1. NI UN DIOS, NI UN ZAR, NI UN HÉROE
17 de marzo, 1942. República Socialista Soviética de Kazajistán, Unión Soviética.
Sus ojos cansados se perdían en el horizonte lejano y su corazón se agitaba en un llanto mudo con cada paso que daba. Tras tantos días y tantas noches de marcha, los pies entumecidos no transportaban otra cosa que un cuerpo inerte, un cascarón vacío cargado de sueños que no le importaban a nadie.
El peor de los miedos que albergaba su joven corazón, se había convertido en la más cruel de las realidades: la estepa inmensa que de niño lo había arropado para dormir durante tantas noches, era ahora su más terrible enemiga. Lo abrumaba la asiduidad del viento golpeando su rostro curtido, el silencio inhumano que envolvía aquellas almas desoladas, y la enfermedad que los seguía de cerca, encarnada en el chiquillo que su hermana llevaba en brazos. Por su parte, él cargaba con el sustento de los tres: el caballo flaco que se tambaleaba a su lado, al que debía forzar constantemente para obligarle a avanzar.
—Si sigues tirando así, se va a morir.
La muchacha solo pronunciaba palabra de a ratos, procurando no desperdiciar saliva de más. No hacía otra cosa que reprocharle nimiedades, pero jamás reclamaba lo que sabía que no podía tener. Cuando él la miraba, los tristes ojos oscuros, tan parecidos a los suyos, perforaban su alma maltrecha como una flecha certera; y luego venía la culpa. Nada era más duro que ver un semblante endurecido en un rostro en el que antaño abundaban las sonrisas, y mejillas hundidas que alguna vez había podido jalar con cariño.
—Otabek.
Al segundo llamado, sus dedos callosos apretaron la cuerda con fuerza, como si quisiera hacerla trizas. Aun si apenas tenía aliento para pronunciar su nombre, la voz de Alia conservaba la firmeza necesaria para conseguir que su hermano mayor se detuviera en seco para mirarla. La delgadez extrema de la muchacha parecía amenazar con hacerla desaparecer debajo de su pesado abrigo y el gorro de pieles que cubría su cabeza. Bajo los ropajes, examinaba a Otabek con sus cejas, cortas y pobladas, fruncidas con severidad.
—Si no lo animo, no avanza. Jamás alcanzaremos Karagandá con este ritmo y debemos... —Una ráfaga de viento frío surcó el silencio que se hizo entre ambos jóvenes—. ¿Cómo está? —se animó a preguntar con el tono de voz escueto de quién teme.
La mirada triste y cansada que le dirigió su hermana bastó para desterrar cualquier dejo de tranquilidad que anidara aún en su espíritu. No le sería posible seguir avanzando con la mente abrumada por el desasosiego ante la incertidumbre de la muerte.
—No ha dejado de temblar desde que el sol alcanzó lo más alto del cielo —murmuró Alia con la cabeza gacha—. Esa es la verdad, hermano. Ya no sé... ya no sé qué hacer para mantenerlo quieto.
Otabek envió al cielo una plegaria silenciosa y fugaz, seguida de una serie de maldiciones que no tenían más función que la de un descargo interior. No era su intención enfadar a su Dios en un momento como aquel.
—Recuéstalo en el suelo y sostén tú el caballo —ordenó con una calma revestida de desesperanza.
Alia se aculilló en el suelo de inmediato y, con sumo cuidado, depositó sobre la hierba rala el bulto que cargaban sus brazos agotados. Recorrió la tela con manos trémulas y, no sin temor, descubrió el rostro del niño dormido. El sudor que perlaba su frente había humedecido sus cabellos negros, que se pegaban a la piel como los de un recién nacido. A sus seis años, Yusuf podía pasar por un bebé de la mitad de su edad, por su cuerpo frágil y empequeñecido por el hambre y la tuberculosis, que lo consumían con una celeridad desgarradora.
En silencio, Otabek tomó el relevo de su hermana, que se puso de pie para coger la cuerda del caballo. Se puso de rodillas en el suelo con torpeza, mientras se descolgaba el arco del hombro para mayor comodidad. Durante toda su vida había mostrado ser un chico impenetrable y esquivo, sin vanagloriarse por ello; los muchachos de su edad lo admiraban en secreto, por ser capaz de esconder el dolor que nadie más podía. Antes de emprender el largo camino hacia el Oeste, él mismo se ocupó de enterrar a su madre y a su hermana menor, sin dejar de pedirles perdón en su fuero interno, por ser incapaz de completar los debidos ritos funerarios que, en un mundo no trastornado como aquel, debían de durar un año. Al día siguiente, se vio forzado a abandonar el lugar que por tantos años había intentado llamar hogar, junto a lo que quedaba de su familia y su último caballo.
Pudo haber pensado que todo el horror vivido durante los meses pasados, y antes que eso, en su temprana juventud, le permitiría superar con facilidad toda prueba que Alá pusiera en su camino, pero en esos momentos comprendió cuan equivocado estaba. El cuerpo de su hermano se estremecía violentamente entre sus manos impotentes, que a duras penas podían acariciarle la frente húmeda mientras su boca seca escupía palabras sin sentido, pidiéndole que se quedara quieto.
—¿Sigues creyendo que es una buena idea?
A su lado, las botas gastadas de Alia pisoteaban la tierra con furia destructiva, como si deseara arrancar de raíz los pocos pastos que se animaban a crecer en invierno.
—¿Buena? No. —Mientras hablaba, estrechó el cuerpo de Yusuf contra su abrigo de oveja—. Pero es la mejor de nuestras opciones. Karagandá es el único lugar donde podrán darle la atención adecuada. Tal vez, si tenemos suerte nos encontremos un médico ruso y...
—¡Mira lo que el hambre ha hecho con tu juicio! —exclamó la muchacha, encolerizada—. ¿Por qué crees que los rusos le darán a nuestro hermano los cuidados que necesita? ¡Has perdido la cabeza!
Era la primera vez que hablaba tanto en los últimos tres días, como si hubiese estado reuniendo fuerzas para confrontarlo de esa manera.
De labios de Otabek escapó un largo suspiro de hastío. No comprendía dónde conseguía Alia las fuerzas para continuar reprochándole aquello por lo que habían discutido ya tantas veces. Siempre que lo hacían, la discusión acababa con Otabek diciéndole a su hermana que retrocediese si así lo deseaba. Entonces, la chica fruncía sus labios y guardaba silencio durante el resto del día.
Aquella tarde era distinta, porque ambos podían sentir la desgracia cerniéndose sobre su frágil existencia, pero eran demasiado cobardes para materializar aquel terror en palabras.
—Alia... —masculló Otabek—. Cuando se trata de sobrevivir, lo más sensato que uno puede hacer es dejar de tratar a todo el mundo como un enemigo. Sé que mi decisión es correcta; y que es más, tendríamos que haber emprendido camino mucho antes, cuando Reyhan y mamá enfermaron.
—Sabes que mamá no lo hubiese permitido jamás.
—Lo sé —respondió con los dientes apretados.
Otabek era más que consciente de que, lo último que precisaban en ese momento, era pelear. Sus ojos permanecían fijos en el rostro de su hermano, que dormía profundamente a pesar de la discusión que se desarrollaba a su alrededor. Su sueño solo parecía perturbado por el mal funcionamiento de sus pulmones, que provocaba que su pecho hundido se moviera de arriba abajo con violencia.
—Mamá estaba orgullosa de nuestra sangre, de nuestro estilo de vida... —insistía Alia. La bandera que agitaba parecía haberse convertido en el único vestigio de humanidad que le quedaba, y estaba dispuesta a defenderlo hasta su último aliento.
—Y ahora está muerta. Ella, su hermana, tres de sus hijos, su segundo marido... y probablemente también el primero. —El destino de su padre les era incierto, pero no había que ser demasiado brillante para saber que las minas de carbón destrozaban el cuerpo y el alma de cualquiera. La familia entera no tardó en darlo por muerto cuando, tras dos años de haber partido a trabajar en la ciudad, no volvió jamás a aparecer en el horizonte lejano, montado en su corcel alazano como tantas otras veces—. Además, por años vivimos en el mismo sitio, en la misma aldea... —agregó sin afán combativo.
La mera observación sirvió para exacerbar la rabia gélida de la joven.
—Luego de lo ocurrido con nuestro padre, mamá decidió volver a casarse con un pastor en Ilí, para que pudiéramos mantener intacto el estilo de vida que se nos era negado en nuestra tierra, ¿con qué derecho osas traicionar sus esfuerzos?
Las acusaciones se sucedían una tras otra como una estampida; y él, solo se sentía capaz de suspirar y aparentar calma. Recordaba aún el viaje tortuoso a través de la estepa, el desierto y las montañas. Él todavía era un niño, y su hermana, casi un bebé a la que su madre y las otras mujeres del grupo debían turnarse para llevar en brazos. Era difícil borrar de su memoria el hambre y el frío, la desesperación de no llegar nunca, y los pies repletos de ampollas. Ye el esfuerzo les valió por diez buenos años, hasta el reciente retorno de la miseria...
—Su decisión de huir lejos jamás tuvo mi aprobación, pero, ¿qué podía hacer en ese entonces, con apenas once años? Tampoco ahora es mi deber juzgar a los muertos —le cortó—. La sanadora de la aldea tuvo su turno de ayudarnos. Cubrió el pecho de Yusuf con mil hierbas distintas, pidió día y noche a Alá, pero...
—Pero se ha puesto peor. Lo sé. Puedo verlo, Otabek.
—Entonces, permíteme poner en práctica otra opción... En Ilí ya no había nada a lo que pudiéramos aferrarnos.
—Yo no viviré en Karagandá —sentenció la joven.
—Eres libre de no hacerlo. Yo no soy tu padre.
Otra vez, el silencio se adueñó del extenso mundo que los rodeaba. Con calma, Otabek limpió la sangre seca en la boca del chiquillo, y resistió el fuerte impulso de besarle la frente. Si algo sabía, entre lo mucho que ignoraba, era que la enfermedad que aquejaba a su hermano era tremendamente contagiosa. Cubrió su rostro con paños y lo alzó en brazos una vez más, dispuesto a retomar el camino eterno hacia la ciudad.
Se pusieron en marcha en completo silencio. Ni Alia ni Otabek se atrevieron a mencionar otra vez la cuestión que hace días enturbiaba su relación fraternal. El hambre y la sed los obligaban a callar, así como el mandato ancestral que les instaba a permanecer unidos ante la adversidad. Pensar en la madre que los había engendrado a los tres, era suficiente para callar y poner a andar los pies entumecidos, aun cuando se habían visto obligados a darle la espalda a todo lo que la señora Aigerim les había enseñado durante su niñez.
Durante esa fría noche de marzo, Otabek, más que su hermana menor, comprendió que era inútil pretender pasarse toda la vida huyendo. Tarde o temprano, el destino iba a cogerlos del brazo, y con una oscura sonrisa de burla, los enfrentaría a la más dura prueba de sus vidas. Era sencillo señalar a Otabek como el más débil y maleable de la troika, pero era también, el que sabía pensar de acuerdo a las necesidades del momento, consciente de que el saber adaptarse, era el atributo esencial del sobreviviente. Eso no dejaba de traerle problemas con su terca hermana, que por cada paso que daba, le obligaba a retroceder dos, reacia como era a dejar atrás todo aquello que conocía, todo aquello que había aprendido a amar en sus escasos años de adolescente.
Y Otabek se tomaba el tiempo de discutirle con paciencia, para hacerle saber a la joven que no era falta de amor lo que lo impulsaba a abandonar su existencia. También él extrañaría la estepa de su infancia, las montañas y los bosques donde cazaba ya de mayor, y la cuerda del arco rozándole el dedo pulgar. Para él, la vida ardua del cazador era también lo único que había llegado a amar, la única vida que recordaría con cariño, durante la muerte larga y agónica que sufriría en alguna mina de Karagandá, donde las almas eran intercambiables. Compartiría el mismo destino que su padre, pero por voluntad propia.
La voluntad no abandonó su cuerpo en ningún instante, y se veía en ese momento avivada por cada uno de los jadeos de Yusuf, por la forma en que su cuerpo temblaba ante su torpe impotencia. Ese viaje era el único regalo que podía darle al chiquillo; pero restaba mucho aún, muchos kilómetros de estepa interminable. El ritmo de los tres, maltrechos y desmotivados, contribuía poco a acortar el tiempo de viaje.
En medio del profundo silencio que mediaba entre los dos mayores, se instaló una noche estrellada de luna llena. A veces, el destino cruel en medio de una grotesca jugarreta, resultaba ser artífice de las peores tragedias en los escenarios más bonitos. Una noche estrellada, y una mano fría; una luna llena, y un suspiro agónico.
Ninguno de los dos olvidaría jamás la intensidad con la que la luna y las estrellas brillaban aquella noche. Un mensaje del cielo, de Dios, podría haber dicho cualquier desgraciado ingenuo. Para Otabek, aquella noche eterna significó nada más ni nada menos que la pérdida de su fe. Años más tarde, cuando se sentara frente a un hogar generoso para calentar sus manos curtidas, y su juventud caótica se proyectara en su memoria azarosa, de todas las noches terribles que había vivido, sería aquella la que recordaría primero.
El horror comenzó con el frío, un frío punzante e inusual, que se colaba con insistencia malévola en cualquier parte de su cuerpo que pudiese llevar mal cubierta. A pesar de que los brazos le temblaran y el vello de su cuerpo se erizara aún por debajo de las tres capas de pieles y lana que vestía, todos sus esfuerzos se concentraron en el bulto que llevaba sujeto con fuerza. Se ponía cada vez más pesado, sin dejar de agitarse violentamente con cada ráfaga de viento a la que se enfrentaban. La costumbre obligaba a Otabek a apretar los labios y presionar el cuerpo del chico contra su pecho, murmurando palabras quedas y falsas, prometiéndole la cama caliente que sabía que no podría darle ni siquiera en Karagandá. No llevaban encima ni un solo kopek; contaban únicamente con la esperanza de que la venta de aquel caballo desnutrido y débil les diera lo suficiente para vivir unos pocos días, hasta que Otabek encontrase trabajo como minero, y Alia, en cualquier sitio donde aceptaran su esfuerzo. Por el momento, el mayor de los hermanos solo podía prometerle al pequeño que le daría su calor hasta llegar a la ciudad.
Pero, ¿cuánto podía valer una promesa, si pendía del hilo frágil del destino?
En el corazón de la estepa, el panorama se tornaba aterrador cuando el sol se ocultaba y el viento gélido soplaba con fuerza, con poco respeto por las prendas que los viajeros usaban para calentarse. Las bajas temperaturas eran el más silencioso de los asesinos.
No tuvo que esforzarse demasiado para reconocer, por fin, el indeseado fantasma que los acechaba hacía días. Se encontraba tan acostumbrado a los espasmos y jadeos constantes de su hermano, que su cese paulatino, percibido por él como abrupto, puso inmediatamente su corazón en alerta. La realidad lo golpeó de repente, como si aquel ente macabro que los acechaba hubiese saltado de su escondite para quitarse la máscara frente a ellos. Rodeado del frío viento invernal, su cuerpo desfallecía, y sus brazos sostenían un peso rígido e inmóvil.
Estaba lejos de ser un sanador y conocer los estados vitales del cuerpo, pero si algo había aprendido bien de su madre, era que la intuición no mentía. Sus manos agarrotadas temblaron de repente, y el corazón, atravesado por una ráfaga fría, se encogió en un puño. Apenas fue capaz de pronunciar palabra con los labios entumecidos por la atmósfera helada y el dolor que llevaba alojado en el pecho por ya mucho tiempo.
—Alia... —El nombre de su hermana escapó de sus labios como algo ajeno a su universo de significado, como si no sintiera más que un deber hacia ella. Era algo necesario, para pedir ayuda—. Yusuf... ya no se mueve.
Sus propias palabras quedas le resultaron ajenas, como si, de pie al borde de un barranco, contemplara las desgracias de alguien más. Alia se acercó en silencio, sin soltar al caballo, su preciado tesoro. La conocía demasiado bien como para saber que la muchacha no necesitaba decir nada para expresar su pesar. Tenía los ojos fijos en el fardo de tela que sujetaba su hermano, intentando también sostener una farsa a la que ya le quedaba poca vida.
—Déjalo reposar en el suelo. —Esta vez, fue ella quien dio la orden. Al no haber experimentado por su cuenta el peso del niño, tieso en sus brazos, se le hacía más fácil decidir cómo proceder.
—¿Y dejar que se muera de frío aquí mismo? —respondió con brusquedad—. No puede permitirse perder más calor.
—Entonces, ¿cómo vamos a hacer para examinarlo? —masculló la joven, fastidiada y cansada de seguir luchando por un sueño que no le correspondía.
—Vamos a arroparlo bien. Sostenlo y déjame quitarme el abrigo. —La orden sonaba contundente y firme. Volvía a recuperar el raciocinio, y la capacidad de influencia que un hermano mayor podía tener sobre los demás—. Solo así llegaremos los tres a Karagandá.
Pero nada de ello bastó para conseguir que Alia se moviera. Permanecía a su lado, con los pies bien sujetos sobre la hierba escarchada, y los puños cerrados con obstinada firmeza. Los silencios en la estepa eran más terribles que en cualquier otro lugar, porque aun cuando el lugar estaba desierto, el viento soplaba tan fuerte que aturdía los oídos y sacudía las ropas con fuerza descomunal.
—No lo entiendes, Otabek... —Alia parecía estar poniendo mucho de sí para sonar entera y dueña de sí misma. Sin embargo, Otabek conocía demasiado bien a su hermana para notar la congoja que escondían sus labios apretados, y su mirada oscura, perdida en el horizonte—. Él no va a pasar de esta noche.
Solo ella tenía la fuerza suficiente para poner en palabras la realidad que pesaba sobre los últimos tres miembros de la que, alguna vez, había sido una gran y próspera familia. De eso hacía ya muchísimo tiempo, una vida.
Sin siquiera saberlo él mismo, Otabek se jactaba de ser el más realista de los dos, el único capaz de pensar con la mente fría; y aun así, se veía desbordado en situaciones como aquella. No tenía miedo de mirar a los ojos a la realidad, pero le dolía pensar en la sola posibilidad de haber fracasado en llevar a cabo el mandato que había caído sobre sus hombros el día en que vieron a su padre por última vez.
—Me niego a fallarle a él, a nuestra familia —sentenció, con la mirada puesta en algún punto del horizonte monótono, que dividía la tierra y el cielo con una perfección desesperante. La ciudad estaba allí, en algún lugar del norte—. Pase lo que pase, no debemos de rendirnos.
—No se trata de rendirnos o no. —Sin que Otabek lo notara, Alia se había colocado frente a él, y sus manos temblorosas rebuscaban entre la exagerada cantidad de trapos de piel y lana que cubrían a Yusuf. No necesitó mirarlo para notar los músculos rígidos y contraídos; sentía dolor, pero no parecía asimilarlo. Se abrió paso por debajo de la ropa, y sus dedos dieron con la piel fría, que apenas reaccionó ante su tacto y al viento del exterior—. Tenemos que estar con él en sus últimos momentos —declaró con solemnidad—. Si llega vivo a Karagandá, la ciudad va a matarlo.
Era difícil aceptar la realidad para aquellos que aún conservaban la fe intacta. Las palabras de Alia estaban llenas de razón, y en un instante fugaz, toda esperanza que su corazón aún conservaba se hizo añicos. Su agarre se aflojó, posibilitando que la chica pudiera coger a Yusuf de sus brazos. El caballo, que apenas podía mantenerse de pie, se quedó quieto como una sombra.
Recostaron al niño en el suelo, y en un último acto de amor, Alia se sentó a su lado y lo cogió en brazos. Otabek se acuclilló junto a ellos, sin perder de vista al niño. Cuando retiraron las mantas para verle el rostro diminuto, un escalofrío recorrió su cuerpo entero. La piel pálida, casi cadavérica, dejaba muy a la vista unos círculos morados debajo de sus párpados hinchados y la sangre seca manchaba nuevamente sus labios inmóviles. Sin embargo, a pesar de la imagen lamentable que ofrecía, el pecho todavía se movía debajo de las pieles, con un ritmo respiratorio acuciante.
Otabek fue testigo de cómo su hermana hacía un esfuerzo sobrehumano por sonreír, aunque el niño no pudiera verla mientras lo arropaba. Luego, ante su absorta mirada, la joven procedió a hacer algo que reservaba exclusivamente para ella, cuando creía que todos estaban dormidos. Él lo sabía, porque sufría de insomnio desde los once años.
Ignorando el mundo que la rodeaba, Alia se puso a tararear una melodía que su madre les cantaba a ambos cuando eran muy niños, cuando se mostraban reacios a abandonar un hogar que los había acogido por tanto tiempo. «Así somos nosotros, queridos míos —les decía con orgullo ancestral—. Nacimos para la vida trashumante y esta lo hizo para nosotros. Ningún extranjero va a quitarnos el alma.» Aigerim se aseguró, de esa manera, que aquella nana fuera la favorita de todos sus hijos; desde el mayor, Otabek, a Reyhan, la más pequeña. Se ocupó incluso de que los últimos cuatro, ajenos a la vida que ella pregonaba, honraran la sangre que llevaban en las venas.
Oh, mi pequeño
¿Alguna vez volveré a ver,
la tierra que dejé atrás?
¿Volveré alguna vez,
a ver a mi tierra?
El estribillo era contundente. Cuando cantaba, la voz de Alia no sabía de palabras afiladas y silencios amedrentadores; era igual de dulce que la de su tierna y fiera madre. Impregnadas de melancolía, cada una de las palabras que se desprendían de sus labios calaba hondo en la consciencia de Otabek, revestida de culpa. En un momento como tal, no podía evitar pensar que la miseria a la que se enfrentaba su pequeña familia era culpa suya.
La canción no era más que un lamento desesperado, una oda triste dirigida a todo aquello que perderían en las oscuras minas del Norte. Una vez concluida la melodía, el silencio volvió a ocupar su legítimo lugar. Los dedos temblorosos de Alia acariciaban los cabellos húmedos de su hermano pequeño, en un intento por calmarlo y prepararlo para su descanso eterno.
Otabek recuperó un saquito de cuero de entre los pliegues de su capa y, con sus torpes dedos congelados, tiró de la cuerda para abrirlo. Vertió sobre su palma un trozo considerable de carne seca, lo poco que les quedaba del último ciervo que se dejó ver por aquellos parajes. Sin que su hermana lo viera, usó su cuchillo para dividir la carne en trozos desiguales y ofreció a ella el más grande.
—Ten, come. —Después de que Alia hubiese deleitado a la estepa con su canción, su voz ronca sonó inevitablemente como una perturbación del silencio armonioso.
No sin un dejo de desconfianza, Alia cogió su porción y se dispuso a comer para saciar el hambre alojado en su estómago casi desde que tenía uso de la razón. La carne era escasa y se estaba tornando insípida, pero para fortuna suya, su cuerpo estaba bien acostumbrado a sentir el vacío de la falta de alimentos. De la misma manera, su alma aletargada presenciaba cada nueva pérdida como un golpe que podía amortiguarse fácilmente cerrando los ojos, respirando hondo y esperando a que todo pasara.
—Quería ser como su padre cuando creciera —inició Otabek, masticando con fuerza, intentando de esa manera contrarrestar el dolor de la pérdida inminente, que se arremolinaba en su esternón y le erizaba la piel—. Él no pertenece a este lugar, y menos aún a Karagandá. —Permitirse a sí mismo lamentarse de esa manera, era señal de que se estaba dando por vencido, o aceptando la realidad, como prefería decir su hermana.
Su corazón también se había endurecido con el tiempo, con cada nuevo golpe de la vida. Parecía ser que sufrir y lamentarse por ello, era un lujo negado a aquellos que ya no tienen nada para perder.
—Es injusto para él morir en un lugar al que no pertenece. También lo es para nosotros.
—No tuve elección... —No sintió fuerzas para explicarle, una vez más, sus razones. La muchacha había sido terca desde el momento mismo de su nacimiento, cuando llegó al mundo prematuramente, empecinada en ver el cielo azul y aprender a cabalgar como su hermano mayor.
—Siempre se tiene elección, Otabek. —Las palabras de Alia sonaron tan filosas como el viento frío que amenazaba con derribar sus cuerpos y espíritus—. Tú siempre tratas de hacer lo que crees correcto, pero pareces incapaz de comprender, que lo correcto no es lo mismo para todos nosotros.
No había nada que objetar ante tanta verdad personificada en el cuerpo enjuto de una jovencita de dieciséis años. Las palabras de su hermana acabaron por convencerlo de que la presente situación era su culpa, aunque bien sabía que quedarse no habría cambiado nada; tal vez, el niño hubiese tardado unos días más en morir, y la culpa recaería en ella.
La culpa era una presencia constante en una familia rota que, al no tener ya nadie a quién acudir, se echaba todo el peso de la situación sobre sus espaldas.
El silencio que siguió, sirvió a ambos hermanos para tomar una vez más consciencia de su miseria, y esforzarse por dejar de lado discusiones infructuosas y nocivas para su unidad.
«El mundo es duro y hostil —les había dicho una vez la madre, cuando los seis niños que había engendrado vivían aún—, pero si permanecen unidos, afrontarlo se les hará seis veces más fácil.»
Nunca les dijo qué hacer cuando solo quedaran dos, porque ella misma exhaló su último suspiro antes que eso sucediera.
Como si fuera parte de una tregua pactada, los dos dejaron de hablar y volvieron su atención al niño, cuyo pecho ya apenas se movía. Alia lo aferraba a su cuerpo con fuerza, mientras que Otabek sujetaba el hombro de la chica con una mano y acariciaba los cabellos apelmazados del niño con la otra. La desesperanza estaba allí otra vez; era una inseparable compañera de la muerte, que vagaba al acecho desde la primera desgracia que azotó a la familia.
La despedida fue tan silenciosa que pasó inadvertida por los mayores hasta que hubo transcurrido una buena parte de la noche. Cuando se armaron de valor para descorrer las mantas por última vez, poco había cambiado en aquel cuerpecito inmóvil; pero sabían que el niño, alguna vez rebosante de energía y amor, ya no estaba ahí con ellos. Ninguna parte de él luchaba ya por aferrarse a la vida.
Esa noche, ninguna lágrima rodó por los rostros adustos de Otabek y de Alia. No exteriorizaron su pena como las personas que conocen la felicidad. Su dolor fue más fuerte, menos efímero y superficial. Cual enfermedad letal y silenciosa, se instaló punzante en sus corazones, aquejados por la indiferencia hacia una miseria que parecían estar destinados a padecer por siempre.
Así lo quería su Dios todopoderoso, aquel que, en esa noche tranquila, decidió abandonarlos a su suerte.
21 de marzo, 1942. Karagandá, RSS de Kazajistán, Unión Soviética.
El olor a sopa del mercadillo popular abrió el apetito de Otabek de una manera inimaginable hasta el momento, habiéndose estado alimentando únicamente de carne reseca y de la solidaridad obligada de aquellos pocos que se encontraron en el viaje. Al último de ellos, un hombre solitario que habitaba una yurta desgastada por el tiempo, le debían su más sincero de los agradecimientos, por haber dado al pequeño Yusuf la posibilidad del descanso eterno. Los hermanos pasaron la noche bajo techo, tras haber presenciado una modesta ceremonia de incineración que elevó el alma del niño a dónde pertenecía. Al alba abandonaron el sitio, cargando provisiones escasas pero suficientes, y la tranquilidad de saber que su hermano se habría ya reunido con el resto de la familia, en dónde sea que se hayan ido. Como gesto de gratitud, entregaron lo único que tenían: el caballo débil que llevaban a cuestas, y el adorado arco de Otabek, con el cual resignó también su alma de cazador. No iba a necesitarla más, en aquel mundo perturbado que parecía ya no admitir a aquellos que llevaban su estilo de vida.
En tan solo tres días, sus vidas cambiaron por completo. Muy atrás había quedado la soledad de la estepa, el silencio imperturbable y la incertidumbre de la muerte. Como surgida de la nada misma, Karagandá rebosaba de vida; una vida que si bien era poco lujosa, no implicaba arrastrar los pies al caminar.
—Papá solía venir aquí... Vendía pieles y ganado para comprar caballos y abrigos para el invierno —dijo Otabek, incapaz de dar crédito a sus ojos. Su asombro le impedía pensar en otra cosa que no fuera la ciudad monumental, tan ajena a sus ojos entrenados en el cielo despejado y la estepa inabarcable. Frente a ellos, se extendía ya una plaza ancha, custodiada por enormes edificios que proyectaban su sombra vigilante sobre los transeúntes.
—A ti te trajo un par de veces aquí, no te pongas en incrédulo... —masculló Alia a su lado. Tras la tragedia, sus labios quedaron sellados hasta llegar a la ciudad, donde le fue inevitable comentar sobre todo aquello que llamaba su atención. Para ella, era la primera vez en un asentamiento urbano de tal magnitud. Todo era nuevo para sus ojos curiosos y desconfiados. Si tan solo pudiera disfrutarlo...
—Este lugar ha cambiado mucho en diez años, Alia...
Ni bien terminó de hablar, se vio obligado a coger a su hermana del brazo para evitar que un robusto hombre rubio la apartara del camino como si de un animal escuálido se tratara. La muchacha reaccionó rápido, alcanzando a darle al desconocido un feroz codazo en el costado. A cambio, se ganó lo que parecía un insulto. Parecía, porque pronunció las palabras en un áspero ruso, el único idioma que Alia podía identificar sin entender más que unas pocas palabras.
—Ya veo, está lleno de rusos —se quejó, disgustada.
—Alemanes —corrigió Otabek, dándose el beneficio de la duda—. Son... alemanes. No tengo idea de qué hacen aquí. Anda, sígueme, no querrás que la noche nos sorprenda sin haber asegurado nuestro sustento.
—Los uigures me agradaban un poco más —murmuró muy por lo bajo.
Vagaron por las calles de la ciudad durante un rato largo, sintiendo las miradas sobre su pesado andar. Eran extraños huéspedes en una región que, tiempo atrás, había sido concebida para su pueblo. Otabek lo sabía, a pesar de desconocer gran parte de la historia de su nación, de aquel enclave perfecto nacido de las cenizas, resultado de la confusión de los años previos a su nacimiento. Su padre, que en sus viajes había llegado hasta Rusia y que conocía el arte de plasmar caracteres sobre el papel, se esmeró en explicarle todo lo que sabía al mayor de sus hijos; pero todo aquello acabó disperso en su memoria fragmentada. Lo único que podía afirmar que sabía con certeza eran dos cosas nada desdeñables: el camino a su hogar, y no errarle jamás a su presa con el arco y la flecha.
No tardaron en descubrir que la ciudad misma era un culto a la minería de carbón. A su alrededor, los trabajadores de la mina se movían todos en la misma dirección. Su único orgullo eran sus ropajes revestidos de polvo, que poco sentido tenía lavar si volverían a ennegrecerse al día siguiente. Las primeras horas de luz eran testigo de la penosa procesión de miles de personas entre las cuales, como pudo observar Otabek, había una intrigante mayoría de mujeres. Jóvenes y viejas, madres e hijas, todas con la cabeza bien en alto y semblantes de piedra, haciendo su mayor esfuerzo por sostener la evidente ausencia de uno o más hombres adultos.
—Si la mayoría de aquí son mujeres... —comenzó Alia, permitiendo que una cierta emoción se apoderara de ella—, ¿significa que yo podré trabajar aquí contigo? ¿Que tengo ya un destino que no depende de alguien más?
En el fondo, la joven sabía que el destino que deparaba a las mujeres de la aldea en la que creció, era encontrar un hombre que aceptara su mano, y la riqueza material que los hombres de su familia pudiesen darle. Lo único que la había animado a avanzar con pies pesados hacia la ciudad, era la incipiente posibilidad de escapar de aquel destino humillante. Ante sus ojos se desplegaba el futuro, la sugerencia de una nueva mujer que cargaba su dignidad con brazos fuertes, en lugar de ponerla a dormir el día de su boda.
—Tu destino dependerá de mí, porque yo voy a protegerte; ya sea de otros hombres o de la mina de carbón.
Otabek era un cúmulo de pensamientos contradictorios. Conocía lo suficientemente bien a su hermana como para saber que, para alguien como ella, el matrimonio suponía una muerte lenta pero segura, como la de un minero que envenena sus pulmones con cada nuevo día de trabajo. Haría lo que fuera por proteger a la chica de ambos destinos, pero era consciente también, de que poco podría hacer por cercenar su voluntad.
—No puedo quedarme sin hacer nada, ¿no crees? —Se acercó peligrosamente al cuerpo de Otabek y elevó el mentón con un gesto desafiante—. Si tengo que elegir, prefiero compartir tu destino en la mina.
Él la apartó con un manotazo tan suave como furioso, un intento por mostrar su desagrado sin herirla.
—Esta gente... son muertos en vida —dijo con la honestidad propia del hombre sencillo. A pesar de la cantidad de personas que circulaban por las calles, la ciudad entera parecía estar envuelta en una inefable tristeza que inevitablemente hizo mella en Otabek. Por un momento, se sintió acompañado en su miseria silenciosa—. Aquí ha pasado algo terrible.
—Vivir aquí, en sí mismo, parece algo terrible. —Alia tenía el rostro crispado en una mueca de desprecio, que el mayor no podía ver desde su posición. El asombro inicial le había durado muy poco tiempo.
En silencio abandonaron el abarrotado y bullicioso centro de la ciudad, el mercado y los edificios principales. Al norte, el enclave citadino finalizaba abruptamente, interrumpido por la estepa que se colaba en las calles y las últimas casas. Pero el camino inconfundible seguía su curso hacia la mina, que se encontraba en las afueras. El sitio constaba de la misma mina, cuya entrada invitaba a la oscuridad envolvente, y una casita pequeña que a Otabek se le hizo excesivamente precaria, aún comparada con las yurtas de fieltro con las que su gente afrontaba el viento indomable.
—Esa es la oficina —informó a su hermana—. Iré a hablar con ellos, tú espera aquí.
—No, iré contigo —La joven se irguió a su lado, y supo entonces que no había mucho más que hacer para prohibirle su presencia.
Ingresaron a la oficina con un estrépito, producto de la torpeza de unos pies vencidos por el cansancio. Era un cubículo muy pequeño y para nada cómodo, que a pesar del desorden de objetos personales, a Otabek le pareció muy impersonal y frío. Apenas había lugar para una mesa y un par de sillas, una de las cuales estaba ocupada por una pila de abrigos ennegrecidos permanentemente por el polvo de carbón que abundaba en la zona. En la otra silla, oculto detrás de un cúmulo de papeles y una rudimentaria máquina de escribir, se sentaba un hombre corpulento que debía rondar los cincuenta. Parecía concentrado en su tarea, que consistía en golpear con sus dedos las teclas de la máquina para imprimir caracteres en una hoja de papel. A pesar del constante coro monótono de las teclas, el sonido proveniente de la puerta lo despabiló al instante.
Sintiendo su dura mirada sobre él, Otabek sintió el repentino impulso de darse la vuelta y huir de allí antes de cometer un error que lo condenaría de por vida, pero su renovado juicio lo mantuvo firme y de pie.
—Disculpe, señor... —comenzó—, ¿está usted a cargo de este lugar?
El hombre se encogió de hombros, y debajo de su espeso bigote y su barba desarreglada, dejó entrever un gesto desdeñoso.
—Yo soy el capataz, sí. ¿Qué se te ofrece, joven? —gruñó, reacio a separar por completo su atención de aquello que estaba tecleando.
A Otabek le bastó solo eso para comprender la situación. Su mera presencia estaba apartando al hombre de su tarea, que en aquel mundo retorcido parecía ser más importante que la de aquellos mineros que entregaban su cuerpo al socavón, para extraer el carbón que daba a la ciudad su importancia. Decidió actuar de acuerdo a las normas, e intentar dar una buena impresión a su futuro jefe.
—Mi nombre es Otabek, del clan Altin. Pertenezco al jüz mayor y... —Las palabras se le atoraron en la garganta cuando oyó que el hombre soltaba una risita seca, una mezcla de burla y exasperación—. Quiero trabajar aquí.
—Hubieses empezado por ahí, para ahorrarte toda esa inútil palabrería. —Hizo una larga pausa, en la que ninguno de los hermanos se atrevió a hablar. No se molestó siquiera en anotar el nombre del recién llegado en alguna hoja de papel; solo se limitaba a escudriñarlos con los pequeños ojos oscuros destilando desconfianza—. Intentas huir de la conscripción, ¿verdad? —preguntó por fin, con un tono acusatorio que obligó a Otabek a no bajar la guardia—. Si lo que buscas es huir de la conscripción, está en mi obligación denunciarte a la oficina local del Partido, en Karagandá —pronunció con rapidez, de manera monótona.
Por primera vez desde que ingresaron en la oficina, Otabek y Alia intercambiaron una fugaz mirada llena de confusión, incertidumbre y terror.
—¿De qué habla? —se atrevió a preguntar. Sintió que no tenía nada que perder, a cambio de obtener una pista sobre lo que ocurría.
—¿Eres idiota? Puedes ir a prisión por esto —le advirtió el hombre. Apartó por fin los dedos ennegrecidos de las teclas, dándole un respiro a la máquina.
—Yo no...
—Muéstrame tu pasaporte interior.
El requerimiento desató en Otabek un sentimiento de pánico nunca antes experimentado. Las rodillas le temblaban y sus manos sudaban cuantiosamente mientras se inmiscuían en los pliegues de su abrigo de oveja, donde bien sabía que no había nada más que dos puntas de flecha y unas pocas plumas. Él, que siempre sabía cómo manejarse en situaciones difíciles, se quedó sin palabras.
—No tenemos tal cosa. —La firme declaración de Alia rasgó el silencio tenso que se había instalado entre el mayor de los hermanos y el encargado de la mina.
Ninguno de los dos hombres esperaba que la adolescente pronunciara palabra alguna; uno de ellos, porque estaba convencido de que a una mujer no le correspondía hacerlo, y el otro, porque confiaba en el instinto de supervivencia de la chica, del que comenzó a dudar.
—¿De dónde vienen? —cuestionó el hombre, incapaz de esconder un dejo de curiosidad.
—Nosotros nunca vivimos en una ciudad tan grande como esta —respondió Otabek, decidido a calmar las ansias de su hermana. Era consciente de que no podía revelar el hecho crucial de que habían atravesado la frontera exterior sin ningún tipo de permiso—. Éramos pastores hasta... hasta que... nuestra fuente vida se agotó. —Inclinó la cabeza en un gesto solemne, deseoso de que esa explicación fuera suficiente para obtener un trabajo allí. Del alojamiento, podían ocuparse más tarde.
—Sin pasaporte, no existen para el Estado, y por ende no hay trabajo —respondió con desinterés—. De todas formas, por más que sí lo tuviesen con ustedes, no hay forma de que un hombre joven como tú —dijo dirigiéndose a Otabek—, pueda eludir la conscripción. Mi deber es derivarte a la oficina de reclutamiento. Son órdenes de arriba. —Alzó ambas manos y, con aquel simple acto, se desligó de toda responsabilidad en nombre de sus superiores.
—¿Para ser soldado? —Otabek empezaba a impacientarse—. No, yo quiero trabajar aquí. —La furia empezaba a crecer en su interior, pero la templanza inherente a su carácter le permitía ofrecer al contrario un aspecto resuelto y humilde.
—Lo siento, no está en ti tomar esa decisión.
—¿Por qué? —demandó saber.
La ignorancia de los dos huérfanos acabó por colmar su paciencia, por lo que golpeó la mesa con su puño para acompañar su grito y reafirmar su frustración.
—¡Porque estamos en guerra!
A tal trascendental declaración le siguió un largo silencio, que fue interrumpido por cuenta nueva con una feroz risotada que acabó con toda esperanza de ambos jóvenes. El capataz parecía poseído por un ente grotesco que se nutría de sufrimiento y desconcierto ajenos. Reía con descaro, como un ebrio al que poco le importa la opinión que otro pueda tener sobre su persona. A juzgar por sus rasgos faciales y su perfecto manejo del idioma, el hombre era kazajo. Sin embargo, no había manera de considerarlo un aliado.
—¿Ya acabó? —cuestionó Alia, con la furia evidenciada en sus labios bien apretados y su voz fría como el viento invernal.
Otabek se reservó la palabra. De repente, todos aquellos fragmentos de fatídica vida cotidiana que su mente había estado recaudando desde la llegada a Karagandá, comenzaban a cobrar sentido.
—Ya... ya... —El viejo se aferraba a la mesa, intentando recuperar la compostura—. Ustedes dos no tienen ni idea... Solo basta ver sus caras. Qué ignorantes que son ustedes los nómades.
Esta vez, Otabek reaccionó rápido para evitar que su hermana le saltara a la yugular a aquel hombre, que muy probablemente estuviese armado.
—¿Guerra? Cuéntanos de qué se trata.
En respuesta, recibió un pesado suspiro, como si la explicación le demandara trabajo extra. Mientras el hombre se distraía observando la irreversible negrura de sus uñas, Otabek oyó su estómago rugir. Se había acostumbrado ya a sentir sus entrañas retorciéndose, pidiéndole algo para comer, pero ese momento era el menos oportuno para sentir hambre.
—Hombre, ¿las noticias no llegan allí? Por favor, todos los periódicos hablan de eso hace más de medio año. Aunque no se ha visto aquí ningún soldado enemigo, todos sabemos de qué trata... —Se paró en seco cuando pareció tomar verdadera consciencia de quiénes tenía enfrente: dos jóvenes hambrientos que miraban con asombro una herramienta de trabajo tan cotidiana como lo era su máquina de escribir. Poco y nada podían saber de lo que decían los periódicos—. Los fascistas alemanes atravesaron la frontera occidental el pasado junio. Hasta donde sé, han caído unas cuantas ciudades en cuestión de semanas, ¡incluida Kiev! Leningrado está bajo feroz asedio desde septiembre, y Moscú... Moscú se salvó por los pelos, y por la valentía de muchos soldados. Los refuerzos llegaron de Siberia, y hubo gentes de aquí entre ellos también.
Estaba tan ensimismado en su propio relato que era incapaz de comprender la pasividad de los dos chicos. Ambos se mantenían en silencio, con los idénticos ojos oscuros, casi negros, muy abiertos por la sorpresa; pero las miradas se perdían en el suelo de tierra, en la mesa, en la hoja de papel que esperaba a ser llenada...
Kiev, Leningrado, Moscú... Los nombres hacían eco en los oídos sordos de Otabek. Esas ciudades no eran más que abstracciones para él, cuyo corazón no sentía lealtad hacia otra tierra que no fuera la vasta estepa sin dueño que lo había visto nacer. Rusia estaba demasiado lejos para ser parte de sus pensamientos, de sus plegarias.
No sin horror, descubrió allí mismo que poco le importaba toda esa gente que sufría el ultraje del enemigo desconocido, ajeno a su miedo. Pero se preguntó cómo se podía sentir arraigo hacia un lugar que desconocía, y cómo temer a algo que jamás había visto con sus propios ojos.
—Por el momento, aquí no llegan más que noticias. —Sin dejar de lado su tenaz insistencia, el capataz optó por suavizar la voz, intentar penetrar en la triste apatía que revestía los rostros de los otros dos—. Pero sus tanques son rápidos y sus hombres muy fuertes... El Volga es lo único que les impide seguir avanzando hacia aquí, y si lo cruzan... —Por primera vez, Otabek pudo ver un dejo de desesperación en aquellos ojos oscuros, endurecidos por el trabajo rutinario y embrutecedor. Estaba un paso más allá que él: temía a lo inimaginable, a pesar de desconocerlo también.
—¿Todos los hombres jóvenes de aquí se fueron a pelear? —cuestionó Otabek con calma forzada. Tenía miedo de hablar, de quedar encerrado por sus propias palabras.
—Te dije que ya que nadie tiene elección, ni debería tenerla —respondió—. No lo hagas por el camarada Stalin, ni por la patria soviética, si no lo sientes así... Hazlo por tu esposa, y por los futuros hijos que puedas engendrar con ella.
—¿De qué hablas? No tengo una esposa. —Lo frenó en seco, como si le temiera a aquello que nunca deseó para él. En realidad, quería preguntarle muchas cosas, muchas cosas que ignoraba y generaban una incómoda nebulosa de interrogantes en su cabeza. Pero de todo lo que dijo, fue aquella sugerencia la que más molestia le produjo.
—¿Y ella quién es, eh? —Por primera vez se dirigió directamente a la muchacha, pero no como si fuera alguien con quién pudiese entablar una conversación, sino más bien, como si ella fuera un potrillo particularmente prometedor.
Percibiendo la mirada penetrante sobre ella, Alia se puso en alerta de manera repentina. Alzó su mentón afilado y tensó los labios, un gesto que era incapaz de evitar cuando la furia la quemaba por dentro pero se veía obligada a mantener la compostura por encontrarse en desventaja. No encontraba nada más humillante que sentirse agraviada y no poder hacer nada al respecto.
—Es mi hermana menor —respondió Otabek con el rostro surcado de confusión.
—Oh, ¿y tienes otra familia aparte de ella?
—Tenía. Una epidemia acabó con ellos. —La mirada penosa volvía a estar fija en el suelo, y sus pensamientos se perdieron en el polvillo de carbón, que lo cubría todo como nieve negra.
Un silencio tenso se adueñó del viento frío que soplaba dentro de la casilla. Pensó que aquel era el momento oportuno para arrastrar sus pies con cautela y dejar atrás la idea de convertirse en minero, pero el hombre pareció adivinar sus intenciones justo cuando se disponía a extender su brazo para tocar el de Alia.
—Es triste que tengas que dejarla atrás... —comenzó con la cautela de un negociante experto, a punto de cometer la estafa de su vida—. Te propongo algo: yo puedo encargarme de ella, si así lo deseas. —Asintió un par de veces, haciendo gala de una generosidad inaudita en un mundo de avaros—. Ya tengo una esposa, pero no tengo dificultades para tomar otra. Alá me ha bendecido con una casa espaciosa de tres habitaciones, y mi trabajo me proporciona lo suficiente para mantener una familia numerosa. No tienes que preocuparte por darme una dote, porque...
—No lo acepto —le cortó Otabek, despertando de su breve ensoñación. La furia gélida, provocada por la impotencia, ardía en su pecho y presionaba sus pulmones, solo para lograr exteriorizarse en sus ya adoloridas manos, que empuñaba con poca discreción. Era lo único que podía hacer, si no se le permitía apretar el cuello ajeno con sus dedos callosos—. Mi hermana no es mercancía, para que ofrezcas cosas tangibles a cambio de ella.
El otro se encogió de hombros con un descaro que exacerbó la paciencia a Otabek. Su semblante recto se torció en una mueca de profunda disconformidad con la situación entera. Nunca antes se había sentido tan dispuesto a amenazar su sustento con tal de proteger la integridad de su hermana, pero concluyó que podría llegar a asesinar a quién se le pidiera con tal de resguardarla de todo mal.
—Haz lo que quieras... solo se trataba de un amable ofrecimiento. —Una vez más, alzó sus palmas extendidas para quitarle toda responsabilidad a sus palabras—. Supongo que sabes, que no puedes llevarla contigo a Rusia. Casada con un koljóznik estará peor, te lo puedo asegurar. Mi oferta se mantiene en pie...
—¡Ya basta! —estalló Otabek, por fin liberando el grito de su garganta seca—. Vamos, Alia. —Hizo un furioso ademán con la cabeza, reacio incluso a dirigirle una última mirada de desprecio a aquel hombre atroz que se permitía tales excesos con una niña
Mientras se alejaban a trompicones por la superficie terrosa, sus labios se mantuvieron sellados. Fue durante el trayecto que cayó en la cuenta de que la promesa que por meses había sido su salvación y su estímulo para avanzar, ya no existía. Sus esperanzas de integrarse en esa sociedad ajena se habían hecho añicos por un factor externo imposible de controlar, como lo era una guerra lejana. Pero a pesar de que era capaz de comprender la inevitabilidad de su desgracia, la culpa renació de allí donde se había alojado, de lo más profundo de su corazón herido, y deshizo la tregua para arremeter con vileza contra su consciencia.
Sintió por primera vez las lágrimas de frustración apiñarse en sus lagrimales, e hizo todo lo posible por contenerlas, para evitar que su desamparo fuera percibido por la única persona que le quedaba en el mundo, cuya frágil existencia dependía exclusivamente de él. Fue por eso que, en un desesperado intento por no quebrarse, propinó una fuerte patada contra la tierra dura, haciendo volar cascotes y pasto reseco.
—No vas a ir, ¿verdad?
La pregunta de Alia aterrizó en su cabeza como proveniente de otro mundo, porque más que una pregunta, era una severa acusación. O no podía darse cuenta, o no le importaba para nada su sufrimiento interno; lo único que quería era una respuesta concisa e inmediata.
Una respuesta que Otabek no podía darle.
—¿Acaso tengo otra opción?
Estaban de pie frente a las primeras casas de los suburbios. Ya para esas horas, las mujeres y los ancianos cubrían sus puestos en la mina, y los niños se habían marchado a la escuela. A su alrededor no había más que unos pocos perros flacuchos y rabiosos, que peleaban encarnizadamente por el cadáver destrozado de algún animalito infortunado.
—Siempre está la opción de volver a casa.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, y su mirada rigurosa se hacía evidente incluso debajo del pesado gorro de piel que se resbalaba sobre sus trenzas. La terquedad estaba presente en cada uno de sus rasgos. En eso, la niña era muy parecida a su progenitora; pero ahí mismo acababan las diferencias. La difunta Aigerim desplegaba su voluntad con la ternura inherente a una madre, de manera envolvente y certera. Alia, al contrario, era tan torpe y brusca como un muchachito. Jamás lograba que otro hiciera suyas sus opiniones, pero su voluntad era como una piedra punzante y filosa, que golpeaba repetidamente contra la tierra, igual de dura, hasta calar hondo e imponerse con efectividad mediante el hartazgo ajeno.
—No se puede volver al hogar cuando se carece de uno, Alia —respondió Otabek con paciencia infinita. Hizo una pausa dolorosa, tras la cual dejó caer la cabeza para mirar al suelo—. Te fallé, ¿es eso lo que quieres escuchar?
—No. Lo único que deseo, es que me prometas que no irás a arriesgar tu vida a una guerra que no te incumbe. —Con cautela, salvó la distancia que la separaba de su hermano, y presionó una mano ruda y pegajosa contra su mejilla—. Nuestra guerra está aquí. Aquí es donde nosotros tenemos que pelear día tras día para sobrevivir. Juntos. —La voz férrea se quebró al pronunciar la última palabra, y se vio obligada a morder su labio inferior para no echarse a llorar como la niña pequeña y berrinchuda que jamás había sido.
Él la miró con lástima, sintiendo cómo el dolor crecía en su interior y se anudaba en su garganta. Había una sola respuesta que podía darle, una que sabía que no le gustaría para nada. Alia era aún demasiado ingenua para comprender que no siempre el ser humano conseguía moldear su destino a su gusto, que en la mayoría de las veces, era la irrefrenable vorágine de circunstancias la que lo absorbía con el único fin de situarlo en el escenario menos deseado.
—Ya lo oíste, al capataz de la mina... —Con calma, llevó su mano áspera a la frente de la muchacha, para colocar una hebra de cabello oscuro detrás de su oreja—. No importa donde vayamos o qué hagamos... aquí siempre seremos marginales. Créeme que la idea de ser reclutado me gusta incluso menos que a ti, ¿pero qué otra opción real tengo? —Antes de que la joven pudiese replicar, Otabek se aseguró de llenar el silencio—. Como soldado, me labraré un camino en la sociedad, por fin podré ser alguien. —Todo aquello se le ocurría mientras hablaba, destilando una tristeza profunda en cada uno de sus vocablos. Le dolía tener que admitir, que durante veinte años, no había sido nadie para el mundo en el que pretendía integrarse tan de improviso.
—¿Y qué hay de mí? ¿Vas a dejarme atrás, como parte de un pasado oscuro que quieres pisotear? —inquirió con la decepción impregnándole la voz.
Sus ojos vidriosos le arrancaron a Otabek un suspiro profundo. Ella siempre lo hacía todo más difícil. Y por más que él intentara encontrar una salida, aquello parecía un abismo infinito, una interminable secuencia de problemas prácticos que se multiplicaban por cada uno resuelto. No se le hizo difícil tomar una decisión en ese mismo momento, porque la mirada suplicante de la chica, que buscaba disuadirlo, lo instó a inclinarse por la opción que ella no aprobaría, por el único camino que les ofrecía una salvación a largo plazo.
—Tú me esperarás las semanas o meses que dure la guerra, en un lugar seguro que nos ocuparemos de buscar. Nos volveremos a ver, donde sea, y prometo que nuestras vidas serán distintas. —Le propuso una alternativa, con el fin de darle a entender que su decisión personal era inamovible.
Alia no dejaba de menear la cabeza en señal de negación, reacia a abandonar su postura. No reconocía a su hermano en las falsas promesas del hombre que tenía en frente, como si otra vez, el hambre nublara su juicio y doblegara su voluntad de hierro en pos de objetivo primario de conseguir algo para comer. No lo reconocía, y lo odiaba. Lo odiaba, pero no podía culparlo por estar desesperado.
—No tienes ni idea de cómo usar un arma de fuego, Otabek —le reprochó.
—Aprenderé. —Evidentemente, ambos habían heredado el obstinado carácter de la señora Aigerim
En medio de su propio desasosiego, Alia se atrevió a preguntar lo que ninguno de los dos quería imaginar.
—¿Y qué pasa si no regresas nunca? —lo desafió, arrugando el entrecejo.
No iba a mentirse a sí mismo; la idea no dejaba de rondar por su cabeza y, a decir verdad, le aterraba pensar en su muerte. Sin embargo, puso todo su esfuerzo en descomponer su expresión estoica en una sonrisa tenue, de esas que solo conocía su hermana.
—¿Tan poco confías en mí?
La chica se mostró impasible ante su esmerado intento por desdramatizar la situación. Sus ojos inexorables estaban clavados en los suyos, a la búsqueda de un mínimo indicio de debilidad del cual aferrarse para seguir insistiendo. No podía ocultar sus estratagemas de su hermano mayor, que tan bien la conocía.
—No confío en los alemanes, con sus hombres fuertes y sus armas poderosas —dijo por fin.
—Haces bien —respondió Otabek con sequedad, antes de suavizar su tono—. Prometo que esto no será una despedida, sino un camino más largo hacia donde sea que podamos llamar hogar cuando todo termine.
Caminaba pesadamente sobre el pavimento helado de la plaza principal, con las manos hechas puños debajo de su abrigo grueso. Su hermana lo seguía de cerca, con pasos firmes y la furia tallada en su rostro de piedra. Para ella, era imposible abandonarlo a su suerte, porque lo había estado siguiendo a todos lados desde que por primera vez pudo poner a andar las piernecitas regordetas de bebé. Bastaba con que Otabek expresara su deseo de hacer algo, para que ella lo secundara con vehemencia y profunda admiración.
Las cosas no habían cambiado mucho desde entonces, pero la Alia adolescente se atrevía a cuestionarlo.
—No puedo creer que de verdad lo hayas hecho —le espetó, batallando por mantenerse a su lado.
—Tampoco yo —confesó con voz queda, sumido en un estado de parcial aturdimiento. Se llevó una mano a la cabeza, intentando acallar a su voz interior, que ya se lamentaba arrepentida.
Las palabras del oficial de la oficina de reclutamiento todavía hacían eco en su consciencia cansada, alimentando la sensación de extrañeza e incomodidad que cargaba en su bajo vientre, que le estrujaba las entrañas con cada nuevo pensamiento que se le atravesaba.
«A partir de este momento, tu cuerpo y tu espíritu le pertenecen al Ejército Rojo, a la Patria que te acogerá como a su hijo, mientras estés dispuesto a dar todo para defenderla.» Eso le dijo, tras entregarle sus papeles y una lata que contenía su ración de comida. Otabek se apresuró a agradecerle; no por la posibilidad de pertenecer a tan glorioso ejército, sino por la exigua y equitativa ración que debería compartir con su hermana.
Buscaron a tientas un lugar que los protegiese del frío y les permitiera descansar durante los cinco días que restaban para abordar el tren que los llevaría a Taskent, capital de la República Socialista Soviética de Uzbekistán y sede del cuartel general del Distrito Militar de Asia Central. Allí, recibiría entrenamiento junto con su división antes de ser enviado al frente.
Un callejón cubierto, entre dos edificios interconectados, sirvió como el primer lugar que se les hizo adecuado para descansar. El suelo estaba tan húmedo como las paredes, pero al menos por un rato, sus abrigos los mantendrían secos. Se sentaron uno al lado del otro sobre los fríos adoquines. A pesar de que sus cuerpos estaban muy juntos, la mente de cada uno vagaba lejos del mundo terrenal al que se encontraban encadenados. Otabek era un hombre sencillo; su preocupación no era otra que la incertidumbre de la guerra, y especialmente, el no saber qué sería de su hermana mientras él arriesgaba su vida en el campo de batalla. Por primera vez, tendría que dejarla al cuidado de otra persona, por más que la chica hubiera insistido incansablemente, durante todo el trayecto, en que podía cuidarse sola.
De los seis hijos de Aigerim, Otabek y Alia habían sido siempre los más unidos entre ellos. El motivo podía ser el simple hecho de que eran los más mayores y compartían el mismo padre, o tal vez, que la actitud hosca y taciturna de ambos acabó por alejarlos de potenciales amigos de su edad, y empujarlos inevitablemente el uno junto al otro. Para ellos, las muestras de afecto convencionales eran cosa poco común; al contrario, podían pasar días enteros cazando juntos en las estepas lejanas y los bosques, sirviéndose de su habilidad nata para proveer a su familia. Con el tiempo, se acostumbraron también a los largos silencios, que constituían la primera regla del cazador. Aprendieron a disfrutar de ellos, y a fruncir el ceño cuando el más mínimo ruido perturbaba la paz de la naturaleza.
Pero en la ciudad, el silencio erizaba la piel y estrujaba los corazones. Sintió que su hermana se removía a su lado, no para apartarse, sino para pegarse más a él. No evidenció su sorpresa para no asustarla, solo se mantuvo en silencio con la vista fija en la pared de ladrillos que tenía en frente.
La joven lo rodeó con un brazo, apoyó la cabeza en su hombro y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió a sí misma relajar su cuerpo contra el de la única persona en el mundo que estaba convencida de haber amado plenamente alguna vez. Luchó contra las repentinas ganas de llorar, consciente de que la calidez de sus lágrimas silenciosas alertaría a su hermano, y era por el mismo motivo, por lo mucho que lo amaba y admiraba, que no podía mostrarse débil frente a él.
—Lo siento. —La disculpa salió de sus labios apretados como un murmullo apagado y contenido, pero a él lo hizo sonreír, porque sabía que no podía esperar mucho más de su hermana.
—¿Por qué?
—Por cuestionar el valor que puedas tener en una guerra —respondió la muchacha con frialdad—. Nadie en la aldea era tan buen cazador como tú; si aprendes a usar lo que sea que utilicen allí, los enemigos no tendrán siquiera tiempo de rendirse antes de morir.
Por el rabillo del ojo, vio como sus labios formaban una sonrisa tensa y aguerrida.
—No soy un soldado... —replicó Otabek, dejando caer sus hombros con desdén.
—En la aldea te admiraban porque eras el más valiente de todos —le espetó—. Eras el único que no temía pasar una noche entera en el frío de las montañas con tal de llevar una presa a casa, ¿lo recuerdas? ¡Podías darles a los animales incluso en la más negra de las noches! —continuó, emocionándose de improviso al recordar aquellas partidas de caza nocturnas, donde no había sonido más agradable que el de la flecha silbando contra el viento, hasta dar en el blanco—. Tú eras poderoso, y yo, tu más atenta aprendiz.
Alia se separó de él y rebuscó entre sus prendas con sus manos frías hasta dar con un objeto metálico y alargado que siempre llevaba con ella.
—¿A dónde quieres llegar con eso? —cuestionó el mayor, cansado de todas aquellas reflexiones nostálgicas que no parecían llegar a ningún lado.
Sin decir nada, y renegando de todo tipo de remordimiento, Alia liberó sus largas trenzas de debajo del gorro de pieles. A continuación, ante la mirada atónita de su hermano mayor, deslizó el afilado cuchillo de caza por debajo de la trenza, tiró hacia arriba, y procedió a serruchar sus cabellos finos con fuerza.
—Alia... ¿Qué estás haciendo? —se alarmó.
—Iré contigo —respondió ella, sin darse siquiera tiempo de dudar. Se las había ya ingeniado para deshacerse de una de las trenzas, que contenía la mitad de su largo cabello.
—No. —Otabek se apresuró a frenarla—. Ni siquiera te dejarán hacerlo. No importa que intentes hacerte pasar por un chico... la guerra no es lugar para las mujeres. Es demasiado peligroso —sentenció con el ceño fruncido y la mirada severa. De nuevo sentía el cuerpo tenso, y el corazón obstruyéndole la respiración con los latidos desenfrenados y nerviosos.
Pero su desesperación parecía no preocupar a su hermana en lo más mínimo. Con la mirada fría y los labios apretados, se dispuso a estirar la otra trenza con airosa indiferencia.
—Yo nunca fui como las demás, Otabek. Y tú lo sabes. —Esa vez, el violento tirón que le dio a su cabello para acelerar el proceso, le arrancó un jadeo que contuvo con éxito al apretar los dientes.
Tenía razón. A pesar de haber heredado la belleza sencilla de su madre, Alia parecía decidida a volcar sus esfuerzos en suprimir todo atisbo de la típica elegancia que empezaba a aflorar en todas las chicas jóvenes de su edad. Ella siempre decía que quién quisiera apreciar su belleza, lo hiciera en los tiros que intentaba perfeccionar durante las horas de sol, y no en sus cabellos sedosos y su koylek bordado, el favorito de su madre. Consideraba que la belleza en la que tanto invertían las mujeres era frívola y efímera, mientras que la destreza que los chicos desarrollaban desde muy jóvenes, pocas veces se perdía. Su particular visión sobre la vida angustiaba a su madre, que no escondía sus intenciones de casar a la niña con el joven que, junto a su marido, se encargaba de llevar el ganado de la aldea a los pastos del valle. Él, como muchos otros en la región, también era un kazajo exiliado, que se rehusaba a abandonar las costumbres de sus antepasados; compartía una yurta con su madre anciana y dos hermanas, y tenía intenciones de casarse pronto. Pero Alia era exageradamente arisca, y no dejaba pasar ninguna oportunidad para intentar desagradar al pobre muchacho.
A ojos de su hermano mayor, Alia atravesaba sus años de juventud como un árbol torcido: fácilmente reconocible entre los otros, todos iguales a sí mismos, y cuestionada constantemente por un medio hostil que, a cambio, le concedió las raíces más fuertes entre todos los demás árboles. Y eso se evidenciaba en la manera en que, a pesar de amar a los animales y volcar en ellos toda su sensibilidad, no mostraba ningún conflicto a la hora de rematar a las presas de su hermano con su cuchillo inclemente. Sin embargo, él no podía evitar mirarla y pensar en la chiquilla enérgica que había sido alguna vez, demasiado adorable para perder la vida en un enfrentamiento encarnizado e inhumano.
—Estás loca si crees que... —musitó, en un último esfuerzo fútil.
—No —interrumpió la muchacha. Tenía el gorro de piel en su regazo y las trenzas oscuras en sus manos. Se había cortado el cabello casi al ras, por lo que las orejas sobresalían de manera muy graciosa de su rostro ovalado. Pero la seriedad que destilaban sus ojos oscuros no le permitió siquiera sonreírse—. Tú estás loco si crees que no te seguiré a donde sea que vayas.
GLOSARIO:
Yurta: Vivienda usada por los nómades de Asia Central, Mongolia, y algunas regiones de Siberia. Era fácil de transportar y muy gruesa para las altas temperaturas.
Jüz: Es la división tradicional de pueblo kazajo. Existen tres jüz, la mayor, la mediana y la menor. Vienen desde los tiempos en que el territorio era un kanato y al menos hasta principios del siglo XX tenían una división regional bastante definida.
Uigures: Es un grupo étnico que lingüísticamente pertenece al grupo mayor de los pueblos túrquicos (que habitan mayormente Asia Central –Unión Soviética en esta época- y partes de la actual Rusia, China y Mongolia). Este pueblo en particular habita en la región noroeste de la República Popular China y desde 1955 tienen su propia región autónoma, Sinkiang o Xinjiang. Al igual que el pueblo kazajo, profesan el Islam.
Koljóznik: Trabajador de un koljoz o granja colectiva soviética.
Koylek: Vestido tradicional de las mujeres kazajas y de otros pueblos de Asia Central.
Bueno, este fue el primer capítulo, con Otabek y su hermana pequeña como protagonistas. Estoy desde principios de julio trabajando en él con mucha lentitud, porque estuve dos meses enteros en un hiatus medio raro donde me sentía incapaz de escribir (solo la pasión por esta historia me impulsaba). Teniendo en cuenta esta pequeña crisis y el hecho de que estoy un poco oxidada con la escritura, espero que haya quedado bien. Estoy bastante conforme con el resultado, de lo contrario seguiría aún encerrado en mi computadora, pero estoy segura que en un par de meses voy a odiarlo porque así soy xD Aprovechemos mientras dure.
En este acto solemne (¡y por fin! ¡Estoy tan emocionada!), les presento a Alia Altin. Los que leen mi otro longfic, sabrán que ella originalmente fue creada para aquel mundo medieval, pero que no ha aparecido aún en él. Es uno de mis personajes originales más queridos, porque creo que con todos sus defectos y todas sus virtudes, es todo lo que yo personalmente aprecio en un personaje femenino. Las niñas rudas y poco delicadas, para mí, son todo lo que está bien en el mundo. Prometo que ya la van a conocer mejor.
Con respecto al trasfondo histórico, no quiero ahondar en detalles sobre lo que verdaderamente sucedió con la familia de Otabek y cómo fue su vida en los últimos diez años, porque eso es algo que él mismo revelará más adelante, no quise agobiar con detalles innecesarios esta primera parte.
Lo importante aquí (si quieren hacerlo, ¡huyan!), es que regresan después de un largo exilio de diez años, antes del cual eran nómades dedicados al pastoreo y a la caza, como la gran mayoría de la población rural de Kazajistán hasta aproximadamente 1928 (a excepción tal vez de la zona del norte, que fue más influenciada por las políticas del gobierno zarista previo a la revolución, allí se asentaron muchos rusos y cosacos agricultores). A pesar de esto último, los nómades persistieron y hoy en día sigue habiendo muchos, pero en el marco del proceso de colectivización de la agricultura, se inició una política de sedentarización para la población nómade de la región, por una cuestión productiva. La colectivización inició en 1928-1929, ya muerto Lenin, en un intento medio fallido por acabar con la hambruna de las ciudades, porque con la crisis y los precios bajos, los campesinos preferían acaparar el grano antes que venderlo (esto fue la crisis de las tijeras que derivó en el fracaso de la Nueva Política Económica); por obvias razones, esto tuvo muchísimo apoyo entre los obreros de las ciudades y mucha resistencia de los sectores rurales (que además nunca formaron parte de la base social del partido bolchevique, los pocos con orientación ideológica, fueron por los Socialistas Revolucionarios que quedaron derrotados para 1921). El fracaso de esta política coincide con una hambruna terrible que entre, 1930 y 1933, mató a millones de personas en Kazajistán y Ucrania. En el marco de esta crisis es que el padre de Otabek abandona a la familia (no abandona, ya verán las razones específicas por las que se va) y la madre, reacia a asentarse en una granja colectiva, reúne a sus dos niños y se exilia con ellos a Sinkiang o Xinjiang, lo que es la región autónoma uigur dentro de China. Los uigures son una etnia de origen túrquico que profesa la religión islámica al igual que los kazajos, y ahí se acaban las similitudes, porque los primeros en la época ya eran sedentarios y vivían en aldeas (los kazajos se agrupaban en unidades nomádicas llamadas aul, básicamente aldeas móviles). No diré más sobre esto, porque los detalles sobre cómo se asentaron allí y de qué manera vivieron, no son ni tan relevantes para la historia, y en algún momento lo mencionarán los mismos personajes.
En fin, creo que esto ha sido todo por hoy. Espero que les haya gustado este capítulo, ya en el próximo voy a introducir al segundo grupo de personajes importantes de esta historia, que tienen una vida muuy distinta: ¡Mila Babicheva y Yuri Plisetsky!
