¡Hola a todos! Hoy vengo con un fanfic nuevo, sí, ya sé que estoy loco para hacer esto cuando estoy tan ocupado, pero esta idea me pedía nacer y realmente quiero hacerla.
Espero que les guste y que puedan dejarme un review, ya saben que eso motiva al escritor, así que sería genial leer uno.
My Treasure
Parte 1: La vida; una aventura misteriosa y un viaje sin destino.
¿Qué es un tesoro?
¿Cuánto vale?
¿Se trata de dinero?
¿Se trata de algo emocional?
¿Es tan importante por sí mismo o por la anécdota?
Es interesante como una palabra resulta tan difícil de definir, da pie a la idea que todo tiene dos sentidos y que, por lo mismo, todo pueda prestarse a malinterpretación.
A su vez, un tesoro se relaciona con otras palabras, comúnmente, como ambición, deseo, gustos, riesgos, proceso, planeación, sacrificios y obstáculos. No hace falta pensarlo mucho para afirmar que, en efecto, para conseguir un tesoro hay que pasar por varias cosas, tantas que, incluso si no lo consigues, tendrás una anécdota importante que compartir.
Una aventura.
Cabe recalcar que las aventuras no es sinónimo de simpleza, no es algo para matar el tiempo, se trata de un evento gordo que puede ser la historia de una vida; cuestión de infancia, adolescencia, madurez, un punto de inflexión; y entre tantas cosas, puede también ser algo tan cotidiano y sentimental, pero importante, como lo es la historia de un amor.
Una aventura romántica.
No es necesario dudarlo, el amor es complicado, difícil, de mucho esfuerzo, una lucha por encontrar un acuerdo entre dos personas, una lucha de convencimiento, llena de sentimentalismos y en donde, si lo queremos ver así, las batallas podrían ser las citas.
Hay que tener paciencia, perseverancia y aprender a sufrir, pasar por todas las pruebas hasta conseguir lo deseado, la persona que amas. En este sentido, podemos decir que el amor es también un tesoro para cualquier persona.
Un tesoro puramente emocional.
Un viaje muchas veces es sinónimo de aventura, porque normalmente uno descubre cosas nuevas al recorrer un lugar desconocido, al experimentar algo por primera vez. No importa que tan cercano esté de ti, si es algo desconocido y recorres por un tiempo en zonas inexploradas, puedes considerarlo un viaje.
Una búsqueda por lo inédito.
"La vida es un viaje", dicen los más veteranos que han recorrido varias sendas y mundos a lo largo de los años, las personas adultas, maduras y con gran experiencia, sobre todo lo dicen los aventureros y aventureras que perdieron grandes herramientas durante el camino y cayeron en desgracias, pero que ya en el final de la tempestad, se levantaron y continuaron su camino.
Un viaje único sin destino aparente. Esto es la vida.
Explicado esto, todas las personas tienen muchas historias que contar, uno podría pensar que los más viejos y expertos son los que más historias tienen en sus memorias, y puede que no estemos equivocados, pero la experiencia se compra y se paga con emociones; más negativas que positivas; el punto es que genere una emoción en ti.
Pero si algo es claro y está comprobado, los viajes más emocionantes y peligrosos son los que haces cuando eres niño o cuando eres un adolescente, cuando no decides o no sabes decidir quién quieres ser, qué quieres hacer y a dónde ir.
Quieres conocer el mundo, pero al mundo no le interesas. Quieres volar, pero no sabes cómo, sin embargo tus deseos son puros e infantiles, tanto que no valen la pena mencionarlos. Todo se vuelve más difícil y caerse resulta casi imposible cuando hay tantos hoyos en el camino.
"Quién no se ha equivocado, es porque no ha vivido", este es otro dicho popular de las personas experimentadas, gente mayor con grandes historias y larga biografía. Equivocarse duele; no hay forma de no inmutarse, sobre todo cuando las personas te lo echan en cara, también no hay necesidad si tú mismo te lo echas en cara, pero lo peor de todo no es esto.
Es vivir en un mundo equivocado y estar consciente de ello.
Bueno, con tantos monos y trapos sucios alrededor, es difícil mantenerse limpio.
No es imposible.
Las personas bienhechoras existen; no solo en los cuentos de hadas.
No fue una aventura común; desde el principio debió de tratarse de un error porque era muy diferente a lo que estaba afuera. El viaje era más incierto de lo normal, no tenía guías ni figuras acompañándolo y tenía una búsqueda exhaustiva por hacer.
No fue normal la vida para Shidou Itsuka, tampoco es de admirar ni algo extraordinario, si hay una palabra que va con esto sería… desafortunado.
Eran tiempos de tecnología avanzada, de sociedades tecnológicas y avanzadas en cultura; una más humana y de más libertades. Así que no hay que pensar que Shidou sufrió de algún abuso y por ello su infortunio, no fue explotado laboralmente en su infancia, no fue vendido como esclavo, tampoco experimentó la hambruna por vivir en un país de bajos recursos.
Se le privatizó el derecho a tener una familia.
Sí, es en serio, los padres llegaban a ver a todos los niños del orfanato para escoger uno, si había suerte, podían ser dos, era de acuerdo al gusto de la pareja que, muchas veces, no tenían capacidades de procrear. El niño debía de venderse para obtener una familia, pero nunca sería legítima.
Una pareja de infortunio adoptaba un niño desafortunado.
Siendo un niño desafortunado, no era diferente de los demás, por lo que nadie podía tenerle lástima; cuando todos están en el mismo barco y llenos de suciedad, existe una igualdad unánime. Shidou aprendió esto en la oscuridad, cuando era asechado por el miedo a lo desconocido, por sus terrores escondidos dentro de él y donde las canciones de cuna no existían para alejar a los monstruos.
Figuras oscuras que tomaban vida solo para lastimarlo.
Durmiendo a horarios establecidos, junto con otros niños en literas, cuatro personas en un solo cuarto donde el aire entraba por la ventana pequeña y no había baño, molestar a los adultos no era una opción, después de todo, ¿qué derechos tenía de pedir algo de protección? Él solo era un niño más y se daba cuenta porque muchas veces, su nombre no tenía importancia.
Perdía el sentido de individualidad.
Shidou solamente podía taparse con la sábana, como si este fuera un escudo impenetrable o un manto que lo haría invisible a los monstruos de la noche; el viento rugía y susurraba cosas que no entendía, ni quería entender; había ruidos de animales feroces nunca antes vistos que venían a visitarlo, él lo intuía porque era el único despierto y solo él los escuchaba; la oscuridad misma era un ente también, uno peligroso que no le dejaba ver bien; le hacía sentir vulnerable.
Eran monstruos que vivían en su mente, como cualquier niño, a excepción de que él no era cualquier niño.
La hora de despertar también estaba pactada y quién no despertara, no tenía desayuno porque eso estaba contabilizado para todos los niños que había ahí, Shidou no era ninguna excepción, así que no importaba cuánto explicara que estaba asustado de los monstruos nocturnos y que no podía dormir, aprendió que eso era su problema.
Un niño con problemas que no puede resolver solo.
Shidou ya no recordara cuantas veces lloró por esto, pero claro que recuerda por qué lloraba en cada ocasión que se le decía palabras tan duras que no podía entender y que no podía manejar.
Por lo menos sabía de lo que se perdía al quedarse dormido, no era la gran cosa, cada día era un platillo diferente, solo para ser repetido cada día sin falta; lo que se comía el lunes, se repetía al siguiente lunes. Las comidas y cenas eran igual, pero por lo menos en la cena, había postre: gelatina, simplemente porque se compra en mayoreo y es barata.
Normalmente los niños siempre piden más, pero todos entendían que siempre se les sería negado, así que Shidou aprendió a abstenerse de pedir, su ansiedad fue cortada.
Dejando de lado los protocolos y las pocas clases que se les impartía, al menos, sobre modales y conocimiento general, convivir con los otros niños y niñas era necesario, Shidou no recuerda mucho de esto porque estaba demasiado triste para tener momentos felices, estaba demasiado abandonado como para intentar acercarse a alguien más.
Se sentía solo entre sus iguales, y ellos también.
Sin embargo, hubo chispazos y leves conexiones que hicieron clic dentro de sí mismos. Porque el ser humano busca encontrar la felicidad, busca encontrar un momento, uno solo, en el que puede hacer plenamente lo que quiere hacer, uno en el que nada importa alrededor ni al interior, un momento mágico en el que uno encuentra una motivación de seguir aquí.
Ese momento era el receso donde todos podían estar donde quisieran, salían de esos edificios viejos llenos de gente que los cuida por un salario, no por amor, salían a correr por el pasto y jugar con una botella, donde muchos se caían. Salían a trepar árboles como si fueran orangutanes, jugaban entre ellos y entre ellas.
La libertad de salir al patio a jugar era revitalizadora.
Era maravilloso y lo único que se esperaba con ansias, todos los días, mucho antes de tener esperanzas en que una familia vendría a sacarlos de aquí y tener todo lo que se mira afuera, para así conquistar el mundo que se les fue arrebatado, ellos pensaban en el recreo.
Shidou también lo hacía, no recuerda sus nombres, ni siquiera sabía si lo tenían, pero él jugaba con otros niños con una pelota; corría a todas partes, escapaban de quien la tuviera en sus manos, aunque era divertido tenerla también, porque podías lanzarla a otros.
Gracias al juego se lastimó y sintió lo que era el dolor físico.
Era muy malo cuando pasaba eso, Shidou lloraba y todos sus compañeros se asustaban al verlo sangrar o gritando, los trabajadores corrían para ayudarlo, pero también para regañarlo por su error, por lastimarse, él solo podía llorar, no escuchaba nada, entonces lo cargaban y lo enviaban con la enfermera.
Una enfermera tiene uno de los trabajos más nobles del mundo.
El niño odiaba estar enfermo y herido, porque eso significaba no salir afuera a disfrutar del aire fresco, no estar con sus compañeros, no tocar esa pelota amarilla que no importaba cuanto la apretara con sus manitas, volvía a su forma original, era increíble, pero no podía tomarla si estaba siempre en cama.
Sin embargo, no odiaba el proceso, la pediatra no era muy bonita y ya estaba bastante madura, pero era muy amable con todos los niños y Shidou no era excepción, llegar con ella era lo único bueno de lastimarse, el proceso de curación era otro sufrimiento más con el alcohol ardiente y las molestas vendas.
Ella era cuidadosa y gentil cuando más se le necesitaba, y sin que él lo supiera, con cada cita médica que se ganó por jugar sin precauciones, su corazón fue moldeándose, porque ella le mostró la belleza, la comprensión y la verdad.
Nunca supo su nombre, ella solo era "la doctora", pero sus acciones le marcaron de por vida, cosa que no pasa con todos, él la recuerda como una persona hermosa en su subconsciente; ahí donde no se entiende nada. Los valores que aprendió, por otro lado, están muy dentro de él y los sigue usando hasta el día de hoy.
Unos valores trascendentales.
Conocemos una variedad de personas durante nuestras vidas, pero al final, las que recuerdas son muy pocas; tal vez solo las que te enseñaron algo o te mostraron lo peor de sí mismos, y de esto depende también de qué forma lo recuerdas. Aun así, cada persona te deja algo impregnado, como una mancha que se lleva a todos lados, el tiempo pasa, las personas crecen y conocen más gente.
Hasta que llega un día que no recuerdas qué es lo que eres.
Volteas atrás, intentando encontrarte, pero han pasado tantas cosas, has conocido a variedad de personas y has sentido un sinfín de emociones, que te encuentras fragmentado en todo eso. Buscar pistas es inútil y encontrar conexiones también, los padres son lo primero que se te ocurre, pero Shidou al no tenerlos, no tendrá a donde buscar cuando voltee atrás.
Y jamás se acordará de la persona que le enseñó la belleza, la comprensión y la verdad. Pero sí se acordará de sus enseñanzas y las reproducirá con una sonrisa, como ella hacía por él.
En medio de las desgracias, la soledad, la injusticia, el abandono, los fracasos por no venderse bien, entre todas esas faltas, llegó el día que todo niño que desea conocer un amor con el que debió tener desde que nació, llegó ese día en el que podía graduarse del orfanato y oficialmente obtenía un apellido, muestra de que pertenecía a un hogar.
Shidou fue adoptado por la familia Itsuka, de ahí su apellido.
Desconocía a esas personas, sabía que tenían nombres, esa no era la cuestión. Hubo un obstáculo puramente psicológico al principio que le costó días superar, entendía que esos dos ahora debía llamarlos "mamá" y "papá". También había alguien más con el nombre de Kotori Itsuka, una niña desconocida, más pequeña que él, pero que ahora debía llamarla "hermanita".
Y todo esto era rarísimo.
Era lo que quería, era lo que deseaba; algo que todos los niños del orfanato tenían en común, pero se sentía antinatural, por eso fue tan complicado, solitario y extraño al principio, al dar sus primeros pasos en una casa y tener su propio cuarto.
Pensó que el cambio le gustaría, pero no fue así por bastante tiempo.
Descubría cosas a diario, tenía la atención más de la hermanita que de los padres, pero lamentablemente, él casi no podía hablar. No podía decir nada, ¿qué había que contar? No conocía nada fuera de ese edificio conocido como orfanato, no conocía a nadie que no fueran otros niños desafortunados y los trabajadores del lugar.
¿Qué tenía que decirle a una niña tan alegre y curiosa que ha visto más cosas de las que él podría soñar?
Fueron semanas de incertidumbre, de búsqueda de información, intentaba conocer lo más que podía sobre lo que le rodeaba ahora, como si fuera una esponja, pero sin tener que preguntarlas él mismo. Era demasiado tímido como para preguntar, pero no para responder.
Poco a poco aprendió lo que era tener su propio cuarto, su propia cama; una amplia, cómoda y con almohadas esponjosas, mucho mejor que la litera donde dormía antes, junto a cuatro niños en un cuarto pequeño que podía compararse con el cuarto de baño de la casa Itsuka.
Día con día interactuaba, sin querer, con los miembros de su nueva familia. Entendía que papá y mamá tenían trabajo muy ocupado y complicado, aprendió que podía pedir un poco más de alguna guarnición de su desayuno y comida, entendió que estaba bien pedir su favorito de vez en cuando, se dio cuenta de lo diferente de la comida de mamá que la del orfanato; todos los días algo diferente y con buen sabor.
Descubrió cosas de todo tipo y de variedad de temas.
Tal vez es porque las niñas de su orfanato habían sufrido lo mismo que él y casi no lloraban, igual no había nada por lo que llorar, excepto por el fracaso de no ser escogida por una u otra razón, ahí sí que las niñas eran las más heridas. Sin embargo, su hermanita lloraba por cosas tan simples que, la primera vez que la vio durante el acto, no podía dejar de mirarla.
Luego sus padres la consolaron rápidamente, y esto también fue diferente, porque él no podía dejar de mirarlo fijamente con sus ojos color ámbar, la dedicación hacia la pequeña. Limpiaban su carita, los mocos también con un trapito, le decían cosas lindas y la abrazaban.
No era para tanto, la verdad, pero en ese momento se dio cuenta que estaba como en otro mundo, en uno donde las niñas más pequeñas lloran por cualquier cosa y son consoladas mejor que por la persona más sensible del orfanato: la enfermera.
Los lloriqueos de su hermanita eran tan seguidos e inoportunos que, inevitablemente, una vez no estaban sus padres para consolarla, solo estaba él. Después de verlo tantas veces, aprendió el método y lo aplicó lo mejor que pudo, y le funcionó muy bien, solo que tardó más tiempo que sus padres.
Esa fue la primera vez que Kotori dijo que lo amaba; una palabra que no entendió muy bien, pero que con los años, aprendió hasta usarla.
Shidou aprendió muchas cosas en la escuela también, pero sobre todo aprendía más en casa, con sus padres y su hermanita, cosas que en la escuela no se aprenden. Aprendió a ser como todos los demás, se adaptó a su nueva vida, se apropió de la palabra responsabilidad, incluso aprendió a cocinar para, algún día que llegara a ser muy bueno, le devolviera el gesto a su madre.
Incluso si no sabía que eso no se hacía normalmente.
Sus padres también lo amaban, no como a Kotori, esto estaba más que claro, pero era un milagro ser hijo, porque cuándo él lloraba, también era consolado de la misma forma que su hermanita.
Esos días era el niño más feliz del mundo, y así juntó muchos días felices. Lo fueron tanto que se olvidó de todo lo que había vivido antes, pero eso era imposible, esos recuerdos estaban ahí, como si fueran pesadillas horribles que te marcan.
No fue fácil la infancia para Shidou, pero tal como los veteranos, encontró la luz para salir del hoyo y tener en cuenta esa parte de su historia, porque la definió como adolescente. Recuerdos que ya no le causan dolor.
Su aventura tenía años puesta en marcha, son los mismos años que tenía de viaje; uno que pensó haber completado y llegado a la cúspide de la misma al conseguir una familia; el calor, el amor y el sentido de pertenencia acogedora que brinda. Incluso así, la aventura seguía porque la búsqueda estaba vigente, incluso si no sabía qué estaba buscando.
Un deseo de averiguar su lugar en el mundo.
Ya sé que todo esto es muy extraño de leer y posiblemente no te gustó nada, pero de todas formas, estoy haciendo algo nuevo que se me dio la gana de hacer, sé a dónde quiero llegar con esto, pero me gustaría mantener el ritmo así como va, por lo que si te gusto, me alegro.
Si no te gustó, puedes irte a leer otras historias que tengo que están escritas muy diferente a esto, igual espero los disfrutes.
Saludos.
