Harry Potter es propiedad de JK Rowling.
Capítulo VI: Reminiscencia
«No sé qué soy pero sé que soy diferente. Sin miedo a llorar ni a aparentar ser el más fuerte.»
Los sin nombre, Porta.
Diciembre de 1981.
Se convenció de que tenía que hablar con su madre antes que la semana terminara. Lo había postergado durante varios días ya que no sabía cómo debía darle la noticia. No importó que se devanara los sesos pensando en idear un modo para que ella no maldijera los objetos que estuvieran a su alrededor, el cabreo de su madre era inevitable. Supuso que ella iba a soltar toda la retahíla de insultos que conocía antes de borrar a su hermano del tapiz. Pese a que nunca fue cercana a ninguno de sus hermanos —ni a la mayoría de sus primos, con excepción de su padre y tío Cygnus—, sabía que iba a ser un golpe aún más fuerte para ella: Regulus murió, su padre pereció por una enfermedad y uno de sus hermanos decidió que iba a hacer lo correcto por una vez, una última vez quizá.
¿En qué momento Alphard Black comenzó a asistir a las reuniones de los aurores? ¿Y por qué nadie notó las ausencias de él? Si se parecía a las juntas a las que Sirius debía ir, se tuvo tardar algunas horas antes de ponerse de acuerdo en cómo acabar con los mortífagos, algo que todavía no habían conseguido. El Señor Tenebroso conseguía más territorio con cada día que transcurría, ya preveía que terminaría apoderándose del Ministerio de Magia. La ministra Millicent Bagnold hacía un trabajo decente manteniendo la esperanza de la población, pero eso no duraría para siempre. Llegaba un tiempo en que hasta las personas más positivas y obstinadas tenían que rendirse, en que ya no había otra opción más que aceptar la derrota. Eso le estaba pasando a los aurores y, aunque la ministra nunca estuvo en el campo de acción, no iba a ser la excepción. Algunos de los mortífagos estaban más capacitados y no poseían contemplaciones cuando se trataba de acabar con quiénes se oponían.
Jugueteó con la varita mientras que balbuceaba los posibles inicios de la conversación. Ser el portavoz de las malas noticias era una tarea que odió desde que asumió el patriarcado de la familia, pero alguien tenía que hacerlo. Se encontraba en el comedor de Grimmauld Place, un lugar que permanecía deshabitado a menos que fuera la hora de comer.
—Kreacher dice que tu andar errante por Grimmauld Place le impide limpiar —dijo su madre. Ella prácticamente se apareció casi causándole un infarto y dejó caer la varita al suelo. Si no le tuviera miedo, le hubiera dado una mirada fulminante. Además de, por supuesto, exigirle que dejara que canalizar a Bellatrix. Por los hongos de Merlín, a esa mujer le gustaba espantar sólo porque se aburría; de hecho, también lo hacía sólo porque se veían muy apacibles—. ¿Qué te pasa? Te crie mejor que esto.
—Descubrí que Alphard Black donó galeones a los aurores —se explicó Sirius rápidamente.
Su madre frunció el ceño y unió los labios con fuerza, hasta el punto en que se tornaron blanco. Una serie de platos, en el que se mostraban uno que otro evento importante en la historia de la familia Black, levitó desde los estantes y explotó uno por uno mientras que ella mancillaba la memoria de su hermano. ¿De esta manera ella reaccionaría si descubría que mantenía contacto con los aurores y no utilizaba la información para beneficio de los mortífagos? ¿Ella se decepcionaría de él por no estar aportando a la «noble causa» del Señor Tenebroso? No importaba que él los apoyara, él no aportaría nada al campo; aunque aprobó el ÉXTASIS de Defensa Contra las Artes Oscuras, no conocía ningún hechizo que no fuera mortífero. Bueno, con excepción de los que usaba para arreglar su habitación y ordenar el papeleo. Nunca confiaría en Kreacher para algo como eso, quien se las arreglaría para darle el doble del trabajo.
Sus amigos insistían en que no importaba que Sirius no se uniera, ¿decían la verdad o sólo intentaban que tuviera un ataque de culpa desmedida?
Después de todo, Rhys sufrió por su culpa. El hechizo que le lanzó impedía que él recordara pequeños detalles: a qué temperatura debía calentarse el caldero, cuál era el movimiento de varita para contrarrestar una maldición, qué planta se usaba para tal poción… Alice siempre tuvo la razón. Debió pensar antes de actuar, debió preguntarle a Rhys qué elegía. Era un imbécil. Se suponía que quería ayudarle, por eso hundió a Gustav Nott, pero acabó estropeándolo todo.
—Sólo queda una cosa por hacer —declaró ella.
Asintió y acompañó a su madre hacia la habitación en la que se encontraba el árbol genealógico, se mantuvo en silencio mientras que su madre eliminaba a su propio hermano, a una de las personas por las que estuvo tan desconsolada, del tapiz. En teoría, era la evidencia de que Alphard Black nunca más sería considerado como parte de la familia y la sangre se mantendría pura para las futuras generaciones. ¿Qué tan cierto iba ser? Nunca faltaría aquel Black que les daba la espalda por buscar aquel sueño, aquel futuro, aquel ideal o aquella persona que era más importante que todo lo demás.
No se atrevió a comentárselo, ¿qué iba a cambiar? ¿Acaso iba a hacer alguna diferencia que Sirius ya no estuviera tan seguro del rol que cumplía en Grimmauld Place? Era cierto que era el encargado de tomar las decisiones imperativas que concernían al bienestar familiar, pero sentía que eso era insuficiente. Quería ayudar a sus amigos con algo más que palabras de aliento o visitas a sus respectivos domicilios, quería estar seguro de que finalmente había hallado un sitio al que pertenecía sin que los demás cuestionaran sus lealtades. Suspiró y vio que su madre se marchaba de la habitación, sin mirarlo en ningún momento. ¿Hizo lo correcto? Un momento, sí lo había hecho; entonces, ¿por qué sentía que tuvo que hacer algo más? ¿Tuvo que eliminar personalmente a Alphard Black del tapiz, debería darle los galeones a los aurores…? Ellos habían llegado lejos sin el finamiento de los Black, ¿para qué lo iban a querer, a necesitar ahora?
¿Y por qué le dolía la cabeza cada vez que se ponía a pensar en esto?
Se quedó observando el árbol genealógico durante minutos y supo que nunca más podría mencionar a Alphard Black sin que fuera un recordatorio del «error» que él había cometido. Se repitió que ella lo acabaría descubriendo en algún momento y que le había hecho un favor comentándoselo, lo que más molestaba a su madre era que la gente creyera que era una estúpida a la podían jugársela una y otra vez, y pretender que ella no sospecharía. Tomó varios mechones de su cabello —corto, no largo como lo anduvo en su juventud— y los jaló con fuerza, ignoró el punzante dolor que apareció y contuvo lo que iba a ser un grito de frustración mezclada con ansiedad.
Se tardó varios minutos en relajarse, pero cuando lo hizo decidió que debía dar un paseo por el callejón Diagon antes que fuera a hacer lo que sea de lo que acabaría arrepintiéndose.
—Ten cuidado por dónde vas —le espetó al mago con el que chocó. Fue culpa de los dos, pero no estaba de humor para pedir disculpas. Le dio la impresión de que lo había visto antes, pero no conseguía recordarlo. Lo más que destacaba era los anteojos desalineados que usaba y el anillo de oro que andaba en el dedo corazón—. No puede ser. ¿Potter?
—¡Cuantísimo tiempo de no vernos, Sirius! —dijo la voz de sus pesadillas. Entornó los ojos cuando se topó con la sonrisa excesivamente amistosa de él. Le trataba como si fueran amigos reencontrándose en lugar de rivales del colegio que nunca pudieron apartar sus diferencias—. Veo que todavía eres esa alma libre fiestera.
—A diferencia de ti, ¿con quién te casaste? —preguntó Sirius.
—Jessica Dalton. Gideon bromeó de cómo me conformé con la mejor amiga de mi amorío de la adolescencia —respondió él. Sirius notó su tristeza cuando mencionó a Gideon, pero Potter se recompuso—. ¡Estoy a punto de ser padre!
—¿Y me lo dices por qué…?
—¡El mundo tiene que saber que hay nuevo o nueva Potter en camino!
—Uno era suficiente para mí. ¿Y qué piensa Evans de todo esto? Ella odió tus entrañas hasta la graduación.
—Sí, respecto a eso… —Hubo una pausa algo larga. Sólo se apartaron de la mitad del camino cuando uno de los transeúntes les gritó—. Cuando Lily y yo nos unimos a los aurores, hicimos varias misiones en conjunto y, por efecto dominó, conocimos más detalles del otro de los nunca supimos mientras estábamos en el colegio. Eso, y que nos pareció estúpido mantener una rencilla del colegio cuando nos jugábamos nuestras vidas constantemente. Perdí la cuenta de la cantidad de veces que Lily me salvó o de las veces que la apoyé cuando ella creía que estaba perdiéndolo todo. Creo que puedes decir que al final nos hicimos amigos y ella aprobó que Jess y yo estuviéramos enamorándonos. Jess, por cierto, no es auror.
»¿Y puedes creer que Jess y Snape son los padrinos de Harry? Por amor a nuestra amada flor, Snape y yo no hicimos una rabieta de magnitudes catastróficas cuando nos enteramos.
—¿«Amada flor»?
—Lily fue tan importante para mí como lo fue para Snape. Ambos hubiéramos hecho hasta lo imposible para que ella sobreviviera esa noche; y sí, eso incluye morir en su lugar. Pero no sabíamos que él la atacaría y todavía no sabemos por qué lo hizo. Probablemente sólo quiso quitarla del camino, igual que a Marlene… —dijo Potter y bajó la mirada. Sirius alzó una ceja—. Al menos Noah llegó a tiempo para rescatar a Harry antes que la casa se demoliera por completo.
—Has madurado más de lo que pensé. Bravo por ti, Potter.
El otro bufó.
—Bueno, bueno. ¡Ha sido suficiente de mí! ¿Y qué hay de ti, Sirius?
—Nunca creí que viviría para ver el día en que James Potter reconociera que ha sido suficiente de él. Debo estar soñando… Espero, esta debe ser una pesadilla porque tú estás aquí.
—Y yo que soy cordial contigo y tú me vienes con esto… —refunfuñó Potter como un niño pequeño. Sirius sonrió—. ¡Lo haces a propósito! ¡Ya sabía que sólo lo haces para llevarme la contraria*!
—No lo hago —contradijo Sirius recordando que, allá en primero, le confirmó a Remus que sí lo hacía ya que era divertido ver a Potter haciendo rabietas. Ignoró la vocecita molesta, parecida a la de Remus, que le insistió que no era divertido para él.
—¿Por qué no quieres ser mi amigo?
—Te aseguro que si tú y yo fuéramos amigos, igual te molestaría —respondió Sirius. Se quiso matar cuando vio una amplia sonrisa aparecer en el rostro de Potter, como si finalmente obtuviera el regalo que tanto deseó de niño—. Que no se te suba a la cabeza. Te lo advierto. No tengo tiempo para una de tus escenitas.
—Demasiado tarde —canturreó Potter.
Sirius resopló. La conversación se trasladó al Caldero Chorreante, el cual tenía un ambiente más sombrío de lo habitual. Conforme la guerra fue empeorando a través de los años, el Caldero Chorreante perdió el atractivo y se convirtió en el lugar donde se daban las malas noticias o donde los magos intentaban pasar un buen rato aunque eso fuera imposible. Uno nunca podía saber cuándo sería el día en que los mortífagos y aurores volverían a internarse en el Caldero Chorreante en medio de sus peleas. Para ser justo, no fue intencional; al menos, no de parte de los aurores. Todo, absolutamente todo, parecía desmoronarse y se veía impotente para hacer nada. O, ahora que se había dado cuenta, se sentía como un incompetente.
El James Potter que conoció fue el campeón de Fleamont Potter y el caballero galante de Euphemia Potter. Todo lo que él quiso, lo obtuvo: desde la escoba más reciente hasta la poción que necesitó para bromear con los de Slytherin, quienes eran sus víctimas habituales. «Papá me dijo que no tenía que comprar una poción ilegalmente. Sólo tengo que pedírselo y él me preparará», le dijo Potter a Pettigrew en cuarto año. No recordaba qué fue lo que hizo el «dúo problemático» —como Anaïs los solía llamar— pero sí que fue lo suficientemente grave para que ambos acabaran en la oficina de Dumbledore en lugar del despacho de McGonagall. La verdad sea dicha, Potter le aseguró a McGonagall que Fleamont Potter lo castigó severamente y, por la forma en que lo miró, no se lo creyó. La señora Pettigrew, en cambio, le prometió a su hijo que hablarían de eso cuando él regresara a casa.
Sacudió la cabeza y prestó atención a Potter. «No imaginas lo emocionadísimos que están mis padres. Dicen que esta es la quinta vez que han recibido una noticia maravillosa». Potter se quedó en silencio mientras sonreía con cariño mezclada con nostalgia.
—¿Y cuáles son las otras cuatro?
—Descubrir que mamá se embarazó, mi nacimiento, mi graduación y mi boda —respondió Potter. Sirius se cruzó de brazos y pensó que Potter era tan engreído como su versión adolescente—. Tal vez para ti no sea nada, pero para ellos lo es todo. Corrección: para ellos yo lo soy todo.
—Supongo —concedió Sirius.
—¿Te enteraste de lo que le pasó a los Nott? —dijo Potter. Sirius fingió ignorancia—. Nunca imaginé que Gustav fuera un mortífago. Siempre pensé que era del tipo «perro ladrador, poco mordedor» como Alyssia Green. Al menos el pequeño Theodore todavía tiene a su madre.
—¿No se supone que eres auror?
—Lo soy, pero algunos mortífagos no se quitan la máscara. Eso, y que a veces parecen ilocalizables aunque hagamos redadas.
—Sólo por curiosidad, ¿crees que alguien es cobarde si no ayuda en nada en la guerra?
—Uh… —dijo Potter. Luego un brillo de comprensión apareció en sus ojos y pareció confundido por unos minutos—. Honestamente, no. Cada quién elige qué luchas pelear aunque… Escúchame, Black. No soy del tipo consejero, y nunca lo seré, pero si realmente piensas que deberías estar haciendo algo, hazlo. El que le preguntes a todo el mundo qué es lo que opina sólo lo retrasa. Y si realmente crees que no aportarás nada, no lo hagas. Puede que sí lo consigas al final, pero con esa mentalidad tuya sólo serás un obstáculo y nadie necesita eso.
—Supongo que tienes razón.
—¿La tengo? ¿Tú me estás dando la razón a mí?
—Tampoco puedo creer que lo haya dicho, pero el daño ya está hecho —dijo Sirius. El otro sonrió divertido—. ¿Qué?
—Míranos ahora: conversando civilizadamente en vez de tratar de matarnos. No creí que esto pasaría después de todo este tiempo. Creí que estábamos destinados a ser enemigos mortales, como Snape y yo.
—Para ser honesto, no te odié. Te detesté. Viéndolo en retrospección, nunca hubo una razón válida para que nos distanciáramos ni en primero ni en los años subsecuentes.
—Éramos estúpidos, éramos niños —añadió Potter—. Odié a Snape por insultar a Gryffindor, luego el odio se volvió mutuo y fundamentado.
—¿Le dices «fundamentado» a que Snape te aborreciera después de que le enviaste aquella falsa carta de amor a Evans y que aprendiera cómo ponerte aquellos cuernos que nadie supo cómo quitar? Y lo peor no fue eso: maldijo tus libros para que su lectura fuera imposible, estropeó tus redacciones de mil y una maneras, ideó una manera para que tuvieras una verdadera razón para volver a dormir con la vela encendida por un mes, destrozó la sección de la biblioteca justo en la que tú te encontrabas… Para estar en cuarto, me sorprende que Snape supiera esos hechizos.
—Nah. Yo tampoco me quedé atrás: lo engañé para que fuera a la Casa de los Gritos en Halloween, mi poción «accidentalmente» explotó y mutó en un murciélago humanoide, lo tiré por las escaleras algunas veces, le escondí la mochila tantas veces que me aburrí, le teñí el pelo de escalarla, choqué una vez contra él en medio de un partido de quidditch…
—«Perdí el control de mi escoba» es una excusa tan patética como repetitiva. ¿Cómo te creyó?
—McGonagall no lo hizo y no pudo probarlo —dijo Potter con una sonrisa socarrona—. Tú también fuiste un bromista. Me inspiré en algunas de tus ideas.
—Imitador.
—Quizá sí, quizá no —desestimó él—. Después de esa carta de amor, yo me enamoré. No recuerdo cómo pasé de hacerle bromas a desvivirme por ella, pero sucedió. Esperé un año para decírselo y, cito, «¿Cuántas veces tengo que rechazarte? Prefiero salir con el calamar gigante que contigo, James Potter». Luego ocurrió el incidente de quinto año y no volvió a prestarme atención, ni siquiera para decirme que dejara de molestar a Snape.
—¿Qué parte de «tú no vales la décima parte de mi tiempo» no entendiste?
—No creí que fuera en serio. Por cierto, ¿qué vas a hacer?
Sirius se demoró en contestar.
—Me gustaría unirme a ustedes —susurró. No tenía que dudar, debía actuar—. Quiero pelear lado a lado contigo. Quiero su caída. Quizás no rompió a mi familia pero, a causa de él, mi hermano murió. Quiero mi venganza. Me convertiré en un auror si es necesario.
—No es necesario que te conviertas en… ¿Sabes qué? Ven conmigo. Pero tienes que hacer una promesa: tú no tienes permitido decirle esto a nadie bajo ninguna circunstancia. Y tenemos nuestras maneras para hacer que hagas eso.
—¿Confías en mí?
—No lo sé, ¿confiaste en mí cuando pediste mi punto de vista?
—Por segunda vez en tu vida, tienes la razón.
*Esto es por una escena que apareció en el capítulo VIII de Principios semejantes, gustos opuestos.
