Recorrió con su vista la oscura habitación, la reconocía, era suya. Inhalo profundamente, manteniendo el aire en sus pulmones durante varios segundos. Tras repetir esta acción varias veces logro normalizar su respiración. Pero, las manos aun le temblaban, llevo una de ellas hacia su frente y la arrastro a lo largo de su rostro con frustración. Se encontraba completamente bañado en sudor.

- El mismo sueño, otra vez – susurro apretando las manos con fuerza. Aunque tal vez llamarlo sueño no era la palabra adecuada. Pesadilla sería más acertada. Recuerdo seria la manera correcta.

Un suave movimiento a su lado encendió todas sus alertas. Por reflejo salto de la cama alzando sus brazos preparado para el combate. Pero al localizar al culpable de su susto se relajó completamente. Soltó un suspiro de alivio al reconocer el cabello castaño y la figura femenina que se encontraba recostada en su cama.

¿Qué hacia Mimi en su cama? ¿En qué momento había llegado allí? La guarida tenía cuatro habitaciones, y si bien una era ocupada por los Digimon y otra por él. Aún quedaban dos habitaciones restantes. Sora y Yamato eran pareja, no sería descabellado que durmieran juntos. Incluso sino lo hicieran, sería más común que ambas chicas compartieran habitación ¿Verdad?

- Princesa – llamo acercándose a la cama y sentándose en un borde – Mimi – volvió a llamar, esta vez, elevando su tono de voz. Aun en la oscuridad de la habitación alcanzo a vislumbrar una pequeña sonrisa en la chica – ¿Tengo que despertarte como en los cuentos? – susurro en su oído, se alejó rápidamente cuando la chica se incorporó de golpe, quedando de rodillas en la cama.

- ¿Lo sabias? – pregunto mientras lo observaba de manera acusadora.

- Sonreíste – respondió alzando los hombros para restarle importancia. Se cruzó de brazos - ¿Qué haces en mi habitación? –

- No lo recuerdas – Taichi alzo una ceja, ella se llevó una mano al pecho mientras ponía un rostro de dolor – Esa fue mi primera vez –

Se congelo antes sus palabras. Había pensado unas cuantas respuestas que podía darle, pero jamás en esa. Trago en seco mientras comenzaba a maldecirse a él mismo, estaba seguro que los colores se habían subido a su rostro. Pero entonces lo noto, la leve sonrisa de travesura de Mimi.

- ¡No es gracioso¡ - apretó los dientes cuando la castaña soltó una carcajada. Bueno, al menos para él, no lo era. Una sonrisa cruzo su rostro, dos podían jugar ese juego. Aprovechando que la chica estaba demasiado distraída riendo y que sus ojos estaban cerrados. Rodeo la cama hasta quedar a su lado, antes de que tuviera tiempo a reaccionar le dio un leve empujón, logrando que cayera de espaldas en la cama. Mimi soltó un pequeño grito de sorpresa, pero antes de darle tiempo a reclamar, Taichi ya se había posicionado sobre ella – Podríamos hacerlo realidad – susurro en su oído mientras llevaba ambas manos de la chica por encima de su cabeza y colocando una de sus rodillas entre las piernas de ella. Solo unos pequeños centímetros separaban sus cuerpos, el castaño agradecía internamente que ambos estuvieran vestidos o la broma se le saldría de control.

- Tai-chi – susurro entrecortadamente mientras intentaba zafarse del agarre inútilmente. Era obvio que el chico que podía enfrentarse a los Digimon era más fuerte que ella. Quería gritarle que se apartara, pero los nervios de tenerlo tan cerca, le jugaban en contra.

- Me encantaría escuchar mi nombre salir de tu labios – el castaño descendió lentamente mientras pegaba sus cuerpos. Mimi podía sentir la respiración del chico bajando por su oreja hasta detenerse en el cuello – Podríamos inundarnos en gritos de placer – le dio un suave mordisco en el cuello, pudo sentir como ella se tensaba bajo su cuerpo – En este mismo momento –

- De-ten-te – fue un susurro apenas audible pero Taichi sonrió victorioso. Con un pequeño impulso el castaño dio un salto quedando de pie a unos metros de la cama.

- Está bien – puso una sonrisa de superioridad al notar el rojo rostro de la chica frente a él. No sabía si por furia o vergüenza, o ambas – Tranquila. Solo bromeaba – alzo ambas manos en son de paz. Pero supo que había llevado la broma demasiado lejos cuando la chica apretó los dientes y le apunto con una almohada.

- ¡Eres un idiota! - si bien el golpe de la almohada en su cara no le había dolido en lo absoluto. Probablemente debería esquivar ese zapato que Mimi tenía en la mano.

- Oye, tú empezaste – reclamo esquivando varios objetos voladores no identificados. A medida que más y más objetos eran lanzados hacia él, se preguntó de dónde los sacaba. Pero no se quedaría a averiguarlo, con agilidad alcanzo la puerta de la habitación – Te vez linda incluso cuando te enojas – agrego antes de salir de habitación, pero no alcanzo a esquivar el ultimo objeto. Un libro, pero si él no tenía libros en su habitación.

Decidió restarle importancia mientras ingresaba al baño. Incluso dentro de esa pequeña habitación podía escuchar los insultos de Mimi hacia él. Lo admitía, se había pasado con su broma, pero no pudo resistirlo.

Su idea inicial era acorralar a la chica, ponerla nerviosa y luego liberarla. Pero cuando la tubo bajo su cuerpo, su lado impulsivo salió a flote. Su sonrojado rostro, sus labios moviéndose frenéticamente intentando articular palabras, el roce de sus pechos contra el suyo, el involuntario movimiento de cadera. No pudo evitar dejarse llevar, sabía que ella no fue consciente de lo que provoco en él. Y ni el mismo lo había sido, hasta que noto que había mordido su cuello. Fue en ese momento que su, inoportuno, sentido común despertó.

Perfecto, tenía un problema, no podía permitirse dejarse llevar por su instinto cerca de Mimi. Aun podía sentir la suavidad de su piel, golpeo la cabeza contra la pared. Tenía que alejar sus pensamientos de ella.

Una ducha bien fría lo resolvería, o al menos resolvería su segundo problema.

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Al menos la ducha fría le había servido para relajar sus músculos. Porque no había podido dejar de pensar en Mimi, lo que era peor, pensar en ella le traía otros recuerdos. Su largo y sedoso cabello rubio, sus brillantes ojos verdes, su radiante sonrisa, su blanca y suave piel. Testaruda, sincera, fuerte, ruidosa. Pero siempre dispuesta ayudar a los demás. Jamás podría terminar de agradecerle todo lo que hiso por él. Y aun recordaba la última vez que la vio, aquel día que compartieron, solo ellos dos.

Taichi le dio otro cabezazo a la pared más cercana. Necesitaba dejar de pensar en Mimi, dejar de pensar en ella. O necesitaría otra ducha fría.

El sonido de su estómago sonó, como un pequeño salvavidas. Comer lo distraería, la comida siempre lograba calmarlo. Pero tal vez el universo conspiraba en su contra. Al llegar a la barra que daba a la cocina noto que no era el único con apetito. Del otro lado de la barra se encontraba Sora. Demasiado concentrada en su tarea de cocinar, como para notar su presencia.

Sin desearlo al tomar asiento, provoco que la silla rechinara contra el suelo. Sora se giró sobresaltada, sino fuera por el hecho de que él estaba vivo, creería que ella había visto un fantasma. Se había tornado excesivamente pálida y las piernas comenzaban a temblarle.

Taichi suspiro por dentro, si bien le sorprendió el hecho de que Mimi le tratara exactamente igual, no podía esperar los mismo de Sora y Yamato. No después de sus palabras. La recorrió con la mirada de pies a cabeza, ya no eran solo sus piernas las que temblaban, sus manos también habían comenzado a hacerlo.

- Buenos días – saludo Taichi mostrando una leve sonrisa. No le gustaba el hecho de que ella le tuviera miedo, pero lo comprendía. Además, le resultaba bastante beneficioso, si le temía tal vez podría obligarla a regresar al mundo humano.

- Taichi – fue apenas un audible susurro y la voz le había temblado un poco. El castaño alzo una ceja cuando ella se paró firmemente y se giraba dándole la espalda – Enseguida te sirvo el desayuno – su voz había dejado de temblar, pero Taichi podía notar que todos los músculos del cuerpo se encontraban tensados.

- Gracias – el chico se limitó a verla preparar la comida, si ella no deseaba interrogarlo, no sería él quien se lo sugiriera. Después de todo si podía evitar responder decenas de molestas preguntas, lo haría sin dudarlo.

Por los siguientes minutos, Taichi se limitó a observar con detalle cada uno de los movimientos de la pelirroja. Podía asegurar que su sola presencia le ponía los pelos de punta a la chica, cada pequeña acción que ella hacía, ya sea mover un plato o cortar un trozo de carne, era lento y rígido. Y el hecho de que él tuviera su mirada clavada en su espalda, obviamente no le ayudaba.

- Aquí tienes, debes estar hambriento – la chica dejo frente al castaño una bandeja que contenía, tres tiras de pescado frito, una pequeña porción de arroz y un bol con sopa de miso.

- Buen provecho – susurro juntando sus manos agradeciendo la comida. Mientras él se limitaba a saborear su desayuno. Sora le observaba con una suave sonrisa.

Taichi estuvo a punto de preguntar la razón de su sonrisa, pero al observar sus ojos lo comprendió. Sora siempre fue su mejor amiga, la conocía demasiado bien. Aunque su mirada estaba sobre él, realmente no lo estaba mirando. Por sus ojos soñadores estaba seguro que estaría recordando algo. Probablemente algo de su infancia.

- ¿Qué es lo que piensas? – sin poder retener su curiosidad, termino por preguntar. Sora dio un pequeño saltito, realmente estaba metida en sus pensamientos.

- Solo recordaba – ella soltó un largo suspiro, luego volvió a centrar su vista en él - ¿Cuándo comenzamos a dejar de desayunar juntos los domingos? –

- Así que era eso – susurro algo pensativo, pero si tenía que poner en el momento que dejaron de hacerlo – Cuando comenzó a gustarte Yamato – Sora retrocedió un paso ante el tono áspero del castaño, ¿Qué si sentía abandonado? Pues claro. Él también había tenido atracción hacia alguna que otra chica, pero jamás puso a nadie sobre su mejor amiga, ella en cambio. Era otra historia.

- Taichi, yo… - sus palabras murieron ahogadas en su garganta ante la fría mirada del chico.

- No necesito disculpas. Lo hecho, hecho esta – Taichi pensó que tal vez había sido algo rudo, pero esa era su forma de pensar – Gracias por la comida – dejo los palillos sobre la bandeja y volvió a juntar sus manos agradeciendo la comida. Se puso en pie dispuesto a buscar algo con que distraerse, antes de ser detenido por un leve jalón a la manga de su camiseta.

- Taichi… tu… en verdad… -

- No lo digas – respondió Taichi. No se giró para encararla, tampoco necesitaba que ella completara la frase para saber lo que iba a preguntar – Sino quieres escuchar la respuesta, no preguntes –

- ¡No puede ser verdad! - no se sorprendió ante su grito, conocía sus reacciones cuando ella no podía controlar sus emociones - ¡Mírame, Taichi! - suspiro con resignación, antes de girarse en su dirección, no sabía en qué momento ella había rodeado toda la barra y ahora eran solo unos centímetros los que lo separaba - ¡Dime que no es verdad! - pidió Sora observando a los orbes chocolates del chico, pero este solo esquivo su mirada. La pelirroja se llevó una mano a la boca, que le esquivara la mirada solo significaba una cosa - ¡Me niego a aceptarlo! -

- ¡Esta es la realidad! - Taichi golpeo con fuerza la barra de la cocina, tal vez se estaba pasando en su actitud, pero ellos debían entender las cosas. De reojo pudo notar como sus gritos habían atraído a sus dos compañeros. Podía notar la mirada dolida de Mimi y la furiosa de Yamato; al menos los Digimon les habían dado cierto espacio al no estar allí – Si quieres negarlo. Adelante, hazlo. No seré yo quien te detenga – El mismo se había negado a aceptar esa verdad, pero era más fácil aceptarla y seguir adelante. O al menos eso creía – Pero esta es la verdad. Agumon está muerto, yo lo mate. Y el Taichi que ustedes conocieron murió junto con él – sin darles tiempo a responderle o a detenerle el castaño se encamino con velocidad hacia la salida. No pondría excusas estúpidas como que necesitaba estar solo, o que ellos necesitaban tiempo para entenderlo. No era tan hipócrita para darse excusas a sí mismo. Simplemente estaba huyendo.

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Había corrido a toda velocidad lo más lejos que pudo durante varios minutos. Se recostó en el árbol más cercano para intentar regular su respiración. Incluso si lo siguieran se había alejado lo suficiente para que tardaran en encontrarlo. Aunque esperaba que no se arriesgaran a hacerlo.

Ahora que se encontraba solo por fin podía respirar tranquilo. Necesitaba eso, estar solo. Cuanto tiempo tardarían en recapacitar y entender que debían regresar. Ese mundo ya no era seguro, era demasiado cruel. Esperaba que fuera pronto, antes de que sea demasiado tarde.

Antes que terminaran muertos. O peor. Que terminaran como él.

Aunque eran sus amigos y los adoraba con toda su alma. Tenía que sacarlos de ese mundo, por las buenas o las malas. Prefería que fuera por las buenas, que ellos entendieran el peligro y se marcharan.

Se odiaría a sí mismo, más de lo que ya lo hacía. Pero si no lo aceptaban pronto, tendría que usar su última opción. Regresarlos por la fuerza.

¿Por qué la noche anterior había aceptado que se queden? Simple, los estaba probando. Quería comprobar que tan fuerte era su deseo de ayudar. Desgraciadamente, era uno muy grande. Les había revelado toda esa información con el fin de que se arrepintieran, pero no había funcionado. Incluso la verdad de Agumon, no funciono.

Cierto es que ahora, tenían muchísimas dudas sobre él. Pero podía asegurar que aun así, se quedarían.

¿Por qué se quedaban aun sabiendo el peligro? Por mucho que lo pensara solo se le ocurría una respuesta. Amistad. Esa misma amistad que los llevo a superar todos sus obstáculos y enemigos en el pasado. Pero esta vez, la amistad no era suficiente.

Lo había comprobado de la peor manera. Su estúpida confianza en el poder de la amistad, le había llevado a perder todo. Le había llevado perder a Agumon y su propia humanidad.

Alzo la vista al cielo en busca de una respuesta ¿Cómo los alejaría? Una pregunta demasiado difícil de contestar. Principalmente porque actuaban exactamente, como lo habría hecho él.

Un repetitivo pitido lo saco de sus pensamientos. De su bolsillo saco su Terminal D, era una suerte que pudieran crear uno para él. Taichi alzo una ceja ante el mensaje que se mostraba en pantalla. Andromon rara vez contactaba con él, solo en casos de emergencia o que le necesitaran para algo.

- Que raro – susurro comenzando a leer el contenido con algo de duda. A medida que sus ojos se paseaban por el texto, su expresión comenzó a cambiar. Su rostro se debatía entre la impresión y el pánico – Maldición. Esto es malo, muy malo – En un parpadeo se puso de pie, invocando las botas de su armadura War, emprendió la carrera.

Si lo que Andromon decía era cierto, le quedaba poco tiempo.

/

Al abrir la puerta de la guarida subterránea lo supo. Ya era demasiado tarde, todas las alarmas estaban encendidas.

Se acercó titubeante hacia la mesa en el centro de la sala. Todos los demás ya se encontraban allí y se sorprendieron de verlo; con el incesante ruido de la alarma no lo habían escuchado entrar.

Pero el más sorprendido era él. El mapa digital que se mostraba ante sus ojos, rogaba que estuviera fallando. Ese punto rojo, ese enorme punto rojo. Jamás había visto uno tan grande, esa concentración de datos, tenía que ser un fallo, era irreal.

- Taichi – el castaño dio un respingo al ser tomado por los hombros, alzo su vista encontrándose con Yamato que lo observaba con preocupación - ¿Qué está sucediendo? –

Taichi los miro uno por uno, sus expresiones eran confusión en estado puro. Excepto Veemon, solo él sabía el peligro que representaba aquel punto en el mapa.

- Tenemos que irnos – pronuncio intentando recuperarse, tal vez aún tenían tiempo de huir. Todos comenzaron a mirarse entre ellos - ¡AHORA¡ - ordeno alzando la voz hasta su punto máximo. Taichi corrió hacia la entrada, espero hasta que ya todos pasaran a su lado corriendo para girarse, observo por última vez el lugar – Sé que te encantaba este lugar Agumon, lo siento – susurro con un nudo en la garganta. Apretó los dientes echándose a correr. Nuevamente le había fallado.

Un par de minutos después todos ya se encontraban dentro del ascensor. Taichi fue el último en entrar, apretó el botón repetidas veces antes que las puertas se cerraran. Se giró encarando a sus compañeros, seguro tenían muchas preguntas y la preocupación se reflejaba en sus rostros – Escúchenme bien, ahora no hay tiempo para las explicaciones. Pero cuando salgamos nos dirigiremos hacia la zona sur, por el paso a través de la montaña, directamente hacia la base central – sin dar lugar a reclamos volvió a girarse, lamentaba no poder explicarles la situación, pero una pregunta llevaría a otra y no había tiempo que perder. Maldecía internamente que el ascensor tardase tanto.

Sentía el nudo en su garganta crecer más y más a cada segundo, nunca ese pequeño trayecto en elevador se le había hecho tan largo. Comenzaba a respirar pesadamente. El mensaje de Andromon aún se repetía en su cabeza.

La fortaleza del norte había caído, o al menos eso creían, pues no habían podido contactar con ella en un par de días. Esa fortaleza era la única que protegía de manera directa su territorio. Se encontraba a unos 5 días a pie, entonces ¿Cómo un Digimon de ese poder ya estaba tan cerca de él?

Golpeo una de las paredes con rabia. Como había podido ser tan estúpido, era tan obvio. En la última semana había luchado con alrededor de doce Digimon perfeccionados. Si bien las fortalezas no podían proteger todo el límite del territorio aliado, y algunos Digimon lograban colarse, era inusual. Era un idiota, había tenido casi dos batallas por día; la fortaleza había caído hace tiempo.

Había pecado de estupidez y exceso de confianza.

Miro de reojo a su alrededor y pudo notarlo, todos se encontraban temblando y lo comprendía. Él también lo hacía, solo rogaba tener unos minutos de ventaja.

El elevador se detuvo y las puertas comenzaron a abrirse lentamente. Suspiro pesadamente en un intento por relajarse a él y a su cuerpo. Aunque mínimo había resultado, sus músculos seguían tensos, pero ya no le dolían de lo rígidos que estaban.

Las puertas del elevador terminaron de abrirse y su respiración se detuvo. Cada poro de su cuerpo podía sentir aquella enorme presión invisible. Con dificultad levanto la vista, decenas de metros alejado de ellos se entraba una figura encapuchada y era difícil distinguir algo más allá de esa capa.

No sabía cómo describir aquella sensación que sentía, pero lo más cercano era miedo.

Miedo en su estado más puro.

- Piyomon evoluciona y llévate a todos de aquí. Les conseguiré el tiempo necesario – su voz había sonado más firme de lo que esperaba y agradecía eso. Estaba totalmente aterrado y preferiría estar en cualquier otro lugar, pero ese no era el momento de huir.

- Taichi ¿Qué estás diciendo? – Pregunto Mimi tomando su brazo con ambas manos y obligándolo a mirarla.

- Escúchame, no podemos escapar todos, no lo permitirá. Les conseguiré tiempo y en cuanto pueda los alcanzare – no se molestó en girar a mirar al resto, su vista estaba completamente puesta en ella. Esa castaña que con unos pocos actos y palabras, había logrado que él sacara todo lo que llevaba guardado. Podía notarlo en sus ojos, tenía miedo y estaba preocupada por él.

- Tu hermana me pidió que te diera algo – le dijo mientras se acercaba a él. Taichi alzo una ceja con duda pues las manos de Mimi estaban vacías – Ella quiere que vuelvas sano y salvo – le susurro mientras depositaba un suave y corto beso, en el cachete de un sonrojado chico – Yo también quiero que vuelvas – le susurró al oído, esta vez depositando un beso en su otro cachete – Prométemelo – pidió alejándose un paso del chico.

- Lo prometo. Volveré – dijo dando media vuelta para encarar a su enemigo. No quería mirarla a los ojos, o ella sabría qué le mentía. Dudaba poder cumplir esa promesa.

Su enemigo era demasiado poderoso, como para salir ileso de allí. Tendría suerte si lograba volver vivo. Pero tenía su amuleto y una razón para volver, deseaba ver esa sonrisa una vez más. Observo de reojo como Piyomon evolucionaba y rápidamente todos subían a su lomo. Se sorprendió un poco de que no intentaran desobedecer su orden. Miedo o confianza, no lo sabía realmente.

Pero en ese momento no importaba, lo importante era el enemigo frente a él. Comenzó a acercarse al Digimon a paso calmado. Después de todo, aquel ser no parecía tener apuro y definitivamente venial por él, dado que no se inmuto cuando sus compañeros comenzaron a alejarse.

Pero aun así, aquella presión invisible no había desaparecido. Podía sentirlo con todo su cuerpo, aquel Digimon desprendía una enorme aura de poder. Sin duda, era el Digimon más poderoso con el que se hubiera encontrado.

- ¿Quién eres? – pregunto sin rodeos al llegar frente a él, solo unos pocos metros los separaban.

Solo ahora notaba que el Digimon era al menos tres veces más alto que él. Pero a pesar de la diferencia de tamaño, se encontraba extrañamente calmado. Ya no temblaba, su cuerpo se había relajado. Era su calma antes de la tormenta.

- Soy el Jinete Muerte – Taichi alzo una ceja extrañado, jamás había escuchado algo sobre un jinete.

Abrió sus labios para preguntar acerca de ese detalle. Pero lo único que logro salir fue una bocanada de sangre. Sus ojos se abrieron de sorpresa, no había logrado captar en que momento su enemigo se había movido. Recorrió con su vista el blanco guantelete que sobresalía de la capa, su mano se perdía dentro de una lanza. Siguió bajando sus ojos hasta su abdomen donde la lanza se encontraba enterrada.

- Patético – susurro el encapuchado quitando su arma del estómago del chico.

Taichi volvió a vomitar sangre mientras caía de rodillas. Apretó los dientes con frustración, mientras todo a su alrededor se volvía negro.