Harry Potter es propiedad de JK Rowling.


Capítulo III: Por algo más fuerte que la sangre

«A veces en la vida hay que tomar decisiones. A veces esas decisiones rompen corazones.»

Me prefieres, Arcángel.


Agosto de 1979.

Abrió la carta. Ya tenía una idea de qué tipo de información contenía, sólo quería saber quiénes eran los protagonistas en esta ocasión.

Estimado señor Black:

Está cordialmente invitado a la boda del señor Frank Longbottom y de la señorita Alice Taylor que se realizará el 04 de octubre de 1979 (…).

Sus labios se tornaron en una agria sonrisa. Suspiró. Guardó la invitación dentro de un cajón y salió de la oficina de su padre mientras pensaba en qué tipo de regalos le podía dar al futuro matrimonio Longbottom. Quizá algo bonito, simbólico y que no sirviera para nada era la opción adecuada; después de todo, ¿quién notaba ese tipo de detalles cuando una guerra era la máxima preocupación de los futuros esposos? Se encogió de hombros, era por eso que había decidido no casarse por el momento. Era importante preservar el legado familiar, pero para qué se iba a apresurar. Tenía veinte años, le faltaba muchísimo por vivir y no se imaginaba a sí mismo criando a un infante que no lo dejaría hacer todo lo que a él le gustaba. Sirius tenía la sensatez suficiente para no engendrar un hijo fuera del matrimonio; en lo personal, a él le daba igual; no obstante, su madre lo asesinaría si cometía tal desacato.

Walburga Black era una mujer muy tradicionalista con una mentalidad muy cerrada, y con un temperamento de los mil cojones si se ofendía. Y no había medias tintas: o se ofendía o no se ofendía, ya sea que ella tuviera la razón o no.

—¿Tienes algo planeado para hoy, hermano? —preguntó Regulus. Él últimamente estaba en la época ideal de su vida. Sirius negó. Él nunca estaba ocupado para su hermano—. Pensé que podíamos tener un momento de unión, igual que en los viejos tiempos. ¿Qué dices? ¿Aceptas?

—Claro que acepto —dijo Sirius, animado y haciendo sonreír a su hermano—. ¿Qué quieres hacer? ¿Le pedimos a Kreacher que nos traiga nuestros juegos de mesa?

—¿Quieres que te dé una paliza?

—Oye, que he mejorado. No soy el mismo niño al que solías ganarle; además, por no sé si lo notaste, pero te dejé ganar varias veces.

—Que yo recuerde, no era yo el que te seguía a todas partes pidiendo la revancha —dijo Regulus, burlón. Sirius puso los ojos en blanco—. ¿Y podrías cuidar a Kreacher por mí?

Sirius estuvo a punto de decir que no quería encargarse del condenado elfo doméstico. Por alguna razón, no había nada divertido en que pudiera hacer de niño o adolescente sin que el elfo se enterara y fuera a chivarse a su madre, pese a que en la mayoría de las ocasiones su madre aceptaba la información sin tomar represalias. La razón se debía a que las ocasiones jugarretas de Sirius no era ni la mitad de infantiles y letales de las que hizo James Potter, quien nunca apreció el significado del sigilo y sentido común. No hubo día en que James Potter no recibiera el regaño de McGonagall, no fuera a la oficina de Dumbledore, no le quitaran puntos a Gryffindor por lo que él hubiera dicho o hecho o cualquier tontería que había hecho sólo para demostrar que él era el mejor bromista de la generación. Pettigrew debió estar involucrado en algunas travesuras de Potter, pero nadie pudo comprobarlo.

Y ni Long ni Remus o él se lo mencionaron a McGonagall: Long chantajeó a Potter muchísimas veces, Remus lo ignoró de vez en cuando y Sirius tuvo cosas más importantes que hacer que ser la niñera y voz de la razón de Potter.

—¿Por qué? —dijo Sirius.

—Kreacher es muy importante para mí y mi «trabajo» es extremadamente riesgoso, tenga el talento que tenga —respondió Regulus con desinterés—. Por favor, prométeme que si algo me pasa cuidarás de Kreacher. Por favor, prométemelo.

—Yo… —balbuceó Sirius—. Está bien, lo haré. Sólo por ti, prometo que cuidaré de él —dijo. «Pero tú prométeme te mantendrás vivo», quiso añadir. Era una guerra; no importaba en qué lado estuviera, los enemigos no dudarían en matarle si se les daba la oportunidad. Miró a su hermano menor y vio al pequeño niño de cinco años que dio saltos por Grimmauld Place después de haber levitado la escoba de juguete de Sirius hacia él. La primera magia accidental de Regulus—. ¿Te irás para otra misión?

—Por supuesto que sí. Esto es lo que yo hago, cumplo las órdenes del Señor Tenebroso —dijo Regulus. Hubo algo en la manera en que pronunció las palabras que le pareció extraño; sin embargo, no estaba familiarizado acerca de cómo los mortífagos manejaban estos asuntos. Debía ser imaginaciones suyas—. Dile a Alice que lamento no poder ir a su boda. Me encantaría asistir, pero no sé cuánto tiempo me tomará hacer… Lo tengo que hacer. Lo siento, te lo diría, pero no puedo. Perdóname, Sirius, por favor. Pero yo realmente debo hacer eso. Espero que lo entiendas.

—Reg, tienes todo mi apoyo. Siempre tendrás todo mi apoyo no importa qué —dijo Sirius. Regulus miró al suelo, luciendo aprensivo—. Dijiste que querías que nos divirtiéramos, ¿qué estamos esperando?

—&—

Dos días después, su padre estaba revisando el periódico mientras que Sirius leía la petición de Bellatrix de cambiar una serie de artículos de la bóveda Black a la bóveda Lestrange.

Él la firmó, tras asegurarse de que los artículos que se moverían no perjudicarían la buena reputación que se habían creado. Con una familia mayormente conformada por mortífagos o aliados a de los mortífagos, la seguridad nunca estaba de más. Los aurores no habían inspeccionado ninguna de las casas donde había un Black, ya sea porque no existía una prueba que respaldara sus opiniones o porque se veían inofensivos para ser malvados. Sea cual sea la razón, era un alivio que no tuviera que preocuparse por ese tipo de cosas. Ya tenía demasiado lidiando con los daños que causaba el matrimonio Lestrange y Rabastan en sus ataques. Sí, él sabía que eran ellos. Y apostaba a que «el pequeño diablo» que los acompañaba era el vástago de Crouch. Si el muchacho quería incordiar a su padre, que al menos tuviera la decencia de ocultarse. Bueno, aprendería. Eventualmente, o él se encargaría de hundirlo porque nadie de su familia cargaría con la culpa, aún sí la tuvieran.

Se oyó un «pop» y apareció Kreacher. El elfo doméstico se había quemado las manos, se había golpeado la cabeza —¿con una lámpara?— y parecía estar a punto de desplomarse ahí mismo, como si hubiera cometido un error fatal que le costaría la instancia en la familia Black. Sirius enarcó una ceja, curioso por la extraña muestra de sentimentalismo del elfo. A diferencia de Dobby —uno de los elfos domésticos de Lucius Malfoy—, Kreacher raramente hacía algo que ameritara un castigo. Esto se debía a que Kreacher era el elfo favorito de su madre. Le parecía un horror, pero no se podía hacer nada.

—Kreacher es estúpido. Kreacher no pudo hacer nada por el amo Regulus. Kreacher obedeció las órdenes del amo Regulus. Kreacher… Kreacher lamenta haberle fallado al amo Regulus —gimoteó el elfo doméstico.

—¿Murió cumpliendo con el deber? —preguntó su padre, sonando distante.

—Kreacher puede confirmarlo. Kreacher sabe que el amo Regulus no se rindió hasta que lo consiguió —titubeó el elfo. Se tiró de las orejas, que se veían quemadas, y volvió a sollozar—. Kreacher se lo informará a la ama Walburga.

Y en otro «pop» desapareció.

Su Regulus, su único hermanito, estaba muerto.

El término morir no debería ser ocupado para describir cualquier situación relacionada con su hermano, y una estupefacción silenciosa se apoderó de él cuando la realización llegó a él, y abrió la boca mientras intentaba mantener el equilibrio al apoyar una mano en la pared, aunque tuvo que retroceder varios pasos para llegar allá. Por unos momentos, sintió que debía proporcionarle un castigo ejemplar a Kreacher. ¿Cómo se atrevía a hacerle una broma tan pesada? Una cosa era que lo odiara, ¿pero por qué usar a su hermano en contra de él, por qué decir algo que rompería el inexistente cariño que no sentía hacia el elfo doméstico? Empezó a respirar entrecortadamente, con la vista nublándosele hasta un punto en que no pudo ver lo que había en frente de él.

No, Regulus no podía estar muerto; sólo estaba desaparecido, no muerto. Él no murió, desapareció. Muerto, no; desaparecido, sí. La primera era inadmisible, la segunda era preferible.

—Puedes llorar —susurró su padre, abrazándolo—. Sé que duele. Está bien. Estaremos bien.

¿Por qué Regulus?

¿En dónde estaba Sirius, que no murió en lugar de su hermano menor?

Una por una, las lágrimas empezaron a salir.

—&—

La memoria de Regulus Black se inmortalizó en un retrato.

La que solía ser la habitación de Regulus se convirtió en un santuario especial para su padre, madre y él. Se prohibió la entrada para cualquiera que no hubiera tenido un estrecho vínculo emocional con Regulus. «Le hubiera gustado, esta es una buena forma de honrarlo», dijo su madre. Ella no había culpado al elfo doméstico por la muerte de su hijo favorito. Sí, Sirius durante años supo que había un favorito en Grimmauld Place, le dio igual. Había cosas más importantes que esforzarse inútilmente en recibir el mismo cariño que su madre le daba a Regulus. «Kreacher no sabe. Kreacher hubiera recuperado el cuerpo de saber exactamente dónde iba a estar el amo Regulus, pero el amo Regulus no se lo dijo a Kreacher. El amo le pidió a Kreacher que no insistiera», dijo el elfo doméstico cuando su padre le preguntó si podían recuperar el cuerpo de Regulus. La respuesta lastimó a sus padres más de lo esperado, pero lo aceptaron con el pasar de los días.

Su madre se quedó cerca del elfo doméstico durante un mes. «Yo no debí perder a mi hijo, mi hijo debió perderme a mí», dijo su madre. «Los padres nunca debemos enterrar a nuestros hijos, por muy simbólico que sea». Sirius diseñó el obituario de Regulus y lo puso en el Mausoleo Black. Tal vez no era lo más apropiado teniendo en cuenta cómo se desarrolló todo, pero se sentía más adecuado a poner una lápida donde no había ningún cuerpo. Escogió las palabras con cuidado, revelando el amor que Regulus experimentó hacia los mortífagos sin mencionarlo directamente o aludiendo a los crímenes que Regulus cometió. Sirius los conocía todos, con detalles y con nombres. No era un orgullo saber que su hermano se volvió un asesino, pero seguía siendo su hermano y él le amaba tal y como era.

El funeral estaba programado para llevarse a cabo este día, a las cinco de la tarde y, a parte de la familia, algunos amigos más cercanos vendrían. Él debía mantener la compostura en todo momento, no permitir que todo el esfuerzo que había hecho para recomponerse a sí mismo se destruyera en menos de cincuenta minutos.

Su madre podía ser la más escandalosa, pero su padre fue quién tomó peor la noticia. En el mismo mes, Sirius creyó que perdería su padre y, de ser así, la recuperación de su madre hubiera terminado en su muerte. Sin embargo no lo iba a permitir.

No pudo proteger a su hermano, no estuvo ahí para tratar de salvarlo de lo que lo mató, pero no iba a cometer el mismo error dos veces. «Todavía me tienes a mí. A madre y a mis primas: Bella y Cissy. Ellas querían muchísimo a Reg», dijo Sirius. «Tú me dijiste que estaríamos bien. Por favor, no rompas tu promesa. No quiero enterrar a alguien más, no nos hagas esto; por favor, padre, recupérate. Esfuérzate. Estamos aquí, no nos iremos a ninguna parte». Su padre vacilaba; por momentos parecía que quería acceder, la voluntad le faltaba. Sirius se estaba angustiando con cada día que pasaba. Su padre se saltaba las comidas, se encerraba en su habitación y apostaba que tenía pensamientos de dudosa sanidad mental y, poco a poco, estaba pasaba menos y menos tiempo con la familia. Bellatrix no los había visitado ni una sola vez. Narcissa lo hacía en cada momento que podía. No tenía idea de qué hacían cuando su padre aceptaba la compañía de Narcissa, pero eso parecía mejorar vagamente su ánimo y eso era suficiente para Sirius.

—Gracias, Cissy —dijo a su prima—. Gracias por no dejar que padre muera y que madre enloquezca —añadió. Le debía muchísimo a su prima. No quería pensar en dónde estaría ahora si no hubiera sido por la ayuda que Narcissa le brindó en primer año, cuando creyó que todo cambiaría para siempre. Por supuesto que ciertos miedos habían desaparecido con el pasar de los años, pero Sirius seguía siendo un Gryffindor entre Slytherin—. Eres la mejor prima que pude pedir.

—Es lo que hace la familia, primo. —Narcissa le sonrió. Le enseñó que tenía un anillo de compromiso en el dedo anular. Sirius pestañeó y le devolvió la sonrisa—. El afortunado es Lucius Malfoy. ¿Quién diría que al final sí acabaría dándole una oportunidad?

—Es sorprendente —dijo. Hubo una pequeña vacilación al expresarse, como si escuchar el nombre de su antiguo tutor le hubiera descolocado. Eso tenía sentido; Narcissa había rechazado durante un tiempo los acercamientos de Lucius hasta que él se detuvo. Sirius aprendió la diferencia entre rendirse y detenerse en cuando a relaciones amorosas se refería. No lo entendía, pero Lucius y Narcissa lo habían hecho funcionar de alguna manera. Dicho pensamiento le agrió un tanto el carácter—. ¿Y cuándo será la boda?

Tenía que cambiar de tema.

—Dentro de diez días. Lo siento, Sirius, ya lo habíamos planeado y los preparativos ya están hechos —dijo Narcissa. Sirius bufó—. ¿Qué te pasa?

—Me recuerdas a Frank y Alice, apresurándose para casarse —dijo Sirius—. Sé que se aman, pero ¿no podrían esperar al menos un poco? Ambos son jóvenes, tú más que él, y la guerra no impedirá que estén juntos. Es sólo que es muy apresurado.

—Sé que podemos esperar. Tú mismo lo has dicho: estamos en una guerra. No se puede saber qué nos deparará el futuro y sé que quiero que Lucius sea parte de él.

—Supongo que no hay nada qué hacer —dijo. Se sintió culpable de inmediato. Debería estar feliz por la felicidad de su prima, cuya obstinación le impedía aceptar un matrimonio por conveniencia, y debería haber sabido que Lucius Malfoy siempre conseguía lo que se proponía—. Lo siento, Cissy. No me gustaría que el furor de ahora juegue en contra de ti en el futuro.

—Sé lo que hago —dijo Narcissa—. Y es Lucius Malfoy de quién hablamos. Él no me lastimaría; y si lo hace, mi padre y mi hermana serán el menor de sus problemas.

—&—

Eran las cinco de la tarde. Sirius mantuvo el voto de silencio durante una parte de la ceremonia hasta que ya no lo aguantó más y se marchó, sabiendo que sus padres acabarían regañándole por abandonarlos en una época tan horrible para ellos. Él no se quedaría para deshacerse en frente de todos y volverse la comidilla del mundo mágico como el mago sangrepura que acabó llorando en el funeral de su propio hermano, siendo lo suficientemente egoísta para dejar que los otros cargaran con su dolor. Cuando se era parte de una familia de renombre, todo lo que se hacía era de interés público. Absolutamente todo; siempre lo había sabido, pero no solía darle más vueltas al asunto y, algunas veces, sacaba provecho de eso. Sin embargo, ahora no podía.

—¿Estás bien? —Sirius se sobresaltó al oír la voz de Lucius Malfoy, quien por alguna razón también había sido invitado—. Te recuerdo que fui tu tutor. Sé que estás embotellando tus sentimientos.

—¿Qué haces aquí?

—Cuando tu hermano se unió a los mortífagos, me encargué de él. Le enseñé todo lo que sabía, pero no fue suficiente para que se pudiera salvar —explicó Lucius—. No diré que quizá, si le hubiera enseñado más, estaría vivo. Nosotros sabíamos en lo que nos metíamos cuando aceptamos este honor; pero lo que sí te puedo decir es que Regulus quisiera que hubieras sido feliz. Él no dejó de hablar de ti en ningún momento. Estaba muy orgulloso de que su hermano mayor hubiera superado las expectativas desde el primer día.

—Vaya… Yo no sé qué decir… —dijo. Se quedó anonado durante minutos. No era correcto que estuviera disfrutando de la pequeña y acogedora muestra de atención de Lucius, pero no lo podía evitar. Era algo agradable, ¿por qué desaprovecharla?—. Gracias por ayudarlo. Y no te culpo por su muerte —aseguró.

—Te culpas a ti mismo.

—Yo… —dijo. La mirada de Lucius le calló—. Soy su hermano mayor. Y fracasé. ¿A quién más voy a culpar? Debí ser un mortífago.

—Algunas cosas están destinadas que pasen —dijo Lucius. Sirius frunció el ceño—. No está bien y no lo entendemos, pero es así. Quizá era el destino de tu hermano morir al encargarse de lo que sea que tuviera en mente. Quizá nos servirá dentro de unos años, quizá no. Sin embargo, sólo hay una manera de descubrirlo y esa no es dejarte morir.

—Todavía siento que debí hacer algo más.

Lucius se quedó haciéndole compañía a pesar de que debía estar con Narcissa.

Se sintió peor de lo que ya estaba.