10

Un rey no se enamora


Freezer apagó el rastreador al terminar de escuchar el reporte de su hombre dentro del planeta Vegeta, Dodoria. Su aparente discreción no era del todo verdadera, había querido destrozar el rastreador en su mano en lugar de apagarlo al escuchar semejante reporte, ¿que Vegeta estaba cambiando por una simple esclava? De qué estaba hablando su pequeño general, ¡tonterías!

Llamó a Zarbon con su voz refinada y su súbdito se le acercó a paso firme, acomodando su larga trenza detrás de su espalda. Cuando llegó a su lado, cruzó ambos brazos hacia atrás y esperó que el emperador del universo conocido hablara.

—¿Dónde está el androide? Al parecer no está haciendo su trabajo, no he escuchado reporte proveniente de ella —cuestionó tratando de mantener la calma, su fascinación por Vegeta se remontaba desde la infancia del rey pero que se pusiera a jugar con una esclava lo decepcionaba profundamente, tal como le pasaría al fallecido padre de Vegeta.

—Vegeta no quiere verla, señor, ni siquiera se ha reportado para entrenar —comentó el general y Freezer lo miró de soslayo, pensando largamente.

—¿Y cuándo planeabas decirme todo esto? —cuestionó enfadado pero fue suave al hablar, se sacó el rastreador del costado de su cabeza y lo dejó a un lado para luego entrelazar sus dedos en su regazo. Cerró los ojos—. Si Vegeta no sale de misión ni entrena, ¿qué demonios está haciendo?


El rastreador del rey sonó un par de veces alarmando de una transmisión entrante pero Vegeta simplemente no se movió para contestar a su llamado. Sólo Nappa sabía como ubicarlo y le había dado la orden de que no lo hiciera por ningún motivo, ni siquiera si Freezer llegaba a visitarlo. Le había dado una nueva habitación a Bulma, una más espaciosa y fuera del sector de las concubinas y prisioneros, tampoco quería que la ubicaran. Si los rumores se avivaban con su presencia, si ella desaparecía los rumores cesarían, pensó.

Se levantó del trozo de metal que las hacía de cama y se dio una vuelta por la habitación en busca de sus cosas regadas por el suelo. Se cubrió el torso para luego encajarse la armadura y se enguantó las manos, todo el ritual era para salir de su habitación. Miró el rastreador por largo rato mientras se encajaba la capa en las hombreras, no quería llevarlo pero era necesario, pensó. Con los años había desarrollado una irritante dependencia a aquel aparato y ahora que no quería ser molestado, no entendía cuál era su necesidad de tenerlo todo el tiempo. Chasqueó la lengua y salió de la habitación dejando sólo el pitito del aparato sonando en su interior.

Bulma se peinaba la cascada lila que caía sobre su espalda, desde su cambio de habitación había logrado conseguir más cosas de las que pensaba que podría tener. Estaba segura que luego de un tiempo, tendría casi todas las comodidades que quisiese sólo por dejar de hablar de su famoso escape, que no estaba del todo descartado.

Se miró a través del espejo alienígena iluminado pobremente cuando se dibujó una silueta en su costado. La chica de cabellos lilas se sobresalto y hasta pegó el grito de su vida, dándose media vuelta para encarar a rey que la visitaba de noche.

—¿Qué acaso no sabes tocar? —cuestionó con el ceño fruncido y Vegeta se sonrió, dando unos pasos fuera del juego de sombras que se formaban por toda la habitación—. ¡Para ser rey tienes muy malos modales! Y porqué te ríes, ¡no es nada gracioso!

—Si le tienes miedo a la oscuridad, no apagues las luces —concluyó él mientras la rodeaba, verla enojada lo ponía de un humor bastante agradable, no habían muchos que se atrevieran a hablarle de ese tono.

—Las luces están así porque me voy a la cama, no quiero que se me vaya el sueño con una luz incandescente —contestó ella rápidamente y luego se cruzó de brazos—. ¡Y no le temo a la oscuridad!

—Deberías, humana —le rebatió a la chica con una sonrisa casi perversa. Se acercó lo suficiente para apoyar una mano sobre el respaldo de la silla que ella ocupaba anteriormente y Bulma se contrarió, la imaginación de niña aun la tenía.

—¿Debería? —repitió la terrícola bajando la mirada mientras pensaba en qué criatura le podía saltar sobre la cama cuando durmiera. Sacudió ese pensamiento fuera de su mente traviesa y encaró nuevamente al rey que se las daba de juguetón, con su propia versión maligna de la palabra juego —. Como sea, Vegeta, quiero que te vayas, esta es mi habitación y no toleraré que me interrumpas cuando se te de la gana.

—Este es mi planeta, mi palacio. ¿No lo hace mi habitación también?

—Basta de juegos, estoy cansada —concluyó ella y se volteó a su improvisado tocador en donde fingió seguir con su tarea de cepillarse el cabello lila pero ahora con los dedos, en el susto original había perdido el cepillo en la oscuridad de la habitación. El darle la espalda le había dado luz verde a seguir con su hostigamiento, muy por el contrario a lo que había pensado Bulma.

El joven rey se le acercó tan rápido que ni siquiera sintió sus pasos aproximarse. La tomó por la espalda y la pegó a su cuerpo, enterrándole su nariz al cuello mientras le abrazaba bruscamente la cintura pequeña y le cubría un seno con la mano libre. Ella exclamó un insulto suave puesto que con el apretón de lo último, se estremecieron las entrañas de su vientre. Ese peculiar ataque le resultaba atractivo y suspiró silenciosamente.

—Suéltame —respondió firme pero su faceta de inalterable no le alcanzó para otra palabra más. El rey sonrió y deslizó su cabeza de arriba hacia abajo para que la punta de su nariz rozara suavemente su piel. La sintió de gallina.

—Y lo que está dentro de la habitación, ¿no es acaso mío también? —preguntó al tiempo que enderezaba su cuello y su cabeza migraba hasta quedar a un lado de la de Bulma. Percibió que ella cerraba los ojos con apremio, para luego abrir lentamente sus orbes lilas y contemplarse en el espejo. Vegeta la miraba con una sonrisa vanidosa, su capa había resbalado de sus hombros y la cubría parcialmente, como si le hubiese borrado la mitad de su cuerpo y lo hubiese remplazado por la oscuridad.

—No.

—Me temo que estás muy equivocada, Bulma —dijo el rey con cierto énfasis en el nombre de la chica, sosteniéndola desde el mentón con una mano enguantada.

Se fue dejando a la chica con la respiración entrecortada por el agarre y porque no había sido capaz de reprocharle nada. Lo observó mientras se marchaba y no comprendió la sensación que le había dejado, algo había cambiado y estaba confundida. Sus incansables juegos perversos ya no le daban miedo, se sintió más fortalecida y esperaba fervientemente la nueva aparición del rey.


Me encontré divagando en una taberna imperialista. Si estaba en contra de los ideales de mi padre rebelde, entonces era imperialista o al menos eso pensaba en ese momento. La verdad era que no tomaba bandos, estaba en el menos problemático de los dos y en ese momento era al lado de Freezer.

Comencé a frecuentar ese lugar y a adquirir la molesta rutina de escoger un asiento en un rincón que contaba con la valiosa cualidad de estar siempre vacío. El cantinero a cargo pronto memorizó mi rostro y no era necesario decirle qué licor quería tomar puesto que lo materializaba en frente de mí el momento que me acomodaba sobre el asiento, sin decirme ninguna palabra de vuelta. En un principio no sabía si comprendía el lenguaje común porque nunca lo había oído decir algo inteligible hasta muchos años después cuando me implorara por su vida luego de descubrir a la mismísima princesa.

Después de gastar casi todo el sueldo en licor y borrarme la maldita memoria por un par de horas, volvía a mi pequeña cámara dentro de las instalaciones para la clase baja. Sólo tenía un pedazo de metal para dormir y una pequeña abertura para la ventilación, lujos de los que no me preocupaba pero que inevitablemente quedaban marcados en mi memoria hasta el fin de mis días.

Me sentí ligeramente mareado cuando tocaron violentamente mi puerta. Era Tomma, insistió a que le abriera cuando le grité desde el interior sin la intención de hacerlo. No lo consideraba un amigo, ni mucho menos un aliado, por lo que darle en el gusto me pesó hasta lo más profundo de mi alma. Entró sin muchos miramientos y se aseguró de sacarse el rastreador de la oreja y cerrar la puerta antes de hablarme, era como un rebelde corriente.

—Debes ayudarme a encontrar a un sujeto —dijo—. ¿Has visto a un androide? Es moreno y hermano mellizo del androide que lleva el rey a sus misiones. Es de suma importancia que me digas, sé que lo has hecho, eres el soldado que permanece más tiempo acá merodeando por la ciudad.

—No —mentí sabiendo que el chico que había visto al seguir a la rubia calzaba perfectamente con sus características. Me levanté del metal tibio y encaré al soldado con una sonrisa—. Y si lo hubiese visto, ¿realmente crees que te lo diría, Tomma? Eres amigo de mi padre, lo sé, pero no olvides que precisamente por él me degradaron de rango y yo siempre seré Raditz, hijo de Bardock, el rebelde que me arruinó la vida —hice una pausa para verle la expresión, estaba serio mas no enfadado. Se encogió ligeramente de hombros al comprender el mensaje, no iría a ayudarlos ni en un millón de años y me dio la espalda para irse del lugar como si nunca hubiese entrado en primer lugar—. No te preocupes, no voy a delatarte, Tomma, no me interesa la guerra de nadie —dicho eso, me recosté nuevamente en el metal para descansar la resaca.

—No tienes porqué decírmelo, Raditz, lo sé. Eres igual a Bardock en ese sentido.


Chichi y Goku se las ingeniaron para sobrevivir durante la ocupación. En un principio fueron solo ellos los que merodeaban el lugar que la chica morena llamaba hogar, no tenían más vecinos dentro de las villas de las montañas y vivían bien. Muy a menudo los jóvenes salían a cazar adentrándose en el bosque y ella le enseñó qué carnes eran las más sabrosas, las especies que debían mantener para evitar que desaparecieran y las plantas y frutos que no eran venenosos. Pronto sólo el menor era el que salía a hacer todas estas actividades mientras ella cosía y reparaba las ropas que encontraban para Goku pues habían enterrado la armadura que había traído consigo para no levantar sospechas por si a alguien se le ocurría llegar a su morada.

Había acondicionado la casa de Chichi para cualquier eventualidad, cavando una cámara secreta debajo de la cocina para esconderse si venían a robarlos o a registrarlos los invasores. En un principio, dormían poco y haciendo turnos para vigilar pero cuando llegó el invierno y la madera era difícil secarla para hacer fuego, Goku pensó que sería mejor dormir juntos. Desde un principio, Chichi supo que sería la sentencia de muerte de su virginidad y se volvió un manojo de nervios cuando llegó la primera noche. Goku, en su inocente ineptitud, no supo qué le pasaba y cuando intentó consolarla, comprendió que después de esa noche jamás iban a separarse y ciertamente tampoco irían dormir en camas separadas.

No supieron cuántos meses habían pasado o si es que habían pasado años, nada importaba ya, puesto que ningún invasor se acercaba a esas montañas si no había esclavos allí, y ellos eran buenos disimulándose con el lugar hasta que Chichi comenzó a enfermarse.

—Necesitamos a un médico —concluyó ella mientras se retorcijaba de dolor y sudaba sus males. El menor le tomó una mano entre las suyas y la miró con infinita compasión, ella tenía razón.

—Entonces tenemos que bajar al pueblo más cercano. Iré a preparar lo que necesitamos para el viaje, partiremos en cuanto te sientas mejor, Chichi —explicó él al mismo tiempo en que se le acercaba para plantarle un beso en la frente, la chica asintió un poco más aliviada. Sabía que era normal que su barriga se hinchara si no sangraba, como siempre, cada mes pero estaba segura que no era normal tener ese tipo de dolores y fiebres. Bajar al pueblo era peligroso porque se metían en territorio alienígena pero no quería arriesgar su vida ni la del niño que Goku le había puesto en el vientre.

Goku le puso una manta encima al dar un paso fuera de su casa y le tomó de una mano para servirle de apoyo por si le llegaran a fallar las piernas. Era el alba y hacía frío, con escarcha saliéndole de las bocas, se encaminaron al pueblo en busca del médico. El viaje fue largo y agotador puesto que la chica sólo podía caminar pocos kilómetros en agonía antes de quedarse sin fuerzas, vomitaba a veces pero eso era normal y eso le trataba de decir al chico asustado que poco y nada sabía de esa rara enfermedad de las mujeres. Pero era culpa de Chichi, no tenía el valor de hablarle apropiadamente del tema porque le daba pavor la palabra embarazo sin que la antecediera la palabra matrimonio, pero era comprensible, estaban en medio de una ocupación.

—Goku, ¿podemos hablar un momento? —cuestionó la chica luego de estar atrapada en divagaciones mentales y llamó al chico que estaba más allá encendiendo el fuego para calentarlos. El aludido se acercó asustado.

—¿Te pasa algo, cómo te sientes? —se hincó a sus pies, apoyando sus manos sobre las piernas de ella mientras las frotaba para darle más calor. Chichi lo tomó del mentón con sus dos manos frías y lo miró calmadamente, la oscuridad de la noche no le permitía ver más de su rostro que lo que podía hacer con la ayuda de la fogata. Le sonrió tiernamente.

—Goku, ¿te casarías conmigo?

—Lo siento, Chichi, pero no estoy familiarizado con esa palabra —le respondió con una basta desilusión en su rostro, no sabía qué era lo que le pedía. Chichi nunca le habría creído eso a cualquier persona que se lo dijera descaradamente pero tratándose del buen Goku, no podía hacer más que creerle. Era como un hombre que apenas había nacido ayer.

—¿Serías mi marido, en la enfermedad o en la salud, en las buenas y en las malas, para protegerme y amarme hasta el día en que muramos?

—Ya soy todo eso, Chichi —respondió él con una sonrisa y se sentó a su lado—. ¿Eso significa que eres mi "marida"?

—Claro que no, Goku —corrigió Chichi entre risas enternecidas y su marido se horrorizó por su respuesta—. Eso significa que soy tu esposa.


Número 18 se dirigió hacia donde tenía un rastreador morado. Nunca había tenido uno de esos ni tampoco vestía de armadura que el ejército de Freezer y, posteriormente, los saiyan usaban como uniforme pero había conseguido un rastreador cuando comenzó a sentirse insegura. Vio parpadear el aparato con una luz amarilla y un sonido agudo le siguió con números iluminando la pequeña pantalla. Lo tomó en sus manos y leyó sin encajárselo en una oreja las lecturas que estaba mostrando, los números crecían con velocidad y parecía que no iría a parar de hacerlo hasta que su puerta se tornó de un color amarillo, pasando por el naranjo y finalizando con el rojo, hasta dar paso a una explosión.

El rastreador dejó de dar lecturas estratosféricas y cuando el humo ácido del metal se disolvió, comprendió que su puerta de metal reforzado ya no existía. Se puso en posición de defensa aun sabiendo que no serviría de nada y esperó que el colosal hijo de Paragus entrara en el cubículo que pernoctaba. La mujer artificial se puso a tiritar casi imperceptiblemente y gimió de miedo cuando le vio la cara siniestra.

—¿Dónde está tu rey? —encaró el recién llegado con una sonrisa vanidosa, de esas que Vegeta tenía pero que en Brolly tenían un marcado dejo de locura. Comenzó a reírse y el androide se incorporó lentamente desde donde estaba sentada y caminó barriendo un círculo en el piso, siempre alejada del corpulento—. Ya veo, no está aquí para protegerte —dijo—. El señor Freezer dice que no estás cumpliendo con tu deber, ¿no es así?

—Tu mismo lo dijiste, el rey no está y no quiere que lo molesten. No puedo informarle al señor Freezer de Vegeta si no estoy con Vegeta.

—No es tu trabajo obedecerle al rey —contestó el soldado federado, su semblante comenzó a enloquecer y su tono de voz a subir, Número 18 supo que tenía que salir de ahí antes de que se pusiera agresivo. Parecía perder la razón cuando le contradecían, como si perdiera el hilo de la conversación cada vez que lo hacían y al tratar de hilar nuevamente sus pensamientos caía en la desesperación y, finalmente, en la ira—. ¡Chatarra!

Se abalanzó hacia ella de un salto y el androide apenas pudo defenderse ante la ferocidad de ataque del soldado federado. Cuando lo vio encima apenas pudo echarse para atrás para que la fuerza con que caía sobre ella no fuera del todo potente y esperó a que le golpeara hasta que la matara pero en cambio se quedó ahí, mirándola como si no entendiera nada.

—¡Déjame ir! —le gritó la rubia con desesperación mientras se contorsionaba debajo del cuerpo gigante del chico que parecía que lo habían desconectado de su fuente de poder hasta que giró la cabeza para un lado y sonrió ampliamente mostrando los dientes y los ojos abiertos hasta más no poder.

—¿Acaso los androides no tienen memoria? —cuestionó devuelto a la normalidad que pocos conocían de él, esa misma tranquilidad cruel que ella había probado en la Tierra cuando aun era un retrasado mental con una fuerza abismal—. Juraste obedecerme o recibirías un castigo. Me obedeces a mi y sólo a mi.

—Nunca te juré algo —aclaró ella y sintió que la llave que mantenía sus brazos inmovilizados la aprisionaba con mucha más fuerza. Gimió de dolor suavemente.

—Deberías haberlo hecho, hazlo ahora. Arrodíllate ante mí y júrame lealtad, o te destruiré —dijo—, lenta y dolorosamente.

—Soy propiedad del emperador del universo conocido, el señor Freezer, y me encomendó la tarea de acompañar al rey Vegeta para mantenerlo a raya para…—recitó hasta que la mano firme del hijo de Paragus le aterrizó en la mejilla. Brotó sangre de su boca tiñéndole de rojo algunos dientes, Número 18 se dedicó a mirarlo en silencio mientras tiritaba de rabia y Brolly se regodeó al verla.

—Ni siquiera tú te crees eso, ¿verdad? —apretó en un puño la mano que usó para hacerla callar e hizo sonar sus huesos—. No eres más que una rebelde vestida de federada. El señor Freezer lo sabe perfectamente pero mientras no haya pruebas que lo seas no puede hacer nada. Pareces hacer bien tu trabajo pero el rey simplemente no te quiere. Esa es tu gran falla, chatarra descompuesta —se acercó a la cara femenina con lentitud y el hijo loco de Paragus le susurró—. Júrame lealtad.

La rubia no abrió la boca ni hizo el intento de hacerlo, se le quedó mirando con el ceño fruncido para después ver la puerta derretida sin que nadie se molestara en revisar el desastre en su cubículo. A nadie en ese planeta le interesaban los androides y eso nunca iba a cambiar, así como Vegeta nunca se interesaría en ella.

—¡Júralo!


Bulma esperó paciente la noche siguiente, sabía que el rey iría a visitarla como el día anterior a ese y ella nunca se equivocaba. Vegeta apareció bien entrada la noche con los músculos apretados luego de un día dedicado a entrenarse en una cabina personal, como lo había hecho desde su desaparición. Muy al contrario de un soldado común, Vegeta venía aseado y vestido apropiadamente con su armadura blanca, el medallón de su padre, la chapa real y su capa color sangre, fácilmente reconocible como el rey del planeta Vegeta. La chica terrestre apenas se volteó a mirarlo cuando llegó y Vegeta se le acercó sin miramientos, haciendo caso omiso a su desinterés.

Cuando estuvo a unos pasos de distancia, Bulma observó disimuladamente hacia atrás sin poder aplacar una sonrisa que le quería surcar los labios teñidos de rosado para la ocasión. No esperaba que el rey fuera a notarlo pero era una coquetería más bien para ella que para él, le hacía sentir más seductora de lo normal.

—Tengo una duda, ¿por qué llamarte como tu planeta? —comenzó ella mientras se daba vuelta antes de que él la volteara por ella. Él sonrió apenas perceptiblemente y cerró sus ojos para explicarse.

—Todos los reyes de este planeta se llaman así, no cualquiera puede llamarse Vegeta —dijo al tiempo que abría sus ojos negros de maldad. La chica de pelo lila hizo una mueca medio satisfecha y asintió sin mucha importancia. El rey llegó hasta ella.

—Bastante egocéntrico, ¿no crees? —dijo la chica mientras le daba la espalda y tomaba un cepillo para el cabello para pasarlo gentilmente sobre su cascada lila. El rey la miró a través del espejo que la enfrentaba, podía verla sonreír sin que la humana hiciera un contacto visual en el vidrio brilloso con él y se le acercó silenciosamente, tomando su cuello blanco con una mano. No tuvo que usar fuerza para que ella volteara hacia donde él la incitara con sus dedos. Bulma lo miró ansiosa.

Vegeta puso sus manos sobre ella y lentamente deslizó sus manos enguantadas por encima de las clavículas, sepultó sus dedos bajo las prendas de vestir y se apoderó de sus hombros desnudos debajo de sus guantes. Lentamente bajó las manos siempre pegadas a la piel hasta los codos, en donde la ropa ya no se sostenía en el cuerpo de Bulma y cayó liviana sobre el suelo. Los labios de Bulma se mantuvieron pegados como si estuviese en trance hasta que un chispazo de luz la llevó a la realidad y comprendió lo que estaban haciendo, llevándose las manos a sus partes expuestas y lanzar un golpe a la mejilla del rey que se permitió abofetear una y otra vez mientras sonreía.

Tomó a Bulma de una muñeca y como si de un baile se tratase, la volteó para que quedara de espaldas y la abrazó por detrás.

—Siempre consigo lo que quiero —le susurró el rey en un oído, jadeando un poco para darle un escalofrío. Bulma perdió el aliento al tiempo que embozaba una sonrisa.

—No permitiré que te enamores de mi, pequeño. No soy tu tipo —comentó con una sonrisa y Vegeta se contrarió. Entre forcejeos le tomó las muñecas para que no se moviera más y la encaró con una cara huraña. Al cabo de un rato curvó una sonrisa.

—No digas estupideces, humana.

—Oh, osea sí soy tu tipo, ¿es eso a lo que te refieres? —rebatió ella con una sonrisa, molestarlo en su propio juego era divertido. Bulma le comenzó a acariciar la cara—. Mi querido Vegeta…

—¿Qué? —respondió con una voz más bien brusca, ciertamente la constante habladuría de la chica de cabello lila lo comenzaba a irritar y volcó toda su atención en terminar de desnudarla para desconcentrarse en las palabras de la chica hilarante. Bulma se puso a la altura de su cabeza y lo miró con una sonrisa.

—Te enamorarás de mí, Vegeta. No hay remedio.

—No lo haré, humana —dijo el rey sin siquiera dedicarle una mirada, ella sonrió satisfecha. —¿Realmente crees que un guerrero como yo permitiría eso? El amor te hace blando, débil. Te mete ideas en la cabeza y cometes tonterías en momentos en los que realmente necesitas una mente fría. Yo soy rey. Soy el guerrero más poderoso de mi raza y ciertamente yo no me enamoro —explicó con la determinación testaruda que tanto le caracterizaba y Bulma hizo una mueca de aburrimiento. Fingió bostezar mientras desviaba la mirada lo cual molestó a Vegeta que murmuró una protesta por su actitud y la chica terrestre se volteó tomándole la cara entre sus manos. Buscó ser más alta por lo que fijó sus rodillas sobre los muslos de él y lo miró hacia abajo. Terminaron en el suelo.

—Veamos cuánto tiempo duras con ese pensamiento, Vegeta —y dicho eso Bulma besó al rey que a su vez, logró zafarle las ropas faltantes.


Goku le llevó la pequeña taza de agua a los labios de Chichi en cuanto la generosa mujer rubia se la extendió. Habían llegado a la ciudad tras haber ido de pueblo en pueblo sin encontrar médico alguno, la desesperanza de la chica morena crecía con cada pueblo echo polvo por los invasores y en la ciudad no era un panorama distinto. Estaba destruido pero seguía habiendo gente merodeando en los alrededores y en medio del caos que produjeron con su llegada, una mujer que aparentaba menos edad de la que en realidad tenía se les acercó con gentileza al ver a Goku cargar a su mujer que apenas podía sus piernas.

Pronto entraron a lo que habría sido un edificio y conocieron al envejecido esposo de la amable señora que inmediatamente se puso a prender unas brasas para calentarlos.

—Disculpen la precariedad, ya nadie trabaja en las industrias y no tenemos electricidad. El agua que beben es de nuestro propio jardín, no queda mucha por aquí —dijo el hombre mientras encendía un cigarro—. Cariño, tráeles un poco de comida, parecen hambrientos.

—Enseguida, mi amor, ¿quieres algo tú? —preguntó con una sonrisa a lo que Goku no pudo más que sonreír, se contagiaba fácilmente con las sonrisas ajenas. Le puso unas mantas más sobre los hombros a su mujer.

—Gracias, han sido muy amables con nosotros —explicó Goku—, pero me temo que necesitamos a un médico, ¿conocen a alguno por aquí?

El anciano le miró con intriga, sólo entonces cayó en cuenta que la mujer que acompañaba al joven no había despegado los labios desde que habían llegado y negó con la cabeza. La mujer se les acercó con una bandeja media vacía con pan, unos pedazos de queso y galletas.

—¿Qué le sucede a esta chiquilla? Está muy pálida —dijo la señora y le pegó una palma a la frente de Chichi, Goku la miró con preocupación —¿Cuántos meses tienes, querida? Tiene que descansar, tenemos muchas mantas y ropas limpias —dijo la señora mientras le acariciaba el pelo.

—Estos son tiempo duros para traer un bebé a este mundo —concluyó el anciano, Goku no comprendió enseguida lo que se refería y antes de que lo hiciera, Chichi se comenzó a mover, revivida por el calor y el agua. Lo llamó suavemente y él la atendió con cariños y abrazos—. Debe ser una infección, me temo. Hay que conseguirle antibióticos y nutrirla bien, pueden quedarse con nosotros si así lo gustan. Los invasores son crueles, no dejen que los atrapen y menos una criatura en manos.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó por primera vez Chichi.

—Los señores Briefs, de la Corporación Cápsula —dijo el anciano y su esposa se sentó a su lado con una eterna sonrisa en los labios—. Solíamos ser una gran compañía de tecnología e ingeniería avanzada pero en el tiempo de la invasión, nuestra hija estaba de viaje. Ella estaba reuniendo unas esferas mágicas que concedían deseos… —explicó con pesar—. Bulma no está ahora y me temo que no la veremos más. Lo único que deseo es que no haya acabado con los invasores, un destino cruel.

—Lo siento mucho —dijo simplemente la morena y Goku la observó de soslayo, no comprendía la respuesta puesto que ella no tenía la culpa y bajó la mirada. Miró la panza de Chichi que estaba creciendo silenciosamente, hasta ese momento no tenía explicación a ese tan inusual síntoma pero no le había dado importancia. Goku nunca había visto a una mujer embarazada.

—Estos invasores, ¿vienen muy a menudo? —cuestionó Goku y el anciano Briefs lo miró curioso, encendió un segundo cigarro.

—A veces —respondió simplemente y Chichi le puso una mano helada en la mejilla, no quería que siguiera con el tema.

—Nosotros vivimos mucho tiempo en la montaña y les puedo asegurar que puedo saber cuándo y de dónde viene un invasor, los siento tal como los veo sentados frente a mí ahora —dijo y Chichi le demandó que parara con la mirada, ella era la única que sabía que Goku era un invasor sin memoria y su cola era la evidencia tangible de que así lo era, si los señores Briefs alguna vez habían visto a un saiyan seguramente reconocerían la cola de Goku si la llegaban a ver—. Nos escondíamos muy lejos en los bosques cuando se acercaban y guardábamos todo lo que teníamos en un agujero debajo de la cocina. Si vienen con nosotros podemos salvarnos…

—Nunca estaremos a salvo, muchacho —contestó el anciano con tranquilidad y acarició un gato negro sobre el hombro con ternura. La criatura ronroneó.

—Entonces debemos detenerlos —respondió Goku con el ceño fruncido, la señora Briefs aplaudió con emoción mientras que su esposo lo miró con sorpresa. Chichi lo miró molesta—. He entrenado muy duro con Chichi en las montañas todo este tiempo, antes de que se enfermara… Me he hecho más fuerte pero me temo que ellos son más en cantidad.

—No estarás sugiriendo que yo pelee contra ellos —respondió con una disimulada carcajada el señor Briefs. Su señora le secundó con una risa.

—Usted dijo que era parte de una corporación de tecnología —comenzó el chico que esperó a que el aludido asintiera para continuar—. Bueno, yo tengo uno de sus aparatos. Si puede decirme qué es lo que hacen y cómo desactivarlos puede ser de mucha ayuda —y dicho esto Goku revolvió un bolso en donde tenía en rastreador que había estado recibiendo transmisiones mientras más se acercaban a la ciudad. El anciano observó el rastreador boquiabierto mientras le ponía las manos encima—. Los voy a detener, se los prometo. Después podemos buscar esas esferas mágicas para devolverle a su hija.

El anciano lo miró con sorpresa y asintió silencioso.

—Y yo te ayudaré en todo lo que necesites, Goku.


Nota de la Autora: Uff, lo conseguí, realmente me complican mucho Bulma y Vegeta pero creo que este ha sido uno de los capítulos más diversos en cuanto a la aparición de personajes. Muchas gracias por los comentarios de Sybilla's Song, MyaFanfictions, JazminM, sakare y LilyBriefs :) La siguiente actualización me temo que demorará más, tengo exámenes esta otra semana y estrés :D! jaja Espero que lo hayan disfrutado, muchos cariños a todxs, RP.

EDITADO :D