Han pasado unos cuantos días desde la conversación que John tuvo con Dave y, a pesar de eso, el nerviosismo sólo ha ido a más. Está tenso, expectante y durmiendo apenas unas horas por la noche. Incluso ahora, en una cafetería llena de gente, el moreno está dando cabezadas y sus ojeras son notables a pesar de que su piel es morena de por si.
Jade, entre preocupada y ligeramente divertida, observa cómo el chico entrecierra los ojos y su cabeza se resbala poco a poco de la mano en la que está apoyada, así una y otra vez.

—Eh, John. —le llama la chica con suavidad, él responde con un medio ronquido. Jade da un golpe en la mesa tan fuerte que despierta a John del susto y hace que le mire con los ojos muy abiertos.— Buenos días.
—¿Qué? ¿Qué ha...? ¿Ya ha llegado Rose? —pregunta mirando alrededor con una expresión de niño perdido.
—Nooo, pero es que estabas empezando a roncar. Igual sería mejor que volvieras a tu casa e intentaras descansar.
—Es que no puedo, en cuanto entro ahí empiezo a darle vueltas al tema de Dave y uf... —Para intentar despertarse le da un trago largo a su refresco, esperando que la temperatura fría y el azúcar le espabilen.
—Sólo es martes y de momento no te ha dicho nada, no. —Mientas habla, la Harley mira por la cristalera de la cafetería. El día está un poco tonto y en ese momento está lloviendo bastante fuerte.— Ah, por ahí viene Rose.
—La pobre se habrá mojado entera. —dice él, bostezando y estirándose.— Y ya sé que no ha dicho nada pero aaghhh. Estoy muy nervioso.
—Lo entiendo. —Jade le dedica una breve sonrisa comprensiva y después alza el brazo para que Rose les vea al entrar.

La joven rubia cierra el paraguas negro, lo sacude y de mientras echa una ojeada a todo el local hasta que ve a su compañera de piso agitando animadamente el brazo; le sonríe un poco para indicarle que ya la ha visto.

—Hola, Roseee... —John intenta saludar a la recién llegada pero un nuevo bostezo le corta.
—No tienes buena cara, John. —contesta ella mientras Jade se mueve una silla a la derecha para que la recién llegada se siente a su lado.— Perdón por la tardanza.
—No importa. —dice Jade, volviendo a levantar el brazo, esta vez para avisar al camarero.— ¿Te encuentras mejor?
—Ah... sí. Desde luego. —Rose parece un poco incómoda; mira a Jade, luego significativamente a John (que en realidad está volviendo a dormirse) y hace una breve mueca tensa con los labios.
—Oh, lo siento. —susurra la morena. Luego se gira hacia John y vuelve a dar un golpe en la mesa para despertarlo.— ¡Oye, tú!
—AaHH, ¡paRA! —casi grita el chico, avergonzado al darse cuenta de que hasta Rose se lleva la mano a la boca para reírse.
—Dos de lo mismo. —interrumpe Jade al dirigirse al camarero que se ha acercado a tomar nota.— John, ¿quieres otro refresco?
—No, gracias. —suspira el pobre universitario.
—En fin, —Rose hace un elegante movimiento y se cruza de piernas mientras se recoloca el bolso en el regazo— ¿ya hay una fecha fijada para el encuentro con tu chico famoso?
—¡No lo sé! Es lo que le estaba diciendo a Jade.
—En realidad se estaba quedando dormido encima de la mesa. —susurra la ojiverde.
—Parece que te faltan horas de sueño, desde luego. —La rubia coge su vaso cuando el camarero se lo sirve. Le vendrá bien.— ¿Has probado a preguntarle directamente?
—Sí, pero evita responderme.
—Eso quiere decir que va a ser muy pronto. Tal vez ya lo tengas frente a tu edificio, llamando al timbre de tu casa, mojándose bajo esta lluvia...
—Rose, no le digas eso o saldrá corriendo. —Se ríe Jade, viendo la cara descompuesta que pone John.— Oye, oye, podrías presentárnoslo.
—No sé si eso... sería buena idea. —dice mientras se mordisquea la uña del pulgar y mira con ojos nerviosos hacia fuera.— Pero podría comentárselo. No sé si tendrá mucho tiempo libre.
—Según nos contaste, dijo que venía a visitarte expresamente a ti. Tampoco hay indicios de que vaya a participar en algún evento cercano esta semana. Tal vez se lo tome como una especie de vacaciones. —Las palabras de Rose remueven algo dentro de John. ¿De verdad Dave vendría sólo por él...?
—Yo sólo espero que este chico rubio aparezca ya porque si no John va a seguir saltándose clases y si sigue así se lo diré a su padre.
—¡Ni se te ocurra decirle nada a mi padre!
—Todo irá bien, John. —dice de repente Rose. El chico la mira y su expresión estoica pero tranquilizadora le ayuda a calmarse poco a poco.
—¡Sí! —se une Jade a pesar de que le guste picar a su amigo.— Seguro que es igual que cuando habláis por llamada, sólo que podrás tocarle la cara de verdad en vez de acariciar un póster y parecer un perturbado.
—No sé dónde o cuándo has visto eso, pero voy a tapar mi webcam cuando no la use a partir de ahora. —John estrecha los ojos cuando Jade le dedica una sonrisita perspicaz.

Siente que en realidad eso es lo que necesitaba, a gente cercana asegurándole que todo irá bien. Gradualmente se relaja del todo y la conversación entre los tres deja de estar centrada en la rubia celebridad, volviendo a temas cotidianos como la universidad, lo asqueroso que es el café de la cafetería de al lado, el día de cumpleaños que John pasó con Vriska y los chanchullos de sus compañeros de clase y profesores.
John se lo está pasando tan bien y se ha distraído tanto con la conversación que cuando el móvil le vibra en el bolsillo de la chaqueta no piensa en ningún momento quién podría ser... pero sus amigas lo saben en cuanto el chico reacciona exageradamente y tira su vaso, que gracias a dios está ya vacío.

—¡Es él! —grita en un susurro el moreno, enseñándoles la pantalla de su móvil.
—Dijiste que ya no gritabas cuando te hablaba. —Jade aparta el móvil que prácticamente les ha puesto en los morros y se lo acerca al dueño.— Pues venga, ¡contéstale!
—¡Sí! Sí. —se repite a si mismo, abriendo el chat bajo la atenta mirada de sus amigas.

-turntechGodhead [TG] empezó a molestar a ectoBiologist [EB]-

TG: john
TG: john
TG: john joder

EB: hola!

TG: por fin
TG: donde te metes

EB: relájate! tampoco he tardado tanto en responder

TG: ya pero tengo prisa
TG: dime donde estas

EB: tomando algo con unas amigas

TG: y quien es el aguantavelas ahi

EB: de qué hablas

TG: pues que si tienes una cita con alguna de ellas o es que ellas tienen una cita y te necesitaban a ti para que fueras testigo de lo triste que es tu vida romantica/sexual

EB: haha! nooo
EB: somos todos amigos
EB: cómo iba a salir con alguna de ellas, qué locura

TG: bueno oye que tengo prisa

EB: ah sí es verdad
EB: qué pasa

TG: solo queria decirte que antes de volver a casa pases por un super

EB: uhhh... para qué? tengo de todo

TG: tienes cerveza

EB: no me hace mucho, la verdad, así que no

TG: bueno pues compra

EB: pero si te estoy diciendo que no suelo beber!

TG: ya pero yo si
TG: date prisa

-turntechGodhead [TG] dejó de molestar a ectoBiologist [EB]-

Incapaz de reaccionar, John sube un poco por la conversación y empieza a releerla, sin poder procesar lo que realmente acaba de pasar. Hace eso varias veces y tarda tanto que Rose y Jade se miran entre si; la rubia preocupada, la morena ya con una mueca de impaciencia.
Al final la Harley decide alargar la mano y quitarle el móvil de la mano con mucha cautela. Él sigue con la mirada al teléfono pero no hace nada, solo deja que las chicas lean la conversación... eso es más fácil que explicárselo.

—Jade... —consigue articular a medida que ve que la sonrisa de la risueña chica vuelve a sus labios.— Yo...
—Lo sabía. —aporta Rose, con su propia sonrisa, sólo que de suficiencia.
—¿Q-qu-... qué hago...? —En vez de entrar en pánico formando un escándalo, John lo reprime y mira a ambas jóvenes de manera intermitente.
—Bueeeeno, pues... —Jade mira la hora en el móvil antes de devolvérselo.— Creo que está claro: ir a comprar cerveza antes de que las tiendas cierren.

·

Dave está harto ya de aviones, coches con cristales opacos y horas y más horas de viaje en general. Para colmo, antes de irse del hotel ha vuelto a picarse con su hermano porque pretendía que en lo que queda de día se encerrase en la habitación y descansase. "Mañana será otro día", le había dicho, y Dave sabe que tiene razón y que tal vez esa sería la mejor opción pero, siendo sinceros, no podría pegar ojo.
Por lo menos el viaje que está haciendo ahora en coche privado ya será el último del día... espera. Igual es un poco atrevido dar por hecho que John va a dejarle quedarse en su casa, incluso puede parecer una especie de... insinuación, lo cual desde luego no le disgusta.
Volver a darle vueltas a eso hace que se remueva en su asiento, algo nervioso. Ese "y lo que surja" que lleva rondándole la cabeza desde que planeó el viaje a Washington le tiene bien confuso, incluso irritado consigo mismo.

—Mierda. —dice para si mismo, pasándose una mano por el pelo mientras mira a través de la oscura ventana, viendo apenas la lluvia caer.
—Hemos llegado. —le avisa el chófer justo un momento después, sobresaltándole y todo.
—Ah, guay.

Mientras el coche va frenando frente al viejo edificio, el Strider se rasca el bolsillo del pantalón hasta encontrar un billete de veinte pavos y ofrecérselo al silencioso conductor, que se lo agradece por lo bajo.
Ha llegado la hora. Se recoloca las gafas, se sube la capucha de la sudadera negra para evitar que lo reconozcan aunque solo tenga que caminar cinco pasos y sale del coche, dejando que la lluvia caiga sobre él durante los segundos que dedica a observar de arriba a abajo el edificio en el que vive su amigo. Fue tan fácil sacarle su dirección... John parece dispuesto a darle lo que le pida.
Lo que... le pida.
Sacude la cabeza; otra vez pensando en eso.
Recorre con prisa el corto trecho hasta el portal, busca el piso indicado por el moreno semanas atrás y, sí, muy nervioso, llama.
Espera que John haya comprado cerveza.

·

Las últimas dos horas de John Egbert han sido una locura. A pesar de que salió pitando de la cafetería, ya eran las ocho y cuarto cuando llegó al bazar que hay en la calle de al lado. El hombre estaba cerrando y lo interceptó en la puerta. Casi se pone de rodillas en la acera para suplicarle que no le cerrase la tienda en los morros, pero al final no hizo falta porque el hombre le conoce... menos mal, porque seguía lloviendo y el suelo estaba todo mojado. Le pidió cinco cajas de cerveza, el amable señor se las sacó, se las cobró y cerró por fin.
Algo más aliviado, John sonrió, se agachó y cuando intentó coger más de una caja a la vez se dio cuenta de que no iba a poder llevar todo eso solo a casa ni de coña. ¡Encima la lluvia estaba apretando!
Justo cuando iba a ponerse a gritar o a robar un coche, apareció por la acera su vecino Gamzee, el chico que comparte piso con Karkat. John casi se echó a llorar cuando el alto y delgado joven le preguntó con esa voz tan ronca y rota si estaba dándose una ducha en la calle. Después de explicarle la situación, Gamzee se ofreció a ayudarle y aunque John creía que no podría ni con una caja -porque ese tío siempre tiene pinta de desplomarse en cualquier momento-, no cogió una, sino tres. ¡Tres!
Menos mal que el edificio en el que viven no quedaba tan lejos, porque, aunque John solamente tuvo que encargarse de llevar dos de esas cajas, llegó exhausto y empapado, sobre todo empapado. Tenía mojados hasta los calzoncillos... de hecho, los sigue teniendo, porque en cuanto entró por la puerta de su piso se olvidó de si mismo y empezó a arreglar todo el lugar.
Lleva así como hora y media, pero eso él no lo sabe porque desde siempre se le ha dado fatal calcular el tiempo cuando se enfrasca en alguna cosa que le absorbe tanto.
Por eso, cuando el timbre suena, le sobresalta tanto que da un respingo y se da un golpe en la cabeza con la parte superior del horno, porque sí, al parecer para John es esencial limpiar el dichoso horno cuando viene un invitado tan importante.
Confuso e impactado a partes iguales, saca la cabeza lentamente de ahí y se rasca la nuca. Entonces mira el reloj colgado en una pared de la cocina. ¡Las diez de la noche! ¡Mierda!
Tan rápido como puede se pone de pie y corre al salón, encendiendo todas las luces a su paso porque se le ha hecho noche cerrada sin darse cuenta y todo está a oscuras. El timbre vuelve a sonar y los nerviosos ojos azules de John se dirigen hacia el pasillo y el recibidor de su piso de universitario. Dios mío. Dios.
Cuando el timbre ya suena una tercera vez, corre hacia la puerta y coge el telefonillo con tanta fuerza que casi lo arranca de la pared. Se queda en silencio dos segundos y luego con un hilo de voz, pregunta:

—¿S í... .?
—Strider a domicilio. —se escucha entre el sonido de la lluvia chocando contra el asfalto. John se cubre la boca y se queda paralizado.— Que abras que me estoy calando, tío, soy yo.

Con manos temblorosas, el Egbert le hace caso y aprieta el botón que hace que la puerta de abajo se abra. Luego se escucha un crujido metálico, pasos lejanos y la puerta de abajo cerrándose otra vez. Dave ya está subiendo. Dave Strider. A su casa.
Una sonrisa boba pero llena de nervios se extiende en los labios de John, que echa una mirada a un espejo alargado que hay en el recibidor y casi palidece al verse. ¡No se ha cambiado de ropa y aún la tiene mojada! Madre mía, y tiene el pelo horrible de haberlo dejado secar sin peinar ni nada.
Con un gemido de desesperación, de nuevo echa a correr por su piso. Intenta quitarse toda la ropa a la vez, lo que acaba siendo un lío, pero lo consigue y coge otra seca cualquiera mientras corre ahora al baño para mirarse en el espejo e intentar arreglar ese pelo revuelto que se le ha quedado.
Entonces, otra vez, el timbre. Sólo que esta vez es el de la puerta de su piso. John se encuentra con su propia mirada azul llena de miedo y expectación. Aprieta la mandíbula, se apoya en la pica del baño e intenta asentirse a si mismo, respirar hondo, y así llenarse de seguridad. El truco funciona un poco, pero mientras camina con prisa hacia la puerta siente las piernas como pura gelatina.
Aunque es estúpido y sólo sirve para ponerle más nervioso, decide echar una ojeada por la mirilla. Ahí está... ¡es él! Con una capucha y sus gafas de sol, serio y con pinta indiferente. Dave Strider. Delante de su puerta y llamando a su timbre.
John se muerde el labio, se aprieta la nariz y apoya la espalda contra la puerta un momento, haciéndola crujir. Ese ligero sonido es captado por Dave al otro lado y da un golpe suave con la cabeza en la puerta, haciendo que John de un respingo y se separe inmediatamente.

—John, sé que estás ahí. Abre. Vengo con todo el equipo de Catfish para desvelar tu verdadera identi-... —Entonces el aludido abre de repente, tan rápido que casi le hace perder el equilibrio a Dave, que seguía con la cabeza apoyada en la madera.
—¡Dave...! —empieza con un hilito de voz.
—Oye... —El rubio alza una mano para señalar algo, pero es cortado por John.
—¡Strider! —acaba gritando.

Aunque ni siquiera ha podido formar el pensamiento para ejecutar esa acción, John se abalanza sobre el joven rubio que le estaba mirando con las cejas arqueadas y le da el abrazo más fuerte que probablemente se haya dado jamás sobre la tierra.
Dave suelta una risa ahogada porque John le está dejando sin aire e intenta corresponder al abrazo con una timidez que camufla muy bien de sorpresa. Para que no se le vea demasiado lo desprevenido que le ha pillado, él le pasa un brazo por la cintura mientras deja que el Egbert se enganche más y más a su cuello y, poco a poco, le hace dar pasitos hacia atrás para entrar ambos en el piso. Cuando ya están dentro, tantea con la mano que tiene libre hasta dar con la puerta y cerrarla; está harto de sentir que en cualquier momento puede aparecer alguien que le reconozca y ahí dentro está más seguro.

—Lo siento. —dice John aún contra su cuello.
—No importa. Aunque creía que eras más tímido. —contesta Dave, echando una rápida mirada alrededor mientras se baja la capucha de la sudadera.— ¿Te pillo ocupado?
—¡No! —Separa la cabeza de él cuando lo niega, pero ni de broma se suelta de su cuello. Se queda un momento empanado porque ahora que el Strider se ha bajado la capucha tiene ese pelo rubio que tanto le gusta prácticamente en los morros.
—¿...seguro? —pregunta con cautela mientras le devuelve la mirada desde detrás de sus gafas. Están increíblemente cerca para acabar de conocerse y John parece darse cuenta también porque empieza a aflojar el agarre poco a poco.
—S-sí, claro, o sea, soy todo tuyo.
—Es que... —El Strider hace un gesto para que el Egbert despegue el cuerpo del suyo y mira hacia abajo. John le sigue la mirada y ve que Dave está señalando... ¡su bragueta bajada! ¡NooOO!
—P-PERDÓN. —Le suelta del todo y se sube la bragueta del pantalón a toda prisa.
—Y tienes la camiseta del revés.
—¿En... en seeerio? —John se tira del cuello de la camiseta y ve que tiene la etiqueta por delante. Suspira y se jura que nunca jamás intentará ponerse la camiseta a la vez que los calcetines.
—Estoy acostumbrado a que la gente se despida de mi a medio vestir, pero no a que me reciban así. —le dice Dave con una sonrisita, peinándose un poco el pelo con la mano.— Anda, enséñame este pisito de estudiante que tienes aquí montado.
—Sí, ahm... no hay mucho que ver, en realidad. —John pasa por su lado mientras se pone bien la camiseta sin quitársela del todo. Dave le sigue con la mirada y luego echa a caminar tras él.— Dios, perdona el desorden y que esté nervioso y este sofá tan echo mierda y... bueno, perdónamelo todo porque es que... ¡guau!
—Barra americana. —Es lo primero que dice el Strider cuando llegan al salón, pasando la mano por la madera de la misma y entrando en la cocina. Sabe que si le da un tiempo a John para que se recomponga dejará de estar tan nervioso.— Mola.
—Está un poco viejo todo pero sale a buen precio y el sitio está cerca de mi universidad así que... —John se calla porque se da cuenta de que parece que quiera venderle el piso o algo. En vez de seguir hablando va también hacia la cocina y ve que Dave está abriendo la nevera.— Ah, mierda, no hay nada rápido para cenar. Puedo pedir una pizza o algo...
—Estaría guay. Invito yo. —contesta distraído mientras se agacha y se le escapa una sonrisa al ver el contenido de la nevera.— Joder, menos mal que no te gustaba la cerveza.
—Es que me lo pediste. —Esa respuesta hace que el rubio le eche una mirada y John se mordisquea la mejilla por dentro, sin saber si ha dicho algo malo.— He comprado... he comprado demasiada, verdad.
—No, está bien. —Finalmente Dave echa mano a dos botellines y se levanta.— Así nos duran toda la noche.
—¿Toda... la noche?

John, que ya había cogido el teléfono fijo para pedir la cena, se queda muy quieto, observando con cautela al chico que le pasa por el lado y se va directo al sofá. Cuando ya se ha sentado y dejado los botellines en la mesa, le devuelve la mirada a su amigo. De momento no le contesta, deja que la tensión inunde el silencio y se toma su tiempo para buscar las llaves que tiene en el bolsillo de la sudadera, usando después un abrebotellas que tiene enganchado a ellas.

—Tienes razón, hay que dormir algo. Mañana tienes universidad. —le dice mientras da el primer trago de muchos.
—No, no es por eso... yo, es que... ¿sólo hay una cama? —Lentamente se acerca al sofá y se sienta, pensando de manera secundaria que está al lado de Dave Strider, y que sus labios están sobre una cerveza que él ha comprado.
—¿Me lo preguntas a mi? —Divertido, le ofrece el segundo botellín que ha sacado antes de la nevera. John lo coge distraído con la mano que no agarra el teléfono.
—O sea, n-no. Era una afirmación.
—Ya pensaremos en eso después, cuando me enseñes tu cuarto. —Otro trago por parte del recién llegado al que le sigue un sugestivo gesto que obliga al dueño de la casa a bajar la mirada hacia su cerveza; no creía que alguien pudiera humedecerse los labios de manera tan sensual.— Barbacoa.
—...qué. —La última palabra le descoloca tanto que el principio de rubor desaparece.
—La pizza. —Dave señala el teléfono que John tiene en una mano.— A mi me gusta barbacoa.
—¡Oh! Oh, claro. Mierda, voy a llamar ya o se hará tarde.

Mientras el Egbert se centra en buscar en la agenda el número de la pizzería de siempre, el otro aprovecha para observarle de reojo, haciendo ver que simplemente está bebiendo cerveza de manera distraída. El John de carne y hueso es casi como imaginaba, aunque poco le quedaba por imaginar, porque en realidad se han estado viendo por videollamada durante dos meses y es por eso que conoce su lenguaje corporal tan bien.
Todos los movimientos y gestos que hace le parecen graciosos o hasta tiernos; cómo se muerde la punta de la lengua con los colmillos cuando está concentrado, cómo se cruza de piernas en cualquier superficie en la que se sienta, su manía torpe de acelerarse hablando y acabar liándose sólo,... eso último le hace especial gracia (sobre todo porque la está poniendo ahora en práctica con el pobre tipo de la pizzería), pero si hay algo que incluso fascina al Strider es esa fe que tiene en la gente, la confianza que te hace sentir cuando hablas con él un rato, su inocencia. No es que considere eso realmente una virtud, o por lo menos no hasta ahora... pero desde luego lo admira de alguna forma.

—Vale, gracias. Lo siento, lo siento. —Cuando John cuelga suspira y mira su cerveza. ¿Es que siempre tiene que trabarse cuando pide comida a domicilio por teléfono o qué?
—Bebe. —le azuza Dave, que ha estado pendiente de él todo el rato. John le mira sin saber qué hacer.— Venga.
—Bueeeeno... pero sólo una. —Y mientras bebe, el Strider esconde una media sonrisa tras la boca de su botellín porque obviamente no va a dejar que sea "sólo una".—Tío, qué mal. Si me hubieras avisado de que pasarías aquí la noche podría haberle pedido otro colchón a mis vecinos ni que sea.
—Qué jodida obsesión con las camas, Egbert. Y yo que creía que te haría ilusión dormir con tu ídolo.

Dejando esa frase en el aire para que piense en ello, Dave se levanta y regresa a la cocina en busca de más bebida, ya que se ha acabado su primera cerveza. No sabe si su amigo pillará su jugueteo, pero tampoco lo espera del todo porque le conoce bastante bien... aunque a juzgar por la expresión perdida con la que se queda y el largo, larguísimo trago que le pega después a su cerveza, parece haberlo entendido.
El Strider sonríe con suficiencia mientras abre ahí mismo las dos botellas que ha cogido. No sabe si esto cuajará, ni siquiera está muy seguro de saber qué es lo que está haciendo ni por qué, pero es divertido y quiere ver cómo de lejos puede llegar tanto él como John.

—¿Te animas? —le pregunta cuando sale de la cocina, enseñándole las dos bebidas.
—¡Pero... si aún voy por la primera! Y he dicho que sólo sería una.
—Oh, vamos, no me digas que vas a desperdiciar esta cerveza. —Dave se sienta en su sitio y deja la cerveza que John acabaría bebiéndose más tarde frente a él, en la mesita baja.— Ya está abierta, no puedes negarte. Además, ¿todo eso que hay ahí dentro? Es mucha cerveza para un sólo hombre, aunque ese hombre sea yo.
—¡Agh! Venga, vale. Por una noche no pasa nada. —John sonríe, alentado por la comodidad y seguridad que empieza a darle la cerveza teniendo aún el estómago vacío.
—Buen chico.

El tonito que usa Dave al decir eso último vuelve a llamar la atención de John y consigue captar una peligrosa sonrisa en sus labios justo antes de que vuelva a beber. Eso le causa una punzada de un sentimiento poco habitual en él, una especie de mal presagio... John lo ignora, la cerveza le hace ignorarlo.
Lástima; su atrofiado sexto sentido se activó y, por primera vez en mucho tiempo, estaba funcionando... porque la noche, desde luego, fue larga.