que creía no correspondido.