4
Mi promesa de lealtad
—¡Espera!—suplicó la terrícola mientras trotaba para tratar de alcanzarlo, él era demasiado rápido para que sus piernas pudieran seguir su acelerado paso, lo cual era extraño puesto a que parecía caminar calmadamente por la inhóspita naturaleza. —¿Estás sordo?
Su comentario hizo que el extraño detuviera de pronto el paso y se volteara lentamente para verla, tenía la cara descompuesta por el poco respecto que ella le profesaba. Bulma sonrió ampliamente.
—Pensé que te perdería—se animó a decir y caminó con más calma para hacer nula la distancia que la separaban del hombre. Por su cabeza se le cruzó una idea fugaz y se rió por lo tonta y ridícula que había sido hasta entonces, del cinturón sacó una caja metálica en donde guardaba todas sus cápsulas; buscó su motocicleta entre todas los pequeños dispositivos.
—Hablas demasiado—expresó simplemente Vegeta, no supo el porqué por el cual no volaba en mil pedazos ese lugar para dejar de escucharla, pensó en Freezer y su deseo de tener ese planeta azul, arrugó la nariz e hizo el ademán de seguir caminando. El chillido de la chica volvió a captar su atención.
—Y tú no hablas nada.—Dejó caer la capsula al suelo, rodó por la tierra mojada y explotó en una gran nube de humo. Vegeta expendió la mano para destruir el aparato que arrojó la terrícola una vez que el humo se disipara y comprobar qué era. —Relájate, es sólo una cápsula—siguió riéndose sola y se sentó sobre la motocicleta que había salido de pronto.
—¿Eres un científico?—preguntó con recelo, ahora si que no tenía porqué matarla, Freezer lo colgaría si hiciese eso, además de que le sería útil para su ejercito poseer esa tecnología. La del pelo lila asintió más feliz que antes, lo cual lo molestó en demasía, era el rey por lo que nadie debía mostrarse tan calmado ante su presencia.
Vegeta gruñó y se limitó a seguir caminando, ella sonrió ampliamente y siguió su paso sobre su vehículo.
—Ahora puedes ir lo más rápido que quieras.
Federados o rebeldes, para todos yo era igual: un traidor. Como Bardock era víctima de un complot más que sabido de parte de los hombres de Freezer para mantener a nuestro pueblo a raya, era rebelde a la fuerza pero no menos respetado por su heroísmo. Con Kakarotto sería lo mismo una vez que se conociera su huída y posterior deserción del ejército real, sus motivos aunque absurdos eran respetados al sólo querer empatizar con la causa de nuestro padre; en cambio yo, que no mostraba signos de querer ser partícipe de su autoexilio, fui degradado de rango.
Mi mala fama entre mis compatriotas no hizo más que ayudar en mi destitución, puesto que los hombres de Freezer hacían y deshacían las cosas de nuestro reino a su antojo, al rey Vegeta poco le importaba que metieran sus narices en todas partes. El castigo que Dodoria buscó para mi ausente padre fue ése, pasé de un batallón decente, el batallón de asalto de insignia verde, al más repudiado de todos, el de asedio, de insignia amarilla. La reputación de los miembros de asedio era de guerreros de mala muerte y bastante mal pagados. Desde un principio supe que ése sería mi destino cuando se supo lo de la conspiración de Bardock, al igual que el de Kakarotto pero éste se fue antes de que eso sucediera.
Pero el gobierno manoseado que ostentaba el nuevo rey no era alentador por lo que morir en un batallón de segunda me tranquilizaba, saber que me podía matar en cualquier momento era una salida alentadora de ese destino que Bardock me había condenado.
—Lo siento, muchacho—comenzó Tomma, haciendo alusión a mi flamante nueva insignia amarilla en el pecho de mi coraza, y le dio un largo trago a una jarra con agua. Habría estado entrenando esa mañana antes de dirigirse al centro de comandos a donde nos asignarían a nuestros nuevos escuadrones de los respectivos batallones. A él por que papá había desertado y a mí por mi degradación de rango. —Cuando Bardock pueda regresar, seguro que podrás volver a tu antiguo escuadrón, ¿cuál era exactamente?
—Décimo tercero de asalto—respondí sin mucho interés, el haberme topado con él en el centro de comandos no había sido más que por mera casualidad y no menos desagradable para mí.
Un anciano de una raza en extinción se nos unió en la sala con papel en mano y nos condujo sin decir palabra alguna a una habitación paralela a donde alojaba a nuestros compañeros, comprendimos enseguida que serían saiyan de colonias. Los colonos como les decían eran tan saiyan como el anciano que nos asignaría a nuestros nuevos escuadrones, no estaban cómodos con nuestras costumbres y sólo se ganaban la distinción como saiyan por compartir trazas de nuestra sangre, ya que muchos de ellos eran híbridos. Arrugué la nariz en señal de desagrado, más humillación que ésa no podían darme y Tomma comenzó a gruñir con fuerza, alegando que no podían hacerle eso. Sonreí con ironía, bienvenido a mi realidad.
Como el anciano no parecía entender lo que Tomma le decía, sólo siguió avanzando. Presionó unos botones y abrió la puerta que nos separaba de la humillación. Había sólo tres individuos, de los cuales dos eran visibles, el tercero esperaba recostado en un rincón oscuro y sólo se le veían la punta de las botas. El viejo alienígena me tomó el brazo y me apunto a los dos hombres parados a la luz, ninguno me pareció memorable y debo decir que en nuestra primera misión, murieron tontamente. El anciano entonces le apuntó al tercer individuo a Tomma y se fue. El mejor amigo de mi padre lo llamó con ofensivo, me quedé para observar.
—Colonos, no dicen mucho y mueren fácilmente—me comentó él con fingido disimulo para que los aludidos escucharan perfectamente. Me reí ligeramente y miré a mis compañeros, no supieron qué más hacer mas que reírse también. —Oye, chico rudo, ¿por qué no vienes acá como los hombres de verdad?—dijo y nos reímos al unísono.
El aludido apenas se movió y se deslizó sobre el metal para descubrir primero sus piernas, bastante delgadas, y luego el resto del cuerpo. Tomma, al ver las piernecitas flacuchas se imaginó a un adolescente sin mucho entrenamiento a cuestas y se rió con satisfacción, según él, le había dado en el blanco con su broma inicial. Pero después la forma de su coraza nos dio a entender que en realidad no era un muchacho adolescente, era más bien una chica.
La chica de las piernas delgadas, lo quedó mirando con una irónica y se volvió a recostar en el rincón oscuro, una vez que supo que habíamos comprendido el mensaje.
—Buena jugada, Tomma—dije antes de salir de la habitación, con los dos colonos a cuestas. El aludido chasqueó la lengua al escuchar la risa generalizada en la estancia.
—Cállate—respondió el alto y se dispuso a dejar a Seripa sola.
El menor se las arregló como pudo, acomodándose los bolsos y las sartenes que tenía amarrados o simplemente sostenidos en los brazos, Chichi lo guiaba más adelante cargada con otros bolsos más pequeños colgándole de la cintura argumentando que tenía que estar ligera, ya que ella rastrearía el lugar propicio para establecer un campamento, evadiendo completamente a las alimañas propias del bosque.
La morena saltó ágilmente un tronco caído e hizo una seña con un dedo sobre su boca para que el alienígena se mantuviera callado y éste se quedó inmóvil enseguida, mientras la terrícola despejaba su vista acomodando unas ramas frondosas lejos de su cara. A simple vista el terreno estaba vacío y Chichi se dio vuelta para observar al chico con aires de victoria. Kakarotto asintió con determinación, estaba completamente seguro que una nativa lo guiaría a la guarida perfecta.
Chichi se volteó dispuesta a seguir su camino y el terreno que una vez vio despejado fue reemplazado por la cabeza de un lagarto que la miraba con hambre. La morena pegó un grito, asustada y gateó hacia atrás cuando la impresión la llevó al suelo. Kakarotto observó con lentitud la escena antes de que comprendiera que la morena no podía hacerle frente al lagarto salvaje y se acercó al animal de un salto, cerrándole el hocico babeante con una fuerte patada. El animal huyó raudo y las sartenes que llevaba colgando del cuello se golpearon entre sí debido al movimiento brusco que había hecho. La terrícola no terminaba de comprender lo que había sucedido hasta que el menor se acercó para ayudarla a incorporarse del suelo.
—¿Cómo has hecho eso? Esos lagartos son muy peligrosos…—tartamudeó la chica con los ojos tan abiertos como podía y se aferró con fuerza del brazo del alienígena como si fuese una gata asustada, enterrándole las uñas por el estrés.
—No ha sido nada, no creo que vuelva a venir—dijo el menor y con un fuerte agarre la atrajo a su cuerpo para que se parara pero su simple cercanía lo ponía nervioso y se alejó rápidamente de ella cuando estuvo de pie. Un recuerdo le vino a su cabeza, algo relacionado a ese efecto perturbador que les producían a los chicos a cierta edad cuando veían chicas y comprendió mis huidas de la instalación donde dormíamos hacia la barraca de las féminas durante las noches, visitaba a la chica de mi escuadrón antes de que muriera en combate cuando teníamos diecisiete años solares.
Chichi se golpeó los pantalones para sacarles la tierra que tenía pegada en la tela y se acomodó el cinto con las provisiones que tenía en la cadera. Sonrió coqueta mientras veía al menor que se alejaba a una distancia prudente y una duda se le pasó por la cabeza.
—Entonces, Goku, ¿qué edad tienes?—pronunció ella y a Kakarotto le costó trabajo reaccionar, aún no se acostumbraba a su nuevo nombre.
—La edad no es importante—dijo y la morena lo miró extrañada, poniendo las manos en la cintura y se inclinó un poco hacia él.
—Eres bastante extraño, Goku—comentó ella y siguió el camino imaginario que tenía trazado en su mente. El muchacho se sintió turbado, en su planeta no se preguntaba la edad porque nadie tenía realmente la edad que representaba, las misiones en el espacio hacía que envejecieran más lento y dependiendo del planeta a donde se dirigieran, envejecían más rápido, si es que la gravedad era muy alta. Si bien él había partido a la edad de dieciséis años solares desde el hangar, su edad actual era bastante imprecisa, aunque supiera que había dejado de ser adolescente.
—¿Cuántos tienes tú? —preguntó, prefería que ella hablara en el trayecto a su cueva escondite a que se mantuviera callada, el sonido de su voz aflautada lo mantenía como hipnotizado, encendiendo cada vez más chispas de un instinto que jamás había experimentado.
La aludida se rió con la boca cerrada y lo miró de reojo mientras avanzaba por la hierba alta, un gesto que lo hizo sonreír sin razón aparente y se sintió como un estúpido.
—Esas preguntas no se le hacen a las mujeres, ¿sabías?—comentó la chica y el menor suspiró turbado, habían muchas cosas que no sabía de esa especie tan extraña. Chichi rió ante su reacción y lo miró expectante. —Tengo dieciocho.
El muchacho empalideció, había recordado al androide que le había salvado la vida y que ahora estaría a merced de los hombres al enterarse de su desaparición. Aún no tenía idea de cómo salvarla ni tampoco de lo que tenía que hacer según Bardock, ya que nunca le dijo qué era lo que tenía que hacer una vez llegando al planeta.
Chichi lo miró entonces con curiosidad, el chico era bastante extraño pero le inspiraba infinita confianza y sus disparates, ternura. —¿Ocurre algo malo, Goku?—dijo y el aludido la observó perturbado. Luego, él suspiró.
—Hice una promesa que no sé si pueda cumplir.
La gruta que habían elegido no era más que un pasillo largo y oscuro que se perdía en el interior de un gran cerro, estaba cubierto de maleza y árboles y arbustos altos. El interior era húmedo y cada vez menos fresco al final del corredor. Chichi encontró la idea de ocultarse ahí una diversión más que un desalojo de emergencia y acomodó las cosas con esmero como si estuvieran jugando a ser familia y la gruta, su casa; por lo que se quedó en la entrada para que la luz natural le permitiera organizar las cosas que había llevado mientras que Kakarotto se internó en la cueva para descubrir sus entrañas. No tenía ningún agujero al exterior y le pareció bastante escondido como para que lograran dar con ellos, su única preocupación era si llegaban a volar ese territorio pero con tan poca población, esperaba que lo pasaran por alto.
—¿Tienes hambre, Goku?—preguntó la mujer desde la entrada y el aludido se sobresaltó.
—No estés tan cerca del exterior, te podrían ver—exclamó a modo de respuesta y se aproximó con rapidez a la puerta pétrea para llevársela al interior y dio con una roca sobresaliente en el techo natural de la cueva. La punta se la enterró en la cabeza y cayó al suelo con fuerza, sus pupilas enfocaron todas partes antes de irse a negro y vio que Chichi se le acercaba con preocupación, lo llamó unas dos veces y no recordó nada más.
Al despertar sintió frío y vio que toda la luz radiante del exterior se había apagado por completo. Se incorporó con violencia y una puntada le quebró el cráneo. Kakarotto se quejó un poco y sintió que la morena se le acercaba lentamente para socorrerlo, le preguntó con suavidad si estaba bien y él no supo que responder.
—¿Qué me ha pasado?
—Te golpeaste la cabeza, Goku. Dormiste todo el día pero ya recuperaste el color de tu rostro, estarás bien—replicó Chichi con una sonrisa preocupada y se hincó a su lado. El menor gruño en silencio y se tanteó la cabeza en busca de un golpe, evidencia de que la mujer hablaba con verdad y descubrió un bulto pegajoso, pensó que sería sangre y Chichi le quitó la mano de una palmada. —Deja tu cabeza tranquila, le puse una pasta a base de hierbas. Debería sanar más rápido.
—Gracias—respondió y la mujer suspiró.
Chichi se acercó a la entrada de la cueva y se sentó, luego miró hacia atrás y suspiró nuevamente. El chico solo la observó en silencio, no recordaba qué era lo que estaba haciendo ahí. Le dolía la cabeza pensar en un tiempo pasado y sólo podía hilar unas escenas entrecortadas de lo que sería su vida.
—No me dirás que me aleje de la entrada o qué. Ven a sentarte conmigo al menos, Goku—replicó con picardía Chichi. El aludido se mostró perturbado.
—Goku—repitió en un susurro y le entró la necesidad de hacer memoria, obedeció al mandato de la morena para recordar lo que le estaba sucediendo. Una vez que llegó a su lado se sentó como el malestar le permitió y miró a Chichi con una neutralidad que la hizo reír. Volteó la vista hacia el cielo y murmuró.
—Noches así no las verás en la ciudad, otra cosa más por la que el campo es mejor—dijo y el menor siguió con la mirada la línea imaginaria que proyectaban los ojos negros de la muchacha. Al dar con el cielo diáfano, las estrellas brillantes a modo de luciérnagas, le golpearon los sesos y abrió la cuenca de sus ojos lo que más se pudo. Chichi sonrió al pensar que el efecto lo daba su amado campo.
—Padre—murmuró como ido y se levantó de un salto para dirigirse al interior de la cueva otra vez, el instinto lo llevó a buscar sus posesiones y revolvió entre las cosas que habían llevado para dar con su rastreador. Volvió con Chichi que lo miraba preocupada y se lo extendió. —¿Cómo utilizo esto?
La chica negó con la cabeza. —No lo sé, pensé que era tuyo—respondió Chichi y se encogió de hombros, mirando hacia otro lado puesto que su supuesta ignorancia con respecto a los artefactos de la ciudad la hacían sentir inútil. Kakarotto chasqueó la lengua y miró por todos los ángulos el artefacto que, sentía, podía decirle lo que había olvidado. —¿Qué te sucede?
—No recuerdo.
—Mencionaste a tu padre. ¿Qué ha sido de él?—indagó la mujer y el chico se detuvo a meditar sus lagunas mentales pero se ahogó en ellas. Negó con la cabeza y Chichi se asustó. —Llegaste hablando de una invasión que venía de la ciudad y un rebelde llamado Freezer, ¿recuerdas?
El chico se encogió de hombros y se limitó a sentar junto a la morena otra vez, con el rastreador en la mano. Chichi se levantó entonces y hurgó entre las cosas como lo había hecho él mismo momentos antes y volvió con un objeto envuelto con un paño viejo. Se lo extendió con cuidado y Kakarotto lo observó oculto entre sus manos. La morena se rió nerviosa.
—No sé si sea verdad, pero papá lo encontró hace muchos años atrás y desde entonces le ha traído mucha suerte—comentó ella con nostalgia y el muchacho sonrió conmovido, quitó el trapo y se topó con una esfera dorada con cuatro estrellas rojas grabadas en un lado. Chichi se rió de vergüenza puesto que ella era muy escéptica pero consideraba al pequeño objeto como un tesoro valioso por su sentimentalismo más que por su riqueza.
Chichi se volvió a sentar junto a él para contemplarlo mientras él se perdía observando la esfera, nunca se había sentido tan a gusto con un chico desconocido y le parecía extremadamente atractivo. En un intento para acercársele aún más, deslizó su mano por detrás de su cuerpo siempre pegada al suelo y fingió estar analizando la esfera con detención cuando sintió algo peludo rozarle la muñeca y pensó que sería una alimaña. Miró a donde estaba el supuesto intruso y dispuesta a quitarlo de un palmetazo, se dio un gran susto cuando el animal estaba pegado a la espalda baja de Kakarotto.
—¡Goku!—exclamó horrorizada y se levantó rauda, induciendo al menor a imitarla, preguntando asustado lo que le pasaba. Cuando Chichi reparó en que el animalejo en realidad era una extensión de la columna del chico, casi le dio un desmayo y cayó al suelo. —Tienes una cola.
—¿Tú no tienes la tuya?—cuestionó con normalidad y ella negó con la cabeza con desconfianza.
—¿Qué eres?
Kakarotto se encogió de hombros. Caminó hacia el exterior y miró las estrellas nuevamente, aunque no sabía detalles parecía conocer claramente todo y su amnesia desaparecería conforme pasara el tiempo, eso esperaba.
—Algo me dice que no soy de aquí.
—¡Já! Dime qué fue lo que te hizo pesar eso—preguntó irónica ella y se resguardó entre unos sartenes que estuvieron más a mano, sosteniéndolos a la altura de su pecho. Kakarotto se le acercó con cautela y la miró con calma, luego sonrió. Puso su mano sobre uno de los sartenes que la defendían y se lo quitó con suavidad, Chichi lo observó sin aliento.
—No debes temer de mí, nunca te haría daño—dijo y ella asintió, hipnotizada. —Si dije que vendría una invasión, entonces tendremos que ocultarnos. ¿Dije cuando sería?
Editado.
Nota: Gracias a Adickdelta y a Natheril por sus comentarios.
Grandes avances, apareció Seripa y no pude dejar de escribir el GokuxChichi :D ¿Qué les pareció la diferenciación de los colonos? Siempre pensé que podrían quedar rezagados algunos y dar paso a otros individuos híbridos o bien forasteros sin dejar de ser saiyan como es el caso de Seripa.
Lo de la perdida de memoria surgió al momento de escribir, no lo tenía planeado xD espero que este cambio haya sido bueno. Prometo escribir más de Vegeta y de Bulma, ya que los he dejado olvidados estos dos últimos capítulos, no se me da bien su aparición, son una pareja bastante especial y me da pavor arruinar la magia. Nos leemos próximamente, RP.
