—Dave.
—Hmmfg...
—¡Dave!
El aludido sólo consigue abrir un ojo mientras guiña el otro, con el ceño fruncido. Apenas hay luz en el cuarto... ¿quién se atreve a despertarle a estas horas? Cuando enfoca la mirada lo descubre sin ninguna sorpresa: su amigo Jehn Ohbert y su inseparable sonrisa boba de cachorro feliz a la que le ha acostumbrado.
Durante los primeros momentos le observa confuso, con expresión enfurruñada por despertarlo así. Antes de responderle verbalmente, gira la cabeza y mira uno de los muchos relojes que tiene John repartidos por su cuarto. Es una curiosa afición, pero sólo con conocer un poco al universitario y su tendencia a estar en las nubes, se entiende que necesite saber la hora a cada momento.
—John, a estas horas ni siquiera han puesto las calles aún. —se queja Dave al ver que no son ni las ocho de la mañana.
—¡Hoy es el día! —le responde él en voz alta justo antes de prácticamente saltar fuera de la cama. Corretea al otro extremo del cuarto con su infantil pijama y, sin ningún miramiento, abre de golpe la persiana hasta arriba.
—Te ODIO, Egbert. —gruñe el famoso, tapándose la cabeza con la almohada.
—¡Levántate!
Lo siguiente que nota Dave es que su amigo le salta encima e intenta asfixiarlo con la almohada mientras se ríe. Eso, sin duda, es una clara provocación que incita inevitablemente a la GUERRA.
John profiere un grito cuando siente que Dave empieza a resistirse bajo las sábanas, pero después sigue riendo mientras forcejean porque de momento él está encima y tiene la ventaja de que el de abajo está inmovilizado... cosa que cambia en cuanto el Strider se desvela del todo y consigue sacar una mano para clavarle los dedos en el hueso de la cadera, que es el recientemente descubierto punto débil del moreno. En cuanto presiona esa zona, el Egbert vuelve a gritar y a reír pero ahora de nerviosismo, intentando huir de la cruel mano de Dave, que por fin consigue ganar terreno y cambiar posiciones.
Aún cuando la victoria ya tiene claramente el nombre del famoso, el otro sigue manoteando debajo suyo hasta que, desgraciadamente, le da un golpe a la mesita de noche y ambos escuchan cómo se caen varias cosas, entre ellas los móviles de los dos y...
—Tío, creo que te has cargado mis gafas. —Esa corta frase hace que John deje de reír abruptamente.
—NO. —dice cuando Dave se baja de encima suyo y se estira para recoger lo que se ha caído.— NooOOO, ¡qué he hecho!
—Estaban aseguradas en dos millones. —El rubio le muestra las gafas, a las que se les ha aflojado una patilla.
—QUÉ. DIOS, LO SIENTO.
—Es coña. —contesta al ver la expresión de terror de John.— Da igual, están ya viejas. Compraré unas de repuesto en el bazar de la otra calle y ya.
—Cómo vas a llevar unas gafas de bazar. —le dice el aún horrorizado culpable.— Espera, vamos a intentar arreglar estas.
—A ver con qué me sales ahora.
Mientras John vuelve a levantarse de la cama y se pone a rebuscar en los cajones de su escritorio, el Strider deja las gafas rotas en la mesita de noche y las mira durante un segundo con un deje de nostalgia. Sabía que tendría que cambiarlas dentro de poco porque deben tener como seis años ya...
Sacude la cabeza ligeramente y alarga la mano hasta su móvil cuando ve que se va a poner a pensar en el pasado. A él le gusta vivir en el presente, y el presente son los veintisiete mensajes que Dirk le dejó anoche en Pester. ¿Puede ser su hermano más pesado?
A la vez que el famoso se pone a leer los mensajes, John se acerca de nuevo al borde de la cama con celo en las manos y coge las gafas de su ídolo. Se toma un momento para contemplarlas como sólo un verdadero fan lo haría y luego procede a hacer el torpe apaño en el que ha pensado.
—No. —dice Dave cuando bloquea la pantalla de su móvil y ve lo que su amigo le ofrece.— No voy a ponerme esa chapuza, Egbert.
—¡Pero...! —John mira las gafas de sol con la patilla envuelta en celo.
—Nada de peros. —le corta él a la vez que se levanta y empieza a vestirse
—Jo... —Desanimado, deja las gafas en la mesita y las mira con pena.
—No te pongas triste, te las puedes quedar de recuerdo. —De repente, su amigo le dirige una mirada llena de sorpresa que obliga a Dave a reprimir una sonrisita.— Cuídalas, eh.
—¡Sí! Dios... ¡Dios!
—Deja de mojar las bragas, o por lo menos no tengas el descaro de hacerlo conmigo delante.
—Perdón... digo. Qué. —Su expresión cambia de repente a una enfurruñada al darse cuenta del comentario del famoso, que ya sale del cuarto.— ¿Ya te vas?
—Sí, tengo cosas que hacer para lo de esta noche. —contesta el otro desde la cocina mientras abre la nevera y se coge uno de los zumos de manzana que compró ayer.— Y tú también, así que date prisa.
—¿A dónde voy yo? —pregunta John, que aparece en el salón pasados dos segundos. Tiene la camiseta enganchada al cuello, los pantalones a medio subir y sólo lleva un zapato.
—Tienes universidad, no.
—Ah... ¡ah! —Después de abrocharse los pantalones mira el reloj más cercano.— Bueno, aún tengo tiempo antes de que llegue mi amiga.
—Da igual, acaba ya y bajamos. —Sin avisar, le tira un zumo a John, que lo agarra por pura casualidad, porque tiene los brazos atravesados en la camiseta.— Desayuna.
—Vaaaale, mamá. —Deja la botellita fría encima de la barra americana y antes de cumplir con la orden se coloca bien la camiseta ante la atenta mirada del rubio.— Entonceees... ¿vas a salir así a la calle, sin gafas?
—Espera. —Dave se sube la capucha de la chaqueta negra que lleva y vuelve a cruzarse de brazos.— Así.
—Como si no se supiera quién eres porque lleves capucha. —se ríe mientras se bebe a grandes tragos el zumo.
—No te preocupes por mí, voy a tener un coche privado abajo en quince minutos.
—Vale, Rubius.
—Mira, te voy a dar otra puta paliza.
—¡Lo siento, lo siento!
Sin decirle nada más pero fulminándole con la mirada, Dave sale de la cocina y empieza a enfilar hacia la puerta de salida, lo que hace correr a John por terminarse el zumo y coger su bolsa de la universidad. Cuando sale y cierra con llave, el famoso ya está entrando al viejo ascensor, así que tiene que volver a correr detrás suyo y entrar antes de que la puerta de hierro se cierre con un crujido.
John suspira por lo apresurado que ha sido todo y mira de reojo a Dave, que tiene los ojos rojos clavados al frente y las manos en los bolsillo como si estuviese relajado... pero sus labios están pálidos por la tensión a la que están sometidos y su pie derecho no deja de moverse. Al llegar a la planta baja, el moreno tiene una suave sonrisa en sus labios porque cree haber descubierto algo que el otro intenta ocultar y es que, increíblemente, está nervioso.
Cuando la puerta se abre y ambos salen, el Egbert agarra el brazo de su amigo antes de que baje los tres escalones que hay hacia la puerta de salida del portal. Dave se para al momento y gira la cabeza hacia atrás, preguntándole con la mirada si ocurre algo.
—Si quieres puedes quedarte en mi casa. —le ofrece el más joven.
—Tengo que hacer preparativos, ya te lo he dicho. —contesta el otro, mirándole extrañado después.— ¿Por qué me dices eso?
—No sé, no te veo muy cómodo con eso de ir por ahí sin gafas. —Como aún quedan cinco minutos para que Jade llegue, John apoya la espalda en barandilla de la escalera.— Además, seguro que ya hay gente intentando saber el hotel donde estáis y buscándote por la calle cámara en mano.
—Qué tranquilizador. Aunque ya lo sé. —Dave pone los ojos en blanco.— Y no es que no me sienta cómodo, vale, es que quiero mantener el misterio.
—Sí... ya. —le contesta y no puede evitar esbozar una sonrisa: no se lo cree en absoluto.
—¿Qué te pasa? —pregunta el rubio mientras frunce el ceño y se acerca un poco a él.— ¿Te ríes de mí?
—Un poco. —se atreve a contestarle él, ensanchando la sonrisa hasta que se le ven los dientes.
—¿Ah sí? —Dave se acerca cada vez más y la sonrisa de John se transforma en una nerviosa.
—¿Qué haces...? —pregunta con la voz dos tonos más baja que antes.
El Strider no contesta más que con una sonrisa pilla mientras agarra los barrotes de hierro de la barandilla de la escalera que tiene John detrás y lo deja atrapado entre sus brazos. Se le queda mirando durante un momento, disfrutando de la confusión en los ojos de su amigo y de la situación de superioridad en si, hasta que ve que John va a abrir la boca para hablar y agacha ligeramente la cabeza para callarle con un beso.
Como cada vez que sus labios se pegan, John hace un sonidito de sorpresa y, aunque al principio no reacciona, luego intenta adaptarse con timidez. Dave cuenta mentalmente mientras ladea la cabeza y presiona al joven con el beso para que éste acabe pegando la nuca a los barrotes que tiene detrás, dejándole totalmente a su merced; esta es la tercera vez que se besan. Aún no sabría decir si esto le gusta porque nunca lo ha probado y es la excitación de descubrir algo nuevo o simplemente porque... bueno, porque le gusta y ya. Lo que sí sabe es que desde luego quiere hacerlo una y otra vez, a cada momento que pueda.
La verdad es que su idea de anoche, yendo a cenar a casa de John y todo eso, era enrollarse otra vez pero sin alcohol de por medio para ver hasta dónde podían llegar así. Sin embargo, las cosas se torcieron porque su amigo estaba demasiado emocionado con el tema del Strider mayor y Dave demasiado enfurruñado por esto mismo.
Ahora, sorprendiéndose a si mismo, Dave se ha atrevido a comerle la boca en un lugar técnicamente público, aunque en teoría sólo haya sido para hacer que el Egbert deje de notar la inseguridad que le provoca no llevar gafas.
—Esto no... tenía que volver a pasar... —dice John cuando el rubio deja de ocupar su boca de manera permanente y le va dando cortos pero intensos besos intercalados con mordiscos a su labio inferior.
—Eres imbécil si crees eso. —murmura él contra su boca, bajando las manos por los barrotes hasta llegar al cuerpo de su amigo y anclarlas en su cintura. Inconscientemente, está tan caliente como aquella primera noche en la que John le llevó a su cuarto entre besos.— Oye, por qué no te saltas hoy también tus clases y subimos a tu casa...
—¿Para qué...? —pregunta con inocencia el moreno, que se agarra a sus hombros e intenta despegar los ojos de los apetitosos labios de su ídolo, siendo ya demasiado complicado concentrarse en algo cuando nota sus manos enganchadas en la cintura.
Entonces escuchan un timbre y, aunque es lejano, ambos reaccionan igual: después de un breve sobresalto, se despegan bruscamente y miran hacia otro lado, emulando ese fingido y muy falso disimulo de las películas; sólo les falta silbar y meterse las manos en los bolsillos para ser aún más obvios.
Después del primer susto, John se da cuenta de que hay alguien fuera apretando un timbre y que, además, conoce a esa persona.
—Es mi amiga. —anuncia mientras se recoloca la bolsa que lleva colgada al hombro y echa una mirada tímida a Dave.— Tengo que irme...
—...seh, yo también. —le contesta él después de unos segundos de vacile en los que también miraba hacia fuera.— Mi coche debe estar al llegar.
En silencio, ambos bajan la breve escalerita hasta la salida y John abre. Ahora le toca sobresaltarse a Jade, que no se cree que su amigo esté ahí abajo a tiempo y le mira con los ojos muy abiertos antes de desviarlos hacia el chico que le acompaña y acentuar aún más la expresión de asombro.
—Buenos días. —murmura el Egbert al darse cuenta de lo que puede parecer la situación: que Dave no ha ido tan pronto a su casa así que ha pasado la noche con él. Decide meter baza antes de que la idea pueda aparecer primero en la cabeza de su amiga y luego en su muy probable sonrisita cómplice.— Ahm. Dave, ella es Jade y...
—Hola. —dice de repente el rubio, sin dejar acabar a John. Luego se vuelve a quedar unos segundos en silencio y añade:— ...encantado.
—Igualmente. —La expresión de sorpresa de la Harley va cambiando poco a poco: primero parece confusa, perdida, y de repente las comisuras de sus labios se alzan y mira a John.— ¡Algún día podríamos salir los tres para conocernos mejor, eh! No traes a famosos a tu casa todos los días, así que tengo que echar un poco de cara, hehe.
—Sí, esto... podrías traer a algún amigo en mis próximos cameos en la ciudad. —contesta Dave, que también mira a John.— Ya es tarde para añadir a alguien a lo de esta noche pero...
—¡Eso estaría guay! —dice él alegremente a pesar de que nota que el ambiente está algo enrarecido.
—Bueno, entonces... Dave Strider, —la mirada verde de la chica se dirige durante un instante al rubio, pero la aparta después— tengo que robarte a este estudioso chico. Tiene que hincar mucho los codos si quiere aprobar.
—Por supuesto. —Asiente y alza una ceja mientras observa al aludido. Luego le da una suave y oculta caricia en la mano a modo de despedida que a John le sienta como puro fuego después del intenso encuentro del portal.— Hablamos luego, Jehn.
Mientras da dos pasos marcha atrás, el Strider hace un gesto con el pulgar y el meñique, refiriéndose a que le llamará. John asiente con una sonrisa vergonzosa y la mano enganchada con fuerza a la correa de su bandolera. Al final el famoso se aleja por la acera con la cabeza gacha y Jade le da un tirón en el brazo a su amigo para que empiecen a caminar hacia su destino.
—Bueeeeno, creo que hay MUCHAS cosas que tienes que contarme, ¿no? —empieza ella, inclinándose hacia un lado.
—Sí, pero... es tan largo que no me va a dar tiempo a explicártelo antes de llegar. Tendrás que esperar al descanso de media mañana.
—Jooo... ¿por lo menos me dices qué es eso de esta noche?
—¡Ah! Es que Dave va a ir a pinchar a un sitio y bueno, me dijo de ir con él... —John encoge los hombros y se queda mirando a su amiga mientras se muerde un poco el labio. Ella hace exactamente lo mismo, esperando a que suelte lo que sabe que tiene que decir sólo por su expresión.— ¡Voy a conocer a Dirk Strider!
—¡Guau! Es el hermano mayor de Dave, ¿verdad? —Ella da un saltito emocionada, como si fuese ella la fan que va a conocer al otro famoso.
—¡Sí!
—Qué exclusividad, chico... Os habéis hecho muy amigos, eh... —Él asiente y luego se queda mirando a Jade un momento, que parece relajarse y suspira.
—Y tú... ¿estás bien? —le pregunta él de repente, haciendo que su amiga le mire sin entender.
—¿A qué te refieres?
—No sé, te he notado rara hace un momento, cuando...
—No te preocupes, John. —se adelanta, cortándole y sacudiendo la cabeza a modo de negación.— Es que anoche me acosté tarde hablando con mi primo. Al parecer quiere hacerme una visita pronto.
—¿Tu primo? —pregunta John, alzando las cejas.— No me has hablado nunca de ningún primo.
—Sí, es que... hace mucho que no nos vemos, sabes. —Ella se encoge de hombros.— De pequeña era muy cercana a él, pero luego me mudé aquí y dejamos de hablar tanto.
—Ohh... claro. Entonces es eso. —Aun así, John echa una mirada interrogante a Jade, que lo ve y le da un golpe en el hombro.— ¡Ay!
—¡Deja de mirarme así, eh! —Se ríe y luego asiente solemnemente.— Vaaale, me has pillado... Es que me ha sorprendido todo en general también. En tu portal, digo. O sea, Dave Strider saliendo de tu casa a las ocho y media de la mañana... sin gafas... quedáis para esta noche... ¡es para rayarse!
—¡Ahhh, claro!
John se da una palmada en la frente al caer en ello. Sólo hacía falta ver la situación desde el punto de vista de sus dos amigos: Dave, sin gafas, mostrándose ante una desconocida que, por su parte, ni esperaba encontrárselo tan de sopetón. Ahora el universitario ve natural que tanto el uno como el otro se hayan comportado raro, como incómodos. A pesar de ese primer momento tenso, le gusta la que ha propuesto Jade, que es quedar los tres juntos. ¡Eso puede ser super divertido!
·
John mira la hora en su móvil por octava vez: las once y media pasadas. Luego se vuelve a guardar el dispositivo y se arrebuja más en su cazadora de baseball, dando gracias al cielo que la hizo ser tan calentita para estas noches raras de primavera en las que bajan tanto las temperaturas.
Sorprendentemente, lleva listo más de treinta minutos y, cuando su alarma sonó avisándole de que había llegado la hora, bajó corriendo por las escaleras, ya nervioso. Esta vez no quiere llegar tarde por nada del mundo. Sin embargo los minutos pasan y John sospecha que Dave le ha citado diez minutos antes porque sabe lo despistado que es y pensaría que seguramente llegaría tarde... ¡Pues no! Esta vez no, piensa el Egbert.
Está muy cansado por haber madrugado y luego haberse pasado el día ocupado. Le ha contado a Jade casi todo lo que ha pasado con Dave (obviando momentos raros en los que John aún tenía que reflexionar mucho más), ha estado super atento en las clases y luego ha ido a trabajar y se ha esforzado tanto como cuando está feliz... Por eso mismo, cuando le dijo a Vriska que le cubriera mientras pasaba media hora fuera comprando una cosa la chica aceptó aliviada. Al recordar esa pequeña aventura, aprieta un pequeño paquete envuelto que tiene en el otro bolsillo de su chaqueta. Ese tema también le tiene algo nervioso, no sabe cómo va a resultar...
—Hola, guapo. —dice alguien en voz alta, haciéndole levantar la cabeza del susto. Enfrente suyo tiene un coche negro, brillante y de aspecto lujoso. Por la ventanilla trasera asoma la cabeza de un rubio que conoce más que bien.— ¿Subes?
—Por supuesto, no querrás que me coja un bus en este barrio de mala muerte y a estas horas tan peligrosas, no. —le responde John, un poco más animado al notar el buen humor de su amigo.
—Dios, no, a saber qué le harían a un caramelito como tú.
Mientras el Egbert suena una protesta en forma de exclamación, abre la puerta y Dave se echa a un lado para dejarle sitio en el asiento trasero. No hay que fijarse mucho para ver lo a tono que está, seguramente ya pensando en toda la gente que le estará mirando (y admirando) dentro de un rato.
Antes de dirigirse de nuevo a su amigo, el rubio le hace una seña al chófer para que ponga el coche en marcha. Ahora sí, se fija en su amigo a la vez que adopta una postura de chulo total y asiente varias veces con la cabeza. John, por su parte, no se da cuenta de nada porque está muy ocupado mirando la increíble tapicería de cuero del coche y quitándose la chaqueta.
—Nada mal, Egbert. —le llama la atención el más mayor.— Creía que tenías el sentido de la moda atrofiado, pero esta ropa mola.
—¿Por qué creías esto? —pregunta con una media sonrisa el otro, fijándose en las gafas nuevas y seguramente de repuesto que Dave lleva.
—Porque en las videollamadas sólo te veía en camisetas viejas, pijamas de niño de nueve años o esa bata roída tuya. —Al acabar de hablar, hace un gesto con la mano y mira a su amigo. John sabe que está esperando a que le diga algo.
—Tú estás bien.
—¿Bien? —repite el rubio, incrédulo.
—Sí.
—¿Sólo bien? Me ofendes. —Dave hace un gesto airado y gira el cuerpo hacia el otro lado, mirando por la ventanilla. John manosea la chaqueta que se ha quitado y sabe que ahora es el momento perfecto.
—Es que te falta algo. —empieza él después de un momento, volviendo a ganarse la atención de su amigo aunque seguramente sea un mirada de desdén.— Esas gafas... se nota mucho que no son las de siempre.
—Ah... ya, bueno. Ya lo sé, me cagan la imagen por completo. —Se toca una patilla de las lentes con un dedo.— No he tenido mucho tiempo para ponerme a ello, así que al final las he comprado en un bazar. No sé si la peña se dará cuenta, pero desde luego yo veo la horrible diferencia hasta en el brillo de...
—Ten. —le corta de repente John, poniéndole delante el paquete que tenía en el bolsillo de su cazadora.
—¿Qué es esto? —pregunta el otro con cautela, sin moverse.
—Un paquete bomba. ¿Tú que crees? Cógelo, hombre. —Le deja el paquete encima de la rodilla; Dave lo mira, luego mira a su amigo, y de vuelta al paquete envuelto en papel rojo.— Y ábreloooo...
—Espero que no sea una de tus bromas. —murmura Dave para ocultar que en realidad esto le ha pillado totalmente por sorpresa mientras coge el regalo.
—Me encantan las bromas, pero esto es serio.
Ante la atenta mirada del Egbert, los dedos del rubio se cuelan entre el papel y empiezan a despegar el celo, teniendo cuidado de no romper ni siquiera el envoltorio. Si no supiese que ese chico recibe muchos, muchísimos regalos por parte de sus fans, diría que está nervioso de verdad.
Dave, por su parte, está hasta tenso ya. Acaba de deshacerse del papel y se encuentra con una funda que le resulta lejanamente familiar en la que hay estampada la firma de una óptica. Alza las cejas y se queda observando la cajita durante un momento, luego sube la mirada hacia John, que parece vibrar de emoción en su asiento, y finalmente la abre con cuidado para ver el contenido, que resultan ser unas gafas nuevas.
—¡Son el mismo modelo! —exclama John ya sin poder esperar más, acercándose al chico para inclinarse y mirar la adquisición.
—Sí... sí, lo sé. —susurra Dave, cogiendo las lentes con mucho cuidado y poniéndoselas a la altura de los ojos para mirarlas de cerca mientras se quita las de repuesto que llevaba.— Literalmente... el mismo.
—He buscado el número de serie de tus gafas viejas para ver de qué modelo eran, pero al parecer son un diseño propio de una óptica en concreto y ¿sabes qué? ¡La óptica es una que está por aquí cerca! Menuda casualidad, ¿no?
—Casualidad, sí. —Su voz parece tan queda, tan falta de ilusión, que a John se le va debilitando la sonrisa.
—¿... no te gustan?
—Cómo no me van a gustar, capullo. —le dice, aunque sigue sonando algo vacío.
El moreno se mordisquea el interior del labio, sin saber si decir algo más. De momento decide guardar silencio y observar los siguientes movimientos de Dave, que se pone sus nuevas gafas y deja las que le sirvieron de repuesto durante unas horas en la funda en la que venían las otras. Después mira alrededor como si estuviera probando su visibilidad hasta que finalmente el camino de sus ojos acaba en su amigo. Sin decir nada, alarga la mano y le coge del brazo, tirando ligeramente de él. Esta vez John sí que ve venir el beso, pero no lo evita. Sólo cierra los ojos y deja que Dave haga el resto.
Ambos saben que el chófer podría verles si se fijara un poco más en los asientos traseros que en la carretera, pero John deja de pensar en ello cuando siente una suave caricia en la mejilla, igual que Dave cuando su amigo se apoya con cuidado en su rodilla, obligándole a soltar aire en mitad del beso como si acabase de hacer algo realmente obsceno. Siseando, rompe el beso... pero el moreno no quiere terminar aún y, en un arranque de atrevimiento, es él quien echa la cabeza hacia delante para recuperar terreno y volver a unir sus labios. Obviamente, Dave no tiene queja al respecto y deja que por un momento sea el Egbert quien lleve las riendas y le bese con una ternura más que esperada en él.
Entonces la voz femenina y robótica del GPS del coche les obliga a romper la cadena de besos en la que sin querer se había convertido el trayecto hacia la discoteca; "gire a la derecha y a 300 metros habrá llegado a su destino" dice la voz. Sin ganas, ambos chicos se separan y proceden a arreglarse sus respectivas camisas: la de Dave, blanca y abotonada hasta arriba, con una cadena de oro al cuello como complemento, y la de John a cuadros en tonos de azul oscuro, totalmente desabotonada y con una camiseta blanca debajo.
Cuando ya vuelven a considerar que su ropa está colocada decentemente, ambos miran por las ventanillas. Que sean opacas hace que desde dentro se vea todo un poco más oscuro de lo normal, pero desde luego no hace falta más para ver la cantidad de gente que empieza a agolparse en una de las calles en las que está la discoteca a la que se dirigen. De repente, John reconoce la zona en la que están y sabe a dónde van.
—Dave, tengo veinte años.
—Gracias por este importante dato. No es como si lo supiera a la perfección. —le contesta él con seriedad, volviendo a arreglarse los ya perfectos puños de su camisa.
—Quiero decir que no puedo entrar en la Raven. —Pone mucho énfasis al nombre de la discoteca y se gana una mirada de desdén del rubio.— Es un sitio para mayores de veintiuno. ¿Por qué no me has avisado de esto?
—Se supone que miras mi web diariamente, deberías haberlo sabido. —le recrimina.
—¡No he tenido tiempo entre las clases, el trabajo y buscarte las malditas gafas!
—No te rayes, John. —Le pasa una mano por el pelo como si acariciara a un perrito, haciendo que se sacuda para librarse de él.— Mira, estoy seguro de que no vas a ser el más pequeño ahí dentro ni de coña. Fijo que se cuelan hasta niñas de quince, te lo digo.
—¿Y qué pasa si me pillan? —se queja John, dejándose resbalar en el asiento cuando el coche gira y da la vuelta a la discoteca para entrar en el párking trasero y evitar al mogollón.
—No van a pedirle el carnet de identidad a la persona que viene conmigo, tío. —Cuando llegan a la puerta del párking, tienen que esperar un momento a que les abran, así que a un grupo de gente le da tiempo a acercarse y pegar las narices al coche. El chófer toca el claxon y John se encoge aún más, algo asustado.— Éstas de aquí fuera deben tener como trece años.
—Madre mía. —musita él, aliviado cuando el coche por fin tiene acceso y las chicas que dejan atrás gritan.— Yo nunca haría esto, menudas locas.
—Ya, claro... impensable viniendo de ti, ¿verdad...? —Dave niega con la cabeza como si estuviera indignado y luego mira a su amigo.— Por cierto, ¿cuántas marcas de besos tenía el póster que tenías con mi careto justo detrás tuyo en las videollamadas?
—¡Te lo estás inventando! —exclama John en cuanto le escucha.
—Te he librado de besar fotos impresas, eh. —Sonríe y le regala una pequeña caricia en la barbilla como si fuese un niño pequeño, detalle que enfurruña aún más al universitario.— Anda, ponte la chaqueta y vamos.
Justo cuando John va a contestarle, el chófer abre la puerta izquierda, que es la que tiene Dave al lado, y el famoso sale fuera. Escucha que le dice algo breve a alguien que le esperaba ahí fuera y luego se asoma dentro del coche, haciéndole un gesto a su amigo para que se dé prisa. De nuevo nervioso porque recuerda lo que está pasando, el moreno abre la puerta derecha y sale a trompicones del vehículo, caminando inseguro hasta que vuelve a estar al lado del Strider, que le pone la mano en la nuca para guiarle mientras caminan. Están siguiendo a un hombre vestido todo de negro, rapado y muy grande. Seguro que es alguien de seguridad.
Ya a punto de llegar a lo que parece la puerta trasera del gran edificio, el Egbert echa una mirada por encima del hombro para ver los barrotes ya lejanos de la entrada del párking. Asombrado, comprueba que sigue habiendo un montón de gente ahí agolpada, probablemente muy emocionada sólo por ver a su ídolo de refilón. Entonces John se pregunta seriamente si él no estaría ahí de verdad si no hubiese tenido la oportunidad de conocer a Dave como lo conoce... Tal vez tendría que retirar lo que le había dicho antes sobre el tema.
Notando que su amigo está caminando sin mirar al frente, el Strider le da un apretón suave en la nuca para llamarle la atención. John le mira un momento y luego dirige sus curiosos ojos hacia el frente, dándose cuenta de que le avisaba de que ya han alcanzado la puerta y tienen que subir unos escalones para entrar. El hombre que les ha acompañado en el corto trayecto les abre sin decir nada y se queda ahí fuera mientras los dos jóvenes pasan a un pasillo corto con varias puertas, iluminado por una agobiante luz azul. Dave continúa guiando a John hasta llegar a la puerta más lejana, al final del recorrido, la cual abre sin llamar y entran en una zona mucho más iluminada.
—Guaaaau. —suelta el más joven en cuanto echa una ojeada alrededor. Aunque no es una sala muy grande, está exquisitamente decorada, combinando elementos modernos como mesas alargadas de cristales de colores y elementos de aspecto más antiguo, como las pesadas cortinas de terciopelo colgadas de las paredes.
—Es guay, eh. —le dice Dave con una sonrisita de suficiencia mientras disfruta de su obvia fascinación.— Luego se llenará de gente que ha pagado un pastón por estar aquí, pero de momento... estamos solos.
—Parece todo tan caro y exclusivo. —continúa él en su asombro, ignorando el tono insinuante del rubio. Sus ojos acaban fijándose en la mesa más grande, que está en el extremo izquierdo de la sala y está repleta de vasos, cubiteras con pinta de ser de plata y botellas de licores que John nunca ha visto.— ¡Dios santo, y cuánto alcohol! Por eso tenías tan claro que tu plan de emborracharme sería viable, eh.
—No dejes que mi hermano te emborrache. Puedes acabar muy arrepentido y con la cara llena de permanente rojo. —dice de repente una tercera voz que casi hace que el Egbert salte por encima de la mesa.
—Bueno, ya tardaba en salirte esta vena voyeur que tienes. —se queja Dave con voz monótona mientras el moreno se gira y se encuentra con el chico que prácticamente ha criado a su ídolo. Casi se le cae la mandíbula al suelo: en vivo es mucho más guapo, más apuesto, más guay y más TODO.— John, por favor, reacciona. Me estás avergonzando.
—¡Perdón! Lo siento. Perdón. —se repite él, que casi se muere cuando ve a los dos hermanos saludarse, uno dándole un pellizco en la cintura al menor y el otro propinándole un golpe en el brazo al mayor.
—¿Este es el amigo? —pregunta el rubio más alto.
—Este es el amigo. —confirma el más bajo. Ambos le están mirando y John tiene que apoyarse disimuladamente en la mesa para no desplomarse de la emoción ahí mismo.— Se llama Jehn.
—¡Es John! —se apresura a corregir, asesinándole durante dos segundos con la mirada para después volver a dirigirla al hermano mayor.
—Yo soy Dirk. —le dice el chico a pesar de que lo sabe perfectamente. Después se acerca a él y, sin que se lo espere, le pone las manos en los hombros.— Sé que mi hermano se te ha estado acoplando en casa. Te pido disculpas de antemano porque sé que es un grano en el culo y un caprichoso de mierda.
—No es ninguna molestia... —John se ríe nerviosamente y casi se le para el corazón cuando el Strider mayor le dedica una breve, brevísima y pequeña sonrisa ladeada acompañada de un ligero cabeceo que parece de curiosidad.
—Voy a ir a por más velas que aguantar, esperadme aquí. —se mete de repente el hermano menor, haciendo que el mayor suelte al moreno y se gire para mirarle con una ceja alzada. A John casi se le suben los colores a la cara, pero al ver la sonrisa de mala leche de su amigo y saber que eso es exactamente lo que busca, se recompone y contraataca.
—En realidad sí, sí que es un grano en el culo. —le suelta el ojiazul. Dirk le vuelve a mirar y asiente, dándole el aprobado.
—Guau, que te jodan, Egbert.
—Esa boca, gilipollas. —le reprende el hermano mayor, ganándose una carcajada de John.— Tira a echarle un ojo a tus mierdas y deja de incordiar.
Sorprendentemente, Dave no replica de manera verbal, pero sí que levanta el dedo corazón de una mano mientras se aleja con cara de malas pulgas, como si fuese un niño pequeño sin argumentos que dar cuando se meten con él.
Cuando llega a la separación de cristal que lleva directamente al escenario con todo el equipo de sonido y se pone a hablar con el primer operario que le pasa por delante, John nota el silencio a su alrededor y se da cuenta de que se ha quedado a solas con Dirk Strider. Dios, ¿será esta la manera de vengarse del Strider menor, dejarlo a solas con su hermano cuando sabía lo nervioso que estaba por conocerle?
Por su parte, Dirk continúa mirando fijamente a su hermano pequeño, que sigue hablando con uno de los montadores del equipo, hasta que se da cuenta de la obvia tensión que siente el joven a su lado. De primeras, él también se siente un poco incómodo y se deja llevar por el ambiente enrarecido que ha dejado el repentino silencio, pero ve tan perdido y nervioso al ojiazul que acaba sintiendo la necesidad de hacer algo, de coger las riendas de la situación y suavizarla.
—¿Bebes? —acaba preguntándole mientras se acerca a la gran mesa que tienen a su izquierda y coge dos vasos de tubo.
—Ahm, esto, normalmente no... —Dirk se queda quieto cuando le escucha y le mira durante unos segundos. John entiende de repente que lo que intenta es romper el hielo y que, qué demonios, ¡está de fiesta!— ¡Pero está bien por una noche!
—Genial. ¿Me dejas hacerte algo?
—¿Cómo?
—Un cóctel de mi propia cosecha. —le explica. Antes de escuchar su respuesta, ya se pone a llenar ambos vasos con el primer ingrediente de su receta misteriosa.
—Oh, vale. —accede el más joven. Después Dirk coge otras dos botellas y hace unas simples pero llamativas maniobras con ellas, arrancándole una exclamación a John.— ¡Qué guay!
—Cuando era un niñato estuve un par de años tras la barra de un bar. —le explica él, dedicándole una mirada mientras vuelca el contenido de ambas botellas a la vez. Se da cuenta de que el moreno le observa con una expresión extrañada.— Te cogen en cualquier sitio si eres bueno con las manos, tengas la edad que tengas.
—¿Y qué edad tenías?
—Unos diecisiete... Pueden meterse en mierda legal si les pillan con un menor trabajando sin contrato, y encima manejando alcohol, sabes. Pero siempre he aparentado un par de años más de los que tengo. —Dirk acaba de hacer acrobacias con las botellas de cristal y mete dos palitos de decoración en cada vaso, alargándole uno a John después.— Aquí tienes.
—Gracias. —Coge la bebida que le ofrece, que ha acabado siendo de un tono morado por encima que va aclarándose hasta llegar al final. No se lo piensa dos veces y da un traguito de prueba, relamiéndose después al notar el delicioso y delicado sabor afrutado que tiene.— Dios, está muy bueno.
—Sí, verdad. —contesta el mayor con confianza, bebiendo de su propio vaso con la misma mezcla.— Ves, les valía la pena correr el riesgo de tenerme currando ahí aunque fuese menor.
—Es verdad. —se ríe levemente John mientras mira con demasiada fijeza al Strider mayor para encontrar todas las similitudes posibles con su hermano pequeño.— En parte no está bien que esté tan bueno...
—¿Por qué? —A la vez que le pregunta, hace un gesto con la cabeza y echa a caminar, indicándole a John que le siga hasta el sofá para sentarse los dos.
—¡Porque voy a querer más! —Le hace caso y va tras él con paso alegre, ya más relajado gracias a lo agradable que está siendo Dirk.
—Oh, John, esto es sólo el calentamiento. —le sonríe el rubio, inclinándose hacia delante en cuanto se sienta.— No te cierres a nuevas experiencias, sé hacer otras cosas mucho mejores.
El Egbert se sienta a su lado, se encoge de hombros e intenta aplacar la sonrisa mordiéndose el labio inferior mientras sostiene su vaso con ambas manos. La verdad es que sigue con un cosquilleo de nervios en el estómago, pero son unos nervios buenos, de emoción. Desde luego, era gracias a Dirk Strider y a la grata sorpresa que le ha dado, siendo de una manera totalmente inesperada para él.
John creía que iba a conocer a un tipo mucho más serio, tosco, hasta frío, pero en realidad sólo es una especie de versión más centrada, cabal y multifunciones que Dave. Encima no parece querer meterse con él cada tres segundos, al contrario, lo que busca es que se sienta cómodo en un ambiente tan extraordinario para el universitario. Ser consciente de esto último le hace ensanchar un poco más la sonrisa justo cuando Dirk se inclina ligeramente hacia él y empieza a hacerle preguntas sobre su vida; otra cosa para hacerle sentir en su salsa.
Parece que la noche va a ser más entretenida y guay de lo que creía, que ya es mucho, y sin sentir la necesidad de tener a Dave rondando a su alrededor.
·
La música electrónica retumba desde hace ya un par de horas en la discoteca Raven y la zona VIP se ha llenado tanto que parece haber dejado de ser exclusiva.
John puede entrever a la gente bailando como loca gracias a una apertura que Dirk ha dejado al correr la tupida cortina del reservado en el que han entrado cuando ya estaban cansados de hablarse a gritos. Por lo menos ahí dentro la música se amortigua un poco y tienen un sofá para ellos solos.
—Sigo sin poder creerlo. —repite Dirk por tercera vez justo antes de beber.
—Diiirk, ¡es verdad! —John se ríe, ya bebido, y le da un golpe amistoso en el costado.— Mira, te enseñaría mi cuarto empapelado con su cara, pero es que quité todos los pósters cuando me dijo que vendría a Washington.
—Pero si me has dicho que hacías videollamadas con él y los veía, qué más te da.
—Pues... pues que no es lo mismo, no sé. —Bebe de la elegante copa en la que Dirk le ha servido el último cóctel; todos los que el chico le ha preparado a lo largo de este rato le han parecido más buenos que el anterior.— Imagínate que vas a casa de un tío, entras a su cuarto, y te ves pegado hasta en el techo. Qué harías.
—Hmm. —Dirk tarda otro trago en contestar, pero cuando lo hace, usa un tono más bajo, grave y lento.— Probablemente haría lo que he ido a hacer desde el principio.
—Qué bien. —contesta inocentemente John, sin captar la intención del otro porque ha bebido demasiado.— Pues Dave seguramente se burlaría.
—Sí... —No puede evitar sonreír un poco ante su ingenuidad pero decide ir un poco más allá y pasa un brazo por detrás del más joven, dejándolo encima del respaldo... Justo entonces escuchan una voz por los altavoces y ambos se miran.— ¿Ya son las tres...?
—¡Ostras! ¡Pues sí! —exclama sorprendido el moreno, comprobándolo en su móvil.— Qué rápido se me ha pasado.
—Y a mí. —Se quedan otra vez mirándose en silencio, pero esta vez se prolonga un poco más... y les vuelven a interrumpir, esta vez una ovación generalizada en la sala VIP.— Eso es Dave.
—¿Ah? —John reacciona después de quedarse empanado mirando el rostro del mayor. Aunque lleva unas gafas diferentes y tiene los rasgos más marcados, la boca, la nariz y las cejas son iguales que las de Dave.— ¡Ah, ah! ¡Pues vamos!
Actuando tan impetuosamente como siempre, John se termina de un trago lo que le queda en la copa, la deja en la mesita baja que tienen delante y se levanta de un salto. Dirk le imita, pero más que nada porque, en cuanto el joven se pone de pie, se tambalea y amenaza con caerse. ¿A quién se le ocurre saltar así cuando ha bebido tanto?
El más mayor le agarra por la cintura con cuidado y le ayuda a recuperar el equilibrio; a pesar de que él ha bebido la misma cantidad de copas que John, tiene una obvia resistencia que al otro le falta.
—¿Estás bien? —le pregunta Dirk casi contra su oreja mientras John intenta enfocar los ojos y que el suelo deje de moverse.
—Sí, ah... siempre me pasa. —se excusa él, que se apoya ligeramente en el mayor hasta que se recupera.
—Creía que no bebías a menudo. —Sonríe un poco y deja que el tierno chico vaya levantando poco a poco la cabeza.
—¡Y no lo hago! De verdad.
—Te creo.
—Ya estoy mejor. —Al ser más consciente de que está usando al rubio de punto de apoyo, le hace un gesto para reafirmar lo que dice y que le suelte.
—¿Quieres agua? —le pregunta Dirk, haciéndole caso y soltándole, pero muy poco a poco.
—No, Dirk, gracias. —Él le sonríe, agradecido de verdad por tanta atención.— Siento ser tan molesto, agh.
—No te rayes. —murmura el otro, ya abriendo la cortina del reservado.
John le regala una nueva y última sonrisa y el Strider le responde con un gesto de cabeza, indicándole que salga él primero. Él le hace caso y se adelanta unos pasos, pero lo que ve es un montón de gente agolpada, moviéndose y tambaleándose por la misma razón que él hace un momento. Eso le deja algo cortado a pesar de su estado de embriaguez y se queda quieto hasta que siente una mano en la cintura que le empuja con cuidado y luego una en cada hombro, guiándole. John mira hacia arriba y ve que es Dirk, salvándole otra vez.
—Si ves que me pilla alguien antes de llegar donde está mi hermano continúa tú, vale. —le dice el mayor, inclinándose ligeramente hacia delante. John asiente.
Aunque hay tanta gente que no alcanza a ver a su amigo, se nota bastante en qué dirección está porque a cada paso que dan la multitud se hace más densa. Por suerte, todos allí conocen al chico rubio que John tiene detrás; muchos le saludan y le ceden el paso y otros le agarran del brazo e intentan que converse un par de minutos con ellos, pero él se excusa y no insisten demasiado. Ahí es cuando el Egbert ve al Dirk Strider que imaginaba, al que es más seco y parece que siempre ande metido en cosas más importantes que tú.
Cuando ya consiguen entrever a Dave, vuelven a agarrar a Dirk y ésta vez parece ser alguien importante, porque el rubio se inclina hacia John y le da un suave empujón mientras le dice que siga sólo, que después va con ellos.
El Egbert cabecea, asintiendo, pero no le mira cuando le habla ni tampoco cuando se aleja. Ahora que ha clavado los ojos en su rubio preferido, no puede ni quiere volver a despegarlos de él. La imagen que contempla, sumada a la cantidad de alcohol en su cuerpo, le deja brevemente aturdido y por un momento no puede abrirse paso entre la gente. Pero es que Dave está tan guapo con el pelo revuelto, seguramente por haber disfrutado de la música tanto como los que han ido a escucharle, tan sonriente, jovial y suelto con los desconocidos que le hablan de cuatro en cuatro...
Se pone en marcha en cuanto siente una punzada familiar, algo que sólo había sentido antes en esa primera noche tan confusa que pasaron juntos. Es como si de repente tuviera miel caliente en las venas y algo en sus entrañas le diese un bocado, obligando a contraer el vientre. Al principio no entendió qué era eso exactamente y le echó la culpa al alcohol, pero ahora que había tenido tiempo para pensar en ello, sabe muy bien lo qué es... y también lo que quiere.
Dave, que sigue charlando muy animado, se da cuenta de repente de que John está justamente detrás de las personas a las que está atendiendo ahora, así que les hace un gesto para que se aparten y luego le tiende la mano a su amigo, que se la coge y deja que tire de él.
—¿Dónde te habías metido? —pregunta el rubio en voz alta contra su oído, rodeándole el cuello con un brazo como si estuviese abrazándole.
—Estaba hablando con tu hermano en un reservado. —contesta él, poniendo las manos instintivamente en la cintura de su amigo, que se separa un momento de su oreja para mirarle a la cara extrañado.
—Qué pasa, ¿ya te has aburrido de mi y te quieres enrollar con él? —Se vuelve a acercar para decírselo y ahora es John el que se separa para mirarle a la cara en cuanto acaba de hablar.
—No. —contesta muy serio. Luego le agarra por la nuca para que vuelva a inclinarse y poder hablarle cerca otra vez.— Quiero irme a casa...
—¿A casa? —le pregunta, divertido e instantáneamente coqueto por el tono de súplica de su amigo. Echa una fugaz mirada a su alrededor para comprobar que, tal y como esperaba, la gente ya apenas le presta atención a él porque su hermano ha entrado en escena.— ¿Para qué quieres ir a casa, John?
—Para... estar solos. —contesta tras un breve silencio, increíblemente distraído por culpa del sutil movimiento que ha hecho Dave para que sus cuerpos se peguen y rocen más de lo que deberían.
—Hmmm. ¿Sabes?, esta sala está llena de probables nuevos trabajos. La gente que nos rodea ha pagado un pastón para poder hablar directamente conmigo o mi hermano y proponerme ir a pinchar a sus propios locales aquí en Washington. Vas a tener que convencerme para que me vaya.
Dave escucha cómo John bufa contra su oreja, fastidiado e impaciente. Eso ya de por si le hace sonreír con maldad, pero esa sonrisa se ensancha muchísimo más cuando nota una suave y delicada caricia en el cuello. Es John pasándole la punta de la nariz de manera remolona, bajando hasta casi su clavícula y volviendo a subir en forma de húmedos y calientes besos que obligan al rubio a morderse el labio.
—Por favor... —le suplica el moreno cuando vuelve a estar a la altura de su oreja.
—John... —Pero el rubio se queda a medias cuando vuelve a levantar la mirada y ve a su hermano entre la gente haciéndole una señal con la mano, pidiéndole que se acerque.— Mierda.
—¿Qué pasa? —John frunce el ceño cuando el otro se despega de él disimuladamente, como si sólo estuvieran hablando.
—Nada, mi hermano. Espera aquí. —contesta malhumorado, dándole la copa que tenía en la mano.
Sacado violentamente de la tórrida situación en la que ya se había metido por completo, John se queda ahí de pie, viendo cómo Dave se aleja y se reúne con su hermano, unos metros más allá. Dirk le presenta al hombre con el que estaba hablando y Dave le da la mano, todo sonrisas de nuevo. Luego se toma un momento para coger a su hermano mayor por la nuca y decirle algo que parece tener algo que ver con el Egbert, porque Dirk le mira mientras asiente un par de veces... O eso cree John, porque con esta manía que tienen los dos rubios de llevar gafas de sol, a saber. Aun así, actúa como si de verdad le estuviera mirando y baja los ojos azules hacia la copa que Dave le ha dado antes de marcharse, decidiendo que es buena idea darle un trago sin ni saber lo que es. Al probarlo frunce los labios y la nariz: eso no está ni por asomo tan bueno como lo que le ha estado preparando Dirk... al que, por cierto, tiene delante cuando vuelve a levantar la mirada y casi le asusta.
—Este sólo bebe mierda. —Es lo primero que dice el mayor. John tarda un poco en entender que se refiere a Dave y al vaso que le ha dejado.— ¿Vas a venirte a nuestro hotel?
—No, qué va. —niega él, haciendo que el rubio tuerza la boca y mire brevemente hacia un lado.— Volveré a mi casa.
—Dave me ha dicho que querías irte ya. —comenta a la vez que vuelve a mirarle.
—Sí, esto... —De vuelta mareado por haber bebido un trago tan grande de un alcohol tan fuerte, se agarra ligeramente al brazo de Dirk. Para intentar disimular el gesto, luego sube la mano hasta su nuca y le hace inclinarse hacia delante; así parece que lo que quería era evitar tener que hablar a gritos por encima de la música y el gentío.— Me lo he pasado muy bien, sabes, pero creo que he bebido suficiente por hoy y...
—Ya, lo pillo. —asiente el otro. Luego se separa ligeramente para mirarle a los ojos, vacilando.— Entonces... ¿quieres que te acerque a tu casa?
—Oh, no te molestes. —El moreno le sonríe y deja caer la mano desde su nuca hasta su pecho, dándole unas suaves palmaditas.
—John, no es molestia. —Dirk mira un momento la mano del joven y arquea ligeramente una ceja. No sabe si están hablando de lo mismo, pero todo indica a que no.
—De verdad, Dirk, ya has cuidado mucho de mi por hoy. —asiente el otro, solemne.— Además, Dave me ha dicho que volverá a acoplarse en mi casa esta noche.
—...ah. —Sin entender la situación del todo, mira fijamente al moreno durante unos segundos y luego se encoge de hombros.— Pues voy a meterle prisa a mi hermano o si no no os vais de aquí hasta las siete de la mañana. Espera aquí.
El universitario se queda solo otra vez allí de pie y la escena de los Strider hablando y echándole miradas de mientras se repite. Esta vez el que le observa es Dave, así que John no se corta y le mantiene la mirada, estrechando los ojos y relamiéndose de manera sutil. Él parece captar ese obsceno gesto y esboza una sombra de sonrisa mientras su hermano mayor le habla. Luego los rubios se despiden entre ellos y de la tercera persona y Dave desaparece un momento que Dirk aprovecha para despedirse de John en la lejanía.
Cuando el Strider menor vuelve a aparecer, lleva la chaqueta del ojiazul y le ofrece el brazo para que se lo agarre. Él le sonríe como respuesta y acepta el gesto, no sin antes beberse de un trago la copa, que sigue estando tan asquerosa como antes pero espera que le dé la valentía que empieza a faltarle cuando piensa en llevar a cabo lo que tanto desea.
Recorren con más prisa de la normal la sala, ya impacientes. Por desgracia, tienen que hacer pequeños parones para saludar a la gente y dar las gracias a todos los "enhorabuena" que le regalan a Dave.
Ya justo en la puerta que lleva al oscuro pasillo de la salida trasera, un grupo de chicas para al famoso y éste tiene que poner especial ahínco en deshacerse de ellas. John observa la escena prácticamente colgando del brazo de su amigo; esa última copa que ha tomado le ha sentado como un viaje en montaña rusa. Las chicas al final desisten y el moreno se gana un par de malas miradas por estar en compañía del ídolo y encima de esa guisa.
Por fin salen de la aglomerada zona y Dave casi corre pasillo abajo, abre la puerta y hace salir a John a la fría noche. Hace ademán de ponerse la chaqueta, pero el rubio no le deja y le empuja escaleras abajo, haciéndole a la vez un gesto al chófer que está dentro del mismo coche que les había traído antes, que enciende el motor al instante. Con las mismas prisas, abre la puerta y deja que John se meta primero mientras echa una fugaz ojeada alrededor y luego sí, entra también.
—A la calle donde hemos recogido a éste. —dice secamente Dave. El chófer asiente y aprieta solo dos teclas del GPS, poniéndose en marcha justo después.
—Así que "éste". —murmura John, que está mirando a su amigo con una media sonrisa y va acercando lentamente una mano hacia él por encima del asiento.
—Éste calientabraguetas. —añade el rubio con el mismo tono de voz, notando como su mano le roza la rodilla y le sube poco a poco por el muslo.— No calientes lo que no te vayas a comer, Egbert, ¿es que no te lo ha dicho nunca tu padre?
—Hmmm... creo que no, nunca me lo ha dicho. —Baja un momento los ojos para mirar su propia mano haciendo círculos con el dedo en la pierna del rubio. No sabe muy bien qué está haciendo o si lo está haciendo bien siquiera, lo único que tiene claro es que quiere tentarle, ponerle al límite.
—¿Y que con la comida no se juega? —Dave intenta no resoplar cuando ve que John se muerde distraídamente el labio. Sólo están hablando y ya está más salido que el pico de una mesa.
—Pero... quiero jugar. —le dice con una voz de niño pequeño que hace reír por lo bajo al rubio.— No te burles de mí.
—Lo siento, John, es que... —Echa un vistazo a la mano del moreno en su muslo, se humedece los labios y vuelve a mirarle a la cara.— No sé si estoy cachondo perdido o al borde de un ataque de risa.
—Eres un imbécil. —John frunce el ceño y clava los dedos en la pierna como venganza.
En ese momento, el Strider se decanta por una de las dos opciones que acaba de plantear y se abalanza sobre su amigo, al cual pilla desprevenido y le hace soltar una exclamación contra su boca, aunque rápidamente se engancha a su cuello e intenta adaptarse.
Por fin libres para acabar con esa tensión que venían arrastrando desde hace un rato, empiezan a devorarse con muchísimas ganas, colmándose de caricias el uno al otro. Dave de momento opta por no dejarse llevar tan fácilmente como la última vez y sólo toca zonas que sabe que no son peligrosas. Por nada del mundo quiere asustar otra vez a John, así que mantiene las manos alejadas de su pantalón.
El universitario no opina lo mismo, sin embargo; ya está muy seguro de lo que quiere y pone todo su empeño en ello. Si aún no ha podido fijar su atención en dichas zonas "prohibidas" es porque está demasiado concentrado en el intensísimo beso y lo agradable que le resulta el dorado cabello del otro. Aun así, cuando ya llevan morreándose un rato, parece reaccionar y rompe el beso con un chasquido a la vez que se desengancha de su cuello.
—Quiero desabrocharte el pantalón. —dice de repente John en voz alta.
—Guau, y yo de verdad creyendo que eras vergonzoso. —Dave mira hacia el retrovisor y se encuentra directamente con los ojos del chófer.— Tú a lo tuyo. —le espeta con voz autoritaria.
—Sí, señor. —murmura muy avergonzado el hombre.
—Ups. —dice el Egbert que, aunque no tiene mucha capacidad de sentir vergüenza gracias al alcohol, se tapa brevemente la boca y mira al rubio.
—¿Por dónde íbamos? —Intentando no darle mucha importancia a lo que acaba de pasar aunque seguramente mañana se cague en todo, se inclina hacia su amigo y le habla de cerca, seductor, mientras le coge una mano con delicadeza y tira de ella.— Vuelve a decirme qué es eso que quieres...
—Yo... —Abrumado, inclina un poco la cabeza cuando siente el aliento del otro contra su mejilla y baja tímidamente la mirada, dándose cuenta de a dónde le está conduciendo la mano.— Quiero...
—¿El qué, John? —insiste el mayor, observándole con deseo tras la protección que le dan sus gafas de sol.
—Esto. —casi susurra John cuando finalmente tiene al alcance la entrepierna del otro y puede rodearla con la mano por encima de sus pantalones.
—¿De verdad? —A pesar de la tensión que siente notablemente en su voz, sabe que hay una pizca de seriedad en esa pregunta en concreto. Durante un momento, sus ojos azules suben otra vez y sabe que le está preguntando si de verdad quiere que ocurra, si está más preparado que durante aquella primera noche.
En vez de contestarle o simplemente asentir, el joven decide demostrarle con sus actos que esta vez va en serio y que, a pesar de todo el alcohol que se ha metido, es consciente de lo que está ocurriendo. Lentamente, John va haciendo presión con los dedos, cerrándolos en torno a la dureza; a su vez, Dave aprieta la mandíbula, abre un poco más las piernas y empuja hacia arriba con la pelvis, deseando sentirle más.
Ambos saben que esto sólo es un pequeño pedazo de lo que definitivamente va a ocurrir, pero también comparten sin saberlo el pensamiento de que es demasiado pronto para estar tan estúpidamente calientes porque aún no han hecho nada. Esto molesta más a Dave, que siente una especie de temor preadolescente por no dar la talla a la hora de la verdad. John está tan fascinado con todo lo que siente, todas estas cosas nuevas, y sobre todo, por lo que parece hacerle sentir a su ídolo, que no tiene tiempo para el temor ahora.
Están con las cabezas tan pegadas, que cuando ambos deciden fijarse directamente en lo que ocurre bajo el ombligo del rubio, sus frentes se juntan y consiguen escuchar sus respiraciones: una agitada por el deseo y la otra entrecortada por los nervios.
Movido por toda la excitación que está acumulando de manera insana, John acerca la otra mano y empieza a pelearse con el único botón que tienen los ceñidos pantalones de Dave, que al ver lo que su amigo pretende, se engancha a su muslo y le clava los dedos con ansia y expectación. Cuando consigue desabotonarlo, la cremallera cede y se baja hasta la mitad sola por culpa de lo que hay ahí dentro atrapado. Dave sisea y frota con intensidad la pierna de John, deseando tocar más, mucho más, pero reprimiéndose y centrándose en lo que hacen las inexpertas manos de su amigo.
Poco a poco y con extremo cuidado, el moreno decide atreverse a colar la mano ahí dentro cuando ya ha acabado de bajar la cremallera y así poder acaricirle por encima de la ropa interior de marca. Le cuesta un poco por lo apretados que son los pantalones, pero cuando lo consigue, suelta un jadeo ahogado, como si fuese él a quien están tocando. Luego mueve la mano con suavidad, masajeando y buscando rodearle la ya definida erección con los dedos. Eso parece gustarle bastante al Strider, que sisea y roza la frente contra la de John, yéndose después hacia un lado de su cabeza para empezar a darle húmedos besos en la oreja mientras le agarra la nuca para que no huya de ellos.
Aunque el moreno no está seguro de si hacérselo a otro chico es lo mismo que hacérselo a uno mismo, se muere por empezar a masturbarle y seguir deleitándose con las reacciones que el mayor le regala... Así que decide sacar la mano, coger el elástico de su ropa interior y, justo cuando va a bajársela para liberar lo que tanto desea ver, el chófer carraspea y John casi se da contra el techo del coche del salto que da.
—Señor...
—JODER, qué pasa AHORA. —le grita Dave al pobre hombre, que tiene los ojos clavado en el volante.
—Hemos... hemos llegado, señor.
Encogido aún por el movimiento reflejo de ocultar su bragueta abierta y la obvia erección, el Strider se queda un rato mirando al chófer como si estuviera loco y lo que acabase de decir fuese una gran estupidez. No es hasta que gira el rostro y mira hacia fuera que se da cuenta de la situación: el coche se ha parado y, efectivamente, han llegado ya a donde vive John.
No dice nada y abre la puerta de mala leche, como si la culpa la tuviese el pobre conductor. Luego agarra al moreno de la muñeca y prácticamente lo arrastra por el asiento, sacándolo a trompicones del lujoso vehículo.
Cuando el universitario se medio recupera de la brusca salida, camina con torpeza hacia el portal. Escucha de refilón la voz de su acompañante, diciéndole algo maleducado al chófer justo antes de cerrar la puerta del coche con tanta fuerza que el golpe se escucha en toda la calle, que está vacía. Si estuviera sobrio seguramente se hubiese girado para reprender a su amigo por esa mala boca y el rudo comportamiento, pero está demasiado caliente y borracho ahora mismo. Lo único que le interesa es encontrar las malditas llaves de casa, pero parecen haber desaparecido del bolsillo donde creía haberlas metido al salir. Entonces nota que en su bolsillo izquierdo entra una mano que no es la suya y, acto seguido, tiene al Strider pegado a su espalda y con la barbilla en su hombro.
—¿Esto es tu móvil? —le murmura el rubio mientras rebusca en el bolsillo, tensando a John al instante al sentir lo que está rozando.
—No... —acaba contestándole mientras apoya una mano en la puerta de cristal, abochornado. Por desgracia, la situación no dura mucho y dos segundos después Dave saca la mano con las llaves enganchadas en un dedo.— ...gracias.
—¿Se te ha cortado el rollo? —pregunta con cautela el otro al escuchar el tono vergonzoso que ha adoptado John.
—No, es que... —Mete las llaves en la cerradura y la abre, quedándose así un momento y tragando un suspiro cuando siente las manos del chico que más le ha gustado en toda su vida enganchadas a su cintura.— Tengo prisa por subir, Dave.
—Ah... es eso.
La voz de Dave suena increíblemente aliviada, tranquila, pero sus manos avanzan ligeramente y dejan la cintura de John, arrastrándose en una sugerente caricia hasta juntarse en su abdomen. Ese simple gesto vuelve a activar al más joven, que le da un empujón brusco a la puerta, coge al rubio de una de esas manos que le ha provocado un calor excesivo y esta vez es él quien tira de él por todo el portal hasta el ascensor. Mientras esperan a que baje, sus dedos mueven con impaciencia las llaves y sabe que el Strider le observa en silencio y probablemente con una sonrisita de burlona superioridad.
Entonces las puertas del ascensor por fin se abren y ambos entran con prisa. Los dos llevan el dedo al mismo botón y se miran, sin saber quién ha sido en realidad el que ha pulsado, pero les da igual, es en lo último que piensan al volver a estar encarados y en un sitio tan pequeño.
El trasto se pone en marcha, John retrocede un paso aunque no es huir lo que quiere, y Dave le sigue, como si estuviese acosando a su presa acorralada. Justo cuando el más pequeño se muerde el labio inferior, el mayor le agarra de un brazo y hace algo que el otro no esperaba, que es darle la vuelta y apretarlo contra una de las paredes del cubículo con su propio cuerpo.
—¡Dave...! —le llama en una exhalación por la presión en su pecho.
—No puedo más, John. —ronronea el otro en su oído, derritiéndole allí mismo cuando se roza descaradamente contra él.— Mira lo que me has hecho...
—Nos van a-...ah... ahhh... —Abrumado por las suaves pero muy intensas embestidas que su amigo hace contra él, pega la mejilla contra la pared y cierra los ojos. Dios, no sabe si aguantarán con la ropa puesta hasta casa si siguen así.— Para, Dave, d-... mierda, ah...
Justo cuando el ascensor emite su conocido crujido que aviso de que han llegado al piso y las puertas se van a abrir, el Strider vuelve a darle la vuelta a su amigo y ahora arremete contra su boca, devorándola sin piedad.
Está claro que ninguno de los dos se ha dado cuenta de que el trayecto que tan largo se les estaba haciendo ha llegado a su fin y de que tienen la puerta del piso -del cielo- a unos pocos metros. Pero hay alguien que sí es consciente de absolutamente todo lo que está pasando.
—PUAJJ. —grita de repente una tercera persona, haciendo que los dos jóvenes del ascensor separen sus labios bruscamente y miren en la misma dirección.
—¡...Karkat! —John tarda en reconocerle porque la situación le descuadra del todo. Ya les han visto dos personas así...
—Pero qué puto asco. —Parece ladrar su vecino, asesinándole con la mirada mientras Dave parece ignorarlo todo y le estira fuera del ascensor.— ¿No tienes tu maldita casa para hacer esas guarradas? ¿Tienes que hacerlo en una zona común, capullo?
—Yo... esto... ¿perdón...? —Muy confundido, intenta excusarse pero no encuentra nada que decir y sólo niega con la cabeza, ni siquiera se da cuenta de que Dave le quita las llaves de la mano.
—No, no te perdono, y Dios tampoco. —le recrimina el niño, aunque es totalmente ateo. Entonces a John, que buscaba cambiar de tema, se le ocurre algo.
—¿Qué haces fuera de la cama tan tarde? —pregunta, haciendo que Karkat frunza toda la cara en una mueca de disgusto.
—Te estás metiendo otra vez con mi edad, Egbert, es eso. ¿Te parece divertido, no?
—¡NO! N-no, no era... no, mierda, lo que quiero d-...
—Voy a buscar a Gamzee. —le corta el más pequeño de los tres. John se le queda mirando, esperando algo más de información, pero lo único que acaba añadiendo su vecino es:— ¿Y a ti qué te importa en realidad?
—El niño tiene razón. —interviene de repente Dave, que ya ha abierto el apartamento y vuelve a enganchar a su amigo del brazo.
Sin dar lugar a despedidas o lo que sea que hagan John y Karkat cuando se separan, el Strider tira de él y lo mete dentro del piso, cerrando después con gran impaciencia. El moreno, enfurruñado como casi siempre, se queda con la mirada gris clavada en la puerta de su vecino, preguntándose vagamente dónde habrá visto él antes a ese rubio con gafas de sol.
Dentro del apartamento reina el silencio y la oscuridad. Por fin están solos, pero lo único que hacen durante los primeros y largos segundos es quedarse ahí de pie, notando las pesadas respiraciones de cada uno e intuyéndose las siluetas.
Cualquiera diría que han subido por el ascensor en vez de por las escaleras, y hasta se podría decir que parece que tienen miedo de tocarse entre ellos ahora que ha llegado el momento de la verdad, pero la realidad es que están disfrutando silenciosamente de la poderosa atracción que hay entre ellos, una que les eriza el vello y les hace sentir una especie de presión, como si cada bombeo del corazón fuera también una pequeña descarga de electricidad.
Entonces, tan repentinamente como todas las cosas que ocurren entre ellos, ambos se mueven a la vez y vuelven a besarse, pegándose tanto que parecer querer fundirse y chocan contra el mueble del recibidor. Tiran algo y las llaves siguen a ese algo, haciendo un sonido metálico al chocar contra el suelo, pero a ninguno le interesa nada de su entorno ahora.
Dolorosamente hambrientos, empiezan a llevar a cabo la misma coreografía que aquella ya famosa primera noche, solo que está vez no tienen ningún miedo a desnudarse, a dejarse llevar.
Lo primero que cae es la chaqueta de John, seguida por su camisa; después Dave tiene que ayudarle con la propia, que está abotonada hasta el cuello y que, cuando también cae, probablemente sea con un par de botones menos.
Los complementos y cinturones quedan desperdigados justo donde los zapatos, que resulta ser al lado del sofá, sitio en el que Dave intenta empujarle para asaltarlo de una vez. Sin embargo, John rompe repentinamente el beso y niega con la cabeza.
—Vamos a la cama. —sentencia en un susurro agitado, casi jadeante.
—¿A dormir? —pregunta el otro burlón, deshaciéndose ya de la camiseta blanca del moreno.
—Ni de coña. —le contesta el moreno, usando una de las expresiones de su ídolo.
Aunque Dave sonríe y se admite a si mismo que esta faceta de John le sorprende y le gusta cada vez más, también se siente terriblemente frustrado por culpa de esa negativa de hacérselo ahí mismo. Si fuera su decisión, se le echaría encima en el mismo suelo, la verdad, pero el señorito quiere en la cama, así tiene que ser en la cama.
Ya muy cansado de tener que esperar, decide ir por la vía rápida para cumplir con lo que John quiere pero saciar también sus propias ansias de una vez... así que, sin pensárselo dos veces, le coge en brazos. A John este movimiento le pilla por sorpresa, pero se adapta al segundo y cruza las piernas en torno a la cintura de su amigo, que le da gracias silenciosamente a la excitación y adrenalina del momento por darle la fuerza extra que necesita par llevarlo así hasta la habitación.
En cuanto entran, Dave tira a John en la cama sin miramientos, respirando con mucha fuerza y mirándole directamente a los ojos gracias a que la luna parece iluminar más esa zona del piso. No tiene ni idea de dónde ni en qué momento se ha quitado las gafas de sol, pero desde luego lo agradece porque así ahora puede disfrutar de la erótica escena con claridad. Nunca hubiese creído que encontraría tan sexual el cuerpo de un chico contoneándose de esa manera, mientras se quita los pantalones tumbado y le mira con tan cruda desesperación... desesperación por él.
Casi furioso por lo encendido que está, se inclina hacia John a la vez que escupe una maldición y le ayuda a deshacerse de su parte de abajo, dándole tirones tal vez demasiado bruscos aunque efectivos que acaban por dejarle en ropa interior, dándole así otra imagen que admirar.
—¿Estás preparado? —le susurra lentamente, clavando ya la rodilla en el colchón.
—Sí. —contesta igual que él, arrastrándose un poco por el colchón. A pesar de todo, siente un poco de vergüenza al estar sólo en ropa interior delante de Dave.
—¿Seguro? —El rubio se echa hacia delante y apoya las manos también en el colchón, a ambos lados de las piernas de John.— Hoy también has bebido.
—Ya lo sé. —La caricia que nota ahora subiéndole desde el muslo hasta el abdomen le hacen boquear un poco.— Y-yo he... ah... pensado en esto antes de... todo.
—Entonces no sé qué hacemos perdiendo el tiempo.
Dicho y hecho, el Strider baja la cabeza hasta el pálido y desnudo pecho del Egbert, que es justo lo que tiene ahora a su altura, y empieza a dejar caer en él una lluvia de besos que va subiendo de intensidad a medida que va bajando por el torso, convirtiéndose en breves pero picantes succiones que probablemente dejen marca.
Sin embargo, las marcas que esa sucesión de besos y mordiscos puedan dejar es lo que menos preocupa ahora al chico que los recibe. Él no puede más que retorcerse bajo el experimentado rubio mientras ahoga los bajos gemidos contra el dorso de la mano y, en ocasiones, tapándose la cara con la almohada.
Sus piernas empiezan a moverse inquietas por culpa de la molestia en la que se ha convertido su desatendida entrepierna. John se muere por bajar una mano y metérsela en la ropa interior para aliviarse un poco mientras Dave continúa con la placentera tarea que está haciendo con los labios, pero sólo de imaginar la escena se muere de vergüenza. No puede masturbarse delante de su amigo.
Ya entre quejidos y notándose con los ojos húmedos, Dave parece sentir el gran problema que le atormenta y lleva una de las manos que estaba acariciándole un muslo más arriba, empezando a rozar su ingle con deseo, en largas pasadas. De mientras, decide sacar por primera vez la lengua y hundirla en el ombligo del otro, arrancándole así el más largo y ronco gemido que le ha escuchado hasta ahora.
John se encoge y despega durante unos segundos la nuca de la almohada, enganchando las manos a la cabeza de Dave, que baja un poco más y atrapa el borde del elástico entre los dientes. El otro lo nota al momento y afianza el agarre en su cabello, frenándole.
—Espera. —jadea sin aliento.
—Qué pasa. —pregunta el rubio con voz tensa, grave y llena de excitación una vez ha soltado la tela.
—Yo nunca he...
—Yo tampoco, John. —le corta, sabiendo que si tiene que esperar a que termine se va a pasar como cinco minutos balbuceando cosas inconexas.
—¿...no?
—¿Te sorprende que no me haya metido una polla en la boca en toda mi vida?
—¿¡Q-queeÉ!? ¡No quería decir eso! —John se encoge aún más y da un tirón involuntario al pelo del otro, que suelta un gruñido.— ¡P-p.. perdón...!
—Jehn. —El Strider sacude con suavidad la cabeza y su amigo le suelta el cabello. Después le mira fijamente mientras se coloca mejor entre sus piernas semiabiertas. Sabe que John está encandilado gracias a sus rojizos e intensos ojos, así que aprovecha para enganchar ambas manos al borde de su ropa interior.— Ya daba por hecho que nunca habrías hecho esto. Relájate.
—Ah... ah, vale... —Sus ojos color cielo se desvían un momento y ahí se da cuenta de lo que el otro pretende.— Dave, no...
—Cállate.
Justo cuando el Egbert abre la boca para decir algo más al respecto, Dave le da un tirón a la molesta prenda que le separa de eso que tanta curiosidad tiene ya por probar y lo libera por fin. La boca abierta del más joven le sirve para soltar una exclamación ahogada y nada más, porque después se tapa del todo la cara con la almohada, temiendo la siguiente reacción del rubio al verle tan privada zona... reacción que no llega, por cierto. Ni una palabra sale de los labios de Dave, ni siquiera para burlarse de su infantil reacción. Sólo nota su aliento chocando con la tensa piel recién descubierta, lo cual le hace estremecerse una y otra vez.
Ya curioso y algo asustado, John empieza a apartarse la almohada de la cara. Entonces ve a Dave con el rostro ladeado, vergonzosamente atento a su erección y con una expresión nublada por el deseo y tal vez una pizca de confusión.
Aunque la escena le resulta muy embarazosa, se le hace imposible volver a ocultarse tras la almohada y el Strider acaba pillándole cuando sube la mirada y se encuentra con la suya. John hace un ademán de volver a taparse, pero el mayor le dedica una peligrosa sonrisa y justo después atrapa su dureza con la mano, sin ningún aviso.
Tras morderse el labio para no volver a soltar un grito como el que le acaba de regalar a su amigo, nota cómo la obscena mano baja hasta la mitad de su extensión, aplicando mucha presión, y luego vuelve a subir de una manera lenta y tortuosa. Después Dave vuelve a hacer lo mismo un par de veces, con mucha parsimonia y centrando toda su atención en la expresión de casi sufrimiento del más joven.
—Mh... m-mierda... Agh... —se queja John, arrancándole una nueva sonrisa al otro.
—¿Qué pasa, John? —pregunta en un ronroneo excitado y burlón, sin cambiar el lentísimo y tortuoso ritmo de su mano.— Dime, qué quieres.
—N-nhhmm... Dave, no... —Retuerce los dedos de los pies y engancha las manos al cubre colchón mientras alza ligeramente la pelvis, frustradísimo. El muy capullo lo está haciendo así adrede.
—No te entiendo, cielo. —Dave tiene que reprimirse mucho para poder continuar con el jueguecito, tanto que incluso resopla y después aprieta los dientes.— Qué tal si... ¿dejo de hacer esto?
—¡No! No... —le gimotea John en el instante en el que la mano deja de moverse entorno a su erección. Eso casi vuelve loco al rubio.— No, ni se te ocurra... parar.
—Ah, así que es eso. —Ya ni siquiera puede mirarle a la cara cuando le habla, sus ojos están clavados en su propia mano y el trabajo que ésta hace. Siente la piel terriblemente caliente y sabe que está en su límite, así que se relame y decide dejarse llevar.— Y... ¿si hago... esto?
Pasan un par de segundos después de que Dave deje esa prometedora frase en el aire, suficientes como para que John entreabra los ojos y eche un vistazo hacia abajo, justo a tiempo para ver cómo el famoso abre la boca y saca la lengua hasta pegarla a su glande.
Un espasmo recorre el cuerpo de John a la vez que suelta un grito ahogado, por la sorpresa y el estremecimiento que aquello le hace sentir. Su estómago se contrae y siente un bocado en las entrañas que etiqueta como el más carnal placer que ha sentido jamás, pero Dave no le da ningún tipo de tregua o momento de adaptación para que se acostumbre mínimamente a esta nueva sensación porque está demasiado desesperado.
Sin ceremonias, el Strider deja que casi la mitad de la erección de John entre en su caliente boca y antes de retroceder hace que la parte interior de sus mejillas se pegue bien a la dureza, succionando y amoldando también la lengua. Después vuelve a bajar y abarca un poco más de extensión, repitiendo el movimiento unas cuantas veces hasta que llega casi hasta la base, donde aguanta unos segundos y luego se la saca entera de la boca, muy satisfecho cuando ve la cantidad de saliva que ha dejado.
Durante ese rato, John casi se ha ahogado intentando reprimir la increíble cantidad de sonidos que Dave estaba consiguiendo arrancarle de malas maneras. Casi le hace perder la cabeza con ese húmedo e intensísimo vaivén y le ha dejado respirando como si fuese un pez fuera del agua, con la espalda arqueada y los sentidos nublados por lo genial que se siente su boca.
—¿Te gusta, John? —pregunta Dave, que ha vuelto a coger la mojada erección con la mano y la masturba con un buen ritmo, notándola mucho más dura ahora.
—A-aahh... hmmmg... —John se retuerce y se muerde un dedo al ver que ni siquiera le sale una simple afirmación.
—Si no te gusta puedo parar... —le dice a pesar de que sabe que le está encantando, puede que tanto como a él hacerlo.
—N-noo... Dave. —Desesperado, engancha una mano en su pelo y le presiona con vergonzosa suavidad hacia abajo.— Por favor... ahh...
Sabiendo que ya ha aguantado demasiado y que aunque quisiera no podría seguir jugueteando de esa manera, suelta un siseo y sus labios vuelven a pegarse a la sensible piel del glande de John. No tan lento como antes por culpa de sus ansias, se traga toda la extensión de una vez, hasta el tope que se ha puesto antes. Cuando retrocede, lo hace más poco a poco, succionando con fuerza para poder escuchar a John gemir su nombre de una manera que acaba de descubrir que le encanta.
Mientras el más pequeño se deshace en una serie de gemidos acompañados de espasmos involuntarios de la pelvis que hacen gruñir a Dave, éste hace que sus manos le suban por las caderas, los costados y el pecho a su amigo para poder pasar por encima de los duros pezones. Sentir tan claramente la excitación del chico le hace poner todas sus ganas en demostrarle la suya propia, usando para ello la boca, los labios, la lengua... Y aunque no sabe exactamente qué está haciendo o si lo está haciendo bien, parece funcionar para el Egbert que se retuerce y estremece bajo él, rindiéndose a las idas y venidas de su cabeza.
Su instinto y deseo se centra tanto en John que cada vez aumenta más el ritmo, la intensidad de su succión, y se olvida de todo lo demás, hasta de su propio cuerpo y las ganas que tenía por ser tocado también. Ahora mismo para él sólo existe John Egbert, su cuerpo y la desesperada necesidad de satisfacerle.
El aludido, por su parte, apenas puede pensar de lo abrumado que está con esa primera felación. No puede ni siquiera mirar ya al rubio mientras lo hace, el placer no le permite enfocar los ojos en un punto fijo, y las sensaciones le han sobrepasado tanto que ha dejado de intentar ocultar sus gemidos por miedo y vergüenza a que Dave o sus vecinos le escuchen. Sus caderas ya apenas controlan las embestidas cada vez que el rubio baja la cabeza, acoplándose perfectamente al duro y constante ritmo. Como en muchas otras situaciones, pierde la noción del tiempo, pero lo que sí sabe es que, sea poco o mucho rato el que lleven así, su límite está cerca.
Llegado un momento, Dave siente que le agarra del cabello aún con más fuerza, su cuerpo entero se tensa y los gemidos se cortan abruptamente. Sabiendo lo que viene perfectamente, sólo le toma medio segundo decidir lo que va a hacer, que es aumentar la velocidad del vaivén con su boca.
Los gemidos de John vuelven, su cuerpo se destensa y cuando su espalda se arquea y suelta un último grito de placer, Dave nota algo caliente y espeso en la boca. Va bajando el ritmo gradualmente, echando una mirada hacia la exquisita expresión de puro placer de su amigo y decidiendo si la textura del semen le gusta o no.
Cuando el cuerpo de su amigo parece haberse relajado un poco pasados unos cuantos segundos, el Strider acaba retrocediendo hasta el final y se saca el miembro del chico de la boca, dejando un par de hilitos blanquecinos que les unen hasta que se aleja más y se rompen.
Dave se relame y traga, pero después frunce el ceño; el sabor es extraño, salado, y no entiende por qué las actrices porno ponen esa cara de disfrutarlo tanto cuando hacen lo mismo hasta que, en un acto reflejo, se sorprende a si mismo volviendo a bajar la cabeza para limpiar con la lengua los restos que habían quedado en el miembro de John. Ahí se da cuenta casi con sorpresa de lo increíblemente caliente que está y lo que le duele la entrepierna.
Como si fuese un animal cazando, echa otra mirada furtiva hacia arriba, y ve que el pecho de John aún sube y baja en un intento de recuperar el aliento después del violento orgasmo. Sus labios, ahora enrojecidos por todo el trabajo que han estado haciendo, vuelven a pegarse a la piel de su abdomen. Nota cómo John se encoge y suelta un ruidito por lo bajo, pero Dave no se detiene y deshace el camino de besos por todo su pecho hasta que llega a su cuello y, ya ahí, deja caer su cuerpo sobre el de su amigo, pegándosele.
—John... —le susurra en la oreja mientras se roza contra él para que note lo duro que está.
—Hmmg, aah... —gime débilmente el moreno debajo suyo, sintiendo la embestida.— Gracias...
—¿...gracias? —Dave levanta la cabeza para mirar a su amigo. Él apenas tiene los ojos abiertos y ya respira profundamente, como si estuviese dormido.— Eh, tío. Cómo que gracias.
Como respuesta, el Egbert esboza una breve y somnolienta sonrisa y luego le rodea el cuello con los brazos para unir sus labios. Dave intenta besarle intensamente, pero antes de que pueda colarle la lengua en la boca, el otro se separa y deja caer la cabeza contra la almohada con pesadez.
Cuando el rubio le echa una mala mirada por haberle cortado de esa manera, se da cuenta de que el joven tiene los ojos cerrados del todo y está respirando profundamente. Se queda unos segundos quieto, perplejo, mirando fijamente al chico con una expresión neutral hasta que se da cuenta de que John ha caído rendido del cansancio y el alcohol.
—Mierda, John. —se queja él mientras le coge los mofletes con una mano y le mueve suavemente la cabeza. John no responde y, tras pasarse otros varios segundos observándole en silencio, Dave le aparta el pelo húmedo por el sudor de la frente con cuidado.— Ya me has vuelto a dejar con las ganas, capullo.
Al final suspira con pesadez y se quita de encima del universitario, dejándose caer boca arriba a su lado. Se pasa un par de minutos mirando el techo enfurruñado, como si tuviese la culpa de algo, y luego gira la cabeza para observar el perfil de John mientras duerme tranquilamente.
Con un nuevo suspiro, se levanta de la cama, le recoloca la ropa interior al chico y recoge la sábana del suelo, que estaba ahí hecha un gurruño de tanto que se había movido John.
Después de taparle bien, se quita de una maldita vez los dichosos pantalones y luego se toca disimuladamente el paquete, notando con frustración que a pesar de que han pasado ya un unos minutos, aún no se ha relajado. Resopla, enfadado consigo mismo y sintiéndose muy estúpido por tener que volver a recurrir otra vez a su propia mano en el baño del piso como si fuese un niño de quince años.
—Me haces ser un pringado, Ohbert. —refunfuña mientras sale del cuarto, sabiendo por lo menos que ya tiene algo en lo que pensar mientras lo hace... y es en lo que acaba de pasar.
