32

Brujería


Cuando el armero me extendió la coraza que le había pedido, la voltee por todos lados para comprobar su manufactura. El color blanco denotaba realeza pero se trataba simplemente de una armadura para entrenamiento por lo que no tenía ninguna chapa distintiva. Sonreí mientras buscaba las gemas que me estaban quedando y se las extendí al sudado armero que las contó con detención y lo volvió a hacer una segunda vez sólo para estar seguro. Por mi cuenta hice lo mismo y comprendí que mis gastos habían aumentado desde que habían subido el sueldo y gruñí ofuscado, era más pobre que cuando realmente era pobre.

El armero se pasó un paño por sus manos grasientas y me miró bajo sus cejas pobladas, luego miró su trabajo y de vuelta a mí.

—Si esa armadura es para la princesa, será una pérdida de tiempo. La niña tiene más de terrícola que de guerrera, jamás logrará usar esa coraza—profetizó y arrugué la nariz recordando a mi padre.

—Cállate—y me fui dando grandes zancadas. Tenía que servir o había perdido lo último de mi sueldo por la princesa, si mi padre me hubiese predicho que iba a gastar gemas en una híbrida no le hubiese creído. «Posees una gran memoria, Radditz, usa tu talento con sabiduría», me había dicho antes de huir del planeta y afilé la mirada con desconfianza. ¿Contarle historias a la princesa era mi destino?

En los pasillos del palacio fui motivo de miradas, curiosas de verme con una armadura femenina en las manos. No tuve tanta mala suerte y me encontré a una sirvienta de Bra en el pasillo que llevaba a su habitación y no tuve que golpear, entré detrás de ella y la sirvienta que la acompañaba se volteó con temor mientras que la princesa lo hizo con sorpresa. Se había puesto la ropa de entrenamiento, de color violeta, y se había dejado el pelo en una cola alta. La sirvienta junto a ella tenía el collar azul en sus manos e imaginé que se disponía a guardarlo lo que el entrenamiento durara. Me hizo una reverencia simple sólo para dejar de verme y los ojos de Bra la analizaron con curiosidad antes de fijarse en la coraza que tenía en mis brazos.

—¿Qué es eso? —me dijo antes que todo y me dedicó un semblante confuso, ella ya disponía de su coraza de entrenamiento desde que era pequeña y casi se veía nueva por el desuso. No entendía por qué debía tener otra.

—Su coraza, princesa. Digamos que es un tanto mágica—le dije en un tono divertido y Bra no mejoró su semblante con mi respuesta. Después de unos momentos de vacilación, ella continuó.

—Ya tengo una y no creo en magia, no soy una niña—me respondió con un tono ofendido y cruzó su habitación hasta su cama en donde descansaba su coraza. Puse mala cara y la segunda sirvienta bajó la mirada en una reverencia.

—¡Insisto! —Aunque articulé una sonrisa, nada de mi cara entonaba con ella y no pude ocultar la frustración de haber tirado a la basura las últimas gemas que me quedaban en los bolsillos. Bra se volteó a verme con sorpresa y dejó de lado la coraza que tenía sobre su cama. Bra era una niña que intentaba crecer y que confundía la madurez con el escepticismo, negándose a aceptar que sí creía en magia y cuentos fantásticos—Será mi entrenamiento, son mis reglas y es mi coraza.

Bra chasqueó la lengua mientras se acercaba a mí, pretendiendo ser obediente, pero cuando llegó a mí y puso las manos sobre mi coraza, no se la entregué.

—¡Suéltala! —Chilló con el ceño fruncido y forcejeó conmigo un poco antes de darse por vencida—¿Esto te parece gracioso? ¡Te ordeno que la sueltes!

—Está bien—y la coraza se fue al suelo arrastrando a la princesa con ella. Hizo un pequeño hueco en las baldosas.

La cara de la princesa enrojeció por el esfuerzo de tratar de alzarla de nuevo pero era demasiado pesada para Bra y pronto se incorporó con el ceño fruncido y la pateó con todas sus fuerzas. No logró moverla y sus ojos brillaron por las lágrimas del dolor de sus dedos golpeados. Bra ahogó una maldición mientras se le pasaba el escozor de la punta del pie y cojeó trazando un pequeño semi círculo con ella como eje. Para cuando dejó de sentir sus dedos, me miró con reproche.

—¡No tengo tiempo para tus jueguitos! ¿Una coraza que no puedo levantar? ¡Já! —y se fue a la cama para usar su propia coraza hasta que una risa mía la detuvo.

—Es mi entrenamiento, princesa, mi coraza—puntualicé nuevamente y Bra comprendió que no se trataba de ninguna broma de mal gusto. Se volteó hacia mí con lentitud y la cara pálida.

—No puedo ni siquiera levantarla…—se excusó con voz queda y los ojos bien abiertos, sonreí de lado.

—Hazte más fuerte—le dije simplemente mientras me cruzaba de brazos. Me había pedido poder, el poder que me había hecho más fuerte, y aunque quisiera regalárselo, no tenía ni la más mínima idea de dónde se cosechaban las manzanas doradas. Ni tampoco de cómo localizar a Desconocido, si llegaba a topármelo en la calle difícilmente podría reconocerlo.

La princesa dejó los brazos colgando en sus costados, sintiéndose perdida y sin salida. Miró con miedo a la coraza que se había quedado en el suelo, abandonada, y luego a mí. Sus sirvientas seguían con la mirada clavada en el suelo y no respondieron a sus ojos suplicantes, sólo yo estaba dispuesto a fraternizar con su pobre situación y estaba claro que no lo iría a hacer. Pensó en llamar a Trunks a gritos e inventarle una historia de mí, el que estuviera en su habitación a solas daba mucho que dejar a la imaginación y bien podía zafarse de mi orden… Pero esa era la antigua Bra, la Bra miedosa que huía de sus problemas y no salía de su zona de comodidad. La princesa apretó los puños con frustración, si quería ser una buena reina—si es que llegaba a serlo—, debía saber pelear y antes de saber pelear, debía pararse en el primer nivel de la cámara de su padre. No iría a tardar quince minutos, ni siquiera en unas horas. Bra sabía que serían días y todo segundo contaba.

—Entonces debes ayudar a ponérmela—sentenció con la voz queda y se paró en el mismo lugar en donde habíamos forcejeado por la coraza. Miró al suelo con un poco de incertidumbre y una gota de sudor recorrió una de sus sienes. Ella olía a perfume y no al sudor salado de las guerreras corrientes.

Di dos pasos alargados y me hinqué un tanto para recoger el regalo de la princesa, cuando lo alcé parecía ser ligera y Bra levantó las cejas con inseguridad. No se la encajé enseguida y nos observamos largos momentos en los que ella daba señales de nerviosismo y yo, de dureza. Para cuando mis músculos anunciaron lo que seguía, Bra cerró los ojos como si estuviera esperando un beso, tan nerviosa como asustada, y estiró los brazos hasta que quedaron paralelos a mi cuerpo.

El descenso de la coraza fue lento y comenzó por las manos, que rápidamente buscaron los huecos por donde salían los brazos, y sus extremidades las siguieron con suavidad. Cuando me di cuenta, la cabeza lila de la princesa se ocultó en el vientre de la armadura y salió con timidez al exterior. Luego, Bra abrió sus ojos lilas para mirarme a la cara e ignorar el momento en el que la coraza por fin encajara en sus hombros. No solté la armadura ni siquiera hasta que terminó la precesión y los dedos doblados hacia el interior de la coraza tocaron la cintura de la princesa. Ella no pareció molestarse por aquello y no quiso que me quitara, eso significaría que iría a caer al suelo por el peso de su regalo.

Dio un paso torpe hacia mí y sus manos buscaron soporte en mis antebrazos, no hice ningún intento por alejarla, no podía permitir que se cayera al suelo o se ofuscaría y me ordenaría a gritos que se la quitara de encima. Moví los dedos antes de liberarlos de la opresión de la armadura contra su piel y ella se estremeció con una cosquilla, para cuando los deslicé lentamente hacia afuera ella se aferró con uñas a los brazos.

—No me sueltes—me dijo con un hilo de voz y yo asentí, serio. La tomé por la cintura, sobre la armadura, y ella se quejó con suavidad. Dio un paso, luego otro, siempre pegada a mis brazos.

Caminamos por toda su habitación hasta que las sirvientas lograron alzar la vista, un tanto más relajadas, y miraron los primeros pasos de la princesa como el proyecto de guerrera que era, la vitorearon quedamente cuando pudo doblar sin resbalar y la alentaban cuando parecía que iría a caer, todo en lengua de la periferia. Sólo sus tonos de voz me hacían entender lo que estaban diciendo pero Bra parecía más familiarizada, las hacía hablar en su lengua extranjera para imaginarse en otro mundo, con otra gente.

Cuando había llegado a ella el sol estaba en su punto máximo y para cuando Bra pudo dar sus primeros pasos sin mi asistencia, ya comenzaba a morir en el horizonte. No pude notar lo mucho que había estado encerrado con ella y lo atribuí a lo concentrado que estaba con que la princesa no se partiera el cuello, y con satisfacción la vi cruzar el largo de la habitación con los pasos tambaleantes de un bebé. Una sonrisa aleteó en mis labios cuando Bra dobló en la esquina y se apoyó en la pared para ayudarse a dar la vuelta completa, me sonrió de vuelta y entonces me horroricé. Debía alejarme de ella antes de que el desprecio que sentía por su hibridez se esfumara como lo había hecho Desconocido.


Los suelos de Qeledis estaban cubiertos de algo que parecían hojas podridas y al pisarlas se le pegaban en las botas como una sustancia viscosa; el olor era ácido y Bardock pudo oler el azufre en el aire. «El olor de la brujería», pensó con el ceño fruncido y presionó el rastreador para buscar vida en aquella roca muerta. Nadie había visto a un Qeledino en cientos de años y de Qeledis había se contaban muchas leyendas de deseos cumplidos pero Bardock sabía que Qeledis era un simple hervidero de comercio negro, ladrones y brujos.

Bardock emprendió el vuelo cuando su rastreador le indicó la presencia de habitantes y sacudió sus pies para que el olor ácido no lo siquiera en su viaje, el azufre lo volvía loco y le hacía recordar su capacidad de ver el futuro. A él lo habían embrujado y pensaba que podía ser una especie de castigo. «Verás la muerte de tu raza», le habían dicho pero aquello no había sucedido en más de veinte años, su intervención debía haber provocado algo y estaba convencido de que Trunks lo sobreviviría, costara lo que le costara.

El pueblo era desordenado y bullicioso, cada habitante se regía por sus propias reglas por lo que ahí abundaban los asesinatos a sueldo y no dudaron en pararlo para ofrecerle ciertos trabajos al verle la cola distintiva de los saiyan. Bardock seguía caminando con el ceño fruncido para que lo dejaran en paz y si llegaban a ponerle una mano encima, arrugaba la nariz y golpeaba. Aunque el rey Trunks le había ordenado que no quería muertes innecesarias, Bardock difícilmente lo lograría si se entrometían con él.

—Necesito a un mercader—le dijo al primer valiente que lo miró a los ojos y cuando lo valiente se le fue y quiso huir, Bardock lo tomó del cuello de su ropa para zamarrearlo en el aire—Dime, ¡dónde están los mercaderes!

—No lo sé…—tartamudeó mientras el mentón se le arrugaba precediendo un llanto. Bardock frunció los labios con disgusto y lo soltó, el antes valiente cayó sobre sus muslos sobre el suelo pantanoso—, pero sé de alguien que le puede ayudar…

—Muéstrame—le ordenó con la mandíbula apretada y lo siguió sin quitarle la vista a su cabeza, si intentaba escapar, le volaría el cráneo de modo que sus sesos caerían como una lluvia pesada y tibia.

Lo siguió por las calles más centrales del pueblo de Qeledis y las cabezas se fueron multiplicando con rapidez, cada ciertos pasos, la cabeza de su guía se veía engullida por la multitud, reapareciendo después de más pasos hasta que por fin desapareció. Bardock se encontró perdido en el cruce de dos calles y mirara donde mirara, veía a cientos desconocidos de cientos de planetas diferentes. Frunció el ceño con enfado y mostró los dientes en un gruñido, hasta que encontró a su guía corriendo por un lado. Bardock le dio caza y se elevó por encima de todas las cabezas para seguirlo. El veterano se sintió extrañamente emocionado.

Cuando sus pies volvieron a estar sobre la tierra viscosa, comenzó a correr y el guía se perdió en una esquina. Bardock comenzó a reír con la boca cerrada y cuando dio la vuelta, el guía había dejado de correr y se erguía con la mano extendida hacia una vega maloliente.

—Allí—le insistió con el dedo una vez más y Bardock miró con desconfianza esa llanura inundada que parecía muerta y en evidente estado de putrefacción.

Bardock concentró su mirada, en ese rincón del pueblo la luz escaseaba y el resplandor verde del rastreador era mucho más brillante que cualquier otra luz que llegaba ahí. No vio nada, sólo tierra podrida, un par de ramas que alguna vez habían sido árboles pequeños, y niebla. Su rastreador pitó al perder al chico del rango y cuando Bardock se volteó a atraparlo, unos dedos de niebla lo envolvieron, borrando todo el paisaje. El verdugo del rey se giró tantas veces que pronto perdió el sentido de dónde había venido, cuál era el norte y cuál era el sur. Y pisara donde pirada, todo era maloliente y pantanoso, y después de unos momentos, sus botas tocaron agua y chapotearon.

«Estoy dentro de la vega», se dijo con sorpresa y giró hacia atrás, esperando encontrarse con tierra más firme. Unos ojos rojos lo observaron a través de la niebla y brillaron tanto como su rastreador, Bardock ahogó una sorpresa cuando otros ojos se abrieron a su alrededor. De pronto eran cientos, miles de círculos rojos mirándolo sin un rostro que se distinguiera en el mar de niebla espesa y sulfurada. «Brujería.»

Bardock intentó volar a esos seres con una bola de energía blanca pero los ojos que habían estado ahí, no se movieron. Eran como invisibles, como si en realidad no estuvieran ahí y un ataque real era irreal para ellos. Bardock gruñó con descontrol mientras volaba toda la vega con bolas de energía pero la tierra maloliente que se levantaba y el humo de la podredumbre quemada no se comparaba con el resplandor de los ojos de sus vigilantes; y el hedor de la niebla era asfixiante. El pecho le subió y le bajó en jadeos sofocados y una mano invisible lo mandó al suelo, el pantano le hundió las extremidades hasta que sólo su cabeza y parte de su espalda tocaron la niebla sulfurada. Los ojos trasparentes a lo real se acercaron a pasos invisibles, eran como luces de un barco a la lejanía pero sobre un mar que no surcaba, que no engullía ni se levantaba.

El consejero de las alucinaciones gritó una, dos, tres veces intentando zafarse pero sólo logró hundirse más, el pantano lo devoraba con lentitud, como si lo saboreara, y las lenguas de barro lo lamían debajo de la tierra. Bardock cargó su energía y aunque su halo era fuerte y mandaba ráfagas de viento, el barro no cedía y reclamó desde su cuello hasta el mentón. Una lengua de barro se le metió en un ojo, otra en la boca y ya no pudo moverse más.

—No te resistas—dijeron miles de voces a unísono pero Bardock comprendió que no tenían boca y le hablaban directamente a la mente. Intentó mover la boca pero estaba llena de barro inmundo y no pudo decir nada. «Son los qeledinos…»—Así nos llaman—le respondieron las miles de voces como una y el único ojo que veía se abrió con sorpresa—. Una nave que tenía que partir no partió. Un rey que no debía ser rey lo fue. Un soldado que no tenía que ver el futuro lo vio.

Bardock se estremeció con un poco de rechazo y logró escupir un poco de barro. De alguna forma supo que los ojos rojos se rieron de él y una mano que no era mano le sujetó la frente. Su ojo perdió rápidamente la visión y se encontró en otra parte, mirando soldados dorados de un halo espectacular, vio mujeres llorando sobre cenizas tibias y charcos de sangre que se transformaban en mares tormentosos. Manzanas doradas en un árbol de huesos de brazos y manos, y hombres devorándolas y muriendo sólo para que el árbol creciera cuando recolectara sus huesos. Vio a la princesa llorando en un trono extranjero y a mí a sus espaldas, con una sonrisa en el rostro y los ojos oscurecidos y llamas quietas de pupilas que proyectaban una pequeña luz roja en la oscuridad. El que sería su esposo a su lado, con la cara borrada, como si no existiera. Por último, vio siete destellos que explotaron en tanto se tocaron y de ellas brotó un dragón que devoró todo a su paso.

«Trunks…», pensó mi padre como si fuera a morir. «Las esferas…»

—Las esferas—repitieron los vigilantes de ojos rojos y Bardock dio su último respiro para abandonar esa vega y encontrarse devuelta en las calles del pueblo, frente a la puerta de un mercader.

El verdugo buscó sus manos con desesperación y las vio limpias, era como si todo lo que había visto hubiera sido un sueño hasta que se agachó para vomitar. Regurgitó grandes cantidades de podredumbre y barro, unos cuantos gusanos vivos y unas raíces que rasguñaron su garganta y le provocaron más arcadas. Bardock no se logró incorporar rápidamente y miró a los gusanos enterrarse en el barro vomitado como si les molestara la luz. La gente lo miraba con impacto y un poco de asco, y un gruñido aflojó su garganta para incorporarse un tanto mareado. Entró al puesto del mercader, tambaleante, y observó lo que vendía. Especias, barros que coloraban el pelo, hierbas para matar e incienso perfumado. El local olía mejor que él y el vendedor lo miró con desencanto.

—Necesito una esfera—le dijo con la voz rasposa después de haber escupido raíces rígidas y le dio una nueva arcada pero esta vez no vomitó—, una esfera dorada con una estrella roja.

—No tengo lo que busca—mintió con una ceja levantada y aunque Bardock estaba debilitado, se encaramó sobre su barra y tomó al vendedor por el cuello de su ropa—. La tengo atrás pero no está a la venta. ¡Está bien, está bien! No me sacuda… Se la daré pero no le saldrá barata…

—Tengo ciento cincuenta gemas doradas de Taas, las tomarás o te rompo la cara.


Aunque no hubiera nadie más que ellos dos en la sala del trono, el asiento tosco lo llamó con insistencia y Trunks tuvo que sentarse en el trono. Había algo extraño en ese asiento, lo invitaba a sentarse cada vez que estaba cerca y no dudaba en rechazarlo, siempre apretando los mangos con sus manos enguantadas como lo hacía Vegeta. Marron se quedó a su lado, aunque no logró quedarse quieta durante mucho tiempo y comenzó a dar vueltas por toda la plataforma con las manos anudadas sobre el vestido rojo que la caracterizaba, golpeándose contra las piernas cada vez que daba un paso. Trunks se preguntó si la rubia querría sentarse a su lado, en el asiento de la reina, cuando Bulma diera un paso atrás una vez que él deseara contraer nupcias. Negó una vez con la cabeza apartando la mirada, para los hombres aquello no se vería bien, su antiguo consejo de guerra se lo había dicho. «Debes casarte con una guerrera de pura casta para que tu sangre diluida no se diluya más.» Pepper era un nombre que sonaba con fuerza y aunque era mayor que él, era la más fuerte y bella de todo el ejército que tenían. Pero Pepper fallaba en algo y era que ella no era Marron.

Se escucharon pasos a lo lejos y ambos miraron a la entrada, Marron contuvo la respiración hasta que los pasos se alejaron. Sólo era un centinela que cambiaba de turno. El rey le dedicó una mirada a su consejera y pegó la espalda al respaldo del trono con lentitud mientras flexionaba los dedos sobre el mango derecho. La rubia apartó la mirada cuando se sacudió con nerviosismo, llegó caminando hasta un lado de la plataforma y después volvió hacia Trunks.

—No vendrá—anunció la híbrida de androide con la voz queda y Trunks levantó una mano para tranquilizarla pero Marron negó con la cabeza—. Ella no vendrá.

—Sí lo hará—le replicó él con una sonrisa forzada y Marron se estrujó las manos mientras apartaba la mirada. El taconeo de sus botas hizo sonreír a Trunks, el sonido era femenino mientras que el calzado de las guerreras era plano y sonaba tal como a sus pares masculinos.

—¿Y si se enteró que soy hija de Número 18? —la chica caminó unos pasos y se desmoronó frente al trono, los ojos le brillaban como si fueran perlas pulidas y sus pupilas temblaban como una llama oscura mecida por el viento. Las rodillas de ella tocaron sus botas y la tela del vestido se desparramó por las baldosas, ocultándole parte de las piernas del rey. Las manos suaves de Marron se cerraron sobre una de sus rodillas y Trunks adormiló su rostro en una sonrisa cálida.

Se inclinó hacia ella y sintió frío en la espalda al alejarse del respaldo del trono pero aquello no le importó, y le acarició la cabeza dorada con una mano enguantada. Marron le sonrió dulcemente pero sus cejas se doblaban en una mueca de nerviosismo.

—No se lo diremos. Pero si lo llega a saber, no tiene por qué culparte de nada. Tú no eres tu madre—le aseguró a susurros y luego la besó en la boca, fue corto, pero Trunks sabía que habían tanto ojos como oídos en todas las paredes.

Chichi había quedado devastada al conocer lo que les deparó en el futuro de sus hijos. Goten era guardaespaldas del hijo del hombre que había asolado a la Tierra y Gohan era un general muy importante para la Federación, los mismos que sitiaron el planeta cuando él era un niño. ¿En qué había fallado ella? Se preguntó tantas veces como un rezo particular y no pareció escuchar más, repitiendo su rosario entre susurros y lagrimones. Había quienes afirmaron que había perdido la cordura pero Trunks no podía dejarla sola, se sentía personalmente responsable por los mundos que había destruido su padre y Chichi había sobrevivido mucho más de lo que era saludable vivir.

Los pasos que habían esperado cruzaron el umbral cuando no estaban esperándolos y Marron miró por sobre el hombro antes de incorporarse con rapidez cuando divisó a Chichi al final del corredor, acompañada por dos soldados que parecían sus sombras crueles. Trunks se incorporó también y bajó por la plataforma mientras despedía a los centinelas con un gesto en la mano, Chichi los miró de soslayo con los músculos tan duros como una piedra. Parecía que había envejecido décadas cuando era más joven que la reina. Su pelo negro se había vuelto una maraña pajosa con salpicaduras blancas de las canas, sus mejillas se habían hundido un poco y se le podía ver la forma de su cráneo bajo la delgada capa de piel que la separaba pero a Trunks lo que más le llamó la atención fueron sus ojos. Eran pozos profundos y oscuros, que miraban a todos como si fueran unas cucarachas asquerosas que gustosamente pisaría, y cuando lo miró, sintió un escalofrío.

«Soy el hijo del hombre que los esclavizó, es natural que me odie.» Pero por natural que fuera, el rey había heredado un mal que él jamás hubiera querido.

—¿Dónde está Goten? Me prometieron que dejarían conocerlo—comenzó ella antes de que Trunks llegara a ella y Marron sintió desconfianza, Chichi era una mujer a la que debían de temer. El rey de reyes intentó sonreír pero aquello no le pareció bien a la terrícola que estuvo a punto de escupirlo—. Tú eres el hijo de Vegeta—dijo como si no lo hubiese asimilado hasta ese momento—. No pareces un saiyan.

—Soy un híbrido, por mis venas también corre sangre terrícola—explicó con una sonrisa tímida y Chichi se puso a reír con ironía.

—No tengo por qué hablar contigo, tu presencia me insulta. Sólo he venido a ver a mi Goten—Chichi miró hacia los lados de la estancia para comprobar que estaban sólo ellos tres y estuvo a punto de irse por donde había venido.

Trunks hizo oídos sordos al último murmuro de la terrícola y miró a Marron en la plataforma con cansancio. Goten no tardaría en llegar, su intención era hablarle primero para disculparse pero Chichi no quería nada de eso y Goten había aceptado su petición con obediencia, no sabía cómo reaccionar con la llegada de la extraña que decía ser su madre.

Las botas del híbrido hicieron murmurar a las paredes y todos los presentes miraron a la entrada, Goten apenas dio una mirada al frente para ver a la que había sido su madre y no pudo evitar voltear hacia un lado con extrañeza, y el corazón de Chichi dio un vuelco. Se tapó la boca muchas veces cuando lo vio acercarse, murmuró algo inteligible y se le acercó con las piernas blandas y débiles. Su hijo era más alto que ella y estaba vestido como los invasores que sitiaron la Tierra pero aquello lo pasó por alto y se cubrió la boca una vez más. Goten le sonrió quedamente antes de saludarla y a Trunks le pareció ver al tímido Goten preadolescente.

—Tienes el pelo demasiado largo—tartamudeó la mujer cuando le pasó unos dedos temblorosos por la cabeza, el pelo negro le cubría las orejas—. Eres la imagen de tu padre…

El híbrido se dejó abrazar sin problemas y pronto Chichi se puso a llorar en su pecho, Goten la estrechó en sus brazos y esperó a que se calmara mientras Trunks y Marron se marcharon en silencio.

—Igual que tu padre—repitió entre lagrimones y Goten asintió amablemente. «Sólo conocí a un padre y no me parezco a él.»


Bra caminó con la cara pegada por la pared, sin apartar las botas del suelo cuando daba pasos cortos, con temor a caer por el peso de la armadura «mágica». Apenas se había alejado de su habitación unos cinco pasos cuando me miró con el mentón temblando y los ojos secos, sólo estaba siendo una mimada, y yo la insté a seguir caminando. Había argumentado que le daba vergüenza caminar como bebé delante de los centinelas, que prefería seguir practicando dentro de su habitación pero yo no volvería a entrar ahí si Trunks podía enterarse.

—¿Estás seguro que no viene nadie? —me preguntó por enésima vez, mirando a los dos sentidos del pasillo. No respondí y seguí caminando. La princesa debía acercarse a mí hasta quedar a cinco pasos y yo volvía a caminar otros diez, la meta era recorrer todo el palacio pero a ese ritmo lo dudaba.

—Los mercaderes de las ciudades de la periferia vienen al palacio, princesa. Podemos ir a elegir unos cuantos vestidos si llegamos al ala del comercio—le dijo una de sus sirvientas para animarla y Bra dio dos pasos de tortuga con zancadas un poco más largas. Puse en blanco los ojos, mirando al techo y esperé unos segundos antes de caminar hasta ella para tomarla de una muñeca y despegarla de la muralla. La princesa pegó un chillido mientras se desmoronaba sobre mí y con una mano la enderecé.

—Camina bien o te empujo al suelo antes de irme—amenacé con un poco de molestia pero la princesa estaba más interesada en mantenerse de pie que en mis palabras y demoró en procesarlas.

—¡¿Cómo te atreves?! —me gritó con la intención de encararme pero sólo logró mover sus pupilas y mirarme de soslayo, sonreí vagamente. Puse un dedo en donde su pelo terminaba y la coraza se notaba después de tanto lila, y la incliné un tanto para adelante. Bra sintió vértigo enseguida y quiso echarse para atrás para evitar caer pero el peso se lo impidió. Habría caído al suelo de no haberla tomado del hombro— ¡Deja de hacer eso!

—Si fueras mi hija te golpearía y estarías obligada a soportar el peso de la armadura para defenderte—le dije con el ceño fruncido y las sirvientas que habían perdido el miedo de mirar al frente volvieron a mirar al suelo con temor. Bra tampoco pareció lo suficientemente valiente como para responder y la mirada de soslayo permaneció hasta que la miré de vuelta y apartó la cabeza hacia el frente—. Así que avanza o te hago caer.

Comenzó a caminar con lentitud sin decir más, la había escuchado musitar algo pero lo dejé pasar y di pasos cortos detrás de ella para darle a entender que cumpliría mi promesa sino obedecía. Fue más rápida de lo que esperé y pronto llegamos al final del corredor y comenzaron a aparecer los centinelas. Bra enrojeció cuando vio al primero y la sentí erguirse mientras aparentaba caminar ligera, como si tuviera su coraza corriente. Entonces fue cuando comenzó a valer la pena, la princesa solía coquetear con los guardias y los hacía reír con sus ingenuidades, aunque realmente reían para agradarle más que por su sentido del humor. Saludó a aquellos con los que hablaba con frecuencia y reparé en que eran todos los guardias más jóvenes, y ellos pensando que podían tener una oportunidad de sentarse en el trono de Vegeta junto a ella, la saludaban también.

Cubrí su nuca con una sola mano y la sentí ponerse de gallina cuando me acerqué a hablarle en el oído. Como no podía moverse sin tambalear se quedó rígida, con un ligero temblor que la sacudía entera por el esfuerzo.

—Veo que estamos progresando, princesa. ¿Qué le parece si lo hacemos más interesante? —ella apenas hizo una negación con la cabeza sin las fuerzas para resistirse y reí con la boca cerrada. A los centinelas los habíamos dejado atrás pero se veían a lo lejos y Bra los miró para comprobar si la verían hacer el ridículo mientras le tomaba una mano y la giraba con fuerza. Ella estuvo a punto de caer pero se agarró de mi brazo con las uñas— ¿Cómo es la princesa para hacer reverencias?

Bra cerró la boca para amortiguar su gruñido cuando tocó con una rodilla el suelo, la había hincado con un tirón en su mano y los temblores del esfuerzo se hicieron visibles. Había algo excitante en verla arrodillada ante mí y no pude reprimir una sonrisa, a Bra ni siquiera le quedaban fuerzas para levantar la cabeza y mirarme, la armadura todavía era demasiado pesada para ella.

—Princesa…—gimoteó una de las sirvientas con la intención de consolarla y supe que se había puesto a llorar, pero no era tristeza la que había ahí sino que humillación. La princesa jamás se había arrodillado ante nadie y gruñí con inquietud. Aunque era un clase baja, ella era una híbrida y estaría por sobre ella sino fuera la hija de Vegeta.

—¡No te acerques! —Las amenacé cuando una intentó adelantarme para llegar a la chica sonrojada por la vergüenza—. La princesa puede hacerlo sola, no necesita arrodilladas que la ayuden a levantarse—comencé con voz queda y las sirvientas retrocedieron, temblando. Bra se sorbió la nariz con timidez, captando mi atención—. ¿O si, princesa? Nosotros arrodillamos a los vasallos y los vasallos no nos miran desde arriba. Levántate, ni siquiera puede hacerlo un clase baja como yo.

—Aunque esté parada siempre te miraré desde abajo, eres demasiado alto. —«Aunque estés parada siempre me mirarás desde abajo porque eres una híbrida.»

Los temblores le sacudieron todo el cuerpo cuando intentó levantarse, logró alzar la espalda un poco pero las piernas se le acalambraron cuando intentó mantenerse así y por poco cayó sentada en el suelo.

—Levántate del suelo, híbrida, pareces una arrodillada—le repliqué con molestia mientras daba una media luna alrededor de ella, mirándola con un desprecio que pretendía ser fingido pero que no lo era. Bra no pareció notarlo más que una incitación y arrugó el ceño mientras se sonrojaba por el esfuerzo. Pareció que se iba a desplomar y contuve el aliento.

—No me digas así, soy tu princesa—dijo mientras daba un respiro para reclamar y me dedicó una mirada enfadada, su cara estaba mojada por un sudor ligero y unos mechones lilas se le pegaron en la sien. Sonreí con malicia.

—Eres una princesa híbrida, híbrida. Ahora, arriba—ordené con un semblante de piedra y ella cerró los ojos con fuerza mientras intentaba ponerse de pie. Los temblores la sacudieron con más fuerza y gruñó cuando quedó estancada en la misma posición de antes—. Arriba, arrodillada. ¿Quieres levantarte en el primer nivel de la cámara de tu padre o sólo quieres probarte vestidos arrodillados como la arrodillada que eres? Híbrida.

—¡Cállate, clase baja! —su voz de niña me hizo sonreír, aunque fuera de clase baja podía matarla en un instante, y me mordí el labio inferior con entusiasmo.

Las rodillas comenzaron a dolerle y ya no podía mantener los ojos abiertos por el esfuerzo, poniéndose cada vez más roja por la apnea. Los quejidos se volvieron respiraciones violentas, gruñidos y cuando enseñó las encías en una mueca de dolor, Bra levantó una pierna. La sensación de que las carnes de la pierna se quemaban en una llamarada de dolor la hicieron gritar con la mandíbula apretada pero se valió de sus manos para mantenerse erguida cuando el talón hizo su último esfuerzo y la rodilla que seguía besando el suelo, dejó de hacerlo. Di un paso hacia atrás cuando la princesa estiró las piernas entre temblores dolorosos y el torso estuvo torcido hacia el suelo unos momentos más antes de lograr erguirse por completo.

Ni las sirvientas ni yo dijimos algo cuando la vimos de pie, ante nosotros, y pude sonreír antes de que la vi tambalearse hacia los lados sin ninguna gota más de energía. A dos pasos de mí, detuve su caída pesada contra el suelo y la princesa se quejó con suavidad cuando sintió el impacto contra mis antebrazos. Le puse una mano en la nuca y con la otra le quité la armadura de un tirón, la coraza no rebotó cuando alcanzó el suelo y un eco metálico resonó en su interior con una leve vibración. El pecho de Bra se llenó de aire cuando dejó de sentir su opresión y me miró con una sonrisa cansada.

—No pensé que te levantarías tan rápido, pequeña híbrida—le dije con una sonrisa torcida y ella dejó de hacerlo, para dedicarme un semblante enojado.

—Eres cruel—dijo mientras se apartaba de mí y se paraba con sus piernas aun temblando. Cuando cruzó los brazos sobre su pecho me pareció la viva imagen de la reina.

—Y tú estás parada—por más que intentó mantener su ceño fruncido, sus labios la traicionaron y no pudo evitar sonreír—. Ahora camina, iremos al ala del comercio.


Goten no supo cuánto tiempo estuvo observándola sobre su cama, respirando con suavidad y soñando con sus días buenos en la Tierra. Su madre había llorado hasta la fatiga y él la había llevado hasta su cama para que descansara. No pudo evitar quedarse a su lado para contemplarla, había habido un día en el que su madre fue bella pero la pena y el dolor la habían acabado y había envejecido más de lo que le correspondía por edad. El soldado sintió pena pero sabía que no era comparable con la de ella y agachó la cabeza con culpa, por mucho que le dijeran que ella era su madre, Goten difícilmente lo sentiría así.

Su rastreador brilló con timidez y una transmisión lo hizo estremecer, Chichi se daba una vuelta sobre la cama como si le molestara el sonido y Goten tomó el rastreador con una mano y salió al pasillo y se alejó con lentitud.

Goten escuchó un murmuro bullicioso antes de abrir la puerta de la sala de consejos y el silencio lo recibió cuando todos lo observaron entrar, el híbrido no tuvo más remedio que cerrar la puerta tras de sí y mirar al suelo queriendo pasar desapercibido hasta que el rey de reyes se dirigió a él.

—Pensé que no vendrías hoy, puedes irte si así lo deseas, tu madre…—pero Goten negó con la cabeza, respondiendo con un dejo de tristeza.

—Mi madre… mi madre está descansando—dijo sin dejar de sentir extrañeza cuando se refería a Chichi, ella le había preguntado muchas veces cuándo iría a verla Gohan pero él no sabía qué responderle. No había visto a su hermano desde que los humanos rechazaron a Trunks.

El rey se forzó a sonreír y asintió una vez más, dándole tiempo a su amigo a que se acercara al grupo. Su sorpresa fue mayúscula cuando comprendió que no miraban al mapa sobre la mesa sino que a un Bardock andrajoso por el viaje. Su abuelo no podía permanecer de pie por lo que aguardaba las preguntas sentado sobre el suelo y con la cabeza gacha. Incluso Bulma lo miraba con nerviosismo, había hablado de ojos rojos, niebla sulfurada y brujería, y aunque no llevaba heridas en el cuerpo, Bardock insistía en vomitar agua negra y restos de raíces.

Goten miró a Marron sin comprender y la consejera favorita del rey se le acercó al oído para hablarle con susurros. La rubia le habló de visiones, de una nave que debía partir y que no lo hizo; un rey que no debía ser rey, y un soldado de que vio el futuro cuando no debía hacerlo. También habló de manzanas doradas en un árbol de huesos, sangre y cenizas tibias; la princesa reinando en un planeta extranjero y el dragón de las esferas. A Goten le pareció que se trataba de profecías demasiado poéticas como para ser entendidas.

—¿Qué más viste en las visiones de Qeledis? —le preguntó el rey a un lado de Marron y el consejero de las alucinaciones los observó con seriedad.

—Muerte—respondió Bardock con apenas un hilo de voz y Bulma se apartó del grupo con aflicción pero Trunks lo miró con miedo.

—¿Mi muerte? —le preguntó con voz queda y tanto Marron como Bulma le clavaron la mirada al veterano que negó la cabeza con debilidad.

—No puedo ver nada de ti, Trunks. Jamás he visto algo de ti…—dijo el veterano con el afán de tranquilizar pero él mismo no se sentía feliz por ello. Debía saber qué hacer para que Trunks sobreviviera pero si no salía nada en sus sueños de adivino, ¿significaría que no pasaría nada malo?


Nota de la Autora:Hola, heme aquí otra vez con la entrega número 32 n.n en particular me encantó este capítulo por la escena de Bardock que escribí a las tres de la mañana, rodeada de oscuridad y escuchando un soundtrack que me dio mucho miedo xD Pero salió ¡espectaculars!

Como pudieron darse cuenta, no puedo resistirme a escribir sobre Bra y Raditz, twice, pero tienen que estar advertidos... Raditz siempre fue pensado como protagonista en esta campaña y la que le sigue xDD Bra sólo es la excusa... sí, la excusa... jajaja

¿Qué se imaginan que pasará con la mega-hiper-ultimate visión de Bardock? A mí se me hizo KAPUT la cabeza con eso jajaja es lo que necesitaba escribir n.n

Muchas gracias a los comentarios, como siempre, de yukkoame, JazminM, Sybilla's Song y Prl16, de verdad muchas, muchas, muuuchaaas gracias n.n

Saludines, saludines mis lectores, los ama su fiel servidora, RP.