Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo V: Una línea difícil de ver
«No tengo todo calculado ni mi vida resuelta. Sólo tengo una sonrisa y espero una de vuelta.»
La vuelta al mundo, Calle 13.
Noviembre de 1981.
Puso los ojos en blanco. Se encontraba en el Tribunal 10 mientras aguantaba la estupidez de Crouch senior. ¿En qué cabeza cabía que por atrapar a un par de mortífagos iba a detener al Señor Tenebroso? Como si a él le importara sus peones. Esta era una de las salas que se utilizaba cuando un juicio era de gravedad, así que sólo podía esperar que no hubieran atrapado a nadie de su familia. Bellatrix tenía el pasatiempo de jugar con los aurores antes de darse a la fuga, como si no tuviera nada más que hacer que acabar con la sanidad de mental de la gente a su alrededor.
Había pasado una semana desde que Lily Parker fue asesinada personalmente por el Señor Tenebroso; ni siquiera sabía qué pensar acerca de su esposo, quien se había salvado junto su hijo de quince meses. Esa parte de la historia la descubrió cuando Alice se lo contó, alterada y nerviosa mientras abrazaba a su bebé, Neville, como si alguien pudiera entrar en la mansión Longbottom y robárselo. «Tranquila», le dijo. «Están bien». Alice no se calmó; de hecho, fue un error haber pronunciado esas palabras.
Esa fue la primera vez que la ira de Alice Longbottom estuvo dirigida hacia él.
—Igor Karkarov —dijo Crouch senior. Usó un tono seco que, según él, le hacía parecer imponente—. Usted es acusado de colaborar con El Que No Debe Ser Nombrado en diversos crímenes que incluyen la utilización de las maldiciones imperio y cruciatus. En caso de ser encontrado culpable, tendrá una instancia permanente en Azkaban.
—Si usted me envía a Azkaban, nunca conocerá los nombres de los mortífagos que han evadido a la justicia sobornándolos o escondiéndose en frente de ustedes —declaró Karkarov.
Detectó el tono tembloroso en la voz de Karkarov y contuvo un suspiro. Karkarov no era la primera persona que creía que podía escapar de Azkaban al delatar a los mortífagos; no obstante, si lo hacía, debía tener un plan de respaldo que lo ayudaría a mantenerse oculto antes que el Señor Tenebroso diera con él. Negó con la cabeza mientras veía cómo Crouch senior consideró sus opciones. Si Crouch senior necesitaba que uno de los mortífagos se chivara para que él pudiera cumplir con su trabajo, entonces el mundo mágico inglés estaba condenado. A lo lejos notó cómo Dumbledore y Moody tenían una discusión, y por la manera en que Moody fulminaba con la mirada a Karkarov, se hacía una idea de qué se trataba.
—Entonces demuestre que sí tiene nombres para ofrecernos, y consideraremos discutir las condiciones para su libertad —dijo Crouch senior.
—El Señor Tenebroso mantiene los asuntos muy cerca de él y unos muy pocos son elegidos para conocerlos, aunque dudo que lleguen a saber todos los detalles de los planes del Señor Tenebroso —dijo Karkarov—. He observado a gente, partidarios muy importantes en nuestra sociedad, que torturan y asesinan inocentes como si no fuese nada para ellos y luego deambulan por aquí, deleitándose en su propia impunidad. Uno de ellos es Augustus Rookwood. Un tipo muy imbécil, Ludo Bagman, le ha estado pasando información como si creyese que realmente son aliados o una estupidez como esa.
—¿Augustus Rookwood del Departamento de Misterios? —repitió Crouch. Karkarov asintió, petulante, y la secretaria de Crouch escribió el nombre en el pergamino y le miró con interés—. ¿Usted sabe qué hace? ¿Y afirma que Lugo Bagman está sometido a la maldición cruciatus?
—¿Necesitas someter a un mago que no mide sus propias palabras? —dijo Karkarov, sardónico—. Rookwood dispone de una red de magos ubicados en posiciones privilegiadas que le proporcionan información que perjudica cada intento que han tenido los aurores por apresarnos. ¿O cómo es que creen que han fracaso tan miserablemente en todos estos años? Sí, los intentos que hacen por detenernos han sido patéticos, pero uno que otro de ustedes tiene una mínima noción de lo que hace y eso lo tengo en cuenta. Al menos lo hacemos los que tenemos un cerebro funcional. Volviendo a la red de Rookwood, tiene asociados tanto dentro como fuera del Ministerio. ¿Quiere los nombres o me centro en los mortífagos? —añadió, burlón.
—No tiente su suerte, Karkarov. Está a prueba —advirtió Crouch. Karkarov le sonrió—. ¿Qué otros nombres tiene para nosotros, tanto de la red de Rookwood como de los mortífagos? Y, por favor, céntrese en lo que estamos haciendo.
—Antonin Dolohov asesinó a Fabian y Gideon Prewett. Thorfinn Rowle le acompañó* junto a otros tres mortífagos. Evan Rosier…
—Muerto —cortó una voz trémula. Sirius se giró y vio a Moody—. Se resistió al arresto.
—Oh. Nunca me cayó bien. Demasiado tempestuoso —dijo Karkarov—. Julius Travers participó en la masacre de los McKinnon. La especialidad de Mulciber es la cruciatus con la que doblega la voluntad de sus víctimas. Conozco a un sanador en prácticas que nos ofrece sus servicios, preparándonos las pociones que necesitamos y sanándonos después de nuestras batallas. Siempre parece agotado y nunca recuerda nada. No sé si eso es intencional o un efecto colateral.
—¿Cuál es el nombre?
—Rhys Wilson, un sangresucia —respondió.
La respiración se le esfumó y sintió algo burbujeando dentro de sí. Reconocía que Mulciber pudo obligar a Rhys a traicionar sus valores morales, pero ¿cómo se atrevía a utilizarlo como si fuera algo que no tuviera ningún valor? Se convenció de que tenía que permanecer sereno y de que no debía hacer un escándalo en el Wizengamot. Avergonzaría a la familia Black y desataría la furia de su madre en contra de él por algo que él mismo, por mucho que no quisiera, podía evitar. Buscaría a Mulciber y le demostraría su opinión al respecto; nadie se metía con sus amistades y se salía con la suya. No le importaba que los aurores hicieran su trabajo, él tenía que cobrárselas y lo iba a hacer.
—¿Algo más? —preguntó Crouch.
—Lucius Malfoy es un… —comenzó Karkarov. Iba a decir algo más, pero de pronto se enderezó y sacudió la cabeza—. Qué cabeza la mía. Los dos se ven similares en sus túnicas de gala. Me refería a uno de los socios de Lucius Malfoy, Gustav Nott. Él pertenece a nuestro círculo interno.
—Entiendo —dijo Crouch—. Si eso es todo lo que tienes para nosotros, revisaré los papeles y le informaré cuál ha sido la decisión de la Junta de Ley Mágica dentro de dos horas.
—Eso es todo —dijo Karkarov.
Nadie notó la sonrisa en el rostro de Sirius.
—&—
Alice tenía una veta a mamá gallina a la que ya se había adaptado.
Le daba pena ajena las pobres almas que intentaban escabullirse de la obstinada disposición de Alice a cuidar a los demás, en especial cuando la persona que se había lastimado era alguien a quién Alice estimaba. La primera vez que Remus se transformó en Hogwarts, Alice y Rhys le habían ido a visitar completamente preocupados por él. No era normal que un niño de once años simplemente tuviera una recaída que pareció casi matarle. Sirius lo notó cuando Remus regresó luego de que madame Pomfrey le dio alta. Se había recuperado, vaya que sí, pero parecía hacer un esfuerzo monumental por no desmayarse a cada paso que daba. Lo consideró una exageración durante unos meses hasta que sospechó. «No es normal», se decía. «Pero tampoco me incumbe a mí», se trató de convencer. Alice y Rhys pasaron por la misma situación, aunque desconocía cómo lo habían abordado. Eran mejores amigos que se contaban todo pero había detalles que ellos se omitían entre sí. Era prudente estando en una guerra y, más aún, en bandos contrarios.
El hecho de que Rhys era controlado por Mulciber se expandió rápido por el Ministerio de Magia. Sirius se apareció en la casa de Rhys y le borró la memoria a su amigo, asegurándose que el hechizo fuera lo suficientemente poderoso para que su mente no volviera a ser la misma. Dejó de ser una amenaza para los mortífagos y los aurores confiscaron todo libro que estuviera relacionado con las artes oscuras, y Rhys tenía muchísimos en su casa: recetas para pociones peligrosas e ilegales, ingredientes que ni siquiera podían ser obtenidos en el callejón Knockturn, caldero con váyase a saber qué a medio terminar e indicaciones incompletas. Todo lo que Rhys estuvo trabajando se perdió, literalmente. La oficina donde se había guardado se incendió de «manera misteriosa» y el caso quedó incluso. Fue el vástago de Crouch quien lo hizo, Bellatrix alabó su iniciativa mientras que Rodolphus y Sirius los ignoraron.
Rhys fue dado de alta de San Mundo hacía dos semanas. Él se quedaba en la mansión Longbottom por idea de Frank y para consternación de Rhys, a quien no le gustaba como si fuera un niño pequeño que no podía cuidarse de sí mismo.
—Yo le provoqué la amnesia —murmuró Sirius. Oyó un jadeo y no se atrevió a levantar los ojos del suelo—. Era eso o que los mortífagos lo asesinaran por ser una amenaza.
—¿En qué demonios estabas pensando? —gruñó Alice. Ellos estaban en el comedor de la mansión Longbottom y el almuerzo había sido olvidado—. Rhys no lo tomará bien.
—Alice…
—No, Sirius. Te sientes culpable por no haberle ayudado. Lo sé, yo también estoy así. Maldición, te aseguro que Remus se siente de la misma manera, pero ninguno hubiese hecho esto —dijo ella. Sirius frunció el ceño y entornó los ojos—. Enfádate lo que te venga en gana, menudo imbécil, pero tengo la razón. Mulciber está pagando por sus crímenes en Azkaban y ya no hay nada que podamos hacer. ¡Pero pudimos haberle ayudado a que se escondiera en el mundo muggle, como alguno de los nuestros lo han hecho durante años!
—Lo que no evitó que Parker muriera.
—Al menos ella cayó peleando como una guerrera —criticó Alice—. Y ni sé cómo esto afectará en su carrera. Un sueño truncado por algo que no ha sido su elección. Qué joder contigo, ¿tienes alguna idea del daño que posiblemente le has hecho a nuestro amigo? ¿Acaso te imaginas cómo será vivir sin tener noción de quién eres, qué has hecho, de las personas que te rodean o qué aspiras a ser en un futuro?
—Al menos Rhys está vivo —dijo Sirius—. He hecho más de lo que tú y tu patética organización han hecho en estos años. Vosotros nunca hubieseis podido proteger a uno de los suyos, por eso han tenido tantas bajas y gente inocente ha muerto sin que ustedes hicieseis algo al respecto. ¿O es que crees que no me enterado de lo que ha pasado a Aeryn Burke? Un noble linaje ha sido exterminado por juntarse con los de la clase indebida.
—Pero de qué vas… —Alice cortó su propia frase mientras maldecía entre dientes—. Sí, no somos perfectos. No somos el estándar de héroe invencible que siempre gana cada batalla en la que está con un movimiento de varita y sin recibir ni una sola herida. Sí, enterramos a los nuestros con una regularidad alarmante y quedamos muy pocos, y la esperanza de los que todavía están está empezando a flaquear. Y sí, algunas veces no sabemos qué hacer para poner fin a esta guerra. Pero por lo menos nosotros hacemos algo, a veces una estupidez, para asegurarnos que las futuras generaciones no conozcan lo que es estar en una guerra, vivir en una y no poder salir de casa sin preguntarte si será el último día de tu vida.
»Pero luchamos. Seguimos adelante. ¿Crees que Frank y yo no queremos criar a Neville sin temor a dejarle huérfano? —preguntó ella. Sirius no respondió—. Eso es lo que pensé. No me vengas con que la Orden no hace el trabajo porque no estás ahí. No, no te recrimino el que no lo estés, pero tampoco hables como si tú supieras todo por lo que tenemos que pasar sólo por leer lo que se publica en El Profeta.
—No seas tan dura con él —intervino Frank. Sirius se impresionó que Frank se incluyera, aunque luego pensó que tuvieron que ser más discretos si no querían que lo escuchara—. Creo que todos pasamos por lo mismo durante las primeras semanas, Alice. Black sólo hizo lo que creyó correcto; no fue del modo adecuado, pero lo protegió de la única manera que él conoce. ¿O ya se te olvidó que Moody y James nunca están de acuerdo en cada? Uno es demasiado temperamental y el otro demasiado obstinado. Los únicos que podían calmarles eran Dumbledore y Lily. Y, ocasionalmente, Fabián. Siempre fue el más relajado de los hermanos Prewett.
—Dímelo a mí. Todavía recuerdo las constantes quejas de Gideon sobre el condenado que le había quitado a su adorada hermana mayor* y que necesitaba conseguir un trabajo digno para darle la vida que Molly merecía. No conozco a Arthur pero creo que es un buen mago —dijo Remus—. Gideon lloriqueó tantas veces que Molly tuvo que encabronarse con para que él dejara a Arthur tranquilo. No sé si eso pasó.
—Yo voy a que Molly lo detuvo —dijo Frank—. Neville está con mamá. Ella es muy suave con él.
—¿Suave? ¿Augusta? —dijo Alice—. ¿Estamos hablando de la misma mujer?
—Créeme, sé cuándo mamá es suave con alguien —respondió Frank.
Remus le indicó que fueran hacia uno de los extremos del comedor con un movimiento de la cabeza. Sirius vio que los esposos estaban ocupados recordando el tiempo en el que empezaron a luchar como para darse cuenta de lo que sucedía, así que se escabulló mientras esperaba que Alice no se involucrara en lo que sea que Remus se propusiera. Se recargó contra la pared y esperó a que Remus iniciara la conversación; más para saber cuál era el tema en cuestión que por aprensión a meter la mata y que Remus acabara enfadándose con él.
La única razón por la que siguió la orden de su madre fue por la cabezonería de Narcissa; en caso contrario, no quería imaginar qué hubiera pasado.
—¿Qué pasa? —preguntó Remus. Sirius lo odió. De todos los momentos que pudo elegir para ser ambiguo, tuvo que ser éste—. ¿Te enteraste de lo que hizo Alphard Black?
—¿Qué hizo mi tío? —dijo Sirius, extrañado. Su tío Alphard siempre había cumplido con cada norma de la familia Black; entonces, ¿por qué lo había mencionado Remus? Su tío Alphard raramente hacía algo memorable, a diferencia de los escándalos provocados por su madre o los desaires de su tío Cygnus—. Vamos, Remus, no puedes dejarme así.
—Se enteró, no sé cómo, de dónde organizamos las reuniones del equipo y asistió cada vez que pudo —contestó Remus—. Tu tío Alphard tenía una actitud indomable. Cuando se decidía a hacer lo que fuera, no se detenía ante nada ni nadie para conseguir lo que quería…
—Me recuerda a Lucretia —interrumpió Sirius.
—Alphard escribió en su testamento, y cito: «dejo a este equipo una generosa cantidad de galeones para que cubran los gastos pertinentes». Todavía no sabemos qué cantidad es —siguió Remus—. No podemos cobrarla sin revelar que Alphard nos ayudó. Y tampoco podíamos entrar a Grimmauld Place sólo para decírtelo. «Nunca sabes quién o qué retrato está escuchando», o eso decías.
—¿Por qué…? —Sirius dudó. Sacudió la cabeza. No sabía qué ganaría diciéndoselo a Remus, pero alguien tenía que saber lo que él pensaba de esto—. Tío Alphard conocía las consecuencias. Y aun así lo hizo. No era el único que sabía lo que pasaría si se convertía en un traidor a la sangre. Iola, Andrómeda, Phineas, Cedrella, Eduardus… Todos ellos, ¿por qué? El único Black que no tuvo elección fue Marius, pero los demás sí. ¿Por qué lo hicieron?
—He estado pensando en ello y he llegado a la conclusión de que, para ellos, hay cosas aún más importantes que mantenerse en el protocolo y etiqueta de la familia Black. La manera en que mantienen la «pureza de sangre» es desheredándolos y borrándolos del tapiz para que las futuras generaciones Black estén al tanto de lo que sucederá —dijo Remus. Sirius quiso objetar—. No obstante, tiene un efecto inesperado. El más valiente, en mi opinión, es Eduardus. Él fue el primero en oponerse a la familia para buscar lo que más quería, con lo que más había soñado durante tanto tiempo. Luego Iola decidió que tomaría el riesgo y así sucesivamente hasta que llegamos a Andrómeda. Con excepción de Marius, como bien has dicho. Pobre chico, por cierto.
—¿Estás insinuando…?
—No digo que los que no han sido desheredados sean malas personas —prosiguió Remus—. El que defiendas a capa y espada lo que te han inculcado desde pequeño no te define. Mira a Narcissa Malfoy, que te ayudó incondicionalmente en Hogwarts. O a tu hermano menor. —Sirius bajó la mirada. Si tan sólo Remus supiera…—. Tu padre. O tú. Tú has tenido tus razones para ser el digno Black del que la señora Black siempre se ha quejado que no eres, para ser lo que los demás esperan de ti. Pero no es así. Tú no traicionarías a tus compañeros ni a riesgo de tu propia vida, a diferencia de Karkarov.
Sirius pestañeó repetidamente mientras que la mente se le iba quedando en blanco, cualquier respuesta que le pudo dar a Remus quedó anulada ante la incredulidad que se apoderó de él en cuestión de minutos. ¿En qué momento su mejor amigo dejó de ser ese muchacho con tan poca confianza en sí mismo y pasó a ser éste que le daba consejos de la vida y de cómo aparentemente le conocía mejor de lo que Sirius se conocía a sí mismo? No era posible que Remus estuviera tan seguro de sí mismo. No había ningún juramento inquebrantable que le obligara a dar su vida en pos del bienestar de alguien más. No tomar un riesgo innecesario era vital en la familia Black, algo que se hubiera impregnado muy bien en él de ser un Slytherin, y sabía que su madre desaprobaría que él estuviera pensando en ello.
Su querida madre. La mujer a la que no había soportado durante años y que, por una serie de circunstancias, se convirtió en el centro de su pequeño universo. Posó los ojos en el suelo y se comenzó a imaginar algunos escenarios en los que su madre estaba sola después de la muerte de Regulus y de su padre, en los que ella debía encontrar una manera para seguir adelante sin tener a nadie que estuviera recordándole que no estaba sola, ya sea con frases o con pequeños gestos cariñosos inesperados. Cerró los ojos con fuerza y las manos se hicieron puños. Su madre se hubiera dejado matar por la soledad y la desesperación por no tener a nadie que estuviera a su lado, sin importar lo mucho que alguien la hubiera ayudado.
Un momento, ¿alguien le hubiera brindado el mismo apoyo que le dio Sirius? ¿Alguien hubiera tranquilizado a su madre por las noches cuando ella se despertaba llorando y gritando «Regulus, no»? ¿Alguien le hubiera hecho ver que su padre no se había ido mientras que su madre lo recordara? Era probable que no; pese a que Narcissa estuvo ahí, ella tenía sus propias responsabilidades que cumplir para con la familia Malfoy y con el pequeño Draco. La única compañía que le quedaba a su madre era un elfo doméstico que todavía no dejaba de culparse por no haber protegido a Regulus. No lo podía culpar, no lo podía odiar; Sirius había fracasado como un hermano mayor. ¿Cómo se podía llamar a sí mismo uno cuando él seguía vivo y Regulus había muerto?
Intentó recordar las palabras de Lucius; sin embargo, la culpa era más fuerte que él.
Debió buscar al asesino de Regulus y desquitarse. Debió, pero no pudo. Esa era una opción que estaba completamente fuera de lugar. El Señor Tenebroso le había dado la misión a Regulus que lo mató y su hermano menor murió con honor. No había nada que Sirius pudiera hacer en contra de él. Tampoco podía contar las historias de las hazañas de Regulus porque no las conocía. Suspiró. Alice tenía razón: los aurores se esmeraban en la guerra, tenía un coraje incuestionable del que a veces se impresionaba; no obstante, mientras ellos se debilitaban, los mortífagos se fortalecían. Había más magos y brujas en los mortífagos que en ellos, había más bajas en los aurores que en los mortífagos. ¿Hasta qué momento los aurores mantendrían esa obstinación por luchar, por seguir arriesgándose no importa qué les lanzara la vida? ¿Hasta qué punto ellos aceptarían la derrota? ¿Hasta cuándo los escondites «seguros» les iba a asegurar la supervivencia? Eran muchísimos cabos sueltos. ¿Cómo podía creer que él podría formar parte de algo así? Él no podía usar ninguna de las Imperdonables, él no se jugaría el pellejo por cualquiera.
Pero el tío Alphard se opuso a la familia Black. Alphard Black se atrevió a dar una parte de la fortuna Black a los aurores y Alphard Black sería eliminado del tapiz familiar si alguien, como su madre, se enteraba. Ella no tendría ningún tipo de contemplaciones, aunque sea uno de sus hermanos. Se cruzó de brazos y vio por el rabillo del ojo a su mejor amigo, que le miraba a la expectativa. Él no podía darles los galeones que tío Alphard les prometió sin delatar a su tío Alphard. Su madre lo notaría y él se metería en un problema. O tal vez era demasiado cobarde para oponerse a los deseos y la voluntad de su madre, tal vez no quería contrariarla y que ella lo abandonara; su madre había pasado por mucho, ¿por qué sería un desconsiderado con ella? ¿Por qué sería un desagradecido con ella?
Remus le puso una mano en el hombro. Alzó la mirada y se dio cuenta de que Alice y Frank ya no estaban en el comedor. Volvió a suspirar, esta vez profundamente, se dejó caer al suelo desganado y apoyó la espalda en la pared una vez más. A veces, en días como hoy, no sabía qué hacer. No podía decir si había tomado las decisiones correctas o si había algo más que él pudo haber hecho.
—¿Hay mucho en tu mente para que le encuentres sentido? —dijo Remus sentándose en frente de Sirius. Sirius asintió—. He estado ahí durante años. Incluso ahora, que tengo una buena vida, en ocasiones me pregunto por qué parece que le falta algo.
—¿Extrañas estar en el campo de batalla?
—Sí. No siempre, pero sí. Lo hago —respondió Remus—. Los ayudé por meses, me encariñé con varios de los nuestros. Enterarme de sus muertes fue un duro golpe para mí, y empeoró cuando supe cómo murieron algunos. Parecen invencibles, pero son tan vulnerables como cualquier civil, incluyéndome a mí. Tú simplemente no puedes saber qué harás en tu último día, nunca sabes cuál será y cómo acabará. Lo único que deseas es que hayas dado lo mejor de ti y nada más, nada menos.
—Me gustaría entender…
—Ya lo haces, ¿qué te detiene?
—No sé, por eso te pregunté —gruñó Sirius.
—Tienes miedo de que todo cambie, de que tu pequeño mundo se desmorone y que tú seas el único culpable —dijo Remus—. Te aterra perder lo que te queda. Te culpas a ti mismo por algo no pudiste evitar; y, aunque quieres ayudar, te aterra descubrir lo que eso conllevará. No quieres que la única persona que es muy importante para ti se aleje de ti por una decisión tuya. Y no, no me refiero a tu madre aquí.
—Ya superé a Lucius.
—Por experiencia propia, y con esto me refiero por haber escuchado las historias de Peter, sé que un fuerte enamoramiento no es fácil de superar —dijo Remus—. No sé qué se siente, quizá nunca llegue a saberlo, pero estoy viendo algunas características de James en ti: culpa, miedo, desilusión, desesperación, pánico, pavor… ¿Quieres que siga?
—Entonces, ¿qué hago? No soy un guerrero —dijo Sirius—. Y no me vengas con que «haga lo correcto» porque eso no ayuda.
—Podrías cumplir con la voluntad de Alphard Black —propuso Remus. Sirius bufó—. Querías un consejo, te di uno.
—¿Te das cuenta del enorme disgusto que madre se llevará?
—Pero qué es más importante: ¿lo que tu madre piense de algo o lo que tú pienses de ti mismo? —preguntó Remus, retórico. Sirius enmudeció—. Tienes que responder. Ahora.
Sirius se quedó pensativo por segunda vez en lo que iba de la conversación mientras deseaba que ocurriera algo, lo que fuera, para no tener que expresar lo que estaba pensando. No podía decir que llevaba años haciendo lo que la gente esperaba de él porque no era así: él no se juntaba sólo con los magos de sangrepura, él no despreciaba a quién debía ser inferior a él, él no aborrecía a cada nacido de muggle que se cruzaba en su camino o tenía un gran problema en reconocer que a veces, o siempre quizá, se comportaba como un egoísta. Preocuparse por los demás no era malo en sí, pero se incomodaba cuando oía cómo todos a su alrededor se arriesgaban. Lo más arriesgado que había hecho era… Qué vergüenza que no hubiera una respuesta, no una que le hiciera inflar el pecho de orgulloso y querer gritar «sí, eso yo lo hice. ¡Y a mucha honra!» o que se lo susurrara a sus amistades.
—Yo… —empezó Sirius, vacilante—. No lo sé. Simplemente no lo sé. Quizá para este momento ya supiera la respuesta si hubiera tomado otra decisión en otro momento de mi vida, pero ya es demasiado tarde para que empiece a cumplir con los estándares que quien sea que los tenga para mí, ¿cierto? No es como si pudiera hacer borrón y cuenta nueva para ser quién ya debería ser, para ser algo más que el jefe de la familia Black que nunca parece decidir en qué bando está. No sé si lo habrás notado, pero es como si estuviera traicionando a mi familia por estar con vosotros y a vosotros por apoyar a mi familia.
Sirius suspiró, de nuevo. ¿Cuántas veces lo había hecho ya?
»No soy como tú, supongo. No es algo que yo pueda cambiar, ¿sabes?
—Creo que ya has tomado tu decisión —dijo Remus, sonriéndole—. No hay absolutos, sólo relativos.
—Entonces, ¿quieres que elimine a mi tío del tapiz? —preguntó Sirius—. ¿O que me una a los aurores?
—Estoy seguro que para tu tío sería un honor ser borrado del tapiz —dijo Remus— y respecto a lo otro, te lo he dicho antes y te lo digo ahora: no te crítico por no estar apoyándonos directamente en la batalla. No hay una regla escrita que diga que cada Gryffindor tenga que empuñar una varita en un campo de batalla para probar su valía. ¿Eso es lo que te preocupa? ¿No ser lo suficiente Gryffindor, no ser lo suficiente capaz para tener la sangre fría igual que la mayoría de tu familia?
Sirius asintió.
—No lo he querido reconocer, pero sí. Es algo que he oído durante toda mi vida: de nuestros compañeros, de mi familia. Incluso Narcissa debe opinar eso de mí, y sé que fue la única que me ayudó de verdad en mi primer año. Aparte de ti y Andrómeda, por supuesto.
—Lo último que Narcissa piensa de ti es que no vales la pena. No tengo que conocerla personalmente para decir cuándo alguien es de su agrado y cuándo no —aseguró Remus.
Sirius puso los ojos en blanco.
—Pues no lo parece. Ella y Andrómeda están muy peleadas todavía. Qué par de cabezotas el que me tocó.
—Teniendo en cuenta el tiempo que ha pasado y las experiencias que han tenido, es comprensible —dijo Remus—. Indígnate todo lo que quieras, pero no cambiarás la actitud de tus primas fácilmente. Son muy obstinadas para reconocer que se han equivocado por cuenta propia. Lo que puedo decir es que, si continúan así, necesitarán caer muy fuerte para aceptar que ninguna tiene la razón, o que la tienen parcialmente.
—No quiero que nadie más caiga —susurró.
—No cargues con un peso que no te corresponde —advirtió Remus.
—Lo sé… Lo empezaré a hacer —se corrigió—. Gracias, Lunático.
—¿Lunático?
—Si hubiera decidido acompañarte en tu transformación, aunque no sé cómo mierda lo hubiera hecho, te habría llamado así —respondió Sirius—. Para mantener tu secreto y porque suena genial.
—Un Sirius Black con tiempo para divagar da resultados inesperados —dijo Remus. Sirius negó con la cabeza con una sonrisa divertida en el rostro. Le habría enseñado la lengua, pero eso era muy infantil, hasta para él—. Te veré pronto, Canuto.
—¡Oye, que yo sepa yo no me veo como ningún perro!
—¿Tengo que recordarte que Kara accidentalmente te puso orejas de cachorro y que tú te negaste a ir a la enfermería porque querías dulces gratis, allá en segundo? —dijo Remus, riéndose entre dientes—. Te lo juro, creí que te quedarías así.
—Kara Murphy y Encantamientos no se mezclan —gruñó Sirius—. ¡Siempre le salían al revés!
*Thorfinn y Antonin son, por así decirlo, socios en mi headcanon.
**Ya que se desconoce quién es el mayor y quién es el menor de los hermanos Prewett, decidí que Molly es la mayor, Gideon es dos años menor que ella y Fabián un año menor que su hermano. Sí, Fabián y Gideon no son gemelos en mi headcanon. Busqué y busqué, pero no encontré nada que insinuara que eran gemelos.
Respecto a Karkarov… Bueno, creo que si él no hubiera ido a Azkaban, tendría esa actitud en el juicio.
