14
Eres mío
Chichi lavaba a su pequeño hijo con la ayuda de un balde al lado del río en el complejo de la corporación Cápsula. El pequeño de cuatro años tiritaba ante el contacto del agua fría y se abrazaba a sí mismo para recuperar el calor. Habían pasado cuatro años desde que Goku iba y venía de sus viajes para entrenarse conforme iba conociendo nuevos lugares y adversarios. Sus salidas tomaban meses pero volvía más musculoso de lo que se había ido, Chichi nunca había entendido cómo no se había topado con ningún invasor en todas sus idas y venidas pero en todas esas veces escuchaba la misma historia. En la radio solían advertir de una criatura gigante que atacaba a las bases de los invasores, se estremecía cada vez que escuchaba al doctor Briefs prender la radio o el mismísimo rastreador y que hablaran del asunto. Los invasores repitiendo una y otra vez la palabra saiyan en sus transmisiones y los terrícolas mitificaban a la criatura como un mono gigante que escupía fuego y destrozaba todo a su alrededor.
—Está helada, mami —gimoteó Gohan con un temblor en su voz. Chichi le pasó un paño húmedo por los brazos, las axilas y piernas para después verter más agua sobre el chico. La cola de marsupial se irguió con el contacto del líquido y ella se estremeció. No la había podido cortar porque no era capaz de mutilar a su propio hijo. Los señores Briefs no hicieron preguntas respecto a la cola desde el día que había nacido, a sus ojos no era más que una malformación que no estorbaba en sus vidas—. Mami…
—Deja de quejarte, Gohan, donde yo vivía no había agua caliente más que para la sopa, debes acostumbrarte, estamos en tiempos difíciles —replicó ella con un cierto dejo de enojo, Gohan siempre había sido un niño obediente pero no podía dejar de estar amargada. Calentar agua significaba prender leños y eso podía atraer invasores a la Corporación. Desde hacía un tiempo que los alienígenas estaban más cautos, precisamente desde la aparición del mono gigante y sus reiterados ataques a sus bases.
Gohan se pasó el dorso de la mano sobre las cuencas de sus ojos para no llorar y hacer enfadar a su madre pero cuando observó entrar a su padre al patio con una venda alrededor de su frente y mucha ropa sucia en su bolso que estaba más sucio aun, Gohan se fue corriendo hacia su padre. Goku le extendió los brazos con una sonrisa plantada en el rostro y lo alzó por los aires como un juego entre los dos que siempre había encantado al pequeño simio.
—Estás helado, Gohan. Ven, vamos a cubrirte —dijo el padre mientras lo envolvía con su chaleco y el chico rió feliz ante el cuerpo cálido de su progenitor. Chichi miró desde lejos la escena y a pesar de que sabía que tenía que estar feliz por la nueva llegaba de su esposo, ella sólo se enfadó. Los señores Briefs se acercaron con alegría, Bunny ofreciéndole comida y refresco mientras le decía lo guapo que se había puesto durante su viaje, y el doctor Briefs preguntándole qué más había averiguado sobre los invasores. Goku hizo lo que pudo para retener tanta información y terminó riéndose mientras contaba vagamente lo que había sido su viaje.
Chichi vertió el contenido del balde sobre el césped y dejó el paño dentro de él, caminó lentamente hacia dentro del edificio de la Corporación ante la mirada atónita de su marido que no comprendió su actitud. La morena hurgó en sus cajones para buscar una muda de ropa para Gohan y la dejó sobre la cama para sentarse ahí. Sabía que tendría que salir de su habitación tarde o temprano, lavar y planchar la ropa que había traído Goku y zurcir las prendas que sabía que se habían estropeado, cocinar por una hora la merienda para su marido y luego lavar los recipientes y cubiertos sucios. Con todo eso terminaría cerca de la madrugada y el menor se quedaría unos días y partiría otra vez, sin siquiera darle las gracias o decirle que la amaba.
En eso divagaba cuando el susodicho entraba por la puerta con Gohan envuelto en su chaleco, riendo por las cosquillas que le daban.
—Chichi, Gohan necesita vestirse —dijo amablemente el recién llegado sin comprender lo mal que le caía el comentario a su mujer.
Chichi rodó los ojos sin poder contenerse mientras se levantaba y le arrebataba a su hijo de los brazos. Se puso a vestir a Gohan en silencio bajo la atenta mirada de Goku quien hacía señas al chico para que se riera con sus muecas. La mujer se exasperó, lo último que le estaba quedando era la satisfacción de ser la más necesaria y querida por Gohan pero a pesar de la ausencia, Goku siempre era el que le daba sólo mimos mientras que ella era la de los castigos.
—Basta, Goku —dijo ella con la voz plana.
—¿Qué cosa, Chichi? Sólo lo hago reír —comentó inocentemente al tiempo que se encogía de hombros. Gohan soltó otra risa cuando el menor le hizo otra mueca—. Estás muy rara.
La morena dejó la habitación de súbito y se encerró en el baño, Goku tomó a Gohan en brazos y se lo llevó con él a ver a su madre, desconcertado. Golpeó unas veces la puerta y escuchó absolutamente nada, golpeo una vez más y la llamó con suavidad.
—Déjame sola —suplicó desde dentro con la voz amortiguada—. Por favor.
—Estaré afuera —respondió después de un tiempo de meditación y así lo hizo. Chichi salió unos instantes para comprobar que no estaba y se encontraba como si nada jugando con Gohan en el jardín, definitivamente él ya no sentía nada por ella.
—Raditz —dije con la voz plana, no sabía desde cuando no abría la boca pero no me interesaba y el encargado del hangar me buscó en el sistema. Algo había pasado en la cabeza de Vegeta y estaba doblando la seguridad del hangar, cuidando quién salía y quién llegaba al planeta. Bufé con molestia, el encargado me pedía más información—. Sólo Raditz.
—Ah, Radditz, hijo de Bardock. Aquí estás —dijo con lo que noté una burla, fruncí el ceño. Se reirán, lo tenía claro, en este planeta lo único que se respetaba era el poder y el miedo que infundías, en ese momento el encargado del hangar no sentía ni un ápice de respeto hacia mí, ¿por qué iría a sentir miedo? Mi padre me había deshonrado y era parte de la clase más baja que existía. Ni siquiera podía matar a un rey como supuestamente lo había hecho Bardock—. Tenías que haber llegado hace unas horas, ¿acaso no sabes acatar órdenes?
—Mis compañeros murieron, me tomó más tiempo del que tenía pactado —respondí mientras le aventaba lo que llevaba en mis manos en ese momento, las insignias arrancadas de las armaduras de mi compañeros con un poco de sangre y polvo cayeron en su regazo y se sobresaltó al comprobar su legitimidad. Las dejó a un lado al sentirlas pegajosas debido a la sangre coagulada. Pude detectar el asco que le produjeron.
—¿Otra vez? —cuestionó con desagrado—. Al parecer eres el único menos inútil del batallón —dijo mientras tecleaba los decesos de mis compañeros, ya ni me molestaba en preguntarles los nombres porque morían al instante, los colonos eran un estorbo inútil de aire y equipamiento.
Chasqueé la lengua y decidí partir. Escuché las quejas a lo lejos del alienígena con aires de grandeza pero la verdad era que no era tan débil como todos se empecinaban en hacerme creer y podría matarlo en ese mismo instante. Me dirigí a la siguiente parada y ésa era la enfermería, un mero control de rutina. Al cruzar por el pasillo, me topé de frente con la rubia artificial y ésta me quedó mirando a unos metros de distancia de mí y me sostuvo la mirada hasta que pasamos lado a lado, giré un poco la cabeza cuando estaba a mi espalda para verla retirarse. No podía negarlo, era una mujer muy hermosa, iba vestida con una túnica pálida y una armadura decorativa hasta la cintura con pequeñas hombreras de encaje metálico, botas bajas y las piernas desnudas hasta las rodillas.
Torcí más el cuello cuando no la divisé atrás y luego me volteé completamente, no estaba ahí.
—Te conozco, me has estado siguiendo —dijo ella con el ceño fruncido, estaba parada a mis espaldas. Sus movimientos rápidos me dejaron con los ojos abiertos y la mandíbula apretada, no le había visto caminar sobre sus pasos para sorprenderme—. Estabas en el almacén —dijo simplemente cuando comprendió que no podía decir más para ocultar a su hermano.
—No sé de lo que estás hablando, androide —mentí con soltura mientras le sonreía con desprecio. Me crucé de brazos sin quitarle la mirada de encima, me sentí extrañamente emocionado—. Nunca te he visto en mi vida.
Ella rió de lado con sus ojos azules muertos. Se cruzó de brazos mientras apoyaba su peso en una sola pierna, sonreí dejándome seducir.
—Quién eres, soldado —preguntó de súbito la mujer artificial y no pude evitar sentirme molesto por la pregunta que me avergonzaba, fruncí el ceño aun más de lo que ya lo tenía y el androide Número 18 se rió a ojos cerrados—. No tienes por qué decirme si no quieres, la verdad es que no me interesa —dijo mientras reanudaba la marcha. Abrió los ojos azules descubriendo sus pupilas enterradas en mí—. Tú no me has visto nunca y prometo no matarte. Raditz… —dijo simplemente mientras se fue dejando sus brazos a los costados, la seguí con la mirada y luego me estremecí, era una androide, un conjunto de circuitos y metal con sangre. Me sentí asqueado y seguí mi caminar hacia la enfermería con una mueca molesta pero al cabo de unos pasos sonreí nuevamente.
Nappa se vio caminando detrás de la humana con desgano, ella caminaba bastante calmada para la situación que estaban viviendo y muchas veces le ordenó que se apurara puesto que no tenían mucho tiempo. Ella chasqueaba la lengua con molestia. Era bastante sabido que a ella no le agradaba el grandulón desde la Tierra pero no le guardaba resentimiento y podría decirse que confiaba más en él que cualquier otro ser en ese planeta además de Vegeta, sabía que le era extremadamente fiel al rey. El calvo vio que Bulma volteaba a verlo disimuladamente un par de veces por lo que pensó que trataría de escapar, bufó con disgusto, ella debería saber de sobra que escapar no funcionaba contra ellos pero no comprendió porqué iría a hacerlo.
Cuando llegaron al pasillo seguro para la reina, ella golpeó el panel donde estaba su habitación y entró. Nappa quedó mirándola desde el umbral con sorpresa y se dirigió a zancadas a sacarla de ahí pero se detuvo cuando la vio hurgar debajo de la cama. Bulma sacó cajas pequeñas de metal, algunos papeles y pronto desordenó todo el aparente orden que había logrado Vegeta, ella era desordenada y excéntrica, y él era estructurado y extremadamente ordenado.
En toda la maraña que tenía de artefactos inútiles, sacó una cápsula. Se incorporó del suelo en donde estaba y accionó el mecanismo que liberaba el contenido de adentro, se escuchó una explosión y luego hubo mucho humo, Nappa quien nunca había visto el poder de la cápsula, observó con recelo con el antebrazo sobre su nariz para cubrirse del humo que se desvaneció enseguida, dejando ver una silueta borrosa que de a poco fue tomando forma. Era un aparato de los que ella solía fabricar y que eran totalmente desconocidos en ese mundo. Era una motocicleta.
—Destrúyela —dijo la chica con apuro y el aludido la miró con desconcierto, Bulma reiteró su dicho—. Destrúyela, es la forma más sencilla de desligarla de la cápsula.
Nappa arrugó la nariz y frunció el ceño, miró con desconfianza la brujería que hacía la mujer y luego la tomó del brazo y la aventó hacia atrás con brusquedad. Bulma maldijo pero cuando comprendió que le iba a hacer caso, se refugió en su espalda ancha. De un momento la motocicleta que había hecho a escondidas después de que Vegeta le destruyera la que había hecho anteriormente, explotó en mil pedazos hasta que quedara un manchón oscuro en el piso. Bulma se descubrió con lentitud, las llamas se iban extinguiendo rápidamente y Nappa la observaba con el rabillo del ojo.
—¿Ahora qué? —cuestionó agriamente y Bulma abrió la mano en la que tenía la cápsula y accionó un par de veces el mecanismo sin que sucediera algo, la palanca parecía estar rota puesto que cedía ante su dedo sin mucha resistencia.
—Debo hacerla funcionar nuevamente —anunció y se dirigió al laboratorio con el grandulón siguiéndola a brazos cruzados.
Vegeta golpeó rítmicamente el mango de su trono con molestia esperando noticias de la terrícola, ya había la imitación que había ordenado del cristal azul, si nunca nadie más lo había visto, no tenía porqué ser una réplica exacta y se conformó que fuera una esfera azul y que tuviera una propiedad reflectante, para que diera la ilusión de que brillaba en analogía a a la fosforescencia del verdadero amuleto. Gruñó sonoramente, los soldados más fieles retrocedieron un paso con recelo al ver que Vegeta se levantaba por fin y se volteaba a ellos.
—¿Qué es lo que le toma tanto tiempo? Ella debería estar ya acá, Freezer puede llegar en cualquier momento —dijo con la mandíbula apretada. Un soldado se atrevió a hablar.
—Aún no termina el plazo, señor —dijo para tranquilizarlo y Vegeta lo tomó del cuello, se veía más que enfadado y mostraba las encías con insistencia con cada gruñido que emitía.
—Entonces anda a decirle que su plazo terminó —dicho esto lo soltó y el susodicho se alejó en un trote ligero, la sala pronto se llenaría de alienígenas repugnantes escoltando a Freezer que gustaba derrochar el control que tenía sobre ese planeta rojo exhibiendo parte de su ejército con sus visitas. Por eso tenía que actuar rápido e intercambiar las esferas antes de que lo vieran.
Pasó un tiempo y Vegeta se paseaba como una fiera enjaulada por la sala, maldiciendo y regañando, y periódicamente le preguntaba al otro soldado que llevaba el rastreador puesto para escuchar las transmisiones del hangar para adivinar cuándo el emperador del universo conocido pisara sus tierras. No anunciaban a Freezer.
Bulma llegó con la mano empuñada a la sala del trono y con Nappa a sus espaldas. Vegeta sonrió al fin y salió a su encuentro pero su felicidad vanidosa no se debía a la llegada de la reina extranjera, sino al aparato que traía en su mano.
—Me debes una, Vegeta —dijo la muchacha guiñándole un ojo lila pero el rey no se inmutó ante tal comentario, simplemente la guió hasta el trono con una mano sobre la cintura y le extendió el cristal. Los soldados se encontraban expectantes. Bulma sacó de su bolsillo una calcomanía de la Corporación Cápsula y se la pegó al amuleto ante la turbación de Vegeta, su explicación no se tardó en llegar—. No es simplemente una calcomanía, Vegeta, tiene los dispositivos que reconoce la cápsula —y dicho esto, accionó la palanca con su pulgar y la esfera fosforescente se volvió luminosa hasta que llegó a una luz blanca que cegó a los presentes, después de un momento la esfera había desaparecido. Vegeta y sus soldados quedaron boquiabiertos y Bulma rió suavemente, extendiéndole la cápsula a rey que buscaba disimuladamente al cristal por si la mujer se le había ocurrido hacer una artimaña y dejarlos ciegos un momento para ocultar al amuleto.
—¿Estás segura que ha funcionado? —cuestionó un poco receloso y la mujer rió con más fuerza.
—¿Y por qué no, Vegeta? Sé qué fue lo que hice, confía en mí —dijo y le plantó la cápsula en la palma de la mano, la gran esfera había sido reducida a nada y cerró su puño mientras sonreía ampliamente. En tanto, el rastreador del soldado piteó y llamó a su rey con precaución.
—Mi señor, Freezer está aquí —anunció el guardia real y Vegeta rió con la boca cerrada.
—Justo a tiempo —pronunció con satisfacción, Bulma lo miró con incredulidad, había escuchado hablar de Freezer pero nunca lo había visto en persona. Vegeta se le acercó entonces y le pegó la cápsula a la tela rosada en el pecho de Bulma y dejó que el dispositivo se deslizara hasta alcanzar el bolsillo justo encima del seno de la terrícola. Cuando terminó de caer, alojado en el bolsillo, le estrujó el pecho levemente. Bulma quiso protestar pero el rey se alejó enseguida dejándola con el ceño fruncido y un bufido atorado en la garganta. Vegeta se sentó en el trono.
—Nappa, escolta a Bulma nuevamente y déjala en su habitación —ordenó sin siquiera mirarla, ella comenzó a protestar enseguida pero Nappa la agarró de los hombros y se la llevó. En el camino se encontraron a la comitiva imperial escoltando a Freezer y Nappa maldijo entre dientes, Bulma lo miró desconcertada y su curiosidad la hizo escudriñar entre la multitud en busca de ese ser que tanto repudio causaba. La Federación, pensó y murmuró para sí misma. El calvo la tomó de un hombro y la atrajo hacia él para llevarla por otro camino. Bulma no aceptó y terminaron por echarse a un lado para dejar pasar al pequeño ejército que había formado el lagarto entre generales, escolta y sirvientes.
Bulma captó la miraba de muchos de los presentes y no hicieron el intento por pasar desapercibidos, casi podía sentir que estiraban el brazo para tocarle bajo el vestido pero Nappa estaba ahí con ella por lo que eso no iría a pasar nunca. Su cabello delataba quien era, era más que sabido que la nueva reina que tenía el trono del planeta Vegeta tenía el pelo y los ojos de un color lila aunque no todos la consideraran como tal y la veían como una mera esclava que pasaba a ser concubina. Tampoco acompañaba a Vegeta en el trono, por lo que no parecía serle del todo importante.
Pasó la mitad de la horda y pudo sentir una mirada penetrante de un alienígena con cara de lagarto que flotaba postrado en una especie de silla, Bulma no tuvo que preguntar puesto que sabía que era él. Freezer le sonrió con desdén mientras la miró de soslayo y luego pasó la siguiente mitad de la horda. Bulma sintió un escalofrío desde el más profundo hilo de su ser, bajó la mirada y siguió caminando.
Chichi hizo el intento por estar ocupada toda la estadía de su marido para no tener que enfrentarse a él, sabía que explotaría de rabia si lo hacía pero simplemente no pudo escapar al momento de dormir. Se había pasado más tiempo del que usualmente se tomaba para restregar los cientos de platos sucios que tenían, no había quedado sobra para los animales que se acercaban con cariñosa precaución desde los arbustos y pastos altos del jardín de la Corporación, y esperaron en vano la costumbre de Chichi de no desperdiciar nada.
Se fue con las manos tiesas por el frío del agua y de la noche fresca, y entró a su habitación con cautela. Los señores Briefs ya se habían ido a dormir hace horas y Goku reposaba el festín que había devorado sobre la cama, somnoliento. Su esposa se acercó en la penumbra a buscar una bata para dormir y se desvistió en silencio, Goku que podía leer el ki sin usar un rastreador dio con ella enseguida y la miró con una sonrisa sin que ella se percatara. Chichi se desató el cabello que caía hasta más debajo de la espalda media y se quitó el vestido y otras pendas hasta quedar desnuda y se colocó la bata por la cabeza, sintió a Goku en su espalda.
—Pensé que dormías —se excusó la morena sin ocurrírsele otra cosa que decir, el menor le pasó la nariz por el cuello—. No sigas.
—¿Qué es lo que te pasa, Chichi? —cuestionó el aludido sin esperarse otra vez el enrarecido comportamiento de la humana.
—Dime que no tienes nada que ver con el simio gigante que ataca las estaciones de los invasores —espetó enseguida la mujer mientras se volteaba a verlo. Goku se puso serio y se separó de ella.
—No sé de lo que hablas —dijo mientras se recostaba nuevamente en la cama. Chichi se arrimó sobre él y le levantó el chaleco descubriendo la cola enrollada en la cintura—. Chichi…
—¿Eres una clase de hombre simio o algo así? Sólo aparece en las noches de luna llena según cuentan y nunca te quedas esas noches, Goku, ¿qué quieres que piense?
El chico suspiró, dio una ojeada a la cama más pequeña en la que dormía Gohan hace mucho y permanecía ajeno a todo lo que se suscitaba en la habitación. Luego miró a su mujer con los hombros encogidos.
—Creo que tienes razón, Chichi. Pasó la primera vez cuando salí de viaje, estaba acampando en la intemperie y vi la luna llena, nunca antes la había mirado, y no recuerdo nada más. Desperté en la mañana, desnudo y sin saber lo que había hecho pero sí sabía que no era del todo bueno, estaban destruidas muchas edificaciones —dijo Goku mientras la cogía de los hombros—. No debes dejar que Gohan mire la luna llena o destruirá todo a su paso, Chichi, y no creo que recuerde que eres su madre.
Chichi se puso a llorar, sentía que tenía una bomba de tiempo acostada en su cama.
—Mi querido Vegeta, espero que tengas lo que te he pedido —comenzó el emperador con una sonrisa en los labios, el aludido sonrió ampliamente mientras estrujaba los mangos del trono con las manos. Se incorporó luego y caminó hacia él.
—Nunca fallo, Freezer —dijo Vegeta al tiempo que levantaba un brazo hasta que su mano quedó a la altura de su cabeza y un soldado tomó el amuleto y se lo llevó lentamente hacia Freezer. Este lo miró con curiosidad, no brillaba mucho ni tenía un azul espectacular. Ciertamente era una baratija común y corriente pero no podía dejar que los saiyan supieran que se había desilusionado. Freezer levantó las pupilas y observó la reacción de su protegido sin alzar la cabeza, era el mismo Vegeta de siempre sólo que un poco más sonriente, presumido. Arrugó la nariz, la sensación de que lo estaba engañando fue fuerte, más de lo que había sentido en él en su corta vida. Sonrió confiadamente. Siempre supo que a Vegeta sólo le interesaba sí mismo y nadie más, tal como lo hacía él.
—Espero que no te haya dado problemas esta misión —dijo Freezer mientras tomaba la esfera en sus manos y la dejaba en su trono flotante. Vegeta levantó una ceja. El emperador acarició la esfera falsa.
—En absoluto, Freezer —aseguró con la eterna sonrisa plantada en su rostro, Freezer rió con la boca cerrada mientras cerraba los ojos.
—Planeo quedarme un tiempo, Vegeta —anunció con seriedad antes de sonreír. Vegeta frunció el ceño—. Estaré en mi nave por si me necesitas —dijo y su trono flotante se comenzó a mover obligando que su horda entera comenzara a caminar a la salida. El rey apretó los mangos de su trono con ambas manos sin poder contenerse, Freezer no conocía los límites de su hospitalidad, tenía una infinidad de planetas en su control y no lograba quitárselo de encima. Torció su boca con deleite, por mucho que sospechara Freezer nunca encontraría la cápsula de Bulma.
—Es suficiente por hoy —comenzó el rey cuando toda la comitiva forastera se fuera junto a Freezer quedando sólo hombres de su propia guardia. Se levantó de su asiento tosco con aburrición, los ojos de sus soldados lo siguieron a la salida hasta que se perdió de su alcance.
Vegeta caminó por los pasillos en penumbra sin quitársele la sensación de que había ganado de cierta manera y para cuando llegó a su habitación, se había quitado la capa de un tirón y se movía con lentitud, estaba cansado pero no sabía por qué. Ser el rey no le agradaba tanto como en un principio.
Tecleó el panel sin muchos miramientos y cuando marcó error con una gran luz roja que iluminó su rostro, la ira rebosó en su ser y de un golpe destruyó el teclado para después arrancar un cable que había quedado expuesto. Estaba consciente de lo que tenía que hacer porque la puerta se abrió enseguida y pensó que tendrían que mejorar la seguridad si quería dejar a Bulma a salvo en sus misiones, a las que no saldría por mucho tiempo.
La forastera se estremeció cuando escuchó que destrozaban el panel del exterior, pensaba que Freezer ya la reconocía y había venido a matarla, arrepintiéndose infinitamente el haberse dejado ver al retirarse de la sala de tronos. Para cuando reconoció al rey como el supuesto homicida tuvo un momento de felicidad en la que casi gritaría de emoción, lo que se esfumó enseguida al recordar lo maleducado que había sido con ella frente a sus hombres. Vegeta la observó con detención y frunció las cejas, al verla abrir la boca para reprenderlo, exclamó.
—No te atrevas —dijo fuerte y claro con un semblante aterrador y se dirigió a la mesa del espejo gigante para dejar sus guantes, el rastreador y su medallón. Observó el reflejo del espejo y buscó a la terrícola en la habitación virtual que se formaba en la superficie. Se veía turbada, un poco enojada, y se dio la vuelta con los brazos cruzados y le dio la espalda mientras se sentaba a un costado de la cama—. Permanecer callada no es una cualidad tuya —espetó con aparente calma mientras se iba al lavadero a mojarse la cara, la chica no pensaba hablar.
—Ser amable tampoco es una cualidad del rey —dijo ella después de un rato de tribulaciones y el aludido se comenzó a reír suavemente mientras se acercaba al costado opuesto de la cama. Bulma no lo había sentido hasta que estuvo en su espalda y un escalofrío la hizo dar una vuelta, descubriéndolo muy cerca de ella y sus ojos profundamente negros mirarla con detención. Sonrió de lado al verla sobresaltarse—. ¿Qué te pasa? Siempre andas hurgando en la oscuridad para asustarme, ¿verdad? Eres un desgraciado. Y deja de mirarme así.
—Soy el rey, puedo hacer lo que me dé la gana con mis posesiones.
—Sabes que eso no es verdad —dijo Bulma con una risa como punto final. Vegeta entrecerró los ojos ante su respuesta y se le acercó un poco más—. Podrás ser el rey de este planeta pero nunca serás mi dueño, pequeño —continuó cuando estuvo a centímetros de distancia y le delineó la boca con la yema de un dedo. Vegeta exhaló el aire que tenía en sus pulmones por la nariz sin quitarle la vista oscura de sus pupilas lilas.
—Eres mía, Bulma. Te equivocas si piensas que porque te doy todo lo que quieras no dejas de serlo —estipuló Vegeta con profundidad y la aludida sonrió dulcemente mirándolo desde abajo cuando él se encaramó sobre ella. Bulma acarició gentilmente el cabello azabache del soldado antes de abrir la boca nuevamente.
—Y tú eres mío.
Nota de la Autora: Me demoré siglos en actualizar u.u la vida real estuvo muy agitada este último tiempo. Tenía casi listo el capítulo hace muuucho tiempo y nunca supe cómo terminar las escenas, pasó el tiempo y caí en desgracia, salir al mundo real es bien difícil, eso te los fanfictions debería ser un trabajo remunerado y poder dedicarse exclusivamente a esto xD sería tan feliz :(
Gracias a los comentarios de LilyBriefs y Sakury Li'Minamoto.
Besos, RP.
EDITADO
